(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Pero cuando supe en dónde vivías no pude evitar la tentación de verte aunque sea de lejos. Como ahora. Sé que tú ya no quieres verme y te comprendo. Por eso no me acerco a ti… Desde que te escuché casualmente por la radio estoy intranquilo y necesito explicarte por qué me escapé. Si supieras lo que ocurre en ese antro, mi amor, me darías la razón. Te juro que te estaban sacando tu platita por gusto, mi vida… Aunque ha pasado tanto tiempo que debes estar pensando lo peor de mí… Para variar…
Sé que en el Trigal pensaste que habíamos llegado al lugar indicado… Con la oficina del psicólogo, las salas de charla, la imagen de Cristo Salvador en la entrada y todo lo demás… Cuando vi a los internos recibiendo a sus visitas con sus pantalones azules, sus camisas blancas, con la Biblia bajo el brazo, alardeando de sus repuestos semblantes, estuve dispuesto a internarme… Sobre todo porque me dijiste que todavía me querías… Por favor, mi amor, no pienses que no puse todo de mi parte.
La tarde en que me dieron la fecha de ingreso el corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho… ¡Hacía tiempo que no me sentía así!… Gracias a ti, mi amor, me acercaba al final de mi pesadilla. Y cuando conocí a la hermana Juana, me sentí a salvo y me arrodillé a sus pies llorando de felicidad. Sin embargo, debo confesarte que en los días previos a mi internamiento me drogué. No regresé al Planeta. Jamás volveré a aquél agujero del infierno. Pero robé, mendigué por las calles y estafé a los compras en los huecos y me hice de un capital. Me sentía como un chiquillo de luna de miel con su droga. Quise sacarle el jugo hasta el final a esa vida de mierda porque confiaba en que, gracias a ti, iba a terminar mi desgracia.
Pensaba que me llevarían a un lugar parecido a una casa de reposo y que caminaría en bata por unos pasadizos impecablemente encerados… Entre doctores y monjitas… Acurrucado en mi escondite en el parque Salazar, mientras me arrullaba con el eco de las olas, me preguntaba si tendría mi propia habitación. No sabía nada porque no quisieron darme información. Sólo se limitaron a pedirme que llevara algunos artículos personales. Así que parte de lo que robé lo invertí en una mochila, un pijama, dos pares de medias, un par de calzoncillos, jabones, cepillo de dientes, crema dental, un peine y un marquito donde puse la foto donde están ustedes tres regalándome una sonrisa. Dijeron que sería solamente por un año y que se pasaría volando… Doy fe de ello porque aún me parece que fue ayer cuando nos separamos. No te imaginas cómo deseaba recuperar mi vida ahora que contaba con tu apoyo.
Ese día llegué deshecho. No sabes cómo me dolían las caderas y la espalda. Después de tantos años, la idea de dormir en una buena cama era casi una obsesión… Pero ni bien me ingresaron, amorcito, los muchachos saludables del pantalón azul cambiaron de táctica y nos recibieron malhumorados y con una desconcertante actitud militarizada. Nos obligaron a formar fila en el patio trasero del caserón y estuvimos de pie achicharrándonos bajo el sol por lo menos seis horas sin que nadie tuviera la consideración de decirnos qué estábamos esperando. Al contrario, cada vez que queríamos dirigirles la palabra nos trataban mal y ni siquiera nos dejaron usar el baño.
