¿Qúe tanto te arreglas, rosquete?… (*)

Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” (*)

                                      

¿Crees que te voy a esperar todo el día? ¿Te vas a un tono, cojudo?… ¡Ponte la corvina y vámonos ya! – dijo el Rod Stuart  desde el pequeño confortable de tres cuerpos que estaba cubierto por una descolorida cretona floreada.  Sus rodillas rozaban con la mesa de centro y sus zapatos encajaban exactamente en el espacio que había entre el mueble y la mesita.  Con un nudo de corbata descomunal apretándole el cuello y los ojillos cargados de ira, observaba al Burro entrar y salir por la puerta del comedor. 

-¡Shhh!… ¡Estoy esperando que mi cocho salga del baño pues, huevón!

-¡Putasumadre, Burro! ¿Recién te vas a bañar?… ¡Cuándo no! ¡Siempre me cagas huevón!

-Ya me bañé hace rato, cojudo… ¡Lo que quiero es picarlo! Estoy buscando su billetera por todos lados pero creo que este pendejo la tiene adentro  ¡Siempre me la cambia de sitio!… Es que yo primero lo pelo y después lo pico, pues…

-¡Avisa pues, huevón!… Anda hazle la guardia. No vaya a ser que te pierdas la oportunidad, Burrito…

-¡Shhh!… ¡Suave que mi vieja es mosca, cuñao!…

 

Rod, al igual que Burro y sus hermanos, estudiaron en el colegio parroquial. Habían  terminado la secundaria hace tres años pero seguían pateando latas. Sus mamás, preocupadas, habían intimado recientemente através de una constante comunicación telefónica. Cada jueves rezaban hasta en lenguas tomadas de la mano en su grupo de oración, pidiéndole al Espíritu Santo, al Corazón de Jesús, a San Judas Tadeo, a San Martincito de Porres, a Santa Rosa de Lima y al Padre Urraca que les haga el milagrito de conseguirles un empleo.

 

-Con un trabajito los chicos tendrían la cabeza ocupada…

-No sé, hija, pero así como está la juventud hoy en día, es en el trabajo donde primero se pierden…

 

El papá de Rod fundó una empresa que fue pionera en la importación de artefactos electrodomésticos.  Los gringos lo entrenaron para administrar la primera tienda del ramo en la avenida Manco Cápac.  Esos fueron los mejores años de sus vidas.  Nadie le creía cuando contaba que cuando era chiquito se  lavaba los dientes con cepillo eléctrico. Dice que todo cambió cuando los americanos se fueron del país.  A la compañía le cambiaron el nombre por otro que terminaba en sociedad anónima y, como era de esperarse, al  poco tiempo se fue a la mierda.  A su viejo no le quedó más remedio que irse a vender línea blanca al Centro y Sur Chico para seguir parando la olla.

 

Nunca más se le oyó amenazar a sus hijos con sacarles la mierda cada vez que hacían bulla mientras se echaba una siesta. Hasta llegaron a extrañar las calurosas tardes de verano cuando su padre les gritaba lisura y media dándose de manotazos en la espalda sudorosa para espantar a los zancudos.   Lo que lo ponía de peor humor era que le hicieran notar las marcas rojas que le quedaban en la espalda.  Hasta su mujer extrañaba las horas que pasaba a su lado espantándole los insectos con un periódico.  Ahora pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa y las únicas noticias que tenía de él llegaban através de sus esporádicas llamadas telefónicas y de los impostergables giros que, religiosamente, enviaba cada quincena desde donde se encontrara.

 

-Ay, hermanita, desde que su papá está viajando el Cesitar me está sacando los pies del plato… -, contaba a la mamá del Rod.

 

César era su nombre de pila pero los muchachos en el barrio le habían visto un parecido al cantante y ese fue su mayor logro desde que terminó la secundaria.  Sin la autoridad paterna Rod Stuart se le subió a su madre en la cabeza.  Pero ese lunes se habían propuesto empezar una vida lejos de la esquina y de las malogradas.  Walter Ramírez y César Castillo habían decidido cambiar de una vez por todas…

 

-Cuando consigan trabajo se van a poder comprar todas las cositas que les hace falta… ¡Esos blue jeans ya están para tirarlos a la basura!… Y esas zapatillas por poco caminan solas… Claro que, como buenos hijos,  no deben olvidar de separar una parte para ayudar con el diario… Y para sus pasajes… Y para invitar a sus enamoradas al cine… ¡Uy!… ¡Cuántas cosas pueden hacer, hijitos!…

 

Habían escuchado tantas veces el discurso que terminaron aflojando por cansancio. Claro que jamás confiaron en salir de la pobreza con lo que les iban a pagar.  

 

Hace dos años la mamá de Rod se lo llevó a comprar un par de zapatos, porque la hija de una de sus amigas del grupo de oración le pidió que fuera su pareja de promoción.  Prácticamente tuvo que forzarlo a comprar en la zapatería Costa porque era el único lugar donde tenían crédito. 

 

-¡Pero si están lindos, hijito!… ¡Con el pantalón  marrón  que te regaló tu papá te vas a ver churrísimo!…

-¡Mentira!  ¡Estos zapatos de viejo me quedan horribles!… ¡No me gustan!… ¡Y ese pantalón también es de viejo y ni siquiera me queda bien… 

-¿Pero no te he dicho que le voy a hacer unas pinzas? … Además, ¿quién se va a dar cuenta con el saco encima?… Si tú ya estás casi como tu papá… ¡Mira nomás esas espaldazas!…

-¿Espaldazas? ¿Qué tienen que ver las espaldas?… ¡El pantalón me queda corto y está ancho de la cintura, mamá!…. 

-¡Ay, pero qué cargoso eres, hijo!…

 

Todavía llevaba puestos los mismo zapatos y el mismo pantalón marrón que heredó del papá, preguntándose cómo había hecho la vieja para meter tantas cosas en un espacio tan reducido.  Había contado más de una docena de figurillas de porcelana y una cantidad similar de ceniceros y florerillos de murano.  Desde finales de los sesenta no faltaba en las paredes un sólo pariente enmarcado en pan de oro.  Ni el viejo bodegón, ni el paisaje de almanaque suizo,  ni la acuarela de un bote en el Titi-Caca con la firmota de un niño, ni el Corazón de Jesús, ni la Última Cena, ni la Bendición Papal ni la imitación de un gobelino con un vaquerazo lazando una res. Los tapetitos de hilo tejidos a croché debajo de cada uno de los adornos, las flores de tela, las frutas de cera, el elefante de porcelana con la trompa hacia arriba, por supuesto, un buda de marfil y una geisha de trapo amarillenta y desgastada.  Mucha de la cristalería y de la porcelana en la vitrina fueron regalos de boda, que se habían quedado esperando una mejor oportunidad para ser estrenados. Lo mismo pasó con aquel juego de té que se quedó sin usar por falta de chocolate en el lonchecito por la primera comunión de Walter.

 

Desde allí podía percibir el agradable aroma a café con leche y pan caliente y la animada conversación de los hermanos del Burro desayunando en la cocina.  El Burro había prometido prestarle un saco a escondidas de su padre a cambio de un nudo de corbata decente.   Rod era todavía un niño cuando su papá le enseñó a hacer todos los nudos que un caballero debía conocer.  Cuando estaba en primaria, cada viernes antes de misa, se ofrecía a anudar las corbatas a sus compañeros a cambio de un Sol. Arqueando una ceja como todo un experto colocó sobre la mesita de centro la corbata del Burro con un perfecto nudo inglés.

