Juan Carlos dejó a su viejo en la Taberna Queirolo… (*)

(*) Extracto de la “Novela paraíso de los Suicidas”

 

 

 

Donde se reunía con otros veteranos a charlar por horas de sus temas favoritos: asuntos castrenses, culos y carros para conseguir más culos. Dependiendo del clima, pasaban de la cerveza al pisco y lo mismo les daba comerse unos choros a la chalaca, un ceviche mixto o una suculenta jalea de pescado, que un pan con lechón o una butifarra para acompañar la jornada.  Cuando Juan Carlos terminaba de trabajar, lo recogía y  lo llevaba a casa en calidad de bulto.  Era lo único que hacía el viejo desde que el ejército lo pasó a retiro por un asunto que nadie tuvo claro y que  tampoco nadie estaba interesado en desentrañar. Lo único que se sabía es que su nombre estaba vinculado  con ciertas denuncias por abuso de autoridad.  La familia estaba más tranquila, porque siempre temían que sus excesos pudieran afectar su carrera y la jugosa pensión que ahora les permitía vivir tan cómodamente.

 

-Mientras no esté metido en la casa, quemándole la sangre a una, no me importa lo que este viejo corrompido haga en la calle… -, decía su mujer aliviada, porque así podía continuar con sus diligencias en el Opus Dei donde, de hecho, no era bienvenido.

 

…¡Que disfrute de su plata como le dé la gana!… Se lo merece… Si no,  ¿para qué chucha se ha sacado la mugre mi pobre viejo durante tantos años, ah?…

-El viejo me baja buen billete, compadre – le dijo en una oportunidad a Betto.

-¿Qué?.. ¿Tu papá todavía te da propina?… ¡Já!… La concha que tienen algunos…

-No seas huevón, pues… El viejo tiene sus negocitos y cada vez que le cae un extra lo comparte conmigo… ¡Puta, que me adora el cocho!… Desde chiquito he sido su preferido…

-No lo dudo, compadre…

-Mi viejo es de la puta madre… Él nos rompió la ñata a mí y a mi hermano… Éramos sólo un par de chibolos de secundaria y ya nos trataba como grandes… ¡Lo máximo ese huevón!… ¿O no?… ¡Puta! Me acuerdo que mi hermano había ingresado a la Chorrillos en primer puesto, cágate cojudo… Mi hermano siempre ha sido brillante para los estudios, compadre. Y ese día el bacán de mi viejo alquiló smokings para los tres y nos llevó primero a chupar como buenos al hotel Bolívar y de allí a putear a la “Nene”…

-¡No jodas,  Juan Carlos!… ¡Qué huachafos!… ¿Y qué?… ¿También les corrió el falso en el baño?

-¿Estás cojudo?… No te equivoques… Mi viejo siempre ha sido un dandy, compadre. Además, para tu información, el smoking todavía se usa entre militares – prendió un cigarrillo, dio una larga pitada y continuó echando humo por la nariz – Clarito me acuerdo que, después de soplarnos la botella de whisky,  mi viejo sacó del bolsillo de su saco un pomito servidor y con concha se aplicó un par de tiritos. En el bar del hotel nadie te dice nada cuando eres del ambiente, pues… 

-¡Qué conchudos!…

-Claro que con discreción y elegancia pues, compadre…  El viejo le dijo a mi hermano “Jala como hombre pues, carajo…”, y le corrió el pomito.  ”… Pásaselo también a tu hermano a ver si se desahueva de una vez…”  Y lo demás ya te lo imaginas. Nos pusimos a lorear de lo lindo y de ahí a cachar con unos hembrones que para qué te cuento… Esa vez fue lo máximo, Betto.  No he tenido otra armada igual compadre. Creo que cada vez que jalo quiero repetir el bacilón… Además, desde que destacaron a mi hermano en provincias rara vez la pasamos juntos… El viejo ya está cochito y no puede meterse mucho porque se pone grave el pobre  ¡Puta, cómo nos vamos tan rápido… No es justo, cuñadito!

-Yo nunca me he armado con mi viejo… ¡Ni cagando!… ¡Ya hubiera querido! – dijo Betto prendiéndose un cigarrillo-.  Pero la primera vez me armé con un paco que le encontré en el bolsillo.

-¡Ah, te ganaste, pendejo!

-¡Claro, huevón!… Tenía quince años y estaba probándome un saco para irme a un tono, cuando me encontré un falso con un buen saldaño

-¡No jodas!…

-Sí, huevón… Todo nervioso me metí al baño y lo abrí… Me acuerdo que la olfateé  un poco pero no la probé. Se veía blanquísima, cristalina y misteriosa… Me cagaba de miedo…

-¡Qué huevón!

-Sí, cojudo. Entonces se la enseñé a mi pata, que tampoco la había visto, y me dijo que había escuchado que se hacía con una llave… Y ninguno de los dos teníamos llave, carajo… Es que como éramos chibolos, todavía no nos daban llave de la casa… ¡Conchasumadre, compadre!… Mi pata buscó por todos lados y sólo encontró las llaves de un ropero y como realmente no teníamos ni idea, escogimos una mediana, por si acaso. Teníamos la llave, teníamos la coca ¿Puedes creer que no sabíamos que más hacer?

