En el hueco del jirón Cuzco encuentras de todo a cualquier hora del día… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¡Compadre!… En la esquina con Manco Cápac, un grupo de paqueteros en cuclillas se corre disimuladamente una tola, mientras un huevo de fumones van y vienen, insaciables, por las inmediaciones del llonja.  En un momento, un par de choborras, mayores ya, empiezan una bronca por un asunto de fútbol y el impacto de un contundente palmazo en una espalda desnuda, en el acto, aglutina a todo el mundo alrededor de la mechadera. Meten candela, carbonean a sus anchas, les lanzan pollos… ¡Ya era hora que se rían!… Eso los divierte, rompe con la rutina de la dureza y los relaja hasta que comienza a correr la sangre, entonces, al toque sus parientes los separan. Porque allí todos son parientes, los hermana el vicio.  Por un rato los malogres se distraen, bajan la guardia… Calladitos y con las luces apagadas, se aparecen un par de carros patrulleros seguidos por una diez enorme, que está fuera de servicio. Como once tombos se bajan con escopetas y arrinconan a los malandrines contra la pared inmunda…  Un zarrapastroso parte la carrera pero se le queda una taba y uno de los uniformados rastrilla su artefacto, le apunta al cuerpo y lo hace regresar de un bien gritado carajo… Con o sin documentos, la poli se los carga  a todos…  Por algún tiempo el callejón se queda desierto y tal vez nadie vuelva a salir de su guarida por el resto de la noche, a menos que los saque la angustia o estén bien seguros que la mancada no va a regresar.    Los patrulleros, seguidos de cerca por el siniestro Santo Cristo,  se pierden al final de la calle… La siguiente parada es el próximo hueco…    Cuando el microbús está que revienta de viciosos, los depositan en la comisaría a punta de pirulazos y los más salados, como siempre, se irán directo al calabozo.

 

Es difícil, aunque no imposible, que un pez gordo caiga en las redadas. La mayoría son fumonsitos, nomás. Hijitos de mamá que se olvidaron los documentos y que, para concha, se metieron al hueco…  La policía lo sabe y hasta los conoce de vista… ¿Aquí en Magdalena quién no se conoce de vista?… Para que los suelten sus papás deben traer los papeles…  Y si les encontraron queso, aunque salen con arreglo,  igualito pasan la noche en cana.  Aunque es poco probable, ¿ah?, porque los más sabidos  chorrean la merca y los paqueteros nunca la cargan encima.  La tienen en caleta…  Pero los reincidentes, los que están demasiado viejos y los que no tienen para su arreglo, tarde o temprano irán a parar a Lurigancho…  Como le pasó a mi pata el Flaco Escopeta, que lo agarraron en el Fuerte Apache con sólo tres quinas en el bolsillo y por falta de billete, tuvo que comerse un huevo de años.  Como en ese tiempo no existía el penal de San Jorge, lo metieron con toda la gente brava de “Luri”.  No sé como hizo el Escopeta para sobrevivir… Una vez que te meten en  cana, nadie quiere saber más de ti… Como yo… Cuando el Flaco salió se dedicó a vender coca y ya me contaron que lo ingresaron un par de veces más…

 

Pero si el delincuente tiene un compinche en la comisaría, así lo hayan agarrado con toda la barca del mundo, esa noche duerme en su cama. Y no es casualidad que siempre se trate del mismo sujeto que la policía revienta a patadas en público.

 

-¡Ya pe, jefecito no sea malito!… ¡Ya, pe! ¡Ya, pe!…

-¡Levántate te he dicho, mierda!…

-¡Me vas gomear, pe!…

-¿Ahora lloras, no?… ¡Llévenselo, carajo…

 

Y el tipo desaparece… Dicen que lo hacen para no levantar sospechas… ¿Ante quién?…  También he visto que los que venden se joden menos que los que fuman, ¿ah?… ¿Y por qué?… ¡Por el arreglo nomás pues, chino!… Un fumón casi nunca tiene billete para pagar el suyo…  Tampoco nadie da medio por él… Especialmente la familia, que ya está harta de ellos… ¡Pobres! Sólo les queda comerse el canazo… Todas las desgracias suceden por el maldito dinero, chino… Si no llegué hasta Luri, fue gracias a que mis viejos tuvieron el billete… Pero igualito pasé una larga y angustiosa temporada en la Pantera Rosa de San isidro junto con mi pata el Potón…

 

Teníamos apenas dieciocho años y nos íbamos al quince de la hermana de la hembrita de mi pata en el centro de Esparcimiento de la Guardia Republicana.  Ni más ni menos que en territorio enemigo… Potón y yo le habíamos comprado un gramo de coca a medias al Sobaco, que te conseguía la más pura en ese entonces, cuñadito… ¡Uf!… En su jato hacíamos unas encerronas increíbles. Esas de las que nadie quiere o puede salir… Su viejo era milico y no sé dónde estaba destacado el puta, porque ese jato estaba eternamente vacío y disponible para todas nuestras malogradas… ¡Alucina, huevón!…

