Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

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