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Si el Señor es mi pastor, nada me puede faltar… (*)
(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Como no había electricidad ese horrible lugar quedaba en penumbras. El asaltante ese, que era el director de la casa, ordenó a los hermanos echar llave a las puertas y a encender velas en cada habitación. Inmediatamente, me asaltó el temor a morir quemado. El hacinamiento y la pestilencia eran insoportables. Como ya no había espacio ni para estar de pie, algunos intentaban dormir recostados en la espalda de un compañero… Éramos una masa deplorable, vencida por el cansancio, el hambre y el sueño.
Partiríamos a nuestra nueva casa cuando el ómnibus regresara de Pucusana. Mientras tanto, pensaba en ti amorcito. Que estabas tranquila, sabiéndome en buenas manos. Y cuando me acordaba que te habían sacado tanta plata, me daba cólera y desde entonces pensé en escaparme.
-Dicen que se enfriaron a un par de puntas que trataron de escaparse, compadrito. Por el mar, ni Acuamán con ese oleaje, causita. Y por la puerta, sólo sales muerto o rehabilitado, pues…
-Dicen que las olas miden como quince metros y al toque te tragan…
-El cuerpo de uno de esos huevones terminó por el León Dormido y al otro nunca lo encontraron…
-¡Conchasumadre!… Los pescados le habían comido toda la cara, compadre…
-¡Puta, cuñao!… Y si te quieres fugar a pata, la misma gente del pueblo al toque te denuncia si te ve caminando solo…
-Te echan por miedo, jugador… Esos conchesumadres piensan que les vamos a robar… Lo primerito que hacen es llamar a la policía o a los directores…
-La hermana Juana los tiene bien terapeados… Fíjate que salen a mendigar el combo por los alrededores y nunca regresan con las manos vacías, causita…
-¿Qué? ¿El combo no lo manda Cáritas?…
-Se lo tiran pues, huevón…
-¡Claro! Y encima la pendeja tiene chambeando a todo mundo gratis ¡Yo sé por qué te lo digo pe, compadre! Este es mi tercer ingreso…
-¿Y la plata que se paga?…
-Eso no sé, Gringo… Aquí nadie se entera de los arreglos que hace la hermana Juana con los familiares…
-La familia sufre, causa, pero ya no aguantan tanta cagada, pe… Por eso prefieren que estemos guardados… Lejos… Y la Hermana se aprovecha de eso, jugador…
-Y si hay dólares mejor, causa… Hay un huevo de patas perdidos por ahí con una familia dispuesta a pagar precio… Los hermanos te recogen de las calles y tus parientes pagan con el pico cerrado nomás… La saben hacer, ¿no?…
-Y encima se terapean a las viejas.. Por eso no te creen cuando uno les cuenta que todo es una mierda…
-Para eso los terapean pe, cojudo…
-La pendeja les dice que el drogadicto siempre miente y que inventamos huevada y media para irnos de frente al hueco…
-¿Crees que las visitas son aquí? ¡Ni cagando! ¡Te llevan en bus hasta el Trigal, causita!… Allá si te quejas nadie te cree ni mierda.
-Esa hermana Juana es una profesional del engaño, causa…
-Pero mi cocha prefiere que esté aquí a que me coma unos años en Lurigancho…
-¡Puta madre, jugador! Hay que reconocer que allá sí que de verdad es cagado. Aquí por lo menos no estás fumando todo el día, ni trabajando para un huevón que te cafichea…
Así me estaban poniendo al día, cuando una luz potente que iluminó el ventanal nos dejó cegados. El motor del vehículo hizo vibrar los vidrios y una nube de monóxido de carbono se coló por debajo de la puerta. El flaco achinado nos hizo formar nuevamente de un par de carajos. Con los ojos heridos por aquella luz, y casi al borde de la intoxicación, formamos una cola en la puerta de la casa. No sabes qué aliviado me sentí cuando recibí el viento fresco que venía de la calle. Una barrera humana nos custodiaba permanentemente pero, para qué te voy a mentir, adoré la poca acera que pisé y ahí mismo juré que me iba a escapar ni bien pudiera…
Nos internamos en la noche más negra de la Panamericana Sur precariamente iluminados por una luz mortecina en el interior del vehículo. El flaco achinado sacó de su maletín un cancionero religioso y se puso a cantar seguido por los hermanos, que lo acompañaron batiendo las palmas. Cada muchacho de camisa blanca y pantalón azul dirigió un cántico. Detesté estar metido allí. Me recordaba la primaria, cuando cantábamos con la señorita Blanca un montón de canciones sin sentido. Además, en las calles Dios no sirve de nada… ¿Qué?… ¿Sólo era cuestión de cantarle?… ¡No jodan, pues!…
El canto los ponía eufóricos, les abría el apetito. Se habían ganado su repulsivo plato de menestras.