 

Estuvimos todo el día en los Pavos jugando paletas y chupando chelas. Cuando el sol se puso, nos dimos un último baño y bastante picados nos fuimos a poner terno y corbata.  Como era sábado tuvimos que correr para que el Sobaco no se nos fuera… Mi pata Potón, de puro armado, se tiró de su casa la botella de Chivas Regal Rare Gold, Dieciocho años, que le regalaron en la chamba a su viejo cuando cumplió no sé cuántos años allí. Un año después cambiamos por yerba el plato conmemorativo. El plan del Potón esta vez era llenar la botella vacía con té. El huevón juraba que su viejo nunca se iba a dar cuenta de nada…

 

-Ese cojudo no chupa, compadre.  La tiene de adorno, nomás… ¡Es un desperdicio!… – decía destrozando los sellos de la tapa con la cuchilla.

 

Caímos tardecito por la fiesta,  la orquesta había dejado de tocar y un discjockey preparaba las cintas… ¡Perfecto!… Nos encantó la idea de que se fueran los churrupacos salseros y festejamos el cambio con tanta euforia que, de arranque, los mayores empezaron a mirarnos feo.  Pero igualito agarramos confianza al toque y fuimos los primeros – y los únicos – en mandarse a bailar bien apretados “Love Hurts” con los mejores cueritos del tono.  Creo que desde allí les marcamos choro… ¿Por qué será que algunos tíos odian tanto el rock, ah?

 

Como habíamos dejado la botella escondida afuera,  de rato en rato, salíamos a chupar y a jalar unos tiros.   En una de esas, un repucho uniformado nos hizo el pare y con lujo de detalles le explicamos un culo de cosas que ya ni me acuerdo y  sin problema alguno nos picó un par de cigarrillos y nos dejó entrar de nuevo. En cuestión de media hora, salimos en el mismo plan y nadie nos volvió a molestar.  Pero el idiota del Potón se cruzó bien feo, cuñao. Su hembrita, una mierda, se puso a chapar con otro pata a propósito,  porque desde que llegamos no dejamos de bailar con ese par de culitos.  El Potón, obstinado, la perseguía delante de sus viejos y los demás invitados… El cojudo le exigía un aclare en plena fiesta… ¡Manya! ¡Un huevonaso el Potón!… Así que recontra asado me lo llevé al baño para que se lave la cara, a ver si se le pasaba un poco la mosqueada y  te juro por Diosito, cuñao,  que no tuvimos nada que ver con lo que pasó después. El Potón sólo se estaba lavando la cara, hermanón, ni siquiera había vomitado… Cuando el chorro de agua nos cayó encima, compadre. “¡El lavatorio se vino al piso solito!…”, le gritábamos empapaditos de pies a cabeza a los tombos que nos  levantaron en peso y nos llevaron directo a la calle.

 

El salón de baile se inundó y tuvieron que parar todas las actividades hasta que el personal del club clausuró la cañería rota. De ser adivinos, todo hubiera acabado allí… Sólo eran un par de repuchos más echándonos de otra fiesta… Pero el instante aquél en que abrimos la puerta equivocada, fue decisivo en nuestras vidas…   

 

Cruzamos la avenida y nos sentamos al borde de la pista, justo al frente de la puerta principal del club, carajo. Allí mismo nos terminamos todo.  Después y a pesar de lo que había pasado, intentamos colarnos otra vez. Mi pata Potón estaba reloco y les dijo todo conchudazo a los tombos que recién llegábamos al tono… Yo, por supuesto, le seguí la corriente. Los guardias, que parecían un par de tíos tranquilos,  se cagaron de la risa y con mucha amabilidad nos pidieron que evitáramos mayores problemas y que por favor nos retiremos en el acto… Pero nosotros, chinchosazos, insistíamos en lo mismo, tanto, que los tombos empezaron a perder la paciencia y a subir el tono de sus amenazas…

 

-¡Retírense o si no!…

-¡He dicho que se retiren, carajo! …

 

Y el tombo conchesumadre me zampó un par de pirulazos seguidos en el pecho, ¡casi me caga la respiración, oye!… Reaccioné al toque, compadre y le respondí con una patada en los huevos y el otro, hecho un pincho, cuñao, me aplicó como mierda de gomazos en la espalda… ¡No jodas, pues!… Pero el Potón es inesperado, carajo. No sé como la hizo pero le ligó… La misma patada voladora a la Chuck Norris, con vuelta y todo… Estaba tan loco ese cojudo que le reventó el tabique al repucho de un solo tabazo… ¡Sorprendente tacle, carajo!… Hasta yo me quedé cojudo, huevón… Pero me aproveché al toque del desconcierto y ¡Fuácate! Le arranché el pirulo al otro guardia que se había quedado ahuevadazo contemplando cómo le sangraba la nariz a su colega y me las piqué… ¡Una broncaza! ¿No?

