¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…

-¡Mamá!… No la jodas, pues…

-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.

-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.

-¿Cómo está, seño?…

-¡Shhh!…  Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…

-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…

-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…

-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…

-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…

-¿Qué más hay de comer?…

-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…

-¡Salud, mami!…

-Estabas con sed, bandido…

 

A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.

 

Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.

-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.

-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…

-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… -  y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.

-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…

-¡Cabeza de toro igual que su padre!…

-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.

-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.

-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…

-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…

-Por supuesto, señora, no faltaba más…

-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.

-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.

-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.

-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.

-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.

-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.

-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…

-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…

-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto  sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era  para  comprar más droga… No me venga con esas, señora…

-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…

-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.

-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo  sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está  acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.

-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.

 

-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…

-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…

-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.

-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…

-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.

-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.

-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…

-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.

-Está bien,  yo le digo…  Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…

 

En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.

 

-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…

-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…

-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…

 

Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.

 

-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.

-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.

-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita!  ¿No tienes una luca?… 

 

Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.

 

-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.

-¡¡Mamá…  Nos están alcanzando!!…

-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.

 

-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…

-¡La cartera!…¡La cartera!…

-¡Mamá!… 

-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…

-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…

-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…

-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.

 

Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:

 

-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…

 

La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas  asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete,  y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.

 

-Con todo respeto, señora…  Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro.  - Y después de golpearse el pecho con brutal energía,  hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó-  A ver toca a la germa nomás,  pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…

 

El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho.  Pero, como tenía buenos reflejos,  volvía a la carga enseguida con más ferocidad.

 

-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…              

-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.

 

Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.

 

-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…

-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.

-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…

-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.

-¡Entra!… ¡Entra!…

-¡Tú mismo eres!…

-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…

-¡Dale, Rostro!…

-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…

 

El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar.  Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para  sostener la frente de su hija.   Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.

 

-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima.  El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.

 

-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! -  tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti…  ¡Mi promoción, carajo!…

 

Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.

 

-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.

-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.

-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…

-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.

-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.   

 

 

 

 

 

 

 

Felicitaciones, señorita… Salió usted sobresaliente en todas las pruebas… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

… Desgraciadamente, el puesto ya está tomado. Por favor,  no se me desanime.  Usted es una chica inteligente.  Permítame que le sea sincero: La gerencia está dando preferencia a las academias de prestigio y a los mejores colegios… No se crea, ¿ah?… Aquí vienen chicas que han estudiado inglés y secretariado en Miami… Mire, usted es guapa y a los jefes les gustan las chicas de buena presencia… Si me permite una sugerencia… ¿Por qué no se hace unos rayitos?… Le favorecerían bastante, ¿ah?… Se toma otras fotos, llena la solicitud y se da una vueltita para ver qué podemos hacer, ¿ya?… 

 

… ¡Ya estoy harta!… ¡Toda la vida lo mismo!… ¡Disculpe señorita pero al huanuqueño del gerente le gustan las secretarias rubias… Usted me perdonará señorita pero  el pituco del vicepresidente sólo le mira la cara a la gente que vive por su barrio… Perdón señorita, ¿adónde queda su colegio?…  Porque no está en mi lista, ¿ah?… ¿Qué tal  si salimos a tomar unos traguitos y así discutimos lo de la vacante?… ¡Estoy cansada de tanta huachafería!… ¿Dónde voy a conseguir trabajo, ah? …

 

Marita y Lalo eran del mismo barrio y, como niños buenos, también bailaron para las visitas en sus cumpleaños. Desde entonces, estaban  resignados a que muchos llegaran con las manos vacías y en las navidades, sus papás reemplazaron prematuramente los juguetes  por la ropa y esas cosas prácticas.  Aquellos domingos que salieron a almorzar a La Querencia y a tomar helados en el Felli, habían quedado como recuerdos de tiempos mejores.  El deterioro que se veía por las calles de veredas rotas y pistas llenas de baches había afectado también las viviendas.  Sus casas -como tantas otras- se habían ido descalabrando poco a poco porque la crisis no deja ahorros para hacer mejoras.  Las capas de pintura vieja se caían como costras de las paredes y los jardines eran devorados por la mala hierba y la tierra muerta.  Nadie puede creer que hacía escasamente un par de décadas, mucha gente se había mudado a Magdalena en busca de un vecindario tranquilo y próspero cerca del mar.

 

El tiempo también había hecho lo suyo por dentro. En aquellos salones dónde hace más de veinte años sus padres celebraron tan espléndidos cumpleaños con piñatas, globos y sorpresas sólo quedaban unos muebles cansados y un penetrante olor a humedad mezclado en el ambiente.  “Pobres pero limpios”, a pesar que a veces tenían apenas para comer, jamás les faltó un par de mudas de ropa para palanganear por el barrio. Y que nadie se entere nada.  Mucho antes de acabar la secundaria ya sabían que no podrían seguir estudiando.  Cuanto más pronto comenzaran a trabajar,  mejor para todos.   

 

-Con un par de botellas de ron blanco es más que suficiente… – dijo Lalo buscándose la billetera en los bolsillos.

-¿No hay algo mejor?… – reaccionó Marita haciendo una muequita de disgusto.

-Ya sé, ya sé… Pero todo está más caro… Estos desgraciados han doblado el precio ¡Claro!… Saben que todo el mundo está con plata y entonces abusan…

-Si no te parece ándate a Tragolandia, nomás… Aquí la gente paga sin reclamar… – dijo piconazo el cholo Herminio.

-¿Tú qué te me achoras?… ¡Despacha nomás, que nadie está hablando contigo, serrucho…

-Lalo es un llorón, no le hagas caso, Herminio… – intervino Marita – Mejor danos una Bacardí de litro… ¿Porqué me miras así?… Yo voy a poner la diferencia… 

-¡Feliz veintiocho, serrucho!… – dijo Lalo entre dientes, mientras salía de la bodega con su botella en la mano.

-Feliz veintiocho para ustedes también y no cachen tanto…

-¿Qué dijo?…

-¿Para qué le das confianza, pues?…

-¿Confianza?… La culpa la tienes tú por andar choleando a todo el mundo ¿Qué?… ¿Te crees gringo con tu mamá trujillana?…. Yo que tengo directo de italiano no me pongo en ese plan.

-No seas picona pues, Ornella  Mutti…  - la cogió de la mano,  cruzaron corriendo la avenida Brasil y subieron a la volada por la puerta trasera de un inmenso microbús de la línea diez.      

-¡Subiendo del estribo por favor, señorita!… – se le oyó desde afuera al cobrador que viajaba colgado de la puerta delantera.

-¿Adónde vamos a avanzar con estas mochilas? ¿Ah?…

-No le hagas caso. Quédate a mi lado, no avances… – dijo Lalo haciendo una proeza para subir un escalón más.

-¡Avancen hacia delante por favor, señores!… – gritó más fuerte el cobrador.

-¿Dónde vamos a avanzar, animal?… – protestó un grupo al unísono.

 

Cuando el microbús paró en la avenida Bolívar el cobrador dejó de joder unos instantes para tratar de subir más gente por la puerta delantera. A pesar del esfuerzo, solamente cuatro o cinco pasajeros lograron subir.

 

-¿En dónde quieres meter más gente, abusivo?…

-¡Sí, señor!… Unos abusivos son… Por necesidad está uno aquí subido, nomás…

-Las seis, qué bacán… – dijo indiferente Lalo mirando su reloj.

-¡Qué emoción!… Si el bus a Canta sale a las siete, sobrado tenemos tiempo… – comentó Marita sujetándose mejor del estribo.