- ¿Y los que pagamos?…
-Ustedes preocúpense por su rehabilitación y no jodan…
Llegamos a la casa de María Auxiliadora cerca de la medianoche. El chofer, temeroso, no había querido internarse en el pueblo joven y nos dejó tirados en un arenal al borde de la carretera. Dio media vuelta y, como alma que lleva el diablo, desapareció en la Panamericana de regreso a Lima. Nos tardamos un par de horas en llegar a la casa. Recuerdo que estaba tan débil y hambriento que caminaba como sonámbulo en la oscuridad. El olor a mar se hacía más intenso.
Cuando por fin llegamos frente a la casa, el flaco achinado otra vez nos mandó a formar a punta de lisuras debajo del único poste que alumbraba la calle. Al lado, en una caseta de vigilancia que se elevaba un par de metros sobre un viejo portón de madera, había un centinela pelándose de frío que se le cuadró como un cachaco… El desgraciado se hizo el loco y pasó lista de nuevo. A partir de ese momento todos los de camisas blancas y pantalones azules bajaron de rango y se volvieron igualitos a nosotros… Conforme fuimos entrando a nuestro nuevo hogar me di cuenta que me había apresurado al juzgar el hacinamiento y la pestilencia que encontré en Santa Catalina.
María Auxiliadora estructuralmente seguía siendo una vieja granja abandonada a la voracidad de un arenal. El olor a pluma y a caca de pollo seguía impregnado en el ambiente. Los pabellones tenían un esqueleto de material noble, que se construyó exclusivamente para la crianza y el beneficio de las aves y que la gente de la Hermana Juana transformó en dormitorios a punta de madera y calaminas. Solamente la directiva pernoctaba en las habitaciones de concreto donde antes funcionaba la parte administrativa. A nosotros nos tocaba el gallinero. Todavía quedaba caca de pollo pagada en los rincones. Por las noches la lluvia y la arena se colaban por las paredes. Lo demás era sólo arena y alambre de púas.
Por lo menos, unos doscientos espectros harapientos salieron a recibirnos jubilosos entre cantos y más aplausos. Los infelices habían estado esperándonos desde hace horas para poder comer y fumarse su cigarrito. Así que, nos recibieron con sincera calidez. Gritaban y aplaudían a todo pulmón porque pronto servirían la comida, que más bien era un desayuno porque ya eran casi las dos de la mañana.
-¿Qué sé le dice al hermano que recién llega?…
-¿Qué sé le dice?…
-¡Sí se puede!
-¿Qué, qué?…
-¡Si se puede!…
-¡No sé oye… Más fuerte, carajo!
-¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!…
-¡Sí se puede!…
-¡Palmas, hermanos! ¡Palmas!…
Debido a las inquisitivas miradas de mis nuevos compañeros nos fuimos al comedor sin soltar nuestras pertenencias. A punta de carajos, nos acomodaron alrededor de una mesa hecha con tablones de madera reciclada. Era un rancho cubierto por un precario techo de calamina pero la mayor parte de las mesas quedaban al aire libre. La iluminación era precaria. Cien mil moscas se desplazaban de una mesa a la otra y volaban a poblar los cables eléctricos, que parecían esos largos cepillos de cerdas negras. De pronto, un indefinido olor a comida caliente empezó a destrozarnos las tripas y el sonido de las cucharas casi me produjo un desmayo.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… Si el señor es mi Pastor, nada me faltará. Él, me guiará por valles de tinieblas… Bendice Señor estos alimentos, que gracias a tu generosidad vamos a ingerir… -, rezó un flaco sacalagua que se paró junto al achinado.
Yo no recordaba ninguna oración, mi amor. Tampoco podía precisar en qué momento de mi vida me perdí de aprenderlas… Ni por un minuto me olvidé de la miseria, la inmundicia y la ignorancia que me rodeaban. La escasa luz que pendía sobre las mesas solo dejaba ver el comedor. El resto permanecía en tinieblas y era todavía un misterio.
