No podía dejar de pensar en Rostro (*)

(*) Extracto de la “Novela Paraíso de los Suicidas”

 

 

Cerraba los ojos y la mirada del malandro se le confundía con la de su marido. El dolor que presionaba su cintura se extendía velozmente, partiéndole la espalda en dos. Betto no aparecía.  El  estruendo estremeció a las niñas en el cuarto.  Verónica corrió y encontró a Inés desmayada en el suelo.

 

-¿Mamá?… ¿Mamita?… Háblame por favor, ¿qué té pasa?… ¡Por favor dime algo mamá! – Y la zamaqueaba temblorosa sin saber a qué atinar.

 

Resuelta a levantarla se puso de pie, pero sólo consiguió voltearla boca arriba. Adriana, inmóvil, lloraba asustada en un rincón.  El olor de la leche quemada advertía que se estaba derramando en la hornilla.  Inés volvió en sí creyendo que ya era de día.  Tenía sed y volaba en fiebre.  Cuando trató  de incorporarse sintió que un puñal se le enterraba en la cintura.  Vencida por el dolor se contrajo a punto de volver a desmayarse pero al reparar en  la presencia de sus hijas, consiguió llegar hasta ellas para consolarlas.

 

-No es nada angelitos… Ya se me va a pasar. No se preocupen…

-¿Mamita, qué té pasa?… Por favor, no nos mientas…

 

Por el reloj del comedor supo que era más de medianoche. Herida de muerte en el orgullo finalmente admitió lo que por años se negó a aceptar: Que precisamente en momentos como éste, Betto, jamás estaría a su lado.  En la penumbra, aguantando un dolor que ahora era más intenso en el alma, estrechó lo más fuerte que pudo a sus hijas. Secándose las lágrimas, se juró que esta sería la última vez en su puta existencia que dejaba que sus hijas sufrieran de esa manera.

 

-¡Corre!… ¡Llama a tu abuelito!… Dile que tengo un cólico y que quiero que me lleve un ratito al hospital Santa Rosa… No le digas nada más, ¿ah?… Y por favor hija, apaga la candela que la cacerola se está quemando…

 

Los Galarreta subieron mudos al carro. Víctor tocó con la punta de los dedos la estampita del Señor de los Milagros que colgaba del espejo retrovisor, se persignó,  encendió el motor, esperó que caliente unos segundos y arrancó enseguida.

 

-No corras, Vico, que por ahí se te cruza un borracho y nos matamos – dijo su mujer anudándose el pañuelo en el cuello.

-¡No comiences por favor, Sofía! ¡Esta es una emergencia!… ¡Si mi hija se muere me desgracio, carajo!…¡Te juro que lo mato!… ¡Lo mato!  

-Tampoco te exaltes tanto, viejo,  que sólo es un cólico…

-¡Por favor, no me hagas hablar, Sofía!… ¿En dónde está metido ahora ese maricón? ¿Ah?… ¿Por qué no está atendiendo a su mujer?… ¡Ya se cagó conmigo ese huevón!… ¡Lo mato, carajo!…

-¡Ay, Vico, no seas grosero!

-¡No lo defiendas!… ¡Tu siempre lo defiendes!

-Te equivocas. Yo no lo defiendo, es más, te doy la razón. Pero por ahora maneja tranquilo viejo y no te olvides que después se te sube la presión.

 

Como si lo hubieran ensayado, saltaron en sus ropas después de colgar el teléfono y estuvieron listos en menos de cinco minutos.  Por muchos años habían pensado que llegaría este momento pero jamás se les ocurrió que tendrían que rescatarla estando enferma. Antes de salir, Vico se guardó en el bolsillo del saco la vieja manopla de bronce que hace años le confiscó a uno de sus alumnos y que, por si acaso, había escondido en su zapatera.

 

-¿Qué es eso?… -, preguntó Sofía sospechando. 

-No es nada, vieja, apúrate nomás… -, le contestó tratando disimular.

 

Siempre pudieron leer en los ojos de su yerno el desprecio que más adelante no se molestaría en ocultarles. Hasta había llegado a prohibir que Inés llevara a  sus hijas a visitar a sus abuelos.

