El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Hola, seño!… ¿Está Marita? (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cómo estás hijo?… Espera un ratito que se está bañando…

Lalo se sentó en una esquina del sofá y se quedó mirando cómo Genoveva, que acababa de regresar del trabajo, limpiaba con su viejo pañuelo verde amarrado en la cabeza y con el pucho prendido entre los dientes como si jamás hubiera salido de la casa.  La veía ir y venir de buen humor desplegando sus expertos movimientos sincronizados concentrada en sus quehaceres. Plumero en mano, de vez en cuando se echaba unas carreritas hasta la cocina para revolver una  cacerola de donde emanaba un sabroso olor a fresas cocidas que se esparcía por toda la casa.

 

Hace diez años su marido la abandonó y no supo nada de él hasta que recibió una tarjeta navideña dónde con una letra temblorosa trataba de explicarle por qué había vuelto a Buenos Aires y por qué jamás regresaría al Perú.

 

… No importa… A fin de cuentas es una boca menos que alimentar…

 

Sin soltar una sola lágrima, de la noche a la mañana,  se hizo cargo de todo y se ocupó de dar a sus hijas una buena educación. María del Pilar – Marita – y Sandra, no extrañaban a su padre sin duda porque recordaban los escándalos y las golpizas cada vez que le daban los diablos azules.  Brenda, la menor, no quería que se lo mencionen.

 

Amador Gervassi se casó con Genoveva siendo ya un cincuentón y desde que llegó de Argentina, administró una bodega-cantina que tenían unos italianos en el Callao.  Cada vez que se emborrachaba le echaba la culpa a su mujer de todas sus desgracias y la golpeaba. El argentino a diario le comía el oído ilusionándola con irse a vivir al extranjero y ella, que tenía ya veintiséis y no quería quedarse a vestir santos, aceptó su propuesta de matrimonio.

 

Al día siguiente de la boda, Amador la puso a trabajar en la caja. Genoveva se levantaba antes del amanecer y cerraba la tienda a las once de la noche. No paraba ni para almorzar. En los escasos momentos libres que tuvo concibió y dio a luz a tres hermosas niñas, que cuidaba y alimentaba en un sólido cajón de madera de roble que ponía debajo del mostrador. Cobraba las cervezas, pesaba el azúcar, despachaba el arroz, tiraba aserrín al piso… ¡El tiempo se le pasó volando!  Aquella chica de inmensos ojos verdes, de cabellos rojos y de curvilínea figura que brillaba como una perla en ese barrio de mala muerte en el Callao, por maltrato y desamor envejeció prematuramente.  Pero aún era una mujer hermosa con  un espíritu admirable que aprendió a sacar adelante el negocio por sí sola. Amador, gracias a los pulmones de su mujer pudo comprar la chingana a buen precio,  pero se dedicó a beberse las utilidades y a lamentarse de tener que mantener a una familia numerosa. De lunes a viernes recorría los burdeles y los fines de semana la tandeaba de alma. Cuando no se emborrachaba en su propia cantina, se iba a los bares de los alrededores de donde los estibadores tenían que traerlo a rastras por las calles de regreso a su casa. 

 

Una mañana que alistaba a las chicas para que se fueran al colegio, un camión se estacionó en la puerta de la bodega y se lo llevó todo. Seis implacables policías con una orden judicial en la mano la pusieron con sus cosas de patitas en la calle. Genoveva, como era su costumbre, no soltó una lágrima y tampoco dejó que sus hijas lo hicieran.

 

-Valientes, hijas… Las mujeres tenemos que ser valientes…

 

Desde aquel día no supieron más de Amador hasta la navidad  en que recibieron su fría tarjeta de saludo. 

 

Genoveva a escondidas, había ahorrado lo suficiente como para alquilar la casa de Magdalena y matricular a las chicas en otro colegio.  Todavía le sobró algo para comprarse una muda elegantona con la que salió a buscar trabajo. De esto hacía ya mucho tiempo y aún se sentía orgullosa de haber podido salir adelante solita, sentimiento que también se preocupó en inculcarle a sus hijas. Trabajó arduamente durante ocho años en el Seguro Social hasta que aceptó la propuesta de retiro con incentivos que ofreció el gobierno. Con el dinero que recibió, traspasó la librería en donde Marita había estado trabajando con lo que su hija se convirtió en propietaria del negocio de su viejo empleador. Estaban muy entusiasmadas con el flamante proyecto familiar.

 

-¡Hola roba-cámaras! – se le acercó Marita para darle un beso con una toalla envuelta en la cabeza.

-¡Ah, me viste!… ¡Qué roche!  Sólo fue de casualidad…

-¡Uuuy!… ¡Uuuy!… – gritaron desde su cuarto las hermanas con ese tonito juguetón que tienen las adolescentes.

-Tu amigo acaba de salir en televisión y te vimos robando cámara de nuevo…

-¡Anda, no digas!… ¿Salgo a cada rato?…. ¿Cómo se me ve?

-¡Uuuuy! ¡Uuuuy! – ahora hasta la voz de Genoveva se unió al coro.

 

Don Raúl también había visto por la televisión todo el lío de Müller y se arrepintió de haber faltado al trabajo. Le dolió en el alma haberse perdido un día tan emocionante.  A él, que aprovechaba cada oportunidad para reunirse con la gente, le hubiera gustado estar allí para contar en el barrio su versión de lo que había ocurrido.

 

-¡Puta madre! Me la perdí, carajo… -, se lamentaba subiendo el volumen  del televisor  tapado con la colcha hasta la nariz y con el rabo entre las patas.

 

El viejo Raúl no tenía idea de cómo había llegado a su casa aquella noche ni cómo ni dónde había perdido el sobre de pago.