Nos dieron avena caliente con salsa de tomate en unos tazones de plástico mal olientes, un tolete frío y un Gold Coast. Después de dar gracias a todo pulmón engullimos el repulsivo potaje. En ese mismo instante se inició una nueva lucha por la supervivencia… Esta vez con las moscas… Que se posaban por decenas en las cucharas y en los platos… Teníamos que escupirlas antes de tragar la comida. Pero terminas acostumbrándote. Y en los cuatro silos al aire libre – que estaban apenas a unos cuantos metros del comedor – los bichos se te pegaban en las nalgas cada vez que querías defecar.
-Cuando reconozcan con humildad que son una mierda, Dios se acordará de ustedes, ¿ya?… ¡Ahora no valen nada!… ¿Me oyeron huevonasos? ¡No son nada!… No valen nada para nadie… Ni para sus mamás, ni para sus familiares, ni siquiera para la gente del hueco… ¿Escucharon, imbéciles? Desde ahora son la basura de esta casa, ¿ya?… ¿Me oyeron bien, carajo? Conforme pase el tiempo y se vayan limpiando de la droga, recién hablaremos… Mientras tanto, ¡con la lengua bien metida en el culo, carajo!… ¿Me oyeron, mierdas? No valen nada hasta que estén limpios… Por eso, recién van a recibir visita dentro de dos meses… Para que la gente vea que ha habido un cambio… Porque por su culpa, carajo, animales de mierda, ellos también tienen que ser terapeados, ¿ya?… ¡Ustedes no saben el daño que le han hecho a sus familiares, drogadictos de mierda!… ¡Basuras!… Mientras no se limpien de la droga, no merecen ni la comida que se les va a dar, ¿ya, imbéciles?…
El sacalagua estaba dejando bien claro cuál era el fundamento del programa. Según entendí, los nuevos estábamos en una etapa de purgación y teníamos que pasarla muy, pero muy mal… Ni bien terminamos de comer el maldito nos deseó buen provecho y nos mandó a lavar los platos.
Cada tres días un camión cisterna llenaba cuatro barriles inmundos y de allí se bebía, se cocinaba y se lavaban los platos. Pero casi nunca alcanzaba agua para el aseo personal. Como ese delincuente de mierda nos había decomisado los jabones, las cremas de afeitar, las pastas dentales y los desodorantes, cada mañana hacíamos una cola absurda para que el director y otros hermanos nos pongan crema en el cepillo de dientes, desodorante en las axilas y espuma en las barbas. Con las justas nos servían una tacita de agua para cada uno. El proceso era tan tedioso que terminaban aburriéndose y aveces nos quedábamos sin asearnos.
-Ya me cansé, compadre… Para la próxima te lavas, ¿ya?…
Y si reclamabas o los mirabas feo, te respondían que cuando parabas fumando en el hueco en lo último que pensabas era en lavarte los dientes…
-¿Te vas a morir ahora, huevón?…
Y hasta te dejaban sin desayuno.
Acabamos de lavar los platos alrededor de las cuatro de la mañana y como el flaco achinado quería joder un rato más nos hizo formar nuevamente y pasó la estúpida lista de asistencia. No te imaginas, mi amor, la sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que cada cama era compartida hasta por seis internos. Para hacer posible el absurdo, dormían a lo ancho del colchón. Salvo los directores y uno que otro privilegiado todos dormían con los pies colgando.
Estábamos tan cansados que en silencio tumbamos medio cuerpo en la cama y al toque nos quedamos privados. Cerca de la seis de la mañana nos despertaron para iniciar el primer día del programa de rehabilitación. Muriéndonos de sueño y de frío salimos a correr con toda la gente de la casa por los cerros y los arenales de Pucusana. Poco a poco fuimos desparramándonos en la arena. De regreso en la casa los veinticinco recién llegados fuimos tomados como ejemplo. Éramos el retrato vivo de ellos mismos cuando recién llegaron al programa y, como nadie quería acordarse de eso, perdimos nuestro derecho al almuerzo. Rápidamente me di cuenta, mi amor, que teníamos que ir atravesando por diversas etapas de dolor y humillación. Las terapias de testimonio y escarmiento las conducían los rehabilitados más antiguos y servían para transferir el sufrimiento que le causamos a los demás hacía nosotros mismos.
