Todo el mundo cree que los Taca-Taca son mellizos (*)


(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

Pero Pablo – Papapablo -  es como dos años mayor.  Eso sí, ¿ah?, Mamamario es un mecánico de la puta madre, “e-especialista en mo-motores tu-turbo y diesel, cu-cuñadito”… dice sobradísimo el huevón  ¡Y no va a ser!… Si siempre anda  con las narices metidas en un carro… ¡Así cualquiera, pues!…  Aunque, de vez en cuando, deberías quitarte ese mameluquito anaranjado del Touring, compadre… ¡Apesta a puro sobaco, oye!  Lo más loco es que son patas…  ¡Yo no podría ser así de pata de mi hermano!… ¡Qué aburrido!… Pero ellos andan juntos de arriba abajo y  eso que todo el día  discuten, ¿ah?…  ¿Cómo es, no?… ¡Cómo te caga el chamuco!…  Estos huevones no eran así de tartamudos antes de coquearse.  

 

-Taque, taque cuñado…, te-tenemos una me-merca buen-nísima en la c-casa… – le dijo Mario a Betto limpiándose las manos de grasa en el mameluco.

-¡Puta madre, Marito!… No sabes lo bien que me pondrían un par de tiritos – contestó Betto frotándose las manos y haciendo muecas con la nariz.

-Sss-sólo va-vamos a la fa-farmacia u-un ratito… – intervino Pablo, el más trabado y loco de los dos y acelerando al máximo cruzó la Javier Prado.

 

El padre de los mellizos fue embajador en los sesenta y desde entonces vive en Europa.   Como a ellos les molestaba estar  viajando a cada rato de un lado a otro,  los enviaron de regreso a Lima con el ama de llaves y Pablo, que tenía sólo diecisiete años, se encargó de administrar los gastos desde entonces. 

 

Algunos dicen que los Zolezzi pertenecen a una red internacional de narcotraficantes y que por eso no pueden regresar al Perú.   No sé. La verdad es que ni los amigos más cercanos sabemos hasta ahora a qué se dedica su viejo, pero los locos  revientan dólares a forro porque mensualmente les cae el billete por valija diplomática  ¡Quién cómo ellos!… ¿No?…  Cuando les da la gana se borran del mapa y se van a Europa a sangrar de lo lindo a sus viejos… ¡Qué paja!… ¡Eso es vida, carajo!…  Otros que los manyan desde chibolos son los tombos de la comisaría porque, como no hay coima que no puedan pagar, los  agarran de punto a cada rato… Pero ellos como las huevas, ¿ah?…

 

-Ma-machucado, dame cu-cuatro cajas de co-condones – pidió Pablo dirigiéndose al dependiente de la farmacia Gonzáles Prada.

-Qué buen cache que te vas a meter, compadre…

-Ya ve-verás, cu-cuñadito – contestó Pablo.

-¿U-unas chelitas? – le sugirió Mario a su hermano mientras salían de la farmacia.

 

Cruzaron la pista y se dirigieron hacia la bodega de enfrente.

 

-¡Pa-pancracio, u-una Cristal bi-bien helada! -  pidió Pablo en la tienda.

-Y tres va-vasitos  - agregó Mario.

-¡Básico!… Se imponen unas chelas…

-¡Salud co-con todos!…

-¡Salud pues, hermano!…

-¡Fe-feliz veintiocho, pues!…

 

Cuando abandonaron la bodega, ya eran casi las siete de la noche y Betto, sospechando que en casa de los Taca-taca encontraría coca hasta por gusto, se puso un cajón más de cervezas.

 

-¡Pu-puta  madre!… ¡La mi-misa de mi-mierda! – gritó de repente Pablo frenando en seco.

-¡Sa-salta nomás, huevón!… ¿Pa-paqué  tenemos el Jeep?…

-¡A la mi-mi-mierda! – gritó Pablo que se subió al sardinel y acelerando al máximo atravesó el parque y se estacionó en la puerta de su casa.

 

… Un par de tiritos nomás y dejo a estos locos con sus asuntos, porque me parece que están con unas hembritas… ¡Puta madre!… Casi me caigo por pensar cojudeces.

 

-¡Gu-guarda, carajo! Su-suave que te-te cagas, huevón!… – gritó Mario a todo pulmón ayudando a Betto a sostener la caja.

