(TV) Después de los agitados acontecimientos del día de ayer… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

                                    

… Los trabajadores de La Química regresan hoy a su centro de trabajo para reintegrarse a sus labores… Quiero aprovechar la oportunidad, Gonzalo, para destacar la excelente labor realizada por nuestra unidad móvil que en todo momento estuvo presente siguiendo paso a paso los pormenores del hecho luctuoso que llegó, a través de nuestra red de microondas, a nuestros televidentes en todo el Perú. También queremos informar que aún no se ha precisado a cuánto ascendería el monto del rescate que los secuestradores  exigieron a la familia del joven empresario… Existe gran discreción en el manejo de la información por parte del personal de la policía de investigaciones, Gonzalo… 

(TV) -Mónica, ¿tú crees que… -rapidito nomás para no demorar a los trabajadores que ya están con la hora- podrías preguntarles a los que pasan por allí si saben algo acerca del monto del rescate?…

(TV) -Como te repito, Gonzalo, ha sido imposible establecer una cifra… Pero a ver, pues…  Nos encontramos con dos jóvenes que tal vez puedan darnos alguna información…

(TV) -Bueno, yo este…, o sea que por lo que he escuchado desde ayer… es que fueron doscientos mil dólares… Es lo que yo he escuchado, nomás, yo en realidad  no sé nada, ¿ah?… 

(TV) -¡Jah!… Serán dos millones, dirás… Mire señorita, lo que pasa es que por aquí nadie sabe nada y eso no es justo porque como trabajador uno se merece estar bien informado… 

(TV) -Señorita…,  señorita… ¿puedo mandarle saludos a mi mamá?… 

(TV) -Como verás, Gonzalo, existen demasiadas versiones…

(TV) -Gracias, Mónica… Nosotros ya regresamos con más detalles en vivo y en directo desde el Paseo de la República después de la pausa comercial…

 

-¿A quién chucha le importa cuánto pagaron?… ¿Y quiénes son ese par de cojudos que se ponen a pelear por televisión?… ¡Lo que quiero saber es cómo está el señor Müller, Mirna, Carlita… Que estaba embarazada la pobrecita, carajo!… ¡De eso no dicen nada desconsiderados de mierda!… ¿Cuánto pagó la familia? ¿Eso es lo único que les interesa?… ¿Ah?

 

Renato apagó  el televisor al toque con el control remoto desde su cama. Lo internaron en la clínica después del ataque de nervios que sufrió el día del asalto y se la había pasado durmiendo las últimas veinticuatro horas.  Los médicos decían que ya estaba bien pero preferían que se quede el resto de la semana en observación.

 

-Tenemos que practicarle otros exámenes… No podemos descuidamos, señora… Un golpe en la cabeza podría tener consecuencias serias si no se mantiene al paciente en observación… -, le dijo un médico a su abuela mientras firmaba no sé cuántos papeles para la compañía de seguros…

 

Era un poco más de las siete de la mañana cuando la enfermara lo despertó descorriendo las cortinas y lo mandó derechito a la ducha. 

 

-Apúrate, gordito… Levántate rápido que ahorita a las ocho llega tu visita… Ya están ahí abajo esperando…  Ponte guapo para que te vean bien chévere…

 

Y dicho esto, la mujer arregló la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Hasta hizo que le trajeran un par de butacas de cuero de la oficina del director. Una vez que estuvo bien bañado, peinado y afeitado al ras, el gordo se sentó ansioso a esperar a sus compañeros de  trabajo.

 

… Seguro que se viene toda la gente de ventas… Aunque no creo, ¿ah?… Los han hecho chambear como si nada… ¡Además,  todos son una mierda!… ¡Puta madre! ¡Pero qué huevón para desmayarme, carajo!… ¿Dónde se ha visto que a Rambo le dé un ataque de nervios? Mejor es que nadie  venga a verme… Ya me jodí… ¿Qué estarán hablando todos estos conchesumadres de mí?… De hecho que he quedado como un cabro desmayándome como una hembrita… ¡Pero qué imbécil!… ¡La cagaste, Renatito… La cagaste bien feo, huevón!… ¡Así no se portan los hombres, estúpido…

 

-¡Buenos días, mi amor!… ¿Cómo ha amanecido hoy, mi papacito lindo?… ¿Sabes que todas las enfermeras  están como loquitas por ti?… En especial la gringuita al pomo de la recepción que me ha dicho que eres un churro… ¡Ay, para qué te dije!… Ni se te  ocurra meterte con la chica ¿ah?… ¡Quién sabe de qué familia vendrá la pobre!… Es que mírate, eres todo un churro, mi amor… Con esos ojazos verdes que le has sacado a la familia del nono… No te creas, ¿ah?…  Por donde pasaba el viejo rompía corazones…

 

Así entró de súper optimista doña Rosita con los brazos inmensamente abiertos,  oliendo riquísimo a perfume caro y le plantó unos sonoros besotes que dejaron  marcas de lápiz labial importado en cada cachete del gordo.

 

-¡Hola,  mamina!… -  dijo engriéndose y dejándose apretar por ella como cuando era niño y feliz de la vida la saludó con un beso.

-¡Todo el personal aquí se siente orgulloso de atender a un héroe,  mi hijito!

-…

-¿Acaso no lo sabes?… Si todo el mundo lo comenta… ¡Ay, hijito!… ¡Hasta ha salido en los diarios!… ¡Pero si eres el héroe del momento!… De no ser por ti, la policía nunca se hubiera enterado y sólo Dios sabe cual hubiera sido el fin de todo… Quizás hasta los hubieran matado… ¡Pobrecitos!… -dijo santiguándose y añadió-  Anoche escuché por televisión que los iban a torturar antes de pedir el rescate, fíjate tú los desalmados… ¡Pero gracias a ti se enteró todo el mundo y los bandidos tuvieron que huir y no pudieron hacerles daño!…

-…

-¡De no ser por ti, quién sabe si estuvieran vivos!…

-Tampoco exageres pues, mamina…

-¿Pero qué tonterías dices, muchacho? Si desde ayer la clínica está llena de periodistas que quieren entrevistarte… Pero eso sí,  la compañía no quiere que te molesten ni que estés prestando declaraciones hasta que ordenes bien tus ideas… Dicen que es por tu propia seguridad… ¡Y hoy mismo vienen los gerentes para  darte las gracias en persona! … ¿Y adivina qué?…  ¡Parece que te van a dar una recompensa!… También van a venir de la televisión… ¡Qué emocionante, hijito!

