El verano se fue con las hembritas… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso delos Suicidas”

Y la playa se quedó llena de vagos, de locos y de pereros.  Como ya no estábamos en el colegio y nuestros viejos no querían vernos pateando latas, el papá del Potón le consiguió una chambita de mensajero en una  radio pacharaca.  Era una chamba de mierda pero las primeras paltas entre nosotros comenzaron cuando el huevón empezó a ganar su billete.

 

Desde que estaba en cuarto de media mi viejo dejó bien claro que a la universidad no me mandaba ni cagando. Que esas huevadas son para los cabritos y unos cuantos ayayeros de la gente que tiene la sartén por el mango.  Pura pérdida de tiempo y billete para chibolos engreídos que ya la tienen fija.  Y que lo mejor que yo podía hacer era engancharme de inmediato a una transnacional y hacer carrera.  Esa sí era una decisión inteligente, práctica, decente.  Buena ropa, buen combo, un  carro, buenas relaciones, una jubilación y hasta tu nicho pagado…

 

-No hay actividad más próspera que el comercio… La inversión extranjera… -, decía eufórico mi viejo golpeando la mesa de la cocina con el puño. 

 

Nada bueno iba a sacar yo de los libros y el viejo de Potón pensaba igualito.  Francamente, en mi colegio eran pocos los que hablaban de postular a la universidad y ninguno se juntaba conmigo. La voz era ponerse a chambear al toque para comprar ropa, cigarrillos, tragos, yerba… Tener provisiones para la juerga y otras huevadas que tus viejos ya no quieren pagarte ni bien terminas el quinto de media.  Además,  también hay chambas donde hasta te ponen el carro para  levantar hembritas  ¡Ahhh! Esas son las mejores…

 

Pero cando mis viejos empezaron con su cantaleta al toque me arrepentí de haber dejado de ser escolar ¡Qué chinchosos!  Para ellos la cosa era tan simple como agarrar el periódico del domingo y salir el lunes a buscar chamba… Cuestión de levantarse tempranito nomás…  Y todo porque hay que poner el hombro y empezar a reemplazar a mi viejo… ¡Mezquino amor paternal!…

 

-Solito vas a ir descubriendo tu vocación… -, empezaba la cargosa de mi vieja y no paraba todo el día. 

-Por mientras, nomás -, interrumpía mi viejo sin despegar la vista del periódico.

 

Eso era todo… Jamás me dijeron abiertamente lo que esperaban de mí  ¡Pobres!… Ahora me doy cuenta que ni ellos sabían qué hacer con su vida y estaban improvisando como todo el mundo.  Y la televisión en la sala; la radiola junto a la lámpara de pie en el pasillo; la pequeña y desteñida alfombra persa en el recibidor.  Y en la cocina la licuadora, la batidora y la infinidad de electrodomésticos de los que mi papá nos atiborraba para probar un poquito del bienestar de sus jefes y que terminó haciéndonos sentir estafados… ¡Ah!… Pero qué bien la pasábamos cuando salíamos a celebrar a un buen restaurante, a tomar helados… Cuando compramos el carro y los muebles que hasta ahora tenemos en la sala…  Tan mal nos acostumbramos a esos pocos momentos de abundancia que terminamos gratificándonos con anticipación. 

 

-¡Hay que ser positivos, caracho!  

 

Pero la verdad es que cada vez empezó a pasar más tiempo para que podamos ver tanta plata junta.  Entonces, mi viejo salía conque iba guardar las próximas comisiones en el banco pero jamás cumplió su promesa.  Creo que en el fondo no sabía qué hacer con la plata.    

 

Mientras que nuestros  viejos no nos pedían para la olla preferimos hacernos los locos. Me llegaba al pincho tener que salir a buscar chamba porque mi viejo me prestaba el mismo traje recontra pasado de moda.  De zapatos, ni hablar.  Pero peor estaba de calzoncillos y de medias. 

 

-Sólo nos queda la percha, huevón… -  me decía el Potón – Es lo único que nos salva… 

 

Pero se equivocó porque las calles estaban repletas de compadres más pepones, mejor vestidos, con carro y dispuestos a sacar de un codazo a quien mierda se pusiera en sus caminos. Nosotros jamás tuvimos esa agresividad para la competencia. En realidad éramos unos ingenuos.

 

Es curioso cómo algunos patas saben desde chiquillos lo que quieren de la vida y cómo van a obtenerlo. Nosotros nunca fuimos así.  Siempre pensé que iba tenerlo todo pero jamás me detuve a pensar cómo…  ¿A qué se debe?…  Potón dice que es la coca la que te hace pensar en grande.   Yo no creo.  Mi mamá dice que con una buena chamba puedo tenerlo. Pero yo no he visto que mi papá haya llegado muy lejos.    No.  De hecho existe algo más que esto…

 

Tener un trabajo para vivir como el chino Coco, el negro Javier, el flaco Egocheaga ¿Ellos viven la vida que yo quiero? ¡No!  Porque trabajar para ser como Alan, Bruce, Malcolm y esos que paraban en la playa, tendría que nacer de nuevo… ¿Qué tipo de chamba me nivelaría con ellos? ¡Nada, pues!… Por eso es que muchos se meten a vender coca… ¿Acaso la pepa fue suficiente?… No… ¡Todo cuenta carajo!  ¡Si lo hubiera sabido!…  Tu colegio, tu barrio, el carro de tu viejo, tu apellido, tu ropa, tu pellejo, tus regalos de cumpleaños, tus parientes lejanos… ¡Todo!