-Te voy a poner en rehabilitación en un lugar carísimo, así que mejor pones todo de tu parte, ¿ah?…
Y yo que me había hecho la idea de tomar un refrigerio y de volver a sentarme en la mesa… Pero ya eran más de las tres de la tarde y nada… Algunos empezaron a protestar pero de inmediato salió el psicólogo a explicarnos que habían tenido un inconveniente con la compañía contratada para el transporte y sacó diez soles de su bolsillo y mandó a uno de los muchachos saludables a comprar seis paquetes de galletas de soda, una Coca-Cola de litro y medio y una cajetilla de Belmont a la bodega de enfrente… Después de deambular por todo Lima durante años, traíamos a cuestas un agotamiento añejo por tantas amanecidas, que ni tres meses de sueño resultarían suficientes. Pero por ahora nadie quería hablar de eso… Ni bien llegó la compra desapareció en un segundo y como éramos veinticinco puntas ni siquiera alcanzó, un cigarrillo para cada uno. Nos quedamos con las ganas. Algunos se hartaron y trataron de largarse pero no los dejaron salir… Los otros chicos empezaron a darse su vuelta de vez en cuando y los atacábamos con preguntas acerca de nuestro destino…
-Cuando lleguen, ya verán… Ya verán… No se desesperen, muchachos… – contestaban recelosos, cuidándose de no hablar más de la cuenta…
Me imaginaba, mamita linda, que nos someterían a una terapia de calmantes y desintoxicantes. Era la parte que menos me gustaba del asunto y ya me veía los primeros meses completamente sedado en una cama, alimentándome con suero, gota a gota, rodeado de locos y viendo la televisión veinticuatro horas al día. Te confieso que, a pesar de que en la calle había visto de todo, tener que vivir entre dementes me daba escalofríos. Pero amor, por ti estaba dispuesto a todo…
Como a las cinco, un nuevo personal irrumpió en el patio, dirigidos por un flaco achinado, chimuelo y prematuramente canoso. Aunque estaba vestido como los demás, aún conservaba aquel brillo maldito en la mirada con el que se impone respeto en las calles… Estaba de peor humor que los demás, así que de entrada, nos hizo callar a todos y nos mandó a formar en orden de tamaño.
-Si el Señor es mi Pastor, nada me faltará… Aunque pase por quebradas muy oscuras, no temeré porque tú estás conmigo… Y mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo… -recitó de memoria con transparente fanatismo y con los ojos incendiados de odio-… Por largo, largo tiempo… -recalcó dejando claro que de ésta no íbamos a salir tan rápido como pensábamos- En el nombre del padre, del Hijo y del Espíritu Santo… -, remató santiguándose frenéticamente.
Después de rezar un par de oraciones, que sólo yo desconocía, improvisó algo así como un discurso de bienvenida.
-A partir de este momento soy para ustedes el hermano Pancho, ¿ya carajo?… Quiero que sepan que a partir de ahorita estoy a cargo de ustedes… ¿Me oyeron?… Así que para que lo sepan, conmigo se acabaron las cojudeces… ¿Ya?… Aquí no están en sus casitas, con su mamacita que calladita aguanta todas sus pendejadas, ni mucho menos estamos en el hueco donde se pasan de vivos con todo el mundo… De ahora en adelante mando yo… ¿Ya, carajo? ¡No los oigo, mierdas! De aquí en adelante nadie hace nada sin mi permiso, ni siquiera pueden mear, carajo ¿Me oyeron, idiotas?… ¡La regla número uno es hacer silencio!… ¡Mientras no se les dé permiso, todos con la lengua bien metida en el culo, carajo! Y como recién están empezando, aquí no son ni mierda… ¡Así qué a callar se ha dicho!… – terminó bañando de saliva a los que estaban más cerca y mandó a abrir el portón.
Sus palabras cayeron como un baldazo de agua fría a uno que venía harto de las calles, de los matones y de sus reglas… Te juro, mi vida, que se me fueron todas las ganas de irme con ellos…
Con estricta disciplina, desplazándose igualito a los rayas que cuidan al presidente, un par de muchachotes abrieron el portón de madera que daba para la calle y como una docena de ellos flanqueó cada puerta de un microbús de la línea veintitrés. Nos esperaban con el motor encendido para dejarnos saber que partiríamos inmediatamente. El psicólogo se despidió de cada uno con un apretón de manos y con una sonrisa ensayada que nos dejó helados.