 

… ¡Qué tal lisura, carajo! El mundo se nos vino encima cuando ese maricón embarazó a mi hijita. Yo sabía que su gran ilusión era llegar a ser maestra, como su madre ¡Ahh!… ¡Cuánto habíamos soñado con la escuelita que íbamos a levantar en el terreno del malecón!… 

 

Víctor era profesor de secundaria en el colegio Bartolomé Herrera y Sofía enseñaba Educación Física en el Miguel Grau. Se conocieron en un congreso nacional de estudiantes de educación organizado por el APRA en la Biblioteca Pública de Lima. Durante el gobierno militar, Víctor tuvo que repasar el quechua de su infancia para ser director de primaria y si bien durante este periodo mantuvo en reserva sus ideas partidarias, ni bien se convocó la Asamblea Constituyente, los Galarreta desempolvaron su carné y pudieron realizar algunos pequeños proyectos, como comprar la casa de la avenida La Paz a muy buen precio. 

 

-No es el mejor lugar del mundo…  ¡Pero qué carajos! No podemos dejar pasar una oportunidad como ésta pues, Sofía…  

 

Después de quince años, todos esos recuerdos volvían a su mente. Inés por fin volvería a casa para empezar de nuevo.

 

Encontraron a Verónica tendida en el sillón junto a su madre y a Adriana durmiendo  abrazada a sus pies. Víctor entró directo al cuarto y sacó del closet las mismas maletas que Inés se llevó el día que salió de su casa.

 

-¿Cómo no las voy a reconocer?… ¡Si yo las traje de  Huancayo!…- , suspiró Víctor rencoroso. 

 

Tres lustros de matrimonio se reducían a cuatro vestidos, dos faldas, dos pantalones, tres blusas, tres pares de zapatos, un saco, dos chompas, y  un par de casacas,  que él mismo le compró cuando estaba en la universidad. El closet estaba lleno de la ropa de su yerno.

 

-Todas sus cositas caben en una bolsa… ¡Desgraciado de mierda!… Nunca supiste tratar bien a mi hijita ¡Si estuvieras aquí te partiría la cara, maldito!… – apretaba con fuerza la manopla mientras una mancha roja le coloreaba el pómulo izquierdo.

-¿Qué haces, abuelo? – preguntó Verónica que estaba parada junto a la puerta, sorprendida al verlo llenar las maletas con todo lo que había en la cómoda.

-¡Nos vamos!… – contestó con aspereza y siguió con la mudanza.

-¿Qué?… ¿Adónde?…

-A mi casa… Como debió ser desde hace tiempo… A ver hijita, tú, ya estás grandecita, así que pon tus cosas en esa maleta… ¡De una vez, que nos vamos!

-¿Qué cosa?… ¿Estás loco, abuelo?… ¡Yo no me voy a ningún lado!…¡Yo me quedo aquí, esta es mi casa!…

-¡Tú vas a hacer lo que yo diga, carajo!… ¡Muchacha de mierda!… – dijo y el otro cachete le cogió color.

-¿Qué pasa aquí?… ¿Qué gritería es ésta?… ¿Víctor, no te das cuenta que Inés está mal?  ¿Por qué tanta demora?… ¡Deja eso y vamos de una vez a llevar a la chica al hospital! – interrumpió Sofía entrando en la habitación.

-¡Yo no me quiero ir de aquí abuelita, esta es mi casa!…

-¡Shhh!… Disminúyeme el volumen, señorita… ¿Te quieres quedar?… Bien, entonces hazlo. No hay tiempo para discusiones.  Lo más importante ahora es llevar a tu mamá al hospital. Si quieres quédate a esperar a tu papá y mañana hablamos.

 

Inés salió de su casa envuelta en una frazada, prendida del cuello de su padre como cuando era niña, sin presentir que no volvería más.

 

-¡Aló…, aló!.. ¿Quién contesta, ah?… Pásame rapidito con tu mamá, hijita. No te demores que me sale cara la llamada… – Verónica reconoció a su abuela Armenia al otro lado del- auricular.

