EL MUERTO AGUANTA(*)
por: Eduardo Catalán Flor-Bustamante
(*)Fragmento de la novela “Paraíso de los suicidas”
Hoy cobro y todavía me alegro… ¡Y eso que esta miseria no alcanza para nada!… La cola no está tan larga… Siempre somos los mismos en la puerta del banco… Cuando alguien falta es porque está enfermo o porque se ha muerto… Y cuando eso pasa nos miramos en silencio… Así son estas colas. Deprimentes. Llenas de infelices. De viejos solitarios abandonados a su suerte y de señoritas sexagenarias que, mensualmente, se conforman con un cheque escuálido. A pesar de todo es una bendición estar cobrando. La cosa podría ser peor, ¿no?… A muchos los recuerdo desde que era niño. Aquel viejito del bastón venía antes con su esposa, que murió hace poco. El de la boina a cuadros llegaba con su primo, que ahora también es difunto… ¿Será por eso que la cola es cada vez más corta?… El mes pasado, un viejo maestro, que se acercaba arrastrando los pies le dijo a uno que le estaba guardando el sitio:
-Mi más sentido pésame, Gerardo. Sé que tú y tu hermano eran muy unidos… Quiero que sepas que en casa lo sentimos mucho… – y le palmeteó la espalda con cariño.
-Gracias, Jaime. No tienes una idea de lo que padecí con el bendito entierro…
A pesar de todo yo estoy muy bien… Pero lo que está muy mal es esta situación… ¡Ni siquiera los muertos se salvan!… Felizmente, mi pobre hermano - que en paz descanse – tenía su nicho y su cajón asegurados. Pero no hay ningún respeto por la muerte, oiga usted… ¡Ni el más mínimo respeto!… Cuando mi pobre hermano, que en paz descanse, murió el veinte de julio…
-¡Cuánto lo siento, Gerardito!…
-Ya sé…, ya sé… Entonces, lo velamos el veintiuno y lo más lógico, oiga usted amigo Jaime, era que lo enterremos al día siguiente. Como debe ser, pues… Pero, en pleno velorio, el agente de seguros me salió con que la funeraria todavía no le había firmado no sé qué papeles y que por eso había que esperar como un par de días más para poder enterrar a mi hermano… “¡El muerto aguanta!…”, me dijo todavía el insolente… “Cuando tengamos la confirmación del cementerio nosotros te avisamos por teléfono, abuelito… Todo depende de la Beneficencia… Ándate a dormir tranquilo, que de aquí a tu muertito nadie se lo va a robar…” Vea usted eso, nomás… ¡Qué lisura!… Y como no había pegado el ojo en dos días, le hice caso y me fui a tirarme en la cama y allí me quedé tan privado que, cuando me desperté, ni sabía el día ni la hora que era… Pero al toque me acordé de mi hermano y me di cuenta de que estos desgraciados no me habían llamado… Ya habían pasado veinticuatro horas del asunto, oiga usted, eso ya era un abuso ¿Cuánto puede aguantar un finado?… Entonces, agarré el teléfono y los llamé para decirles cuatro frescas. Me contestó el mismísimo administrador, oiga usted, y me dijo: “ Ya se jodió la cosa, viejito. Los trabajadores de servicios funerarios de la Beneficencia Pública de Lima están de huelga y no sabemos cuándo vamos a poder enterrar a tu hermano, abuelo… Así que, caballero nomás, vente en una carrerita para arreglar lo del formol…” ¿Qué es eso? Le pregunté poniéndome fuerte, Jaime. Y me contestó que como todavía no había fecha para el entierro, necesitábamos meterle un litro de formol en el cuerpo… “El cadáver ya está empezando a oler mal, abuelo y va a ponerse peor en unos días si no hacemos algo…”. Le tuve que decir que ahorita mismo estaba saliendo para allá…
-¡Pero qué tal contrariedad, Gerardito!