-Sólo fue un desliz…

-Sí, cuñao…

 

…¡Mierda!… ¿Qué pasó con la casa?… ¡Nada que ver!…  ¿Y los muebles?…  Estos huevones dilapidaron todo en angustia  ¿No digo?…  ¡La coca es una mierda!… Apuesto que en el refrigerador tampoco hay nada… ¡Pucha,  qué buenos atracones que me di con las  cosas riquísimas que comían estos cojudos!… ¡Ah!… Esos eran otros tiempos…

 

-Ciao, bimbo. Mi chiamo Fabrizio – se anunció un muchacho que bajaba del segundo piso extendiendo la mano. 

-Él es Fa-Fabrizio, Betto – los presentó Mario con un espejo en la mano.

-Ah… Yo soy Betto. ¿Qué tal?…

-¿Atrápala, Qui-Quiroga! – gritó Pablo lanzándole una bolsa.

-¡¡Mierda!!… exclamó atajando una roca de por lo menos medio kilo.

-Fa-Fabrizio, e-esto es pa-para ti… – dijo Pablo colocando los condones sobre la mesa.

-Si-siéntate cuñado. A-ábrete u-una chela – y le alcanzó el destapador -. Di-disculpa el desorden cu-cuñadito… La Chacha se fu-fue  para su pueblo…

-No te creo que todavía tienen a la Chacha  ¿Qué, también le regalan huevadas para el día de la madre?…

-¿Ta-que, ta-qué huevón eres, no?… Si-si la Chacha e-es la chola nomás – y con un tubito de vidrio aspiró una línea de coca que había hecho en el espejo – Ma-más fea no pu-puede estar la pobre.

 

..¡Puta, cómo le tiembla la mandíbula a este huevón!… A ver, ¿me corres la parafernalia, cuñadito?…¡Ah, chucha!… ¿Primero tengo que esperar a que te lamas los dedos?… Está bien, disculpa cuñao… ¿Ya terminaste con tu ritual?  Gracias, muchas gracias…

 

Betto inhaló ruidosamente un par de veces conteniendo la respiración hasta que   el  rostro le cambió de color y una vena enorme surcó su frente. Pablo y Fabrizio  estaban sentados al otro extremo del  sofá aplastando las rocas con una cuchara y una coladera.

 

-Este chamuco es de primera, ¿ah? Ni se siente cuando pasa… – dijo Betto extasiado,  con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Y luego de jalarse otra línea, le corrió el espejo al italiano.

 

-Io paso, ¿vero Pablo?… – contestó el italiano concentrado en su tarea.

-Yo, ta-también, ¿vero Fa-Fabrizio?…

-Vero, vero…

 

Sorprendido, pero contento, Betto se quedó con todas las rayas del espejo para él solito.  Pero de pronto, recordó el rostro de Verónica la noche anterior y se puso de pie.

 

-Mario, jálame hasta la casa de mi vieja, cuñadito. Ya me quito…

-Que-quédate un ra-ratito más, cu-cuñadito… Ahorita te-te llevo…

-No compadre, ya son como las nueve… Mejor me voy… – contestó decidido.

-Te-termínate tu-tu chela, po-por  lo menos…

 

… Bueno, si insistes, no me voy a hacer de rogar… Me seco el vaso y de paso me limpio el espejo…   ¡Ah!… Ahora sí me quito aunque sea a pata.  Pero no pues, Marito… Por favor, hermanón… Ya, Ya… Hasta ahí nomás, cojudo… Gracias… Tu siempre tan exagerado… Ya, pues… Un par  más y me quito…

 

-¡Eh!…¡Sardo di merda!… ¡Testa di cazzo!… ¡Vieni súbito!…  ¡Andiamo, Cossimo! ¡Vieni!… – gritó de repente Fabrizio al pie de la escalera, dirigiéndose a alguien que estaba en el segundo piso- ¡Vafanculo!…  ¡Chi mangia bene, caga forte!… ¿Eh?… ¡Vieni súbito, sardo di merda!…, insistió.

-Que-que baje la-las llaves…

-¿Dov’ è le chiavi?…  ¡Vieni!…

 

Una sombra oscureció la escalera y apareció un pequeño sujeto con una maraña de pelos ondulados, envuelto en una sábana y chancleteando unos zapatos nuevecitos. Usaba barba larga, bigote y tenía un semblante alarmantemente pálido y ojeroso. Era natural de Cerdeña y no hablaba ni mierda de castellano. Con la barriga afuera y la sábana aún colgándole sobre los hombros, se sentó junto a Betto y arrojó sobre la mesa de centro  una carterita de viajero,  que Fabrizio abrió enseguida con avidez.