 

-¡Más grande fue el difunto! – les gritó semidesnudo el vecino de enfrente desde su balcón y les arrojó la colilla del cigarro.

-¡Tu may!…

-¡Mantenidos de mierda!…

-¡Pajero!…

 

Un elocuente portazo remeció el balcón cuando el chofer de un taxi pisó un charco a propósito y los empapó.

-¡La chucha que te parió serrano de mierda!

-¡Malparido!

-¡Puta madre, nos cagó ese huevón!

-¿Ahora, cómo mierda vamos a buscar chamba así?

-Ahorita se seca, compadre  - dijo el Burro que estaba menos mojado.

-¡Huevón, mira cómo estoy yo!…

-Tienes barro en la ceja, cuñadito…

-¡No te rías, conchatumadre!… ¿Conseguiste plata?

-Para el pasaje…

-¿Cómo que para pasaje nomás? ¿No le ibas a pelar a tu cocho?

-Deja hablar pues, huevón…

-¡Habla pues, cojudo!

-Digo que para pasaje me dio mi vieja y mi cocho me soltó una luca nomás…

-¿O sea cuánto tienes huevonaso?

-Mil quinientos…  ¿Y tú?

-¿No estamos quedando que me ibas a prestar?

-¿¿Quéee??…

-¿Por qué crees que te pregunto, cojudo? ¿Porque me preocupo por ti, huevonaso?

-¡Conchesumadre!…  O sea, que no nos va a alcanzar ni para mierda…

-Cómprate un periódico para ver qué ha salido.  De repente podemos ir lateando y compramos cigarros para el camino…

-¿Estás huevón?… Si El Comercio es carísimo, cojudo… Además, hoy lunes no sale ni mierda… Cómo se nota que nunca en tu vida has buscado chamba, compadre… ¿No sabes que los trabajos sólo salen los domingos?…

-¡Puta madre!… Si mi vieja compra El Comercio ya no tomamos desayuno, huevón… Mi cocho lee Ultima Hora pero, desde que viaja, en mi casa ya no compramos periódico.

-¡Ni cagando voy a gastar la plata del pasaje comprándome un estúpido periódico!…

-Ah, chucha, ¿te me sublevas?

-No voy a comprar un periódico…

-¿Y qué mierda vamos a hacer entonces, huevón?

-Vamos si quieres donde Manolete, que de hecho tiene el periódico de ayer…

-¡Mierda, Burro!… Y yo pensé que ya se te había sancochado el cerebro…

-¡Calla, cojudo!

-¿A quién le dices cojudo, ah?  Y le aplicó un puñete en el hombro.

-¡No te juegues así, pues!

 

-¿Qué corte le hacemos caballerito?…

 

Preguntaba sólo por rutina porque ni bien los clientes depositaban el poto en la silla del peluquero quedaban atrapados en su almidonadísima manta remendada y les aplicaba de paporreta un corte convencional para caballero al estilo de los sesenta.  Manolete y su socio sabían que su negocio se había convertido en la casa del jabonero por sus precios populares.  Así que, con paciencia andina, esperaban que los pelucones del barrio sentaran cabeza y empezaran a hacerse el clásico corte para caballeros con regularidad. Y no se equivocaban porque, tarde o temprano, los melenudos terminaban desfilando por allí y salían oliendo a pura Glostora Lavanda.

 

-¿Qué hay, Manolete?

-¿Chambeando tan temprano?

-Desde las siete y treinta estamos atendiendo, caballerito… – contestó ceremonioso  desde su parchado guardapolvo blanco.

-¿Le hacemos un corte para caballero, joven? – secundó su socio cajamarquino.

-Mañana vengo, Manolete… Ahora no tengo plata…

-Estamos buscando chamba, maestro… Si me liga algo regreso a darme una cortadita.

-Ya va siendo hora, joven… Ya va siendo hora… Con un buen corte para caballero se  vería más presentable para buscar trabajo…

-¡Estamos misios, Manolete, no insistas!

-Queríamos preguntarle, maestro, si nos puede prestar un ratito la sección de empleos del Comercio del domingo.

-Está allí encima, joven… – contestó el socio que prefirió darles la espalda para continuar afilando su  navaja en la manga de cuero.

-Ya pues, no te arañes tiíto, que es para ver las chambas nomás…

-Llévenselo nomás, jóvenes. Ojalá que consigan trabajo – dijo Manolete   entregándoles un revoltijo de periódicos.

-¡Gracias, Manolete!

-¡Se pasó ‘pal culo usted, maestro!

-Me saludan a sus mamacitas y a sus señores padres, caballeritos…

 

En una banca del parque Túpac Amaru se quedaron con las páginas de empleos y dejaron que el viento se lleve el resto,  lo que le vino a pelo a un desechable que, sin levantarse del piso, atajó de un manotazo varias páginas y se envolvió los pies para continuar durmiendo.

 

-Pásame una parte a mí pues, huevón…

-¿Acaso sabes leer, cojudo?

-¡Presta, oye,  no seas idiota!

-¡Espera, espera, espera… Aquí hay chamba para ti, Burro, escucha: “MAESTRO PASTELERO, NECESITO…”, apúntate la dirección, compadrito…

-¡Concha tu madre, huevón! -  le arranchó el diario furioso.

-¿Qué te pasa, maricón de mierda? – y de un salto lo cogió por el cuello, le torció el brazo y le dio un rodillazo entre las costillas.

-¡Ya pues, Rod… No jodas que me estás arrugando el saco, huevón! 

 

Como el Burro era mucho más grande de un solo giro se libró de él.

 

- ¡No te juegues así, huevón!… ¡Pareces chiquillo, cojudo!

-¡Pasa nomás el periódico, sonsonazo! 

-Toma, compadre y ya no jodas – le pasó algunas hojas asegurándose de quedarse con la mejor parte.

-Mira esta, cuñadito: IMPORTANTE EMPRESA, LÍDER EN EL RAMO, REQUIERE VENDEDORES…” – con mucha dificultad leyó el Rod.

-¿Qué requisitos piden?

-“Secundaria completa…  De preferencia con estu…” – lee tú compadre que a mí se me cansa la vista.

-“… De preferencia con estudios superiores y movilidad propia…”,  esta ni cagando, pues compadre – leyó con buena voz y de corrido mirando al Rod por sobre el hombro y continuó -  “… MAS DE 100 VACANTES POR CAMPAÑA NAVIDEÑA…,  para incrementar su staff, empresa líder en el mercado requiere de personal ejecutivo en ventas… Secundaria completa, no mayor de 35 años, ni menor de 21…” ¡Puta madre, todavía tenemos diecinueve, carajo!…

-Chequea alguna para vender artefactos. Eso da billete, compadre – dijo Rod, acordándose de su viejo.

-Es que no especifican lo que hay que vender… Sólo ponen empresa  líder en el ramo y la conchasumadre…

-Sigue leyendo, compadre, algo tiene que haber…

-A ver, mira esta: ”IMPORTADORA DE PRODUCTOS DE RECONOCIDA CALIDAD  INTERNACIONAL REQUIERE URGENTE 100 VENDEDORES PROFESIONALES PARA AGRESIVA CAMPAÑA DE VENTAS A NIVEL NACIONAL,  Experiencia mínima cinco años…”

-¿Cinco años de experiencia en qué?

-¡Vendiendo, pues cojudo!

-Voltea la página nomás y sigue leyendo…

-En esta página no hay nada para nosotros. Mira los tremendos avisotes… ¡Nunca estaremos preparados para estos trabajos! – dijo el Burro desanimado mostrándole la página.

