(*) Extracto de la novela “Paraìso de los Suicidas”
… Cambia eso, ¿ya? A cada rato pasan esa mierda por la tele. Además, nadie que tenga tanta plata puede ser honrado.
-¡Ssssh!… Espérate, que allí trabaja Lalo…
-¿Qué?…
-Es La Química, pues. Atiende…
-Oye, déjame ver mi programa tranquilo, ¿ya, hijita? Si quieres ver esas cojudeces ándate abajo con los muchachos…
Maqui, Fernando, los cuzqueños, Chelita y el cholo maravilla estaban sentados frente al televisor tomándose un lonchecito y compartiendo un cigarrillo. Habían seguido paso a paso los hechos y esperaban ansiosos la llegada de Lalo. Se morían por escuchar de primera mano lo que habían visto por televisión. Los cuzqueños, de puro nerviosos, hasta le dieron el pésame cuando lo vieron entrar.
-A los que estábamos afuera nos importaba más nuestra propia vida que la de Müller. Seguro que en el fondo a muchos les hubiera gustado que metan una bomba o algo así. Pero para nosotros ha sido un día relajado en la chamba nomás…
-¡Pobres las chicas!… La han pasado peor que nadie… ¡Deben de haber quedado traumatizadas! -intervino Chelita.
-Y el gringo, ¿qué?
-Las tenía de corbata, me imagino… ¿Y qué importa?… ¡Que pague nomás!…
-No seas malo… Es tu jefe…
-Gringo explotador de mierda…
-Unas ratas para tirar a la chica del carro estando encinta, ¿ah?
-Clarito se vio cómo le rebotó la barriga en la pista…
-Parecía una de esas dramatizaciones que hacen para la tele…
-¡Puta, cuñado! A la otra la dejaron en tetas… Y estaba buenaza la desgraciada… Hubieras estado allí Santos para que te ganes…
-¡Si lo pasaron por la tele!… ¡La cara que ponía el cholo, compadre! Casi se come el televisor… Corriendo se fue a meter a su hueco debajo de la escalera…
-¡¡Mentera!!… ¿¿Cuál huico, ah?? – se hizo el ofendido, se levantó de la mesa y se puso a lavar los platos con la conciencia sucia. Se la pasó todo el rato murmurando en quechua y mirándolos con rencor a través de la ventana, mientras uno por uno salía del comedor, conteniendo la risa- ¿¿Cuál huico, ah??… ¿¿Cuál huico caraju, ah?? – seguía preguntando coleriquísimo, con los ojos empañados. Pero el estruendo de los platos en el lavadero asfixiaba por completo su voz. Las orejas le quemaron hasta mucho después de acostarse.
-¡No jodas, huevón!.. Así que era el mismo chato que te cagó en el taxi…
-Sí, Maqui… Hasta ahora me siento ahuevado…
-Pues desahuévate nomás, compadre, porque esa es una clásica. La mejor manera de rocotear es pegándola de taxista… Por eso, yo nunca le hago la conversa a ninguno, a no ser que sea mi paisano… Entonces, sí que cambia un poco la cosa – intervino Fernando y después de encenderse un cigarrillo, cambió de pose en el sillón.
-¡Ah, puta!… Qué exclusivo eres, cojudo… ¡Sólo hablas con chiclayanos!…
-¡No seas huevón pues, Maqui!… ¿Acaso cuando te encuentras con otro chiclayano no hablas de cómo están las cosas allá?
-Ah, bueno, eso sí…
-Puta, ¿este huevón piensa que Chiclayo queda en Europa?… Lo mismo que pasa allá pasa por acá pues, cojudo… Sólo que en Lima la gente se pone tabas…
-Así es, Lalito. Los buenos en Chiclayo ni siquiera necesitamos ponernos ropa, porque nos pasamos todo el día en la playa con una hembrita en cada brazo… Relax nomás, compadre…
-Sí, seguro… Ver para creer… Te apuesto que en mi lugar tú te estarías cagando de miedo… Ese huevón no sólo era enano, sino también deforme, jorobado y asesino. Era como el “Choclito” ese de la banda…
-¿Y ese pendejo te asusta?… Maqui, alcánzame el frasco de agua de azar del botiquín para darle un par de cucharaditas a Lalo… A ver si de una vez se le pasa el susto por los enanos…
-Ya te quiero ver, cojudo… Seguro que te cagas de miedo de sólo ver una metraca.