 

… ¡Esta vez sí que la cagué bien feo, carajo!…

 

Aquellas habían sido las Fiestas Patrias más amargas de su vida. Su esposa de pura resentida se había ido a pasarla con sus nietos desde la tarde del veintiocho y don Raúl faltó al trabajo porque fue incapaz de atenderse por sí solo. No encontró ni un par de medias y prefirió quedarse allí, metido en la cama antes de intentar pasarle una plancha a la camisa del uniforme. De puro deprimido  no se sacó el pijama en tres días. Ni siquiera había comido. Lo único positivo del asunto era que no había bebido un solo trago.  Moriría de inanición sentado frente al televisor y Zoraida, su esposa, lo sabía y ya estaba en camino. 

 

A su regreso, Zoraida y Raúl jamás hablaron del asunto. Vivían juntos pero tenían vidas paralelas. Cada uno tenía su  razón y su manera de ver las cosas. Su matrimonio fue uno de esos accidentes con los que se vive para siempre… Por los hijos, la religión y sobre todo por el “qué dirán”… Seguían juntos esperando que algún día, finalmente, la muerte los separe. Don Raúl había llegado a viejo sin enterarse que podía contar con su mujer para ayudarlo a resolver sus problemas con el alcohol.

 

…Estas son cosas de hombres… De algo se tiene que morir uno… ¡Mientras tanto, hasta que el cuerpo aguante… Adelante!…

 

Zoraida por su parte moriría convencida de que todos los hombres son iguales. Su padre…, su suegro…, su abuelo…, su hermano… Ninguno era diferente a su marido. Regresaba sólo porque se le había pasado la cólera.  Además, alguien tenía que hacer las cosas de la casa…  El mundo seguiría girando y ella se quedaría sin su marido… ¿Quién la iba a mantener?…  Sabía que ese hombre tampoco podía vivir sin ella pero ya no necesitaba, ni esperaba que se lo diga jamás…  Era su deber ante Dios…

Para el hombre del altiplano el cielo transitado por los astros es sólo el estado natural de las cosas… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Pero para el viajero – que puede tolerar el escarchado amanecer de Juliaca – es un espectáculo singular.  Justo donde la altiplanicie cede paso al Titicaca el frío congela la orilla y los rayos solares deslumbran a los peces que quiebran la fina capa de hielo intentando atrapar su reflejo.  Un par de estrellas se precipitan en el lado oscuro y desaparecen.  Un nuevo día ha llegado y el gran lago se descubre majestuoso mientras se esfuma la noche del altiplano. En silencio, para no perturbar el sueño de los muertos, amanece helado y húmedo Sillustani y las Chulpas del Tiawanacu se esconden entre la niebla para protegerse de los curiosos y los profanadores.

 

Ya amaneció pero el sol aún no calienta.  De la polvorienta carretera llega el rugir de los motores de los vehículos que van y vienen de Puno a Juliaca.  Un camión de carga se detiene frente a una humilde casita al borde del camino y pita su fragosa bocina tres veces seguidas. En el acto, se abre la puerta de la cabaña y sale  una mamaya cargando su bibi en la espalda.  De un par de trancos llega al camión y le alcanza por la ventana el desayuno caliente a su cholo envuelto en una bayeta.  El chofer agradecido vuelve a pitar la bocina y parte de inmediato levantando densas nubes de polvo mientras su mujer se queda sonriente, haciéndole adioses con la mano.  Tres chiquillos se le prenden de las polleras chillando y parten la carrera.  Pero a la madre no le hace gracia, así que recoge unas piedritas del camino, les atina algunas entre las piernas y a punta de carajos da por terminado el chivateo. Después, con un nuevo redoble de lisuras, se desata el fuete de panza de llama que lleva en la cintura y les va salpicando unos cuantos  latigazos en las canillas conforme los mataperros van entrando en la casa. Afuera se queda el perro huaco, ladrándole a los carros que pasan;  flaquito, chiquito y gris sólo tiene un mechón amarillento en la punta de la cola por todo pelo.

 

Un Jeep del ejército detiene su marcha muy cerca de la casita inquietando al huaco, que ladra enfurecido y parte la carrera para atacar la llanta delantera del vehículo.  El conductor golpea la carrocería con una mano y con la otra hace girar el timón cogiéndole una pata al perrillo, que emite un agudo gemido de dolor y huye  escondiendo su rabo chilipelo.   Abajo, en la carretera, un par de paisanos se  santiguan al escuchar el lamento del animalito y las carcajadas del chofer multiplicándose en la explanada.

 

Cuando el Jeep se detiene en la puerta, la mamaya sale corriendo pero esta vez no lleva su bibi sino un costal en la espalda.  Detrás, un muchacho con un chullo  puntiagudo la sigue con otro bulto a cuestas y ambos depositan su carga en la parte posterior del vehículo.  Apenas han terminado la tarea,  el chofer arranca en primera dejando a la mujer y al muchacho ocultos entre el polvo. 

 

-Con esto, hermanito, tenemos papa para rato… Cuando regreses a Lima le llevas un costalito a mi mamá ¡Se hacen una crema en la boca, hermano!… Ahora que las pruebes me vas a dar la razón, porque ésta es la mejor papa amarilla que vas a comer en toda tu vida, huevón.

-¿Qué, todas las papas amarillas no son iguales?

-¡Ni hablar, hermanito!… Existen por lo menos mil tipos de papa y otras huevadas que arrojan los estudios…

-¿También estudian eso en el ejército?

