No podía dejar de pensar en Rostro (*)

(*) Extracto de la “Novela Paraíso de los Suicidas”

 

 

Cerraba los ojos y la mirada del malandro se le confundía con la de su marido. El dolor que presionaba su cintura se extendía velozmente, partiéndole la espalda en dos. Betto no aparecía.  El  estruendo estremeció a las niñas en el cuarto.  Verónica corrió y encontró a Inés desmayada en el suelo.

 

-¿Mamá?… ¿Mamita?… Háblame por favor, ¿qué té pasa?… ¡Por favor dime algo mamá! – Y la zamaqueaba temblorosa sin saber a qué atinar.

 

Resuelta a levantarla se puso de pie, pero sólo consiguió voltearla boca arriba. Adriana, inmóvil, lloraba asustada en un rincón.  El olor de la leche quemada advertía que se estaba derramando en la hornilla.  Inés volvió en sí creyendo que ya era de día.  Tenía sed y volaba en fiebre.  Cuando trató  de incorporarse sintió que un puñal se le enterraba en la cintura.  Vencida por el dolor se contrajo a punto de volver a desmayarse pero al reparar en  la presencia de sus hijas, consiguió llegar hasta ellas para consolarlas.

 

-No es nada angelitos… Ya se me va a pasar. No se preocupen…

-¿Mamita, qué té pasa?… Por favor, no nos mientas…

 

Por el reloj del comedor supo que era más de medianoche. Herida de muerte en el orgullo finalmente admitió lo que por años se negó a aceptar: Que precisamente en momentos como éste, Betto, jamás estaría a su lado.  En la penumbra, aguantando un dolor que ahora era más intenso en el alma, estrechó lo más fuerte que pudo a sus hijas. Secándose las lágrimas, se juró que esta sería la última vez en su puta existencia que dejaba que sus hijas sufrieran de esa manera.

 

-¡Corre!… ¡Llama a tu abuelito!… Dile que tengo un cólico y que quiero que me lleve un ratito al hospital Santa Rosa… No le digas nada más, ¿ah?… Y por favor hija, apaga la candela que la cacerola se está quemando…

 

Los Galarreta subieron mudos al carro. Víctor tocó con la punta de los dedos la estampita del Señor de los Milagros que colgaba del espejo retrovisor, se persignó,  encendió el motor, esperó que caliente unos segundos y arrancó enseguida.

 

-No corras, Vico, que por ahí se te cruza un borracho y nos matamos – dijo su mujer anudándose el pañuelo en el cuello.

-¡No comiences por favor, Sofía! ¡Esta es una emergencia!… ¡Si mi hija se muere me desgracio, carajo!…¡Te juro que lo mato!… ¡Lo mato!  

-Tampoco te exaltes tanto, viejo,  que sólo es un cólico…

-¡Por favor, no me hagas hablar, Sofía!… ¿En dónde está metido ahora ese maricón? ¿Ah?… ¿Por qué no está atendiendo a su mujer?… ¡Ya se cagó conmigo ese huevón!… ¡Lo mato, carajo!…

-¡Ay, Vico, no seas grosero!

-¡No lo defiendas!… ¡Tu siempre lo defiendes!

-Te equivocas. Yo no lo defiendo, es más, te doy la razón. Pero por ahora maneja tranquilo viejo y no te olvides que después se te sube la presión.

 

Como si lo hubieran ensayado, saltaron en sus ropas después de colgar el teléfono y estuvieron listos en menos de cinco minutos.  Por muchos años habían pensado que llegaría este momento pero jamás se les ocurrió que tendrían que rescatarla estando enferma. Antes de salir, Vico se guardó en el bolsillo del saco la vieja manopla de bronce que hace años le confiscó a uno de sus alumnos y que, por si acaso, había escondido en su zapatera.

 

-¿Qué es eso?… -, preguntó Sofía sospechando. 

-No es nada, vieja, apúrate nomás… -, le contestó tratando disimular.

 

Siempre pudieron leer en los ojos de su yerno el desprecio que más adelante no se molestaría en ocultarles. Hasta había llegado a prohibir que Inés llevara a  sus hijas a visitar a sus abuelos.

 

… ¡Qué tal lisura, carajo! El mundo se nos vino encima cuando ese maricón embarazó a mi hijita. Yo sabía que su gran ilusión era llegar a ser maestra, como su madre ¡Ahh!… ¡Cuánto habíamos soñado con la escuelita que íbamos a levantar en el terreno del malecón!… 

 

Víctor era profesor de secundaria en el colegio Bartolomé Herrera y Sofía enseñaba Educación Física en el Miguel Grau. Se conocieron en un congreso nacional de estudiantes de educación organizado por el APRA en la Biblioteca Pública de Lima. Durante el gobierno militar, Víctor tuvo que repasar el quechua de su infancia para ser director de primaria y si bien durante este periodo mantuvo en reserva sus ideas partidarias, ni bien se convocó la Asamblea Constituyente, los Galarreta desempolvaron su carné y pudieron realizar algunos pequeños proyectos, como comprar la casa de la avenida La Paz a muy buen precio. 

 

-No es el mejor lugar del mundo…  ¡Pero qué carajos! No podemos dejar pasar una oportunidad como ésta pues, Sofía…  

 

Después de quince años, todos esos recuerdos volvían a su mente. Inés por fin volvería a casa para empezar de nuevo.

 

Encontraron a Verónica tendida en el sillón junto a su madre y a Adriana durmiendo  abrazada a sus pies. Víctor entró directo al cuarto y sacó del closet las mismas maletas que Inés se llevó el día que salió de su casa.

 

-¿Cómo no las voy a reconocer?… ¡Si yo las traje de  Huancayo!…- , suspiró Víctor rencoroso. 

 

Tres lustros de matrimonio se reducían a cuatro vestidos, dos faldas, dos pantalones, tres blusas, tres pares de zapatos, un saco, dos chompas, y  un par de casacas,  que él mismo le compró cuando estaba en la universidad. El closet estaba lleno de la ropa de su yerno.

 

-Todas sus cositas caben en una bolsa… ¡Desgraciado de mierda!… Nunca supiste tratar bien a mi hijita ¡Si estuvieras aquí te partiría la cara, maldito!… – apretaba con fuerza la manopla mientras una mancha roja le coloreaba el pómulo izquierdo.

-¿Qué haces, abuelo? – preguntó Verónica que estaba parada junto a la puerta, sorprendida al verlo llenar las maletas con todo lo que había en la cómoda.

-¡Nos vamos!… – contestó con aspereza y siguió con la mudanza.

-¿Qué?… ¿Adónde?…

-A mi casa… Como debió ser desde hace tiempo… A ver hijita, tú, ya estás grandecita, así que pon tus cosas en esa maleta… ¡De una vez, que nos vamos!

-¿Qué cosa?… ¿Estás loco, abuelo?… ¡Yo no me voy a ningún lado!…¡Yo me quedo aquí, esta es mi casa!…

-¡Tú vas a hacer lo que yo diga, carajo!… ¡Muchacha de mierda!… – dijo y el otro cachete le cogió color.

-¿Qué pasa aquí?… ¿Qué gritería es ésta?… ¿Víctor, no te das cuenta que Inés está mal?  ¿Por qué tanta demora?… ¡Deja eso y vamos de una vez a llevar a la chica al hospital! – interrumpió Sofía entrando en la habitación.

-¡Yo no me quiero ir de aquí abuelita, esta es mi casa!…

-¡Shhh!… Disminúyeme el volumen, señorita… ¿Te quieres quedar?… Bien, entonces hazlo. No hay tiempo para discusiones.  Lo más importante ahora es llevar a tu mamá al hospital. Si quieres quédate a esperar a tu papá y mañana hablamos.

 

Inés salió de su casa envuelta en una frazada, prendida del cuello de su padre como cuando era niña, sin presentir que no volvería más.

 

-¡Aló…, aló!.. ¿Quién contesta, ah?… Pásame rapidito con tu mamá, hijita. No te demores que me sale cara la llamada… – Verónica reconoció a su abuela Armenia al otro lado del- auricular.

-Entonces ahórrate la llamada abuela,  porque mi mamá no está…

-Bueno, cuando regrese dile que tu papá ya está saliendo para allá. Ahí nomás que ustedes se fueron llegó el muy bandido. Pero como empezó a llover tan horrible le dije que mejor se quedara, no vaya a ser que le pase algo… Y está mal, ¿ah?… Le duele mucho la cabeza y la garganta. Pobrecito, de hecho que ya pescó una gripe. Dile a tu mamá que le prepare un caldito de pollo bien concentrado y que le fría un bistecito para que se recupere… ¿Qué mala pata, no?… Eso nomás quería decirle. Pero tu mamá qué bárbara, ¿ah?  Desde tempranito para en la calle, ¿no?…

-No es eso abuela. Lo que pasa es que mi mamá anoche se puso mal…

-Bueno, bueno, bueno… Pero por lo que veo ya se siente mejor, así que dale mi encargo nomás. En la tardecita llamo, chau.

-¡Clic!

 

Verónica colgó el teléfono y permaneció por largo rato acostada mirando al vacío. Hacía tanto que no dormía en una cama, que ya llevaba tres horas despierta sin levantarse. La idea de irse a vivir con sus abuelos le pareció descabellada.

 

-¿Dejar mi casa y mis amigas del barrio?… ¿Con quién me voy a juntar en la avenida La Paz?… Nada que ver… Cuando les dé mi dirección, los chicos van a creer que soy una pacharaca…

 

Quería y admiraba mucho a su abuela, porque ponía en su sitio a cualquiera, incluyendo a su papá.  Le encantaba ver cómo dejaba callados a los demás. Al abuelo también lo quería, pero le caía espeso cuando se ponía mandón como su papá.