La población de la casa se ordenaba en promociones. Nosotros, como recién llegados, debíamos elegir un nombre, un lema, una canción religiosa, un delegado, una frase bíblica, en fin… Dejar que el tiempo pase… Pero noté que, a pesar que estaba prohibido hablar de drogas entre nosotros, aquél era el tema predilecto en las terapias. Los hermanos daban sus testimonios con lujo de detalles y noté que a la mayoría le daba más ganas de seguirse prendiendo. En eso consistía el programa: reclusión, abstinencia, testimonio y escarmiento. Nos tenían sometidos a su voluntad y para maquillar el vacío profesional pasábamos la mayor parte del tiempo cantando y recitando plegarias de paporreta.
¡Ah!… ¡Trabajar la soberbia!… ¿Sabes a qué le llamaban trabajar la soberbia, mi amor? Cada testimonio era rigurosamente juzgado por un comité de abusivos que nos escuchaba criando cólera. Una vez que te sincerabas estabas perdido. Claro que después de unas semanas de purgación hasta te dejaban escoger un castigo. Y cuanto más brutal, mejor visto por el comité.
Pero nada era más grave que cuestionar el programa o lo que ellos llamaban hacer propaganda negativa. Era un paso atrás en nuestra recuperación y una prueba de que debíamos trabajar nuestra humildad… ¡Ay, amorcito!… ¡Cuánto me costó en dolor físico y en humillación aprender a quedarme callado!…
Cuando ellos hablaban de tu familia se estaban refiriendo a la gente de tu grupo… Todo estaba dividido en grupos: el de los antiguos; el de los nuevos; el de los reincidentes; el de los enfermos mentales; el de raros; el de los asilados y quizá otros de los que no me enteré. Pero un día se me ocurrió contestar que ustedes son mi única familia…
-El grupo es tu única familia… La otra ya la perdiste por ser un maldito drogadicto de mierda… ¿Estás oyéndome, carajo?
-…
-¡No se te escucha, mierda!… ¡Más fuerte, conchatumadre!… ¡Más fuerte te he dicho!… ¡Más fuerte!…, me gritaba una madrugada el maldito del achinado, mientras los demás me tiraban el agua inmunda con la que habían lavado los platos.
El domingo era el único día que el programa te dejaba en paz. Algunos escribían cartas y otros releían las mismas viejas revistas o su Biblia. Cuando nos dejaban ver televisión te apagaban la tele cinco minutos antes que termine el programa y nos mandaban a hacer otra cosa.
-Son unos sádicos de mierda… No les hagas caso, me decía Mauricio, que se sombreaba entre los locos… ¿O los asilados?… Solo ellos llevaban una vida al margen del programa… Eran como huéspedes miserables… Y nadie se metía con Mauricio porque te respondía la precisa… Pero cuando le convenía decía una incoherencia y se exoneraba de paltas…
-Lo que mi familia paga por esta inmundicia alcanza para que coman todos los enfermitos que viven aquí.
Y seguía cosiendo con su pañuelito hindú con un nudito en cada punta tapándole la calva… A veces se olvidaba de ti y tenías que presentarte otra vez… Era divertido… Pero lo mejor que tenía Mauricio era su buen corazón y por eso se encargaba de cuidar de los heridos. Como tenía buen apetito era el cocinero de la casa. Y como no fumaba, cambiaba los cigarrillos por alimentos y por eso de vez en cuando los dirigentes lo allanaban y le quitaban sus cosas.
-¡Hijos de puta! ¡Ya no respetan ni a los que pagan! -, y guardaba silencio por un par de días, sumergido en su lectura…
-¿Y por qué no te quejas con tu familia?-, pregunté una tarde.
-¡Uf! Hace años que nadie me visita… Pero no me creerían… La Hermana Juana se las sabe todas… ¿Por qué crees que las visitas no son aquí?… Te hacen caminar con corbata por el desierto hasta la casa de San francisco… Que sí es una casa de verdad… Con patio, cancha de fulbito y todo… Con sus dormitorios bien limpiecitos… Allá viven los que trabajan para el programa… Esa es la casa que le enseñan a las visitas. Por supuesto que JAMÁS te van a creer que aquí las moscas te sacan los mojones del culo… Oye, me enteré que la desgraciada se trajo la idea de Italia… Allá los heroinómanos están tirados por las plazas y una mafia se los recoge, los mete en rehabilitación y cuando encuentran a los familiares los extorsionan. O, una vez que están limpios, los regresan a la calle a trabajar para ellos… Por eso tratan a los muchachos como a perros. Si se les muere alguien no pasa nada… ¿A quién le importa un drogadicto?… ¿Crees que le dicen hermana porque es monja?… ¡Esa también es una rehabilitada!…
Una madrugada, el flaco achinado decidió bajarme la soberbia de una vez por todas. Entre cuatro me levantaron de la cama a trompadas, me ataron de pies y manos, me metieron en un enorme costal y me llevaron a puntapiés hasta el centro del arenal. Me estaban esperando sentados frente a una fogatas.
♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫
-¡Terapéalo!… ¡Terapéalo!…
-¿O sea que tú eres el Gringuito? ¿Tú no sabes lo que les pasa a los mariconcitos que andan creyéndose más que la gente?… ¿Ah?
-¡Arrodíllate, mierda!…
♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi señor!… ♫♫
(Me arrojaban arena encima)
-Fumoncito eres, ¿no?… Ya te olvidaste cuando te prendías en el hueco y tu viejita te esperaba en la ventana, ¿ah?…
♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫
Me ardía la cara… Tenía los ojos, los oídos y la boca llenos de arena…
-¡Sicoséalo!… ¡Sicoséalo!…
-¡Ahora habla mal del programa pues, conchatumadre!
-¡Calatéalo!…
-¡Calatéalo!…
-¡Qué no se corra pues, huevón!…
-¡Sáquenle la mierda a ese cojudo!
-¿Qué le pasa al hermano que desprecia al programa?… ¿Qué le pasa, ah?… ¡No los veo carajo!… ¡Más fuerte! ¡Denle más duro!…
♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫
(Ya no podía ver nada y no sentía mis piernas porque tenía medio cuerpo enterrado en la arena)
-¡Gringo de mierda!… ¿Te arrepientes, conchatumadre?… ¿No te da pena tu mamá?… ¡Habla, carajo!… ¿Te arrepientes?… ¡No te escucho!… ¡Más fuerte!… ¡Pídele perdón a Dios, carajo!… ¡Levántalo!… ¡Levántalo!… ¡Que coma caca hasta que reviente!…
♫♫ Predica la palabra, insiste a tiempo a completo ♫♫
¡Cuerpo Celestial eternamente bendito!
♫♫ Rebatiendo, amenazando y preocupado de enseñar ♫♫
¡Glorioso y Magnífico Maestro!
♫♫ No insultes, sé pacífico y trata a todos con amabilidad ♫♫
¡Alabado Dios, Todopoderoso!
♫♫ Sométete los jefes, a la autoridad y evita contradecirlos ♫♫
¡Hágase Señor, sólo tu voluntad!
♫♫ Éramos insensatos, rebeldes, descarriados ♫♫
¡Bendito, nos liberaste!
♫♫ Pervertido dechado de Janés y de Jambrés ♫♫
¡Dios y Salvador, Cristo Jesús!
♫♫ Esclavos del vicio, de la malicia y la envidia ♫♫
¡Bendito, nos redimiste!
♫♫ Éramos dignos de odio y vivíamos odiándonos unos a otros ♫♫
¡Aleluya nuestro Salvador!
♫♫ Y nos llamaste para corregir al desobediente, al impío ♫♫
¡Tú eres el creador!
♫♫ Tu dijiste enseña reprendiendo con autoridad ♫♫
¡Tu palabra es la Vida!
♫♫ Y al que no hiciera caso, que se condene a sí mismo ♫♫
¡Hágase tu voluntad Señor! (*)
Mis verdugos se orinaban en mi cara y defecaban para alimentarme con la escoria… ¡Hasta improvisaron una danza frente a la hoguera!… Ya no me importaba nada, mi amor, ni comer caca, ni que me patearan o que me enterraran vivo… No quería ser un rehabilitado para convertirme en eso… ¡Ellos estaban sobrios!… Sin estimulantes… Lo peor de todo, mi amor, es que sabía que quizá no me iba a morir… Ni bien abrí los ojos vi la cara de Mauricio. El bueno de Mauricio. Nuestra Florence Nightingale me estaba desenterrando con un cucharón. Yo estaba sepultado hasta el cuello y tenía toda la cara embarrada de excremento. Sentía aquél hedor impregnado en mis entrañas, el cuerpo destrozado a puntapiés y me dolía el vientre de haber vomitado tanto.