-Existe un  Instituto Nacional de la Papa que se encarga de todo eso pero en el ejército, hermanito lindo, te enseñan a defender todo lo que es nuestro… ¡Desde Arica hasta Guaquillas, carajo!… El cebiche, el pisco los anticuchos y el cajón, ya nos los han choreado de lo lindo en el extranjero… Aunque tú no lo creas, mi hermano, el ejército tiene que defender estas cosas… Por allí han empezado a decir que la papa es oriunda de Ohio, compadre…  ¡La mil rechucha que los parió a los gringos conchudos de mierda!… ¡Hasta se están llevando nuestras llamas como mascotas, pues, compadre!… ¡No jodas, hombre!… ¡En ese plan ya no nos va ha quedar nada, carajo!…

-¡Anda, no digas!

-¡Así es mi hermano! Por eso yo estoy al día con lo que es oriundo de mi adorado terruño… Y esta papita amarilla es una de las tantas exquisiteces que se cosechan   en la zona.  La descubrí solito un día que estaba hueveando en el mercado de Juliaca y me puse a seguir a una chola que estaba buenaza.  No es por echarme flores hermano, pero yo me he papeado a las mejores cholitas de este maldecido lugar.

-¿Franco?…¿No me estás agarrando a palos?     

-Yo siempre estoy patrullando, mi hermanito… Ni bien chequeo una cholita en flor me la trabajo…

-¿Qué? ¿Te vas en tu Jeep a computar cholas al mercado de Juliaca?

-¡Ni que fuera huevón para hacerme semejante roche!… Solitas vienen a mí nomás, las desgraciadas… Todos los días llegan bien arregladitas al cuartel solicitando su Libreta Militar.  Allí me chequeo a las más buenotas, se las hago recontra difícil y les retengo el documento hasta que me la suelten pues, carajo!…

-¡A la mierda! Hasta tienes tu método y todo, huevón…

-¡Un par de veces que estas cholas me vean en uniforme y listo!… Me las almuerzo enseguida… Será que mi pelo colorado van bien con mis galones… ¡Quién sabe, hermano!… Porque la verdad es que cuando me voy por las chacras hasta me las regalan… “Llévate gringo a mi hijita para que la hagas mujer, nomás…”, me han dicho estos serruchos ignorantes.  “Con su hijito gringuito me la traes nomás, ¿ya?…”, me ruegan las cholas ¡Imagínate, pues!

-¿Y tú aceptas? No te creo, huevón…

-Estos son como animales, Juan Carlos.  Los hijos son sus crías y si no  las inauguras tú las inician ellos mismos.  “Lleva a mi  niñuchay a Lima, papay… Virgencita nomás está… Ona arroba de coca dame nomás pa’ mí…”, te dicen los jijuna gramputas con los dientes podridos.

-¡No seas  pendejo, José Luis!  ¿Cómo se van a agarrar a sus propias hijas?

-¡No te digo que son como animales! Ellos se las brincan primero que nadie… Desde que les salen las tetitas, compadre…

-¡Qué tales chuchasumadres, huevón!

-Y casi siempre se las llenan, cojudo… Por eso es que hay tanto tarado por allí…

-¡Conchasumadre, huevón!

-¡Pero aquí, hermanito, hasta el serrano más idiota se la da de pendejo, carajo!… ¡Por eso fierro con todos ellos nomás, huevón!…

-O sea que se hacen los huevones nomás…

-¡Eso se ha sabido toda la vida, pues hermanito!… Los cholos se están haciendo los cojudos todo el tiempo… ¿No has escuchado que los serranos son unos mátalas callando?

-¿Pero a la franca te han regalado a sus hijas? ¿Y tú… qué haces con ellas?

-Las tengo en cautiverio calatas en mi patio…

-¡No jodas, José Luis!

-¡No seas huevón, pues Juan Carlos!… ¡Se las devuelvo bien cachadas al día siguiente nomás, cojudo!

-¿Y no te has llenado a alguna?

-¿Y a mí qué chucha me importa?… ¿Qué pregunta es esa, hermano?

-Sólo por curiosidad nada más hermanito…

-¡Entonces no me preguntes cojudeces!

-¿Y los cholos no te reclaman?

-¿Qué mierda me van a reclamar a mí esos huevones si yo soy la autoridad? ¿Qué puedo hacer con la chola de mierda después de cachármela?… ¿Ponerle zapatos, llevármela a vivir a la villa y mantener a toda su familia?… Porque a lo que se dedican estas conchesumadres es a robarte todo lo que pueden y repartirlo entre toda la chunchería con la que viven arrinconadas en sus chozas… ¡Para eso te las dan los muy pendejos! Para que te las llenes y las mantengas… ¡A mí que no me jodan, pues!…

-¿Y entonces qué pasó con la chola buenaza que viste en el mercado?

-Cierto, hermano. Disculpa, es que el tema de los serruchos es tan amplio que me explayo… A la chola esa me la caché parado y por el chico nomás y al toque me la saqué de encima… Pero en la tarde cuando regresé a la villa me encontré una bolsa de papas que la chola se había olvidado en el Jeep. Con las manos oliendo todavía a berrinche mandé que me prepararan un purecito en honor a la serrana puta esa…

-¿Estaba buena o no hermano?

-Juan Carlos, comerme aquel purecito estuvo mejor que mil polvos por el culo…

-¿Tan rico estaba, compadre?

- De-li-cio-so… Tanto, que en la madrugada mandé a arrestar a la chola para que me diga de dónde mierda había sacado las papitas…

-¿Por eso es que ahora te las compras por costales?

-Esa, mi hermano, es una fina cortesía del cholo desgraciado de mierda… Semanalmente me regala unos costales por meterle un par de cachamulas en el camión cada vez que sube a la puna… Aquí como en cualquier sitio nadie está libre de una emboscada… Sobre todo en esta región donde los terrucos y los narcos le hacen la cagada a quien sea… ¡Así están las cosas ahora, Juan Carlos!

