El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Hola, seño!… ¿Está Marita? (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cómo estás hijo?… Espera un ratito que se está bañando…

Lalo se sentó en una esquina del sofá y se quedó mirando cómo Genoveva, que acababa de regresar del trabajo, limpiaba con su viejo pañuelo verde amarrado en la cabeza y con el pucho prendido entre los dientes como si jamás hubiera salido de la casa.  La veía ir y venir de buen humor desplegando sus expertos movimientos sincronizados concentrada en sus quehaceres. Plumero en mano, de vez en cuando se echaba unas carreritas hasta la cocina para revolver una  cacerola de donde emanaba un sabroso olor a fresas cocidas que se esparcía por toda la casa.

 

Hace diez años su marido la abandonó y no supo nada de él hasta que recibió una tarjeta navideña dónde con una letra temblorosa trataba de explicarle por qué había vuelto a Buenos Aires y por qué jamás regresaría al Perú.

 

… No importa… A fin de cuentas es una boca menos que alimentar…

 

Sin soltar una sola lágrima, de la noche a la mañana,  se hizo cargo de todo y se ocupó de dar a sus hijas una buena educación. María del Pilar – Marita – y Sandra, no extrañaban a su padre sin duda porque recordaban los escándalos y las golpizas cada vez que le daban los diablos azules.  Brenda, la menor, no quería que se lo mencionen.

 

Amador Gervassi se casó con Genoveva siendo ya un cincuentón y desde que llegó de Argentina, administró una bodega-cantina que tenían unos italianos en el Callao.  Cada vez que se emborrachaba le echaba la culpa a su mujer de todas sus desgracias y la golpeaba. El argentino a diario le comía el oído ilusionándola con irse a vivir al extranjero y ella, que tenía ya veintiséis y no quería quedarse a vestir santos, aceptó su propuesta de matrimonio.

 

Al día siguiente de la boda, Amador la puso a trabajar en la caja. Genoveva se levantaba antes del amanecer y cerraba la tienda a las once de la noche. No paraba ni para almorzar. En los escasos momentos libres que tuvo concibió y dio a luz a tres hermosas niñas, que cuidaba y alimentaba en un sólido cajón de madera de roble que ponía debajo del mostrador. Cobraba las cervezas, pesaba el azúcar, despachaba el arroz, tiraba aserrín al piso… ¡El tiempo se le pasó volando!  Aquella chica de inmensos ojos verdes, de cabellos rojos y de curvilínea figura que brillaba como una perla en ese barrio de mala muerte en el Callao, por maltrato y desamor envejeció prematuramente.  Pero aún era una mujer hermosa con  un espíritu admirable que aprendió a sacar adelante el negocio por sí sola. Amador, gracias a los pulmones de su mujer pudo comprar la chingana a buen precio,  pero se dedicó a beberse las utilidades y a lamentarse de tener que mantener a una familia numerosa. De lunes a viernes recorría los burdeles y los fines de semana la tandeaba de alma. Cuando no se emborrachaba en su propia cantina, se iba a los bares de los alrededores de donde los estibadores tenían que traerlo a rastras por las calles de regreso a su casa. 

 

Una mañana que alistaba a las chicas para que se fueran al colegio, un camión se estacionó en la puerta de la bodega y se lo llevó todo. Seis implacables policías con una orden judicial en la mano la pusieron con sus cosas de patitas en la calle. Genoveva, como era su costumbre, no soltó una lágrima y tampoco dejó que sus hijas lo hicieran.

 

-Valientes, hijas… Las mujeres tenemos que ser valientes…

 

Desde aquel día no supieron más de Amador hasta la navidad  en que recibieron su fría tarjeta de saludo. 

 

Genoveva a escondidas, había ahorrado lo suficiente como para alquilar la casa de Magdalena y matricular a las chicas en otro colegio.  Todavía le sobró algo para comprarse una muda elegantona con la que salió a buscar trabajo. De esto hacía ya mucho tiempo y aún se sentía orgullosa de haber podido salir adelante solita, sentimiento que también se preocupó en inculcarle a sus hijas. Trabajó arduamente durante ocho años en el Seguro Social hasta que aceptó la propuesta de retiro con incentivos que ofreció el gobierno. Con el dinero que recibió, traspasó la librería en donde Marita había estado trabajando con lo que su hija se convirtió en propietaria del negocio de su viejo empleador. Estaban muy entusiasmadas con el flamante proyecto familiar.