-Esta vez se les fue la mano contigo, Gringo… Estos resentidos de mierda se ensañan con uno… Pero después de todo has tenido suerte… (susurrando) Una noche trajeron dos cadáveres y estos brutos los arrojaron al mar… ¡Imagínate!… ¿Qué culpa tenían los pobres de querer escaparse de este lugar maldito?… Mejor que los dejen en la calle… Aquí los que no les pagan están desprotegidos.
-¡Pero si mi hija está pagando!…, -le respondí haciendo un gran esfuerzo.
-¿Y qué haces aquí?… Deberías estar en la casa de Cieneguilla…
-No lo sé, Mauricio, no lo sé…
-Seguro que ya no tienen sitio y te han metido en este lugar de mierda… Estafadores… Hijos de puta..
-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?… ¿No dices que tu familia tiene plata?
-No me creyeron… ¿No te digo?… Y ya se olvidaron de mí… Además, nadie quería verme de nuevo por allá… ¿Comprendes? ¡Qué importa! Yo, papito, o me corto las venas allá afuera o me quedo en este infierno a morir lentamente…
-¡Si yo pudiera me escaparía de aquí, hermano!… ¿Qué tengo que hacer?…
-De aquí nadie se escapa, Gringo… Pero he escuchado que en dos meses hay una convención de programas de rehabilitación en el Parque Salazar y van a llevar a los más presentables…
-¿Miraflores?…
(*) Fragmentos extraídos de Las Cartas Pastorales a Timoteo y a Tito. Capítulos 2,3,4
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Un nuevo Sol amaneció a la par del Dólar… (*)
(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
… ¡Y lo hizo nomás!…… ¡Retrechero! Al final nos engañó a todos ¿Conque había que decirle NO a la receta del Fondo Monetario? ¡Y con otro nombre nos aplicó exactamente lo mismo! ¡Lo peor fue que le creímos! A ver ahora cómo lidiamos con la miseria… ¡La cagada!…
… El nuevo Sol amaneció a la par del dólar ¿Debemos estar contentos?… Tanto sacrificio que costó obtener la poquita plata que anoche guardamos en el cajoncito del velador para que hoy día no alcance ni para mierda… El mercado está cerrado porque los comerciantes no saben a qué precio vender las cosas ¡Nadie puede comprar nada!… Estos inmundos billetes – con los que hasta ayer me compraba una docena – me sirve sólo para comprar un pan… Y un pan malo, todavía… Pura levadura con sal y agua ¿A quién quieren engañar? Ninguna de estas bolsas ha salido de las panaderías del barrio… Ahora cualquiera vende pan… Hasta te venden pan en la ferretería… Como siempre, alguien le pasa la voz a los más sapos y se ganan… Con este cierra puertas de mierda el botín debe ser jugoso!… ¿Y nosotros qué?… ¿Mirones de palo? La gente les compra por inercia, nomás… Pero en el fondo los aborrecen por ingratos…
… Están hablando que en un mes nivelarán los sueldos… ¿Y las pensiones? ¡Pshh!… ¡Qué golpe bajo para la gente! Nos hemos quedado solos… ¡Ya no hay más inflación!… ¡¡Ra!! ¡¡Ra!! ¡¡Ra!!… Pero a partir de hoy tendremos que quintuplicar esfuerzos para sobrevivir… Por desgracia somos el costo social en un cojudo cuadro estadístico… Yo soy la lacra sin nombre de las calles. La generación quemada de este plan de gobierno plajeado ¡Hay que hacer sacrificios, señor presidente!… ¡Aquí está el pecho de los más jodidos, el culo de los más cagados!… ¿En dónde está el suyo, el de sus ministros, el de la gente que tiene la sartén por el mango, que en este momento están desayunando en una mesa en donde hoy tampoco les falta nada?
Aquí en las calles nos sentimos castigados, defraudados, desmantelados y resentidos, mi querida Mónica… Dejados a nuestra propia suerte y sin futuro, mi estimado Guido… Lo cual es tremendamente injusto, señor Presidente, porque ya facturábamos una vida llena de privaciones ¡Hoy soy inmensamente más pobre que ayer!… ¡Ahora sí que nunca podré nivelarme! Menos con esta pensión miserable que quién sabe a cuánto se habrá reducido… ¿Habrá comido mi tía Antonia?… Tengo que pasar a verla un ratito…
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