 

Ya no caminábamos por las calles tan alegres porque no teníamos plata ni para comprar  cigarrillos sueltos.  Como la mezquindad empezaba a afectarnos,  Potón  se escondía los suyos en la media y prefería no fumar que compartir un cigarrillo.  Todavía éramos buenos amigos pero se iba a comer pollo a la brasa a escondidas. Desde que empezó a trabajar se metió en el Saponautas y  dejaba que la gente mayor del barrio le sacara la plata en el billar con tal de sentirse uno de ellos  ¡El huevón perdía todo el tiempo!  ¡En su cara le hacían trampa al cojudaso!  ¡Y se lo vivían de lo lindo!  Se ponía las chelas, las fuentes de ceviche, las cajetillas de cigarros ¡Todo!  Y cuando se quedaba misio me buscaba.  Cuando lo nombraron en su chamba y le subieron el sueldo ya no lo aguantaba.  El huevón alucinaba grandezas. Hablaba de autos carísimos y de marcas de ropa que en su puta vida se había comprado. Como un cojudo repetía todas las huevadas que escuchaba a otra gente y cuando yo quería hablar de otra cosa me salía al toque conque él pagaba todo y esas huevadas… Ya me estaba llegando al pirifincho.

 

 

Toda la tarde había estado llama que llama por teléfono pero mi vieja no había querido comunicarme ¡Claro!  Cómo era sábado, la pendeja ya sabía que íbamos a malograrnos y al toque empezaba a cargosear con su letanía acerca de las drogas y las malas juntas ¡Todas esas huevadas que te dice tu vieja justo cuando te estás alistando para salir, carajo! 

 

-¿Ya ves? ¿No te digo? Mejor ponte a trabajar… 

 

Pero en un descuido, mientras en la cocina la tetera pitaba como un barco, aproveché para contestar y tenía razón.  Era el desgraciado de Potón que – como acababan de  pagarle – quería salir a celebrar.  Propuso que nos fuéramos con un par de hembritas de su chamba a chupar a Miraflores y me iba a prestar plata hasta que pueda chorearle a mi viejo de la billetera.

 

Las hembritas eran unos cuerazos mayores que nosotros y se notaba que todo lo que Potón tenía en el bolsillo ni cagando nos iba a alcanzar.  Por suerte a mi chica le caí  bien y a las finales terminó pagando la cuenta como si nada. El huevonaso estaba insoportable y a cada rato daba ganas de sacarle la mierda. No dejaba de hablar de carros y de recalcar que yo era un vago. Me quiso cagar tanto en público, que mi chica se molestó y no le dirigió más la palabra.

 

A insistencia del cojudaso del Potón -aconsejado por la gente del Saponautas -  epezamos en La Miel… ¡Qué atorrante! Lo primero que hizo el cojudo fue hablarle en inglés al mozo que lo cagó al toque.  El characato masticaba su inglés y educadamente lo revolcó varias veces en el pendejo idioma de los gringos.

 

Las chicas se aburrían horrible y no querían bailar porque había demasiada luz y creían que todo el mundo se estaba dando cuenta que eran mayores que nosotros. Además las dos ruedas de trago resultaron una mierda.  Y en medio de tremenda mongueada, sólo al imbécil del Potón se le pudo ocurrir pedir otra rueda. Entonces sí que las chicas ya no quisieron seguir tomando.  Para colmo, el muy solapa iba y venía conchudamente del baño y me juraba por su madre que no tenía nada de coca…  ¡Una mierda!… Cuando pedimos la cuenta, le hizo un chongo al mozo porque no quería pagar por los tragos que las chicas no se habían tomado ¡Puta madre!  Ya lo habían levantado en peso un par de corpulentos guachimanes, cuando mi chica sacó un billete de su cartera y le pidió al characato que separe la cuenta  ¡El  brutazo del Potón hasta le festejó la idea!  Y encima, una vez afuera, propuso una colecta para comprar un preparado para tomarlo en el parque Salazar.  Las chicas lo mandaron a la mierda y se subieron a un taxi sin despedirse.

 

-Misio de mierda ¿Quieres salir con hembritas, no? ¡Entonces trabaja, huevón! Ahora vamos a tener que regresar a pie, porque ya gasté mucha plata.  Lo que me queda es para mis pasajes de toda la semana… -, me gritó en la calle delante de todo el mundo. 