 

-¡Hola roba-cámaras! – se le acercó Marita para darle un beso con una toalla envuelta en la cabeza.

-¡Ah, me viste!… ¡Qué roche!  Sólo fue de casualidad…

-¡Uuuy!… ¡Uuuy!… – gritaron desde su cuarto las hermanas con ese tonito juguetón que tienen las adolescentes.

-Tu amigo acaba de salir en televisión y te vimos robando cámara de nuevo…

-¡Anda, no digas!… ¿Salgo a cada rato?…. ¿Cómo se me ve?

-¡Uuuuy! ¡Uuuuy! – ahora hasta la voz de Genoveva se unió al coro.

 

Don Raúl también había visto por la televisión todo el lío de Müller y se arrepintió de haber faltado al trabajo. Le dolió en el alma haberse perdido un día tan emocionante.  A él, que aprovechaba cada oportunidad para reunirse con la gente, le hubiera gustado estar allí para contar en el barrio su versión de lo que había ocurrido.

 

-¡Puta madre! Me la perdí, carajo… -, se lamentaba subiendo el volumen  del televisor  tapado con la colcha hasta la nariz y con el rabo entre las patas.

 

El viejo Raúl no tenía idea de cómo había llegado a su casa aquella noche ni cómo ni dónde había perdido el sobre de pago.

 

… ¡Esta vez sí que la cagué bien feo, carajo!…

 

Aquellas habían sido las Fiestas Patrias más amargas de su vida. Su esposa de pura resentida se había ido a pasarla con sus nietos desde la tarde del veintiocho y don Raúl faltó al trabajo porque fue incapaz de atenderse por sí solo. No encontró ni un par de medias y prefirió quedarse allí, metido en la cama antes de intentar pasarle una plancha a la camisa del uniforme. De puro deprimido  no se sacó el pijama en tres días. Ni siquiera había comido. Lo único positivo del asunto era que no había bebido un solo trago.  Moriría de inanición sentado frente al televisor y Zoraida, su esposa, lo sabía y ya estaba en camino. 

 

A su regreso, Zoraida y Raúl jamás hablaron del asunto. Vivían juntos pero tenían vidas paralelas. Cada uno tenía su  razón y su manera de ver las cosas. Su matrimonio fue uno de esos accidentes con los que se vive para siempre… Por los hijos, la religión y sobre todo por el “qué dirán”… Seguían juntos esperando que algún día, finalmente, la muerte los separe. Don Raúl había llegado a viejo sin enterarse que podía contar con su mujer para ayudarlo a resolver sus problemas con el alcohol.

 

…Estas son cosas de hombres… De algo se tiene que morir uno… ¡Mientras tanto, hasta que el cuerpo aguante… Adelante!…

 

Zoraida por su parte moriría convencida de que todos los hombres son iguales. Su padre…, su suegro…, su abuelo…, su hermano… Ninguno era diferente a su marido. Regresaba sólo porque se le había pasado la cólera.  Además, alguien tenía que hacer las cosas de la casa…  El mundo seguiría girando y ella se quedaría sin su marido… ¿Quién la iba a mantener?…  Sabía que ese hombre tampoco podía vivir sin ella pero ya no necesitaba, ni esperaba que se lo diga jamás…  Era su deber ante Dios…

Para el hombre del altiplano el cielo transitado por los astros es sólo el estado natural de las cosas… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Pero para el viajero – que puede tolerar el escarchado amanecer de Juliaca – es un espectáculo singular.  Justo donde la altiplanicie cede paso al Titicaca el frío congela la orilla y los rayos solares deslumbran a los peces que quiebran la fina capa de hielo intentando atrapar su reflejo.  Un par de estrellas se precipitan en el lado oscuro y desaparecen.  Un nuevo día ha llegado y el gran lago se descubre majestuoso mientras se esfuma la noche del altiplano. En silencio, para no perturbar el sueño de los muertos, amanece helado y húmedo Sillustani y las Chulpas del Tiawanacu se esconden entre la niebla para protegerse de los curiosos y los profanadores.