-… ¿Y es verdad que hay terrucos? ¿Jodido, no?

-Jodido es poco hermanito… En Lima no se sabe nada por estrategia… Pero la cosa, aquí, está que arde… Aunque dicen que en Ayacucho y en la zona del Huallaga está todavía peor… Aquí tenemos más control porque desde hace tiempo estamos aplicando la ley marcial…

-¿O sea, que están con toque de queda y esas huevadas?

-¿Qué es eso de huevadas? Esta zona ha sido declarada Estado de Excepción y nosotros estamos al mando, carajo… ¡Eso es lo bueno de este gobierno!  Los asuntos militares los resolvemos los militares… El presidente tendrá cara de calzonudo pero no es ningún huevón… ¡No hay que darle publicidad a estos gramputas¡… ¡Ojalá que los apristas no ganen las elecciones, carajo!…  Con esa otra cholería de los Derechos Humanos van a meter las narices donde no les incumbe…

-O sea, que el indio ese te paga por seguridad…

-Feliz de la vida ¿No te digo que nadie quiere vérselas con los terrucos?…

-¿Debe estar forradazo en plata entonces?

-¡Forradazo en plata!… Con las justas tiene una chacrita el cholo…

-Pero te paga bien…

-Eso depende. A veces lo pierde todo en la helada o en la sequía. Este año perdió casi todo con las inundaciones…

-¿Entonces qué hace?

-Se jode, pues.  Porque el serrucho de mierda me tiene que pagar en efectivo…

-Pero ese camionzazo debe haberle costado un billetón…

-¡Estás loco, mi hermano! Ese cholo trabaja como chofer ¿De dónde mierda va a sacar ese arrastrado para comprarse un camión?

-Ah… Yo creía que…

-No, mi hermano. Si cada serrano tuviera también su camión ¿adónde iríamos a parar?… Sería el colmo, pues… Ya los veo creyéndose los hacendados a esos gramputas… ¡Por eso fierro con ellos, carajo! 

 

José Luis metía a forro el queso para llegar antes de las ocho de la mañana a la Base Militar de Puno y Juan Carlos, a punto de vomitar por la resaca y el soroche, se sujetaba como podía de la carrocería oyendo hablar a su hermano hasta por los codos.  Habían pasado la noche chupando en un burdel de Juliaca y continuarían recorriendo todo el circuito de cantinas y prostíbulos ni bien cambiaran el carro oficial por el Volkswagen. 

 

José Luis no estaba preparado para enfrentarse a un enemigo real.  Cuando los primeros brotes del senderismo lo obligaron a patrullar armado hasta los dientes, se puso tan neurasténico, que muy pronto se encontró metido hasta el cuello en un sinfín de asuntos relacionados con el abuso de autoridad. El terror lo incapacitó para actuar como parte reguladora porque empezó a sospechar de todo el mundo y terminó disparando por temor a que le disparen.  Su paso por los caseríos y las comunidades llenaba de angustia y temor a la gente, que temblaba tan sólo de oír hablar del “Rojo”, nombre con el que se le conocía en todo el Departamento. Como se sentía impune, ni siquiera se tomaba la molestia de ocultar sus transgresiones y hasta las reportaba a sus superiores.    Aparentemente preparados para controlar el pánico, José Luis y otros oficiales fueron a parar a lugares remotos – soportando las ariscas condiciones climáticas, lejos de sus barrios, de las playas, de la familia y de los amigos – para resguardar a una población cuya lengua y costumbres eran para ellos expresiones de barbarie.

 

 -Los mismos serruchos de mierda son los que protegen a los subversivos, carajo… ¡Aquí tenemos que aplicar el modelo chileno y el modelo argentino… ¡Así nomás se arreglan estas cosas, carajo!…  Yo a estos serranos resentidos jijunagramputas les metería la pinga igualito que hicieron los franchutes en Argelia e Indochina… Si aquí es más fácil todavía…  Desgraciadamente, soldados, hay que reconocer que una campaña contra la insurgencia no puede hacerse de otra manera… ¡Secuestros, torturas y ejecuciones sumarias! ¡Sólo así sentirían en carne propia estos serranos traicioneros lo que es entrar en vereda con la pinga dura!… -, terminaba José Luis su monólogo ante sus subalternos que, en aplastante mayoría, eran de origen andino.

 

Estaba convencido que por ser blanco y limeño su  primacía era indiscutible.  Sentía lo mismo con respecto a los  civiles y por eso se hizo oficial del ejército.   Uno de sus recuerdos infantiles más distantes – e inquietantemente más entrañables – se remontaba al día en que su padre lo llevó a visitar una cuadra de cachamulas en el cuartel de Huancayo.

 

-Mucho cuidado con estos indios traicioneros de mierda, hijo, porque un día querrán ser tus generales… Por eso, nuestro deber como miembros de una antigua casta de militares blancos, carajo, es defender nuestra supremacía a como dé lugar… 

 

Cuando supo que en los juicios populares los terroristas utilizaban piedras y machetes para no desperdiciar pólvora, imaginar el horror de esas muertes lo desquiciaba.  Empezó a padecer de insomnio y, mientras aguardaba el alba, siempre concluía que tarde o temprano terminaría lapidado por poca plata.  El compromiso ineludible de enfrentar a un enemigo real redelineó su carrera y decidió sacar ventaja de la situación.  Así empezó a  meterle mano a las adquisiciones y a aceptar las tentadoras coimas que los narcos le venían ofreciendo desde hace un buen tiempo. Y como necesitaba a alguno de confianza para redondear el negocio,  invitó a Juan Carlos a pasar una temporada. 