-¿La televisión?… ¿Aquí?…   

-¿Por qué crees qué me he puesto tan elegante, ah? ¡Para salir en la tele, pues!

-Tu siempre estás elegante mamina…

-Ay, no seas adulón… Te repito que todos van ha estar aquí…  ¡Aprovecha tus quince minutos, sonsito! – y tocándose de nervios le pellizcó la barbilla a su nieto.

-¡Yo no quiero salir en televisión, mamina!… ¡Qué vergüenza!… ¿Qué voy a decir?… Además, ¿a quiénes te refieres cuándo dices que todos van a estar aquí?… ¿Quiénes son los que van a venir?  Con el papelón que he hecho no tengo ganas de ver a nadie, mamina!…

-¡No seas chupado y déjate de falsas modestias, oye, que vas a parecer un chuncho!… Muéstrales tu personalidad… Tú que eres tan bien plantado te vas a ver divino frente a las cámaras… ¡No seas sonso!… ¡Aprovecha y lúcete! ¿Quién sabe si te descubre un productor y te sacan en una telenovela?…¿Ah?… Muchos han empezado así nomás… No hay nada de qué avergonzarse… A ver… – sacó un pañuelito blanco de la cartera y lo humedeció un poco con la punta de la lengua para borrar las marcas de colorete que le había dejado a su nieto en las mejillas y lo guardó de nuevo rapidito para poder contemplarlo- ¡Ay, cómo se nota que en tu trabajo te estiman, papito! -dijo volviendo a su monólogo- Todas las chicas de La Química están como locas por saber de ti… El teléfono no a parado de sonar desde que estás internado… Mirna y Carlita te adoran… ¡No te digo qué eres un héroe!… Además, el padre Román y la gente de la parroquia, que gracias a la contribución de hombres santos como tu abuelito muy pronto la tendremos, ahí nomás, a una cuadrita de la casa para que yo no tenga que caminar, te van a estar mirando por la tele… Y tú no quieres dejarme mal delante de ellos, ¿no?… Así que vamos… Apúrate y ponte rapidito el pijama de seda de tu abuelito… ¡Mira qué bien planchadito te lo he dejado!…

-¿Cómo están Mirna y Carlita, mamina?… No sale nada de ellas en la tele… -dijo el gordo obediente poniéndose el saco.

-Es que estás atrasado veinticuatro horas, mi amor… Ya te pondrás al día.

-¿Pero cómo están ellas?

-Al principio estaban asustadísimas, ya te imaginarás… A la pobre Carlita la tiraron del carro de un empujón ¡No hay derecho!… ¡Tan decente y tan guapa la chica con sus ojitos azules!…  Gracias a Dios que no le pasó nada al bebe…

-¿La tiraron del carro? ¡No te creo mamina! ¡Qué desgraciados!

-¡Unos malvados, hijito!… A propósito, ella está aquí también.  Creo que hoy día le dan de alta… Más tardecito, si quieres, podemos ir a verla. Pero peor fue lo de Mirna, oye. La pobre muchacha está muerta de vergüenza… Dicen que hasta la han mandado de vacaciones a Miami…

-¿Por qué?… ¿Qué le pasó?

-Ay, hijo… Verdad que tú has estado dormido… ¡La vergüenza que le han hecho pasar a la pobre chica!… ¡Qué lisura! ¡Ojalá agarren pronto a esos desgraciados!

-¿Qué?… ¿Todavía no los capturan? ¿Qué fue lo qué pasó, mamina? ¡Cuéntame!

-¡Ay, hijito!… A la pobre muchacha la sacaron por la televisión y en todos los diarios  ¡Con los senos al aire!… ¡Medio mundo la ha visto así!… Pero su papá, que es un hombre decente, dice que le va a meter juicio a toda la prensa… ¡No hay derecho!… ¡Una muchacha de familia expuesta de esa manera!… 

-¡No te creo!… ¿Y por qué salió así?

-Porque así la abandonaron esos degenerados… ¡En pleno mercado de Magdalena y a la luz del día dejaron a la pobrecita sin sostén delante de todos esos cholos mañosos!… La policía dice que los cholos vivos hicieron eso para distraer la atención y ganar tiempo… ¡No te imaginas el daño que le han hecho a la pobre chica!

-De repente un productor ya le echó el ojo y le ofrecen chamba como vedette…

-¡Tú sí que no hables así, hijito!… ¡Todo el mundo se está burlando de la pobre chica! Ten un poquito más de compasión y decencia como corresponde, por favor…

-Disculpa, mamina, no pude aguantarme…

 

De pronto, dos empleados irrumpieron en la habitación y sin decir palabra colocaron un par de arreglos florales cerca de la cabecera de la cama mientras que otros dos, en corbata y mangas de camisa, instalaban hábilmente unos reflectores que encendieron al toque dejando a todos medio ciegos por un instante. En un ratito la habitación comenzó a calentarse y ya Renato estaba empapadito de sudor con el pijama de seda.  Acto seguido, entró una gordita curvilínea bien emperifollada y con paso firme atravesó el  grupo de enfermeras curiosas que cuchicheaban bloqueando la entrada de la habitación y sin decir nada, se lanzó con sus manos suaves, de una manicura perfecta, a maquillar a Renato que de puro chupado no dijo esta boca es mía. Doña Rosita, feliz de la vida, lo miraba orgullosa imaginando a su nieto convertido en un galán de telenovela.