 

Ya amaneció pero el sol aún no calienta.  De la polvorienta carretera llega el rugir de los motores de los vehículos que van y vienen de Puno a Juliaca.  Un camión de carga se detiene frente a una humilde casita al borde del camino y pita su fragosa bocina tres veces seguidas. En el acto, se abre la puerta de la cabaña y sale  una mamaya cargando su bibi en la espalda.  De un par de trancos llega al camión y le alcanza por la ventana el desayuno caliente a su cholo envuelto en una bayeta.  El chofer agradecido vuelve a pitar la bocina y parte de inmediato levantando densas nubes de polvo mientras su mujer se queda sonriente, haciéndole adioses con la mano.  Tres chiquillos se le prenden de las polleras chillando y parten la carrera.  Pero a la madre no le hace gracia, así que recoge unas piedritas del camino, les atina algunas entre las piernas y a punta de carajos da por terminado el chivateo. Después, con un nuevo redoble de lisuras, se desata el fuete de panza de llama que lleva en la cintura y les va salpicando unos cuantos  latigazos en las canillas conforme los mataperros van entrando en la casa. Afuera se queda el perro huaco, ladrándole a los carros que pasan;  flaquito, chiquito y gris sólo tiene un mechón amarillento en la punta de la cola por todo pelo.

 

Un Jeep del ejército detiene su marcha muy cerca de la casita inquietando al huaco, que ladra enfurecido y parte la carrera para atacar la llanta delantera del vehículo.  El conductor golpea la carrocería con una mano y con la otra hace girar el timón cogiéndole una pata al perrillo, que emite un agudo gemido de dolor y huye  escondiendo su rabo chilipelo.   Abajo, en la carretera, un par de paisanos se  santiguan al escuchar el lamento del animalito y las carcajadas del chofer multiplicándose en la explanada.

 

Cuando el Jeep se detiene en la puerta, la mamaya sale corriendo pero esta vez no lleva su bibi sino un costal en la espalda.  Detrás, un muchacho con un chullo  puntiagudo la sigue con otro bulto a cuestas y ambos depositan su carga en la parte posterior del vehículo.  Apenas han terminado la tarea,  el chofer arranca en primera dejando a la mujer y al muchacho ocultos entre el polvo. 

 

-Con esto, hermanito, tenemos papa para rato… Cuando regreses a Lima le llevas un costalito a mi mamá ¡Se hacen una crema en la boca, hermano!… Ahora que las pruebes me vas a dar la razón, porque ésta es la mejor papa amarilla que vas a comer en toda tu vida, huevón.

-¿Qué, todas las papas amarillas no son iguales?

-¡Ni hablar, hermanito!… Existen por lo menos mil tipos de papa y otras huevadas que arrojan los estudios…

-¿También estudian eso en el ejército?

-Existe un  Instituto Nacional de la Papa que se encarga de todo eso pero en el ejército, hermanito lindo, te enseñan a defender todo lo que es nuestro… ¡Desde Arica hasta Guaquillas, carajo!… El cebiche, el pisco los anticuchos y el cajón, ya nos los han choreado de lo lindo en el extranjero… Aunque tú no lo creas, mi hermano, el ejército tiene que defender estas cosas… Por allí han empezado a decir que la papa es oriunda de Ohio, compadre…  ¡La mil rechucha que los parió a los gringos conchudos de mierda!… ¡Hasta se están llevando nuestras llamas como mascotas, pues, compadre!… ¡No jodas, hombre!… ¡En ese plan ya no nos va ha quedar nada, carajo!…

-¡Anda, no digas!

-¡Así es mi hermano! Por eso yo estoy al día con lo que es oriundo de mi adorado terruño… Y esta papita amarilla es una de las tantas exquisiteces que se cosechan   en la zona.  La descubrí solito un día que estaba hueveando en el mercado de Juliaca y me puse a seguir a una chola que estaba buenaza.  No es por echarme flores hermano, pero yo me he papeado a las mejores cholitas de este maldecido lugar.