 

-Y ahora, ¿cómo le digo?… ¡Cómo vendrá! Con resaca, ¡no va a ser!…  ¡Aj! Con la boca apestando horrible y diciéndome que me quiere… ¡Qué chinchoso!… ¡Es mi papá pero ya no lo aguanto!…

 

Dio un brinco y prendió la televisión.  Roxana Canedo anunciaba el saldo de muertes y accidentes ocurridos durante el fin de semana de Fiestas Patrias.

 

-Ojalá mi papá estuviera  en la cifra…  ¿A quién le hace falta?…  

 

Pero al toque se arrepintió y se persignó. 

 

Cuando escuchó el ruido de la llave en la cerradura corrió a apagar la tele y  se escondió.  Una corriente de aire helado trajo ruido de la calle.

 

-¡Hola, familia!

 

El perfume de su abuelo se filtró hasta su escondite en el closet. 

 

… ¡Já¡ Para barajar la resaca que traes encima hace falta más que un buen baño y un poco de colonia… ¡Idiota!

 

-No hay nadie – respondió Verónica saliendo de su escondite.

-¿Cómo que no hay nadie?… ¿Y en dónde está tu mamá? – preguntó irritándose.

-Mi abuelito Víctor se la llevó anoche al hospital de emergencia…

-¿¿Qué??… ¡Sácate la mano de la boca y habla bien, carajo!… Dime, ¿qué mierda está pasando?…

-No sé… -dijo asustada- A mi mamá le comenzó a doler la espalda y se desmayó…

-¿Se desmayó? ¿Estás segura? ¿ Adónde se la llevaron?….

-Creo que al Hospital Santa Rosa no sé muy bien, papá… Porque mi abuelita quería llevarla al hospital del Empleado. Pero como tú eres el que tiene el carné… Quedaron en llamarme pero me quedé dormida hasta ahorita…

-Tú eres bruta, ¿no, carajo? ¿Cómo se te ocurre tirarte a dormir en un momento como éste?

-Estuve despierta hasta que amaneció y me quedé dormida,  papá.

-¿Quién chucha decidió llevarla de emergencia?… Seguro que la metiche de mierda de tu abuela… ¡Vieja conchesumadre, carajo! ¡Cuando algo se le mete en la cabeza,  siempre se sale con su gusto la muy jijuna… ¿Por qué no me esperaron? ¿Ah?…  ¡Si tu sabes que yo tengo antibióticos en la maleta!… ¡Bruta de mierda!

-Mi mamá se desmayó bien feo y estuvo tirada en el piso bastante rato. Adriana y yo no podíamos ni moverla… Estaba mal, papá. Todavía estoy preocupada por ella…

-¿Y dónde está tu hermana?

-Mi abuelita se la llevó a su casa… Adriana se asustó un montón, papá…

-Pero si esa vieja sabe que a mí no me gusta que ustedes se metan en esa casa, en ese barrio de mierda… ¿Acaso tú no puedes quedarte con tu hermana, sonsonasa?

-Se la llevaron con su ropa y todo… También se llevaron las cosas de mi mamá. Mi abuelito Víctor dice que ya no quiere que vivamos contigo… Pero yo no quiero irme con ellos.

-¿Está loco ese viejo de mierda? ¿Quién chucha se ha creído para tomar decisiones por mi familia? Tú no te preocupes, mamita. Ninguna de ustedes se queda a vivir allá, carajo… – y dicho esto intentó abrazar a su hija.

-¡No me toques!… ¡No me toques!  ¡Todo esto es por tu culpa! – y  lo apartó de un buen empujón.

-¿Y a ti qué mierda te pasa?… ¿Ah?… ¿Te has vuelto loca, carajo?… ¡A ver si con un buen correazo se te pasa la rabieta!… ¡Eso me pasa por cojudo!… ¡Mano dura, carajo!… ¡Eso tengo que hacer en esta casa de mierda para que se me respete!

-¡Mamá, mamá! ¡Mamita!… – rompió a llorar.

-¡Cállate! … ¡He dicho que te calles, carajo! ¡Niña mimada de mierda! ¡Muy malcriada te tiene tu madre!… ¡¡Yo te voy a enseñar lo que es disciplina, carajo!!  - y se sacó la correa- ¡Ven acá muchacha de mierda!… – pero no consiguió que Verónica saliera de abajo de la cama y por eso agarró a patadas todo lo que estuvo a su alcance- ¡Si quieren lárguense mal agradecidas, mejor para mí!… ¡Váyanse todas a la mierda!…

 

En un arranque de ira arrojó el estéreo al suelo y unas lucecitas verdes y anaranjadas salieron de la pared.  Todavía temblando,  abrió la puerta y se fue otra vez para la calle.  Verónica voló a poner el cerrojo y extrañando enormemente a su mamá, se quedó gimoteando tendida en el suelo. Una corriente de aire fresco que entró por debajo de la puerta la repuso de inmediato. Había llegado el momento. Así que corrió a su cuarto a vestirse, llenó su maletín de educación física en cinco minutos con algunas de sus pertenencias y cuando estuvo lista, salió del edificio escondiéndose de los vecinos.

 

-¡Nunca más me verás la cara, desgraciado!… ¡Juro por Dios que nadie volverá a verme por acá!…

 

Betto llegó al Hospital Santa Rosa justo cuando Sofía salía por la puerta de emergencias. Se disponía a tomar el bus para San Miguel cuando le pasó la voz haciendo un ademán con el brazo que era casi su sello personal.

 

-¡Hola, hijo!… ¿Me das una jaladita?  - preguntó Sofía subiéndose al carro.

-Hola… ¿Qué tiene Inés, ah?… ¿Cómo está? – preguntó tratando de disimular su malestar y como queriendo limpiar ceniceros y asientos con una mirada.

-Está mejor. Ya vas a verla… Pero antes me gustaría, si no tienes inconveniente, conversar un ratito contigo… ¿O estás apurado?

-No, no. Para nada. Hablemos ahora, no hay problema…

-¿Me podrías llevar hasta mi casa?…  Te doy para la gasolina, ¿ah? – le preguntó ella buscando en su monedero.

-¡Por favor, Sofía!… – dijo levantando la voz y un movimiento involuntario de mandíbula le desfiguró la cara por unos segundos.

-Es sólo una pregunta, Betto… Como están las cosas hoy en día…  No lo tomes a mal y no pierdas la ecuanimidad tan rápido que aún no hemos empezado…

 

Con Sofía jamás se hablaba a medias tintas. Le encantaba expresar su punto de vista pero también sabía escuchar. Era firme y nunca retrocedía en sus decisiones. La franqueza era su mejor virtud.

 

… Ay, no… Durante el gobierno militar decidí mantener la boca cerrada fuera de mi casa ¡Ni tonta, pues!  Y para asegurarme los frijoles,  en lugar de enseñar Ciencias Sociales, me dediqué a la Educación Física.

 

-Tengo que decirte que Inés y las chicas no van a regresar contigo a la casa… Hasta que te rehabilites…

-¿Yo?… ¿Rehabilitarme de qué?… ¿Acaso estoy enfermo?

-Conmigo déjate de teatritos, Betto. Estás prácticamente en un hilo… Alejándote de Inés quizás pongas freno a tu autodestrucción, hijo… Créeme, que es por tu bien y el de todos… Siempre aprecié que quisieras casarte con Inés, pero ahora me doy cuenta que debí impedirlo porque tú no estabas enamorado de ella. No me mires así, Betto.  Yo siempre lo supe… Pero mi Inés estaba tan ilusionada con su matrimonio, que no dije nada confiando que con el tiempo llegarías a quererla un poco más… ¡Los dos se han hecho tanto daño, hijo!… Merecían ser felices, realizar sus sueños… No sé… Esas cosas que uno quiere cuando es joven y tiene una vida por delante… Yo sé que tú piensas como tu madre… Que te merecías una chica mejor… Y no te juzgo, ¿sabes?… Cada uno es libre de inculcar en sus hijos los valores que crea convenientes… Pero te digo sinceramente que, para mí, la que perdió más fue Inés. Porque a ella le tocó vivir en el mundo real…  Un mundo del que tú y tu madre quieren escapar…

-¿Ah, sí?… Fíjate Sofía que todo eso me lo tiene que decir Inés en mi cara… Yo no voy a destruir mi matrimonio por tu filosofía de La Cantuta… ¡Discúlpame, pero esta vez no voy a hacer lo que a ti te da la gana!…

-¡Cálmate hijo y bájame el tono de voz!… Más tarde hablarás con ella. Y por favor no la agites que lo que tiene es delicado…

-¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que tiene, a ver?… – preguntó incrédulo.

-Desatención… Negligencia… Lo que les pasa a las mujeres de los Pueblos Jóvenes por falta información y dinero. Lo cual no es justo Betto, porque ese no es el caso de mi hija… Tú tienes un buen trabajo, ganas bien y además tienes seguro médico.  Yo puedo comprender que seas joven y que no tengas ni la experiencia, ni la disposición de enfrentarte con las obligaciones que exige un hogar… Pero lo que no voy a permitirte es desamor. Si no la quieres, no la hagas sufrir más. De eso me voy a encargar yo, personalmente…  Sé hombre y reconoce que te equivocaste. Aléjate un tiempo, conoce otras chicas… Y sobre todo, rehabilítate… No te voy a decir más,  Betto…

-¿Así es que este es el diagnóstico clínico?

