(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no? – gritó el Gallina con su voz de hojalata y los ojos fuera de órbita.
Estaba agachadito como siempre, en la puerta del callejón, traficando su huevada y fumándose tranquilo un tabaco de la suya… Haciendo tiempo… Resignado a que ese bulto monstruoso que tenía en el cuello – y que camuflaba con un pañuelo grasiento – acabara con su maldita existencia antes que la policía lo reingrese en Lurigancho.
-¡Compadre… Pero si está nuevecita!
-Mejor haz caso y bórrate de una vez, Colorado… El hombre te está hablando de buenas maneras, le dijo el negro Blancanieves – que lo manyaba del cole – tirando un gargajo parduzco contra la pared.
-Compadre… Esta licuadora tiene doce velocidades…
-¿Qué mierda me palabreas a mí, sonsonazo? ¿Ah, pavazo? – Se achoró el Gallina incorporándose ágilmente y de un empujón lo arrinconó contra la inmunda pared del callejón. Después de acercarle el anillo con su enorme calavera a la cara, lo amenazó por última vez: -¡Sácate de aquí, concha tu madre, si no quieres que te abolle ahorita mismo!…
-¡Oye, Colorado! – le pasó la voz el Mostrovelo desde la vereda del frente y Betto cruzó corriendo con la licuadora de su mamá camuflada en una bolsa.
El negro estaba vendiendo su merca sentado al borde de la pista y se iba tomando una cerveza al tiempo mientras aguardaba que los angustiados comenzaran a caer por el hueco.
-¿Habla, cuánto me das? – articuló apenas Betto.
-¿Yo? Ni mierda, Colorado…
-¿Entonces?
-Mira causa, porque me caes bien y porque lo manyas a mi tío te voy a pasar el dato… Métete a la huaca, sigue de frente por el corralón hasta el primer caño y en la segunda entrada doblas a la derecha hasta llegar a la barraca número doce. Es la única casa que está pintada de celeste… Toca fuerte nomás y pregunta por Olga… Es mi síster… Enséñale la barca y dile que vas de mi parte.
-¿Crees que la quiera, compadre?
-¿Cómo chucha voy a saber yo eso, huevonaso? ¿No te estoy diciendo que vayas y le preguntes? Eso sí cojudo, ¿ah? Si te la cambia ya sabes cómo es…
-¡Puta, claro pues, compadre!
Era cerca del medio día pero aquí parecía que jamás hubiera vuelto a amanecer. A solas o en pequeños grupos, los viciosos envueltos en nubes de humo ya ni se tomaban la molestia de disimular.
-El vicio es cosa seria, hermano… -, le dijo uno de ellos corriéndole un tabaco.
En el acto, se vio rodeado de un montón de miserables que recogían los puchos del suelo y se los terminaban con desesperación. Otros, se conformaban con lamer los quetes vacíos que el viento movía de aquí para allá. Un par de enormes perros chuscos que se estaban quedando afónicos de tanto ladrar le salieron al encuentro y Betto les tiró una piedra haciendo que los sarnosos se alejaran aullando con el rabo entre las patas. Se detuvo delante de una construcción rudimentaria hecha con tablones y latón pintados de celeste. El número doce trazado con tiza verde ya ni se notaba sobre el marco de una puerta hecha perezosamente irregular. A través de las paredes llenas de rendijas, el aire se filtraba como si nada y por algunas hasta se podía ver adentro.
♫♫ Hoy es mi aniversario… Hoy es el día de mi aniversario.. ♫♫
Escuchó al ronco Gámez a todo volumen cuando se animó a tocar la puerta…
(RADIO) “… ¡Este sábado todos al Parque Fátima con el grupo Caracol!”…
-¡Puta madre!… Creo que no hay nadie – y pegó el ojo en una abertura.
Un par de rayos de luz se filtraron por las rendijas del techo iluminando la desnudez de una mulata que se frotaba las piernas con un trapo parada en una despostillada tina enlozada. Betto se quedó quieto, espiándola un buen rato, hasta que lo delató el ladrido enfurecido de un perrito chihuahueño.
-¿Quién anda ahí, carajo? – preguntó la negra bajando el volumen de la radio y se echó la bata encima.
-Yo…
-¿Y quién es yo?
-Vengo de parte de Mostrovelo, flaca…
-Ah, ya.. Un ratito que ahorita salgo… ¡Shhh! ¡Cállate, Pancho! Pesado eres, ¿no?
