(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
¿Qué edad tendrá?… ¡Está igualita!… Con sus ojerotas de mapache, su diente de oro y el mismo cuerpo de señora prematura de entonces… La recuerdo parada con uniforme único en la puerta de mi colegio y un palo de brigadier en la mano… El loco Pita la llevaba a diario para que no fregara la paciencia en su casa y, por joder nomás, la autorizaba a meter palo a todos los que llegaban tarde. Pero la loca de mierda comenzaba a repartir varillazas diez minutos antes de la hora de entrada hasta al más pendejo y por donde le caiga. Uno que otro se le achoraba de vez en cuando y ella les paraba el macho con un segundo palazo. Si le respondían, la loca daba tales aullidos que el Loco Pita salía como una bala de la dirección y le sacaba la entreputa al insubordinado.
Así era mi colegio… Pura acción desde que ponías un pie adentro… No te quedaba otra que contar el tiempo que faltaba para la salida porque sólo en una ambulancia podías quitarte antes de la hora… El loco Pita mostraba orgulloso a los padres de familia el alambrado de púas que había mandado colocar sobre los altísimos muros del colegio. Las madres llegaban diariamente a su oficina a sobornarlo, a suplicarle, a enamorarlo… En fin, estaban dispuestas a todo con tal que el loco reciba a sus hijos en esas aulas repletas de chiquillos indeseables. De acuerdo a la gravedad del caso, la matrícula y la pensión podían ser tanto o más costosas que ciertos colegios privados donde realmente se iba a estudiar.
A los alumnos no les quedaba otra que doblegarse ante las extravagancias del director. Sea la hora que fuera, si el loco Pita veía a alguno merodeando por los huecos, las cantinas o metiéndose en problemas, frenaba su carro en seco, se bajaba hecho un demonio y le sacaba la mierda a patadas. Luego, previo escándalo en el barrio y con el apoyo de los padres de familia, depositaba al infeliz en su casa. Nadie objetaba sus métodos y el loco recibía feliz de la vida cualquier compensación por sus servicios extracurriculares.
Algunos profesores también tenían sus anticuchos y aceptaban sus condiciones resignados a dictar clase sin que nadie les preste atención. En diciembre se abría el mercado de notas, donde cada curso tenía un precio real, contante y sonante. Los pendejos te jalaban a propósito para que tengas que pagar, así que lo mejor era dedicarse todo el año a la vagancia. Por eso, todo aquél que pasaba por mi colegio en su vida volvía a agarrar un libro.
El encargado de negociar las notas era un tinterillo embustero que nos tasaba de una sola barrida con su ojito de coquero codicioso. Las tarifas podían incluir ciertas bonificaciones especiales, que iban desde un panetón con su botella de espumante hasta salir a bailar con tu hermana. Eso sí, los paqueteros tenían un trato aparte porque eran los únicos que le podían soltar buen billete. Después del arreglo, el del ojillo se dedicaba a la venta de panetones y licores en el garaje de su casa en San Miguelito y compartía las ganancias con el loco. Y la cosa no paraba allí, porque el director había inventado un sistema de multas, que podían ser pagadas cortando el jardín de su casa, limpiando los vidrios, lavándole el carro o en efectivo, en el momento de recoger el certificado de estudios… ¡Qué bestia!… El año escolar debía ser un negocio extraordinario, porque hasta había una lista de espera para ingresar a mi colegio. Lo asombroso es que el sistema del loco funcionaba, porque podía mantener dentro del edificio a su inextricable alumnado por unas cuantas horas, cosa que otros colegios de Lima no habían podido conquistar.
En aquellas aulas prefabricadas, sin puertas ni ventanas, se formaron muchas generaciones de malandrines que hoy deambulan por allí sin rumbo. Algunos todavía se acuerdan de mí y me pasan la voz pero la mayoría se sigue de largo con su amargura a cuestas, arrastrando los mismos o peores vicios que entonces. Estoy seguro que ningún ex-alumno del San Agustín ha corrido la misma suerte ¿O sí? No creo. Esas son cosas de Magdalena porque en la farmacia que está a una cuadra del Champagnat jamás le venderían un frasco de Bronquiorgán Jarabe a un menor en uniforme escolar.
Si jamás habías probado una droga, en mi colegio tenías la oportunidad porque la botica de la esquina era más concurrida que el cole… ¡La cantidad de pomos vacíos que sacaban a diario, escondidos en el tanque de los inodoros y en los rincones del patio era alucinante!… Pero el loco Pita ni se inmutaba, porque semanalmente los vendía bien lavaditos a una fábrica que queda en La Victoria.
Sería injusto decir que todos los alumnos de mi colegio eran unos forajidos, porque allí también terminaban la secundaria una cuota de autistas, mongolitos y retrasados mentales que, por alguna razón, habían sido rechazados en los colegios especiales. Carlitos se sabía el nombre completo, lugar, fecha y hora de nacimiento de cada uno de los alumnos del colegio. Por temor al golpe, memorizaba toda información que pudiera protegerlo durante las horas de clase. Su prodigiosa memoria era capaz de hacer cálculos progresivos y regresivos de acuerdo a la exigencia de sus verdugos. Hasta que un mediodía fatal, una ambulancia lo sacó del colegio con ataques convulsivos. La voz que se corría era que el pobre no acertó una de las preguntas del Blanca Nieves. Pero todos sabíamos que le había hecho trampa sólo para sacarle la mierda. Eso sí. A partir de entonces el loco Pita flagelaba al negro públicamente cada vez que se acordaba.
Carlitos pertenecía al grupo de Los Intocables, integrado también por algunos incautos que eran reclutados por un profesor de educación física que fue expulsado del colegio parroquial y que terminó preso por abuso de menores. Arrinconados en su sector del aula, esperaban asustados y en silencio que termine el día para poder salir de allí. Nadie podía meterse con ellos porque se las veían directamente con el director que, cada cierto tiempo, los mandaba a su casa con diplomas y condecoraciones para seducir a los familiares.
Otra minoría que pertenecía a Los Intocables era el grupo de los gays, que iban con el pelo teñido, con pestañas postizas y colorcito en los labios. Caminaban sacando poto con las camisas del uniforme anudadas en la cintura. Eran las chicas del cole y los que mejor la pasaban. Cambiaban de enamorado a cada rato y a la hora del recreo se pavoneaban agarraditos de la mano y le coqueteaban hasta al director. Las peores broncas que recuerdo se armaron por los ataques de celos que provocaban en el patio, y era tal el despelote, que hasta el loco tenía que hacer de mediador para evitar que corriera más sangre. Cada año se elegía a una reina de la primavera y, con permiso de la familia, el loco Pita se llevaba a la ganadora a comer a la calle con cetro, corona y todo…



Very funny! And I bet most of it -as usual- is so dramatically true! The world is a mess, my friend. Let’s laugh about it!
JULIA S.
Paris