 

… ¡Ay, lo lindo que se vería en la tele al lado de Pilar Brescia!…

 

Cuando todo estuvo listo entraron en la habitación el gerente de ventas, el gerente de personal y un séquito de empleados de La Química en un despliegue de movimientos sincronizados que tal parece que habían estado ensayando la coreografía.  Ñato de risa también entró Héctor Blades, acompañado de las secretarias mejor plantadas de la empresa, recontra maquilladas y luciendo el uniforme nuevo que todavía nadie había estrenado. Entre besitos, abrazos, felicitaciones y fotografías la compañía le entregó a Renato un galardón en reconocimiento a su valor, un pasaje aéreo para dos personas a cualquier ciudad del interior del país, un sobre con dos sueldos íntegros que lo autorizaban para irse al toque de vacaciones y un cheque de gerencia con un bono extraordinario.  Los únicos reporteros  autorizados a estar presentes eran dos empleados responsables de la revista interna de la compañía, que en la portada del siguiente número publicaría la fotografía del gordo recibiendo su chequezaso. Doña Rosita llegó a juntar hasta cien ejemplares de ese número, que luego se encargó de redistribuir cuidadosamente entre quienes quería impresionar por todo lo que le quedó de vida.

 

-En realidad creo que no merezco tanta atención… – hizo una pausa, se pasó la lengua al rededor de los labios, tragó saliva y continuó dirigiéndose ceremoniosamente al gerente de personal – ¿Señor Graham, sería usted tan amable de girar este cheque a nombre del señor Raúl Cavaza?… Francamente, si no fuera por él,  jamás me hubiera sentido en el compromiso de ir a presentarme en la oficina del señor Müller… – dijo con solemnidad y dejando cojudo a todo el mundo le devolvió el cheque.

-Eso mismo es lo que nos preguntamos todos… ¿Qué andaba haciendo Renato Machiavello en el piso de la Gerencia General? – disparó con mirada inquisitiva Héctor Blades con la intención de fulminarlo en el acto.

 

Después que Renato terminó de contar lo que pasó la noche de vísperas de Fiestas Patrias las enfermeras tuvieron que entrar a pedirle a todos que por favor  se retiren y lo dejen descansar.  El gordo, con los nervios  de punta, no pudo soportar tanta emoción y antes de volver a desmayarse alcanzó a decir que reiteraba su intención de donar íntegro su cheque al viejo del almacén. Ahora sí que no sólo para su abuela, sino para el resto del mundo, Renato se convirtió en un santo.

 

-Igualito a mi viejo, que Dios lo tenga en su gloria… Igualito a su nono… -, dijo santiguándose y  con el pechito henchido de orgullo lo tapó con la colcha hasta el cuello y abandonó la habitación en puntillas secándose las lágrimas con su pañuelito blanco.

Entró en puntas de pies para no despertarla… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Ni bien lo vieron llegar, un par de mujeres de aspecto humilde se apresuraron a esconder unos bultos detrás de la silla al otro lado de la habitación. La otra paciente estaba recostada en las almohadas y chupaba la cuchara ruidosamente, mientras se despachaba una  sopita de un recipiente de plástico. De golpe recordó lo que Sofía le había dicho hace unas horas y aquél cuadro lo dejó desmoralizado.  Todo sería distinto si hubiera estado en casa esa noche.

 

… Es mi esposa, carajo… Con mi seguro la negra se hubiera podido atender en la Clínica Americana…

 

-¡Hola! – saludó Inés, que recién despertaba – ¿Acabas de llegar? – preguntó con la voz apagada.

-Sí. Hace un ratito, nomás… Te miraba dormir… – y puso su mano sudorosa en la de ella.

-¿Cómo estás…, has comido…, viste a las chicas?… No me las han querido traer todavía – preguntaba ansiosa haciendo un gran esfuerzo por hablar.

-No he tenido tiempo de nada… De frente me fui a trabajar…

-¡Anoche te vi en la tele!

-¿Sí?… ¿Cómo estuve?

-Churro, como siempre – con los dedos le retiró suavemente el mechón de la frente y haciendo un mayor esfuerzo le obsequió también una sonrisa melancólica.

 

Se sentó al borde de la cama, cabizbajo y en un arrebato de ternura, sujetó entre sus dedos las frías y pequeñas manos de su mujer. Hubiera querido tener más privacidad para darle un beso, pero se moría de cólera porque la paciente de la otra cama no le quitaba el ojo de encima. Por unos instantes, dejó rodar unas lágrimas de ira y vergüenza. Pero se contuvo.  Las mujeres se miraron con complicidad y de un solo arranchón, le quitaron velozmente el tazón  a la enferma y lo refundieron entre los bultos.

 

-¡Muy buenas noches! – saludó a todos una gordísima enfermera – En media hora se acaban las visitas, señor – le dijo a Betto arqueando una ceja.

-Ya sé, ya sé… – contestó abochornado.

 

… ¡Es imposible hablar en estas circunstancias, carajo!

 

Así que soltó la mano de Inés y se puso de pie. Nada salió como lo había planeado y como eso le daba más cólera caminó hasta la ventana.  La avenida Bolívar estaba más oscura que nunca y la gente salía del hospital como hormigas. En el paradero el chofer de un ómnibus se negaba abrir la puerta a los que querían subir y desde allí pudo escuchar a la gente que protestaba airada.

 

- ¿Cuántas veces tengo que decirles que no le estén trayendo comida a la enferma, ah?… ¡La grasa le hace daño, señoras! ¿Oíste, mamacha? – la enfermera, abría enormes los huecos de la nariz para confirmar que olfateaba el pecadillo y mirando fijamente a las sospechosas añadió – ¡En media hora se acaba la visita, no se olviden! – dijo saliendo de la habitación.

-¿Dice tu mamá que te van a operar?

-Mañana me trasladan al Hospital Loayza… Mi papá conoce al doctor Baccini, que es el que me va a operar… Me van a sacar todo, Betto… Ya no voy a poder tener más hijos… Tú sabes que en el fondo tenía por lo menos la ilusión de darte un varón… – dijo entre sollozos y con voz cada vez más débil.