 

Corrimos hasta que no nos dieron más las piernas, compadre… Todavía tenía el pirulo del tombo en la mano y estaba feliz alucinando adónde iba a poner mi trofeo para que todos los patas del barrio pudieran verlo… Ya nos estábamos  colando en el cine San Felipe, cuando un par de carros se estacionaron en la puerta y cuatro civiles con pinta de cachamulas se bajaron del carro y nos empalmaron  a patadas. Sin esfuerzo, nos metieron a cada uno en un auto distinto y nos abollaron a sus anchas. No sé si fueron los golpes, el whisky o la coca o todo junto, cuñao, pero cuando nos depositaron en La Pantera Rosa ni cuatro fornidos rayas lograron reducirme de lo agresivo que estaba. Los repuchos nos dejaron en manos de los tiras con un parte policial donde se nos acusaba por “robo de vehículos y resistencia al arresto con violencia, resultando dos miembros de la Policía de Fronteras con graves lesiones”… ¡Fíjate pues, compadre!

 

Entramos al calabozo hechos unos gallitos y nos creíamos lo máximo porque éramos los únicos que estábamos con terno. Gramputeábamos a nuestras anchas pateando la reja en la oscuridad. De pronto, desde el fondo de la celda, una voz aguardentosa  amenazó con cacharse allí mismo al Potón si no se callaba la boca, así que ni huevones, hicimos silencio al toque. La borrachera, el cansancio de la playa y la frustración, a la corta nos tumbó al piso igual que todos. Con el saco volteado al revés y los zapatos como almohada, me quedé seco con la plena seguridad que al día siguiente iba a estar de nuevo en la calle.

 

Estaban los Beatles en mi cabeza repitiendo infinitamente el número nueve en el décimo sueño, cuando un estrepitoso rechinar de metales me despertó de un sobresalto. Oliendo a pura agua Welva, el auxiliar Rengifo abrió con dificultad la reja del calabozo y gritó nuestros nombres… Muriéndonos de frío y con el cuerpo descompuesto por haber tirado suelo toda la noche, nos incorporamos como pudimos y le contestamos presente.  El auxiliar con indiferencia se limitó a pedir que lo siguiéramos. Con una resaca tremenda encima, atravesamos cientos de recovecos y un jodido laberinto de escaleritas y pasadizos llenecitos de tiras, frescos, recién bañados y peinados.  Parecía que a nadie le importaba nuestra presencia porque ninguno se dignó a mirarnos…

 

-Espérense un ratito aquí que el comandante quiere hablar con ustedes ¿Ya?… -, nos dijo Rengifo deteniéndose en la puerta de una de las oficinas… -Si quieren pueden ir al patio a lavarse la cara… Yo los llamo ahorita… -, agregó señalando hacia delante con su lapicero. 

 

El Potón se animó  un poco y le picó un cigarrito. “No te preocupes flaquito, que ahorita te sirven el desayuno..”, le contestó cachosamente mientras cerraba con un pie la puerta de la oficina… Su respuesta nos heló la sangre… Aunque después de escuchar la oferta de desayuno, preferimos la idea de comer aunque sea medio pan con tortilla porque nos retorcíamos de hambre. De pronto, dando pasos agigantados y con toda la pinta de oficial a cargo entró al patio un chato con bigotes. Bien peinado con harta gomina, de corbata y camisa con gemelos, caminaba neurasténico de un lado a otro refunfuñando mientras iba revisando cejudamente nuestro expediente. 

 

-Ya nos cagamos… – murmuró Potón.

-¿Qué dice usted, señor? – vociferó el chato.

- …

-Quería verles las caras, señores… – empezó el chato quitándose el par de pequeños espejuelos de la punta de la nariz – ¿Así que ustedes son los rosquetes de mierda que le han levantado la mano a un par de oficiales de la Guardia Republicana, ah? – y se colocó los lentes otra vez – ¡Ah!…, ¿todavía son choros?… ¿Has visto esa Rengifo? Los pituquitos estaban robando autos… ¿No te digo, hermano? La clase media se está yendo a la mismísima mierda…  Ya ves, Rengifo: blanquitos, bien a la corbatita, de buena familia, seguro… Pero cagados…, cagados hasta las huevas y además estúpidos… Se nota que ni siquiera sirven para esto… En lugar de ponerse a trabajar… – el chato empezó a cambiar de color y a subir el tono de su voz -… se han metido a robar nada  más y nada menos que al Club de La Guardia Republicana del Perú… ¡Imbéciles!