-¿Franco?…¿No me estás agarrando a palos?     

-Yo siempre estoy patrullando, mi hermanito… Ni bien chequeo una cholita en flor me la trabajo…

-¿Qué? ¿Te vas en tu Jeep a computar cholas al mercado de Juliaca?

-¡Ni que fuera huevón para hacerme semejante roche!… Solitas vienen a mí nomás, las desgraciadas… Todos los días llegan bien arregladitas al cuartel solicitando su Libreta Militar.  Allí me chequeo a las más buenotas, se las hago recontra difícil y les retengo el documento hasta que me la suelten pues, carajo!…

-¡A la mierda! Hasta tienes tu método y todo, huevón…

-¡Un par de veces que estas cholas me vean en uniforme y listo!… Me las almuerzo enseguida… Será que mi pelo colorado van bien con mis galones… ¡Quién sabe, hermano!… Porque la verdad es que cuando me voy por las chacras hasta me las regalan… “Llévate gringo a mi hijita para que la hagas mujer, nomás…”, me han dicho estos serruchos ignorantes.  “Con su hijito gringuito me la traes nomás, ¿ya?…”, me ruegan las cholas ¡Imagínate, pues!

-¿Y tú aceptas? No te creo, huevón…

-Estos son como animales, Juan Carlos.  Los hijos son sus crías y si no  las inauguras tú las inician ellos mismos.  “Lleva a mi  niñuchay a Lima, papay… Virgencita nomás está… Ona arroba de coca dame nomás pa’ mí…”, te dicen los jijuna gramputas con los dientes podridos.

-¡No seas  pendejo, José Luis!  ¿Cómo se van a agarrar a sus propias hijas?

-¡No te digo que son como animales! Ellos se las brincan primero que nadie… Desde que les salen las tetitas, compadre…

-¡Qué tales chuchasumadres, huevón!

-Y casi siempre se las llenan, cojudo… Por eso es que hay tanto tarado por allí…

-¡Conchasumadre, huevón!

-¡Pero aquí, hermanito, hasta el serrano más idiota se la da de pendejo, carajo!… ¡Por eso fierro con todos ellos nomás, huevón!…

-O sea que se hacen los huevones nomás…

-¡Eso se ha sabido toda la vida, pues hermanito!… Los cholos se están haciendo los cojudos todo el tiempo… ¿No has escuchado que los serranos son unos mátalas callando?

-¿Pero a la franca te han regalado a sus hijas? ¿Y tú… qué haces con ellas?

-Las tengo en cautiverio calatas en mi patio…

-¡No jodas, José Luis!

-¡No seas huevón, pues Juan Carlos!… ¡Se las devuelvo bien cachadas al día siguiente nomás, cojudo!

-¿Y no te has llenado a alguna?

-¿Y a mí qué chucha me importa?… ¿Qué pregunta es esa, hermano?

-Sólo por curiosidad nada más hermanito…

-¡Entonces no me preguntes cojudeces!

-¿Y los cholos no te reclaman?

-¿Qué mierda me van a reclamar a mí esos huevones si yo soy la autoridad? ¿Qué puedo hacer con la chola de mierda después de cachármela?… ¿Ponerle zapatos, llevármela a vivir a la villa y mantener a toda su familia?… Porque a lo que se dedican estas conchesumadres es a robarte todo lo que pueden y repartirlo entre toda la chunchería con la que viven arrinconadas en sus chozas… ¡Para eso te las dan los muy pendejos! Para que te las llenes y las mantengas… ¡A mí que no me jodan, pues!…

-¿Y entonces qué pasó con la chola buenaza que viste en el mercado?

-Cierto, hermano. Disculpa, es que el tema de los serruchos es tan amplio que me explayo… A la chola esa me la caché parado y por el chico nomás y al toque me la saqué de encima… Pero en la tarde cuando regresé a la villa me encontré una bolsa de papas que la chola se había olvidado en el Jeep. Con las manos oliendo todavía a berrinche mandé que me prepararan un purecito en honor a la serrana puta esa…

-¿Estaba buena o no hermano?