La zamba abrió la puerta descalza, greñuda y envuelta en su percudida bata rosada y lo primero que hizo fue clavar la mirada en la bolsa. Después, con las dos manos en la cintura, lo examinó rápidamente de pies a cabeza y dejó asomar coquetamente una piernota.
-Me dijo Mostrovelo que te trajera la licuadora…
-¡Pasa! No te quedes ahí afuera, flaquito… La zamba se apoderó al toque de la bolsa y después de examinar en su interior le dijo rápidamente- ¿Cuánto quieres, flaquito? – y lo volvió a barrer con sus ojillos amarillentos y trasnochados.
-Tiene doce velocidades y la hemos usado bien poco…
-Habla pues, ¿cuánto quieres? – repitió impacientándose y se le abrió un poco más la bata.
-Dame veinte…
-¿Tas loco? ¡Mejor me compro una nueva!
Le devolvió el artefacto dándole la espalda y se alejó meneándole las caderas, mientras levantaba una mano extendida.
-Te doy cinco, si quieres… A la franca flaquito, no la necesito ¿Qué mierda voy a licuar? ¿Tabaco?…
Sacó un calcetín rojo que escondía debajo del catre, contó cinco paquetitos y se los dio.
-No le estés diciendo a nadie afuera cuánto te di, ¿ah?…
-Yo no le hablo a nadie, flaca…
-¡Espérate! No salgas por la reja. Sigue de largo bordeando el muro y vete por el mercadito… Por ahí siempre está tranquilo – y metiendo la bemba se despidió – chau, si puedes consígueme una tele, flaquito… Por eso sí que te doy bien…
En casi tres meses Betto chocó con todo lo que había en su habitación. Sus ternos, sus zapatos, sus corbatas y sus camisas desaparecieron en una sola noche de angustia y cuando ya no quedó nada suyo para vender, como era de esperarse, empezó a robar en la casa. Desde su viejo sillón, encanecido – y pálido hasta la transparencia -, don Humberto observaba el saqueo en silencio.
Todavía conservaba el carro -que tenía parado sobre cuatro ladrillos junto al manicomio- y donde pasaba las noches fumando y durante el día dormía la mona. Los vecinos a cada rato llamaban al Serenazgo porque la carcocha le daba mal aspecto al vecindario y hubieran querido que lo metan preso por haber traído abajo al par de ancianos.
Doña Armenia vivía muerta de vergüenza y tenía que andar día y noche con la llave del joyero prendida del cuello. Cada vez que su hijo se le acercaba temblaba de miedo. Pero a Betto no le hizo falta la llave para llevarse el pequeño tesoro de su madre. Cortó definitivamente con todas sus amistades para que nadie la compadeciera y no volvió a salir ni siquiera a comprar a la bodega de la esquina. Una mañana, mientras tomaba una ducha, Betto se llevó el único televisor que había en la casa. Don Humberto suplicó en vano.
-¡Maldito, desgraciado, mal hijo!… ¡Dios te va a castigar!… -, gritaba la pobre vieja por la ventana del segundo piso.
-¡Olga! ¡Olga! ¡Olga, soy yo!
-¡No pasa nada!…
-¡Abre pues, Olguita!
-¡No pasa nada, te he dicho!
-¡Ya pues, Olguita!… Tengo la tele que me encargaste… ¡Abre, pues, no seas malita!
-¡Ah!… Eres tú… ¡Pasa rápido, flaquito! – contestó abriendo un poco la puerta y todo el olor a pasta del interior se escapó por la grieta- Pensé que eras otra persona. Franco, franco, que no tengo nada – dijo mordiendo su tola.
-¡Puta! ¿Y ahora qué hago?
-Ponlo aquí… – dijo ella señalando con la punta del pie hacia el rincón donde Pancho dormitaba un poco alterado por la presencia del extraño- Es de diecinueve pulgadas, ¿no?
-¡Puta madre, Olguita! ¿Y ahora?
-Hay que esperar nomás, flaquito… – y le corrió la tola – Estoy con esta palta desde la seis de la mañana… Pero todavía me queda una caleta para mi consumo…
-¡Puta madre! ¿Y como cuánto se demorarán?
-No te preocupes, gringuito, que ya no creo que se demoren más… – se sacó un billete arrugado del entre seno y se lo alcanzó – Anda, cómprate una cajetilla de latinos y una botella de anisado.
-¿Dónde? ¿Afuera?