-Señor, no fue así… -  y ya no pude continuar diciéndole más porque una patada de karateca en el centro del pecho me dejó sin habla.

-¿Acaso te he dicho que hables? ¿Qué mierda te crees, tú? ¡Aquí se habla cuando yo diga! ¿Me oyeron? – con gran estilo me derribó al piso de otro golpe en el estómago – A ver, les voy a leer sus derechos señoritas: tienen derecho a lloriquear, mariquitas – continuó y de pasada le metió un codazo en el pulmón al Potón que ya estaba que se dormía y como lo agarró desprevenido, como un costal fue a dar contra la pared.

-Pero, señor… – protestó.

-¡Derecho a gritar, putitas! – y de una patada remató al Potón que intentaba justificarse.

-Por favor señor, yo le voy a explicar… – me arriesgué a decirle.

-¿Qué mierda me vas a explicar tú a mí?… ¿Qué ustedes le pegan a la policía, ah?… ¿Eso me quieres explicar afeminado de mierda?… ¿Un bacancito te crees con tu peluquita, no?… ¿Así que tú le levantas la mano a la autoridad, no?… ¿No sabes lo que te puede costar, muñequita de mierda?…

-Ellos nos agredieron primero, señor…

-¿Agre… qué,  reconchatumadre? ¿Valiente eres, no? – nuevamente patadas por la espalda, por la barriga, por los huevos.

 

Se la saben todas estos desgraciados, nunca te dan en la cara. Porque si te quiñan el cacharro el juez te cree… Ellos lo saben por eso nunca te dan ahí. El chato nos sacó la mugre hasta que le quedaron doliendo las manos. Potón vomitó hasta las tripas de dolor pero todo se nos quitó con el primer chorro de agua fría porque el chato chuchasumadre nos levantó del piso a manguerazo limpio y así, chorreando agua, nos mandó a que nos apoyáramos en la pared sólo con las yemas de los dedos. 

 

-Así, se me quedan señoritas hasta que yo retire la orden… – dijo el gramputa alejándose del patio.

 

Eran las seis de la tarde cuando el Comandante Chafloque retiró la orden. Puta, no sentía mis manos. Las tenía hinchadazas, amoratadas y las uñas blancazas no me dejaban de latir… Tampoco podía doblar las rodillas, ni siquiera podía dar un sólo paso pero un par de tiras a patada limpia nos regresaron de inmediato a la celda. Me moría de sed porque en todo el día no habíamos probado una sola gota de agua y aunque el estómago se nos retorcía de hambre era absurdo pensar en comer. Campanas de felicidad retumbaban en mis oídos de sólo pensar que pronto llegaría a desparramarme, como sea, en el piso del  inmundo calabozo. 

 

El personal dentro del calabozo se había renovado varias veces en las horas que pasamos afuera y hacía rato que habíamos perdido nuestros sitios. Unas hostiles caras nuevas nos miraban desde los rincones más secos de la celda. Mientras agarrábamos nuevamente confianza, muertos de frío y de cansancio sólo pudimos recostarnos en la pared mugrosa. Era una habitación de concreto con techos de calamina construida para cumplir con su función.  Sólo tenía una ventana pequeña y embarrotada al fondo sobre unos urinarios.  Como no teníamos inodoro, cagar era todo un privilegio que debía ganarse y había que pedir permiso bonito y con anticipación.  Cada vez que a alguien le tocaba cagar nos enterábamos de qué hora era. Desde luego, también había que esperar que al segundo cuarto le diera la gana de abrir la reja.

 

“Sufrirás por mí porque ya no me verás por la calle, chuchona…”  “Aquí, pasó una semana el que le reventó el culo a tu hermana, Machacaca, abril 71…” “Sólo en mi madre confié…, el Punta Loca de Parinacochas, 1967…” “Ivonne, tienes mi corazón pero mi cuerpo será siempre de Roberto…” “Chata Giovanna chupa pinga de Caja de Agua, no te olvidaré, Pera Loca, 1970…” “Chito y Mateo, 1973…” “Condorito chuchatumadre, soplón come pinga de los rayas…” “Sarita Colonia, reza por mi alma…” “Virgencita de las Mercedes, líbrame de la pasta que de la cana me libro yo, el Loco Manuel 74”… “Melchorita, hazme un milagrito…”

 

Con el humo de las velas, con tintas de diversos colores, con grasa, con mugre o con sangre, había tanto graffiti que no quedaba un espacio en blanco entre las paredes y el techo. Resultaba interminable todo lo que había por leer,  porque sobre antiguas caligrafías habían escritas otras nuevas.  Aparentemente muchos sujetos que pasaron por aquí sintieron que debían  dejar su huella. 