 

…¡Quién mejor que mi hermanito, carajo!…  Soy un soldado de casta y ni cagando voy a morir en una guerra contra estos serruchos de mierda…

 

                           

                           ♫♫ Por ese palpitar que tiene tu mirar…                 

                                 yo puedo presentir

                                 que tú debes sufrir

                                 igual que sufro yo por esta situación… ♫♫

 

 

Alojado entre carcomidas paredes de adobe, el burdelito parecía no resistir una  juerga más.  Por la estrecha escalerilla de madera se llegaba hasta una diminuta pista de baile rodeada por media docena de mesas, unas sillas de paja y una barra con cuatro bancos.  Como cada noche, la concurrencia desbordaba la capacidad del lugar y un hedor penetrante a sobaco, cerveza caliente y cigarrillo negro escapaba por las ventanas como nubes teñidas por las luces de colores. 

 

En una de las mesas, José Luis y Juan Carlos tomaban gin con Coca-Cola y en otra,  un par de cincuentones acriollados con pinta de camioneros se daban aires de citadinos tomando yonque en unos gruesos vasitos de vidrio. Frente a ellos estaba sentada una joven mamaya con su bibi dormido en la espalda, bebiendo un vaso tras otro mientras Juan Carlos, todavía sobrio, los observaba con detenimiento.  De pronto, uno de los cholos se levanta con dificultad de su asiento, atraviesa la pista de baile y regresa con otra botella de yonque.  La mujer, que ya estaba borracha, balbucea en aymará con la mirada perdida y lo único que Juan Carlos puede entenderle son tres carajos.  Bebe el alcohol que los hombres no paran de servirle hasta que cae privada de cara contra la mesa haciendo temblequear el tablero.  Todavía mascullaba algo, cuando el cholo más viejo levantó la mano para pedir la cuenta.

 

Una gorda en paños menores se acerca solícita con una libreta en la mano y el hombre se levanta de su asiento y le dice algo al oído mientras le manosea una teta.  La mujer mueve afirmativamente la cabeza y señala con el lapicero hacia la cortina del fondo y anota con desgano algo en su cuaderno para luego con un coqueto giro de hombros liberarse con facilidad de las manos del cholón.  Los hombres levantan a la mujer  y se la llevan a rastras entre la multitud.  Una vez que han atravesado la cortina el jaloneo es todavía más elocuente y la seguidilla de golpes de puertas y paredes despiertan al bibi que explota en llanto causando la chacota general. Un rotundo portazo termina inmediatamente con el griterío y todo vuelve a la normalidad. 

 

Juan Carlos desvía la mirada hacia la barra y después de beber un largo sorbo concluye que su hermano tiene razón en todo lo que piensa sobre esa gente.

 

-Todos estos lugares son una mierda…  Fuera de Lima todo es una mierda… Por eso, hermano, tienes que fijar el vacilón aquí… -dijo José Luis llevándose el dedo índice a  la frente-  Cualquier juerga aquí es deprimente, hermanito… ¡A estos indios les falta siglos para nivelarnos ¡Y así quieren hacer su revolución y gobernar el país!… ¡Sólo por eso me los bajaría uno por uno, carajo!… ¡Me los quemo a todos, mierda!… ¡Desconocer la  suprema autoridad del Estado y el sagrado uniforme del ejército peruano al cual servimos y defendemos!… ¡Ignorantes, cobardes, salvajes de mierda!…

-¿Entonces es cierto lo de la guerra guerrillas y todo eso que pintan en las paredes?…

-¡Ninguna guerra de guerrillas, carajo! ¡No te atrevas a decir esas cojudeces en mi delante! – dio un fuerte manotazo sobre la mesa y los vasos cayeron al piso. 

 

Hubo silencio general por unos instantes.

 

-Disculpa, José Luis. No pensé que fuera tan delicado…

-¡Soy un imbécil!…. ¡Perdóname tú a mí, hermanito!  Es que estos indios de mierda y esta tensión de la gramputa en la que vivo me tienen así… Ando palteado por todo, Juan Carlos, no tienes una puta idea, Cayito… – y agarrándole fuertemente una mano lo llamó como cuando eran niños -,… de lo que estoy pasando en esta puna maldita. ¡Tengo los huevos congelados, cojudo!… Pero es difícil hablar, hermano. Aquí no sabes quién te puede oír o seguirte para meterte una puñalada. Por eso, hermano de mi alma,  aquí como en todas partes el más vivo es el que gana…

-Te entiendo, hermanito,  te entiendo…

-No, no entiendes ni mierda, Cayito… Y mejor para ti… ¡Nadie tiene una puta idea de cómo es esta mierda!… Por eso es que le dije al viejo que te mandara una tiempito por aquí ¡Para que me ayudes a dejar esta mierda!…  Me dolió en el alma que perdieras tu chambita por culpa de unos maricones… Yo sé cuánto disfrutabas chambeando en tu zona pituquita, con la gente bonita  y la platita que te caía por allí…  ¡Pero Dios sabe por qué hace las cosas!  Cuando me enteré que estabas pateando latas al toque me decidí a proponerte el asunto… No creas, ya le he estado dando vueltas desde hace tiempo, hermanito… Tú sabes que desde chiquitos hemos sido socios en todo ¿Te acuerdas cuando jugábamos a la tienda y éramos socios?

-¡Puta, cómo me voy a olvidar, Pepelucho!… ¡Si tú eres mi admiración,  hermano!

-Ahora te necesito de socio pero de verdad…

-¿A qué te refieres?

-Te voy a proponer algo muy delicado, Cayito…  En lo único que se parece a nuestro juego es que no te podrás negar… Una vez que lo sepas no me podrás decir que no… ¿Quieres escuchar?

-¿De qué mierda me estás hablando, José Luis?