-Toma. Este es el piso y el número del cuarto en donde está tu mujer – dijo alcanzándole un papelito rosado que sacó de su cartera – Y si quieres un diagnóstico clínico, lo que tu esposa tiene es una severa infección renal con obstrucción de uretra causada quizá por unos cálculos…  Debido a la caída, también existe la posibilidad de un prolapso.  Pero todo eso lo sabremos en el transcurso del día.  Lo demás averígualo tú, si estás interesado…

 

Betto no encontró a Verónica en casa, lo que en cierto modo fue un alivio.  Las cosas que destruyó seguían tiradas en el suelo. En medio de la sala el equipo de música exponía sus tripas inservibles y algunas lucecitas agonizantes chisporreteaban de vez en cuando en su interior. Las pocas cosas que tenía Inés estaban hechas añicos. Había vidrios por todos lados. La ropa de cama estaba hecha un revoltijo y se le enredó en los pies.  La cómoda con los cajones vacíos le recordó su soledad. De golpe recordó mejores épocas y le pareció que fue apenas ayer cuando llegaron de su luna de miel a esa habitación. Aún tenía en la mano el papelito que Sofía le había dado minutos antes de bajarse del carro. Su debilitado cuerpo apenas podía sostenerlo.  Juntas, la resaca de resacas y final de su vida como hombre de familia se le vinieron encima… Se hincó de rodillas y lloró a gritos como un niño.  No tenía cara para presentarse ante su mujer y escuchar de su propia boca que lo había perdido todo… Así que, rendido por el cansancio, se durmió tirado en el suelo en medio de ese caos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“PINTURA FRESCA TENGA CUIDADO. GRACIAS” (*)

(*) Extracto de la novela “Paríso de los Suicidas”

 

Se leía en el cartelito de papel escrito con plumón verde que estaba pegado en la puerta.  Los cuzqueños se pintaron íntegra la fachada de la pensión, porque don Alfonso les había prometido un jugoso descuento en la mensualidad.  Pero, ese mismo día, Junior y Henry tuvieron que conformarse con el escuálido bisté apanado que el viejo tramposo les montó en el menú regular.

 

-Comprendan… La cosa está muy difícil… Muy difícil… La plata ya no alcanza para nada, muchachos…

 

En vano se esforzaba el cínico del casero tratando de justificar su tacañería para librarse de la multa que le iba poner el Municipio si la fachada de la pensión no amanecía bien pintada para el veintiocho de Julio.  

 

-Muchísimas gracias, don Alfonso… – le dijo Junior con tonito irónico. 

 

Conociendo las maquinaciones del viejo miserable,  sabían que era preferible aceptar la ridícula recompensa a dejar que una sanción le dé el pretexto perfecto para  subir el costo de los alquileres.

 

Don Alfonso tenía muchos años en el negocio y había recorrido la ruta desde Chiclayo hasta Lima intentando echar raíces. En cada lugar alquilaba una casa grande, ponía a cocinar a la mujer de turno y administraba una pensión. 

 

-No hay como tener un negocio propio…  Es lo mejor que se puede hacer con el dinero… – decía dándoselas de conocedor.

 

Era un hombre menudo, que tenía la piel de una blancura mortal  y una calva brillante y pecosa cubierta de unos cuantos pelos grises, siempre bien recortados. Se encorvaba un poco al caminar pero era sumamente ágil cuando atendía sus mesas.

 

-Chela tenía antes una peluquería en Trujillo, pero cuando nos casamos la metí en este negocio  ¿Qué mejor para una mujer que hacer plata sin salir de su casa, di?…

 

Una mañana anunció a todos que Chela estaba embarazada. El viejo desvencijado se paseaba orgulloso de su nueva paternidad por toda la casa. 

 

-Para que vean que todavía puedo, muchachos… Todavía puedo…

 

Chelita era notablemente más joven que don Alfonso,  pero los años se le estaban viniendo encima de golpe. Era morena,  delgada, tenía las caderas anchas y sus nalgas todavía firmes, se pronunciaban debajo de la bata. Sus cejas masculinas hacían juego con sus ojos y sus rizados cabellos azabache. Aunque era de estatura mediana, le llevaba por lo menos media cabeza de ventaja a su marido. Jamás descansaba, porque hasta cuando veía las telenovelas estaba  planchando o remendando.  Las pocas veces que la pobre se arreglaba para salir a la calle se armaba tal alboroto en la pensión, que don Alfonso se sentía obligado a agradecer por los piropos.

 

-Hay que esperar a que el calato nazca para ver si se parece al viejo… – dijo Fernando La Madrid haciendo argollas con el humo del cigarrillo.

-No seas malo, Fernandito… No hables así… ¿Qué tiempo va a tener la pobre mujer para ponerle los cuernos al viejo?… ¡No jodas, pues!…

-No me digas, compadre, que ya te templaste de la Chelita… ¿No será tuyo ese calato?… Ahora que me acuerdo, te he visto varias veces en secretitos con ella…

-¡Suave, huevón!… ¡No te juegues así, Fernandito!… – dijo Maqui con los ojos saltones – ¿Qué va a pensar don Alfonso si te escucha, ah?… ¡No jodas pues!…

-¿Por qué?…  ¿Qué va a pasar?… ¿Acaso es verdad, huevón?…

-Tener que hacerlo con ese viejo, que seguro se demora siglos para darla, ya es bastante castigo… Pobrecita la Chelita. No seas así, compadre

-¡No te digo que estás templado, huevón!… Pobrecita la Chelita… Pobrecita la Chelita… Seguro que mejor estaría contigo ¿No, pajero?…

-¡Tás huevón, compadre!…

-¿Cómo contestas así pues, cojudo?… Si dijeras que el viejo se la ha llenado porque todavía puede…  Pero te pones a compadecerla como un huevón…  ¿Y si en lugar de irse al mercado se mete en otro sito, ah?… ¿Tú qué sabes, cojudo?…

 

Maqui y Fernando terminaron la secundaria en el Colegio Militar de Chiclayo.  El padre de Fernando era un comerciante próspero que soltaba dinero a manos llenas a cada uno de sus hijos.  Sus hermanos y un primo suyo vivían en otras pensiones de Miraflores y San Isidro.  Aparecían por Gracyal de vez en cuando y don Alfonso se desvivía en atenderlos porque pedían a la carta.  Pero no pasaba lo mismo allá en San Isidro, donde hasta el chino de la bodega los choleaba. 

 

… A pesar que era un tipo sencillo, siempre me pareció que Fernando disfrutaba del  estatus que le daba su dinero en la pensión. Para colmo, don Alfonso le separaba la mejor presa y lo dejaba usar el teléfono todo el día porque era el único que pagaba las llamadas de larga distancia con recargo. Mientras los demás tenían que  trabajar para costearse los gastos él llevaba una auténtica vida de estudiante y cuando no tenía clases, se dedicaba sólo a la vagancia…

 

Con la muerte de su padre, la  familia de Maqui se había  venido a menos y por eso trabajaba de día y estudiaba de noche.  Pero no pudo con el ritmo y sin lamentarlo demasiado, decidió plantarse en el tercer ciclo de Psicología para dedicarse a chambear.    Los demás pensionistas venían generalmente de la sierra y aunque también recibían ayuda de provincias, el dinero jamás era suficiente y terminaban buscándose un empleo.  Los pobres se desvelaban estudiando hasta la madrugada, salían muy temprano en la mañana y no se les volvía a ver sino hasta muy entrada la noche. Don Alfonso admiraba la fortaleza de estos chicos y continuamente los usaba de ejemplo para sus hijos y hablaba maravillas de ellos con los clientes. Pero eso sí, ni siquiera cuando se graduaban les fiaba o les regalaba algo de comer.

 

El  viejo compró baratísimo el inmenso caserón en ruinas casi al borde del barranco, donde el viento levantaba colosales nubes de polvo que tardaban horas en disiparse.  La gente de la pensión decía en broma que si el próximo terremoto los pillaba dormidos, se irían con casa y todo hasta el fondo del abismo.  La mansión, que estaba construida con adobe y quincha, debió ser una de las más opulentas en esta parte del distrito y perteneció al mismo grupo arquitectónico que el pretencioso castillo que ocupaba casi toda la manzana siguiente. Atrás había quedado el esplendor de tiempos pasados. Hoy, sus ruinas sólo sirven para justificar las viejas premoniciones de Santa Rosa sobre el destino fatal de Magdalena, cuando el cataclismo  final una a La Punta con Chorrillos.  Mientras tanto, de pie solo por dignidad, aguardan su destino entre las anodinas construcciones modernas, usurpadas y convertidas en tugurios por los oportunistas o en depósitos para las carretillas de los ambulantes del mercado.   

 

La casa originalmente tenía seis dormitorios, dos baños arriba y medio baño abajo.  Nadie supo cómo hacía Santos, porque abajo no había ducha ni inodoro. Solamente un pequeño lavamanos y un par de huellas con un hueco en el centro,  por el cuál el cholo temía pasarse algún día mientras cagaba. Don Alfonso mandó levantar once habitaciones con triplay y calaminas en la azotea, que el intemperismo había ennegrecido dándole a esta estructura un aire fantasmal, sobre todo en las tardes nubladas y lluviosas.

 

En la mesa de la cocina podían sentarse cómodamente hasta dieciséis pensionistas pero, salvo algunas noches futboleras, generalmente no eran más de ocho comensales por vez.  La pensión estaba casi vacía por Fiestas Patrias, ya que muchos aprovechaban para regresar a sus pueblos. Esa tarde estaban almorzando Fernando, Maqui, Pepe-caca y los cuzqueños.

 

-Qué bien que les ha quedado la fachada, cholos… – dijo Pepe untándole mantequilla al pan.

-¿Qué es eso de cholos?… ¡Más respeto con el doctor!… – intervino Fernando por joder. 

-¿A ustedes les molesta que se les diga cholos?… – preguntó Pepe subrayando lo de cholo.

-No, doctor ¿Por qué va a ser?… Tengo el orgullo de ser cuzqueño y ciudadano del mundo… – contestó tranquilamente Junior.

-¡A la mierda!… ¡Puta, qué pana que se tira este cholo!… Te pasaste, Junior… ¡Ciudadano del mundo!… – dijo Maqui reventando de risa.

-No te equivoques, compadre… Nosotros descendemos de una cultura milenaria. – intervino Henry presumiendo de Inca.

-¡Puta madre, carajo!… Estos serranos son acomplejados, ¿no?… – exclamó despectivamente Fernando.

