Por la loca Juanita no pasan los años… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

¿Qué edad tendrá?… ¡Está igualita!… Con sus ojerotas de mapache, su diente de oro y el mismo cuerpo de señora prematura de entonces… La recuerdo parada con uniforme único en la puerta de mi colegio y un palo de brigadier en la mano… El loco Pita la llevaba a diario para que no fregara la paciencia en su casa y,  por joder nomás, la autorizaba a meter palo a todos los que llegaban tarde.  Pero la loca de mierda comenzaba a repartir varillazas diez minutos antes de la hora de entrada hasta al más pendejo y por donde le caiga. Uno que otro se le achoraba de vez en cuando y ella les paraba el macho con un segundo palazo. Si le respondían, la loca daba tales aullidos que el Loco Pita salía  como una bala de la dirección y le sacaba la entreputa al insubordinado.

 

Así era mi colegio… Pura acción desde que ponías un pie adentro… No te quedaba otra que contar el tiempo que faltaba para la salida porque sólo en una ambulancia podías quitarte antes de la hora… El loco Pita mostraba orgulloso a los padres de familia el alambrado de púas que había mandado colocar sobre los altísimos muros del colegio. Las madres llegaban diariamente a su oficina a sobornarlo, a suplicarle, a enamorarlo… En fin, estaban dispuestas a todo con tal que el loco reciba a sus hijos en esas aulas repletas de chiquillos indeseables.  De acuerdo a la gravedad del caso, la matrícula y la pensión podían ser tanto o más costosas que ciertos colegios privados donde realmente se iba a estudiar.

 

A los alumnos no les quedaba otra que doblegarse ante las  extravagancias del director. Sea la hora que fuera, si el loco Pita veía a alguno merodeando por los huecos, las cantinas o metiéndose en problemas, frenaba su carro en seco, se bajaba hecho un demonio y le sacaba la mierda a patadas.  Luego, previo escándalo en el barrio y con el apoyo de los padres de familia,  depositaba al infeliz en su casa. Nadie objetaba sus métodos y el loco recibía feliz de la vida cualquier compensación por sus servicios extracurriculares.

 

Algunos profesores también tenían sus anticuchos y aceptaban sus condiciones resignados a dictar clase sin que nadie les preste atención. En diciembre se abría el mercado de notas, donde cada curso tenía un precio real, contante y sonante. Los pendejos te jalaban a propósito para que tengas que pagar, así que lo mejor era dedicarse todo el año a la vagancia.  Por eso, todo aquél que pasaba por mi colegio en su vida volvía a agarrar un libro.

 

El encargado de negociar las notas era un tinterillo embustero que nos tasaba de una sola barrida con su ojito de coquero codicioso.  Las tarifas podían incluir ciertas bonificaciones especiales, que iban desde un panetón con su botella de espumante hasta salir a bailar con tu hermana. Eso sí, los paqueteros tenían un trato aparte porque eran los únicos que le podían soltar buen billete.  Después del  arreglo,  el del ojillo se dedicaba a la venta de panetones y licores en el garaje de su casa en San Miguelito y compartía las ganancias con el loco.  Y la cosa no paraba allí, porque el director había inventado un sistema de multas, que podían ser pagadas cortando el jardín de su casa, limpiando los vidrios, lavándole el carro o en efectivo, en el momento de recoger el certificado de estudios… ¡Qué bestia!… El año escolar debía ser un  negocio extraordinario, porque hasta había una lista de espera para ingresar a mi colegio.  Lo asombroso es que el sistema del loco funcionaba, porque podía mantener dentro del edificio a su inextricable alumnado por unas cuantas horas, cosa que otros colegios de Lima no habían podido conquistar.

 

En aquellas aulas prefabricadas, sin puertas ni ventanas, se formaron muchas generaciones de malandrines que hoy deambulan por allí sin rumbo. Algunos todavía se acuerdan de mí y me pasan la  voz pero la mayoría se sigue de largo con su amargura a cuestas, arrastrando los mismos o peores vicios que entonces.  Estoy seguro que ningún ex-alumno del San Agustín ha corrido la misma suerte ¿O sí?  No creo.  Esas son cosas de Magdalena porque en la farmacia que está a una cuadra del Champagnat jamás le venderían un frasco de  Bronquiorgán Jarabe a un menor en uniforme escolar.

Si jamás habías probado una droga,  en mi colegio tenías la oportunidad porque la botica de la esquina era más concurrida que el cole… ¡La cantidad de pomos vacíos que sacaban a diario, escondidos en el tanque de los inodoros y  en los rincones del patio  era alucinante!…  Pero el loco Pita ni se inmutaba, porque semanalmente los vendía bien lavaditos a una fábrica que queda en La Victoria.

 

Sería injusto decir que todos los alumnos de mi colegio eran unos forajidos, porque allí también terminaban la secundaria una cuota de autistas, mongolitos y retrasados mentales que, por alguna razón, habían sido rechazados en los colegios especiales.  Carlitos se sabía el nombre completo, lugar, fecha y hora de nacimiento de cada uno de los alumnos del colegio.  Por temor al golpe, memorizaba toda información que pudiera protegerlo durante las horas de clase. Su prodigiosa memoria era capaz de hacer cálculos progresivos y regresivos de acuerdo a la exigencia de sus verdugos. Hasta que un mediodía fatal, una ambulancia lo sacó del colegio con ataques convulsivos. La voz que se corría era que el pobre no acertó  una de las preguntas del Blanca Nieves.  Pero todos sabíamos  que le había hecho trampa sólo para sacarle la mierda.  Eso sí. A partir de entonces el loco Pita flagelaba al negro públicamente cada vez que se acordaba.

 

Carlitos pertenecía al grupo de Los Intocables, integrado también por algunos incautos que eran reclutados por un profesor de educación física  que fue expulsado del colegio parroquial y que terminó preso por abuso de menores. Arrinconados en su sector del aula, esperaban asustados y en silencio que termine el día para poder salir de allí.  Nadie podía meterse con ellos porque se las veían directamente con el director que, cada cierto tiempo, los mandaba a su casa con diplomas y condecoraciones para seducir a los familiares. 