-¡Puta madre, Lalito, si yo te contara!… Allá en Chiclayo, en la hacienda de mi viejo, aveces salíamos por la noche con mis hermanos a ampayar a los ladrones de sembríos… Bien mamados, nos íbamos cada uno en su caballo y con una escopeta de doble cañón en la montura. Patrullábamos unas horas y de allí nos regresábamos a dormir. Un culo de veces nos enfriamos a un huevo de cholos.
-¿Cómo habla este huevón, no?… ¡No seas mentiroso, Fernandito! Ni que Chiclayo fuera el lejano oeste, para que te mates un indio como si las huevas nomás…
-¿Acaso tú estabas conmigo? ¿Por qué te metes, Maqui? ¡Si digo que fue así es por que fue así, carajo!
-No seas palero Fernando, eso no te lo cree nadie…
-A la franca, Lalito… No sé si morían o no, pero estoy seguro que dábamos en el blanco y que huían gritando de dolor. Además, no vas a ser tan huevón de tirar a matar, pues… Se apunta a las patas, cojudo…
-Sí, claro. Borracho y en la oscuridad…
-¡Claro que se ve huevón! Si no, ¿cómo crees que hacen en la guerra, cojudo?…
-¡Ay, Fernandito, un ranger eras! – se burló Maqui.
-Esa gente estaba robándonos. Se lo merecían, Lalo. Después, quién chucha sabe en dónde se curaban el balazo. Ese no era nuestro problema.
-Eso es otra cosa, compadre… Apuesto a que nunca encontraron el cadáver de ninguno…
-Nosotros no, pero mi viejo sí…
-Si tú, lo dices…
-Pero el secuestro de tu jefe si que ha estado verídico, compadre. Lo vimos todito por la tele…
-¡Sí! ¡Sí!… Te vimos todo huevonaso parado junto a tu pata…
-¡Qué idiota ese huevón para declarar esas estupideces por la tele!…
-Hay compadres que de tanto arricarse hablan cojudeces…
-Qué papelón ha hecho ese cojudo… Mejor se hubiera quedado callado.
-¿Palos gringos?… ¡Qué chahuafaso tu pata, Lalo!
-Ese cojudo no es mi pata. El huevón tiene otra nota…
-¿Y qué nota tiene?
-Una bien fea, compadre… Es de esos huevones que se computan la cagada, pues… De los que están seguros que con la pinta y el chamullo es suficiente. Un poco más y se computa de raza aria el huevón. Es uno de esos coqueritos que tienen mucha cancha en las cantinas y que ni bien les das la espalda te hacen mierda… De esos que le chupan los calcetines a todo el que tiene billete y después se creen que son uno de ellos… Y alucinan que con un golpe de suerte van a ser millonarios… Pero siempre andan misios porque todo lo que ganan es poco para malograrse…
-Tú sí que eres un cuchillito compadre, ¿ah?…
-Si lo traigo a esta pensión me quita el habla y si te lo presento te odiaría a muerte, porque te apuesto que estaría pensando que él sí se merece tu carro, tus aros de magnesio, tu ropa y hasta tu suerte… Se queda callado y serio cuando tendría que felicitarte. Da miedo ese huevón. De hecho te serrucha el piso. A la legua se nota que anda asado porque se casó por accidente y que le caga la existencia a toda su familia…
-¡A la mierda!…
-¡Cómo se nota que lo quieres a tu pata, Lalito!…
-¡Ya te dije que ese no es mi pata, huevón!
A pesar que de vez en cuando se ponía espesa, siempre terminaban reunidos en la cocina de Chelita, donde se sentían en familia. Allí desahogaban sus penas y terminaban pidiendo consejo. Pero lo que más le gustaba a Chelita eran las confidencias amorosas, que escuchaba con curiosidad comiéndose las uñas. Procuraba no involucrarse en otros asuntos personales porque siempre terminaban con una petición de prórroga, cosa que no le hacía ninguna gracia al avaro de su marido. Se aprendía los nombres de las enamoradas de turno y cada vez que se ponían exigentes, aprovechaba el pánico para mandarlos de patitas donde ellas para que los atiendan. Cuando no conseguía los nombres de primera mano, se las arreglaba para obtener información y los agarraba fríos. La incontenible risotada de Santos siempre lo delataba como soplón.
-Ya te ampayé cholo, ¿ah? – le decía Maqui achicando un ojo.
-¿Yo quí?… ¿Yo quí?…- respondía el muy cínico.