-Muy gringo te crees tú, ¿no? Cara de costra…

-Henrycito…, Henrycito… El que se pica pierde, ¿ah?… – dijo Maqui tratando de calmar los ánimos.

-¡Es que este huevón me cae al pincho!…

-¿Huevón?… ¿Qué me huevoneas a mí, serrano de mierda?… Y para que sepas,  no se dice me cae al pincho, cholo ignorante… ¿En dónde se habla así, ah?… ¿En Cuscomanta, allá en to coltora, huevón?… Ponte mosca cholo cojudo, que aquí no estás en tu sitio… -  contestó Fernando que se levantó de la mesa para cambiar el vaso que le había tocado.

-¿Qué es lo que tiene ese vaso, ah?… – intervino picona Chelita, hablando a través de la pequeña ventana que comunicaba la cocina con el comedor.

-No pasa nada, Chelita… Qué mosca es usted, ¿no?…

-Entonces, ¿por qué has cambiado el vaso, pues?… – insistió más picona todavía, echando chispas por los ojos.

-Ya… Ya… Porque está sucio, pues ¿Porqué va a ser?…. ¿Qué le pasa conmigo, Chelita?…

-¡Sucio! ¿No?… ¿Otras cosas sí que no te parecen sucias, ah?….

-¡Uy, chucha!… ¡Bronca, compadre!… – vociferó Pepe dando de aplausos.

-¡Déjate de vulgaridades, Pepe!… ¡Aquí no estás en tu comisaría!… ¡Y mejor cállate, que tú eres el más sucio de todos!…

-Está hiriente la Chelita, ¿ah?… Yo no sé lo que le pasa hoy día a la mamá pero yo mejor me retiro… -  y Maqui prefirió hacer como Pilatos.

-Tú tampoco te hagas el tonto con tu cara de santurrón ¿A quién crees qué vas a engañar?…

-Bueno, buen provecho con todos… – dijo entonces Henry, levantándose de su asiento al ver que las papas estaban quemando.

-Buen provecho, doctores… – dijo también Junior saliendo detrás de su hermano.

-No. Por favor, Junior, espérate y repite lo que me preguntaste esta mañana delante de todos… – le dijo ella a quemarropa levantando la voz para obligarlo a detenerse.

-Bueno, yo sólo le pregunté si le habían alquilado un cuarto a Johnny, el gay de la peluquería de la esquina… ¿Qué hay de malo?…

-Nada, Junior. Muchas gracias… Ahora si quieres, te puedes retirar… – dijo serísima y se puso las manos en la cintura para dirigirse a los demás – Ahora, ustedes tres contéstenme: ¿Qué hacía Johnny bajando esta mañana del segundo piso, ah?… – preguntó haciendo un gran esfuerzo para que la voz no se le siguiera  apagando por la cólera.

-A mí sí que no me meta en nada de eso, señora Graciela… – pronunció Maqui  incorporándose de inmediato de su asiento – Definitivamente, yo no tengo nada más que hacer aquí… – añadió abandonando la habitación.

-¿Por qué me mete a mí también en esto, Chelita?… ¿Qué voy a saber, yo?… – intervino serio Fernando. Unas manchas rojas en su rostro resaltaron las viejas marcas del acné.

-Entre los dos está la cosa. Anoche no ha habido nadie más que nosotros aquí…

-Entonces,  será don Alfonso… – recién intervino Pepe-Caca.

-¿Qué té pasa atrevido del diablo?… ¿Qué te has creído tú para hablarme de esa manera?… Qué lisura, ¿no? Vas a ver… Cuando venga tu mamá le voy a contar todas las porquerías que haces metido en tu cuarto… 

-¡Con mi mamá no se meta, señora Graciela! ¿Ah?… ¡Yo ya tengo treinta y uno!… – contestó autoritario levantándole la voz.

-¡Yo te aviso lo que voy a hacer, nomás!… ¡De pasada, ándate buscando otro lugar en dónde vivir!… ¡Ya sabes!… – concluyó con frialdad.

-De eso yo no tengo nada que hablar con usted… Yo he hecho contrato con don Alfonso y si él quiere que me vaya que me lo diga en mi cara… – dijo Pepe seguro de que el viejo no iba a atreverse y dándole la espalda abandonó la habitación.

-Qué brava que había sido Chelita, ¿ah?… – dijo Fernando tratando de apaciguar los ánimos.

-Aquí también viven los hijos de Alfonso y no quiero mal ejemplo… – dijo y luego enmudeció.

-¿Señora, vas a escoger arroz?… – preguntó Santos.

-¡Quita! ¡No jodas!… – lo largó ella.

 

Y como una sonámbula subió a su habitación. Santos en su escondite debajo de la escalera escuchó el crujir de las maderas y sintiendo remecerse todo, hacia el décimo escalón logró ver a través de la rendija la oscura mancha de pelos que Chelita tenía entre las piernas.

 

-Nonca se pone calzón… Nonca se pone…

… ¡Esa gente!… (*)

 

                                                         

(*) Extracto de la novela “Paraìso de los Suicidas”

 

… ¡Nunca falla!… Recostados en la pared, compartiendo el mismo pucho y hablando pura mierda…. ¡Están los patas de barrio!… ¡La gente brava!…

 

 -¡Fuiii! ¡Fuiii!…- silbidos

-…

-No está… Ese huevón todavía no llega de su chamba…

-¡Claro pues, huevonaso! ¿No ves que no está su carro?… – confirmó el Rod Stuart metiéndole un sonoro manazo en la espalda.

-¡Suave pues, cuñao… No te mandes así!… Estoy tan “estón” que no me había dado cuenta… Me cago por prenderme el otro… – dijo Burro escupiendo pura espuma.

-¡Calma, jugador!… No te portes como un  angustiado pues, idiota… Espérate que llegue Betto para que se ponga las chelas…

 

En ese momento asomó por la esquina el Datsun azul.

 

♫♫ …Sending out an S.O.S…

      Sending out an S.O.S. ♫♫

                       

Se apagó la voz de Sting con el motor del auto.

 

-¡Fuiii! ¡Fuiii!…

-¡Fuiii! ¡Fuiii!…

-¿Qué pasa, jugadores?…

-Aquí pues compadrito, esperándote…

-¿Somos malecón?… Tenemos un Mefistófeles listo para que hagas el play de honor…

-¡Somos malecón!… Ya vengo… – contestó Betto angustiándose en el acto al tiempo que Adriana bajaba las escaleras de dos en dos para darle el encuentro.

 

-¡Papá! ¡Papá! … – lo saludó la niña de nueve años arrojándose en sus brazos.

-¿Cómo está mi princesita?… ¿Te has portado bien?… – la cargó y le dio un beso.

-Dice mi mami que ya no hay aceite…

-Dile a tu mamá que ella tiene plata para comprarlo… – contestó mortificado y  dejando a la niña bruscamente en el piso la jaló de una mano y subió las escaleras.

-Hola, hijita… – saludó a Verónica intentando darle un beso.

-Hola… – contestó ella esquivándolo.

-¿Betto, te dijo Adriana que se me acabó el aceite?… – preguntó Inés secándose las manos en el delantal.  Quiso acercarse para darle un beso, pero su marido la rechazó con el ceño fruncido.

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no me mandes a las chicas a pedirme nada cuando estoy con mis amigos?… ¿Ah? … ¡Las cosas de la casa se hablan en la casa y no en la calle! ¿Todavía no aprendes?… ¿Cuántas veces tengo que decirte?…  ¿Ah, ignorante?… ¡Me haces pasar papelones delante de la gente del barrio!… ¡Se supone que yo ya te di para todas esas cosas!…

-Sí pues, se supone nada más… Pero no es así…

-Ah, ¿ no?… ¿No es así?…Entonces, ¿cómo es?… ¿Quién es el que trabaja aquí, ah?

¿Quién es el qué trae la plata, conchuda de mierda? ¿Ah?… Entonces, ¿por qué me cagas?… ¡Sí!… ¡Sí!… ¡Me cagas!… ¡Toda la vida me cagas!… ¡¡¡Ni bien llego empiezas a joderme!!!… ¡Qué me falta aceite…, qué ya no hay leche…, qué se acabó el arroz!… ¡Vengo cansado de trabajar, carajo!… ¡Todo el día maleteando como un esclavo para mantenerlas!… ¿Y qué encuentro en la casa?… ¡Sólo reclamos y lamentos!… ¡¡¡Quiero paz, carajo!!!… ¡Yo vengo a descansar!…¿Y tengo que aguantar esta mierda?… ¡Me largo! ¡Sí, me largo!… ¡¡¡Para que no me jodaaaaas!!!… 

 

Salió dando un portazo y las tres se quedaron pasmadas.

 

-Somos malecón, jugadores… – dijo abajo cambiando de humor.

 

Betto encendió el motor y el  Rod Stuart mandó al Burro al asiento trasero.  En la radio Patty Plant anunciaba la próxima presentación de Frágil en una taberna de Miraflores…

 

                                                 ♫♫…Estos son unos animales,

                                                 nos portamos como animales…

                                                 todos son unos animales,

                                                 ellos son unos animales…♫ ♫

 

-¡Puta madre! ¡Frágil en vivo!…¡Eso sí qué no me lo pierdo, compadre!… ¡Esa es música!…

-¿Cómo cuánto estará costando la entrada, cuñadito?-, quiso saber el Burro.