 

Otra minoría que pertenecía a Los Intocables era el grupo de los gays, que iban con el pelo teñido, con pestañas postizas y colorcito en los labios. Caminaban sacando poto con las camisas del uniforme anudadas en la cintura.  Eran las chicas del cole y los que mejor la pasaban.  Cambiaban de enamorado a cada rato y a la hora del recreo se pavoneaban agarraditos de la mano y le coqueteaban hasta al director.  Las peores broncas que recuerdo se armaron por los ataques de celos que provocaban en el patio, y era tal el despelote, que hasta el loco tenía que hacer de mediador para evitar que corriera más sangre.  Cada año se elegía a una reina de la primavera y, con permiso de la familia,  el loco Pita se llevaba a la ganadora a comer a la calle con cetro, corona y todo…

¡Ojalá que el tío no me reconozca! (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

No quisiera tener que explicarle nada y menos inspirarle lástima… ¿Qué pensaría si me ve ahora?… “Tas huevón sobrino, tú vas a llegar lejos…”, me decía el gordo… ¡Cómo olvidar al tío comprabotellas, si   recorríamos Magdalena juntos!…

 

Todos los días me encontraba con el Potón en la esquina de la farmacia Bahía para tirarnos la pera. A las nueve de la mañana, ni bien empezábamos nuestros jarabes, veíamos al tío botellero apareciendo entre San Martín y Libertad. Era un negro  macetón,  de más o menos unos cuarenta años. No era ni alto ni bajo y se las sabía todas el zambo. Siempre empujando su triciclo repleto de cachivaches y acompañado de su eterno compinche el Cara de Hacha, un serrano avivado que cada vez que tenía plata se mandaba arrancar un diente para reemplazarlo por otro de oro.   Ya cuando estaba entre Ayacucho y Libertad, levantaba las manos en alto y nos gritaba a voz en cuello: “¿Qué hay para mí sobrinos?… He traído del Callao una marimba buenísima ¿Sí o no, Cara de Hacha?…”, decía el negro mirando con complicidad a su ayudante sin importarle que lo escucharan las señoras que estaban pasando. “Unas bolsazas de pasta hemos traído de la Parada…”, contestaba el Cara de Hacha achinando un ojo de puro farsante que era.  Entonces,  nos subíamos al triciclo y nos íbamos directo a nuestras casas. Siempre se presentaba a la hora en que nuestras viejas se iban para el mercado y el muy pendejo nos hacía sacar artefactos viejos, zapatos, ropa, periódicos, revistas, botellas y cualquier otra cosa que sirviera para el cambalache. Al final, nunca era suficiente y fueron contaditas las veces que el zambo  nos trajo merca de la Parada o del Callao. El desgraciado nos hacía siempre el mismo cuento…

 

Cuando ya no había nada más que sacar, a sugerencia del tío botellero, nos íbamos a recorrer las embajadas y los consulados de Magdalena y San Isidro. Con el Potón habíamos desarrollado una estrategia infalible: nos presentábamos en uniforme escolar como delegados de aula y pedíamos donaciones de material informativo para el colegio. Mientras tanto, el tío ropavejero y el Cara de Hacha nos esperaban a la vuelta de la esquina con el triciclo bien en caleta… Siempre se creían el cuento. Salíamos cargados de libros, folletos, películas, transparencias… Una vez hasta nos regalaron unos muebles antiguos que le hubieran encantado a nuestras viejas, pero el vivaso del tío no quiso soltarlos.  Todo iba a parar a sus manos y emocionado montaba las cosas rápidamente en su triciclo, pero a la hora de sacar cuentas, siempre se arañaba y terminaba dándonos una miseria. “Si a ustedes no les ha costado nada, sobrinos… Se van de robo porque todo es regalado…”, metía chamullo regateando. “Tú qué crees tío, ¿que con la pinta de choro que te manejas y con ese triciclo charcheroso te van a dar algo?… Menos si te ven con el impresentable del Cara de Hacha…”, replicaba el Potón y de puro asado se tomaba otro sorbito de jarabe.

 

¿Quién iba imaginar que todavía andaba el tío por aquí?… Parece que el tiempo se hubiese detenido… Pero, no… Está más viejo y ese es otro cara de hacha… Creo que me dijo alguna vez que vivía en Bellavista y que todos los días tenía que empujar su triciclo desde allí hasta la Parada… ¿Será buen negocio comprar y vender  huevadas?… Un día le compré un par de Levi’s de segunda y muchos discos viejos… ¡Puta madre, hace tanto tiempo de eso!…  Qué bueno que no me haya visto.  Creo que le dolería saber que se equivocó conmigo porque no llegué tan lejos pero sí muy bajo…

 

¡Cómo te cagan las drogas!… El tiempo, la miseria y la desesperanza se encargan del resto… A las finales,  ni siquiera eres capaz de cumplir con las expectativas de un viejo compra botellas… “Tú eres blanquito sobrino y vives en un barrio pituco… Tú ya te salvaste… En cambio la gente de la Parada… ¡Esos sí que están jodidos para siempre!…  Esos niños ya vienen al mundo con su tola en la boca…”, decía con más fe en mí que la que yo jamás me tuve… ¿Qué pensará ahora de Magdalena?… Él, que recorre estas calles deterioradas, debe darse cuenta de lo mucho que ha cambiado. Nunca se me ocurrió preguntar por su nombre ni por su familia ¿Tendrá nietos?… ¿Habrán venido al mundo con su tola en la boca como él decía?… ¿Cómo será su vida en Bellavista o en la Parada?… Lo maleado se le notaba a leguas. Pero el zambo se portaba bien con nosotros. Tenía los brazos llenos de cicatrices, unas encima de otras, pero nunca se aprovechó de ellas para intimidarnos como hacen la mayoría de los achorados.

 

Era la segunda vez que Potón y yo intentábamos entrar a la Embajada de la República Popular de China. Hacía más o menos una semana que un chino viejo nos había negado rotundamente el ingreso. Pero ésta vez nos abrió la puerta y con rostro inexpresivo nos pidió que, por favor, lo siguiéramos. Íbamos detrás de él cagándonos de la risa pensando salir con las manos llenas. Luego, abrió una puerta, nos hizo pasar a una oficina y nos pidió que esperáramos un momentito. Cuando salió, el chino desgraciado le echó llave a la puerta y regresó como a la media hora acompañado de un chino gordo más viejo y, con asombrosa rapidez, instalaron un pequeño écran y proyectaron la película en dónde habían grabado nuestra visita anterior. En pésimo castellano y de peor humor, el chino gordo comenzó a preguntarnos qué buscábamos allí… Insistimos en explicarle el cuento de los delegados pero al toque nos dimos cuenta que era inútil porque no nos entendían ni michi… Luego de discutir a gritos entre ellos, el flaco fumanchú, nuevamente nos indicó con un ademán despectivo que lo siguiéramos y nos condujo por un laberinto de pasadizos que parecían llevar al exterior. Una luz al fondo del corredor nos tranquilizó porque, efectivamente, podíamos ver la calle a través de una inmensa reja de fierro forjado que rodeaba el jardín. De un empujón, el asiático  nos metió en aquel patio, cerró la puerta con doble llave y se fue murmurando amenazas igualito que  en las películas chinas que pasaban en el cine Gardel.  Sólo que faltaron las letritas para enterarnos de lo que planeaban hacer con nosotros.