-¡Eso te crees tú que eres un pastelero y no piensas salir de esa mierda! En cambio yo sí creo que pronto voy a estar preparado para esas chambas, compadre!…  Siempre hay que aspirar a más o ¿tú te crees que yo no quiero tener mi carrito como Betto?  Para comprarme mi chamuco cuando me dé la gana… Y buena ropa y una tabla… ¿Sabes correr olas, compadre?… ¡Qué rico tener billete  para disfrutar de la vida!

-No te hagas… Para comprar chanfle nomás quieres trabajar, ¿no huevón? ¡Qué drogadicto que eres!

-¡Qué tanto!  ¡Si todo el mundo se pone en algo!… El que menos, trabaja para mantener su vicio… Con la mierda que te pagan ¿para qué te va a alcanzar?…

-Menos las mujeres, compadre… Esas huevonas sí trabajan para mantener a sus calatos…

-¡Ya están entrando poco a poco al juego las pendejas!… La gente chupa y se juerguea como mierda, compadre… ¡Es parte de la vida cotidiana, huevón!… Los jefes de nuestros viejos si no son alcohólicos, son pichicateros, compadre… Y sus empleados son otros borrachos, compadre… Sin contar con esos vagos de mierda que son pasteleros, peperos y jaraberos… El que menos está esperando mejorar su situación para computar peso… Ese es el único móvil del desarrollo, cuñao…

-Los únicos zanahorias que quedan son los chiquillos de primaria…

-Toda droga tiene su edad, loco…  ¿Y qué me dices del terokal?

-Cierto, cuñadito, el que no se coquea se marihuanea y el que no se marihuanea chupa… ¡Y tarde o temprano todos se prenden!   Y cuando terminan en el clinicón sus viejas le dicen a todo el mundo que sus hijos jalaban coca…  Así…  Como si se pituquearan… ¡Cómo saben las pendejas y se hacen las cojudas!… ¿No?… ¡Misios de mierda!… ¡Si se necesita un huevo de billete para adictearse a la coca, cuñao!…

-El Perú está estratificado de acuerdo a la manera en que se consume la droga, cuñadito:  el campesino la mastica, el pueblo se la fuma y los bacanes se la jalan…

-…¡Y los gringos se la inyectan!

-Sí, cuñao. Hay algunos que se meten de todo compadre…

-Lo que pasa es que si no te metes alguito, al toque eres lorna y ya nadie quiere parar contigo… Y tú sabes que la fama de huevón te acompaña hasta la muerte…

-Por eso es que hasta los idiotas se malogran…

-Mi vieja cuando no toma su Diazepan se le ponen los pelos de punta, compadre… Es adicta, cojudo… Igualita está tu cocha, huevón… Y después se van todas blanditas a rezar ¿Quién entiende pues, compadre?…  Y en la noche otra pepa para dormir.  Un colerón, una pepa… Una buena noticia, otra pepa…  A ellas se las venden sin receta y a nosotros nos hacen un chongo…

-¡Con las viejas sí que no te metas, huevón!… Mira, te voy a leer  este aviso para que veas que en tu perra vida estarás preparado para esta chamba…

-¡A ver lee, huevón!

-Y sólo para vender, cojudo…

-¡Lee pues, idiota!

-VENDEDORES. IMPORTANTE LABORATORIO FARMACÉUTICO REQUIERE PERSONAL CALIFICADO DE AMBOS SEXOS… Requisitos: Por lo menos tres años de estudios en las universidades Lima, Pacífico o Católica y un mínimo de dos años de experiencia en el ramo. Movilidad propia indispensable. Enviar currículum vitae al apartado postal y la conchesumadre…”, escucha esto ahora: “Advertencia: las personas que no reúnan estos requisitos por favor abstenerse…” ¿Cuándo crees que estarás  preparado para alguna chamba cómo ésta?… Tu currículum fácil lo escribes en una caja de fósforos y todavía te sobra espacio, huevón… ¡Estás alucinando, Rod, nunca estaremos preparados para algunas chambas!

-¡Ya te dije que tú no!… ¡Pero yo sí, pues!… En cualquier momento me pongo a estudiar y me meto en la universidad…  Y ya tengo uno de los requisitos…

-¡Huevón! ¿No estás oyendo de qué universidades están pidiendo a la gente? ¿Cuántas lavadoras tiene que vender tu viejo para pagarte la del Pacífico o la de Lima? Y suponiendo que con mucho sacrificio te la pague, ¿vas a ir con ese pantalón remendado y con esos zapatos pezuñentos?… ¡Para que lo sepas, ninguna hembrita se te va a acercar si no tienes carro… ¡Tú alucinas, Rod! ¡Nunca tendremos esa oportunidad!… A no ser que nuestros viejos roben o se saquen la lotería pero trabajando honradamente jamás… ¿Pregunta nomás si aceptan gente del colegio parroquial de Magdalena?… ¡Cagados! ¿Ves?… ¡Estamos cagados Rod y recién estamos empezando, huevonaso!

-¿Crees que si hubiéramos postulado a la San Marcos hubiéramos tenido alguna oportunidad, cuñadito?

-¿En qué parte del periódico están pidiendo gente de San Marcos, imbécil? Si a esos nadie los quiere por misios y por terrucos… Tampoco quieren gente de la Villarreal, la San Martín o de la Gracilaso… Y para ser heladero, panadero o gasfitero tienes que haber nacido cholo, compadre…

-¡No puede ser que no haya nada para nosotros!…¡Algo tiene que haber, compadrito! A ver date  una chequeada a los avisos más chiquitos – dijo el Rod todavía abrigando una esperanza.

-“Empresa transnacional requiere personal de ambos sexos para ser capacitado de acuerdo a las exigencias de su representada en el país.  Únicos requisitos: Excelente presencia. Ser mayor de 18 años y haber concluido estudios de secundaria completa. NO SON VENTAS ¡Gane no menos de 500 dólares mensuales! Posibilidad de representación y capacitación en el extranjero.  Tener pasaporte vigente es un requisito deseable, más no indispensable.  Los candidatos deberán presentarse el lunes primero de agosto de 8.00 AM, a 2.00 PM en Julio C. Tello 1206 Lince.”

-Ese podría ser, cuñadito…

-Suena interesante, ¿no?

-Me suena, ¿ah?… Me suena…

-Tiene demasiado chamullo para ser verdad pero por algo hay que empezar…

-¡Qué chucha! ¡Hay que mandarnos nomás! ¡Chamba es chamba, Burrito!

-Además, Julio C. Tello está cerquita… Podemos ir y venir a lata…

-¡Claro! Así pasamos primero a comprarle un paco de yerba al Chira…

-¡Entonces al callejón de Cuzco se ha dicho, carajo!… 

 

Llegaron cerca de la una de la tarde y se encontraron con una multitud que llevaba por lo menos tres horas esperado. Algunos en la cola habían agarrado tanta confianza, que la secretaria tenía que salir a cada rato a hacerlos callar. Ver tanta gente los tomó por sorpresa pero igual se pusieron en la fila donde muchos ya empezaban a desertar.

 

-¡Puta qué lecheros, cuñado!

-Buena voz haber llegado a esta hora… ¿Tienes chicle?

-¿Chicle?  ¿De dónde, huevón?

-Por si acaso, siempre se pregunta, cojudo… No nos vayan a sentir el olor a yerba…

-¡Qué chucha!… ¡Todos son unos drogos!