-¡De ninguna manera!… ¡En la vida voy a permitir que te operes en ese hospital de mala muerte! – levantó la voz en su habitual tono – Hoy mismo te traslado a una clínica para que te atiendan como mereces… – y aprovechó para lanzar una mirada de desprecio a la infeliz de la otra cama.

-No. Ya no hay tiempo para eso, además, mi papá ya tiene todo arreglado… Ese Baccini es un buen ginecólogo… Así que por buena atención ni te preocupes, Betto… Voy a estar muy bien…

 

Acostumbrado como estaba a que jamás cuestione sus decisiones, menos en público, Betto se quedó tan sorprendido, que no supo qué contestarle y se molestó tanto que ya no quiso hablarle. Se moría por preguntarle por las cosas que Sofía le había contado. 

 

… Si mi suegro se va a hacer cargo de todo, allá ellos… Yo, estoy de más aquí.  Así que mejor ni hablar…  Total, si ya me abandonaron… ¿No han decidido todo sin mí? Entonces, que se las arreglen solas.  Peor para ellas… ¿A ver, de dónde van a sacar para comprar ropa en Camino Real, ah?…

 

Como una puñalada se le clavó en el estómago la necesidad de regresar al departamento para terminarse un saldo de cocaína… Con el gusano en el cuerpo, ahora sí que se desvanecieron los remordimientos. Dominado por aquel  impulso resolvió despedirse inmediatamente.

 

-Bueno, entonces avísame si te animas a pasarte a mi seguro… Si no, ya tu ve cómo haces… – le dijo fríamente, presa de las ganas de ir a malograrse en el acto – Supongo que más adelante conversaremos acerca de nosotros, ¿no es así?… Por ahora descansa y haz lo que mejor te parezca… 

 

 

Con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, el bullicio del transito nocturno le recordó cuando era adolescente y salía de su casa sin rumbo… ¡Era libre en esa época! El pecho le latía a ritmo acelerado y se le cortaba la respiración tan sólo de ver la calle y pensar en las posibilidades… ¡Hoy podía quedarse en casa y hacer lo que le daba la gana!… ¡Era libre otra vez!…

 

 

-No te olvides de visitar a las chicas… Ya sabes cómo te extrañan – le dijo Inés devolviéndolo a la realidad.

-No, de ninguna manera… -  y salió aprisa sin despedirse.

 

Abandonó el hospital pateando los basureros. Había ido preparado para otra cosa… Inés no había dicho una sola palabra del incidente y él no había tenido que  reconocer nada… Le invadió el temor de que el Piojo Gordo no estuviese vendiendo en la esquina del Fuerte Apache.  Encendió su carro y partió quemando llantas. 

 

                                        ♫♫ No woman, no cry…   

                                                No woman, no cry… ♫♫

 

Inés despertó abriendo enormes los ojos… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraìso de los Suicidas”

 

Miró a su alrededor y no supo dónde estaba. Su mirada descansada y serena revelaba una mejoría.  Víctor Galarreta recibió a su hija con una amplia sonrisa.

 

-Papá… Tengo sed – balbuceó tendiéndole la mano.

-¿Cómo te sientes, hijita? – su mano temblorosa cogió la de ella y una mueca contenida de llanto le desfiguró el semblante.

 

Vico  tenía un par de bolsas debajo de los ojos que le pesaban como plomo por el cansancio. La cara ancha, los dientes pequeños, filudos y manchados de nicotina y unas manos grandes y callosas que delataban al provinciano que se había hecho a sí mismo en la capital. Pero era ese bigotillo canoso el que rubricaba su perfil de maestro. Todavía no tenía achaques, estaba fuerte como un roble y listo para más.

 

-Tráeme agüita, papá… – repitió Inés intentando incorporarse sobre las almohadas.

-No te muevas, amorcito – y dicho esto inmediatamente le alcanzó un vaso con agua sosteniendo su cabeza con suavidad.  Recordó cuando la operaron de las amígdalas… ¡Ahhh!… Para él seguía siendo una niña de siete años…

 

Inés logró incorporarse haciendo un gran esfuerzo y se inclinó sobre la almohada para beber un par de sorbitos. Pero Vico calculó mal  y en lugar de poner el vaso de nuevo en la mesita de noche, lo soltó en el aire y cayó estrellándose contra el piso. Tuvo que salir corriendo nerviosísimo fuera de la habitación para buscar con qué recoger el destrozo.

 

Mientras tanto, separada sólo por una cortina blanca semitransparente, una mujer que parecía aún estar bajo los efectos de la anestesia balbuceaba incoherencias al otro lado de la habitación. Dos enfermeras oliendo fresquito a colonia irrumpieron llenando de fragancia el ambiente y en una abrir y cerrar de ojos levantaron los restos, tendieron la cama con todo e Inés encima, le midieron la presión, le tomaron la temperatura y  desaparecieron del otro lado de la cortina.  Un profundo olor a orines calientes llegó hasta ellos mientras escuchaban a la otra paciente reclamar la presencia de sus hijos.  Las enfermeras le siguieron la corriente y una vez que  concluyeron su rutina, amorosísimas, se despidieron y desaparecieron tan rápido como llegaron.  Inés y Víctor seguían tomados de la mano mirándose  en silencio.

 

-¿Y las chicas? – quiso saber ella.

-En la casa con nosotros… Tú no te preocupes por nada y descansa, mamita – y le dio un beso mientras le retiraba los cabellos de la frente.

-¿Dónde está mi mamá?

-Fue a darle el desayuno a las chicas.  Ya no tarda en venir…

 

La mujer del costado ahora reclamaba a gritos a su esposo. Inés se moría de ganas por saber de Betto y se preguntaba si él también había tomado su desayuno antes de irse al trabajo. Pero su papá no era la persona indicada para preguntarle por él. Verlo de pie junto a su cama, atento como un púber, la colmaba de ternura. Su mano temblorosa e insegura,  incapaz siquiera de colocar un vaso sobre la mesa de noche,  la habían hecho reflexionar acerca del amor que sentía por ella y deseó profundamente haber podido inspirar ese sentimiento  en su esposo alguna vez.  Entonces, decidió callar y con el corazón en la boca le abrió los brazos y lo apretujó. Llorando bajito, padre e hija se quedaron abrazados de nuevo en silencio.

