(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Ni bien lo vieron llegar, un par de mujeres de aspecto humilde se apresuraron a esconder unos bultos detrás de la silla al otro lado de la habitación. La otra paciente estaba recostada en las almohadas y chupaba la cuchara ruidosamente, mientras se despachaba una sopita de un recipiente de plástico. De golpe recordó lo que Sofía le había dicho hace unas horas y aquél cuadro lo dejó desmoralizado. Todo sería distinto si hubiera estado en casa esa noche.
… Es mi esposa, carajo… Con mi seguro la negra se hubiera podido atender en la Clínica Americana…
-¡Hola! – saludó Inés, que recién despertaba – ¿Acabas de llegar? – preguntó con la voz apagada.
-Sí. Hace un ratito, nomás… Te miraba dormir… – y puso su mano sudorosa en la de ella.
-¿Cómo estás…, has comido…, viste a las chicas?… No me las han querido traer todavía – preguntaba ansiosa haciendo un gran esfuerzo por hablar.
-No he tenido tiempo de nada… De frente me fui a trabajar…
-¡Anoche te vi en la tele!
-¿Sí?… ¿Cómo estuve?
-Churro, como siempre – con los dedos le retiró suavemente el mechón de la frente y haciendo un mayor esfuerzo le obsequió también una sonrisa melancólica.
Se sentó al borde de la cama, cabizbajo y en un arrebato de ternura, sujetó entre sus dedos las frías y pequeñas manos de su mujer. Hubiera querido tener más privacidad para darle un beso, pero se moría de cólera porque la paciente de la otra cama no le quitaba el ojo de encima. Por unos instantes, dejó rodar unas lágrimas de ira y vergüenza. Pero se contuvo. Las mujeres se miraron con complicidad y de un solo arranchón, le quitaron velozmente el tazón a la enferma y lo refundieron entre los bultos.
-¡Muy buenas noches! – saludó a todos una gordísima enfermera – En media hora se acaban las visitas, señor – le dijo a Betto arqueando una ceja.
-Ya sé, ya sé… – contestó abochornado.
… ¡Es imposible hablar en estas circunstancias, carajo!
Así que soltó la mano de Inés y se puso de pie. Nada salió como lo había planeado y como eso le daba más cólera caminó hasta la ventana. La avenida Bolívar estaba más oscura que nunca y la gente salía del hospital como hormigas. En el paradero el chofer de un ómnibus se negaba abrir la puerta a los que querían subir y desde allí pudo escuchar a la gente que protestaba airada.
- ¿Cuántas veces tengo que decirles que no le estén trayendo comida a la enferma, ah?… ¡La grasa le hace daño, señoras! ¿Oíste, mamacha? – la enfermera, abría enormes los huecos de la nariz para confirmar que olfateaba el pecadillo y mirando fijamente a las sospechosas añadió – ¡En media hora se acaba la visita, no se olviden! – dijo saliendo de la habitación.
-¿Dice tu mamá que te van a operar?
-Mañana me trasladan al Hospital Loayza… Mi papá conoce al doctor Baccini, que es el que me va a operar… Me van a sacar todo, Betto… Ya no voy a poder tener más hijos… Tú sabes que en el fondo tenía por lo menos la ilusión de darte un varón… – dijo entre sollozos y con voz cada vez más débil.
-¡De ninguna manera!… ¡En la vida voy a permitir que te operes en ese hospital de mala muerte! – levantó la voz en su habitual tono – Hoy mismo te traslado a una clínica para que te atiendan como mereces… – y aprovechó para lanzar una mirada de desprecio a la infeliz de la otra cama.
-No. Ya no hay tiempo para eso, además, mi papá ya tiene todo arreglado… Ese Baccini es un buen ginecólogo… Así que por buena atención ni te preocupes, Betto… Voy a estar muy bien…
Acostumbrado como estaba a que jamás cuestione sus decisiones, menos en público, Betto se quedó tan sorprendido, que no supo qué contestarle y se molestó tanto que ya no quiso hablarle. Se moría por preguntarle por las cosas que Sofía le había contado.
… Si mi suegro se va a hacer cargo de todo, allá ellos… Yo, estoy de más aquí. Así que mejor ni hablar… Total, si ya me abandonaron… ¿No han decidido todo sin mí? Entonces, que se las arreglen solas. Peor para ellas… ¿A ver, de dónde van a sacar para comprar ropa en Camino Real, ah?…
Como una puñalada se le clavó en el estómago la necesidad de regresar al departamento para terminarse un saldo de cocaína… Con el gusano en el cuerpo, ahora sí que se desvanecieron los remordimientos. Dominado por aquel impulso resolvió despedirse inmediatamente.
-Bueno, entonces avísame si te animas a pasarte a mi seguro… Si no, ya tu ve cómo haces… – le dijo fríamente, presa de las ganas de ir a malograrse en el acto – Supongo que más adelante conversaremos acerca de nosotros, ¿no es así?… Por ahora descansa y haz lo que mejor te parezca…
Con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, el bullicio del transito nocturno le recordó cuando era adolescente y salía de su casa sin rumbo… ¡Era libre en esa época! El pecho le latía a ritmo acelerado y se le cortaba la respiración tan sólo de ver la calle y pensar en las posibilidades… ¡Hoy podía quedarse en casa y hacer lo que le daba la gana!… ¡Era libre otra vez!…
-No te olvides de visitar a las chicas… Ya sabes cómo te extrañan – le dijo Inés devolviéndolo a la realidad.
-No, de ninguna manera… - y salió aprisa sin despedirse.
Abandonó el hospital pateando los basureros. Había ido preparado para otra cosa… Inés no había dicho una sola palabra del incidente y él no había tenido que reconocer nada… Le invadió el temor de que el Piojo Gordo no estuviese vendiendo en la esquina del Fuerte Apache. Encendió su carro y partió quemando llantas.
♫♫ No woman, no cry…
No woman, no cry… ♫♫