-Entonces ahórrate la llamada abuela,  porque mi mamá no está…

-Bueno, cuando regrese dile que tu papá ya está saliendo para allá. Ahí nomás que ustedes se fueron llegó el muy bandido. Pero como empezó a llover tan horrible le dije que mejor se quedara, no vaya a ser que le pase algo… Y está mal, ¿ah?… Le duele mucho la cabeza y la garganta. Pobrecito, de hecho que ya pescó una gripe. Dile a tu mamá que le prepare un caldito de pollo bien concentrado y que le fría un bistecito para que se recupere… ¿Qué mala pata, no?… Eso nomás quería decirle. Pero tu mamá qué bárbara, ¿ah?  Desde tempranito para en la calle, ¿no?…

-No es eso abuela. Lo que pasa es que mi mamá anoche se puso mal…

-Bueno, bueno, bueno… Pero por lo que veo ya se siente mejor, así que dale mi encargo nomás. En la tardecita llamo, chau.

-¡Clic!

 

Verónica colgó el teléfono y permaneció por largo rato acostada mirando al vacío. Hacía tanto que no dormía en una cama, que ya llevaba tres horas despierta sin levantarse. La idea de irse a vivir con sus abuelos le pareció descabellada.

 

-¿Dejar mi casa y mis amigas del barrio?… ¿Con quién me voy a juntar en la avenida La Paz?… Nada que ver… Cuando les dé mi dirección, los chicos van a creer que soy una pacharaca…

 

Quería y admiraba mucho a su abuela, porque ponía en su sitio a cualquiera, incluyendo a su papá.  Le encantaba ver cómo dejaba callados a los demás. Al abuelo también lo quería, pero le caía espeso cuando se ponía mandón como su papá.

 

-Y ahora, ¿cómo le digo?… ¡Cómo vendrá! Con resaca, ¡no va a ser!…  ¡Aj! Con la boca apestando horrible y diciéndome que me quiere… ¡Qué chinchoso!… ¡Es mi papá pero ya no lo aguanto!…

 

Dio un brinco y prendió la televisión.  Roxana Canedo anunciaba el saldo de muertes y accidentes ocurridos durante el fin de semana de Fiestas Patrias.

 

-Ojalá mi papá estuviera  en la cifra…  ¿A quién le hace falta?…  

 

Pero al toque se arrepintió y se persignó. 

 

Cuando escuchó el ruido de la llave en la cerradura corrió a apagar la tele y  se escondió.  Una corriente de aire helado trajo ruido de la calle.

 

-¡Hola, familia!

 

El perfume de su abuelo se filtró hasta su escondite en el closet. 

 

… ¡Já¡ Para barajar la resaca que traes encima hace falta más que un buen baño y un poco de colonia… ¡Idiota!

 

-No hay nadie – respondió Verónica saliendo de su escondite.

-¿Cómo que no hay nadie?… ¿Y en dónde está tu mamá? – preguntó irritándose.

-Mi abuelito Víctor se la llevó anoche al hospital de emergencia…

-¿¿Qué??… ¡Sácate la mano de la boca y habla bien, carajo!… Dime, ¿qué mierda está pasando?…

-No sé… -dijo asustada- A mi mamá le comenzó a doler la espalda y se desmayó…

-¿Se desmayó? ¿Estás segura? ¿ Adónde se la llevaron?….

-Creo que al Hospital Santa Rosa no sé muy bien, papá… Porque mi abuelita quería llevarla al hospital del Empleado. Pero como tú eres el que tiene el carné… Quedaron en llamarme pero me quedé dormida hasta ahorita…

-Tú eres bruta, ¿no, carajo? ¿Cómo se te ocurre tirarte a dormir en un momento como éste?

-Estuve despierta hasta que amaneció y me quedé dormida,  papá.

-¿Quién chucha decidió llevarla de emergencia?… Seguro que la metiche de mierda de tu abuela… ¡Vieja conchesumadre, carajo! ¡Cuando algo se le mete en la cabeza,  siempre se sale con su gusto la muy jijuna… ¿Por qué no me esperaron? ¿Ah?…  ¡Si tu sabes que yo tengo antibióticos en la maleta!… ¡Bruta de mierda!

-Mi mamá se desmayó bien feo y estuvo tirada en el piso bastante rato. Adriana y yo no podíamos ni moverla… Estaba mal, papá. Todavía estoy preocupada por ella…

-¿Y dónde está tu hermana?

-Mi abuelita se la llevó a su casa… Adriana se asustó un montón, papá…

-Pero si esa vieja sabe que a mí no me gusta que ustedes se metan en esa casa, en ese barrio de mierda… ¿Acaso tú no puedes quedarte con tu hermana, sonsonasa?