 

A Inés le estaban aplicando altas dosis de antibióticos para cortarle la infección urinaria. Y cuando el doctor Baccini confirmó el prolaxo, como consecuencia de la caída, supo que tenían que operarla.  Tenía treinta y cinco años y después de la intervención quirúrgica  jamás volvería a tener hijos. Por ahora eso no le molestaba tanto como el miedo a someterse a una cirugía. Desde niña le tenía pánico a la sala de operaciones y temblaba de sólo pensarlo. Pero abrazada así tan fuerte a su padre, encontró el valor para soportar la idea y supo que ya  no volvería a sentirse sola.

La gente ya está harta de ver secuestros y asaltos… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraìso de los Suicidas”

 

 

 

… Cambia eso, ¿ya? A cada rato pasan esa mierda por la tele. Además, nadie que tenga tanta plata puede ser honrado.

-¡Ssssh!… Espérate,  que allí trabaja Lalo…

-¿Qué?…

-Es La Química, pues.  Atiende…

-Oye, déjame ver mi programa tranquilo, ¿ya, hijita?  Si quieres ver esas cojudeces ándate abajo con los muchachos…

 

Maqui, Fernando, los cuzqueños, Chelita y el cholo maravilla estaban sentados frente al televisor tomándose un lonchecito y compartiendo un cigarrillo.  Habían  seguido paso a paso los hechos y esperaban ansiosos la llegada de Lalo. Se morían por escuchar de primera mano lo que habían visto por televisión.  Los cuzqueños, de puro nerviosos, hasta le dieron el pésame cuando lo vieron entrar.

 

-A los que estábamos afuera nos importaba más nuestra propia vida que la de Müller.  Seguro que en el fondo a muchos les hubiera gustado que metan una bomba o algo así.  Pero para nosotros ha sido un día relajado en la chamba  nomás…

-¡Pobres las chicas!… La han pasado peor que nadie… ¡Deben de haber quedado traumatizadas! -intervino Chelita.

-Y el gringo, ¿qué?

-Las tenía de corbata, me imagino…  ¿Y qué importa?…  ¡Que pague nomás!…

-No seas malo… Es tu jefe…

-Gringo explotador de mierda…

-Unas ratas para tirar a la chica del carro estando encinta, ¿ah?

-Clarito se vio cómo le rebotó la barriga en la pista…

-Parecía una de esas dramatizaciones que hacen para la tele…

-¡Puta, cuñado! A la otra la dejaron en tetas… Y estaba buenaza la desgraciada… Hubieras estado allí Santos para que te ganes…

-¡Si lo pasaron por la tele!…  ¡La cara que ponía el cholo, compadre! Casi se come el televisor…  Corriendo se fue a meter a su hueco debajo de la escalera…

-¡¡Mentera!!… ¿¿Cuál huico, ah?? – se hizo el ofendido, se levantó de la mesa y se puso a lavar los platos con la conciencia sucia.  Se la pasó todo el rato murmurando en quechua y mirándolos con rencor a través de la ventana, mientras uno por uno salía del comedor, conteniendo la risa- ¿¿Cuál huico, ah??… ¿¿Cuál huico caraju, ah?? – seguía preguntando coleriquísimo, con los ojos empañados. Pero el estruendo  de los platos en el lavadero asfixiaba por completo su voz.  Las orejas le quemaron hasta mucho después de acostarse. 

 

-¡No jodas, huevón!.. Así que era el mismo chato que te cagó en el taxi…

-Sí, Maqui… Hasta ahora me siento ahuevado…

-Pues desahuévate nomás, compadre, porque esa es una clásica. La mejor manera de rocotear es pegándola de taxista… Por eso, yo nunca le hago la conversa a ninguno, a no ser que sea mi paisano… Entonces, sí que cambia un poco la cosa – intervino Fernando y después de encenderse un cigarrillo, cambió de pose en el sillón.

-¡Ah, puta!… Qué exclusivo eres, cojudo… ¡Sólo hablas con chiclayanos!…

-¡No seas huevón pues, Maqui!… ¿Acaso cuando te encuentras con otro chiclayano no hablas de cómo están las cosas allá?

-Ah, bueno, eso sí…

-Puta, ¿este huevón piensa que Chiclayo queda en Europa?… Lo mismo que pasa allá pasa por acá pues, cojudo… Sólo que en Lima la gente se pone tabas…

-Así es, Lalito. Los buenos en Chiclayo ni siquiera necesitamos ponernos ropa, porque nos pasamos todo el día en la playa con una hembrita en cada brazo… Relax nomás, compadre…

-Sí, seguro… Ver para creer… Te apuesto que en mi lugar tú te estarías cagando de miedo… Ese huevón no sólo era enano, sino también deforme, jorobado  y asesino. Era como el “Choclito” ese de la banda…

-¿Y ese pendejo te asusta?… Maqui, alcánzame el frasco de agua de azar del botiquín para darle un par de cucharaditas a Lalo… A ver si de una vez se le pasa el susto por los enanos…

-Ya te quiero ver, cojudo… Seguro que te cagas de miedo de sólo ver una metraca.

-¡Puta madre, Lalito, si yo te contara!… Allá en Chiclayo, en la hacienda de mi viejo, aveces salíamos por la noche con mis hermanos a ampayar a los ladrones de sembríos… Bien mamados, nos íbamos cada uno en su caballo y con una escopeta de doble cañón en la montura. Patrullábamos unas horas y de allí nos regresábamos a dormir. Un culo de veces nos enfriamos a un huevo de cholos.

-¿Cómo habla este huevón, no?… ¡No seas mentiroso, Fernandito! Ni que Chiclayo fuera el lejano oeste, para que te mates un indio como si las huevas nomás…

-¿Acaso tú estabas conmigo? ¿Por qué te metes, Maqui? ¡Si digo que fue así es por que fue así, carajo!