 

La cola terminaba en una mesa donde tenían que inscribirse con una secretaria.  Pero, antes de llegar, el Rod se resbaló y uno de sus zapatos salió volando y fue a parar debajo del escritorio de la otra secretaria. La chica, aguantando la risa, miró al Burro y ya estaba a punto de explotar en carcajadas, cuando el Rod se incorporó en el acto y le clavó una mirada tan asesina a la pobre que se puso seriecita.  Después de recuperar su zapato el Rod se paro de nuevo en la cola y el Burro prefirió esperar hasta más tarde para burlarse del papelón. Cuando la chica terminó de tomarles los datos los mandó cortésmente de regreso a su sitio.

 

-¡Hay buenas hembritas, cuñado!

-Una que otra cholita despercudida…

-¡Puta madre, qué gringo eres, huevón!

-No soy gringo compadre…

-¿Entonces por qué choleas a la gente? ¿O es que eres un resentido social?

-Compadre, yo no seré gringo pero tampoco soy cholero, huevón… ¿Y a ti que te importa?

-Yo salto por esa gente ¿Y qué?

-Saltas por ellos porque eres un cholero de mierda, compadre… 

-¿Y a ti qué chucha que a mí me gusten las cholas? ¿Ah?

-¡Ah! ¿Te gustan?

-Sí. Me gustan como mierda, compadre.  Son patonas, tetonas y mejor si se dejan agarrar la papa…

-A mí sí que no me las des ni regaladas.

-Ya te quiero ver delante de una calatita, compadre… Además, a mí me gustan las mezcladitas, no las mamachas cuñao… Las achinaditas, las rellenitas…  

-Bueno, cada uno tiene sus gustos compadre y hay que respetar… Ahora que lleguemos al barrio te presento a mi empleada, cuñado…

-¡Ya quisieras, misio de mierda, tener una empleada!  Yo he tenido mis amas desde chiquito, huevonaso!  Y cuando no se dejaban, mis tíos las regresaban con sus bultos a su pueblo…

-Todo el mundo ha tenido chola cuando era chiquito, cojudo. Te voy enseñar la foto que tengo con mi ama, compadre.  Estaba mejor que tu vieja.

-¿No será tu verdadera madre, pavaso?

-¡Con mi vieja no te metas, maricón!

-¡Tranquilos, chicos! ¿Creen qué están en el barrio?  Si los escuchan hablar así de hecho que los descalifican al toque… – los interrumpió una mulata buenamoza y bien acicalada.

-Disculpa, flaquita… ¿No has escuchado lo que dice esta bestia?

-Por lo menos le gustan las mujeres… ¿Y a ti?

-¡Esa pregunta, pues!… – respondió chupado el Rod.

-Negra, chola, blanca, china es lo de menos, chibolo. Lo importante es que te gusten las mujeres.

-Por su puesto que sí pues, flaca  ¡Cómo no me van a gustar las mujeres!  Lo que sí es verdad es que negra, chola, china o blanca consiguen chamba al toque.

-¡Ya te quisiera ver a ti buscando chamba de secretaria!

-¡Si yo fuera gerente te daría chamba al toque, mamacita! – intervino el Burro haciéndose el sirio.

-¿Y qué harías conmigo?

-¡Qué no haría, mamacita!

-¿Ves? Todos los hombres piensan en lo mismo, ¿no?  Mira, yo no estoy buscando trabajo de puta, hijito… Además, para que lo sepas, para pituquear la oficina ahora hasta los chutos quieren una gringa y si no la consiguen le pasan la voz a una pelo pintado que viene recomendada por alguien… ¡Já!… ¡A mí me vas a decir, hijito!

-Y seguro que terminan brincándosela…

-¿Qué inteligente que es éste, no? – dijo clavándole una coqueta mirada al Burro y aprovechó para pasarle una uña por el brazo.

 

La conversación fue interrumpida por una empalagosa voz masculina que venía desde arriba.  El sujeto tenía acento venezolano y con recargada amabilidad pedía por favor a los presentes que empezaran a subir y se ubicaran en unas sillas que habían colocado frente a una pantalla.  La mayoría quedó de pie alrededor de una veintena de asientos.

 

-¿Si fueran tan amables los varones de cederle los asientos a las damas, por favor?

El Burro se levantó de su asiento al toque y llamó a la mulata,  que se había quedado rezagada buscando el baño.

 

-¡Gracias! Eres un amor, flaquito – y al sentarse se apoyó suavemente en una de sus piernas.  El Burro sintió que le hervía la cabeza.

-De nada, belleza – dijo con una tremenda erección y ya no pudo concentrarse en otra cosa que no fueran las tetas de la mulata.

-Esa jugadora está contigo, compadre… – le susurró piconaso el Rod.

-Por favor, hagan silencio y presten atención damas y caballeros… ¡¡He dicho silencio, señores!!… En primer lugar quiero pedirles disculpas por haberlos hecho esperar tanto rato… Estoy acabadico de bajar del avión que me trajo de Venezuela. Un inesperado retraso en el vuelo me retuvo y en el aeropuerto de Lima, desgraciadamente, me tocó pasar por todas las revisiones…

-¡Seguro que por atorrante!

-¡Dónde se ha visto a un huancaíno hablando como venezolano, compadre!

 

Un par de sujetos se levantaron aparatosamente de sus asientos y abandonaron el lugar lisureando a todo pulmón. El orador fingió ignorarlos pero igual perdió crédito ante el público que ahora lo observaba aguantándose la risa.

 

-…Lo más importante es que estamos juntos. Quizá dentro de poco uno de ustedes se encuentre en una situación similar… Ahora les pido que por favor guarden silencio y presten atención al film que vamos a proyectar a continuación…

 

Se fueron tantos que hasta quedaron asientos libres. La mulata jaló a su lado al Burro y el Rod se sentó detrás de ellos.  Se trataba de un informe médico  explícito sobre los casos más lamentables de cáncer de pulmón, paladar y laringe.  La oferta de trabajo se extendía a todos los fumadores que estuvieran dispuestos a llevar un parche pegado en el brazo el tiempo que fuera necesario hasta que finalmente dejaran de fumar.  El éxito obtenido con el experimento abriría la posibilidad de hacer giras dentro y fuera del país para promocionar las bondades del revolucionario producto. Los interesados deberían firmar ese mismo día un contrato, que podía anularse en el momento que el paciente lo requiera y bajo el cual podían empezar a percibir un sueldo de inmediato.  Claro,  existían algunos riesgos mínimos de los que poco a poco les irían explicando en las próximas sesiones.

 

Los dos amigos huyeron de ahí declarándose no fumadores temiendo que el parche los cure de fumar yerba.  Como a media cuadra la mulata hacía señas para que se acerquen dando saltitos  y agitando alborotadamente los brazos.

 

-Flaquitos, no sean malitos y denme una empujadita, pues… No sé qué le pasa a mi carro… Siempre prende al toque pero creo está un poquito frío… Ya, pues… No sean malitos.  Si quieren después les doy una jaladita… ¿Para dónde van?

-A Magdalena…

-Yo me quedo en Jesús María pero los puedo dejar en la avenida Brasil para que tomen su micro ¿qué les parece?…

-Hay que ver si el carro prende primero – dijo el Rod entre dientes.

 

El carro prendió al toque porque era puro teatro nomás.  La mulata se llamaba Magali y estaba buscando chamba desde que el marido la abandonó con sus dos hijitos.  Pero con sus treinta y cinco, la pobre no tenía experiencia de trabajo y  llevaba casi dos años buscando algo mientras su madre le cuidaba a los niños.

 

Magali tiraba su caña y conducía su viejo Volkswagen a toda velocidad con una sola mano, mientras que con la otra trataba de sintonizar radio Panamericana a todo volumen.  En un ratito les contó que su marido vendía coca y que por eso siempre estaba rodeado de mujeres que se le regalaban todo el día. 