-Suerte, mucha suerte, muchachos…
Y esa fue, amorcito, la última vez que lo vimos… Sabía muy bien adónde nos llevaban y todo lo que nos iba a pasar… ¡Y nosotros confiábamos en que podría ayudarnos!… ¿El sueldo de ese infeliz justificaba el engaño?…
Subimos al microbús en absoluto silencio y sabiendo que no vería la calle por mucho tiempo, me senté junto a la ventana. Intenté concentrarme, resignado, pensando en mi rehabilitación y en el día en que saldría de allí para buscarte. Alguien corrió la voz de que todo el proceso duraría por lo menos un par de años y después, si uno quería, podía irse a su casa… Pero también supe que la mayoría se quedaba porque la Hermana Juana se encargaba de cobrarte todos los favores reclutando gente por las calles…
El flaco volvió a exigir atención y después de hacernos rezar otra de esas extrañas oraciones entonó un himno religioso, batiendo las palmas. Todos los uniformados, que ahora eran más numerosos que nosotros, se unieron al canto. Esa era otra de las cosas que me parecían desagradables porque para mí no tenía sentido cantar, aplaudir y abrazar afectuosamente a esa clase de prójimo.
Como el tráfico estaba terrible, el viaje por la Panamericana se hizo tedioso. No teníamos idea adónde nos estaban llevando y los uniformados seguían sin decirnos nada.
-¡Cállense mierdas y sigan alabando al Señor!… -, dijo por toda respuesta el achinado, dirigiéndose a los insistentes.
Me di cuenta que conforme pasaba el tiempo, los de azul iban perdiendo esa lozanía que los distinguía de nosotros. Y cuando pasamos por Yerbateros, como a eso de las seis, a todos les cambió la cara cuando vimos a un grupo de fumones prendiéndose en plena avenida. Presas de una extraña euforia, no paraban de comentar lo que hacían ni la cara que estaban poniendo. Ni bien oscureció comenzaron a verse igualitos a nosotros y ese brillo en la mirada, que al principio nos motivó a reclutarnos, se apagó para siempre…
Había empezado a agarrar sueño cuando el vehículo se detuvo en la avenida Canadá. Los uniformados abandonaron sus asientos en el acto y en silencio, con disciplina militar, cubrieron nuevamente ambas puertas del microbús.
-¡Nadie me habla, carajo! ¡Al primero que desobedezca le saco la conchesumadre! ¿Está claro, mierda?… -, dijo el flaco achorado bajando primero que nadie.
-¡Pero si estamos en Santa Catalina! ¡Este es mi barrunto, cuñao!… -, me dijo en voz baja mi vecino de asiento.
-¿Qué mierda he dicho, imbécil? ¿Eres sordo, malparido de mierda?… -, le contestó el flaco tan cerca que lo escupió en la cara.
Yo seguí caminando calladito pero desde entonces, mi amor, supe que habíamos cometido un error…
El microbús se detuvo frente a una casa enorme y parece que todo el vecindario se había pasado la voz porque estaban allí, mirándonos asustados, como si fuéramos locos peligrosos. Para colmo, los de camisas blancas insistían en portarse como agentes de la CIA y eso ponía más nerviosa a la gente. Un chiquillo mataperros se liberó de las manos de su madre y me tiró una piedra que, por suerte, sólo me cayó a los pies… Nadie lo corrigió… Al contrario, la malacrianza rompió el hielo y la multitud estalló en carcajadas. Algunos vehículos se detuvieron obstruyendo la circulación y la gente en el interior nos señalaba, nos miraba como bichos raros y se burlaba de nuestro aspecto.
-Despídete del paiche, calavera de llavero… -, me gritó un cobrador de micro y las risotadas no se hicieron esperar.
No sé… Quizás era chocante ver a tanto antisocial junto…
La pesadilla comenzó ni bien pusimos un pie en un chalet de dos plantas, con jardín y amplio patio con piscina. Descontando a los recién llegados, en ese momento la casa albergaba por lo menos a trescientas almas. El olor a sobaco y a meados era insoportable.
Nos hicieron pasar a punta de gritos y empujones… Amorcito, lo que vi allí no parecía real… Dentro de una piscina seca había por lo menos un centenar de drogos… El bullicio era infernal, desquiciante, tanto humo me hacía llorar… Pero ellos conversaban tranquilos como en su casa.
Los dirigentes se movían con desenvoltura en aquél enjambre y hasta podían diferenciar a cada grupo de reclutamiento que la hermana Juana tenía en la ciudad… Jamás supe cuán chico es el mundo hasta entonces… Caminando por toda la casa, sentados en las escaleras, murmurando en los rincones, encontré a muchos drogos que conocí en mi larga vida de vicioso. Era como un paseo por el infierno, como deambular por cada hueco de Lima. Mientras unos se pasaban la voz como si nada, otros parecían avergonzados y culpaban a sus parientes por haberlos hecho entrar al programa a la fuerza.