-¡Bajan!… ¡Bajan!… ¡Bajan en el Hospital del Niño!… – se oyó una vocecilla ahogada entre los cuerpos.

-¡Avisando con tiempo por  favor, señores!… – dijo el cobrador haciéndose el sordo.

-¡Bajan, bajan en el Hospital!…

-¡Oye, chofer!… En el hospital baja la señora… – la ayudó alguien.

-¡He dicho avisando con tiempo señores!… – contestó el chofer acelerando justo en la puerta del hospital.

-¡Ay!… ¡Ay!… ¡Bajan!… ¡Bajan!… – gritaba angustiada una viejita que recién aparecía entre la aglomeración.

-¡Le estoy diciendo que avise con tiempo pues, señora!… – repitió insensible el chofer.

-¡Por favor, pare aquí nomás!… No sea malito, aquí nomás me bajo… – suplicó la anciana ahogando el llanto.

-¡Lo siento señora, pero ya no se puede parar hasta el siguiente paradero!… Para la próxima avise con tiempo, pé…

-¡Mira si eres abusivo cholo maricón de mierda!… – le gritó una mujer medio putona con la cara llenecita de lunares.

-¡Es un desgraciado ese chofer!…

-¡No le pague, señora!…

-Sí. No le pague por abusivo al serrano este…

-No hagan problemas y dejen trabajar pues, señores… – dijo el chofer ceceoso ya de tanto pulirse.

-¿Trabajar?… Tú sí que eres conchudo, ¿no?…

-¡Todavía que estos conchudos de mierda están cobrando cincuenta por ciento más, ni siquiera te dan buen servicio!…

-A nosotros nadie nos da gratificación, señor… Comprenda que estamos trabajando  feriado…

-¿Comprender?… ¿Qué mierda vamos a comprender, si siempre están haciendo paros para subir el pasaje?… 

-¡Ladrones!… Eso es lo que son… ¡Ladrones!…

-Deberíamos bajarnos todos y dejarle vacío el micro a estos conchudos…

-¡Claro!…

-¡Yo también apoyo a la señora!…

 

Y todos los que tenían que bajarse por allí cerca aprovecharon para secundar la propuesta.

 

-Eso es lo le tenemos que hacer para enseñarle a esta gente a respetar…

-Tiene razón, señor…

-¡La señora podría ser tu abuela, serrano de mierda!…

 

El microbús no se detuvo sino hasta llegar a la Plaza Bolognesi donde recién pudo bajar la viejita.  La mayoría de los pasajeros se bajaron y de un codazo sacaron del medio al cobrador que, inútilmente, reclamaba el pasaje.

 

Marita y Lalo caminaron por Alfonso Ugarte hasta Caquetá. Eran cerca de las siete de la noche y la avenida reventaba de microbuses de todos los colores y de  cobradores que vociferaban la ruta a todo pulmón.  Centenares de oficinistas y estudiantes pugnaban por subirse a los vehículos, pasando entre decenas de humeantes carretillas muy  bien iluminadas por lámparas de petróleo y repletas de comensales.  Las cantinas al paso estaban llenas de borrachos,  que colmaban de bullicio y de olor a licor el ambiente. Los vagos y los delincuentes empezaban a aparecer entre las sombras.  Por ser víspera de Fiestas Patrias, el puterío empezaba a llegar más temprano y con él sus “puntos” y sus “cafichos”.  Hasta que por fin llegaron a la Plaza Dos de Mayo.

 

-¡Qué miedo, Lalo!… Este lugar es horrible. Mira a toda esta gente… – dijo Marita apretándole la mano.

-No la hagas cráneo amorcito y sigue caminando nomás,  porque se va a poner  peor… -, contestó Lalo haciéndose a un lado para esquivar a una gorda borracha que parecía querer agarrarlo.

-¡Qué increíble!… Esto está llenecito de cantinas… Cuando pasas de día en el micro, los toldos de los ambulantes no te dejan ver lo que hay detrás…  Pero a pie y de noche, sí que ves la realidad…

-Imagínate, mi amor, cómo debe ser esto en la madrugada…

-Te matan. De hecho, que te matan…

-Dice Betto que un día que estaba sin carro, se metió en una de estas cantinas a chupar con los vendedores de su zona. Llegaron a las tres de la tarde y salieron como a las dos de la madrugada, borrachazos hasta las huevas…

-¡Qué malogrados!…

-¡Malogradasos, mi amor!…

-¿Les pasó algo?…

-Ah, sí. Dijo que cuando salieron a buscar un taxi un culo de resinosos se les acercó intentando venderles pasta y ellos les compraron… Dice que estaban tan borrachos, que se peleaban a gritos por prenderlo primero… Cuando los resinosos computaron que estaban de más, un solo chato con un cuchillazo terminó asaltándolos… Betto sólo se acuerda que partió la carrera hasta el colegio María Auxiliadora. Allí, se subió solito a un taxi y dejó a los otros patas a su suerte…

-¡Qué rata!… ¿Ese es tu amigo?…

-Es sólo un compañero de trabajo nada más… Pero en asuntos de tragos y prendidas no puede haber lealtad. Mantienen la farsa de la amistad hasta cierto punto, nomás.  Después, ellos solitos se dan a conocer. A esa gente lo único que los une es el vicio…  

-¿Tú qué bien sabes, no?…

-Eso cualquiera lo sabe, mi amor.  A la hora de la hora sólo se salva el pellejo…

-Hablando de la hora, ya creo que nos jodimos Lalo. Mira la hora que es.  No debimos bajarnos del micro… ¿Y si ya perdimos el bus?…

-¡Eso ni cagando!… Hora peruana, mi amor.  Si dicen que parten a las siete, entonces con suerte es a las ocho. Te apuesto a que sí llegamos. Además, está muy bien habernos bajado.  Llegan al pincho esos microbuseros por abusivos…

 

Efectivamente,  en la agencia Cantamarka se enteraron que el bus estaba retrasado y que tendrían que esperar por lo menos una hora más. Al igual que los demás pasajeros, Lalo tiró su mochila al piso y se sentó encima. Marita, lo imitó y se acurrucó junto a él. Desde el suelo el panorama era distinto. Rodeada por aquellos pasajeros, que dormitaban tan confiados,  por fin se sintió a salvo.  Mientras uno que otro seguía el ritmo de una chicha, que venía de una radio a transistores,  Lalo abrió la Bacardí y después de tomarse un trago le pasó la botella a Marita.

 

-¡Aj¡… ¡Aj!… -, soltó ella sacudiéndose de asco. Uno de los pasajeros le sonrió y continuó arrullándose con la cara pegada a la pared. 

¡Ya basta de comer basura!… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de Los Suicidas”

 

 

La gente piensa que estoy loco… ¿Tendrán razón?…  Gracias a mi tía, que no sé de dónde conocía a un diputado, pude cobrar la pensión de mi viejo. Aunque no alcanza ni para mierda es mejor que nada… Ya no fumo; se me fueron las ganas… Tampoco bebo… El trago me enloquece y la soledad me mata… ¡Qué suerte que todavía tengo la casa!… Aquí me quedo aunque me duela…

 

Lo que más me gusta es salir a caminar temprano.  Especialmente cuando hay neblina y el ambiente está cargado del  aroma que sube desde la orilla…  Y jugar a que todo desaparece…  No veo el mar pero sé que está allá abajo, esperándome… La pileta, la gasolinera y la rotonda también se esconden en el denso vapor que viene del océano y confunde hasta a los voraces pelícanos, que terminan pescando dentro de los cilindros de basura.  Al fondo, se distinguen las luces de un vehículo del serenazgo haciendo la última transa de la madrugada. De pronto, un par de micros se abren paso por Pérez Aranibar haciendo carrera. El más pequeño entra a la avenida Brasil contra el tráfico y llega primero al paradero. A gritos y empujones,  el cobrador embute a los soñolientos pasajeros dentro del vehículo y el chofer, temerario, continúa su alocada carrera y se pierde en la bruma detrás de su rival…

 

Las campanas repican raquíticamente anunciando la Misa de siete. Solo una que otra viejita -de esas que ya se están despidiendo del mundo- acude al llamado… Mejor me apuro para llegar antes que el padre Doménech a la puerta del convento de Santa Eufrasia… ¡Me encanta joderlo!…  ¿Sabrá quién soy?… 

 

-¡Alabando al Señor, hombre!…, me dice cada vez que lo sorprendo canturreando.