-¿Y tú para qué preguntas, huevón?…¿Acaso tienes plata?…¡Ponte a trabajar, vago de mierda!… ¿Qué vas a ver a Frágil tú, pastelero?… Si la poca plata que consigues te la fumas… ¿Además, crees que así de cadavérico como estás te van a dejar entrar?… ¿Qué, crees qué no se te nota el consumo?…

-¡No jodas, huevón!… Si a mí también me gusta Frágil…

-¡Calla, pastelero!… -y dirigiéndose a Betto- ¿Es verdad que el baterista desapareció?…

-No sé, compadre… Yo los conozco desde los tonos de San Miguel… ¡Uf!… Tocaban una música de la puta madre… ¡Full rock progresivo, compadre! ¡Un musicón pues, carajo!… Y todavía no habían grabado ningún disco, ¿ah?…

-¡No jodas!… ¿Esos huevones eran tus patas?…

-Primero préndete ese mixto, jugador…

-Claro que sí pues, maestro… Hágame usted el honor, por favor…

-No eran mis patas – dijo Betto, reteniendo el humo – Mi prima, una chata que tenía un culaso de campeonato, estaba con el primo del baterista y yo me colaba en el grupo. Cuando mi primita terminó con el pata les perdí el contacto… Después he escuchado los mismos rumores que todo el mundo. Si no me equivoco, el Serranio se lo han dedicado a Arturo: “…Donde quiera que estés…”, A lo Syd Barrett

-¿Qué chucha le habrá pasado, ah?…

-¡Quién sabe, chibolo!… Oye, cambiando de tema… ¡Qué buena que está esta pasta, jugadores!… ¿De quién es, ah? …

-De Mauro, el chiquillo que vive al costado de mi casa…

-¿Mauro?… ¿El chibolo que vive en el corralón junto a tu casa?… ¿Qué?… ¿El hijo del mecánico ya fuma pasta?…

-Y la vende, también… Dice que se la trae en micro de San Juan de Lurigancho… El huevón como es chibolo pasa piola, nomás…

-Pero si ese chiquillo sólo tiene doce años…

-No. Tiene más. Pero ya le entra al juego…

-¡Mierda!… Quién diría, ¿ah?…   

-¿Está buenísima, no?…

-Si, pero pasta la de mis tiempos, chibolos…

-¿Qué tenían de bueno?…

-Ni comparación, pues compadre… En esa época había calidad de calidades. Encontrabas la palo rosa, la chiclosa, la lavada, la blanca y la pura química que era la peor. Te ponía en angustia como la que se vende ahora…

-¡No jodas!… ¿Y por qué les decían así?…

-¿Por qué va a ser pues, huevón? Porque eran distintas, idiota: algunas eran pegajosas y nunca se secaban; otras de color rosado; otras eran cristalinas… Dependía de los químicos que utilizaban para procesarlas y de la cocina de dónde venían…

-¿Qué y no te ponían duro?…

-Duro sí, pero no te angustiaban como ahora… Creo que después se dieron cuenta que procesarla con kerosene es más barato… 

-Eso es lo que le ha hecho un hueco en el cerebro al Burro, pues…

-¡…Y a ti en los pulmones, idiota!…

-¿A quién chucha le dices idiota?… -  le metió un golpe en las costillas.

-¡Carajo, huevón!… – devolvió un codazo el Burro.

-¡Dejen de joder pues, imbéciles!… Ya vengo, voy por un par de chelas… Cuando regrese les voy a contar cómo era la cosa antes, chiquillos… – se bajó del carro y viendo la luz encendida al fondo sonrió contento-  ¡Don Pepe nunca me falla, carajo!… De día, de noche o de madrugada… Siempre hay chela… – dijo mientras caminaba hacia el quiosco de la rotonda.

 

Regresó al toque.

 

 -¡Uf!… ¡Uf!… ¡Están heladitas, compadre!…     

-¡Al polo, cuñao!…

-¡Salud contigo, hermano!…

-¡Salud!…

-¡Salud!…

-A ver,  sigue contando cómo era antes pues, compadre…

-Mucho más bacán, chibolo… Ni comparación a como es ahora… Cuando Velasco dio el golpe militar y sacó en pijama a Belaúnde la cagó toda.  Creo que yo tenía como diecisiete años… Lo pasaron por televisión.  Me acuerdo que todos los noticieros hablaban de lo mismo… Algunos huevonasos lloraban por el presidente… Pero como la mayoría se cagaba de miedo, se metieron la lengua al culo… Y no era para menos, compadritos… Nadie quiere a los militares y sobre todo lo que fue el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, carajo… No tienen idea chiquillos  lo jodido que fue ese tiempo… Yo lo viví en carne propia, compadritos…

-¿Acaso tenías un billetón para quejarte como esos a los que les quitaron sus tierras?…

-¡No seas ignorante, Burro!… En  los tiempos del chino Velasco se jodió todo el mundo, huevón…

-¡Parece que no hubieras terminado el colegio, idiota!… ¡Qué bruto eres!… ¡Si eso se sabe, huevón!… – interrumpió Rod Stuart, metiéndole otro palmazo en la espalda.

-Bueno carajo, ¿quieren que siga contando o me voy a mi jato?… Total, esta es una chiquita, nomás.  Mañana es veintisiete y tengo que chambear medio día… De ahí recién arranco oficialmente con la juerga… – dijo Betto haciéndose el importante.

-No maestro, no lo tome así… Es que este idiota del Burro siempre la caga… Sigue  contando nomás, que está bien bacán…

-¡Puta madre, por culpa del chino Velasco también me quedé con las entradas para ver a Santana!… ¡Carajo! Eso era trascendental para mi vida, ¿entienden?… Y me cagaron… Ni siquiera pudimos protestar… Por eso odio a los militares de mierda, carajo… Porque nos cortaron todo el vacilón justo cuando se abrieron las puertas para que las grandes bandas de rock llegaran al Perú…

-¿Por qué no lo dejaron tocar al huevón?…  ¿Por hippie?…

-¡No cojudo!… Dicen que fue porque se meó en la llanta del avión…

-Ni siquiera fue porque se dio un beso en la boca con Chepito en el lobby del aeropuerto… Sólo fueron patrañas de los militares para esconder la verdad…

-¡Claro!… Los pelucones les marcan choro a los milicos…

-Ni a los tombos ni a los milicos le gustan los pelucones… Esa es de cajón, chiquillos…

-¿Entonces, por qué fue?…

-Por lo de siempre, pues… Por el cochino billete…

-¿Querían que toquen gratis?…

-¡No seas huevón, Burro!…

-¡Dejen hablar pues, carajo!… Los conchudos querían pagarle  en Soles…

-¿Qué?…

-¡Puta, qué imbéciles! ¿Y eso?…

-Estaba prohibido hacer negocios en dólares…

-¡Qué idiotas!…

-¿Idiotas?  ¡Vivasos, dirás!  Los únicos que tenían dólares eran los militares. El empresario de Santana no atracó y se quitó con la banda para seguir con el tour por otra parte… Nada que los expulsaron: ellos nos basurearon… ¡Ni cojudos, pues!… Imagínate, huevón, ¿qué iban a ser con los Soles en el extranjero?…

-¡Puta qué ignorantes!…

-Ignorantes no… ¡Pendejos! Querían ganarse con el cambio…

-¿Y entonces, cómo se hacía con los dólares?…

-¡No te estoy diciendo que era ilegal!… Se hacían pases de dólares como si fuera coca y era más peligroso todavía… Si te agarraban con coca podía haber arreglo, pero si caías con dólares, el SIN te procesaba por traición a la Patria… No se olviden que estos cojudos coqueteaban con el comunismo…

-¡Puta su madre¡… ¡Qué miedo!… ¿Y también te desaparecían?…

-No sé compadre, pero si  te agarraban te sacaban la mierda, te quitaban la plata  y te tenían preso por semanas hasta que las investigaciones siempre llegaban a que era otro militar quien estaba soltando esos dólares en el mercado negro.  Entonces, de una patada en el culo te largaban para la calle y te amenazaban con chantarte antecedentes si decías algo…     

-Mi vieja me ha contado que sólo los parientes de los milicos iban y venían de Miami como si las huevas… A ella le daba cólera, porque el cholaso de su vecino era un cachaco que, de la noche a la mañana, se mudó a una casota en Chacarilla del Estanque y puso a sus hijos en unos colegios pitucasos…

-Criticaban a los gringos y reventaban contrabando los huevones… Y encima su slogan favorito era  “consuma lo que el Perú produce”…

-¿Y qué mierda se producía en el Perú?…

-Lo que ellos mismos fabricaban, pues cojudo… Zapatos de jebe, juguetes de plástico de pésima calidad, poliéster,  koratrón,  diolén…, Pura mierda sintética, mientras se supone que aquí se produce el mejor algodón del mundo, que claro,  exportábamos con orgullo a los comunistas a precio de huevo…

-O sea, que si no hubiera sido por el chino Velasco usted se hubiera visto a Santana, maestro… 

-Así es, “pequeño saltamontes”…

-¡Maestro…, maestro!… Este cree que está en el Llauca con los patas de su viejo, ¿no?…

-Ya pues, Rod déjalo que siga…

-Así es pues, la cagaron…  Los escolares tuvimos que reemplazar unos uniformes bien pajas para ponernos el horrible uniforme único… O sea, vestirnos de ratas plomas, carajo… ¿En qué parte del mundo se viste a los niños así?  Ni en Cuba, huevones,  que es de donde se robaron la idea estos inteligentes… Además, tuvimos que vivir muchos años con toque de queda y sin Garantías Constitucionales…

-¿Tú sabes lo que es eso, no Burro?…

-¡Deja hablar pues, carajo!…

-En navidad los chibolos tenían que esperar que Taita Noel baje de los Andes en su trineo jalado por auquénidos…

-Mejor hubieran puesto a Manco Cápac y Mama Ocllo en el nacimiento…

-Y a los hermanos Áyar de reyes magos, huevón…

-… ¡Cáguense cojudos!  El quechua se convirtió en el idioma oficial del país y trataron de enseñarlo en los colegios…

-¡Puta madre!  Para practicarlo por las noches con tu chola en la azotea…

-… Lo que querían es ridiculizar a los limeños obligándonos a reemplazar el inglés por el quechua.  Felizmente, a mí me agarró en quinto de media… ¡Imagínense, huevones!… Parte del noticiero se tenía que leer en quechua. Clarito me acuerdo de Arturo Pomar diciendo todo cachaciento: “Tawa canal Limamanta pacha…”  Puta, en mi casa esperábamos ese momento para cagarnos de la risa…

-¡Puta, no te creo!…  Y la gente no entendía nada…

-Era un ratito nomás… Había un intérprete para las noticias que ellos creían que tenían importancia nacional…

-¡Qué huevones! Si los serranos que tienen tele hablan castellano pues, cojudo…

-Lo que querían es que hiciéramos hígado…

-¡Qué retrecheros, carajo!