-Aquí, no. Vamos para el balcón… – le dijo al notar que la gorda en paños menores se estaba demorando demasiado en recoger los vasos del suelo y con una sonrisita hipócrita le pidió que le llevara un par de tragos al balcón.

-¡Lo único que quiero saber es si estás conmigo!…

-¡Pero claro que sí, mi hermano! ¿Porqué lo dudas?… ¿Te he defraudado alguna vez?

-¡Asegúramelo! ¡Antes quiero que me jures que siempre estarás conmigo!… – le susurró al oído apretándole demasiado el brazo.

-¡Carajo! ¿Qué té pasa, José Luis? – se achoró Juan Carlos.

-¡Shhh! ¡A mi no me grites, cojudo!

-¡Entonces habla de una vez por todas que me estas asustando, carajo!

 

“La operación papa amarilla”  les daría jugosos resultados en menos de un año.  La droga se camuflaba en los costales que llegaban con regularidad a Lima donde después le daban su blanqueadita a la plata. 

 

-Abrimos una casa de cambios en el centro y una importadora de carros usados en  San Isidro… Después,  compramos inmuebles y creamos unas empresitas fantasmas, en fin… Ya se ve… ¿Qué me dices?…

 

Eran alrededor de las dos de la mañana cuando un barullo que venía de las escaleras captó la atención de todos. Decididos a echar abajo el local  al compás de un viejo bombo, un par de charangos, tres zampoñas, una quena y dos cantantes llegaron los músicos con las mujeres, que venían cansadas de atender a un destacamento de soldados  en un caserío vecino. Entonces, todos los parroquianos se unieron al zapateo y los recibieron con aplausos y silbidos.  Las mujeres tiraban ritmo como si nada a pesar de haber tenido que esperar más de una hora bajo la lluvia a que el chofer y todos los hombres que venían en un autobús que se detuvo en el camino, pudieran sacar del fango al camión dónde venían las meretrices.

 

-¡Hola, papacito!- saludó una de ellas reconociendo de inmediato a José Luis.

-¡Mi beso! – exigió el borracho.

-¡Hola, buen mozo! – saludó la otra sentándose junto a Juan Carlos.

-¡Más trago, carajo! -pidió a gritos José Luis golpeando la mesa.

-Hace tiempo que no venías, papacito, ¿supongo que habrás venido a verme, no?- preguntó la puta.

-¡Ya quisieras, cojuda!…. Sólo  la estoy pasando de la conchesumadre con mi hermano menor, que ha venido de Lima… Igual que hace años.  ¿No? – le preguntó a Juan Carlos agarrándolo de la nuca.

-Ah, ¿estás  con tu hermanito? Mucho gusto pues, papacito… – dijo acomodándose putísima las tetas – ¿Y cuando llegaste amorcito?

-Oye, ¿qué té pasa huevona? ¿Ah? ¿No estás viendo que el caballero está conversando conmigo? ¿Sapa eres no, cojuda? – la cortó la otra mujer.

-No se peleen pues, chicas, que para todas hay… – les dijo Juan Carlos sintiéndose  un galán de telenovela junto a las mujeres, que parecían dos maestras de escuela pintarrajeadas.

-¿Qué van a tomar? – preguntó la gorda en paños menores.

-¡Tráenos una botella de whisky, carajo! – pidió José Luis dándole otro golpe a la mesa.

-¡Contigo me quedo toda la noche, papacito! – acariciándole el cuello le dijo su acompañante a José Luis y de un salto se colocó sobre sus piernas.

-¡De aquí no te me mueves, carajo! – le contestó él pellizcándole un seno con rudeza.

-¡Achachay, despacito pues mi amor! – dejó escapar la mujer.

 

Mientras la concurrencia saltaba hasta el techo al ritmo de un Huaylas,  Juan Carlos y su puta aprovecharon para perderse detrás de la cortina y José Luis, que seguía bebiendo su whisky bambeado, con una terrible expresión en el rostro  le introducía el arma con disimulo entre las piernas a la mujer que se contorneaba sentada sobre sus rodillas.

¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…

-¡Mamá!… No la jodas, pues…

-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.

-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.

-¿Cómo está, seño?…

-¡Shhh!…  Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…

-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…

-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…

-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…

-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…

-¿Qué más hay de comer?…

-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…

-¡Salud, mami!…

-Estabas con sed, bandido…

 

A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.

 

Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.

-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.

-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…

-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… -  y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.

-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…

-¡Cabeza de toro igual que su padre!…

-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.

-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.

-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…

-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…

-Por supuesto, señora, no faltaba más…

-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.

-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.

-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.

-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.

-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.

-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.

-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…

-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…

-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto  sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era  para  comprar más droga… No me venga con esas, señora…

-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…

-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.

-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo  sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está  acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.

-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.

 

-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…

-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…

-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.

-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…

-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.

-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.

-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…

-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.

-Está bien,  yo le digo…  Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…

 

En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.

 

-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…

-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…

-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…

 

Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.

 

-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.

-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.

-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita!  ¿No tienes una luca?… 

 

Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.

 

-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.

-¡¡Mamá…  Nos están alcanzando!!…

-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.

 

-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…

-¡La cartera!…¡La cartera!…

-¡Mamá!… 

-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…

-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…

-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…

-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.

 

Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:

 

-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…

 

La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas  asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete,  y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.

 

-Con todo respeto, señora…  Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro.  - Y después de golpearse el pecho con brutal energía,  hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó-  A ver toca a la germa nomás,  pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…

 

El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho.  Pero, como tenía buenos reflejos,  volvía a la carga enseguida con más ferocidad.

 

-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…              

-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.

 

Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.

 

-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…

-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.

-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…

-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.