 

Desde que era chiquito me da pena porque se esfuerza un montón para disimular su soledad… Pero se me pasa rápido porque sé que las hermanitas del Buen Pastor lo engreirán con un opíparo desayuno.

 

El mercado de Magdalena es el único lugar dónde nadie botaría la taza en la que me tomé un café con leche. Aquí todavía soy un cliente. En estos puestos de relucientes mayólicas blancas se puede comer barato y compartir asiento con la gente que abunda por los alrededores: ropavejeros, verduleros, gasfiteros y albañiles; vendedores de pasta, policías y rateros; maricones y buenas cholas; viejos y viejitas en la más lamentable precariedad; locos y locas vestidos y calatos; putas, indigentes y borrachines; pirañitas y escolares de toda edad… En fin, con todo aquel que disponga de unos cuantos Soles para su menú.

 

Una tarde el Gallina – flaco peligroso y conocido vendedor de pasta básica de la Huaca Wonda – se estaba contando un chiste canero sobre la rabadilla de los pollos cuando no sé por dónde aparecieron un par de agentes que lo agarraron a golpes.  En medio de la trifulca, su plato fue a parar al suelo y unos perros vagos se lo devoraron en segundos.  Oyendo el eco apagado de cada golpe de pronto temí que mi apestado semblante les parezca sospechoso.  Cualquiera de nosotros corría peligro con las garantías constitucionales suspendidas así que, calladitos nomás, miramos para otro lado y seguimos comiendo. Cuando los rayas le sacaron la barca del fundillo lo soltaron en el acto y se fueron arranchándose el paquete como si nada.  Allí se quedó el pobre diablo, retorciéndose de dolor en el inmundo charco de sus excrementos… 

 

Magdalena está hecha una mierda. Las calles amanecen alfombradas de palillos de fósforos, de colillas renegridas y de los trocitos de papel periódico que los paqueteros usan para envolver la droga… El viento del barranco los levanta por las tardes como a polillas, vapuleándolos de un lado a otro con la tierra muerta, que se arrastra en remolinos a lo largo del malecón…  Cada papelillo cuesta como una quina… Pero el precio puede ser mayor… ¿Un tajo en la cara?… ¿Una chantada de culo?… ¿La plancha de tu vieja?… ¡Doy fe!… ¿Y el riesgo que se corre cada madrugada? Igual es por el día… Ni un miserable loco está seguro porque los pirañitas son los depredadores de la indigencia… La ferocidad del ataque de un niño hambriento y adicto de verdad que te caga.  Entre seis me agarraron el otro día y me robaron íntegra la pensión  ¡No me dejaron ni los zapatos!  Me siguieron cuando salí del banco.  Ahora para cobrar mi cheque tengo que caminar como treinta cuadras hasta la agencia de Pueblo Libre… ¡Que se queden en la esquina esperando a otro idiota!…

 

¡El desfile escolar!  Un batallón de colegiales marcha con desgano siguiendo el desafinado compás de seis tarolas, una docena de cornetas, un par de platillos y un bombo parchado. Pasan por el jirón Grau hasta llegar a la tribuna de honor en la puerta del municipio… Batuta en mano, el flaco Giannolli sigue el ritmo con desinterés mientras se fuma un cigarrillo. Detrás de la banda se aproximan los alumnos en orden de tamaño.  Ninguno se toma en serio el desfile. Pasan conversando y jaloneándose delante de la gente.  Mientras más los miran, peor se portan.  Un flaco narigón y desgarbado le mete la mano al poto al que está adelante y el gordo bajito a su derecha se saca el chicle de la boca y se lo pega en la melena.  Aprovechando que  Giannolli se prende otro pucho, dos de los más grandes rompen fila y se esfuman entre el mar de mirones.

 

En la esquina con Tacna, los lava carros esperan clientela jugando ludo con unos vagabundos que beben a pico acostados en la vereda.  Todavía está allí el viejo Chanca.  Los deja limpiecitos por dentro y por fuera. Mi papá se lo llevaba a la casa y el cholo iba feliz porque siempre le caía un lonchecito con la lavada.  Agachaditos, como a media cuadra,  un grupo de fumones se corre una tola a vista y paciencia de todo el mundo. De pronto, un par de  amanecidos atraviesa un batallón de escolares y se acerca a uno de ellos. Después de discutir un rato el sujeto se pone de pie sin soltar su tola, se dirige hasta un montículo de basura, mete el brazo debajo de la inmundicia y les alcanza unos cuantos quetes directo en la mano.  “¡Misios de mierda!  ¡Pa’ la próxima, si el billete no está completo ni se acerquen!…”, amenaza el desdentado mientras hace una seña con la cabeza para que los dejen pasar.

 

Ya casi es mediodía y en la esquina la gente se gorrea los titulares en el quiosco de periódicos.  Un nuevo batallón de escolares se une al desfile arrastrando los pies con contagiante modorra.  A la altura del Aspirantado Salesiano, una covacha levantada con frazadas y palos de escoba tiembla frenéticamente y se viene abajo.  Y emerge, calata de medio cuerpo, la  borracha que merodea por el bar Sakimi montada en un sujeto. Juntito a ellos otro espera su turno, empapadito en sudor, corriéndose la paja y fumándose una tola. De pronto, la mujer da la vuelta, le arrancha el tabacazo, se lo  coloca entre los dientes y le sostiene el miembro para continuar con el trabajo.  En medio de la risotada general un chato cincuentón, que está en la esquina opuesta confundido entre el público, cruza la pista requintando con aires de empresario y coloca la frazada nuevamente en su sitio, asegurándola con una piedra.  Luego, regresa rápidamente a su corner donde se queda maldiciendo por  haberse perdido el desfile del batallón de las chicas de tercero de media del Miguel Grau.

 

Malandrines de otros barrios llegan a diario a Magdalena en busca de plata para drogarse y se quedan a vivir por las calles que circundan el mercado y el parque Túpac Amaru  ¿Será que en los penales se han corrido la voz que Magdalena es un buen lugar para recursearse? ¡Porque están por todos lados!…  Arranchándole el monedero a una pobre tía, paqueteando o planeando cómo vaciarle la casa a un vecino… ¡Puras chacaladas!… Un botellón de racumín en Poblete cuesta sólo una quina y entre los matorrales del colegio parroquial o en la puerta de la iglesia, pueden acostarse conchudamente a dormir la mona… ¡Magdalena es una fuente inagotable de recursos! Con tanta ropa tendida en los cordeles y tantas bicicletas asomando por las cocheras de los chalecitos; con esas invitantes ventanas semiabiertas que dejan  pasar la brisa del mar; con sus edificios llenitos de tubos fluorescentes, que son tan fáciles de sacar y revender en las peluquerías que circundan el mercado y con esos vecinos que caminan confiados por su barrio sintiéndose  seguros cerca de casa… Dicen que “Mosca loca” ofreció pagar la deuda externa a cambio de su libertad… ¿Será posible que un narco tenga tanta plata?…  El otro día agarraron al Loco Perochena fumándose su botín de lo más tranquilo en la Huaca.  El soplo lo dio El Borrado a cambio de unas ligas y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver… ¿Qué, la policía no se había dado cuenta?…  ¡Ni hablar, pues!