-No seas palero Fernando, eso no te lo cree nadie…

-A la franca, Lalito… No sé si morían o no, pero estoy seguro que dábamos en el blanco y que huían gritando de dolor. Además, no vas a ser tan huevón de tirar a matar, pues… Se apunta a las patas, cojudo…

-Sí, claro. Borracho y en la oscuridad…

-¡Claro que se ve huevón! Si no, ¿cómo crees que hacen en la guerra, cojudo?…

-¡Ay, Fernandito, un ranger eras! – se burló Maqui.

-Esa gente estaba robándonos. Se lo merecían, Lalo. Después, quién chucha sabe en dónde se curaban el balazo. Ese no era nuestro problema.

-Eso es otra cosa, compadre… Apuesto a que nunca encontraron el cadáver de ninguno…

-Nosotros no, pero mi viejo sí…

-Si tú, lo dices…

-Pero el secuestro de tu jefe si que ha estado verídico, compadre.  Lo vimos todito por la tele…

-¡Sí! ¡Sí!… Te vimos todo huevonaso parado junto a tu pata…

-¡Qué idiota ese huevón para declarar esas estupideces por la tele!…

-Hay compadres que de tanto arricarse hablan cojudeces…

-Qué papelón ha hecho ese cojudo… Mejor se hubiera quedado callado.

-¿Palos gringos?… ¡Qué chahuafaso tu pata, Lalo!

-Ese cojudo no es mi pata. El huevón tiene otra nota…

-¿Y qué nota tiene?

-Una bien fea, compadre… Es de esos huevones que se computan la cagada, pues… De los que están seguros que con la pinta y el chamullo es suficiente.  Un poco más y se computa de raza aria el huevón.  Es uno de esos coqueritos que tienen mucha cancha en las cantinas y que ni bien les das la espalda te hacen mierda…  De esos  que le chupan los calcetines a todo el que tiene billete y después se creen que son  uno de ellos… Y alucinan que con un golpe de suerte van a ser millonarios… Pero siempre andan misios porque todo lo que ganan es poco para malograrse…

-Tú sí que eres un cuchillito compadre, ¿ah?…

-Si lo traigo a esta pensión me quita el habla y si te lo presento te odiaría  a muerte, porque te apuesto que estaría pensando que él sí se merece tu carro, tus aros de magnesio, tu ropa y hasta tu suerte… Se queda callado y serio cuando tendría que felicitarte.  Da miedo ese huevón. De hecho te serrucha el piso. A la legua se nota que anda asado porque se casó por accidente y que le caga la  existencia a toda su familia…

-¡A la mierda!…

-¡Cómo se nota que lo quieres a tu pata, Lalito!…

-¡Ya te dije que ese no es mi pata, huevón!

 

A pesar que de vez en cuando se ponía espesa, siempre terminaban reunidos en la cocina de Chelita, donde se sentían en familia. Allí desahogaban sus penas y terminaban pidiendo consejo.  Pero lo que más le gustaba a Chelita eran las confidencias amorosas, que escuchaba con curiosidad comiéndose las uñas. Procuraba no involucrarse en otros asuntos personales porque siempre terminaban con una petición de prórroga, cosa que no le hacía ninguna gracia al avaro de su marido. Se aprendía los nombres de las enamoradas de turno y cada vez que se ponían exigentes, aprovechaba el pánico para mandarlos de patitas donde ellas para que los atiendan. Cuando no conseguía los nombres de primera mano, se las arreglaba para obtener información y los agarraba fríos.  La incontenible risotada de Santos siempre lo delataba como soplón.

 

-Ya te ampayé cholo, ¿ah? – le decía Maqui achicando un ojo.

-¿Yo quí?… ¿Yo quí?…- respondía el muy cínico.

-Así como lo oyes, Maqui.  Si quieres la sopa más caliente, dile a Marisa que te la sirva-  decía disimulando una risita pícara.

-Nunca confíes en un serrano, compadre – carboneaba Fernando.

-¿Con cuál di los dos mi mecho premero?… A ver puis, dentren cubardis… – y Santos remangándose el mandilón se cuadraba frente a ellos como Bruce Lee.

-¡Santos!… ¡Ya déjate de payasadas, oye, que se te quema el arroz! – de un grito lo hacía Chelita  regresar a la realidad.

-¡Si quima il arroz, sinú, ya lis obiera sacado la chuchuca, caraju! – gritaba el cholito revolviendo la olla.

 

Santos se alucinaba la versión andina de Bruce Lee, chapa que le habían puesto en la nocturna donde estaba terminando la primaria y que era su gancho  para conquistar a las chicas del colegio.  Había quedado huérfano por causa del terrorismo y un pariente que se lo trajo de Huamanga lo puso a trabajar en casa de don Alfonso donde, mal o que bien, encontró una nueva familia. El viejo le daba comida y habitación y le pagaba un sueldo miserable que ahorraba hasta el último centavo.  Trabajaba sin descanso desde el amanecer y estaba resuelto estudiar Oceanografía en San Marcos.  Nadie sabía de dónde había sacado la idea.

 

-Esa es de antología, compadre, porque es bien sabido que los serranos le  tienen miedo al mar – opinaba Fernandito.

 

-Intonces siñora Chila, mi vuilvo pinsionesta y vuy a pidir sólo ixtras… – decía en voz alta mientras secaba los platos para que lo oyeran todos, caracho.  Eso sí, ninguno de los muchachos le negaba la oportunidad ni siquiera con el pensamiento.

 

Chelita procuraba mantener a Javier y a Alfoncito separados de los demás pero, como de vez en cuando los hijos del viejo se las arreglaban para participar en las tertulias, temía que las conversaciones de los pensionistas despertaran en ellos la inquietud por las borracheras y las drogas. Aunque sus entenados eran unos chicos tranquilos, sabía que tarde o temprano tendrían que enfrentarse con la realidad callejera y por eso los vigilaba celosamente.