-No, pues. Aquí al lado en el dieciséis… Tócale la ventana a la tía y dile que vas de mi parte porque si no la negra esa no te vende. Voy a dejarte la puerta junta pero no te demores, ¿ya?
Sentados uno frente al otro fumaron apenas sin hablar durante horas. A cada nada, Olga se paraba inquieta detrás de la puerta y se quedaba escuchando la conversación de la gente de afuera, mientras que Betto se armaba otra tola y bebía a pico de botella. La caleta se acabó como a las cuatro de la tarde y Betto comenzaba a desesperarse porque la merca no llegaba.
-¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?
-Descansar… – le contestó ella sin dejar de mirar por la rendija.
-¿Descansar?
-Sí, estoy muerta. Hace días que no duermo bien y ahorita todo el cansancio se me ha venido encima.
-¿Y la merca?
-¡Qué mierda habrá pasado! Pero eso de todas maneras llega, ¿ah?… Regresa, pues, o llévate la tele si quieres. No me importa. Me siento hasta las huevas – y se tumbó en el catre.
Betto estaba borracho y ya empezaba a olvidarse adónde estaba cuando se prendió el último tabaco y se acabó el anisado de un tranco. Olga se había quedado dormida y balbuceaba algo de vez en cuando. Tenía unos treitaitantos y aunque estaba un poco desgastada conservaba todavía firmes las carnes. Viéndola acostada de lado con el cuerpo cubierto por un ralo percal de golpe le pareció que estaba de nuevo en la fétida habitación donde tuvo su primera relación sexual. Esa vez tampoco pudo decir que no.
… Me moría de ganas ¡Claro! Pero también de vergüenza y con mi viejo al lado no iba a ser lo mismo ¿Y si no se me para?… Con angustia veía pasar los letreros luminosos de la Carretera Central… ¿Qué tal si la tengo muy chica y la puta se burla? ¿Y si me pregunta por qué todavía no tengo pendejos?…
-Toma cincuenta soles y tírate un par de polvos… Te dejo porque la mía ya está desocupada…
… ¿Cuánto cobras, mamacita? ¿Y sale con chupada?… Ensayé como un huevón todo el camino y delante de ellas no me salió ni una palabra… ¡Carajo!…
-Papito rico, yo te hago de todo…
-Ven para comerte, chibolo…
-Acércate papacito, no seas tímido…
… Y otra vez las mismas caras, las mismas gordas y las mismas preguntas y yo, sin poder decir nada… ¿Por qué será que las putas son igualitas a las señoras? ¿Cómo le pregunto a una ama de casa si quiere cachar conmigo?… ¡Hasta que apareció! ¿Será la misma? ¡No, ni cagando! Pero es igualita… Las mismas piernotas, las mismas nalgazas…
-Acuéstate tranquilo nomás, flaquito…
… ¿Cuánto cobras?…
-Si es tu primera vez chiquillo, te dejo el segundo gratis…
… ¿Con chupada?…
-Por trenita Soles, sale con todo, chiquillo…
-Por cincuenta, me haces lo que quieras, papacito…
… Las mismas tetas… ¡Qué tal culo, carajo!
-Ay, ¿qué estás haciendo?…
-Un ratito nomás, mamacita… Abre las piernas no seas malita… Mientras llega la merca nomás, ¿ya?…
-Bájate el pantalón, chiquillo…, primero te la tengo que lavar pa’ ver si estás quemado… Cuando se aprieta así y no sale pus por la cabeza estás sanito… Ponte el condón y échate en la cama para chupártela…
…¡Ni siquiera le pude ver bien la chucha, carajo!
-Sigue, así flaquito… Así, así que rico… No pares…
… ¡Mamacita! ¡Mamacita!…
-¿Cómo te van a doler los huevos, cojudo?…
-Es que no terminé, papá…
-¿Cómo que no terminaste?…
-Cuando la iba a dar, le apreté las tetas y le saqué carca del pecho y se me bajó todo, papá…
-No seas cojudo, hijo, este es el Cinco y Medio… Aquí están las mejores putas de Lima y sobre todo las más limpias…
-¿Qué te pasó flaquito? ¿Por qué no terminaste? Ven, abrázame, que nos despierte el de la merca cuando toque la puerta… Duérmete, descansa, flaquito…
Desde entonces, Betto se quedó a vivir en la huaca y Olga le mantenía el vicio. Y cuando los del barrio se acostumbraron a verlo se puso a vender quetes con confianza porque el Mostrovelo y el Blancanieves lo cuidaban como a uno de la familia.


Entretenida la lectura …