 

“¡Ya nos jodimos, compadre!… Seguro que ahorita llaman a la policía estos chinos de mierda…”, me dijo asustadísimo el Potón mientras se movía por todo el jardín como un mono de zoológico buscando una salida. Al toque nomás, encontró la puerta. Pero la maldita estaba cerrada con una cadenota y un tremendo candadazo. De puro frustrados comenzamos a dar de patadas al portón. Entonces, aparecieron un par de fieros dóbermans babeando y nos arrinconaron contra las rejas. “¡Mamá!… ¡Mamá!…”,  gritaba el maricón del Potón. Uno de los perros le rasgó la basta del pantalón y de una ventana del segundo piso el chino gordo les metió un poderoso grito en lengua oriental que inmovilizó a los animales en el acto.  

 

Una vez que la ventana se cerró los cuatro quedamos mirándonos a los ojos; los perros esperando una orden y nosotros un milagro. Así estaban las cosas cuando una voz familiar nos sacó del trance. “¿Qué mierda pasa, sobrinos?… Yo no he venido a hueviar, carajo… ¿Qué chucha están haciendo ahí?… Si les van a dar algo que se apuren pé, porque yo ya me quito, carajo…”, dijo el tío sin la menor idea de lo que estaba pasando. “¡Tío, tiíto lindo!…, estos chinos nos quieren hacer la cagada…” Y Ya no pudimos decir más porque los perros de nuevo empezaron a ladrar. “Ya regreso, sobrinos…”,  dijo el negro mosquísima. Los perros  ladraban como locos y desde el segundo piso, otro grito en chino los mandó a callar.  De golpe, un sonido metálico atronador nos dejó pasmados. “¡A zafar culo, carajo!…”, y con la misma pata de cabra que violentó el portón, el aguerrido del tío se enfrentaba ahora a los dóbermans para que pudiéramos escapar por un costado.

 

¡Puta madre, qué tal físico del Cara de Hacha!… ¡Qué cholo más recio, carajo!… Nos llevó a los tres montados en el triciclo pedaleando a toda velocidad… ¡Conchesumadre! El puta cruzó la Salverry sin mirar los carros y cagándonos de la risa  no paramos hasta la farmacia España. Para festejar, el tío se compró unas Heineken que chupamos en caleta porque estábamos con uniforme… No cabe duda que el tío se portó como un verdadero amigo… ¿Qué diría mi madre si lo hubiera conocido?… De hecho que le  hubiera dado un patatús ¿Se acordará mi tío de todo eso?… Seguro que sí,  por eso prefiero que no me vea…

El último carro que entró al corralón fue un patrullero que terminó remolcado por una grúa de tanta pedrada que le metieron los vecinos… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Y ya hacía tiempo de eso.  Fue cuando la policía sacó al Loco Perochena – el marido de Olga – nadando en un mar de quetes.  Dicen que es el padre de los mellizos y que antes de desaparecer hizo un arreglo con la gente de Puerto Nuevo para que a la negra nunca le falte queso para mover. Pero ella jamás tenía billete porque cuando no se fumaba toda la merca estaba juntando plata para sacar de la cárcel a su tío o a su hermano.  Alguien le contó que uno de sus mellizos andaba de pirañita por la Plaza San Martín.  Del otro chiquillo no sabía nada. No es que no le importaran sus hijos, sino que estaba resignada a que tarde o temprano terminarían mandándose a mudar. Le parecía un absurdo tratar de formar una familia en ese cuchitril donde jamás podría darles buen ejemplo. Tenía bastante con su propio vicio y con el enfisema pulmonar que se la llevaría a la tumba. 

 

Con Blancanieves y Mostrobelo como parientes, el Colorado tenía protección garantizada en las calles.  La carcocha le ganó una tregua con sus rivales y se convirtió en el taxista oficial de los paqueteros.  A cualquier hora se metía en Puerto Nuevo o en el castillo de la avenida La Paz. Un sábado cualquiera podía hacerse de unos gramos y algo de billete.  Hasta los vecinos contaban con él para que les haga la carrera cuando se compraban un catre o un televisor.  Por las noches vendía en la puerta del llonja y se amanecía fumándose la ganancia. Antes del alba, la negra se lo llevaba a la cama envuelto en una frazada, le hacía el amor para quitarle un poco la dureza  y se quedaban dormidos hasta que alguien les tocaba la puerta para ir de compras al Callao.

 

Ya era de día cuando se metieron entre las sábanas percudidas e intentaban dormir un poco.  La lluvia se había filtrado por las rendijas del techo y las gotas rebotaban en un pequeño charco de lodo. Pancho todavía dormitaba exaltado en su rincón y de vez en cuando gruñía y se rascaba las pulgas.  Desde un corral vecino llegaba el canto de los gallos madrugadores. Olga se le bajó de encima, se volteó de cara contra la pared y empezó a sollozar.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?

- Nada…

-¿Cómo que nada? ¿Por qué mierda estás llorando entonces?

-Es que tengo miedo…

-¿Miedo de qué?

-Miedo por ti… El Coroto y el Mazamorra son bien maleados… Te pueden cagar…  No sé…  Pero me da mala espina…

-¡Esas son cojudeces! ¿Quién chucha me va a cagar a mí? ¿Ah? ¿Crees que soy un huevonaso? ¿Eso crees?

-Tú sabes que no…

-¡Entonces! ¿Qué pasa, carajo? ¿Crees que porque soy blanco soy un imbécil? ¿Ah? ¡Te equivocas, negra! ¡Yo soy tan mosca como ellos!…

-Sí tú lo dices… Después no digas que no te lo advertí…

-¿Sabes qué? ¡Mejor no te metas en mis asuntos! ¿Ya?