-Se la llevaron con su ropa y todo… También se llevaron las cosas de mi mamá. Mi abuelito Víctor dice que ya no quiere que vivamos contigo… Pero yo no quiero irme con ellos.

-¿Está loco ese viejo de mierda? ¿Quién chucha se ha creído para tomar decisiones por mi familia? Tú no te preocupes, mamita. Ninguna de ustedes se queda a vivir allá, carajo… – y dicho esto intentó abrazar a su hija.

-¡No me toques!… ¡No me toques!  ¡Todo esto es por tu culpa! – y  lo apartó de un buen empujón.

-¿Y a ti qué mierda te pasa?… ¿Ah?… ¿Te has vuelto loca, carajo?… ¡A ver si con un buen correazo se te pasa la rabieta!… ¡Eso me pasa por cojudo!… ¡Mano dura, carajo!… ¡Eso tengo que hacer en esta casa de mierda para que se me respete!

-¡Mamá, mamá! ¡Mamita!… – rompió a llorar.

-¡Cállate! … ¡He dicho que te calles, carajo! ¡Niña mimada de mierda! ¡Muy malcriada te tiene tu madre!… ¡¡Yo te voy a enseñar lo que es disciplina, carajo!!  - y se sacó la correa- ¡Ven acá muchacha de mierda!… – pero no consiguió que Verónica saliera de abajo de la cama y por eso agarró a patadas todo lo que estuvo a su alcance- ¡Si quieren lárguense mal agradecidas, mejor para mí!… ¡Váyanse todas a la mierda!…

 

En un arranque de ira arrojó el estéreo al suelo y unas lucecitas verdes y anaranjadas salieron de la pared.  Todavía temblando,  abrió la puerta y se fue otra vez para la calle.  Verónica voló a poner el cerrojo y extrañando enormemente a su mamá, se quedó gimoteando tendida en el suelo. Una corriente de aire fresco que entró por debajo de la puerta la repuso de inmediato. Había llegado el momento. Así que corrió a su cuarto a vestirse, llenó su maletín de educación física en cinco minutos con algunas de sus pertenencias y cuando estuvo lista, salió del edificio escondiéndose de los vecinos.

 

-¡Nunca más me verás la cara, desgraciado!… ¡Juro por Dios que nadie volverá a verme por acá!…

 

Betto llegó al Hospital Santa Rosa justo cuando Sofía salía por la puerta de emergencias. Se disponía a tomar el bus para San Miguel cuando le pasó la voz haciendo un ademán con el brazo que era casi su sello personal.

 

-¡Hola, hijo!… ¿Me das una jaladita?  - preguntó Sofía subiéndose al carro.

-Hola… ¿Qué tiene Inés, ah?… ¿Cómo está? – preguntó tratando de disimular su malestar y como queriendo limpiar ceniceros y asientos con una mirada.

-Está mejor. Ya vas a verla… Pero antes me gustaría, si no tienes inconveniente, conversar un ratito contigo… ¿O estás apurado?

-No, no. Para nada. Hablemos ahora, no hay problema…

-¿Me podrías llevar hasta mi casa?…  Te doy para la gasolina, ¿ah? – le preguntó ella buscando en su monedero.

-¡Por favor, Sofía!… – dijo levantando la voz y un movimiento involuntario de mandíbula le desfiguró la cara por unos segundos.

-Es sólo una pregunta, Betto… Como están las cosas hoy en día…  No lo tomes a mal y no pierdas la ecuanimidad tan rápido que aún no hemos empezado…

 

Con Sofía jamás se hablaba a medias tintas. Le encantaba expresar su punto de vista pero también sabía escuchar. Era firme y nunca retrocedía en sus decisiones. La franqueza era su mejor virtud.

 

… Ay, no… Durante el gobierno militar decidí mantener la boca cerrada fuera de mi casa ¡Ni tonta, pues!  Y para asegurarme los frijoles,  en lugar de enseñar Ciencias Sociales, me dediqué a la Educación Física.

 

-Tengo que decirte que Inés y las chicas no van a regresar contigo a la casa… Hasta que te rehabilites…

-¿Yo?… ¿Rehabilitarme de qué?… ¿Acaso estoy enfermo?