-¡Pero qué huevones!

-Éramos chibolos, pues… No sabíamos nada, compadre… Fíjate que ni siquiera sabíamos que teníamos que metérnosla por la ñata.  Como las llaves eran huecas, mi pata llenó de coca el tubito y la calentó en la hornilla de la cocina… Empezamos tragándonos el humito por la boca y la nariz. Así nos consumimos casi la mitad de lo que había en el paco… ¡Puta huevón! Teníamos que soltar la llave a cada rato porque la conchasumadre se ponía al rojo vivo y no había quién chucha la agarre de nuevo…

-¡Puta, pero qué huevones! -, dijo Juan Carlos cagándose de risa.

-Recontra idiotas… Cuando llegó el hermano mayor de mi pata con sus amigos se cagaron de la risa de nosotros por años.

-¿Qué curioso, no?  Desde chiquito el cuerpo te pide humo…

-No seas huevón, Juan Carlos… No te digo que no sabíamos nada de coca.  En esa época con las justas había probado marihuana, éter, bencina…

-¿¿Bencina??… Qué recio, hermanón…

-Tampoco te me hagas el zanahoria, cojudo.

-¿Y entonces, qué hicieron con la coca?

-Nada… El hermano de mi pata enseñándonos cómo se hacía, se la jaló toda con sus amigos… ¡Unas mierdas, no nos dejaron nada!

-¡Pero qué huevones!

 

Juan Carlos conocía a Betto desde que entró a La Química. Vivía en Pueblo Libre frente al Parque Amoretti.  Era de mediana estatura,  tenía treintaidós años y unos cabellos lacios de color zanahoria que llevaba siempre bien recortados y  saturados de gel.  Tiraba para gordito y tenía una barriguita de chelero que ya empezaba a darle problemas con la ropa. Todavía estaba soltero y como era el menor, la relación que tenía con sus padres no había variado desde que estaba en el colegio. Era el engreído de la casa. Siempre andaba de buen humor y no se hacía problemas por nada. Era el titular de la mejor zona de ventas en Lima y ganaba más plata que nadie.  Se hizo popular desde que estuvo de amores con la secretaria de la Gerencia General, que según la opinión pública, era todo un hembrón.  Nadie entendía cómo se había fijado en él.  Hasta que una mañana se escuchó en pleno salón de ventas el impacto de un tremendo cachetadón y regresó a su sitio con los dedos de Mirna estampados en la mejilla. Nunca más se dirigieron la palabra y nadie, por respeto a la gerencia, comentó lo sucedido.

 

A las siete y treinta de la mañana distinguió la figura del gordo Renato esperando un taxi en la Javier Prado. Con fingida alegría, tocando el claxon y prendiendo y apagando las luces, frenó en seco y se estacionó junto a él.

 

-¡Gordito de mi corazón!… ¡Renatito de mi vida!… ¡No me tires perro, por favor!… – y le abrió la puerta de par en par para que subiera.

-Arranca nomás, huevón… – dijo el gordo resentido dándole la espalda.

-¿Cuánto te debo, gordito?… ¡Toma cuñadito!… -  se bajó del carro e intentó darle un flamante billete de cinco mil soles, mientras hacía el ademán de abrazarlo.

-¡Deja, deja, huevón!

-Perdóname, cuñadito. No te pongas así, pues… Por un asunto de chelas no vamos a perder nuestra amistad… Toma, cóbrate lo que te debo y discúlpame pues, hermano…

-¡Eso no se hace, compadre!… ¡Eso no se le hace a un pata, huevón – dijo rechazando el billete con un ligero empujón.  El viejo Raúl vivía en el culo del mundo, cojudo… Me cagaron la noche… Tuve que llevármelo hasta a su casa mientras que ustedes, hijos de puta, se quitaron con la coca y me dejaron con la cuenta… ¡Ya se jodieron conmigo, desgraciados!…

-Desahógate, cuñado, desahógate. Tienes toda la razón del mundo, gordito – y con pericia le metió el billete en el bolsillo del saco. – Dame un abrazo pues hermano, me porté como una mierda, perdóname pues, cholito…

-¡Al ladrón de Betto sí que no lo voy a perdonar! – dijo el gordo subiéndose al carro.

-Cuestión de tragos, Renato…

-No compadre, es cuestión de principios… ¡Ese imbécil se cagó conmigo!… Y lo jodió bien feo a don Raúl, ¿sabes?… Eso no se hace, compadre… Por más que uno esté en tragos… ¿En quién podemos confiar, entonces?… ¿Cómo vas a chocar de esa manera con la gente de la chamba?

-Tienes razón, gordito pero ya no te hagas más paltas por eso. Ese Betto es un loco de mierda y un día se va a cagar solito por andar chocando con la gente…

 

 

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