 

Cerca de las ocho de la mañana el silbido del Mostrobelo lo sacó de la cama y salió en cuestión de minutos sin despedirse.  El zambo lo esperaba bien abrigado, con las manos en los bolsillos y haciendo ranas para entrar en calor.  Ni bien hicieron contacto visual se metieron al carro en silencio.

 

-¡Al toque nomás, Mostrobelo!… No la hagan larga…

-Usted maneje nomás y punto, cuñao…

-¿Y cómo es la vaina?

-Ya se verá…

-¿Cómo?… ¿No tienen un plan, cojudo?

-Lo menos que se comprometa usted compadrito, mejor. Usted hace la carrera nomás… Usted no sabe nada… Así, por siaca,  ya tiene una coartada pe…

-¡Puta madre! Ni menciones a la mancada, cojudo…

-Siempre hay que ponerse en todas, Colorado… Pégate a la derecha, causa, que allá está la gente brava…

 

Se estacionó frente a la licorería Poblete sin apagar el motor.

 

-¿Y, Colorado?

-Compadritos…

-Causas…

-¿Estamos listos?

-Por supuesto, Colorado… Síguete de frente nomás y déjanos en José Gálvez. Date una vuelta de manzana y en cinco minutos nos recoges aquí mismo…

-¿Qué?… ¿Así al toque nomás?

-Al toque nomás pe, Colorado… ¿Qué?  ¿Acaso quieres tomarte un jugo?

-¡Puta madre!… ¡Está usted verde, Colorado!

-¡Contra menos luz hagamos mejor pues, causita!…

-¿Y quién chucha dice que quiero tomarme un jugo, carajo?

-¡No sé, Colorado, pero si en cinco minutos no estás aquí de regreso, por mi madre que donde te escondas te enfrío!…

-¡Puta madre, Mazamorra! ¿No he dicho que estoy con ustedes?

-Para que lo sepas nomás, pituqueso… Guerra avisada,  no mata gente…

-Ya carajo, dejen de pelearse como hembritas que tenemos que laborar…

 

… ¡Cinco minutos, carajo! ¿Me daré una vuelta de manzana en cinco minutos?… Tampoco puedo estacionarme en ningún lado porque puedo parecer sospechoso… Menos frente al banco, carajo… ¿Cuál será la bodega?… ¡Ojalá que al imbécil del Mazamorra no se le ocurra disparar el chimpún!… ¡Cholo de mierda, carajo!… No… ¡Tengo que concentrarme!… ¡Carrito, no me falles! ¡Hay que reconocer, Marito, que lo dejaste de pu-puta madre, cuñao! Creo que ahora corre mejor que nunca, compadre… ¡Chucha,  falta sólo un minuto y este tráfico de mierda que no avanza!… ¡Muévanse, carajo!… ¡La tuya, serranazo!… Avanza nomás, compadrito… ¡Mierda!… ¿Qué fue eso?… ¿Balas?… ¡Chucha!… ¡Otra!… ¡Mierda!… ¿Qué hago, carajo?… ¡Otra más!… Nada que ver… ¡Yo me quito!…

 

Casi en la esquina de José Gálvez se abrió la puerta trasera del carro.

 

-¡Embala, Colorado! – gritó de repente el Coroto arrojándose en el asiento.

-¡Asaltaron el banco, idiotas! ¡Ya nos cagamos, huevón!

-¡Tú acelera nomás, conchatumadre!

-¿Por qué mierda asaltaron el banco, imbécil? ¡La policía nos va a seguir, cojudo!

-¡Por eso mismo, acelera, Colorado! ¡Métete por Leoncio Prado hasta La Marina…

-¿Contra el tráfico, huevón?

-¡Claro pe, imbécil! ¿Acaso quieres que nos agarren los tombos?

-¿Y el Mostrobelo y el Mazamorra?

-Se los bajaron, compadre…

-¿Qué? ¿Están muertos?

-¡Puta madre, Colorado! ¡Quién iba a pensar que justo hoy iban a estar dos tombos más adentro!… ¡Acelera, Colorado! ¡Métele todo el queso!

-¡No jodas, Coroto! ¿De verdad que están muertos?

-¡Claro que están fríos pé, causa! ¡Mírame nomás cómo estoy!

-¿También te dispararon?

-¡Estoy sangrando, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!…  ¡Me vas a cagar el asiento!…

-¡Acelera, Colorado!… Agarra la Sucre y dale por todo Tingo María… Creo que ya  perdimos a esos huevones…

-¿Adónde mierda estamos yendo, cojudo? ¿Crees que vamos a escapar de la policía tan fácil, estúpido?… ¿Cuánto billete sacaste?

-Ni mierda, causita… Cuando me dispararon solté el bollo al toque…

-¿Qué?… ¿Ni siquiera trajiste el billete, huevón?

-¡No te estoy diciendo que me dispararon, imbécil! Sólo corrí pa’ salvar mi vida, cojudo… Pero antes me enfrié a ese tombo conchesumadre… El Mazamorra se quedó gritándome pa’ que lo ayude… El huevón tenía un balazo en el pecho… ¿Qué chucha pasa la voz?… ¿Qué iba a hacer yo?… ¡Ese ya era hombre muerto!… Ni bien entramos, Colorado, se lo quemaron a su pariente… Ese por lo menos no sufrió mucho…  Tuve que dejar tirada a las dos puntas, compadre… Pero así es esto, pé… La lealtad es con los vivos…

-¿Y te has bajado un tombo, huevón? ¿Cómo se les ocurrió meterse al banco, cojudo?

-Todo estaba bien planeadito, Colorado… Siempre hay un solo tombo en ese banco y justo hoy, conchesumadre, habían tres, causita. Pero así es la fatalidad, causa… ¡Au! ¡Me estoy muriendo, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!… ¡Vamos al hospital ahora mismo, huevón!

-¿Tas cojudo, Colorado? ¡Qué hospital ni qué mierda! ¡Tú sigue de frente nomás, huevón!

-¿Adónde vamos, idiota? ¡Ya se nos va a acabar la gasolina, cojudo!

-¡Por favor, causita, no dejes que me muera!

-¿Qué chucha puedo hacer yo, Coroto? ¡Vamos al hospital y no me jodas!