-Esos huevones cagaron a mi viejo…  Él tenía su negocito, una empresa que ahora estaría paradasa, carajo… Pero, como decía mi viejo,  el gobierno militar le daba la preferencia a los cholos…  Los bancos lo choteaban a cada rato pidiéndole un culo de requisitos por las puras huevas… Sin embargo, se aparecía un chuto y al toque le daban todas las facilidades…  Así es como abrieron cooperativa tras cooperativa, pues…

-¡Puta qué cagado!…

-A mi viejo no le iba tan mal.  Lo que pasó fue que el charapa que había sido por años su empleado de confianza lo cagó. El conchasumadre se fue al Ministerio de Trabajo y lo denunció a mi viejo diciendo que se negaba a pagarle el huevo de años de servicios que tenía trabajando. Mi viejo terminó debiéndole tanto al charapa que aún vendiendo la tienda tenía que darle billete al Judas ese… Hubo juicio y toda esa mierda y llegaron a un acuerdo. El huevón de mi viejo le tuvo que trasladar la tienda al charapa y quedarse calladito… Pero también se la dio porque le llegó al pincho… Ya estaba harto de tanto problema.  Pero sin mi viejo,  el charapa no duró más de tres meses… Al toque mandó el negocio a la mismísima mierda… ¡No sabía nada!… Si mi viejo era el que hacía todo allí; conseguía los clientes; recibía la mercadería de la aduana… Él solito llevaba su contabilidad.  El charapa solamente era un almacenero que despachaba en la tienda…  ¡Qué cagada que es la vida, compadre!… ”¡Kausachun Velasco!… ¡Kausachum Revolución!…”, gritaba cualquier serrano y al toque los milicos le daban la preferencia para lo que sea… Y si no podían dárselo con concha se lo quitaban a otro…

-Compadre ¿y cómo fue lo de la pasta?…

-Si cuñado, porque ya te desviaste un poquito con tus reclamos sociales…

-Si, pues carajo, siempre  que me acuerdo de eso me llega al pincho…

-Procura olvidarlo, hermano…

-A mí no me vaciles, chiquillo…

-Estoy jodiendo, compadre…

-Bueno, el viejo de mi pata era milico y no sé que cargo tenía en el camal de Lima y ojo que por esa época solamente los militares comían carne todos los días y a los civiles nos impusieron una veda… Ah, pero igualito era con la gasolina, porque mientras los militares y su gente llenaban gratis su tanque en la Avenida Salaverry y salían a la calle cuando les daba la gana, los demás circulábamos restringidamente…

-¿Cómo era eso, compadre?…

-¡Horrible, oye!… Te obligaban a poner una calcomanía en el parabrisas de tu carro: blanca, no circular lunes y miércoles; roja, no circular martes y jueves y azul, no circular  sábados y domingos… o algo así.   Ese fue el año de la “Austeridad Nacional”… ¡Claro!… Austeridad para todos menos para ellos…

-¡Puta madre, maestro!… Ya estamos otra vez con el mismo tema…

-Es que todo tiene relación pues, chibolos… Bueno, el viejo de mi pata le había contado confidencialmente a la familia que, en la época de Belaúnde, los narcos habían aprovechado la Marginal de la selva para su negocio.   Pero una vez que se dio el golpe,  que según mi viejo fue ideado por un grupo de cachacos resentidos y no por la élite  militar, el país se paralizó por un tiempo. Mucha gente safó culo al extranjero y los milicos encontraron toneladas de pasta lavada lista para exportar.

-¿Y qué hicieron ellos?…

-Se la fumaron toda, pues huevón…

-¡Ni cagando, compadre!… Antes nadie fumaba pasta. La pasta lavada sólo era utilizada como materia prima para fabricar cocaína… Sólo los cholos cocineros se fumaban lo que se quedaba pegado en la olla. Pero cuando se quedaron aislados tuvieron que salir a la carretera a venderla ellos mismos. Sentaditos en sus bultos, con su tola en la boca, le pasaban la voz a los camioneros… Los curiosos se detenían y los cocineros les rompían la boca… ¡Ya se imaginarán chiquillos!…  Como era baratísima los camioneros se la trajeron para Lima.  Con los cachacos pasó lo mismo. La pusieron de moda. Llegó a los barrios pitucos y en pocos meses un huevo de gente comenzó a irse a la mierda… Pedían plata por las calles, vendían sus zapatos, robaban en sus casas… La gente que tenía billete metió a sus hijos en  clínicas de reposo y los paró nuevamente. Algunos quedaron un poco sonajas, pero la dejaron…

-¡Puta de las clínicas salías ya tostado compadre!… Para que mi tío no se pastelee, le dieron como mierda de pepas y un culo de choques eléctricos… Cuando salió estaba completamente loco… Para que no nos caiga roche inventábamos que el loco había estado en Woostock…  ¡Todo el mundo se la creyó!…

-¿Qué? ¿Nunca estuvo en Woostock?…

-¡Já!… Conozco a tu tío Renán, chibolo. Ese ya estaba loco antes de volverse fumón…

-Ya ves, Rod. Tú también tienes de loco compadre…

-¿A quién chucha le estás diciendo loco, huevón?…

-¡Carajo!… ¡Yo me largo!…

-No, compadrito…  Sigue contando… Está paja…

-¡Entonces déjense de huevadas, carajo!… Al poco tiempo pasó a los llonjas y allí se quedó para siempre… Así fue como aparecieron los primeros huecos: El fuerte Apache, Renova, Parinacochas, Loreto en el Callao y todos los demás que ustedes conocen ahora…

-¿Por qué le dicen Fuerte Apache, ah?…

-Porque está lleno de indios pues, huevón… Así le decía la gente que jugaba polo, antes que se construya Jacarandá.

-¿Jugaban polo en Magdalena?…

-Por eso se llama el Parque Polo pues, huevón…

-¿Qué mierda es el polo, compadre?…   

-¡Qué bestia que eres, Burro!… Que te lo explique Rod porque yo me quito…

-No se vaya todavía pues, maestro… ¡Un par de chelitas más!…

-¡Maestro! ¡Maestro!… 

 

Betto prendió el motor del auto y se alejó mirando a los dos chiquillos por el retrovisor.

 

… ¿Cómo sería Lima sin los huecos?… ¡Ah!… Quizás no estaría metido en esta mierda…

 

 

Que tu papá te lleve y te traiga de la fiesta… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Yo estoy muy cansada, hijita… – y partió la carrera al baño – ¡Ayyy!…¡Ayyy!… – se quejó Inés y un fétido olor a orines invadió la habitación – Sal de aquí hijita que mi pichi huele horrible… Esta cistitis me está matando…

-Mamá, ¿no tenías cita con el doctor?…

-¡Verdad que sí, mamita!… Me has hecho acordar… Con tanto quehacer en la casa se me había olvidado… Con las justas tengo tiempo de alistarme… Tu papá debe estar por llegar. Ya sabes cómo se pone cuando tiene que esperarme aunque sea un ratito…  Quédate por favor con tu hermanita.  Vamos a tener que pasar por el vestido cuando estemos de regreso… Sí va a haber tiempo, hija… Por favor, no me mires así…

 

El reloj marcó las cuatro en punto de la mañana e Inés despertó sobresaltada. Sentía el vientre hinchado y el cuerpo descompuesto. Una ventana abierta en la sala golpeaba contra la pared dejando entrar un inclemente chiflón helado.  Cuando se levantó a cerrarla, tiritando de frío, notó que el otro lado de la cama aún estaba vacío.  Entonces, en la tranquilidad de la noche,  escuchó el murmullo que venía de la calle.  Regresó inmediatamente al dormitorio para ponerse la bata y bajó las escaleras seguida por Verónica, que no había pegado el ojo en toda la noche. Un chicotaso de viento  las flageló afuera cuando el  penetrante olor a pasta básica de cocaína llegó hasta ellas. Sentadas en el muro del edificio un par de sombras se corrían una candelilla.

 

-Betto… ¡Mira la hora que es! …¡Ya pasa a  acostarte!…

-Ahí voy… Ahí voy… – contestó el aludido moviendo la quijada de un lado a otro.

-Entra a tu casa, chochera… Hazle caso a tu ñori… – dijo la otra sombra  perdiéndose en la oscuridad.

-¡Verónica!… ¡Verónica!… ¿Qué haces levantada a estas horas?… Yo te quiero mucho, hijita linda… ¡Verónicaaaa!…

 

… Toda la vida lo mismo… Es un conchudo…

 

Contemplaba a su padre llorando a gritos de puro borracho. Habían pasado tantas horas en vela esperándolo preocupadas, que al verlo se sintió tranquila a pesar de la rabia que sentía.

 

…¡Cuándo no!… Malográndose con sus amigos…  murmuró para sí.

 

- ¡Te quiero mucho,  hijita!… ¡Perdóname! – seguía su padre con el rostro aceitado y la lengua pastosa.

 

Del cuarto piso lo hicieron callar con una mentada de madre y un ventanazo e Inés avergonzada, lo abrazó y se lo llevó acariciándole la cabeza.

 

-Vamos a dormir,  papito… Vamos a la cama para que te acuestes… – le dijo  con ternura.