-¡Entra!… ¡Entra!…

-¡Tú mismo eres!…

-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…

-¡Dale, Rostro!…

-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…

 

El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar.  Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para  sostener la frente de su hija.   Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.

 

-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima.  El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.

 

-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! -  tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti…  ¡Mi promoción, carajo!…

 

Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.

 

-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.

-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.

-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…

-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.

-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.   

 

 

 

 

 

 

 

Felicitaciones, señorita… Salió usted sobresaliente en todas las pruebas… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

… Desgraciadamente, el puesto ya está tomado. Por favor,  no se me desanime.  Usted es una chica inteligente.  Permítame que le sea sincero: La gerencia está dando preferencia a las academias de prestigio y a los mejores colegios… No se crea, ¿ah?… Aquí vienen chicas que han estudiado inglés y secretariado en Miami… Mire, usted es guapa y a los jefes les gustan las chicas de buena presencia… Si me permite una sugerencia… ¿Por qué no se hace unos rayitos?… Le favorecerían bastante, ¿ah?… Se toma otras fotos, llena la solicitud y se da una vueltita para ver qué podemos hacer, ¿ya?… 

 

… ¡Ya estoy harta!… ¡Toda la vida lo mismo!… ¡Disculpe señorita pero al huanuqueño del gerente le gustan las secretarias rubias… Usted me perdonará señorita pero  el pituco del vicepresidente sólo le mira la cara a la gente que vive por su barrio… Perdón señorita, ¿adónde queda su colegio?…  Porque no está en mi lista, ¿ah?… ¿Qué tal  si salimos a tomar unos traguitos y así discutimos lo de la vacante?… ¡Estoy cansada de tanta huachafería!… ¿Dónde voy a conseguir trabajo, ah? …

 

Marita y Lalo eran del mismo barrio y, como niños buenos, también bailaron para las visitas en sus cumpleaños. Desde entonces, estaban  resignados a que muchos llegaran con las manos vacías y en las navidades, sus papás reemplazaron prematuramente los juguetes  por la ropa y esas cosas prácticas.  Aquellos domingos que salieron a almorzar a La Querencia y a tomar helados en el Felli, habían quedado como recuerdos de tiempos mejores.  El deterioro que se veía por las calles de veredas rotas y pistas llenas de baches había afectado también las viviendas.  Sus casas -como tantas otras- se habían ido descalabrando poco a poco porque la crisis no deja ahorros para hacer mejoras.  Las capas de pintura vieja se caían como costras de las paredes y los jardines eran devorados por la mala hierba y la tierra muerta.  Nadie puede creer que hacía escasamente un par de décadas, mucha gente se había mudado a Magdalena en busca de un vecindario tranquilo y próspero cerca del mar.

 

El tiempo también había hecho lo suyo por dentro. En aquellos salones dónde hace más de veinte años sus padres celebraron tan espléndidos cumpleaños con piñatas, globos y sorpresas sólo quedaban unos muebles cansados y un penetrante olor a humedad mezclado en el ambiente.  “Pobres pero limpios”, a pesar que a veces tenían apenas para comer, jamás les faltó un par de mudas de ropa para palanganear por el barrio. Y que nadie se entere nada.  Mucho antes de acabar la secundaria ya sabían que no podrían seguir estudiando.  Cuanto más pronto comenzaran a trabajar,  mejor para todos.   

 

-Con un par de botellas de ron blanco es más que suficiente… – dijo Lalo buscándose la billetera en los bolsillos.

-¿No hay algo mejor?… – reaccionó Marita haciendo una muequita de disgusto.

-Ya sé, ya sé… Pero todo está más caro… Estos desgraciados han doblado el precio ¡Claro!… Saben que todo el mundo está con plata y entonces abusan…

-Si no te parece ándate a Tragolandia, nomás… Aquí la gente paga sin reclamar… – dijo piconazo el cholo Herminio.

-¿Tú qué te me achoras?… ¡Despacha nomás, que nadie está hablando contigo, serrucho…

-Lalo es un llorón, no le hagas caso, Herminio… – intervino Marita – Mejor danos una Bacardí de litro… ¿Porqué me miras así?… Yo voy a poner la diferencia… 

-¡Feliz veintiocho, serrucho!… – dijo Lalo entre dientes, mientras salía de la bodega con su botella en la mano.

-Feliz veintiocho para ustedes también y no cachen tanto…

-¿Qué dijo?…

-¿Para qué le das confianza, pues?…

-¿Confianza?… La culpa la tienes tú por andar choleando a todo el mundo ¿Qué?… ¿Te crees gringo con tu mamá trujillana?…. Yo que tengo directo de italiano no me pongo en ese plan.

-No seas picona pues, Ornella  Mutti…  - la cogió de la mano,  cruzaron corriendo la avenida Brasil y subieron a la volada por la puerta trasera de un inmenso microbús de la línea diez.      

-¡Subiendo del estribo por favor, señorita!… – se le oyó desde afuera al cobrador que viajaba colgado de la puerta delantera.

-¿Adónde vamos a avanzar con estas mochilas? ¿Ah?…

-No le hagas caso. Quédate a mi lado, no avances… – dijo Lalo haciendo una proeza para subir un escalón más.

-¡Avancen hacia delante por favor, señores!… – gritó más fuerte el cobrador.

-¿Dónde vamos a avanzar, animal?… – protestó un grupo al unísono.

 

Cuando el microbús paró en la avenida Bolívar el cobrador dejó de joder unos instantes para tratar de subir más gente por la puerta delantera. A pesar del esfuerzo, solamente cuatro o cinco pasajeros lograron subir.

 

-¿En dónde quieres meter más gente, abusivo?…

-¡Sí, señor!… Unos abusivos son… Por necesidad está uno aquí subido, nomás…

-Las seis, qué bacán… – dijo indiferente Lalo mirando su reloj.