-…Cuando entré en la funeraria estaban velando a otros dos. A mi hermano lo habían mandado a una salita al fondo junto a los baños donde, por lo visto, estaba también el depósito. Ni siquiera terminé de persignarme, cuando un empleado vestido de carnicero me preguntó impaciente por el formol ¿Cuál formol? ¡Déjeme rezar, carajo!, le respondí ¡Era el colmo, Jaime!… “Suavena don Lucho, cocharcas, que los muertos son de palo…”, me contestó pendenciero el tipo. “¿Cuál es tu cau-cau, viejito? Si bien claro dice acá que el familiar trae el formol…”, reaccionó metiéndome por la cara una guía de remisión ¡Tremenda mentira! En ningún momento se me dijo que tenía que traer nada… ¿Dónde está el administrador?… ¡Vaya usted a llamarlo inmediatamente!, le grité… A estas alturas del partido, mi querido Jaime, ya estaba hecho un pichín y no aguantaba una. “El hombre ha salido a hacer unas diligencias… Así que no pasa nada, teclo…”, me contestó tirándome encima su aliento alcohólico ¿Cómo que no pasa nada?… ¿Acaso yo me he venido en taxi desde tan lejos por las puras alverjas?… ¿Qué se ha creído usted?… “Hubieras tomado tu micro nomás, arrugado… Yo no sé cómo vas a hacer porque, como te repito, el administrador ha salido…” Y trató de irse dejándome a mí solito con todo el problema.
-¡Pero qué barbaridad!
-…¡Ah! Pero yo me le prendí de ese mandil inmundo teñido con la sangre de mil muertos y lo detuve en seco ¡No tomo micro porque me duelen las várices!, le grité apretándole el brazo. Y no me voy a mover de aquí hasta que usted me resuelva el problema.,, Como debe ser… ¿Oyó? Sepa usted, jovencito, que yo soy cliente de la funeraria y, como tal, usted tiene la obligación de tratarme con respeto ¿Está claro?…
-¡Pasumadre, Gerardito!
-Sí, señor. Me sacó de mis casillas. “Aguanta el carro, teclo y no te me sulfures que aquí no hay médicos y los enterradores están de huelga. Ya suéltame el remo que yo, José Sabroso, te voy a sacar de tu problema ¿Tienes un par de luquitas?…”, me preguntó como si nada el fresco. “Mira, centenario, tú rézale un rosario a tu muertito que yo en una carrerita regreso con el formol…”. Y no me quedó otra… Yo sabía que me estaba sangrando, oiga usted… Pero le di la plata, nomás…
-¡Qué bueno que por fin saliste del problema! – dijo el amigo mirando su reloj con impaciencia.
-¡Eso no es nada! ¡Todavía no había enterrado a mi hermano! Lo peor vino después…– dijo avanzando un par de pasos en la cola.
-No me digas, Gerardito. Continúa, hombre, continúa…
-El jijuna regresó como a la media hora y sin avisar, le inyectó el formol en la barriga con ropa y todo. La jeringa perecía un pulverizador de DDT, oiga usted. Y el desgraciado ese todavía me picó otro billete y se esfumó… ¡Qué tal hijo de la grandísima! Vea usted, nomás… Haciendo lucro con la muerte de los pobres ¿Dónde se ha visto eso? Envejecer aquí es una desgracia ¡Pero peor es morirse, oiga usted!… La tos lo interrumpió abruptamente. Para entonces, todo el mundo en la cola escuchaba con atención.
-Pero cuéntame, ¿abrió el cajón?, ¿lo sacó?, ¿cómo hizo? – preguntó el amigo intrigado.
-¿No estás oyendo? ¡Si para eso me llamaron!… Como se supone que los parientes no le tienen asco a sus muertos, lo llaman a uno para que lo desvista y lo mueva… Pero el carnicero este, sacalagua mala raza, lo agarró de un tirón, le abrió su saquito y fuácate, le zampó a mi hermano tremenda agujota que daba escalofríos, oiga usted. La jeringa era del tamaño de mi brazo, Jaime… Clarito escuché cómo el acero atravesaba la tela, la carne, los órganos… -. Todos se quedaron cojudos y a más de uno le dio su temblecón.
-¿De verdad olía tan mal? – preguntó Jaime secundado por las miradas indiscretas.
-Sinceramente, amigo, la primera vez no sentí nada. Pero cuando me llamaron a los dos días para ponerle más formol, sí que fue insoportable – dijo, haciendo una mueca de asco.
-¡No me digas que tuvieron que ponerle más formol, Gerardito! ¡No te puedo creer! – los demás se quedaron boquiabiertos.
-¡Cómo no, hombre!… Dos días después el sacalagua me volvió a llamar. Otra vez quería plata… Pero esta vez se los di callado la boca, nomás… Hasta pena me dio el hombre… ¡Qué horrible trabajo, oiga usted!… Para mí ha sido una de las experiencias más desagradables de mi vida, Jaime. No tenía por qué ver a mi pobre hermano en esas condiciones. No es justo, oiga usted…
-¿Y le pusieron otra inyección en el estómago?