-Conmigo déjate de teatritos, Betto. Estás prácticamente en un hilo… Alejándote de Inés quizás pongas freno a tu autodestrucción, hijo… Créeme, que es por tu bien y el de todos… Siempre aprecié que quisieras casarte con Inés, pero ahora me doy cuenta que debí impedirlo porque tú no estabas enamorado de ella. No me mires así, Betto.  Yo siempre lo supe… Pero mi Inés estaba tan ilusionada con su matrimonio, que no dije nada confiando que con el tiempo llegarías a quererla un poco más… ¡Los dos se han hecho tanto daño, hijo!… Merecían ser felices, realizar sus sueños… No sé… Esas cosas que uno quiere cuando es joven y tiene una vida por delante… Yo sé que tú piensas como tu madre… Que te merecías una chica mejor… Y no te juzgo, ¿sabes?… Cada uno es libre de inculcar en sus hijos los valores que crea convenientes… Pero te digo sinceramente que, para mí, la que perdió más fue Inés. Porque a ella le tocó vivir en el mundo real…  Un mundo del que tú y tu madre quieren escapar…

-¿Ah, sí?… Fíjate Sofía que todo eso me lo tiene que decir Inés en mi cara… Yo no voy a destruir mi matrimonio por tu filosofía de La Cantuta… ¡Discúlpame, pero esta vez no voy a hacer lo que a ti te da la gana!…

-¡Cálmate hijo y bájame el tono de voz!… Más tarde hablarás con ella. Y por favor no la agites que lo que tiene es delicado…

-¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que tiene, a ver?… – preguntó incrédulo.

-Desatención… Negligencia… Lo que les pasa a las mujeres de los Pueblos Jóvenes por falta información y dinero. Lo cual no es justo Betto, porque ese no es el caso de mi hija… Tú tienes un buen trabajo, ganas bien y además tienes seguro médico.  Yo puedo comprender que seas joven y que no tengas ni la experiencia, ni la disposición de enfrentarte con las obligaciones que exige un hogar… Pero lo que no voy a permitirte es desamor. Si no la quieres, no la hagas sufrir más. De eso me voy a encargar yo, personalmente…  Sé hombre y reconoce que te equivocaste. Aléjate un tiempo, conoce otras chicas… Y sobre todo, rehabilítate… No te voy a decir más,  Betto…

-¿Así es que este es el diagnóstico clínico?

-Toma. Este es el piso y el número del cuarto en donde está tu mujer – dijo alcanzándole un papelito rosado que sacó de su cartera – Y si quieres un diagnóstico clínico, lo que tu esposa tiene es una severa infección renal con obstrucción de uretra causada quizá por unos cálculos…  Debido a la caída, también existe la posibilidad de un prolapso.  Pero todo eso lo sabremos en el transcurso del día.  Lo demás averígualo tú, si estás interesado…

 

Betto no encontró a Verónica en casa, lo que en cierto modo fue un alivio.  Las cosas que destruyó seguían tiradas en el suelo. En medio de la sala el equipo de música exponía sus tripas inservibles y algunas lucecitas agonizantes chisporreteaban de vez en cuando en su interior. Las pocas cosas que tenía Inés estaban hechas añicos. Había vidrios por todos lados. La ropa de cama estaba hecha un revoltijo y se le enredó en los pies.  La cómoda con los cajones vacíos le recordó su soledad. De golpe recordó mejores épocas y le pareció que fue apenas ayer cuando llegaron de su luna de miel a esa habitación. Aún tenía en la mano el papelito que Sofía le había dado minutos antes de bajarse del carro. Su debilitado cuerpo apenas podía sostenerlo.  Juntas, la resaca de resacas y final de su vida como hombre de familia se le vinieron encima… Se hincó de rodillas y lloró a gritos como un niño.  No tenía cara para presentarse ante su mujer y escuchar de su propia boca que lo había perdido todo… Así que, rendido por el cansancio, se durmió tirado en el suelo en medio de ese caos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios Leave a comment.

  1. Public Post…

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    From Colombia…

  2. The abusive behaviour of some so called “family men” had engraved the psyche of our teens and our mothers in a way that had turned the whole society into a dysfunctional mess. And you have painted this reality with a dramatic realism that moves. Five stars!

    JULIA SOREL
    France / USA


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