 

De nuevo en la sala, Verónica daba vueltas en el duro sofá de marroquín rojo buscando la mejor pose para quedarse dormida.  A oscuras le pareció ver los ojos desquiciados de su padre contemplándola y por muchos años esta visión la despertaba en medio de la noche…

 

Inés ya iba por el sexto ciclo del programa de educación cuando conoció a Betto en la Feria del Pacífico.

 

-Quiero descansar un ciclo, nomás… Desde que salí del colegio no he hecho otra cosa que estudiar y estudiar… 

 

… Y dejé la universidad para pasear por todo el Perú. Hasta que le dije a Betto que estaba embarazada.  Nos casó el padre que sale en la tele en la parroquia de San Miguel y tuvimos una fiesta con orquesta, buffet y cincuenta cajones de cerveza. Betto estaba churrísimo… La vieja Armenia nunca se movió de su sitio y apuesto que estaba pensando que había demasiada chusma. Yo igual estaba feliz y no me importaba que mis amigas se la hayan pasado rajando porque se me notaba la barriga.  Nos fuimos de luna de miel a Iquitos.  Comimos riquísimo pero no pudimos salir a ninguna parte porque nunca dejó de llover. Cuando volvimos nos mudamos a un departamento de un sólo dormitorio que Betto le alquiló a la mamá de un amigo en el edificio Portofino. 

 

-Esto es para comenzar,  negrita…  Cuando nazca el bebe nos buscamos algo mejor…   

 

… No es que quiera quejarme, porque adoro a mi familia… Pero Dios castiga la soberbia… Desde que me casé no he vuelto a viajar…  Ni siquiera he ido al cine…  Estoy atrapada en la misma rutina que tanto critiqué cuando era universitaria; atender al marido; a los hijos; el mercado; la cocina y la eterna lavadera de  ropa, ollas  y platos… ¡Ay, cómo se paga la lengua!… 

 

Al final de la jornada, caía muerta de cansancio. Cuando Betto se le acercaba buscando intimidad la encontraba dormida.  Pero no la despertaba, desalentado por el olor a fritura impregnado en los cabellos de su mujer.

 

“Si no tienes plata, pégate a quien la tiene…”.  Era la regla de oro de don Humberto y por eso, haciendo un gran esfuerzo, le pagó a su hijo un colegio para que se relacione con algunas familias importantes.   Pero los Sanguinetti no pudieron seguir el  ritmo de los compañeros de clase de su único hijo.  Cuando todos se mudaron a mejores barrios,  su casa se convirtió en la más chiquita y la más fea del grupo. Betto se aburrió de tener que tomar hasta tres conexiones para reunirse con ellos.  Especialmente, cuando los problemas del país afectaron tanto el negocio familiar que tuvieron que desprenderse de sus acciones en los clubes y terminaron aislados completamente.   Ya no podía buscar  a esas chicas que le gustaban – y que según su madre le convenían – fingiendo ser un buen partido porque la verdad se notaba a leguas. 

 

-¡No está bien que lo vean a uno con los mismos trapos!  Cuando te paguen, hijito, cómprate ropita nueva para cuando tus amigos te inviten al club.  Después dicen que una no se preocupa…

 

Betto empezó a trabajar precozmente en la empresa de un amigo de su padre y cada quincena su jefe le pagaba con un billete arrugado que se sacaba del bolsillo.

 

-Esas cojudeces que se escriben en los libros no te van a dar de comer, tigre… Todos esos huevoncitos que estudian en la universidad terminan pateando latas, metidos en política o están ganando una miseria…  Pero tú, tigre, desde hoy empiezas a ejercer una carrera y en cinco años, igualito que yo, cagándote de la risa ya tienes tu carro y tu casita propia… ¿Cómo aprendes eso en un libro, ah?… -le dijo el amigo que firmó la tarjeta para que ingresara sin dar examen en La Química.  

 

Como sus nuevas relaciones lo llevaron de los bares a los huecos, jamás le resultó la fórmula.

 

-Mi cholo no… Nada que ver… Usted se está confundiendo, señora… -, contestaba Inés cada vez que la Yolanda la ponía al día de sus últimas andanzas. 

 

Por su parte, Verónica, tenía que soportar que en casa de sus amigas o en la bodega del barrio se  refieran a su papá como un malogrado y eso le dolía tanto, que no se atrevía a comentarlo con nadie…

 

Un par de chelas y me quito… (*)

(*) Etracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
… Mi señora está esperándome para llevarla al médico a las siete – dijo Betto en voz alta y con un ademán le pidió al mozo un par de cervezas.

-¿Qué le pasa a tu mujer, flaco?… – preguntó con interés Juan Carlos.

-No es nada, compadre.  Parece que la negra tiene una infección  urinaria o  algo así… – explicó Betto con fastidio.

-¿Usted que es medio pinga loca no le habrá pegado algo, compadre?… – intervino don Raúl,  el más viejo de todos y el único obrero del grupo.

-No seas huevón, tío… ¿No estás escuchando que es una infección urinaria?…

 

En el acto el mozo,  patinando con sus gastados mocasines, les trajo un par de cervezas y un vaso.

 

-¡Bueno… salud con todos, pues!… – dijo Betto bebiéndose el vaso repleto de un solo tirón y se lo pasó a Juan Carlos,  que también lo terminó de un trago y lo corrió por derecha según la tradición. 

 

-Si yo tomo la cerveza así de rápido cuñadito, al toque me duele la frente… – dijo Sandro sirviéndose sólo medio vaso.

-No comiences con tus mariconadas cabeza de pollo y chupa como los hombres, huevón… ¡No jodas,  pues Sandro!… Pareces una señorita… – dijo impaciente el gordo Renato, dándose cuenta que no le iban a correr el vaso tan rápido. Cuando trató de pedir otro,  hizo un movimiento torpe con las manos y derribó una botella casi llena sobre la mesa.

-¡Puta madre, gordo de mierda!… – exclamó don Raúl que, como los demás, saltó de su asiento.

 

El mozo -que estaba atento- al toque se acercó y con un estropajo apestoso secó la mesa y rapidito se fue a traer un par más. Betto y Juan Carlos aprovecharon para echar una meada.

 

-Tengo un falso… – dijo en voz baja Juan Carlos y cerrando un ojo afinó la puntería para no orinar a su amigo.

-¡Cuidado que me salpicas, cojudaso!… -  soltó Betto orinando contra la pared.

-¿Escuchaste lo que te dije, idiota?…

-Claro que sí, huevón. Sólo la estoy barajando… ¿No viste cómo te miró ese cojudo?… Creo que te escuchó, huevonaso…

-¿Y qué chucha si me escuchó?… ¡Me llega al pincho, compadre! Aquí todo el mundo está en lo mismo, huevón… ¿No viste la cara de coqueraso que tenía el desgraciado?…

-Yo creo que paso, Juan Carlos… Mi mujer me está esperando, cuñadito. Además, ya casi son las seis y estamos chupando desde temprano… Me cago de miedo, compadre. Tengo todo el billetón en el bolsillo…  - dijo mientras se limpiaba las fosas nasales con un torniquete que hizo con la punta de su pañuelo.

-Métete un par de tiros y después hablamos, compadre… Vas a ver que al toque te  compones… – contestó Juan Carlos dejando el paquetito y la Victorinox sobre el tanque del inodoro.

 

Betto no se hizo de rogar.  Se aflojó el nudo de la corbata y con maestría cargó la punta de la cuchilla.

 

-Uno por mi mamá… Otro por mi papá… – dijo inhalando por cada uno de sus orificios nasales – Listo,  ahora un par de chelitas y me voy, compadre… Mi mujer me está esperando…

-¿No puedes cambiar la cita, compadre?… Así no quedas mal con el médico y  estamos un ratito más con los patas… ¡Hoy es veintisiete de julio, huevón!… ¿Quién chucha va al médico hoy día?…

-No seas cojudo, Juan Carlos. Además, ¿de dónde voy a llamar?… – respondió cediéndole el paso para que su amigo salga primero del baño.

-De aquí mismo pues, huevón.  Yo pido el teléfono. Déjame ver… – dijo perdiéndose entre las mesas.   

-¡Puta, qué buena meada!… – dijo Betto al llegar.

-¿Están buenos los tiros, compadre?… – preguntó Sandro a quemarropa.

-¿Cuáles tiros?…¿Estás loco?… ¡Nada que ver!… Dentro de un ratito me tengo que ir a recoger a mi señora… 

-¡Sí, cuñaoooo!… -soltó altísimo el gordo Renato, luego, se levantó de su asiento y  apoyó una mano cariñosa sobre el hombro de su amigo y le susurró:  “Pásame la Manti”, pues  hermano…

-¿No estás escuchando, gordo de mierda, que yo no tengo?… – lo largó Betto y le hizo señas al mozo para que trajera dos más.

-Yo también me voy a disparar un par más… -  le dijo don Raúl al mozo.

-Enseguida, señor… – contestó el mozo vertiéndose íntegro el contenido del cenicero en el bolsillo del mandil, mientras pasaba nuevamente el apestoso estropajo sobre la mesa.

-¡Suficiente, hermanón!…¡Suficiente!… Por favor, ya no me limpies más la mesa, ¿quieres?… – gritó Betto sin poder contener una mueca de repulsión.

-¿Y Juan Carlos?… – preguntó Sandro de pie y listo para despedirse.

-¿Qué…, te vas?… – preguntó sorprendido don Raúl devolviendo un buche de cerveza  de la boca directo al vaso. 

-Sí. Ya es tarde, viejo. Afuera debe haber mucho tráfico y no quiero llegar de noche…

-Sí, claro… La señorita tiene que marcar tarjeta con su marido o en la noche no le dan su ración -  dijo el gordo con voz aguda y afeminada.

-¡Fuera, mierda!… – lo largó Sandro – Feliz Veintiocho con todos, nos vemos – agarró su maleta y se dirigió a la calle.

-¡Uuuuuuuuuuuy!…¡Uuuuuuuuy! … – Renato lanzó un alarido en el mismo tono y todo mundo festejó la ocurrencia con silbidos y aplausos.