 

Esta mañana mientras desayunaba, escuché la conversación de dos jugadores cuyos nombres prefiero no volver a mencionar.  “Anoche me armé una tola cargadasa con todo lo que tenía y cagándome por prenderla me fui hasta la comisaría… Y el alférez Batistini se la empujó solito… ¡Conchudo ese huevón para prendérsela en el patio de la comandancia!… ¡Hubieras visto cómo se la fumaba! ¡Hasta vomitó el puta!…”, dijo uno sorbiendo su café de a poquitos.  “Una mierda eres causa, ¿ah?… ¿Cómo le haces eso al pobre tombichi que es más débil que la puta madre? …”, protestó el otro con la boca llena. “Por lo mismo pé, huevón… Cuando pidió más, le batí hacer un allane… Esa era la idea pé, cojudo…”, contestó jactándose de su ingenio. “No sé causita… Pero un día solito te vas a joder por andar chocando con la gente… Acuérdate de lo que te digo, huevón…”, cortó el otro con recelo. “Todo estaba bien craneado… ¿Crees que soy nuevo, huevón?…. ¡Yo no choco con la gente del barrio!… El operativo fue en otro lado… Y al toque se apuntó el rateraso de mierda del tombo Salinas que llegó con ganas de prenderse… El loco del alférez al toque lo mandó a sacar el único patrullero que funciona y nos fuimos hechos una pinga con sirena y todo… ¿A que no te imaginas en dónde se le ocurrió parar al maldito del Salinas? …”, preguntó levantando la voz al notar que estábamos atentos. “No sé causita. No tengo la menor idea…”, contestó el amigo fingiendo que había perdido el interés.   “¡En Renovación pé, huevón!… El patuto se detuvo quemando llantas en la puerta del callejón… Los zambos al toque zafaron culo y chorrearon la merca… Mientras el  alférez recogía la barca del suelo, el loco Salinas sacó su chimpúm  y   gritaba hecho un pincho:  ‘¡Al primero que se me mueva me lo quemo, carajo!…’ Y el huevón rastrillaba  su maraca… ‘¡Al primero que haga un gesto le meto el cuete por el culo, carajo!’…, ladraba a todo pulmón…  ¡Puta su madre!… Los negros se pusieron blancos de miedo y no dijeron ni mierda… Y el Salinas se seguía sadiqueando, repartiendo patadas y cachazos a quien se atrevía a mirarle la cara, causa… Tendrías que haberlo visto… Ese tombo maldito es un salvaje…”, dijo mirando alrededor como pidiendo la aprobación de todos…  ¿Y ustedes qué hacían?…”, preguntó el amigo recobrando el interés.  “El alférez se quedó en el patrullero haciéndose la caca de sólo pensar en fumarse toditito ese queso… Y yo en caleta, nomás… No vaya a ser que alguien me saque y me joda pa’ toda la vida… El Batistini arrancó el patrullero ni bien se subió el Salinas y con luces, sirena y todo corrió sin parar por todo Manco Cápac hasta la Costa Verde… Todo el mundo nos abría el paso, causita… ¡Qué rico!…”, se detuvo para toser y escupir un gargajo de comida porque ya se estaba atorando por la euforia. “… ¿Y se quedaron de boleto toda la noche?…”, preguntó el amigo saboreando la situación. “Tás huevón,  compadre. Yo ya no estoy en esa nota…  Fue sólo una gauchada que le pedí al alférez para salir de misio… ¡No tenía guita para invertir, hermano!…  Aveces uno está con el diablo en el cuerpo y se la fuma toda, pé…  Así que caballero nomás, tuve que ir a pedirle una mano al tombo… De pasada le pagué su semana, pé… Fumamos un rato en la Herradura y me quité pa’ Magdalena en taxi… La gente está con guita en Fiestas Patrias y prefiero aprovechar… ‘Toy juntando el billete pa’ sacar a mi germa de la carceleta del Palacio de Justicia… Si me trasladan a la gorda pa’ Chorrillos la cagada, hermano…  Todavía me quedan cuatro hijos chicos, pe’… ”.

 

De repente, su cara afilada y grasosa me trajo pésimos recuerdos. Tenía que huir de allí…  Así que, esquivando a la gente, me alejé a tranco largo y crucé las pistas sin mirar… Eché a correr para ponerme a salvo y llegué hasta el malecón… Me paré justo al borde del abismo… ¡Pero no tuve valor!… Y lloré por ti, Magdalena, porque  no tienes salvación…     

6:00 PM AIWA…6:00 PM AIWA… 6:00 PM AIWA… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Oscilaba en la pequeña pantalla digital del mini componente que Lalo estaba pagando en partes a una mujer que vendía contrabando de Arica.

 

-¡Qué flojera!… – bostezó echando unas cuantas lágrimas-  Un baño y me voy a ver a Marita.

 

Lanzó un par de bostezos más,  se secó los lagrimones con la manga de la camiseta y rascándose una nalga abrió la ventana.

 

-¡Mierda, qué colores! …

 

Un ciento de metros hacia abajo, las olas se estrellaban contra los riscos y se podía escuchar el rugir de la Mar Brava.  Los espigones de contención, que fueron construidos como parte de un antiguo proyecto para unir La Punta con Chorrillos, no pudieron detener la erosión marina que en los últimos años había carcomido inexorablemente el malecón Castagnola.  Casi todo el parque había sido reclamado por el mar y lo que aún se mantenía en pie fue declarado zona de emergencia. No obstante, temerarias parejas de enamorados todavía retozan por las noches en lo que queda de un muro al borde del abismo. Hasta aquí llegan los despechados, los deprimidos, los derrotados y los asqueados de la vida para terminar con su miseria. Esta cadena de malecones en ruinas que se extiende desde Espinar hasta el puericultorio Pérez Araníbar ha sido rebautizada por los vecinos como  “El paraíso de los suicidas”.          

 

La neblina llegaba densa desde mar y el sol había teñido el cielo de rojo. La isla San Lorenzo parecía arder en llamas y finas nubes de color naranja se dibujaban en el cielo mientras asomaban las primeras estrellas de la noche. 

 

… Sin mi ventanita, éste sería sólo el cuarto de la chola en la azotea… El frío, la neblina y la lluvia lo atraviesan como coladera… ¡Pero yo de aquí no me muevo!… ¡De la puta madre el atardecer!… No hay uno igual que otro… ¡Qué suerte tener esta vista, carajo!  Claro que si mi viejo subiera se deprimiría tanto que sería capaz de meterse en la cama por lo menos un par de semanas…

 

Lalo vivía en una pensión para estudiantes provincianos y nunca tuvimos claro qué  hacía metido allí.  Ni bien llegó, lo primero que le llamó la atención fue el nombre pintado con letras azules en el cartel colocado en la puerta de la entrada: GRACYAL. 

 

-Vaya nombrecito… -, dijo encendiendo un cigarrillo para darse valor como hacía siempre que entraba a algún lugar. 

 

Después se enteró que  el curioso  apelativo era el resultado de unir las primeras sílabas de los nombres de sus propietarios.

 

-Buenas tardes, jovencito, ¿qué le podemos servir hoy? Tenemos menú ejecutivo, regular y platos especiales… Diga usted… – le soltó a quemarropa don Alfonso.