-No. Esta vez no fue en el estómago…
-¿¿No??… – ya el público estaba en ascuas.
-Fue en el cerebro. Yo solito tuve que levantar a mi hermano y dejarlo casi sentado para que le metieran la aguja. Pesaba una tonelada. Estaba hinchado y su piel era verde, de un verde inolvidable, Jaime… El hombre tuvo que usar un martillo para que la aguja penetrara en el cráneo. El olor era tan insoportable que terminamos mareados. Esta vez sí que el sacalagua se ganó sus billetes. Para colmo, en la oficina me dijeron que si la situación de los panteoneros no se resolvía hasta el lunes, no iba a quedar otra que enterrarlo en una fosa común o correr con la mía. “Eso sería ya por tu cuenta, abuelito. Tú decides…”, me dijo el agente. Así que me vine para la casa y me dije: ¡A la mierda! ¡Que sea lo que tu mandes, Señor!
-Qué fatal, Garardito…
-Terrible, Jaime, terrible… Pero el tipo del seguro social me llamó eufórico la mañana siguiente y me dijo: “Viejito, consíguete dos o tres personas para que te ayuden con tu muertito. Porque hoy lo enterramos, ¿ya?… De milagro le hemos conseguido un nicho en el Baquíjano y Carrillo… Tienes que estar esperándonos en la puerta a las once en punto, ¿okay? No te hagas esperar, abuelo, porque ésta es una gauchada que me están haciendo… No me dejes mal, ¿ya? El chofer de la carroza te va a dar unos papeles, tu los firmas nomás y punto. Todo está cancelado… Si tú quieres, les das su propina a los hombres… Mucha suerte y disculpa la molestia, abuelito… ¿Ya?…”. Y me colgó sin que pueda decirle ni pío, oiga usted. Eran las nueve de la mañana y mis dos sobrinas estaban trabajando… Claro, si era Martes… ¿De dónde iba yo a sacar ayuda a esa hora? ¿A quién iba yo a llamar para cargar a mi hermano?… Sólo se me ocurrió salir a la esquina a ver si los chicos del barrio me daban una manito… ¿Pero puedes creer, Jaime, que no había ni uno solo? Ni siquiera uno de esos amanecidos para ofrecerle plata… Así que me metí a la bodega y a esa hora, de puro asado, le pedí al chino Carlos una cervecita helada, carajo, y me la empujé toditita. Terminaba el último vaso, cuando me dio la llorona, hermano. Ahogándome en llanto, maldije a gritos mi puta suerte…
-No era para menos, Gerardito…
-…El chino Carlos, su esposa, sus hijos y el cholo Herminio, salieron corriendo para ver qué me estaba pasando. Tomándonos unas chelas más, les conté todo… ¡Dios sabe por qué hace las cosas, Jaime!… Por nada, se ofrecieron todos a ayudarme… ¡Ni un Sol quisieron recibirme! – hizo un puchero y un par de lagrimones rodaron por sus mejillas. Pero ahogó el llanto con un gallo y recuperó el hilo. La mujer de al lado sacó su pañuelito y se sonó los mocos.
-¡Un milagro, Gerardito! ¡Eso fue un milagro!…
-Lo mismo pienso yo… Uno nunca sabe dónde se encontrará con la gente buena… Así que, medio picadillo, me embarqué en un taxi con el chino Carlos, su hijo el mayor y el cholo Herminio. Yo iba adelante. Se podía decir que casi contento… Imagínate que hasta me reí con los chistes que contaba el Herminio. Al llegar al cementerio, el chofer de la carroza nos esperaba con una carasa de a metro. Estaba fumándose un cigarrillo y se secaba el sudor con unos papeles que tenía en la mano. Conforme nos íbamos acercando, nos dimos cuenta que habían traído a mi pobre hermano en el carro repartidor de flores. Junto al cajón todavía había coronas por entregar… ¡Qué lisura!… ¡Qué falta de respeto, oiga usted, amigo Jaime!… ¡Ya era el colmo!… Ni bien me identifiqué como el hermano del difunto, el chofer me hizo firmar los papeles húmedos -oiga usted- y de un solo grito mandó a bajar el féretro. Lo tiraron en la vereda como si fuera un costal de papas, Jaime, y me quedaron mirando fijo para que les diera una propina. Pero me hice el sueco, carajo… Se subieron en el camión requintándome y se largaron. Nos quedamos parados un rato desconcertados mirando el cajón de mi hermano abandonado en medio de la calle.
-¡Increíble, Gerardito!