-Así como lo oyes, Maqui. Si quieres la sopa más caliente, dile a Marisa que te la sirva- decía disimulando una risita pícara.
-Nunca confíes en un serrano, compadre – carboneaba Fernando.
-¿Con cuál di los dos mi mecho premero?… A ver puis, dentren cubardis… – y Santos remangándose el mandilón se cuadraba frente a ellos como Bruce Lee.
-¡Santos!… ¡Ya déjate de payasadas, oye, que se te quema el arroz! – de un grito lo hacía Chelita regresar a la realidad.
-¡Si quima il arroz, sinú, ya lis obiera sacado la chuchuca, caraju! – gritaba el cholito revolviendo la olla.
Santos se alucinaba la versión andina de Bruce Lee, chapa que le habían puesto en la nocturna donde estaba terminando la primaria y que era su gancho para conquistar a las chicas del colegio. Había quedado huérfano por causa del terrorismo y un pariente que se lo trajo de Huamanga lo puso a trabajar en casa de don Alfonso donde, mal o que bien, encontró una nueva familia. El viejo le daba comida y habitación y le pagaba un sueldo miserable que ahorraba hasta el último centavo. Trabajaba sin descanso desde el amanecer y estaba resuelto estudiar Oceanografía en San Marcos. Nadie sabía de dónde había sacado la idea.
-Esa es de antología, compadre, porque es bien sabido que los serranos le tienen miedo al mar – opinaba Fernandito.
-Intonces siñora Chila, mi vuilvo pinsionesta y vuy a pidir sólo ixtras… – decía en voz alta mientras secaba los platos para que lo oyeran todos, caracho. Eso sí, ninguno de los muchachos le negaba la oportunidad ni siquiera con el pensamiento.
Chelita procuraba mantener a Javier y a Alfoncito separados de los demás pero, como de vez en cuando los hijos del viejo se las arreglaban para participar en las tertulias, temía que las conversaciones de los pensionistas despertaran en ellos la inquietud por las borracheras y las drogas. Aunque sus entenados eran unos chicos tranquilos, sabía que tarde o temprano tendrían que enfrentarse con la realidad callejera y por eso los vigilaba celosamente.
Alfoncito y Javier eran todavía un par de obedientes escolares que estudiaban en un colegio de San Borja, cerca de la casa de su madre. Los días de semana se les veía muy poco por la pensión pero todos los sábados, ni bien llegaban a pasar el fin de semana, don Alfonso los mandaba derechito al mercado a hacer las compras con Santos y más tarde, Chelita les servía del menú regular. Por eso preferían quedarse con su madre en San Borja. En cambio Carmelita, la menor, estaba feliz de vivir en Magdalena y eso que andaba mal trajeada y que la tenían trabajando todo el día. La chica se negaba a vivir con su madre porque no toleraba la idea de que otro señor viva en su casa y desde que supo que estaba esperando un hijo, nunca más preguntó por ella. Con su madrastra se llevaba de maravilla y jamás cuestionó a su padre por haberlos abandonado para irse a vivir con Chela. Era enjuta, usaba anteojos y por su aspecto se hubiera dicho que era la chica más estudiosa de la clase. Pero detestaba el colegio y prefería quedarse en casa ayudando en los quehaceres. Sólo correa en mano lograba don Alfonso que hiciera las tareas. El viejo no veía las horas de que la chica termine la primaria, porque había decidido que no seguiría pagándole el colegio.
-¿Para qué necesita una mujer saber más?… Lo suyo está en la casa, en las manualidades, en el arte de la repostería… Eso es nacido, es nacido… El dinero debe invertirse en asuntos más productivos…
Carmelita, a sus nueve años era una niña amargada que no aguantaba bromas ni tenía humor para celebrarlas. Por eso era el blanco del vacilón de los muchachos y cada vez que abría la boca, ni Santos la tomada en serio. Entonces, se tragaba la cólera y miraba a todos con rencor y cuando alguien se pasaba de la raya, subía llorando a darle las quejas a su papá.
-¡Quita, quita!.. Déjame ver la televisión, ¿quieres hijita?… -, la largaba el viejo indiferente.
Conociendo a don Alfonso, abajo la esperaban para burlarse el doble. En el fondo, la chiquilla debía disfrutar de la situación, porque después de la joda venían los perdones y los besitos volados y ella se ruborizaba y escondía una risita algo precoz para su edad…