 

-¡Ciao, tutti!… ¡Birra, figli da puta!… ¡Eh!… Buona sera, comendattore… – soltó al descubrir a Betto.

 

Fabrizio sacó un par de cucharitas de la carterita de viajero y un curioso mechero que le llamó tanto la atención a Betto,  que varias veces se sintió tentado de tocarlo.  Las llamas diluyeron el polvo y con unas delgadas jeringuillas para  insulina, jalaron el líquido y lo mezclaron con un poco de agua en una tapa de betún Nuggett, que hace rato había visto sobre la mesa. Pablo echó la cabeza para atrás y dejó caer su jeringa junto al vaso con residuos de cerveza.

 

-E-esa nota, ¿ no? … – comentó Mario.

-¿Tú no te inyectas? – Preguntó Betto erizado.

-Yo po-por la ñata, nomás, cu-cuñadito…

-Templa per favore, amico… – le pidió Cossimo alcanzándole el extremo de una liga  con la que se apretaba la pantorrilla.

 

…¡Cómo me haces esto, pues!… No, no gracias, hermano… Lo mío es por la ñata, nomás… ¡Ni que fuera tan drogadicto, compadre!… ¿Qué te has creído, huevón? Yo soy un hombre de familia… No te confundas, oye, náufrago de mierda… A ver Marito, ponte unas rayas que estoy recontra asado… ¡Italiano de mierda, carajo!… ¡Y para la próxima que te agarre la liga la reconcha tu madre, huevón!

 

Cuando se terminó la cerveza la siguieron con ron y a medianoche Betto ya tenía tanta práctica que podía encontrarle las venas a quien sea, en cualquier parte del cuerpo.  Se enteró que Fabrizio y Cossimo venían de pasar unos días en Huanchaco, haciendo tiempo para que los Taca-taca consigan la vaina.  Hace apenas tres meses, Fabrizio había llegado a Roma con un cuarto de kilo de coca metida en el culo.  Claro que hay culos con mayor capacidad y Cossimo estaba dispuesto a demostrarlo. En Italia, luego de adulterarla, la dejaban lista para el consumo.  

 

Betto salió de la casa de los Taca-taca como a las dos y media de la mañana sin despedirse de nadie. El frío y la llovizna habían ahuyentado a los pasteleros del Fuerte Apache. Cuando atravesaba el parque Jacarandá, un par de sombras se levantaron  de una banca y caminaron hacia él.

 

-¡Habla, jugador!… – pudo articular uno de ellos con dificultad.

-¡No pasa nada, Piojo Gordo!…    

 -Pero si es Bettito… – dijo mostrándole su sonrisa desdentada -. Sin paltas causa, yo me porto… Hoy por ti, mañana por mí, pé… Es la ley de la calle, causa… – y con un abrazo le corrió la tola.

Betto fumó sin ganas y, como el filtro estaba tan empapado de saliva,  por más que chupó  no pudo hacer correr el tabaco y el esfuerzo le dio nauseas.

 

-¡Pasu madre, se volteó el gringo!…

-¡Vámonos, que este cojudo está hasta las huevas!…. – sentenció el Piojo Gordo alejándose otra vez rumbo al parque.

 

Betto caminó por las mismas calles que lo habían visto crecer y que otra vez lo llevaban de regreso a la casa de su madre.  Cada dos pasos se detenía para  vomitar y emprendía nuevamente la marcha doblado en dos. A tientas, logró encontrar la puerta y cayó de cara despertando a  Clark Kent, que anunció agudísimo su llegada. Doña Armenia levantó a don Humberto y grande fue su sorpresa cuando lo encontraron tirado en el umbral.  Los dos viejos con gran esfuerzo lo arrastraron escaleras arriba hasta su cuarto de soltero y una vez allí, como si el tiempo no hubiera pasado, lo desvistieron, le pusieron su pijama y lo acostaron.  Igual que antaño, doña Armenia se persignó y agradeció a Dios que se lo haya devuelto sano y salvo. Pero en su fuero interno reconocía que era una bendición que estuviese casado y que ya no viviera allí.  Lo espió en silencio mientras roncaba por la rendija de la puerta y no pudo fingir alegría de tenerlo en casa. Permaneció allí hasta que el tufo del licor se le hizo intolerable y  se fue para su cuarto pensativa, arrastrando  los pies.

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