 

La noche entró por la pequeña ventana y con ella el frío, la lluvia y las cucarachas. Por entre los barrotes de las rejas también se colaba el aire helado. Con este clima, cualquier trapo hubiera servido de “garra”. Los más antiguos, cancherasos, desdoblaron atados de papel de periódico y se forraron de pies a cabeza.

 

Tanto por la mañana como por la tarde, en cada cambio de guardia se nos hacía llamar para hacernos la misma pregunta: ”¿Ustedes son los que le pegaron a los Republicanos, no?…” y fuácate, patadones  y puñetazos por todos lados, pero por suerte y por pendejada, ninguno daba en la cara. En este plan nos tuvieron incomunicados más de quince días. Casi ni comimos. Lo poco que pudimos meternos a la boca fueron algunas sobras baboseadas que los otros detenidos nos regalaban por lástima.

 

Del otro lado de las rejas, las historias eran siempre las mismas o por lo menos muy parecidas: madres desconsoladas, cónyuges desengañadas, hermanas resignadas, abuelas deshechas… Todas haciendo las de Mandrake para sacar al hombre de la cárcel.  Esas mujeres,  acudían sin falta a la hora de la visita, trayendo alimentos, abrigo y noticias del exterior.  Cada una por su lado, entre lágrimas y pellizcos, ponía  al detenido al tanto de su perra suerte. “El tiempo que uno dura metido aquí, es el mismo que la germa se toma afuera  en recursiarse el billete para el arreglo…”, decía chupándose los dientes, sin preocupación, uno que estaba tirado en el suelo leyéndose un Condorito. “De acuerdo al delito es el pago, causita…”, continuaba el hombre cambiando de página.  “¿Ves a ese negro que está allá?  Lleva más de tres meses juntando la suya  y todavía ni mierda… Para mí que, por misio, éste  se va directo a Luri… Así es, causita… Al Palacio de Justicia sólo te vas si eres violador de niños o asesino… Toda la fumonería y chorería barata pertenece a la administración local.. Si no, ¿de dónde crees que saca esta gente para la olla? ¿De su sueldo?… ¡Por supuesto que no, pues!…  Ahora cuando hay denuncia y testigos, causita, sí que está jodido llegar a un arreglo con éstos… Porque el arreglo también hay que hacerlo con el que te acusa, pues… ¿Tú no sabes compadre la cantidad de huevones que se van para Luri sólo por apropiación ilícita? Rapidito te pasan al Palacio y de allí  nomás a Luri… Porque nadie quiere estar cerca de los choros, causita…”, metiéndonos miedo a toditos nos informaba este experto mientras abría los dedos de los pies para refrescarse aprovechando una corriente de aire que se filtraba al ras del suelo.

 

Por lo visto, esas eran las intenciones de los Republicanos. Estaban dispuestos a testificar falsedades con tal de incriminarnos. Después de tres semanas de sostener con las yemas de los dedos nuestros enclenques cuerpecillos y de aguantar los patadones que nos caían por cualquier parte, menos en la cara, nos convertimos en los detenidos más antiguos del lugar.  Como estábamos incomunicados y no teníamos nada que comer, una vez que se rompió hielo, mi causa el achorado nos pasaba primero la cuchara a nosotros cada vez que le llegaba papeo a los demás.

 

-Primero que coma la gente, carajo…, – le contestaba a los reclamones. Sigue nomás, causita… -me decía hasta conmoviéndose.  Después de tres o cuatro cucharadas bien servidas para cada uno, corríamos el portaviandas a los demás. Hasta que nos dimos cuenta qué era lo que el achorado se proponía con tanta gentileza.  Cuando los rayas nos dejaron comunicarnos con nuestras familias, la mayor parte de la comida  y de los cigarros que nos traían iban a parar directo a las fauces de nuestros amigos… ¡Fumaban como chimenea los hijos de puta!… Pero con un cartón de Premier que le pedí a mi viejo, me los metí al bolsillo.

 

Echados cuan largos éramos en ese piso recontra inmundo, aguardábamos pacientemente que nuestros viejos, con abogados y todo, hicieran lo imposible para liberarnos. Mientras tanto, matábamos el tiempo jugando cartas, ludo, dominó, damas chinas, dados… Pero por las noches a todos nos entraba la preocupación y la nostalgia por la calle…  Aunque pronto agarrábamos sueño oyendo contar a la gente las historias más sórdidas que hasta entonces había escuchado en mi vida… Una mañana despertabas y ya se había ido alguno… Jamás volvíamos a saber nada de su suerte y al  poco tiempo venía otro en su reemplazo.