-Juan Carlos, comerme aquel purecito estuvo mejor que mil polvos por el culo…

-¿Tan rico estaba, compadre?

- De-li-cio-so… Tanto, que en la madrugada mandé a arrestar a la chola para que me diga de dónde mierda había sacado las papitas…

-¿Por eso es que ahora te las compras por costales?

-Esa, mi hermano, es una fina cortesía del cholo desgraciado de mierda… Semanalmente me regala unos costales por meterle un par de cachamulas en el camión cada vez que sube a la puna… Aquí como en cualquier sitio nadie está libre de una emboscada… Sobre todo en esta región donde los terrucos y los narcos le hacen la cagada a quien sea… ¡Así están las cosas ahora, Juan Carlos!

-… ¿Y es verdad que hay terrucos? ¿Jodido, no?

-Jodido es poco hermanito… En Lima no se sabe nada por estrategia… Pero la cosa, aquí, está que arde… Aunque dicen que en Ayacucho y en la zona del Huallaga está todavía peor… Aquí tenemos más control porque desde hace tiempo estamos aplicando la ley marcial…

-¿O sea, que están con toque de queda y esas huevadas?

-¿Qué es eso de huevadas? Esta zona ha sido declarada Estado de Excepción y nosotros estamos al mando, carajo… ¡Eso es lo bueno de este gobierno!  Los asuntos militares los resolvemos los militares… El presidente tendrá cara de calzonudo pero no es ningún huevón… ¡No hay que darle publicidad a estos gramputas¡… ¡Ojalá que los apristas no ganen las elecciones, carajo!…  Con esa otra cholería de los Derechos Humanos van a meter las narices donde no les incumbe…

-O sea, que el indio ese te paga por seguridad…

-Feliz de la vida ¿No te digo que nadie quiere vérselas con los terrucos?…

-¿Debe estar forradazo en plata entonces?

-¡Forradazo en plata!… Con las justas tiene una chacrita el cholo…

-Pero te paga bien…

-Eso depende. A veces lo pierde todo en la helada o en la sequía. Este año perdió casi todo con las inundaciones…

-¿Entonces qué hace?

-Se jode, pues.  Porque el serrucho de mierda me tiene que pagar en efectivo…

-Pero ese camionzazo debe haberle costado un billetón…

-¡Estás loco, mi hermano! Ese cholo trabaja como chofer ¿De dónde mierda va a sacar ese arrastrado para comprarse un camión?

-Ah… Yo creía que…

-No, mi hermano. Si cada serrano tuviera también su camión ¿adónde iríamos a parar?… Sería el colmo, pues… Ya los veo creyéndose los hacendados a esos gramputas… ¡Por eso fierro con ellos, carajo! 

 

José Luis metía a forro el queso para llegar antes de las ocho de la mañana a la Base Militar de Puno y Juan Carlos, a punto de vomitar por la resaca y el soroche, se sujetaba como podía de la carrocería oyendo hablar a su hermano hasta por los codos.  Habían pasado la noche chupando en un burdel de Juliaca y continuarían recorriendo todo el circuito de cantinas y prostíbulos ni bien cambiaran el carro oficial por el Volkswagen. 

 

José Luis no estaba preparado para enfrentarse a un enemigo real.  Cuando los primeros brotes del senderismo lo obligaron a patrullar armado hasta los dientes, se puso tan neurasténico, que muy pronto se encontró metido hasta el cuello en un sinfín de asuntos relacionados con el abuso de autoridad. El terror lo incapacitó para actuar como parte reguladora porque empezó a sospechar de todo el mundo y terminó disparando por temor a que le disparen.  Su paso por los caseríos y las comunidades llenaba de angustia y temor a la gente, que temblaba tan sólo de oír hablar del “Rojo”, nombre con el que se le conocía en todo el Departamento. Como se sentía impune, ni siquiera se tomaba la molestia de ocultar sus transgresiones y hasta las reportaba a sus superiores.    Aparentemente preparados para controlar el pánico, José Luis y otros oficiales fueron a parar a lugares remotos – soportando las ariscas condiciones climáticas, lejos de sus barrios, de las playas, de la familia y de los amigos – para resguardar a una población cuya lengua y costumbres eran para ellos expresiones de barbarie.