-Buenas tardes, señor. Estoy buscando a Fernando La Madrid… – dijo Lalo dejando su maleta en el piso.

-Retire esa maleta del camino, por favor… – dijo señalando el objeto con la punta del pie al ver que un par de clientes asomaban por la puerta.

-Muy buenas tardes, caballeros   ¿Qué les servimos?

-Dos menús regulares nada más, don Alfonso… – interrumpieron un par de estudiantes lentudos y de aspecto humilde, que luego de atravesar el salón, se colocaron en una mesita junto a la ventana y en su recorrido dejaron un olorcillo a pan rancio en el ambiente.

 

-¡Santos! ¡Santos! … – gritó de repente don Alfonso con nerviosa insistencia – ¡Dos chichas para la uno!  ¡Apúrate, que hay más clientes!…

-Dos chechas saliendo para la ono, siñors… – contestó de buen humor un cholito de aproximadamente unos dieciséis años bien bañado y peinado, pero todavía oliendo a pezuña.

 -Fernando La Madrid no está, señor… Todos los muchachos se han ido a estudiar… – dijo don Alfonso dirigiéndose a Lalo.

-Mire señor, en realidad yo no conozco a Fernando sino a su primo, Sandro…  

 

Pero ya don Alfonso había volado a la cocina para traer un par de ensaladas.

 

-¿Cómo decía usted?… – preguntó acercándose a Lalo nuevamente.

-Me han dicho que aquí alquilan cuartos y quisiera saber si tiene uno disponible… – continuó Lalo mientras seguía a don Alfonso nuevamente hacia la entrada.

-Todo está lleno… Aquí siempre todo está lleno, joven… – le contestó mirando con angustia a un grupo de muchachos de la universidad  vecina que pasaron de largo.

-Bueno. Cuando tenga algo disponible, ¿sería tan amable en dejármelo saber?… – le dijo Lalo resignado entregándole su tarjeta.

-La mayoría de los muchachos que viven aquí trabajan y estudian, ¿a qué se dedica usted, jovencito?… – le preguntó de pronto mirándolo de pies a cabeza.

 

Lalo entonces tenía veintiún años, medía aproximadamente un metro ochenta y era más bien de contextura delgada. Tenía los pómulos prominentes,  los labios delgados y  la sonrisa amplia, con unos dientes grandes y bien cuidados. Sus cabellos eran castaños  y largos.  Los ojos café debajo de un par de cejas superpobladas y el tenue bigotillo sobre sus labios, le daban  un aspecto singular.  Don Alfonso frunció el seño y volvió a mirarlo con detenimiento. Él, que se consideraba un conocedor de juventudes,  no encontró en Lalo nada que le fuera familiar.  Definitivamente, era un bicho raro.

 

-Soy vendedor de productos farmacéuticos. Trabajo para La Química…

-Entonces, me tiene que traer una carta de su empleador y una fotocopia de su último sobre de pago… – dijo cortante el viejo sin dejar de mirar angustiosamente para la calle.

-¿O sea que sí tiene un cuarto?…

-No he dicho eso. Tiene que traerme lo que le he pedido para tenerlo en cuenta por si acaso…

-Buenas tardes, don Alfonso… – interrumpió un grupo de muchachos pidiendo mesa para ocho.

 

Don Alfonso con media frente enrojecida voló al salón para juntar un par de mesas.

 

-¡Santoooos!… ¡Santooos!… – gritó desesperado.   

-¡Voooy!…¡Voooy!… – contestó el cholito remedándolo desde la cocina. Los recién llegados festejaron la ocurrencia.

 

Con los clientes a su favor, el cholo Santos entró al salón airoso cargando una bandeja con ocho chichas moradas. Don Alfonso lo odió, pero prefirió salir corriendo por las ensaladas.  Mientras Lalo seguía en el recibidor esperando la oportunidad para concluir su conversación con don Alfonso,  una voz familiar que venía del segundo piso llamó su atención. Hablando en voz alta, bajaba de las escaleras Pepe-Caca.  Llevaba un cepillo de dientes en la mano y puesta encima una gruesa camisa de pijama a rayas. Calzaba zapatos negros y el pantalón verde del uniforme de la Guardia Civil.

 

-¡Pepe!… – exclamó con sorpresa Lalo al verlo.

-Lalito Rivadeneira, ¿qué te trae por aquí?…

-No sabía que vivías aquí, compadre… Estoy buscando un cuarto pero me dice el señor que no tiene ninguno disponible…

-¿Cómo que no hay? ¡Oiga don Alfonso!…¿Qué es eso de que no hay cuarto para mi amigo?… – dijo sacando su voz de tombo – Si Jorge Peña se va este viernes… – le recordó.

-Si,  pero ese cuarto es muy caro… – contestó don Alfonso sin dejar de mirar para la calle.

-¿Y quién ha dicho que mi pata no tiene  para pagarle?… – continuó guñándole un ojo a Lalo.

-Que me traiga lo que le he pedido y después hablamos… – y otra vez entró volando a la cocina.

-¿Tú crees que me lo alquile?…

-¡Claro, hombre!… Si aquí no viene nadie. Esas huevadas te las dice el viejo para hacerse de rogar. Como es el cuarto más grande el pendejo se lo quiso alquilar a una pareja de viejos, que por lo visto, no va a regresar. El tío está loco… No te preocupes que sí te lo va a dar.

 

Y así fue como Lalo, con sus escasas pertenencias, se mudó unos cuantos días después al cuarto mejor ubicado de la pensión. Don Alfonso no hizo caso a las protestas de los que reclamaban tener preferencia para el traslado por antigüedad.

 

-¿Qué me reclaman?… Además, ese muchacho trabaja en un laboratorio y ustedes no pueden pagar lo que cuesta… Esa habitación es muy cara, muy cara… -les decía, pensando con satisfacción en el buen negocio que acababa de cerrar.

Devorando braguetas con los ojos… (*)

 

(*)Extracto de la novela “Paraíso se los Suicidas” 

 

… Esperamos que se abra la taquilla del cine para tener un ratito de intimidad.  Y cuando no ligamos con nadie, nos colamos al balcón y aprovechamos el pánico…

 

-Permisito, por favor…

-Ay, disculpa flaquito que voy a pasar…

-¿Este sitio está ocupado?… 

 

… Puta, los huevones se mueven tanto en el asiento que parece que les picara el poto, compadre.  Gimen despacito en tu oído y se te pegan poco a poco, solapas, sobre todo en las escenas explícitas… ¡Nunca falla!… Justo cuando algún arrecho de la platea grita: ”¡Cáchatela, huevón!”, aprovechan para meterte la mano entre las piernas. Y tienen suerte, porque hay un montón de pajeros y de arrechos que atracan.  Pero se la juegan, ¿ah?, porque también los mandan a volar de un solo “¡Conchetumadre, maricón de mierda!”.  La gente aprovecha ese momento para gritar lisuras, zapatear y aplaudir a risotada limpia…

                       

-No es que tenga nada en contra, ¿ah?… Pero aveces uno no está de humor para ciertas cosas…

-Eso es lo más divertido de ir al cine, ¿no ‘ñorita?…

-La función de media noche es una de las pocas distracciones para caballeros…

-Es un abuso, oiga usted, que siempre tengamos que soplarnos los mismos cortometrajes… No hay respeto… ¡Ya deberían variar, pues!… Con lo cara que está la entrada, ¿no?…

-A la salida, los casados se van derechito a brincarse a sus mujeres y los solteros a correrse la paja nomás, pe…

-Más respeto con la señorita oe, pe…

-Aunque no faltan esos que salen directo a culearse a cualquiera que se cruce en su camino a esas horas…  

-Guarda con la señorita oye, animal…

-No se preocupe, señor…

-La verdad, señorita, es que sólo están buscando la oportunidad para colarse nomás…  Andan merodeando el balcón porque en la platea los tombos tienen sus asientos reservados con cadena y todo…

-Y los chibolos están esperando que alguien se haga pasar por su pariente.