-Yo no entiendo cómo hay huevones que no se dan tiempo para los patas…

-Ese maricón no es pata…

-Es un sobón de mierda… Todo cumplidito, el huevonaso, siempre trae lo que le piden… Llega a su cuota limpio y apenas habla con los patas… ¡Es un idiota!…

-Además, no chupa…

-Sobre todo eso, compadre… Siempre hay que desconfiar del que no chupa…

-Ese huevón no se sincera, sólo escucha y se gana con todo… ¡Es un hipócrita!…

-Por eso anda con el chiquillo Lalo, nomás…

-Ese es otro que se sombrea…

-Otro huevonaso…

-¡Dejemos de hablar de huevones y salud, compadre!…

-¡Salud con todos!…

-¡Salud!…

-¡Salud!…

-¡Salud!…

 

Justo en ese momento, Juan Carlos regresó  embalado a la mesa y de un tirón se  tomó el primer vaso que encontró.  Después, se inclinó ligeramente y apretó a Betto con nerviosismo por detrás del cuello.

 

-¡Guarda, cojudo!… ¡Quítame las manos de encima!… – reaccionó apartándolo bruscamente.

-Ya me lorié al administrador -siguió como si nada- Cuando quieras nos vamos a la oficina para que hagas tu llamada y de paso, nos tomamos unos wiskachos con el hombre…

-¿Qué hora es? … – preguntó don Raúl secando su vaso y sirviéndose otro al hilo.

-Puta, recién son las seis, ¿y a quién le importa?…

-A Betto, pues ¿Acaso no tienes que llevar a tu señora al doctor? ¿No me dices que está con infección?… – preguntó  don Raúl secándose otro vaso.

-Sí. Pero creo que ya no voy a ir…

-¿Cómo que ya no voy a ir?… – lo remedó el viejo – ¿Estas loco, hermano? Tienes que irte. Tu mujer está enferma y está esperándote… No seas así de mierda, muchacho…

-¡No!…¡No!…¡Y no!… – contestó Betto dentro del vaso – Ya no llamo, ni nada. Que me espere. Total… está en su casa. Si estuviera en la calle parada en una esquina, al toque pues… Además, me llega al pincho que el ginecólogo le agarre la chucha y todo quede como las huevas… Yo nunca he estado de acuerdo con esas cosas…

-Que tome  Bristaciclina de quinientos cada cuatro horas, mi hermano y se le pasa todo ¿Quieres? Yo tengo en el carro… – intervino Juan Carlos servicial al máximo.

-Yo también tengo cuñado, gracias. Y nuevamente hizo el ademán con los dedos para que le traigan un par más.

-Tienes razón, compadre… Las mujeres casadas no deberían ir al ginecólogo porque  se alucinan y se vuelven pendejas… ¡Yo no voy a dejar que mi mujer vaya al ginecólogo!… ¡Le saco la mierda al huevón ni bien empiece a tocarla, carajo!… – dijo el gordo a todo pulmón salpicando de baba a todos.

-¡Suave nomás con lo de pendejas, huevón!… Y guarda con la lluvia chancho de mierda… Huevadas nomás hablas,  imbécil.  Mejor cambia de tema… Para eso chupas, ¿no, anormal?…

-Tú sabrás. Ya eres un hombre de familia…

-Son puras mañoserías, viejo.  Yo sé lo que te digo…

-Hablando de mañoserías, ¿ya vieron la patasas que se maneja la nueva secretaria de compras?…

-Es una gorda de mierda, huevón…

-Pura carne dirás, cojudo…

-Si está buena, huevón…

-¿Tú qué quieres, una miss universo?…

-Está buena pal catre, huevón..

-Todas esas son unas putas… Los gerentes contratan a la más pendeja y esa barre con todos…

-Dale un par de tragos a una cojuda y al toque se regala…

-Mujer que chupa, mujer que te lo suelta, huevón…

-Por eso no se pierden cada actividad de la compañía…

-¡Tsss!… Ya las quiero ver en el campeonato de fulbito…

-Los tíos organizan esas vainas sólo para verles el culo…

-Este ya está cagándose de miedo, porque las mujeres le van a ganar en fulbito…

-El equipo de almacén se perfila, mocosos…

-Son cholos recios pues, tío…

-Lo importante es participar… Estar con los patas… Computar hembritas…

-¡Uyuyuy!… Cuidado que eso dicen todos los malos…

-¿Ah, sí?… Entonces nos vemos en la cancha, huevón…

-No sean hipócritas ¿A quién chucha le importa quién gane?… Todo es motivo para chupar, nada más…

-Y para computar hembritas, compadre…

-Carne nueva pues, compadre…

-Siempre hay que variar de hueco…

-Por supuesto mi hermano.  Comes todos los días lo mismo y te cagas el estómago…

-Esa es la vida del hombre, muchachos… Chupar y cachar…

-Ta quel viejo ya se puso en pindinga, carajo…

-En la variación está el gusto,  señores…

-¡Salud por eso!…

-¡Salud,  pues carajo!..

-¡Salud con todos!…

-¡Chupa, pues huevón!…

-¡Salud, pues cojudo!…

-¡Salud!…

-¡Salud!…

-El que la seca la llena…

-Yo me las pongo, carajo… ¡Mozo, dos más!…

-Puta que,  ¿vieron el carro que se compró Artieda? …

-De la conchesumadre, pues huevón…

-¡Qué rica cañita, mi hermano!…

-¡Groaaaac!…

-Eructa para otro lado, cerdo de mierda…

-Perdón, cuñadito…

-Yo tengo un pata que tiene uno igualito… Pero full equipo, huevón…

-Puta, el de Artieda tiene un Alpine que bota como 300 watts por parlante, cojudo…

-¡Puuuuta!…

-Puta, que se maneja unas llantazas el pendejo…

-Mi pata lo quiere vender, ¿ah?…

-¡Conchesumadre, carajo!…

-¡No jodas!… ¿Cuánto quiere ese huevón?…

-Esas son cantidades mayores, compadre. Mejor sigamos chupando, nomás…

-¡Salud, pues huevón!

-¡Salud!…

-¡Salud!…

-¡Salud, salud!..

-¡Salud, carajo!…

-¡Salud con todos!…

-Voy a decirle al pata que ya no vamos a hablar por teléfono. El hombre debe estar esperándonos… – dijo Juan Carlos guiñándole un ojo a Betto – Mejor ven, que te lo presento. De repente nos hace un descuento. Tú también ven, Renato… Raulito,  pídase por mí un parcito más…

-¡Vayan nomás con su pichicata, chibolos!… Yo con mi cerveza estoy tranquilo… – contestó el viejo mirando al vacío con los ojos acuosos.

-Nos cagó este huevón, ¿ah?…

-Estos viejos pendejos se dan cuenta de todo, compadre…

-Así…, ¿quién puede armarse en paz?… – gritó eufórico Renato caminando detrás de sus amigos.

 

Se metieron al baño a jalarse unas rayas y durísimos se pararon frente a la oficina.  La puerta estaba entreabierta y pudieron ver a una mujer en minifalda que bailaba para el administrador sobre un cajón de cerveza.  Se reía en voz alta y se chupaba los dedos, mientras masticaba algo que compartía con el hombre.  

 

-¡Miren eso, compadre!… Es la hembrita del administrador…

-¡Qué tal cuerazo!…

-¿Qué pasa, compadres?… – dijo el tipo que salió de la oficina y cerró  violentamente la puerta

-¿Cuál era tu nombre, compadre?… Es que quería que conocieras…

-¡Mira patita!… Mi nombre es y no era, ¿ya?… ¡Ahora, hazme el favor, ándate a tu mesa y pórtate bien sino quieres que te saque directo a la calle! ¿Entendiste?…

-No te pongas así, hermanón… Sólo quiero presentarte a mis patas… Porque siempre vamos a venir aquí… Porque aquí, hay buen ambiente… Díganle, pues huevones, cuánto hemos consumido… Todavía nos vamos a quedar un rato más… ¿Sí o no?…¿Sí o no?…¡Hablen, pues huevones!… Tú nos caes bien compadre, ven dame esa mano… No, mejor dame un abrazo… Como patas, ¿ah?… ¡Sí o no!… ¡Sí o no!…

-Como te repito patita: a tu mesa o a la calle… – se dio media vuelta y de un portazo concluyó la conversación.  

 

Cuando regresaron, el viejo Raúl se había quedado dormido después de secarse toda la cerveza.

 

-¡No dejó ni mierda este huevón!… – protestó Renato muerto de sed.

-Ya se cagó este cojudo… – dijo Betto introduciendo rápidamente su mano en el bolsillo interior del saco del viejo. Con habilidad de carterista, le sustrajo el sobre de pago y lo metió en su maleta.  Luego, tosió un par de veces seguidas y haciendo un gran esfuerzo para despegar las paredes de su garganta, continuó – Hay que embarcar a este viejo en un taxi, antes que nos cague la noche…  Está hasta las huevas… Después, somos los que somos…

 

El gordo Renato se quedó cojudo y se sentó en silencio junto al viejo.   

 

-¿Qué mierda té pasa a ti, idiota?… ¿Estás en bajada o algo te está molestando? ¿Por qué mierda te quedas callado?… ¡Habla!…

-¡Se me viene el gato, compadre!… Creo que voy a vomitar… – y partió la carrera directo al baño.

 

Betto y Juan Carlos aprovecharon para abandonar a sus compañeros con la cuenta. Lo sentían por el cargoso del gordo, que después de todo era su pata. Al viejo siempre le pasaba lo mismo y  su mujer tenía que recogerlo de los bares del barrio.  Camino al auto, ninguno de los dos se atrevió a comentar lo sucedido.

 

-¿Somos los que somos?… – preguntó Betto encendiendo el motor.

-La noche es joven, compadre…

-¡Al Fuerte Apache, carajo!…