 

 -Los mismos serruchos de mierda son los que protegen a los subversivos, carajo… ¡Aquí tenemos que aplicar el modelo chileno y el modelo argentino… ¡Así nomás se arreglan estas cosas, carajo!…  Yo a estos serranos resentidos jijunagramputas les metería la pinga igualito que hicieron los franchutes en Argelia e Indochina… Si aquí es más fácil todavía…  Desgraciadamente, soldados, hay que reconocer que una campaña contra la insurgencia no puede hacerse de otra manera… ¡Secuestros, torturas y ejecuciones sumarias! ¡Sólo así sentirían en carne propia estos serranos traicioneros lo que es entrar en vereda con la pinga dura!… -, terminaba José Luis su monólogo ante sus subalternos que, en aplastante mayoría, eran de origen andino.

 

Estaba convencido que por ser blanco y limeño su  primacía era indiscutible.  Sentía lo mismo con respecto a los  civiles y por eso se hizo oficial del ejército.   Uno de sus recuerdos infantiles más distantes – e inquietantemente más entrañables – se remontaba al día en que su padre lo llevó a visitar una cuadra de cachamulas en el cuartel de Huancayo.

 

-Mucho cuidado con estos indios traicioneros de mierda, hijo, porque un día querrán ser tus generales… Por eso, nuestro deber como miembros de una antigua casta de militares blancos, carajo, es defender nuestra supremacía a como dé lugar… 

 

Cuando supo que en los juicios populares los terroristas utilizaban piedras y machetes para no desperdiciar pólvora, imaginar el horror de esas muertes lo desquiciaba.  Empezó a padecer de insomnio y, mientras aguardaba el alba, siempre concluía que tarde o temprano terminaría lapidado por poca plata.  El compromiso ineludible de enfrentar a un enemigo real redelineó su carrera y decidió sacar ventaja de la situación.  Así empezó a  meterle mano a las adquisiciones y a aceptar las tentadoras coimas que los narcos le venían ofreciendo desde hace un buen tiempo. Y como necesitaba a alguno de confianza para redondear el negocio,  invitó a Juan Carlos a pasar una temporada. 

 

…¡Quién mejor que mi hermanito, carajo!…  Soy un soldado de casta y ni cagando voy a morir en una guerra contra estos serruchos de mierda…

 

                           

                           ♫♫ Por ese palpitar que tiene tu mirar…                 

                                 yo puedo presentir

                                 que tú debes sufrir

                                 igual que sufro yo por esta situación… ♫♫

 

 

Alojado entre carcomidas paredes de adobe, el burdelito parecía no resistir una  juerga más.  Por la estrecha escalerilla de madera se llegaba hasta una diminuta pista de baile rodeada por media docena de mesas, unas sillas de paja y una barra con cuatro bancos.  Como cada noche, la concurrencia desbordaba la capacidad del lugar y un hedor penetrante a sobaco, cerveza caliente y cigarrillo negro escapaba por las ventanas como nubes teñidas por las luces de colores. 

 

En una de las mesas, José Luis y Juan Carlos tomaban gin con Coca-Cola y en otra,  un par de cincuentones acriollados con pinta de camioneros se daban aires de citadinos tomando yonque en unos gruesos vasitos de vidrio. Frente a ellos estaba sentada una joven mamaya con su bibi dormido en la espalda, bebiendo un vaso tras otro mientras Juan Carlos, todavía sobrio, los observaba con detenimiento.  De pronto, uno de los cholos se levanta con dificultad de su asiento, atraviesa la pista de baile y regresa con otra botella de yonque.  La mujer, que ya estaba borracha, balbucea en aymará con la mirada perdida y lo único que Juan Carlos puede entenderle son tres carajos.  Bebe el alcohol que los hombres no paran de servirle hasta que cae privada de cara contra la mesa haciendo temblequear el tablero.  Todavía mascullaba algo, cuando el cholo más viejo levantó la mano para pedir la cuenta.