 

Miraflores estaba en pleno vacilón y nosotros regresábamos a Magdalena gramputeándonos. Para variar, Larco reventaba de hembritas y yo estaba misio.  En lo último que quiso gastar el Potón fue en una chata de ron.

 

-Si vamos a ir caminando, mejor que sea chupando… -, me dijo tratando de disimular la dureza. 

 

De pronto, cerca del primer óvalo de Miraflores, se detuvo un taxi y alguien nos pasó la voz.   Se nos paró el corazón pensando que eran las chicas que regresaban arrepentidas a buscarnos.

 

-Apúrense, pues chicos… -, gritó una voz afeminada.

 

Pero con desilusión  nos dimos cuenta que era Pati Gallinazo, otro pata del colegio. Tenía unas tetasas inmensas y estaba metido en un traje rojo apretadísimo, unos enormes tacones blancos y maquillado como una vedette, con una sedosa peluca platinada que le caía en cascadas sobre los hombros.  Estaba regia, irreconocible. Nos contó haciendo pucheros que venía de ganar un concurso de belleza en un elegante hostal de Miraflores.  Se iba feliz de regreso a su casa para contarle a su vieja su triunfo con lujo de detalles y a guardar su cetro y su corona de plástico en un lugar privilegiado.

 

-¡Ay chicos, no sé cómo los he reconocido! – nos dijo luciendo sus uñazas escarchadas.

-Franco que no me acordaba que eras tan rica, Pati – le dijo el Potón, pulseándole una teta.

-Son naturales, papacito…

-En serio que estás irreconocible… – insistió el Potón tratando de jalarle la peluca.

-¿Qué té pasa a ti oye, ah? ¿Estás payaso, no? No te juegues así… ¡Sí vas a estar con esas bromas te me bajas!

-Discúlpame, Pati Gallinazo,  es que no me acostumbro…

-Pues acostúmbrate, hijito, porque desde ahora soy una reina… ¡Y gallinazo será tu abuela! Mi nombre es Pati nomás, ¿Oíste?…

-¡Salud por eso, Pati!

-¡Tengo unas pepas! ¿Qué les parece si compramos unos tragos y nos vamos a celebrar a mi casa?

-¡Puuuta, Pati!

-Compramos coca, marihuana… ¿Qué quieren?… ¡Es que quiero celebrar!

-Cómprate un trago aquí en Ríos para ir chupando por el camino y después ya veremos – sugirió el Potón lleno de muecas.

-¿Maestro, por favor, puede parar un ratito en Ríos… Aquí en Santa Cruz, nomás… ¿Conoce?… – le dijo Pati al taxista.

-Nosotros estamos misios, ¿ah?

-Yo invito, pues… Pero baja tú nomás, Potón… Porque vestida así es mucho roche…

 

Pati Gallinazo también vivía en Magdalena y desde que tenía dieciséis venía ahorrando para operarse. Ya se había puesto un par de pechos regios y seguía lavando, peinando y recortando melenas para amputarse el miembro. Trabajaba de sol a sombra  en una modesta peluquería que había montado en el garaje de su amiga  en el jirón Bolognesi. 

 

Mientras Pati me ponía al día de sus últimos logros, oímos que el Potón gritaba. Venía corriéndose de un par de angustiados que querían cuadrarlo. Me tiré del carro y reduje a uno de los pendejos de un tremendo cabezazo que me dejó cojudo.  Pero en un ratito nos acorraló una manchita y uno de los huevones se me lanzó con su botella rota.  Sólo de puro lechero pude esquivarlo. La siguiente embestida me habría decapitado pero, por suerte, el tipo se desplomó delante de mí. Era Pati,  que se había sacado los tacones y estaba repartiendo golpe que daba miedo.  El ruido fatal del motor del taxi alejándose con sus trofeos la distrajo por un instante y el angustiado de la botella rota le acertó en la cara.  El horrendo grito de dolor de la infeliz paralizó el vecindario y mientras Pati caía de rodillas cubierta de sangre los fumones se dispersaron en distintas direcciones.

 

Le envolví la cabeza  como pude con mi camisa nueva y nos fuimos en taxi hechos un pedo al hospital Santa Rosa.  Ninguno de los dos quiso declararse como acompañante, así que Pati se quedó solita en la sala de emergencias,  cubriéndose la herida hasta que el residente de turno pudo zurcírsela.  Esa fue también la última vez que vi al Potón y con el tiempo nos perdimos de vista por completo. A Pati si la he visto un montón de veces pero no he querido detenerme a conversar.  Palabra que me dio gusto cuando me contaron que ahora tenía una buena peluquería y que había conseguido amputarse lo que le estorbaba entre las piernas.  Pero a pesar de tanta cirugía, todavía quedan huellas de aquella horrible noche en su rostro.  Y por eso la pobre sigue ahorrando…

El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://yactayo.wordpress.com/2009/02/25/el-verano-se-fue-con-las-hembritas/trackback/

Canal RSS de los comentarios de la entrada.

Un Comentario Leave a comment.

  1. muy bueno y muy real.


Leave a Comment