 

-Mi marido se ha quitado a vivir con una pituca de San Antonio. A parte de la casa, lo único bueno que tiene la flacuchenta esa son los huecazos de la nariz… Lo que más me marca choro es que me haya cambiado por ese esqueleto… -, les decía palmeando su apetitosa y bien formada piernota.

 

Esperando que cambie la luz, Magali sacó un paquetito de su cartera y con sorprendente destreza se aplicó rápidamente un par de tiros con una uña, dejando cojudos a  Rod y al Burro que aprovecharon para prenderse un troncho. Magali, como todo coquero con kilometraje, no fumó porque se ponía grave  pero se aplicó un par de tiros más y no les invitó a pesar de su insistencia.

 

-Esta es para mí, nomás… Si quieren, en mi casa les invito un poquito… – dijo pasándose los dedos por los dientes.

 

Se detuvo frente a un chalet de dos plantas en el jirón Luzuriaga y los dejó pasar después de cerciorarse que no había nadie en el lugar. Era aparentemente una casa de familia con todos los muebles y artefactos de rigor pero cubiertos por unas sábanas blancas. Magali se quitó los zapatos, sacó una botella de Cartavio blanco de un aparador, bebió a pico un sorbo y les corrió la botella.

 

-Lo que les voy a invitar no creo que vuelvan a tener oportunidad de probarlo en su vida…

-Tú sí que te haces de rogar, ¿no?…

-¿Por qué lo dices?

-Porque hace rato estás que ofreces y nada…

-Francamente estoy en un dilema, chibolos, porque la situación la tengo arriba… Por favor, no se me ofendan, ¿ah?… Pero como no los conozco quisiera pedirles que salgan un ratito hasta que baje… Después les abro la puerta otra vez…

-¡Puta madre, Magali! ¿Por qué nos vamos a ofender? No hay problema… Ven Rod, vámonos…

 

Magali bajó con una latita como de vaselina y, al comprobar para su sorpresa que contenía un polvillo viscoso de color marrón, al toque se desanimaron.

 

-¡Eso no es coca!… ¿Crees qué somos cojudos? – dijo el Rod recuperando su lugar en el grupo.

-Tienes razón. No es coca y yo nunca hablo con cojudos, chiquillo – contestó clavándole la mirada al Burro, que se chupó todito.

-¿Entonces qué es?- preguntaron en coro.

-Es brown sugar de muy buena calidad…

-¿La de los Rolling Stones? – preguntó el Burro.

-Opio pues, huevón…

-Es heroína… ¿Quieren probar?

-¿Tú qué nos recomiendas? – quiso saber el Burro.

-Que deberían experimentar…

-Muy bien… ¿Y cómo se hace?

-Uf, de un montón de formas pero les recomiendo que se la jalen por la ñata como si fuera coca.  Es un poquito más gruesita pero entra igualito…

 

La loca Magali salió dos veces de la casa para computar más vaina. Ya eran cerca de las cuatro de la mañana cuando los dos amigos regresaban caminando por la avenida Brasil. El Burro no pudo dar cuenta de lo sucedido cuando se quedó a solas con Magali pero Rod Stuart tuvo que esperar más de una hora en la calle a que le  abrieran la puerta la segunda vez que lo mandaron a comprar trago.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Loco Comanche

  

    EL LOCO COMANCHE (*)

 

  por: Eduardo Catalán Flor-Bustamante

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El manicomio es un lugar deprimente pero dicen que si me quedo un tiempo puedo mejorar ¡Ni hablar! ¿Cómo voy a mejorar si mi mal es la pobreza? Aquí, todos están quemados a punta de  pepas… Mejor tiro tapia por Rey Basadre, así no le veo la cara de mierda a la portera… No me gusta cómo me mira esa cojuda ¿Se dará cuenta que no estoy loco? Vistiendo estos andrajos y cargando estas bolsas… ¿Qué otra cosa le puedo parecer?…  Esa bruja nos desprecia… La odio… Es cruel con su pobre gato… ¡Es una alcohólica!… La he visto salir de la chingana que está al frente de la farmacia Herrera escondiendo una botellita de racumín en la cartera. Seguro que termina tirada en el suelo junto a su cama y se levanta con resaca.  Apuesto que con las justas se lava la cara… Así, cargada de vileza, regresa a su ventanilla para atender al público. Se nota que dentro de poco ella también será una paciente…

 

Una vez que pones un pie en el manicomio entras en los dominios del loco Comanche. ¡De lejos se le reconoce!… Siempre escoltado por un par de policías ¡Qué loco, el loco Comanche!… Pero yo no creo que esté loco de verdad. Dicen por allí que era un millonario que tenía una exitosa cuadra de caballos en Monterrico y  una linda esposa a la que adoraba y complacía en todos sus caprichos. Cuentan que una noche regresó inesperadamente de un corto viaje con un magnífico caballo para regalarle  y   no la encontró en casa. La esperó ansioso por largo tiempo hasta que salió a buscarla preocupado. Fue a los lugares que frecuentaban, pero nadie la había visto. Visitó a los parientes, preguntó a los conocidos y nada.  Al cabo de muchas horas, regresó afligido a su casa para darse un baño y reportar  su desaparición en la comisaría de Orrantia. 

 

Entonces, mientras cerraba la llave de la ducha, le pareció escuchar el estallido de su risa  en el establo.  Por fin le regresó el alma al cuerpo. Feliz, se envolvió en una toalla y salió corriendo con dirección al potrero.  Y allí la encontró, desnuda y montada en el nuevo corcel.  Se quedó petrificada por la sorpresa y maquinalmente dirigió la mirada nerviosa hacia el rincón donde un par de jovencitos trataban de ponerse torpemente los pantalones.  Dicen que Comanche se lanzó como una fiera sobre los muchachos y después de noquearlos con facilidad, arremetió contra su mujer que intentaba escapar. Para detenerla, le arrojó una herradura con tal violencia, que le reventó el cráneo en el acto. Luego, volvió al lugar donde yacían inconscientes el par de muchachos y los cargó en peso, los ató a un poste y después de arrancarles el cuero cabelludo, los roció con gasolina y les prendió fuego… Aún insatisfecho, volvió al cadáver de su mujer y la apuñaló tantas veces, que el forense tuvo que mandar a levantar sus restos con pala y carretilla… El  fuego rápidamente se extendió por toda la casa y  Comanche, cuchillo en mano, huyó enloquecido gritando a todo pulmón: “¡Soy el loco comanche!”… “¡Soy el loco comanche!”… Corrió sin parar hasta que llegó al hipódromo.  Y en plena largada de la segunda del vale triple,  salió en traje de Adán corriendo detrás de los caballos y en medio del estupor general siguió gritando desquiciado: ¡Soy el loco Comanche!… ¡Soy el loco Comanche!… ¡Soy el loco Comanche!…

 

Ahora está tranquilo y como siempre escoltado por sus guardias.  Eso sí, como la cafetería y las dos canchas de fútbol del manicomio le pertenecen, si quieres jugarte un partido o tomar un té  - estés loco o no – tienes que pagarle al Loco Comanche…  

 

 

 

                                                                   FIN

                                                         

Sport Boys

 

por: Eduardo Catalán Flor-Bustamante 

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

  

Hay quienes esperan que caiga la noche para bullir por las calles que rodean el cine Brasil, justo a la hora del programa doble de pornos.  Estas cuatro esquinas jalan más gente que la parroquia…  La bulla de los bares es la melodía de los noctámbulos… ¡Y  sólo son las diez de la noche!… Un grupito se detiene y le echa un vistazo a la cantina. “Unas aguas, cuñao”… Y al toque se los traga la jarana…