-¡No! ¡No! ¡Al hospital, no! Vamos al Planeta, causita… Allí nos espera un pata…

-¡Lo tenían bien planeado, pendejo!… ¡Son unas mierdas!

-¡Palabra que no queríamos cagarte, Colorado!

-¿No?… ¡Querían darme una miseria nomás, pendejos!

-Métete por Cárcamo nomás, Colorado. No pares hasta llegar al barranco… Allí nos espera el Tirifilo…

-¿Y quién mierda es el Tirifilo?… ¡Por la puta madre!… ¡Contéstame, Coroto!… ¿Quién chucha es el Tirifilo?… ¡Contesta!… ¡Concha tu madre, huevón! ¡Lindo momento para morirte, carajo! ¿Y ahora qué mierda hago?…

 

 

Entró al Planeta levantando nubes de polvo y atravesó un par de lozas deportivas infestadas de viciosos, que abandonaron sus escondrijos para desaparecer entre las calles de tierra muerta. Se detuvo casi al borde del abismo.  Cien metros más abajo, entre los basurales se abría paso, turbio y caudaloso, el Río Rímac.  

 

… ¡Si me sigue la policía por Dios que me tiro al vacío!… ¡Ni cagando me meten preso, carajo!…

 

Creyó oír al Coroto otra vez agonizando cuando se le acercó un sujeto envuelto en una frazada inmunda y le tocó el vidrio varias veces, haciendo señas para que bajara del auto.

 

-¿Y el billete? – preguntó a quemarropa.

-¿Tú eres el Tirifilo?

-¡Contesta, conchatumadre! ¿Tienes el billete?

-Se enfriaron al Mazamorra y al Mostrobelo, compadre… El idiota del Coroto soltó el bollo cuando le dispararon.  Vamos a tener que abandonarlo en la puerta de emergencia de un hospital…

-¡Conchasumadre! ¿O sea que  no hay billete?

-¿No te estoy diciendo, Tirifilo?…

-¿Quién mierda es Tirifilo, ah? ¡Huevón! ¿Quién chucha te crees para hablarme con esa confianza? ¡Sacúdete nomás imbécil de mierda! Yo a ti no te manyo, compadre… Así que sigue tu camino nomás…

-¿Y qué hago con el Coroto?… Él me dijo que eras su pata, compadre.  Por eso vinimos hasta acá…

-¿Mi pata? ¡Yo no tengo patas, huevón! ¡Pon esta carcocha en neutro antes que llegue la policía!

-¿Qué vas a hacer?

-Ya verás lo que voy a hacer por mi pata… – y de un empujón volcó el carro al precipicio con el Coroto adentro.

 

El vehículo llegó hasta el río rebotando  entre los peñascos.

 

-¡Mi carro!… ¿Qué has hecho, cojudo?

-¿Qué? ¿Crees que después de ésta ibas a poder manejar esa lata, compadre?

-¿Y ahora qué hago?

-A mí no me preguntes… Ya te dije que yo a ti no te conozco… Así que nos vemos…

-¿Adónde voy?

-¡Toma!- le dijo el hombre tirándole la frazada – ¡Tápate al toque y encalétate entre los fumones de las canchas!

-¡No me hagas esto, Tirifilo!

-¡Ándate a la mierda! – y se borró cojeando por una callejuela.

 

 

… Muerte, locura o prisión... Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Me he hartado de decírtelo pero no has entendido, desgraciado… Los niñitos buenos nunca tocan lo ajeno…  No se juntan con esos cholos llenos de malas costumbres… Te dije hasta el cansancio: Cada uno con sus iguales… Pero tú, como siempre, te cagabas en tu pobre madre, que sólo quiere lo mejor para ti… Ahora jódete, mal hijo. Escóndete bien, desgraciado, delincuente de mierda… Si te encuentra la policía, acuérdate que ya no eres hijo mío… Me avergüenzo de ti… Después de todo el sacrificio que hemos hecho… A ver, ¿en qué fallamos para que nos des este castigo? ¿Ah?… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Son las malditas drogas… Porque nosotros te dimos lo mejor que pudimos… Pero tu te destruiste solo… ¡Ojalá te pudras en la cárcel!… ¡Desgraciado, mal hijo!… Si te agarran, te acusan de matar a un policía… ¡Qué estúpido eres! ¡Pero te lo mereces! ¡Asaltante de bancos!… ¡Drogadicto! ¡Mal viviente!… ¡Mal padre!… ¡Pastelero…! ¡Corre a las canchas a esconderte con tus iguales!… ¡Ya no tienes familia, drogadicto de mierda!… ¡Muérete!

Señora Inés, ¿por qué la señorita Verónica ya no viene a visitarla?… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

-Porque prefiere llamarme por teléfono…

-Tan rico que se come aquí, señora…

-Ya sé, Clotilde. Pero ella ya está grande y prefiere quedarse estudiando.

-Verdad, señora, ¿por qué la señorita todavía no tiene enamorado?   

-Y a ti qué te importa, ¿ah? Qué metete te has vuelto, ¿no?

-Tan bonita la señorita… Ya hubiera conseguido novio con tanto churro que viene a las fiestas del señor. 

-Ese no es ambiente para ella…

-Pero si millonarios nomás vienen, señora…

-¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes?

-¡Ay, pues señora!… Si de eso nomás hablan en la bodega…

-¿Qué?… ¿Quién está diciendo esas cosas, caracho? 

-Las otras muchachas pues, señora…

-¿Y tú qué tienes que estar hablando con las otras, ah?…

-Si yo no digo nadita, señora. Ellas nomás son las que dicen que gente importante viene para la casa…

-¿Ah, sí? ¡Cuidadito, nomás,  con estar contando las cosas de la casa a los extraños!

-¿Yo?¡Nunca, señora!…

-¡Yo nunca!… ¡Yo nunca!… ¡Te conozco, mal agradecida!…

-Por Diosito que yo no he dicho nada, señora…  Yo nomás escucho.

-¡Más te vale!  Porque le voy a contar al señor para que ya no te dé propina…

-¡Por favor, mamita! ¡Al señor no le cuentes nada!