 

Había un negro treintón que estaba esperando su turno con el Juez y del que todos daban por hecho que se iría a Lurigancho, ya que su miserable familia jamás juntaría lo suficiente para pagarle a los rayas.  Era un fumón conocido que se dedicaba a lavar carros en el centro comercial “Todo”.  Claro, también era un ladronazo de primera y caía a cada rato, pero parece que ésta era la definitiva y se iba ir derechito a la cárcel con un Atestado de Vagancia. Vivía en Renovación, pero desde hace unos ocho años dormía por las calles de San Isidro, donde había encontrado mejor calidad de vida. El pobre estaba enfermo del pulmón y un par de veces por semana lo visitaba una negra viejísima, que arrastrando los pies y apestando a orines y a puro pay, venía a dejarle sus pastillas, un poco de comida y unos cuantos cigarritos negros. Hablaban poquísimo, como si no se conocieran. Pero la pobre vieja achacosa parecía conformarse con contemplarlo mientras devoraba su comida… Seguramente que ya se había resignado a que una de estas tardes sería la última vez.

 

El negro era el único que no compartía su combo con nadie pero era el primero en la fila cuando llegaba el de los demás. Recuerdo que todo el tiempo que estuvimos allí  solamente hubo uno que fue capaz de pararle el macho, un viejo chavetero  que estuvo en la celda apenas unas cuantas horas. El negro sapo se equivocó y quiso agarrarlo de punto y el chavetero, que era un hombre mayor de esos que más sabe el diablo por viejo, no le permitió al negro ni que le dirigiera la palabra.

 

-¿Acaso tú me conoces a mí, negro de mierda?…”, – le soltó a boca de jarro.  Entonces anda come tu caca y espera que yo te hable, arrastrado de mierda… Ni bien te metan en Luri, te vas a convertir en una lacra sin nombre y vas a tener que comerte tu caca, gallinazo… -, sentenció en cuclillas como presagiando su destino.

 

El negro se quedó mudo y regresó rapidito a su rincón y sacó unas estampitas que tenía escondidas entre sus harapos. Murmurando sus oraciones el puta se quedó dormido sin dejar de mover las cejas, mientras que el chavetero, indiferente, permaneció por horas en la misma pose conchesumadreando para sus adentros hasta que lo soltaron.

 

Los días transcurrían y afuera nuestro asunto caminaba a paso de tortuga. Todo era debido a que el director del club, que era un Coronel de la Guardia Republicana, se sentía ofendido en su orgullo y exigía reparaciones realmente inalcanzables. Si fuera por los rayas hace tiempo hubiéramos salido para la calle porque, como policías de investigaciones al fin, sabían que sólo éramos unos chiquillos zanahorias con unos cargos que nos estaban achacando… Para ellos unos días en cana y algún billetín de por medio hubiese sido suficiente.

 

-Los repuchos los quieren cagar… No quieren saber nada de billete ni de huevadas… Lo que quieren es sus cabezas, chibolos… -, se sinceraba en tono confidencial el agente Rengifo, que ya había agarrado más confianza con nosotros.

 

Cuando nuestros abogados trataron de negociar la calumnia de robo, los repuchos se propusieron culparnos de Traición a la Patria  ¡Ya no, pues!…

 

-Prepara bien eso, Quintana… -, los oyó decir mi madre aterradísima.

 

Era un hecho. No había manera de llegar a un acuerdo con ellos.  Lo único que querían era vernos podridos en la cárcel. Después nos enteramos que encima de todo la mujer del tombo con el tabique roto también quería la suya…

 

Ya para la quinta semana otra vez el personal de la celda se había renovado casi completamente. El negro todavía esperaba su cita y mientras tanto, como un mono de organillo amarrado por la cintura con una cadena larguísima, los rayas lo hicieron pintarse todo el local por dentro y por fuera.  Cada vez que alguno pasaba por allí se cagaba de risa al verlo…  Lo hacían a propósito los cholos racistas desgraciados… Para matar el tiempo, el viejo de Potón le trajo un juego de Monopolio que fue la sensación del momento.  La mayoría jamás había visto uno en su vida y cuando el Potón les enseñó cómo jugarlo, de la noche a la mañana, adquirió un respetable status en la comunidad y se convirtió en el bancario del calabozo. Un martes por la noche, mientras intentábamos dormir, se abrió la reja estrepitosamente y de un empujón metieron a un silencioso hombrecillo que se la pasó caminando toda la noche…  El tipo era pequeño y gordito, calvo y colorado, con barba y bigote blancos y era idéntico al pelado del Monopolio. Primerizo, caminaba en pantuflas y debajo del saco tenía puesto el pijama. “Mis lentes, carajo… Si por lo menos me hubieran dejado sacar mis lentes…”,  se quejaba yendo y viniendo de un lado para otro.