 

No pasa un vehículo por la avenida.  Un par de lamparines que cuelgan de una carretilla de “pan con muerte lenta” iluminan la esquina. Los calderos humeantes diseminan un intenso olor a cebolla caliente que llega hasta el puente de la Marina. El viejo “Sport Boys” maneja hábilmente su afilado cuchillo, corta finísimas lonjas de una piernita de… ¿cordero?…  Agarra un par de apanados que ya tiene listos, apilados en una torre junto al cajón del sencillo, y de un tajo se abre un par de panes franceses bien fríos y los rellena con el mejunje.  Una vez embebido en el infame juguito, el pan se calienta en el acto.  “Échale como mierda de ají y harta cebolla, cholo, pa’ que no se sienta”,  le pide un cliente, que de un sólo mordisco se baja medio pan mientras va buscando el sencillo. Tres famélicos bajando a tropel del balcón salen del cine y rodean la carreta y uno de ellos mete la mano,  pellizca el pernil y chupándose los dedos se pide un pan con carne y dos con apanado.  “Apúrate, cholo, que ya va a empezar la película”

 

¡Es la misma vieja carreta de siempre!…   Al “Sport Boys” lo conozco desde que yo era un chiquillo. Nuestros viejos nos daban  propina para ir al cine pero nos gastábamos toda la plata en una competencia de pan con “muerte lenta”. Mi mamá me sermoneaba por el penetrante olor a cebolla que quedaba impregnado en mi ropa.

 

Desde la azotea de la casa de mi abuelita solía espiar el corralón donde el “Sport Boys” guardaba su carreta. Me pasaba horas contemplando perros flacos y carachosos.  A mujeres vestidas de percal lavando ropa.  A los niños mugrosos con el culo al aire y a los hombres descamisados tomado cerveza de un mismo vaso… Recuerdo que por las tardes  llegaba un desagradable olor a trapo sucio y mi abuela, furiosa, cerraba las ventanas y tapaba su taza de café con leche con una servilleta para que no se contamine. “Les quemo la boca con la cuchara caliente si me entero que han comido esa cochinada… Estos cholos inmundos hacen apanado de cartón, suela de zapato y frazadas viejas… ¡Y para que lo sepan: tarde o temprano esos perros carachosos van a terminar metidos en un pan !…”.

 

Todos los días al caer la tarde, cargaditas de apanados, parten las carretillas hacia sus puntos habituales. La venta siempre es buena porque es comida barata. Aunque, como cada vez hay más duros que  ebrios,  hoy en día el negocio ha bajado una barbaridad. En la madrugada, haciendo carrera en dos llantas, regresan al corralón… Una de esas noches que el “Sport Boys” doblaba a toda velocidad por Espinar lo detuvieron tres sujetos.

 

-Aguanta, aguanta cholo – lo paró uno en seco.

-Hola,  “Sport Boys”, ¿tienes pan?  - se le prendió del cuello un tipo visiblemente borracho.

-Tranquilo pues, oye – se lo sacó de encima -  Hasta las patas están, pues…

-¡Hay apanado o no, carajo! 

-Caliente todavía me queda… – y amablemente levantó la tapa de su carreta.

- Yo me conformo con esto nomás, cholo – y un tercero, que se había mantenido oculto,  metió la mano en la caja y hábilmente le arranchó todo el dinero.

 

Cuando el ladino trató de huir,  el “Sport Boys” lo detuvo sujetándolo fuertemente de una manga y el delincuente le reventó sin asco una botella en la cabeza. Entonces, el cholo recio cogió el cuchillo de la carne y se lo incrustó como si nada en el cuello.  Después embistió en el vientre al otro sujeto y, antes que pudiera despacharse al último, resbaló en un charco de sangre y cayó aparatosamente al suelo.   El malandro huyó gritando muerto de miedo y reclamando a la policía. El “Sport Boys”, calladito nomás, se levantó, limpió el cuchillo con un pedazo de papel de despacho, lo volvió a colocar en su lugar y se montó otra vez en su triciclo.

 

A las tres de la mañana, con las ropas todavía manchadas de sangre, la policía lo sacó de su hogar. Su desconsolada mujer lloraba a gritos y cuatro chiquillos moquientos se le prendían de los pantalones. El cholo no dijo una sola palabra. Se lo llevaron preso y regresó a su casa después de cumplir ocho años en el penal de  Lurigancho. “Sport Boys”, natural de Huancayo, hincha del equipo chalaco, hasta entonces no tenía antecedentes policiales…  Dicen que la cárcel te cambia y es verdad…  Está más viejo, más apagado y se ha vuelto un poco huraño… Pero a nadie le da miedo… Aún te inspira confianza el “Sport Boys”…

  

EL MUERTO AGUANTA(*)

EL MUERTO AGUANTA(*)

 

por: Eduardo Catalán Flor-Bustamante

 

(*)Fragmento de la novela “Paraíso de los suicidas”

 

Hoy cobro y todavía me alegro… ¡Y eso que esta miseria no alcanza para nada!…  La cola no está tan larga… Siempre somos los mismos en la  puerta del banco… Cuando alguien falta es porque está enfermo o porque se ha muerto… Y cuando eso pasa nos miramos en silencio… Así son estas colas. Deprimentes. Llenas de infelices. De viejos solitarios abandonados a su suerte y de  señoritas sexagenarias que, mensualmente, se conforman con un cheque escuálido.  A pesar de todo es una bendición estar cobrando.  La cosa podría ser peor, ¿no?…   A muchos los recuerdo desde que era niño.  Aquel viejito del bastón  venía antes con su esposa, que murió hace poco.  El de la boina a cuadros llegaba con su primo, que ahora también es difunto… ¿Será por eso que la cola es cada vez más corta?…  El mes pasado, un viejo maestro, que se acercaba arrastrando los pies le dijo a uno que le estaba guardando el sitio:

-Mi más sentido pésame, Gerardo. Sé que tú y tu hermano eran muy unidos… Quiero que sepas que en casa lo sentimos mucho… – y le palmeteó la espalda con cariño.

-Gracias, Jaime. No tienes una idea de lo que padecí con el bendito entierro…

A pesar de todo yo estoy muy bien… Pero lo que está muy mal es esta situación… ¡Ni siquiera los muertos se salvan!… Felizmente, mi pobre hermano  - que en paz descanse – tenía su nicho y su cajón asegurados. Pero no hay ningún respeto por la muerte, oiga usted… ¡Ni el más mínimo respeto!… Cuando mi pobre hermano, que en paz descanse, murió el veinte de julio…  

 -¡Cuánto lo siento, Gerardito!…

-Ya sé…, ya sé… Entonces, lo velamos el veintiuno y lo más lógico, oiga usted amigo Jaime, era que lo enterremos al día siguiente. Como debe ser, pues… Pero, en pleno velorio,  el agente de seguros me salió con que la funeraria todavía no le había firmado no sé qué papeles y que por eso había que esperar como un par de días más para poder enterrar a mi hermano… “¡El muerto aguanta!…”, me dijo todavía el insolente… “Cuando tengamos la confirmación del cementerio nosotros te avisamos por teléfono, abuelito… Todo depende de la Beneficencia… Ándate a dormir tranquilo, que de aquí  a tu muertito nadie se lo va a robar…”   Vea usted eso, nomás… ¡Qué lisura!… Y como no había pegado el ojo en dos días, le hice caso y me fui a tirarme en la cama y allí me quedé tan privado que, cuando me desperté, ni sabía el día ni la hora que era… Pero al toque me acordé de mi hermano y me di cuenta de que estos desgraciados no me habían llamado… Ya habían pasado veinticuatro horas del asunto, oiga usted, eso ya era un abuso ¿Cuánto puede aguantar un finado?… Entonces, agarré el teléfono y los llamé para decirles cuatro frescas. Me contestó el mismísimo administrador, oiga usted, y me dijo: “ Ya se jodió la cosa, viejito. Los trabajadores de servicios funerarios de la Beneficencia Pública de Lima están  de huelga y no sabemos cuándo vamos a poder enterrar a tu hermano, abuelo… Así que, caballero nomás, vente en una carrerita para arreglar lo del formol…” ¿Qué es eso? Le pregunté  poniéndome fuerte, Jaime. Y me contestó que como todavía no había fecha para el entierro, necesitábamos meterle un litro de formol en el cuerpo… “El cadáver ya está empezando a oler mal, abuelo y va a ponerse peor en unos días si no hacemos algo…”. Le tuve que decir que ahorita mismo estaba saliendo para allá…

-¡Pero qué tal contrariedad, Gerardito!