-¡Pórtate bonito, entonces!… ¡Pobre de ti!… Mañana mismo voy a hablar con ese japonés de la esquina para que no te retenga… ¡Qué tal lisura!… ¡Qué se han creído!…

-¡Ay, no!… ¡No seas tan malita, señora Inés!… 

 

Inés se pasaba la vida viendo televisión y rompía su ostracismo sólo para hablar con la servidumbre. Después, no volvía a abrir la boca hasta que Juan Carlos regresaba de las oficinas o de sus viajes.  Como para su marido era importantísimo atender bien a los invitados, se había convertido en una excelente anfitriona. 

 

Como siempre, esa noche, Juan Carlos pediría a los presentes que posen con ella para una foto.

 

“De repente, cholita, te ganas saliendo de nuevo en sociales, ¿ah?”…

 

-Por la casa desfilaban políticos, empresarios, faranduleros y esos advenedizos que nunca faltan… ¡Siempre a la ganancia!…  Y en la madrugada venían los choferes y se los llevaban a casa a dormir la mona o a seguirla en otra parte. Uno se da cuenta de ciertas cosas, pues… Pero eso sí, a Juan Carlos no le gustaba eso durante el día… Porque él tiene cuidar su imagen… Igualito rajaban, ¿ah?… Yo por eso no le hablo a nadie… Ni siquiera le cuento a mi mamá…   Aveces, momentos antes de perder la conciencia me contaba sus cosas. Una noche me dijo: “Negrita… Esta gente pesa en la opinión pública. Por eso tenemos que trabajarlos bien…  ¿Sabes lo que significa para nosotros?… ¿Ah?”  Pero yo al día siguiente me hacía la que no me acordaba de nada…

 

Y bajaba radiante después de pasar horas enteras acicalándose frente al espejo.

 

-Inesita, tú tan guapa como siempre…

-Permítame, señora…

-Ay, muchas gracias, no te hubieras molestado…

-Pero si no es ninguna molestia, al contrario… Es un placer, Inesita… Además estas son cositas que me las regalan mis clientes…

-Ya vengo, voy al baño…

- Con todo respeto… Te felicito, mi hermano…

-A ver, un abrazo para su cuñadito…

-¡Salud!

-¡Salud pues, Inesita!

-Ella no toma, hermano…

-¡Qué buen culo, compadre!

-¡Suave, imbécil, que el hombre te puede estar escuchando!

-¡No jodas! ¿Crees que hay micrófonos?

–¡Shhh!… Guarda, guarda, que ahí viene la hembra…

-¡Salud, señora!…

-Mi señora no toma, hermanito…

-¡Salud con todos pues, compadre!

-Ya vengo. Voy al baño…

-Te acompaño…

-¡Salud, Juan Carlos!

-¡Salud, mi hermano!

-¡Salud, salud!

-Inesita, por favor, acérquese para tomarnos una foto con el hombre…

-¡Yo la saco, mi hermano!… Mañana se la doy al gordo Arbocó para que la publique…

-Juan Carlos nos ha hablado tanto de usted, Inesita…

-¡Qué casa tan linda, señora!

-Espero que nos honre con su visita la próxima vez que pasen por Caracas…

-Muchas gracias…

-Qué lástima que hay Concejo de Ministros, negrita… Quería presentarte a don Pancho.

-Será para otra oportunidad.  Bueno, con permiso…

-Siga nomás, señora.

-¡Una mujer admirable, mi hermano!

-¿Tienes otro baño, compadre?

-En el mezanine, doctor.

-Bueno, ha sido un placer…

-¿Cómo? ¿Se retira usted tan temprano, señora?

- La pobre está levantada desde temprano, hermano…

-¡Un último salud pues, señora!

-Ella no toma, hermanito…

-¡Buenas noches, señora!

-Que sueñe con los angelitos…

 

Ni bien Inés desaparecía por las escaleras cambiaba el ambiente.

 

-¡Ahora, sí!  Saca la barca, hermanón…

-¡Salud, compadre!

-¡Seco y volteado!

-¡Salud, pues!

-¡Chupa pues, compadre!

-Este se queda dormido en pleno directorio…

-Eso no es nada. Acá mi compadre se duerme en el hemiciclo…

-Ya, ya… No jodas que después estás llorando…

-A ver, Cayito, sácate eso con confianza…

-¿Y tu señora?

-Cuando se mete a su cuarto ya no sale, hermano…

-¡Oye… Tranquilo que vas a botar toda la bolsa!

-Usa la bandejita pues, compadre…

-¡Este todavía no la domina, carajo!

-¿Me puedo sacar la camisa, mi hermano?

-Es lo único que te falta sacar, desgraciado…

-¡Hace calor, compadre!

-Está usted en su casa, mi estimado.

-Se le agradece.  Se le agradece…

-¡Salud, Juan Carlos!    

-¡Salud, salud!

-¡Salud pues, hermano!

-¡Salud pues, José Luis!

-¡No me lo despiertes!

-La que está linda es su entenada, compadre…

-¿Quién?… ¿La mayorcita?…

-Las dos aguantan, mi hermano.  Ya están listitas…

 

La comida quedaba casi intacta sobre la mesa. Había botellas vacías diseminadas en todas partes, el humo del tabaco se impregnaba por los rincones y el olor a alcohol digerido podía percibirse desde la puerta de calle.   

 

Inés casi nunca pensaba en Betto.  Esa etapa de su vida aparecía borrosa en su memoria como le pasa a todo el que ha tenido un vicioso en casa.  Sus hijas – igual que ella -  se acostumbraron a reprimir sus sentimientos y eran poco tolerantes con las debilidades humanas.  Por eso los chicos de la esquina empezaron a correr la bola de que Verónica se había contagiado de las preferencias sexuales de la gente que paraba con su tío.  Las cosas no habían cambiado demasiado para Inés, que seguía  desvelándose por un marido que tardaba en llegar. 

 

Un estruendo la despertó en la madrugada.  Estiró el brazo para comprobar si Juan Carlos se había acostado y se incorporó en el acto.  El tufo de la juerga subía hasta su habitación. Sin encender la luz, se echó la bata encima y se sentó en un rincón de la escalera sin hacer ruido.  A través de una densa nube de humo vio a los hombres agitados, sin camisa, tratando de reanimar al ministro, que estaba tirado en medio de la sala.  Se había meado en su alfombra nueva, tenía la cara talqueada de cocaína y un hilo de baba se escurría por la comisura de los labios.  Agachado, junto a él, reconoció a un conocido animador de televisión que trataba de reanimarlo echándole aire con el periódico.  El ministro se incorporó sorpresivamente y después de balbucear algo incoherente vomitó sobre su confortable preferido.  De inmediato mandaron llamar al chofer, que se lo metió al  baño y después de asearlo se lo llevó a su casa.  El susto dio por terminada la fiesta. 