 

Una gorda en paños menores se acerca solícita con una libreta en la mano y el hombre se levanta de su asiento y le dice algo al oído mientras le manosea una teta.  La mujer mueve afirmativamente la cabeza y señala con el lapicero hacia la cortina del fondo y anota con desgano algo en su cuaderno para luego con un coqueto giro de hombros liberarse con facilidad de las manos del cholón.  Los hombres levantan a la mujer  y se la llevan a rastras entre la multitud.  Una vez que han atravesado la cortina el jaloneo es todavía más elocuente y la seguidilla de golpes de puertas y paredes despiertan al bibi que explota en llanto causando la chacota general. Un rotundo portazo termina inmediatamente con el griterío y todo vuelve a la normalidad. 

 

Juan Carlos desvía la mirada hacia la barra y después de beber un largo sorbo concluye que su hermano tiene razón en todo lo que piensa sobre esa gente.

 

-Todos estos lugares son una mierda…  Fuera de Lima todo es una mierda… Por eso, hermano, tienes que fijar el vacilón aquí… -dijo José Luis llevándose el dedo índice a  la frente-  Cualquier juerga aquí es deprimente, hermanito… ¡A estos indios les falta siglos para nivelarnos ¡Y así quieren hacer su revolución y gobernar el país!… ¡Sólo por eso me los bajaría uno por uno, carajo!… ¡Me los quemo a todos, mierda!… ¡Desconocer la  suprema autoridad del Estado y el sagrado uniforme del ejército peruano al cual servimos y defendemos!… ¡Ignorantes, cobardes, salvajes de mierda!…

-¿Entonces es cierto lo de la guerra guerrillas y todo eso que pintan en las paredes?…

-¡Ninguna guerra de guerrillas, carajo! ¡No te atrevas a decir esas cojudeces en mi delante! – dio un fuerte manotazo sobre la mesa y los vasos cayeron al piso. 

 

Hubo silencio general por unos instantes.

 

-Disculpa, José Luis. No pensé que fuera tan delicado…

-¡Soy un imbécil!…. ¡Perdóname tú a mí, hermanito!  Es que estos indios de mierda y esta tensión de la gramputa en la que vivo me tienen así… Ando palteado por todo, Juan Carlos, no tienes una puta idea, Cayito… – y agarrándole fuertemente una mano lo llamó como cuando eran niños -,… de lo que estoy pasando en esta puna maldita. ¡Tengo los huevos congelados, cojudo!… Pero es difícil hablar, hermano. Aquí no sabes quién te puede oír o seguirte para meterte una puñalada. Por eso, hermano de mi alma,  aquí como en todas partes el más vivo es el que gana…

-Te entiendo, hermanito,  te entiendo…

-No, no entiendes ni mierda, Cayito… Y mejor para ti… ¡Nadie tiene una puta idea de cómo es esta mierda!… Por eso es que le dije al viejo que te mandara una tiempito por aquí ¡Para que me ayudes a dejar esta mierda!…  Me dolió en el alma que perdieras tu chambita por culpa de unos maricones… Yo sé cuánto disfrutabas chambeando en tu zona pituquita, con la gente bonita  y la platita que te caía por allí…  ¡Pero Dios sabe por qué hace las cosas!  Cuando me enteré que estabas pateando latas al toque me decidí a proponerte el asunto… No creas, ya le he estado dando vueltas desde hace tiempo, hermanito… Tú sabes que desde chiquitos hemos sido socios en todo ¿Te acuerdas cuando jugábamos a la tienda y éramos socios?

-¡Puta, cómo me voy a olvidar, Pepelucho!… ¡Si tú eres mi admiración,  hermano!

-Ahora te necesito de socio pero de verdad…

-¿A qué te refieres?

-Te voy a proponer algo muy delicado, Cayito…  En lo único que se parece a nuestro juego es que no te podrás negar… Una vez que lo sepas no me podrás decir que no… ¿Quieres escuchar?