-…Cuando entré en la funeraria estaban velando a otros dos. A mi hermano lo habían mandado a una salita al fondo junto a los baños donde,  por lo visto, estaba también el depósito. Ni siquiera terminé de persignarme, cuando un empleado vestido de carnicero me preguntó impaciente por el formol ¿Cuál formol? ¡Déjeme rezar, carajo!, le respondí  ¡Era el colmo, Jaime!… “Suavena don Lucho, cocharcas, que los muertos son de palo…”, me contestó pendenciero el tipo. “¿Cuál es tu cau-cau, viejito? Si bien claro dice acá que el familiar trae el formol…”, reaccionó metiéndome por la cara una guía de remisión ¡Tremenda mentira!  En ningún momento se me dijo que tenía que traer nada… ¿Dónde está el administrador?… ¡Vaya usted a llamarlo inmediatamente!, le grité… A estas alturas del partido, mi querido Jaime, ya estaba hecho un pichín y no aguantaba una. “El hombre ha salido a hacer unas diligencias…  Así que no pasa nada, teclo…”,  me contestó tirándome encima su aliento alcohólico  ¿Cómo que no pasa nada?… ¿Acaso yo me he venido en taxi desde tan lejos por las puras alverjas?… ¿Qué se ha creído usted?… “Hubieras tomado tu micro nomás, arrugado… Yo no sé cómo vas a hacer porque, como te repito, el administrador ha salido…” Y trató de irse dejándome a mí solito con todo el problema.

-¡Pero qué barbaridad!

-…¡Ah! Pero yo me le prendí de ese mandil inmundo teñido con la sangre de mil muertos y lo detuve en seco ¡No tomo micro porque me duelen las várices!, le grité apretándole el brazo. Y no me voy a mover de aquí hasta que usted me resuelva el problema.,, Como debe ser… ¿Oyó? Sepa usted, jovencito, que yo soy cliente de la funeraria y, como tal, usted tiene la obligación de tratarme con respeto ¿Está claro?… 

-¡Pasumadre, Gerardito!

-Sí, señor. Me sacó de mis casillas. “Aguanta el carro, teclo y no te me sulfures que aquí no hay médicos y los enterradores están de huelga. Ya suéltame el remo que yo, José Sabroso, te voy a sacar de tu problema ¿Tienes un par de luquitas?…”, me preguntó como si nada el fresco. “Mira, centenario, tú rézale un rosario a tu muertito que yo en una carrerita regreso con el formol…”.  Y no me quedó otra… Yo sabía que me estaba sangrando, oiga usted… Pero le di la plata, nomás…

-¡Qué bueno que por fin saliste del problema! – dijo el amigo mirando su reloj con impaciencia.

-¡Eso no es nada! ¡Todavía no había enterrado a mi hermano! Lo peor vino después…– dijo avanzando un par de pasos en la cola.

-No me digas, Gerardito. Continúa, hombre, continúa…

-El jijuna regresó como a la media hora y sin avisar, le inyectó el formol en la barriga con ropa y todo. La jeringa perecía un pulverizador de DDT, oiga usted.  Y el desgraciado ese todavía me picó otro billete y se esfumó… ¡Qué tal hijo de la grandísima! Vea usted,  nomás… Haciendo lucro con la muerte de los pobres ¿Dónde se ha visto eso? Envejecer aquí es una desgracia  ¡Pero peor es morirse, oiga usted!… La tos lo interrumpió abruptamente. Para entonces, todo el mundo en la cola escuchaba con atención.

-Pero cuéntame, ¿abrió el cajón?, ¿lo sacó?, ¿cómo hizo? – preguntó el amigo intrigado.

-¿No estás oyendo? ¡Si para eso me llamaron!… Como se supone que los parientes no le tienen asco a sus muertos, lo llaman a uno para que lo desvista y lo mueva… Pero el carnicero este, sacalagua mala raza, lo agarró de un tirón, le abrió su saquito y fuácate,  le zampó a mi hermano tremenda agujota que daba escalofríos,  oiga usted.  La jeringa era del tamaño de mi brazo, Jaime… Clarito escuché cómo el acero atravesaba la tela, la carne,  los órganos… -. Todos se quedaron cojudos y a más de uno le dio su temblecón.

-¿De verdad olía tan mal? – preguntó Jaime secundado por las miradas indiscretas.

-Sinceramente, amigo, la primera vez no sentí nada. Pero cuando me llamaron a los dos días para ponerle más formol, sí que fue insoportable – dijo, haciendo una mueca de asco.

-¡No me digas que tuvieron que ponerle más formol, Gerardito! ¡No te puedo creer! –  los demás se quedaron boquiabiertos.

-¡Cómo no, hombre!… Dos días después el sacalagua me volvió a llamar. Otra vez quería plata… Pero esta vez se los di callado la boca, nomás… Hasta pena me dio el hombre… ¡Qué horrible trabajo, oiga usted!…  Para mí ha sido una de las experiencias más desagradables de mi vida, Jaime.  No tenía por qué ver a mi pobre hermano en esas condiciones. No es justo, oiga usted…

-¿Y le pusieron otra inyección en el estómago?

-No. Esta vez no fue en el estómago…

-¿¿No??… – ya el público estaba en ascuas.

-Fue en el cerebro. Yo solito tuve que levantar a mi hermano y dejarlo casi sentado para que le metieran la aguja. Pesaba una tonelada. Estaba hinchado y su piel era verde, de un verde inolvidable, Jaime… El hombre tuvo que usar un  martillo para que la aguja penetrara en el cráneo. El olor era tan insoportable que terminamos mareados. Esta vez sí que el sacalagua se ganó sus billetes. Para colmo, en la oficina me dijeron que si la situación de los panteoneros no se resolvía hasta el lunes, no iba a quedar otra que enterrarlo en una fosa común o correr con la mía. “Eso sería ya por tu cuenta, abuelito.  Tú decides…”, me dijo el agente.  Así que me vine para la casa y me dije: ¡A la mierda! ¡Que sea lo que tu mandes, Señor!