-Lo peor de todo era que seguían de huelga. El cementerio estaba desierto. Creo que éramos los únicos y no teníamos ni idea de lo que debíamos hacer… Al Herminio se le ocurrió que cargáramos el cajón hasta las mesas de oración para rezarle un poco. “Al fin pensando tú, Helminio…”, le dijo sorprendido el chino Carlos. “Yo soy ayacuchano, chinito… Ya me he despedido de bastantes…”, le contestó el cholo con solemnidad. Nos dejó pensando… Bueno. Entre los papeles que me dio el chofer había un papelito con la nueva dirección de mi hermano garabateada en tinta verde. Así que, después de dos Padre Nuestros y tres Avemarías, decidimos emprender la marcha. “Salud pues, don Pancho…”, dijo de repente el cholo Herminio levantando una mulita de Sol de Ica que sacó de su bolsillo. Se bebió una tapita y con elegancia vertió otra sobre el cajón de mi hermano. “Ya te manyo, Helminio…”, dijo el chino suspicazmente, metiéndose como si nada un buen trago de pisco. Después que todos brindamos con mi hermano, tradición andina que estoy seguro no le hubiera gustado, partimos en busca del cuartel que le había tocado en suerte.
-Pero ustedes ya estaban más que picaditos, Gerardito…
-Así es. Y por eso empezaron los problemas… Tú sabes que los pabellones están ordenados alfabéticamente, ¿no? A mi hermano le había tocado Santa Isolina. Y todavía estábamos en la letra “A”… No sabíamos en qué dirección avanzar. El sol empezaba a calcinarnos la cabeza y el pisco nos estaba haciendo un hueco en el estómago vacío. El cajón pesaba una barbaridad. Y encima, como todos éramos de distinta estatura, a cada rato teníamos que cambiar de lugar. Hacíamos un alto cada diez pasos, Jaime… Menos mal que, cuando nos atacó el mal de risa, ya estábamos por la letra “F”. Justo en un punto donde convergían pabellones. Ya estábamos muertos de cansancio. Así que bajamos una vez más el cajón al suelo y nos preguntamos cuál de todos esos era el dichoso cuartel Santa Isolina… Nos sentamos en el cajón y nos terminamos la botella de pisco, caracho.
-¿Así que te dio mal de risa en el cementerio, Gerardito? No te puedo creer…
-Como lo oyes, Jaime. Cuando el hijo del chino regresó con la noticia de que allí nomás estaba el pabellón, nadie le dio bola. Seguimos descansando, empapaditos de sudor. La cantidad de cuadras que cargamos esa mole había sido una barbaridad…
-Por ahí he escuchado que cuando el cadáver está descompuesto los gases lo inflan tanto que aumentan de peso… Me disculparás la comparación, Gerardito, pero dicen que eso les pasa a esos perros cuando los atropella un carro y se quedan por semanas tirados al borde de la pista…
-… Y si a eso le sumamos el peso del cajón, ya no pues, hermano… Cuando al fin llegamos al nicho, nos estaban esperando un par de albañiles que nos habían mandado de la funeraria. Estaban sentados en el piso fumándose un cigarrillo. Con una práctica insolente nos recibieron el cajón y en cuestión de minutos lo colocaron en el interior del nicho y tarrajearon la entrada en dos patadas. Me miraron desafiantes y al toque me pidieron mil soles para cada uno… Un poco más y nos pegan, Jaime… “¿Para qué chucha se viene uno desde la Victoria hasta el Callao, viejo tacaño de mierda?… ¿O sea, que hemos estado esperando un montón de rato por las huevas?… ‘Tas bien huamán teclo, ah?… Ahorita mismo saltas con la chancaca o los dejamos calatos con los muertos”, me dijo el más maleado. Pero el cholo Herminio agarró un piedrón y sin asco se la tiró en la cadera al bocón. Todos agarramos una piedra en cada mano y en menos de lo que canta un gallo, se hicieron humo… ¿Qué se habían creído, oiga usted?…
-El siguiente… - se escuchó la voz aburrida de la cajera del banco y el viejo dio por concluida la charla.
Todavía lo veo con su bolsita en el mercado. Se le ve cansado… Dicen que la vejez en soledad es terrible, pero la vejez sin esperanza debe ser peor… ¡Qué bueno que hoy no se haya muerto nadie!… Es que estas colas son tan trágicas, tan reales, tan dolorosas, que no puedes dejar de pensar que un día alguno de nosotros faltará a cobrar un treinta para siempre…
FIN