-La huevona de mi mujer me ha metido acá… Pero ni piense que me voy a quedar mucho tiempo, causa… De aquí me quito a seguir fumando, carajo… -, me dijo el Chinagria de Sáenz Peña, confiando en que podría escapar.
Lo más triste, mi amor, fue enterarme que la mayoría de ellos había recaído.
-Nunca vamos a dejar el vicio, causa… Ni bien sientes que estás limpio, te vas corriendo a prenderte… Tendrían que desaparecer también los huecos, compadre… – me dijo el Trompudo de La Paz, que iba por su tercer ingreso…
El malhumorado nos mandó a formar a punta de lisuras y al mismo tiempo que uno de esos de camisa blanca nos servía una chicha rosada e insípida en unos vasos descartables - que a la legua se notaba que habían usado un montón de veces – nos repartió por cabeza un cigarrillo Gold Coast y un pan con mantequilla que iba sacando de unos baldes asquerosos. Estábamos devorando con angustia el magro refrigerio, cuando el flaco achorado nos mandó a meternos dentro de la piscina porque necesitaban más espacio para los que iban llegando… En aquel momento me preguntaba, angelito lindo, cómo haríamos para dormir en ese lugar. Pero pronto me enteré que nada más nos iban a empadronar y que después nos trasladarían en grupos a Pucusana, dónde quedaban las casas de rehabilitación.
-Aquí solamente van a chequear si hemos traído droga, causa… Allá arriba, estos conchasumadres te van a quitar todo… -, me dijo uno que ingresaba por segunda vez echándole el ojo a mi maletín…
Tengo que admitir que, conforme avanzaba la cola, ese lugar más parecía una cárcel que un centro de rehabilitación. Como todos teníamos la conciencia sucia, pensamos que merecíamos algún castigo… Aunque comprendí que era imposible reformar a este hervidero de mal vivientes sin usar la fuerza y estaba dispuesto a todo por dejar el vicio, sentir que estaba en manos de unos drogadictos reformados me puso nervioso. Con la guardia baja y la autoestima por los suelos me dejé insultar y humillar… Finalmente, las cosas seguían siendo igual que en la calle…
-¡Oye, imbécil de mierda, chuchatumadre!… ¡Aquí no estás en el hueco!… -, gritó un negro, afeminadísimo, lanzándole un mocasín directo a la cara a un infeliz que exigía otro cigarrillo.
El tipo – que resultó ser el director de esa casa – era un pájaro de cuentas conocido en los huecos de Lince. Un maldito hijo de puta que a la legua se notaba que no había cambiado… Cuando desapareció de las calles muchos estuvieron seguros que le habían dado vuelta por soplón… Revisaba nuestras maletas con codicia y se aprovechaba del cargo para quitarnos todo. Nos hizo poner en pelotas y a su disposición a punta de patadas y el perverso, sin profilaxis alguna, le metía el dedo en el culo a cuántos quería, según él, para ver si estábamos pasando drogas. Sé que es chocante, mi amor, pero ¿cómo se cuenta algo así?…
Nunca entendí por qué nos hicieron llevar cosas, si este conchesumadre y sus compinches nos estaban saqueando.
-Allá a dónde vamos no vas a necesitar esto… Además, por tu propio bien, no puedes llevar nada que te recuerde tu pasado… – y se quedaron con el cuadrito, que era lo único que tenía de ustedes…
-No se preocupen, todo les será devuelto el día que tengan su primera visita… - nos mintió el hijo de puta…
¡Yo que pensé que sólo era cuestión de fuerza de voluntad!… ¡Y no!… Quedó bien claro que estábamos marcados para siempre y que jamás volveríamos a ser personas de bien para los demás… Rehabilitarnos iba a ser el mayor logro de nuestras vidas y por eso fuera del programa no valíamos nada. En la lucha por la supremacía, mi amor, éramos perdedores…