 

Alfoncito y Javier eran todavía un par de obedientes escolares que estudiaban en un colegio de San Borja, cerca de la casa de su madre. Los días de semana se les veía muy poco por la pensión pero todos los sábados, ni bien llegaban a pasar el fin de semana, don Alfonso los mandaba derechito al mercado a hacer las compras con Santos y más tarde, Chelita les servía del menú regular. Por eso preferían quedarse con su madre en San Borja.  En cambio Carmelita, la menor, estaba feliz de vivir  en Magdalena y eso que andaba mal trajeada y que la tenían trabajando todo el día.  La chica se negaba a vivir con su madre porque no toleraba la idea de que otro señor viva en su casa y desde que supo que estaba esperando un  hijo, nunca más preguntó por ella.  Con su madrastra se llevaba de maravilla y jamás cuestionó a su padre por haberlos abandonado para irse a vivir con Chela.  Era enjuta, usaba anteojos y por su aspecto se hubiera dicho que era la chica más estudiosa de la clase. Pero detestaba el colegio y prefería quedarse en casa ayudando en los quehaceres. Sólo correa en mano lograba don Alfonso que hiciera las tareas. El viejo no veía las horas de que la chica termine la primaria, porque había decidido que no seguiría pagándole el colegio.

 

-¿Para qué necesita una mujer saber más?… Lo suyo está en la casa, en las manualidades, en el arte de la repostería… Eso es nacido, es nacido… El dinero debe invertirse en asuntos más productivos…

 

Carmelita, a sus nueve años era una niña amargada que no aguantaba bromas ni tenía humor para celebrarlas.  Por eso era el blanco del vacilón de los muchachos y cada vez que abría la boca, ni Santos la tomada en serio.  Entonces, se tragaba la cólera y miraba a todos con rencor y cuando alguien se pasaba de la raya, subía llorando a darle las quejas a su papá.

 

-¡Quita, quita!.. Déjame ver la televisión, ¿quieres hijita?… -, la largaba el viejo indiferente. 

 

Conociendo a don Alfonso, abajo la esperaban para burlarse el doble. En el fondo, la chiquilla debía disfrutar de la situación, porque después de la joda venían los perdones y los besitos volados y ella se  ruborizaba y escondía una risita algo precoz para su edad…

 

Juan Carlos dejó a su viejo en la Taberna Queirolo… (*)

(*) Extracto de la “Novela paraíso de los Suicidas”

 

 

 

Donde se reunía con otros veteranos a charlar por horas de sus temas favoritos: asuntos castrenses, culos y carros para conseguir más culos. Dependiendo del clima, pasaban de la cerveza al pisco y lo mismo les daba comerse unos choros a la chalaca, un ceviche mixto o una suculenta jalea de pescado, que un pan con lechón o una butifarra para acompañar la jornada.  Cuando Juan Carlos terminaba de trabajar, lo recogía y  lo llevaba a casa en calidad de bulto.  Era lo único que hacía el viejo desde que el ejército lo pasó a retiro por un asunto que nadie tuvo claro y que  tampoco nadie estaba interesado en desentrañar. Lo único que se sabía es que su nombre estaba vinculado  con ciertas denuncias por abuso de autoridad.  La familia estaba más tranquila, porque siempre temían que sus excesos pudieran afectar su carrera y la jugosa pensión que ahora les permitía vivir tan cómodamente.

 

-Mientras no esté metido en la casa, quemándole la sangre a una, no me importa lo que este viejo corrompido haga en la calle… -, decía su mujer aliviada, porque así podía continuar con sus diligencias en el Opus Dei donde, de hecho, no era bienvenido.

 

…¡Que disfrute de su plata como le dé la gana!… Se lo merece… Si no,  ¿para qué chucha se ha sacado la mugre mi pobre viejo durante tantos años, ah?…

-El viejo me baja buen billete, compadre – le dijo en una oportunidad a Betto.

-¿Qué?.. ¿Tu papá todavía te da propina?… ¡Já!… La concha que tienen algunos…

-No seas huevón, pues… El viejo tiene sus negocitos y cada vez que le cae un extra lo comparte conmigo… ¡Puta, que me adora el cocho!… Desde chiquito he sido su preferido…

-No lo dudo, compadre…

-Mi viejo es de la puta madre… Él nos rompió la ñata a mí y a mi hermano… Éramos sólo un par de chibolos de secundaria y ya nos trataba como grandes… ¡Lo máximo ese huevón!… ¿O no?… ¡Puta! Me acuerdo que mi hermano había ingresado a la Chorrillos en primer puesto, cágate cojudo… Mi hermano siempre ha sido brillante para los estudios, compadre. Y ese día el bacán de mi viejo alquiló smokings para los tres y nos llevó primero a chupar como buenos al hotel Bolívar y de allí a putear a la “Nene”…

-¡No jodas,  Juan Carlos!… ¡Qué huachafos!… ¿Y qué?… ¿También les corrió el falso en el baño?

-¿Estás cojudo?… No te equivoques… Mi viejo siempre ha sido un dandy, compadre. Además, para tu información, el smoking todavía se usa entre militares – prendió un cigarrillo, dio una larga pitada y continuó echando humo por la nariz – Clarito me acuerdo que, después de soplarnos la botella de whisky,  mi viejo sacó del bolsillo de su saco un pomito servidor y con concha se aplicó un par de tiritos. En el bar del hotel nadie te dice nada cuando eres del ambiente, pues… 

-¡Qué conchudos!…

-Claro que con discreción y elegancia pues, compadre…  El viejo le dijo a mi hermano “Jala como hombre pues, carajo…”, y le corrió el pomito.  ”… Pásaselo también a tu hermano a ver si se desahueva de una vez…”  Y lo demás ya te lo imaginas. Nos pusimos a lorear de lo lindo y de ahí a cachar con unos hembrones que para qué te cuento… Esa vez fue lo máximo, Betto.  No he tenido otra armada igual compadre. Creo que cada vez que jalo quiero repetir el bacilón… Además, desde que destacaron a mi hermano en provincias rara vez la pasamos juntos… El viejo ya está cochito y no puede meterse mucho porque se pone grave el pobre  ¡Puta, cómo nos vamos tan rápido… No es justo, cuñadito!