-Si entran acompañados de un adulto ya no es nuestro problema, señorita… Aquí no les vendemos entrada a los menores de edad… Una no va a arriesgar su puesto de trabajo, ¿no?…

 

Jorgito, el padre de Pepe-caca, era contador de un grupo de pequeñas empresas cafetaleras y vivía arrimado con su familia en un departamento del edificio Portofino. La gente lo conocía como un hombre correcto y de pocas palabras. Cada vez que cobraba, separaba lo necesario para los gastos y reservaba mucho más de la mitad para la función de media noche.  La esposa, -que de vez en cuando se compraba un par de medias con el dinerillo que sacaba de los queques que dejaba a consignación en las bodegas del barrio- pensaba que cada centavo invertido  en el esparcimiento era un gasto inútil  pero reconocía que era preferible a que despilfarrara el dinero en parrandas.

 

-¡Qué le vamos a hacer! Todos los hombres tienen sus vicios…  Al menos éste no es tan malo…

 

La gorda Yolanda decía que lo curioso es que Jorgito no se preocupaba en alentar su afición por el séptimo arte en sus hijos.  “Eso no es para ti… Tú mejor sé ingeniero, Pepito…”, decía mientras le apretaba nerviosamente el hombro con la yema de los dedos.  Tampoco le gustaba hablar del asunto con nadie y siempre terminaba culpando de ello a la modernidad.

 

-¿Qué tal la película?…

-¡Es una lástima que ya no hagan buenas producciones como antes!…

-¿Cómo se llamaba?

-Ni me acuerdo… -, le contestaba a su esposa escupiendo el enjuague bucal, mientras se examinaba las ojeras en el espejo del botiquín.

 

Jorgito era de los que se prestaban para adoptar chibolos en la cola. Su aspecto de tímido oficinista inspiraba confianza y siempre conseguía empatarse con alguien en la platea. Ni bien se apagaban las luces, descorría las braguetas con habilidad y golosamente se metía todo el contenido en la boca. Una vez satisfecho, chorreaba con discreción un billete en el bolsillo de su acompañante.

 

Pero como Magdalena es chica – y las lenguas largas – todo cambió una noche en que un compañero de andanzas le arregló una cita en el cine.  Se sentó en el lugar convenido y entró en acción inmediatamente. Cuando Jorgito, exhausto y sonriente, colocaba un par de billetes en el bolsillo de su cita a ciegas, se armó una trifulca de tales proporciones que tuvieron que suspender la función.  A duras penas, un par de tombos lograron reducir a Pepe-caca que, aún esposado, pugnaba por seguir pateando el cuerpo inerte de su padre.

 

Jorgito se fue a vivir a un hotel en el centro y como la familia no tuvo  recursos para desaparecer del mapa, se quedó en el Portofino soportando el chisme y la humillación con la dignidad que le quedaba.  Después de un tiempo los vecinos se olvidaron del asunto pero los chicos terminaron la secundaria resignados a ser el blanco de las burlas y de los comentarios perversos en el colegio.   Pepe, que desde entonces se convirtió en un tipo  violento y abusivo, estaba obsesionado con la idea de volver a encontrar a  su padre in fraganti y terminó aficionándose también a las funciones de trasnoche…  

¡Puta su madre!… ¿Cuándo me compraré carro?… (*)

 

 

 

(*)Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

… Con este maletón ningún micro quiere parar… Y Para variar, ya llegué tarde otra vez… Si no me subo como sea al próximo que pase, me jodí… – requintaba Lalito Rivadeneira parado en medio de la pista decidido a detener como sea al siguiente microbús – ¡Qué lechero!… Ahí vienen dos casi vacíos…

 

El primero se siguió de largo y el segundo le tocó bocina para que se salga del camino y pasó tan cerca de él que lo despeinó.

 

-¡La reputa que los parió, serranos de mierda!… ¡Ojalá que se estrellen en la esquina, hijos de la gramputa!… -, gritó metiendo una de esas patadas de karateca que jamás le ligaban delante de los patas del barrio. 

 

No le quedó otra que partir la carrera sorteando aparatosamente los carros en la avenida Brasil.  Cuando se detuvo en la Javier Prado, estaba empapadito en sudor y la gente al verlo se alejó haciendo muecas de asco.  Pero Lalo se  hizo el cojudo y los ignoró, sacó su pañuelo y con la camisa semiabierta se secó el pecho y la espalda delante de todo el mundo.  Se fajó bien los pantalones, se ajustó el nudo de la corbata y se puso los negrísimos Cats antirroches con todo y neblina y encendió un cigarrillo dispuesto a tirar dedo.  Un auto se detuvo en seco y desde el interior alguien le hizo señas para que se acercara.

 

-¡Puta, pero qué suerte!…

-¡Sube rápido pues, huevón!…

 

El conductor arrancó quemado llantas y haciendo rugir el motor.

 

-¡Por mi madre que tú estás rayado, chiquillo!… ¿Tirando dedo a estas horas?

-Compadre, no quiero volver a llegar tarde a la chamba…  Héctor me está mirando mal desde hace días…

-¡Cómo alucinas, chibolo!… Ese Héctor mira mal a todo el mundo… No te hagas paltas por eso, chiquillo… – y subiendo el volumen de la radio, pisó el embrague y metió la tercera.

 

A las ocho en punto de la mañana, El Chapu terminó su reporte del mar.

 

-¡Puta, ya me cagué!…

-Tranquilo, chibolo, no te me alteres que ya estamos en camino… Relájate, ya casi llegamos. Alucina, más bien, que en lugar de irnos a trabajar estamos bajando a correr olitas en la Pampilla… ¿Ah? Te apuesto que con este clima, un culo de patas ya están entrando al mar ¿Tú qué crees?…

-¡De hecho, cuñadito!… Yo tengo un pata que ahorita mismo se está bajando la primera olita… ¡Y después el loco se va a su chamba!…

-¡Qué rico compadre! ¡Esa es la voz!

-Es que Christian chambea en la compañía de su viejo, pues… Así cualquiera, ¿no?  

-No me digas que conoces a Christian Villavicencio… ¡Si ese huevón es de mi barrio, cojudo!…. ¿De dónde lo manyas?

-Un pata lo conoce… – contestó Lalo ruborizándose-  Un día nos jaló del Silencio…

-¡Puuuta!… Christian y yo somos como hermanos, compadre ¿Te has ganado con la hembrita que se maneja ese pendejo? ¡Puta, que la flaca es de revista, chibolo!… ¡Tiene un culaso!…

-No. A su hembrita no la manyo… – cortó en seco y lanzó la colilla del cigarro por la ventana.

-¡Puta!… Yo paro con toda esa gente, compadrito…

 

Betto sujetaba con una mano el volante y con la otra se daba masajes en el cuello. Aprovechó la luz roja para girar rápidamente la cabeza de izquierda a derecha y  abrió la boca un par de veces seguidas blanqueando los ojos.  Sólo después de sacarse un sonoro conejo de la mandíbula se le dibujó nuevamente el rostro. Lalo  levantó una ceja y fijó la vista en el camino para esconder una risita burlona. El carrito azul cruzó La Vía Expresa, pasó a tres combis, adelantó a un camión, se pegó hacia la izquierda, llegó a República de Panamá y entró al sótano de un moderno edificio de ocho pisos. 