 

En la tarde del día siguiente le trajeron sus anteojos y cuando entró en confianza se sentó en el piso con los demás y resultó ser un tigre en el juego. Su familia o no sé quién chucha le mandaban abundante comida a la hora del bitute: Chifa, pollo a la brasa, pollo broaster… Purita comida de restaurante solamente. Aquellos días la pasábamos tan bien, que los mismos rayas nos miraban con envidia  deseando estúpidamente estar en nuestro pellejo… ¡Paradojas de la vida, cuñadito!

 

Detrás de los barrotes, el juego del Monopolio reemplazó nuestras privaciones hasta convertirse en una seria actividad diaria y dejó de ser un pasatiempo y se volvió un instrumento de lucha por la supremacía.  El Potón en una mala racha perdió el tablero y se quedó endeudado con el pelado del Monopolio de carne y hueso con un montón de almuerzos. Como por arte de magia, los pequeños billetitos de juguete cobraron valor en la jaula.  Con ellos, se compraba comida y cigarrillos dentro y fuera del juego. Es más, llegó a ser una actividad que se prolongaba como parte de la vida cotidiana.  Igualito que en la calle, unos eran ricos y otros eran pobres.  Todo valía, se jugaba la jama, las garras, los fallos, las tabas, el lompa, la mica, lo que sirva… Como quien gana el juego es aquel que llega a monopolizarlo todo, solamente el pelado era el dueño y administrador de todo lo que entraba y salía de la celda. Todos sin excepción estábamos endeudados hasta el cuello con él.

 

Percy, que así se llamaba el pelado del Monopolio, estaba acusado de malversación de fondos y prevaricato. También se le seguía un proceso por delitos contra el patrimonio y la fe pública… Percy era contador colegiado y responsable de las declaraciones juradas del alto mando del Ministerio de Salud. Fue acusado de desviar fondos provenientes de las campañas de vacunación infantil hacia cuentas personales de sus jefes en el extranjero. Una auditoría ordenada por el Comando Conjunto arrojó un inexplicable déficit de doscientos cincuenta mil dólares. Al exigirse un rendimiento de cuentas, sólo se encontró culpable a Percy por ser el responsable  físico de la transacción. Percy aseguraba que jamás tuvo que ver en el asunto. “Ese dinero jamás pasó por mis manos, compadre…”, decía sanguíneo, casi amoratado. El Gobierno Militar lo sabía y nadie movería un dedo para sacarlo. Le ofrecieron que después de un par de añitos de cárcel dorada saldría como si nada para la calle. La otra opción que tenía el pelado era negarlo todo y declararse inocente. Pero eso tampoco lo libraría de irse directo a Lurigancho esperando por un fallo favorable, quizá por más tiempo que el que había vivido como hombre libre. Aparte de todo tendría que correr con la suya,  contando con que la otra parte no soborne a los jueces.  Pero mucho peor era estar en esa prisión, sin ningún tipo de protección ni padrinazgos, esperando quién chucha sabe cuántos años para demostrar su puta inocencia… No, cuñao, Percy no tenía escapatoria.

 

-¡Qué chucha!… -, decía chupando resignado su hueso de pollo – O me jodo o me recontracago, ¿ustedes qué creen?… Mejor me jodo y ya está…

Decidió que le sería fiel al régimen, se declararía culpable y después de un par de añitos saldría a la calle con plata, con un negocio montado y hasta con un buen cargo político.

 

-En un pacto de caballeros uno nunca puede estar seguro hasta dónde puede llegar el agradecimiento… -, se consolaba Percy pensando en su futuro.

 

Por ahora no tendría que trabajar ni preocuparse  en mantener a su familia… Horas antes que lo detengan, toda la carga de su hogar -incluyendo a su perro- había pasado a formar parte del Presupuesto General de la República en el sector Salud.  Mientras tanto para él había chifa, pollo a la brasa o lo que se le antoje pedir a la carta…

 

Para entonces nuestro caso había pasado del Fuero Civil al Militar. Los repuchos consiguieron fundamentar jodidamente bien lo de Traición a la Patria e íbamos a ser juzgados ante la Corte Suprema de Justicia Militar. Los pronósticos eran  desalentadores. Nuestros abogados insistían sospechosamente que a toda costa nos declaráramos culpables. “Para ver hasta dónde llegaba la benevolencia de la corte…”, le dijeron a mi mamá.

 

-No, señora. Lo que le hace falta ahora es conseguirse una buena vara… -, le dijo una vecina de la mamá de Potón. 