-Qué fatal, Garardito…

-Terrible, Jaime, terrible… Pero  el tipo del seguro social me llamó eufórico la mañana siguiente y me dijo: “Viejito, consíguete dos o tres personas para que te ayuden con tu muertito. Porque hoy lo enterramos, ¿ya?… De milagro le hemos conseguido un nicho en el Baquíjano y Carrillo… Tienes que estar esperándonos en la puerta a las once en punto, ¿okay? No te hagas esperar, abuelo, porque ésta es una gauchada que me están haciendo… No me dejes mal, ¿ya? El chofer de la carroza te va a dar unos papeles, tu los firmas nomás y punto. Todo está cancelado… Si tú quieres, les das su propina a los hombres… Mucha suerte y disculpa la molestia, abuelito… ¿Ya?…”. Y me colgó sin que pueda decirle ni pío, oiga usted. Eran las nueve de la mañana y mis dos sobrinas estaban trabajando… Claro, si era Martes… ¿De dónde iba yo a sacar ayuda a esa hora? ¿A quién iba yo a llamar para cargar a mi hermano?… Sólo se me ocurrió salir a la esquina a ver si los chicos del barrio me daban una manito… ¿Pero puedes creer, Jaime, que no había ni uno solo? Ni siquiera uno de esos amanecidos para ofrecerle plata… Así que me metí a la bodega y a esa hora, de puro asado, le pedí al chino Carlos una cervecita helada, carajo, y me la empujé toditita. Terminaba el último vaso, cuando me dio la llorona, hermano. Ahogándome en llanto, maldije a gritos mi puta suerte…

-No era para menos, Gerardito…

-…El chino Carlos, su esposa, sus hijos y el cholo Herminio, salieron corriendo para ver qué me estaba pasando. Tomándonos unas chelas más, les conté todo… ¡Dios sabe por qué hace las cosas, Jaime!… Por nada, se ofrecieron todos a ayudarme… ¡Ni un Sol quisieron recibirme! – hizo un puchero y un par de lagrimones rodaron por sus mejillas. Pero ahogó el llanto con un gallo y recuperó el hilo. La mujer de al lado sacó su pañuelito y se sonó los mocos.

-¡Un milagro, Gerardito! ¡Eso fue un milagro!…

-Lo mismo pienso yo… Uno nunca sabe dónde se encontrará con la gente buena… Así que, medio picadillo, me embarqué en un taxi con el chino Carlos, su hijo el mayor y el cholo Herminio. Yo iba adelante. Se podía decir que casi contento… Imagínate que hasta me reí con los chistes que contaba el Herminio. Al llegar al cementerio, el chofer de la carroza nos esperaba con una carasa de a  metro. Estaba fumándose un cigarrillo y se secaba el sudor con unos papeles que tenía en la mano. Conforme nos íbamos acercando, nos dimos cuenta que habían traído a mi pobre hermano en el carro repartidor de flores. Junto al cajón todavía había coronas por entregar… ¡Qué lisura!…  ¡Qué falta de respeto, oiga usted, amigo Jaime!… ¡Ya era el colmo!… Ni bien me identifiqué como el hermano del difunto, el chofer me hizo firmar los papeles húmedos -oiga usted- y de un solo grito mandó a bajar el féretro. Lo tiraron en la vereda como si fuera un costal de papas, Jaime, y me quedaron mirando fijo para que les diera una propina. Pero me hice el sueco, carajo… Se subieron en el camión requintándome y se largaron. Nos quedamos parados un rato desconcertados mirando el cajón de mi hermano abandonado en medio de la calle.

-¡Increíble, Gerardito!

-Lo peor de todo era que seguían de huelga. El cementerio estaba desierto. Creo que éramos los únicos y no teníamos ni idea de lo que debíamos hacer… Al  Herminio se le ocurrió que cargáramos el cajón hasta las mesas de oración para rezarle un poco. “Al fin pensando tú, Helminio…”, le dijo sorprendido el chino Carlos. “Yo soy ayacuchano, chinito… Ya me he despedido de bastantes…”, le contestó el cholo con solemnidad. Nos dejó pensando…  Bueno. Entre los papeles que me dio el chofer había un papelito con la nueva dirección de mi hermano garabateada en tinta verde. Así que, después de dos Padre Nuestros y tres Avemarías, decidimos emprender la marcha. “Salud pues, don Pancho…”, dijo de repente el cholo Herminio levantando una mulita de Sol de Ica que sacó de su bolsillo. Se bebió una tapita y con elegancia vertió otra sobre el cajón de mi hermano. “Ya te manyo, Helminio…”, dijo el chino suspicazmente, metiéndose como si nada un buen trago de pisco. Después que todos brindamos con mi hermano, tradición andina que estoy seguro no le hubiera gustado, partimos en busca del cuartel que le había tocado en suerte.

-Pero ustedes ya estaban más que picaditos, Gerardito…

-Así es. Y por eso empezaron los problemas… Tú sabes que los pabellones están ordenados alfabéticamente, ¿no?  A mi hermano le había tocado Santa Isolina. Y todavía estábamos en la letra “A”…  No sabíamos en qué dirección avanzar.  El sol empezaba a calcinarnos la cabeza y el pisco nos estaba haciendo un hueco en el estómago vacío.  El cajón pesaba una barbaridad.  Y encima, como todos éramos de distinta estatura, a cada rato teníamos que cambiar de lugar.  Hacíamos un alto cada diez pasos, Jaime… Menos mal que, cuando nos atacó el mal de risa,  ya estábamos por la letra “F”.  Justo en un punto donde convergían pabellones. Ya estábamos muertos de cansancio. Así que bajamos una vez más el cajón al suelo y nos preguntamos cuál de todos esos era el dichoso cuartel Santa Isolina… Nos sentamos en el cajón y nos terminamos la botella de pisco, caracho.

-¿Así que te dio mal de risa en el cementerio, Gerardito? No te puedo creer…

-Como lo oyes, Jaime. Cuando el hijo del chino regresó con la noticia de que allí nomás estaba el pabellón, nadie  le dio bola.  Seguimos descansando, empapaditos de sudor.  La cantidad de cuadras que cargamos esa mole había sido una barbaridad…

-Por ahí he escuchado que cuando el cadáver está descompuesto los gases lo inflan tanto que aumentan de peso… Me disculparás la comparación, Gerardito, pero dicen que eso les pasa a esos perros cuando los atropella un carro y se quedan por semanas tirados al borde de la pista…

-… Y  si a eso le sumamos el peso del cajón, ya no pues, hermano… Cuando al fin llegamos al nicho, nos estaban esperando un par de albañiles que nos habían mandado de la  funeraria. Estaban sentados en el piso fumándose un cigarrillo. Con una práctica insolente nos recibieron el cajón y en cuestión de minutos lo colocaron en el interior del nicho y tarrajearon la entrada en dos patadas. Me miraron desafiantes y al toque me pidieron mil soles para cada uno… Un poco más y nos pegan, Jaime… “¿Para qué chucha se viene uno desde la Victoria hasta el Callao, viejo tacaño de mierda?… ¿O sea, que hemos estado esperando un montón de rato por las huevas?… ‘Tas bien huamán teclo, ah?… Ahorita mismo saltas con la chancaca o los dejamos calatos con los muertos”,  me dijo  el más maleado. Pero el cholo Herminio agarró un piedrón y sin asco se la tiró en la cadera al bocón.  Todos agarramos una piedra en cada mano y en menos de lo que canta un gallo, se hicieron humo… ¿Qué se habían creído, oiga usted?…

 

-El siguiente… -  se escuchó la voz aburrida de la cajera del banco y el viejo dio por concluida la charla.

 

Todavía lo veo con su bolsita en el mercado. Se le ve cansado…  Dicen que la vejez en soledad es terrible, pero la vejez sin esperanza debe ser peor… ¡Qué bueno que hoy no se haya muerto nadie!… Es que estas colas son tan trágicas, tan reales, tan dolorosas, que no puedes dejar de pensar que un día alguno de nosotros faltará a cobrar un treinta para siempre…

 

 

                                                      FIN