El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

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