 

En una carrera  desesperada contra el tiempo, nuestros viejos indagaron sin éxito por una vara entre las amistades.  Según mi vieja, lo que más le jodió de todo este asunto fue que tuvo que sincerarse hasta con gente que no venía al caso para que a las finales no consiguieran nada. Cuando ya estábamos seguros que todo estaba perdido, una fortuita llamada del abogado les hizo saber a mis viejos que la cosa había empezado a mejorar. Resulta que la hermana menor del abogado -que trabajaba en la cafetería que está frente al Bazar Militar- tenía una amiguita que traía como loco de enchuchado ni más y ni menos que a un General del régimen.

 

-Mi amiga nos va a hacer el favor gratis pero tu sabes cómo es con la mía…, – le dijo la pendejísima de su hermana al no menos pendejo del abogado.

 

Y así fue cómo por amor a su colegiala, un General con un solo movimiento de ceja nos libró de la cana.  Te juro chino, que después de dormir por más de dos meses en el suelo frío me dolían hasta las caderas, había perdido la costumbre de caminar y la luz del día me dañaba los ojos. La misma mañana en que salimos para nuestra cita con el juez, recién nos trajeron ropa limpia y todo lo que teníamos encima, incluyendo el juego de Monopolio que había acompañado al Potón desde la infancia, se quedaron allí en la celda con nuestros compañeros de oprobio.

 

-Tú te vas para afuera, causita… En la calle puedes conseguir lo que sea… Aquí, ya sabes cómo es… – me dijo el negro como despidiéndose y le tuve que dejar hasta  mi cepillo de dientes porque estaba más nuevo que el suyo.

 

Los demás nos pasaron una infinidad de papelitos donde habían apuntados nombres, teléfonos y direcciones con encargos, que prometimos dar una vez en la calle pero que olvidamos por completo ni bien pusimos un pie afuera.

 

-Avísale a mi germa que estoy en La Pantera Rosa, flaquito… La pobre debe estar  buscándome como loca por todas las comisarías – me pidió uno que había caído con una barcaza de coca y llevaba como diez días incomunicado.

-Sólo habla con mi viejita… Dile que la quiero mucho. De aquí me voy para la carceleta del Palacio  de Justicia… Ella ya comprenderá…

-Dale a mi ñori el teléfono de tu abogado, patita… De repente todavía se puede hacer algo con mi caso…

-Ella siempre está en la casa, sólo díganle que venga un ratito de visita nomás, ¿sí?…

 

Cuando la reja se abrió, en sus rostros vi una genuina expresión de alegría y esperanza.  Nos felicitaban por haberlo logrado: ¡Nos íbamos para la calle, carajo!… Este mundo tan patético donde un error puede ser fatal y llegar a costarle a uno su tajo en la cara o hasta la vida, cuñao, también  se rige por unas reglas de juego.  Salir en Libertad es como estar con la mano y, sin duda, en el juego de la vida esta vez habíamos ganado. Como buenos jugadores, estaban conformes con los resultados y aceptaban resignados su derrota… ¡Qué pena, chino!…  Te juro que cuando salíamos y  los vi de reojo lanzando otra vez los dados, me quedé con un nudo en la garganta, cuñao, porque ellos hubieran querido que su suerte también cambie…

Publicada on Marzo 16, 2009 at 6:42 pm Comentarios (4)

El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://yactayo.wordpress.com/anomia-social/en-el-hueco-del-jiron-cuzco-encuentras-de-todo-a-cualquier-hora-del-dia/trackback/

Canal RSS de los comentarios de la entrada.

4 comentarios Leave a comment.

  1. es muy buen comentario escrito sobre este mundo de la droga que cad dia mata mas jovenes indefensos,que no saben el dño que se hacen,un joven no hace caso a los padres cuando abogan mucho por los amigos,y no sabe que estos ahy veces son traicionados por los mismos amigos,es ahi cuando recien toman consiencia de los hechos,hay veces es damasiado tarde,pero llegan a comprender que este mundo no ahy como los padres que si ven a los hijos en lo bueno y lo malo.gracias

  2. Gracias por tu comentario. Lo aprendido en casa, en la escuela o en la Iglesia, muchas veces, es insuficiente cuando en las calles continúa la droga a disposición de cualquiera.

  3. que agradable lectura muy cruda y sinsera de lo que es y fue la vida , muy cierto que un error te cambia la vida y gente sin menos escrupulos que tu decide tu futuro, siempre se busca un arreglo , muchas veses solo la suerte te ayuda y si no te jodes.
    gracias Eduardo me deleito leyendo tus escritos

  4. Hola me gusto mucho tu historia,soy hija de rossana mascaro y sobrina de Giovanna mascaro ellas siempre me contaban de cuando eran chibolas y todos sus amigos de barrio,:)


Leave a Comment