-Yo nunca me he armado con mi viejo… ¡Ni cagando!… ¡Ya hubiera querido! – dijo Betto prendiéndose un cigarrillo-.  Pero la primera vez me armé con un paco que le encontré en el bolsillo.

-¡Ah, te ganaste, pendejo!

-¡Claro, huevón!… Tenía quince años y estaba probándome un saco para irme a un tono, cuando me encontré un falso con un buen saldaño

-¡No jodas!…

-Sí, huevón… Todo nervioso me metí al baño y lo abrí… Me acuerdo que la olfateé  un poco pero no la probé. Se veía blanquísima, cristalina y misteriosa… Me cagaba de miedo…

-¡Qué huevón!

-Sí, cojudo. Entonces se la enseñé a mi pata, que tampoco la había visto, y me dijo que había escuchado que se hacía con una llave… Y ninguno de los dos teníamos llave, carajo… Es que como éramos chibolos, todavía no nos daban llave de la casa… ¡Conchasumadre, compadre!… Mi pata buscó por todos lados y sólo encontró las llaves de un ropero y como realmente no teníamos ni idea, escogimos una mediana, por si acaso. Teníamos la llave, teníamos la coca ¿Puedes creer que no sabíamos que más hacer?

-¡Pero qué huevones!

-Éramos chibolos, pues… No sabíamos nada, compadre… Fíjate que ni siquiera sabíamos que teníamos que metérnosla por la ñata.  Como las llaves eran huecas, mi pata llenó de coca el tubito y la calentó en la hornilla de la cocina… Empezamos tragándonos el humito por la boca y la nariz. Así nos consumimos casi la mitad de lo que había en el paco… ¡Puta huevón! Teníamos que soltar la llave a cada rato porque la conchasumadre se ponía al rojo vivo y no había quién chucha la agarre de nuevo…

-¡Puta, pero qué huevones! -, dijo Juan Carlos cagándose de risa.

-Recontra idiotas… Cuando llegó el hermano mayor de mi pata con sus amigos se cagaron de la risa de nosotros por años.

-¿Qué curioso, no?  Desde chiquito el cuerpo te pide humo…

-No seas huevón, Juan Carlos… No te digo que no sabíamos nada de coca.  En esa época con las justas había probado marihuana, éter, bencina…

-¿¿Bencina??… Qué recio, hermanón…

-Tampoco te me hagas el zanahoria, cojudo.

-¿Y entonces, qué hicieron con la coca?

-Nada… El hermano de mi pata enseñándonos cómo se hacía, se la jaló toda con sus amigos… ¡Unas mierdas, no nos dejaron nada!

-¡Pero qué huevones!

 

Juan Carlos conocía a Betto desde que entró a La Química. Vivía en Pueblo Libre frente al Parque Amoretti.  Era de mediana estatura,  tenía treintaidós años y unos cabellos lacios de color zanahoria que llevaba siempre bien recortados y  saturados de gel.  Tiraba para gordito y tenía una barriguita de chelero que ya empezaba a darle problemas con la ropa. Todavía estaba soltero y como era el menor, la relación que tenía con sus padres no había variado desde que estaba en el colegio. Era el engreído de la casa. Siempre andaba de buen humor y no se hacía problemas por nada. Era el titular de la mejor zona de ventas en Lima y ganaba más plata que nadie.  Se hizo popular desde que estuvo de amores con la secretaria de la Gerencia General, que según la opinión pública, era todo un hembrón.  Nadie entendía cómo se había fijado en él.  Hasta que una mañana se escuchó en pleno salón de ventas el impacto de un tremendo cachetadón y regresó a su sitio con los dedos de Mirna estampados en la mejilla. Nunca más se dirigieron la palabra y nadie, por respeto a la gerencia, comentó lo sucedido.

 

A las siete y treinta de la mañana distinguió la figura del gordo Renato esperando un taxi en la Javier Prado. Con fingida alegría, tocando el claxon y prendiendo y apagando las luces, frenó en seco y se estacionó junto a él.

 

-¡Gordito de mi corazón!… ¡Renatito de mi vida!… ¡No me tires perro, por favor!… – y le abrió la puerta de par en par para que subiera.

-Arranca nomás, huevón… – dijo el gordo resentido dándole la espalda.

-¿Cuánto te debo, gordito?… ¡Toma cuñadito!… -  se bajó del carro e intentó darle un flamante billete de cinco mil soles, mientras hacía el ademán de abrazarlo.

-¡Deja, deja, huevón!

-Perdóname, cuñadito. No te pongas así, pues… Por un asunto de chelas no vamos a perder nuestra amistad… Toma, cóbrate lo que te debo y discúlpame pues, hermano…

-¡Eso no se hace, compadre!… ¡Eso no se le hace a un pata, huevón – dijo rechazando el billete con un ligero empujón.  El viejo Raúl vivía en el culo del mundo, cojudo… Me cagaron la noche… Tuve que llevármelo hasta a su casa mientras que ustedes, hijos de puta, se quitaron con la coca y me dejaron con la cuenta… ¡Ya se jodieron conmigo, desgraciados!…

-Desahógate, cuñado, desahógate. Tienes toda la razón del mundo, gordito – y con pericia le metió el billete en el bolsillo del saco. – Dame un abrazo pues hermano, me porté como una mierda, perdóname pues, cholito…

-¡Al ladrón de Betto sí que no lo voy a perdonar! – dijo el gordo subiéndose al carro.

-Cuestión de tragos, Renato…

-No compadre, es cuestión de principios… ¡Ese imbécil se cagó conmigo!… Y lo jodió bien feo a don Raúl, ¿sabes?… Eso no se hace, compadre… Por más que uno esté en tragos… ¿En quién podemos confiar, entonces?… ¿Cómo vas a chocar de esa manera con la gente de la chamba?

-Tienes razón, gordito pero ya no te hagas más paltas por eso. Ese Betto es un loco de mierda y un día se va a cagar solito por andar chocando con la gente…