-¿De qué mierda me estás hablando, José Luis?

-Aquí, no. Vamos para el balcón… – le dijo al notar que la gorda en paños menores se estaba demorando demasiado en recoger los vasos del suelo y con una sonrisita hipócrita le pidió que le llevara un par de tragos al balcón.

-¡Lo único que quiero saber es si estás conmigo!…

-¡Pero claro que sí, mi hermano! ¿Porqué lo dudas?… ¿Te he defraudado alguna vez?

-¡Asegúramelo! ¡Antes quiero que me jures que siempre estarás conmigo!… – le susurró al oído apretándole demasiado el brazo.

-¡Carajo! ¿Qué té pasa, José Luis? – se achoró Juan Carlos.

-¡Shhh! ¡A mi no me grites, cojudo!

-¡Entonces habla de una vez por todas que me estas asustando, carajo!

 

“La operación papa amarilla”  les daría jugosos resultados en menos de un año.  La droga se camuflaba en los costales que llegaban con regularidad a Lima donde después le daban su blanqueadita a la plata. 

 

-Abrimos una casa de cambios en el centro y una importadora de carros usados en  San Isidro… Después,  compramos inmuebles y creamos unas empresitas fantasmas, en fin… Ya se ve… ¿Qué me dices?…

 

Eran alrededor de las dos de la mañana cuando un barullo que venía de las escaleras captó la atención de todos. Decididos a echar abajo el local  al compás de un viejo bombo, un par de charangos, tres zampoñas, una quena y dos cantantes llegaron los músicos con las mujeres, que venían cansadas de atender a un destacamento de soldados  en un caserío vecino. Entonces, todos los parroquianos se unieron al zapateo y los recibieron con aplausos y silbidos.  Las mujeres tiraban ritmo como si nada a pesar de haber tenido que esperar más de una hora bajo la lluvia a que el chofer y todos los hombres que venían en un autobús que se detuvo en el camino, pudieran sacar del fango al camión dónde venían las meretrices.

 

-¡Hola, papacito!- saludó una de ellas reconociendo de inmediato a José Luis.

-¡Mi beso! – exigió el borracho.

-¡Hola, buen mozo! – saludó la otra sentándose junto a Juan Carlos.

-¡Más trago, carajo! -pidió a gritos José Luis golpeando la mesa.

-Hace tiempo que no venías, papacito, ¿supongo que habrás venido a verme, no?- preguntó la puta.

-¡Ya quisieras, cojuda!…. Sólo  la estoy pasando de la conchesumadre con mi hermano menor, que ha venido de Lima… Igual que hace años.  ¿No? – le preguntó a Juan Carlos agarrándolo de la nuca.

-Ah, ¿estás  con tu hermanito? Mucho gusto pues, papacito… – dijo acomodándose putísima las tetas – ¿Y cuando llegaste amorcito?

-Oye, ¿qué té pasa huevona? ¿Ah? ¿No estás viendo que el caballero está conversando conmigo? ¿Sapa eres no, cojuda? – la cortó la otra mujer.

-No se peleen pues, chicas, que para todas hay… – les dijo Juan Carlos sintiéndose  un galán de telenovela junto a las mujeres, que parecían dos maestras de escuela pintarrajeadas.

-¿Qué van a tomar? – preguntó la gorda en paños menores.

-¡Tráenos una botella de whisky, carajo! – pidió José Luis dándole otro golpe a la mesa.

-¡Contigo me quedo toda la noche, papacito! – acariciándole el cuello le dijo su acompañante a José Luis y de un salto se colocó sobre sus piernas.

-¡De aquí no te me mueves, carajo! – le contestó él pellizcándole un seno con rudeza.

-¡Achachay, despacito pues mi amor! – dejó escapar la mujer.

 

Mientras la concurrencia saltaba hasta el techo al ritmo de un Huaylas,  Juan Carlos y su puta aprovecharon para perderse detrás de la cortina y José Luis, que seguía bebiendo su whisky bambeado, con una terrible expresión en el rostro  le introducía el arma con disimulo entre las piernas a la mujer que se contorneaba sentada sobre sus rodillas.