 

Mientras cerraba la puerta, Juan Carlos se cruzó con los ojos de Inés en la oscuridad.

 

-Se nos puso mal don Panchito, chola… ¡Qué tal susto que nos ha dado!… -, le dijo en voz baja por todo comentario. 

 

Inés se dejó abrazar por su esposo y mientras subían las escaleras, sin hablar, aprovechó la oscuridad para esconder un par de lagrimones…

 

Atravesó un estrecho laberinto de casitas a medio terminar… (*)

 

(*) Extracto de la novela Paraiso de los Suicidas

 

 

 

Pero  siguió  corriendo hasta las canchas de fulbito hundiéndose en la tierra muerta. 

 

… ¡Puta madre! …¡Van a encontrar al  Coroto en mi carro!… ¡Ya me jodí! ¡Qué huevón!…  Le voy a decir a la policía que me lo robaron en la Huaca… ¿Cómo hago para ponerme de acuerdo con la Olga? ¡Negra de mierda, boca salada! ¡No debí meterme con esos delincuentes de mierda! ¡Mamá, mamita, no quiero ir a la cárcel!… ¡Mi carrito! Tan bien que me estaba yendo… ¡Qué salado!… Una mierda ese Tirifilo, carajo… ¡Puta madre!… ¿Por qué todos me cagan?… ¡¡Por qué!!…

 

Pasó sin mirar a nadie y se metió de frente debajo de los escombros.

 

-¡Saca, saca!… – vociferó uno que apareció entre un montón de cartones y se le cuadró amenazándolo en el acto con un afilado trozo de aluminio.

-Tranquilo, hermano, no te me acalores… El Tirifilo me mandó a encaletarme…

-¡Puta su madre, blanquiñoso de mierda!… Hubieras empezado por ahí pé y no que te me mandas así de frente… ¿Sabes cuántos se cagan por un jato como éste?… Todos los días hay que mecharse con alguien… Pa’que lo sepas, aquí estamos sólo los más bravos… La lacra duerme allá en el río… – lo examinó de pies a cabeza y continuó – O sea, que… ¿Tú eres el que pasó hecho una pinga en el carrito azul? … 

-¡Sí, compadre! Lo desbarranqué…

-¡Shhh!… ¡Cierra el pico, blanquiñoso! Vamos a mi oficina – y lo invitó a meterse en la Trinchera.

 

La Trinchera era otro proyecto abandonado por la gente de la ESAL en el Pueblo Joven.  La vieja zanja medía como cuatro metros de profundidad, surcaba un extenso trecho a un costado de las canchas y era el hogar de un amasijo de fumones.

 

-Acomódate en este corner – murmuró el tipo señalando un rincón lleno de cartones húmedos.  Sacó a patadas a un sujeto y, después de arrancharle la tola, se la corrió  Betto.  Cualquiera que venga de parte del Tirifilo es bien recibido en mi humilde morada – continuó el tipo sonriéndole con las encías.

-¡Salud pues, compadre! ¿Cuál es tu gracia, blanquiñoso? – dijo otro feo corriéndole una botella de racumín.

-¿Y a ti qué te importa? – respondió Betto aprovechando las circunstancias.

-No te me achores, blanquiñoso. Sólo quiero saber cómo llamarte… Mira, acá todo el mundo tiene su chaplín…  A mí me dicen Cogote… – y aprovechó para enseñarle la enorme cicatriz que tenía en el cuello – Y este deforme que ya parece que está frío  es el Catita.

-¿Qué hay, Blanquiñoso?

-Aquí, medio muerto cómo lo ves, Catita es el ratero más  rápido de la Plaza Unión… – intervino otro anudándose un pañuelo al antebrazo.

-Este huevón hace más billete que un banquero y al toque se lo fuma todo, compadre – continuó el de la cicatriz  despancando un cigarro.

-¡Yo fumo con mi plata, compadre! – replicó el Catita.

-Este que casi ni tiene ñata de tanto que se la han roto es el Cordel – continuó Cogote rompiendo la punta a su tola para calentarla bajo la llama del fósforo y la encendió.

-Con este huevón nunca hay ropa tendida… 

-¡No seas gracioso, Zapatilla de Chola! – reaccionó el aludido.

-¡Zapatilla de Chola será la reconcha de tu madre, ropavejero de mierda! Yo soy Flash o el loco Nike para ti, Blanquiñoso…  Yo laboro la sección zapatillas en Alfonso Ugarte…  Si alguien tiene buenos jebes, me los pongo.

-Aquí es como en las chelis, cagaleche… Crimen organizado, pé… Así no chocamos con la gente y cada quien tiene asegurado su recurso… Es la ley de la Trinchera, blanquiñoso…

-¿Cuál es tu sello pe, gringo ¿No serás gerente de banco, no comparito?…

-No soy gerente. Soy asaltante de bancos – contestó Betto dejando a todos cojudos.

 

Mientras duró la novedad, Betto fue un huésped de honor en la trinchera y por las noches, bebiendo racumín y fumando como chimeneas, le pedían que repitiera los detalles de su hazaña. 

 

- ¡Qué piña, compadre! ¡Tuve que soltar el billete para distraer a los tombos!… Todavía siento el olor a pólvora en mis manos, carajo… ¡Cuánta plata tendría ahora!… ¿Alucinan?…

 

Pero una mañana el cuento se convirtió en historia y no teniendo nada que aportar en la Trinchera fue expulsado de ahí a pedradas.  Le quitaron la ropa, los zapatos y hasta la frazada del Tirifilo. Se quedó en calzoncillos mendigándole a la gente del barrio. Los perros vagos lo correteaban a cada rato y los pirañitas del sector lo despojaban de todo lo que conseguía.

 

Fue aproximadamente a las tres de la madrugada cuando el Tirifilo lo agarró por la cintura justo cuando iba a tirarse al a río.  Habían pasado algunos meses desde la última vez que se encontraron pero Tirifilo, que jamás le quitó el ojo de encima, se lo llevó para su casa  y le dio un catre para que duerma en un rincón cerca al corral. 