 

-¡Muchas gracias, compadre!… ¡Te la debo!… – gritó mientras se alejaba corriendo hacia la entrada principal.

 

…¡Puta, qué salado!… No debí decirle que conocía a ese huevón, carajo. Ojalá que nunca le pregunte por mí…  Ese cojudo no habla con misios… ¡Qué salado!… ¿Quién iba a imaginarse que ese huevón era de su barrio?… ¡Puta, qué roche!  No me acordé que Betto antes vivía del otro lado de la Brasil… Seguro que está pensando que soy un palero… ¡También que yo cuando me toco de nervios hablo cualquier huevada, carajo! … ¡Chapu de mierda!…  Ese Christian ni se acuerda de mí… O se hace el loco… Total, ¿a quién chucha le importa ese huevón?… Cuando me compre mi carrito ni lo voy a mirar…  

 

Entró al salón de ventas, tiró su informe en la mesa y con las mismas corrió hasta el ascensor. Se bajó en el departamento de personal donde todos los empleados estaban  recibiendo su panetón y el sobre con el aguinaldo.

 

-¡Ahora sí, compadre, voy a dar la cuota inicial para mi carrito!…

-Yo de una vez le voy a comprar a mi mujer la lavadora de mierda para que ya no me joda…

-Yo,  como siempre, me voy con mis hijas a Camino Real… 

-¡Sí, cuñao!…  Lo primero que va a hacer éste es irse de frente al hueco… 

-¡Quita, huevón!

 

Lalo contó su dinero, se lo guardó en el bolsillo del saco y pegó otra carrerita para no perder el ascensor.  En el primer piso, una enorme escarapela coronaba la puerta de entrada del salón de remates, que se abría solamente cada vez que la empresa tenía un stock de productos defectuosos o con fechas de expiración cercanas.  Después de saludar tímidamente a las dos chicas que lo invitaron a pasar, se dirigió hasta el fondo y mecánicamente escogió la lata de galletas menos abollada de un estante y  un paquete de queso suizo de una mesa que estaba cerca de la caja.

 

…¡Qué cagado!…  Yo que vendo estas cojudeces tengo que comerlas un ratito antes que se pudran… ¿Por qué serán tan caras estas cosas?… Y a veces son de mala calidad…  ¡Pura etiqueta nomás!… ¡Carajo!… ¡Cómo no conozco a alguien que me recomiende para propaganda médica!… Allí sí se hace billete… Me compraría mi vinito de vez en cuando… Pero no como éstos, pues, que tienen la etiqueta toda chorreada… Quedas mal donde lo lleves… ¡Puta madre!…  Sin carro estoy jodido… Con una cañita y una recomendación me paro… ¡Pero no conozco a nadie!…Ni mi viejo tampoco… ¡Soy tan común y corriente, carajo!…

 

Después de entregarle un par de billetes arrugados a una de las chicas, abandonó el edificio a tranco largo. El puente peatonal temblaba a su paso y advertía que  abajo, en la Vía Expresa,  el tráfico estaba insoportable.  En la cantina de al frente un grupo de vendedores arrancaba con las festividades inaugurando  el sobre de pago con las primeras cervezas del día.  Lalo escuchó que alguien le pasaba la voz pero prefirió hacerse el sordo.

 

…Me voy en taxi, carajo… ¡Directo a mi casa a dormir!.. ¡Al pincho con todo!…¡Que trabaje la conchesumadre!… No creo que justo hoy me caiga Héctor en Comas… ¡Qué chucha! ¡Me la juego!… Un par de torpedos por teléfono y me hago el día. Total, mis clientes felices de tener más  mercadería para seguir especulando… ¡Ah!… Una dormidita para estar fresco en la tarde… ¡Ojalá la dejen ir a Marita!… ¡Qué rico! Ya me veo tomándome un roncito con mi hembrita en Obrajillo… ¡Ni cagando me quedo en Lima!… Siempre es la misma vaina: dar una vuelta por Miraflores o por Barranco, una pizzita, un falso, su trago preparado y a hablar huevadas hasta amanecerse… Al día siguiente, un ceviche carísimo, a seguir chupando y a jalar más coca hablando huevadas… Ya cuando estás complemente misio, tu hembrita te está llamando desde las diez de la mañana para ametrallarte con preguntas: Que dónde has estado, que por qué no llamaste anoche, que por qué tienes esa voz… Y para que no siga jodiendo, te gastas lo que te queda en el cine y terminas pidiendo prestado para tu pasaje… Pero lo peor de todo es estar de resaca soplándose el desfile de los cachacos por la tele… ¡Qué prepotencia!… ¿Qué sentido tiene verlos en cadena nacional? ¡Que vayan a verlos sus parientes!… Que para eso nomás sirve esa huachafada… ¡Taxi!… ¡Taxi!…

 

Un pequeño Toyota se detuvo de inmediato.  Lalo abrió la puerta y se tiró bruscamente en el asiento trasero.

 

 -¡Tranquilo, patita!… ¿Qué te pasa?… ¿Quieres romperme el fierro?….¿Tú sabes cuánto me está costando alquilar este carro?… Para que lo sepas, cualquier cosa que le pase al auto es con la mía, ¿ya?…                     

 

Lalo dice que el hombre era tan diminuto, que casi no podía verlo desde el asiento de atrás.  Era imposible calcularle la edad. Tenía la piel aceitunada y una voz cavernosa que parecía salir de otro lado.  Conducía con una mano y tenía la otra apoyada en el  asiento.

 

-Vamos a Magdalena, compadre… – murmuró Lalo acurrucándose.

-¿A qué parte de Magdalena, señor?… – preguntó mortificado el taxista levantando la voz.

-¡Al final de la Brasil pues, compadrito!… ¿Conoces el malecón? Seguro que no, porque  tú pareces bien de adentro… ¿De dónde eres? ¿De Goyllarizquizgay?…

-¿Qué te pasa, conchetumadre?… ¡Háblame bonito, imbécil!… ¿Quién chucha te crees para faltarme el respeto, ah? ¡Sonsonazo! ¡Ya, ya, bájate de mi carro blanquiñoso, pobretón de mierda!… – gritó el hombrecillo pisando el freno tan bruscamente, que Lalo por poco se estampa contra el parabrisas.  Acto seguido estiró el brazo, abrió la puerta trasera con su mano descomunal y continuó furioso: ¡Anda toma tu micro, conchatumadre, que de eso nomás tienes cara! ¡Misio de mierda!… ¡Quítate antes que me arrebate de verdad! ¡Te meto metraca, por mi madre!…” – remató, mostrándole una sonrisa glacial repleta de dientes de oro.

 

¡Compadre!… Cuando estaba bajándose del carro, el enano desgraciado arrancó hecho una bala y lo hizo rodar por la pista.  La caja de galletas terminó  aplastada por una combi  y  las listas de precios salieron volando y terminaron empapaditas en los charcos de lluvia en plena Javier Prado.  

¿Crees que uno puede tener todo lo que quiere en la vida? (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

… Déjate de pretensiones hijita  y aprende de una vez a conformarte con lo que te podemos dar… Ya estás grandecita no seas tan inconsciente. Tienes que entender que la situación está cada vez peor… Todo ha subido: La leche, el pan, el arroz, la carne…  Aparte de eso, hay que pagar el alquiler de la casa, la luz, el agua, el teléfono, las letras del televisor y las pensiones del colegio… ¡Pobrecito tu papá!… Con lo poco que gana hace lo posible para que no nos falte nada ¡Una fiesta es sólo una fiesta, hijita!  Además, el mundo no se va a acabar si te pones el mismo vestido… Nadie se va a dar cuenta, no seas caprichosa… 

 

La chica caminaba por delante conteniendo las lágrimas y con un dedo iba meciendo el canastón vacío para el mercado. 