 

-No te creas que soy la Madre Teresa, cojudo.  Ni mucho menos soy rosquete para recogerme un huevón de la calle… Lo que pasa es que no quiero salarme y terminar como tú, sin nadie que me dé una mano… Así que ahorita báñate, porque apestas a mierda… Después ya vemos cómo me pagas por el  techo…

 

Se metió al corral y de una jaba sacó una bolsa llenecita de quetes. Esa madrugada  le confesó que él y el Coroto se habían venido a pata desde la Oroya. 

 

-Ese huevón sin ser nada mío me llevó a vivir a la casa de su tía en el Agustino…  Una vieja conchesumadre que  se aprovechó que éramos unos chibolos recién bajados y nos tenía trabajando desde las cuatro de la mañana en el mercado de frutas de San Luis a cambio de  un colchón lleno de chinches. Así estuvimos varios años, compadre… Después de trabajar nos íbamos al Porvenir a asaltar a los borrachos que salían de las cantinas.  Una mañana, la vieja de mierda nos estaba pasando la voz para levantarnos y, como el Coroto acababa de acostarse, de puro asado le metió un empujón y la sacó volando por la ventana.  Aprovechamos que la bruja se retorcía de dolor y nos tiramos tanta plata de la caja fuerte que pudimos haber comprado un par de camiones.  Nos fuimos en ómnibus hasta Cerro de Pasco y abrimos una cantina, causa. Por un tiempo nos fue de la puta madre, hasta que apareció otro sobrino de la vieja y amenazó con tirarnos dedo.  El huevón me atacó con un machete y yo terminé incrustándole el hígado con un cuchillo.  Pero antes de caer, el huevón me cagó esta pierna.  Me guardaron diez años en el SEPA, blanquiñoso…  El pendejo del Coroto vendió todo lo que teníamos en Cerro de Pasco y se regresó a Lima con toda la plata.  Me contaron que abrió una chingana en Magdalena y que el queso lo dejó en la calle…  Cuando salió de prisión el Coroto le prometió que le devolvería su parte.  Por eso dejó que el Tirifilo planeara el asalto con un dato que le pasó la mujer que limpiaba el banco.

     

El Planeta abastecía al público de las cantinas de la Plaza Unión y barrios aledaños a tiempo completo. A Betto sólo le importaba tener un techo y algo para fumar. 

 

Verónica prefería imaginarse a su papá casado con otra señora o en algún lugar lejano… La incertidumbre la desvelaba cada noche pero jamás hablaba de eso con nadie.  Y menos con su tío.

         

-(TV) Vea usted, señorita, el  terreno en ese lugar es demasiado accidentado para llevar a cabo un operativo y la comandancia no puede darse el lujo de perder una patrulla pues, señorita… A pie imposible… ¡Ni hablar!… 

-(TV) A estas horas de la mañana, como podrán apreciar, a vista y paciencia de todo el mundo, estos adictos continúan consumiendo la droga… Y, como hemos visto,  la indiferencia de la policía es sorprendente… Nos acercamos un poco más a ver si podemos hablar con alguna de estas personas… Señor, somos de la televisión…

-(TV) ¡Te corto!… ¿Ah? ¡Te corto, carajo!…

-(TV) Como se habrán dado cuenta este lugar es sumamente peligroso… Esto que vemos aquí es La Trinchera… Según informan los moradores del sector, abajo se esconden los delincuentes más peligrosos… Vamos a intentar hablar con alguno de ellos… ¡Señor! Disculpe señor, somos de la televisión… Bueno… Parece que por aquí nadie quiere hablar con nosotros… Como pueden ver, estos sujetos continúan drogándose como si nada…  Aquí hay un grupo que quiere decirnos algo… Hola, somos de la televisión… ¿Qué hacen aquí?…

-(TV) ¿Qué te parece que estoy haciendo, mamacita?

-(TV) ¿No tienen miedo de la policía?

-(TV) Aquí no llegan los tombos…

-(TV) Nosotros estamos aquí porque aquí está el vicio pe, señorita…

-(TV) ¿Y por qué no regresas a tu casa? 

-(TV) ¡Ja!

-(TV) ¿Usted cree que es fácil, señorita?

-(TV) ¡Aquí nadie tiene jato!

-(TV) ¿Y dónde hacen sus necesidades?

-(TV) En donde se pueda pues, señorita…

-(TV) Aquí nadie puede dejar el vicio, pe…

-(TV) ¿Acaso no tienen una familia o a alguien que se preocupe por ustedes?                   

-(TV) Nadie quiere a los drogadictos, ñorita…

-(TV) Sólo nos queda la calle hasta el final de nuestras vidas…

-(TV) ¿O sea, que están aquí esperando la muerte?

-(TV) ¡Acá nos agarra la pelona en nuestra ley!…

-(TV) Aquí viene un montón de gente de frente a morirse, pe…

-(TV) ¿Y ustedes qué piensan de eso?

-(TV) Yo, ñorita, quiero decirle a todo el que me está viendo… que la pasta es una mierda… Pero lo más triste, ñorita, no es que me vaya a morir aquí… No… Más triste, ñorita, es que en mi  barrio los chiquillos siguen metidos en el hueco…

-(TV) ¡Señorita! ¡Señorita! ¿Verdad que estamos en la televisión?

-(TV) Así es,  señor. Este programa se está viendo en todo el Perú…

-(TV) Entonces, señorita, yo tengo algo que decir…

-(TV) ¿Qué le dirías tú a todo el Perú?

-(TV) Yo quiero decir, señorita, que al igual que todos los que están aquí, antes tuve una familia.  Pero por el vicio maldito lo he perdido todo… Mi esposa, mis hijitas y unos padres buenos que siempre me dieron lo mejor… Hace más de cuatro años que estoy atrapado en este infierno… Pero quisiera aprovechar para pedirle perdón a mi familia y que tengan compasión de mí… ¡Hijitas! ¡Amorcitos! ¡Yo nunca quise hacerles daño! ¡Yo las quiero mucho y siempre sueño con ustedes!… Ese es mi peor castigo, señorita…  Saber que nunca volveré a ver a mi familia…

-(TV) ¿Si tus hijas te estuvieran viendo ahora qué les dirías?

-(TV) Que me perdonen, señorita… ¡Hijitas lindas! Si me están viendo y todavía me quieren un poquito ¡Por favor, perdónenme!… ¡Perdónenme!… ¡Hijitas!… ¡Ayúdenme a salir de aquí!…¡Ya no resisto vivir así!…