 

-¿Por qué eres tan mala conmigo, mamá?… Además mi papá lo prometió… ¿Ahora por qué dices que no, ¿ah? -  y un par de lagrimones rodaron por sus mejillas.

-No te estoy diciendo que no… Solo sé que a tu papá no le va a alcanzar la plata, nada más… – se corrigió Inés.

-¿Y tú cómo sabes, ah?..

-¿Qué tal si vamos al Pampón, buscamos una tela y yo te lo coso en un ratito?…

-¿Estás loca o has tirado coca?…

-¿Qué té pasa a ti, ah?… ¿Qué broma es esa?… La loca serás tú… Ten más respeto con tu madre…

-¡Ay, mamá!… ¿Pero cómo se te ocurre?… Todo el mundo se va a dar cuenta que me lo has hecho tú… Voy a quedar como una misia… ¡No te pases, pues!…

-¡Qué malcriada te has vuelto, hija!…  Te apuesto que me sale igualito. Enséñame el modelo y vas a ver… ¿No te acuerdas que el vestido de tu hermana me salió perfecto?…

-Adriana sólo tenía siete años, ¿qué te iba a reclamar?… Claro, que como es una sobona y es tu hijita preferida…

-¿Qué hablas mal agradecida?… ¿Por qué eres así con tu madre?… Si yo toda la vida les he cosido… ¿Cuál es el problema ahora?…

-¡Ya, sé! ¡Ya, sé!… Tú siempre me has cosido todo, no me lo recuerdes por favor…   Desde chiquita he tenido que ponerme todo callada la boca, nomás… ¿No iba a caminar calata por la calle, no?…

-¡Qué atrevida que eres, oye!…

-¿Atrevida?… Nunca te he contado cómo me fastidiaban en el colegio: “Allí viene la muñeca de trapo… Su mamá le ha cosido  hasta la mochila…”  Conmigo, sí que te pasaste, Inés…

-¿Qué confianzas son esas, oye? Tú, que eres una sonsa y no sabes defenderte… ¿Sabes una cosa? ¡Cállate mejor, que me duele la cabeza!…

 

Inés tomó de la mano a Verónica para entrar por la puerta principal del mercado.

 

-Primero vamos a comprarle maní confitado a esa señora tan decente, que era vecina de tus abuelitos…   ¡Pobrecita!…  Cada vez que puedo, le compro un paquetito para ayudarla…

 

Estirando el diario, Inés compraba el modesto manjar y lo saboreaba lentamente, como engriéndose. Pero cuando iba por la mitad del cucurucho no podía evitar imaginarse cómo sería estar en su lugar.  Entonces, guardaba el sobrante rápidamente en la cartera y apuraba el paso.  La pobreza la aterraba y rezaba en silencio para que les fuera bien a su esposo, a sus hijas, a sus papás, a su suegro… Por su suegra jamás rezaba. Ni cojuda.  

 

El mercado reventaba de gente. Era el fin de semana de Fiestas Patrias y no se podía ni cruzar la pista. Los microbuses derramaban por sus puertas y ventanas un revoltijo de cuerpos sudorosos. En vano pitaban las bocinas para abrirse camino entre esa procesión que iba a paso de tortuga. Los ambulantes ocupaban por completo la vereda, obligando a los peatones a caminar por las pistas junto a los carros. Un inesperado sol de julio amodorraba el ambiente y acaloraba a los abrigados. Verónica y su madre esquivaron a un micro de la línea ocho y pasaron por debajo del  penetrante sobaco del  cobrador, que rapidito compraba naranjas de una carretilla. Un mar de gente obstruía la puerta principal, así que Inés decidió dar la vuelta en redondo para entrar por la puerta del pescado.

 

-¡A Sol, a Sol!… ¡Lleve limones casera,  diez por un Sol!…

-¡Agujas, agujas!…¡Cincuenta agujas por un Sol!…

-¡Caserita, lleva choclo!…¡Compra choclo, mamay!…

-¡Compro máquinas!… ¡Compro muebles!… ¡Refrigeradoras, casera!… ¡Compro de todo!…

-Ay hija, Carmencita ya está grande…

-Salúdeme a Alfonsito, comadre. Dígale que le debo su regalo…

-Pero qué caro que está todo, ¿no vecina?…

-El diario ya no alcanza para nada… Hay que estirar la plata como chicle, nomás…

-♫♫ Hipocresíaaaaa…  Morir de sed teniendo tanta aguaaaaa…♫ ♫

-¿Oiga qué le pasa, ah?… Este mañoso que se me arrima…

-¡Ay, mi monedero!… ¡Ratero!… ¡Ratero!…¡Agarren a ese desgraciado, por favor!…

-¡A Sol, a Sol!… ¡Diez limas de uñas por un Sol, señorita!…

-¡Juega, hoy!… ¡Juega, hoy!… ¡Veinte millones para hoy, caballero!…

-¿Casero?… ¿Casero a cómo está el metro?…

-¡Aproveche, linda!… Es la última que me queda…

-Es importada, pues caserita…

-¡Marcianos!… ¡Marcianos de pura fruta, casera!…

-Casero, péseme medio kilo…

-¡Así sale, pe señora!… El pollo se pesa con patas y pescuezo…

-¿Va llevar?… ¡Si no va a llevar, no me manosee la mercadería, pe!…

-Hágame una rebajita, pues casero… Esto ya está pasadito…

-♫♫…y estar indiferente, indiferenteee…♫ ♫

-¡Maca!… ¡Maca!… ¡Compra maca casero!…

-A ver hijita dale un besito a la señora…

-¡Ay, que linda!… Yo también le enseño a mi nieta que salude siempre a los mayores…

-¡Ay, sí hija!… Si no, crecen como animalitos…

-¡A Sol!… ¡A Sol!… ¡Cuatro galletas charada por un Sol, casera!…

-¡Ruda!… ¡Ruda!… Lleva ruda para la buena suerte mamita…

-¿Está buena su balanza casero?… Aquí no parece que hay un kilo, ¿ah?…

-Se lo estoy dejando a precio antiguo pues, casera…

-♫♫Hipocresíaaaaaaa… ♫♫

 

-Vamos a empezar comprando el pescado. Tenemos que conseguir corvina para el ceviche de tu papá. Ojalá todavía quede. Si no se va a poner como un pichín. Ya lo conoces…

-¡Aj!…Ceviche  ¡Odio el ceviche! Es comida para borrachos.

-A tu papá le gusta y punto… – la interrumpió Inés, colocándose en la cola del pescado.

-¡Mi papá también es un borracho!…

-¡Cállate, atrevida!… ¿Qué falta de respeto es esa, ah?… ¿Cómo se te ocurre hablar así de tu papá delante de todo el mercado?… – le dijo Inés dándole un pelliscón en la cintura.

-¡Ay!… ¡Ay!… ¡Eres una bruja!… – respondió la chiquilla bajito, con los ojos inyectados de lágrimas.

 

Verónica se levantó la camiseta y se frotó las marcas rojas que le habían dejado las uñas de su madre en el vientre.  Un viejo gordo que le cargaba la canasta de compras a su mujer  le clavó la mirada en el ombligo y le mandó un besito volado.  Verónica, asustada, se cubrió de inmediato y desvió la mirada. Trémula, se agarró de la mano de su mamá y chupándose el pulgar se quedó calladita junto a ella.