-¡Qué emoción!… Si el bus a Canta sale a las siete, sobrado tenemos tiempo… – comentó Marita sujetándose mejor del estribo.

-¡Bajan!… ¡Bajan!… ¡Bajan en el Hospital del Niño!… – se oyó una vocecilla ahogada entre los cuerpos.

-¡Avisando con tiempo por  favor, señores!… – dijo el cobrador haciéndose el sordo.

-¡Bajan, bajan en el Hospital!…

-¡Oye, chofer!… En el hospital baja la señora… – la ayudó alguien.

-¡He dicho avisando con tiempo señores!… – contestó el chofer acelerando justo en la puerta del hospital.

-¡Ay!… ¡Ay!… ¡Bajan!… ¡Bajan!… – gritaba angustiada una viejita que recién aparecía entre la aglomeración.

-¡Le estoy diciendo que avise con tiempo pues, señora!… – repitió insensible el chofer.

-¡Por favor, pare aquí nomás!… No sea malito, aquí nomás me bajo… – suplicó la anciana ahogando el llanto.

-¡Lo siento señora, pero ya no se puede parar hasta el siguiente paradero!… Para la próxima avise con tiempo, pé…

-¡Mira si eres abusivo cholo maricón de mierda!… – le gritó una mujer medio putona con la cara llenecita de lunares.

-¡Es un desgraciado ese chofer!…

-¡No le pague, señora!…

-Sí. No le pague por abusivo al serrano este…

-No hagan problemas y dejen trabajar pues, señores… – dijo el chofer ceceoso ya de tanto pulirse.

-¿Trabajar?… Tú sí que eres conchudo, ¿no?…

-¡Todavía que estos conchudos de mierda están cobrando cincuenta por ciento más, ni siquiera te dan buen servicio!…

-A nosotros nadie nos da gratificación, señor… Comprenda que estamos trabajando  feriado…

-¿Comprender?… ¿Qué mierda vamos a comprender, si siempre están haciendo paros para subir el pasaje?… 

-¡Ladrones!… Eso es lo que son… ¡Ladrones!…

-Deberíamos bajarnos todos y dejarle vacío el micro a estos conchudos…

-¡Claro!…

-¡Yo también apoyo a la señora!…

 

Y todos los que tenían que bajarse por allí cerca aprovecharon para secundar la propuesta.

 

-Eso es lo le tenemos que hacer para enseñarle a esta gente a respetar…

-Tiene razón, señor…

-¡La señora podría ser tu abuela, serrano de mierda!…

 

El microbús no se detuvo sino hasta llegar a la Plaza Bolognesi donde recién pudo bajar la viejita.  La mayoría de los pasajeros se bajaron y de un codazo sacaron del medio al cobrador que, inútilmente, reclamaba el pasaje.

 

Marita y Lalo caminaron por Alfonso Ugarte hasta Caquetá. Eran cerca de las siete de la noche y la avenida reventaba de microbuses de todos los colores y de  cobradores que vociferaban la ruta a todo pulmón.  Centenares de oficinistas y estudiantes pugnaban por subirse a los vehículos, pasando entre decenas de humeantes carretillas muy  bien iluminadas por lámparas de petróleo y repletas de comensales.  Las cantinas al paso estaban llenas de borrachos,  que colmaban de bullicio y de olor a licor el ambiente. Los vagos y los delincuentes empezaban a aparecer entre las sombras.  Por ser víspera de Fiestas Patrias, el puterío empezaba a llegar más temprano y con él sus “puntos” y sus “cafichos”.  Hasta que por fin llegaron a la Plaza Dos de Mayo.

 

-¡Qué miedo, Lalo!… Este lugar es horrible. Mira a toda esta gente… – dijo Marita apretándole la mano.

-No la hagas cráneo amorcito y sigue caminando nomás,  porque se va a poner  peor… -, contestó Lalo haciéndose a un lado para esquivar a una gorda borracha que parecía querer agarrarlo.

-¡Qué increíble!… Esto está llenecito de cantinas… Cuando pasas de día en el micro, los toldos de los ambulantes no te dejan ver lo que hay detrás…  Pero a pie y de noche, sí que ves la realidad…

-Imagínate, mi amor, cómo debe ser esto en la madrugada…

-Te matan. De hecho, que te matan…

-Dice Betto que un día que estaba sin carro, se metió en una de estas cantinas a chupar con los vendedores de su zona. Llegaron a las tres de la tarde y salieron como a las dos de la madrugada, borrachazos hasta las huevas…

-¡Qué malogrados!…

-¡Malogradasos, mi amor!…

-¿Les pasó algo?…

-Ah, sí. Dijo que cuando salieron a buscar un taxi un culo de resinosos se les acercó intentando venderles pasta y ellos les compraron… Dice que estaban tan borrachos, que se peleaban a gritos por prenderlo primero… Cuando los resinosos computaron que estaban de más, un solo chato con un cuchillazo terminó asaltándolos… Betto sólo se acuerda que partió la carrera hasta el colegio María Auxiliadora. Allí, se subió solito a un taxi y dejó a los otros patas a su suerte…

-¡Qué rata!… ¿Ese es tu amigo?…

-Es sólo un compañero de trabajo nada más… Pero en asuntos de tragos y prendidas no puede haber lealtad. Mantienen la farsa de la amistad hasta cierto punto, nomás.  Después, ellos solitos se dan a conocer. A esa gente lo único que los une es el vicio…  

-¿Tú qué bien sabes, no?…

-Eso cualquiera lo sabe, mi amor.  A la hora de la hora sólo se salva el pellejo…

-Hablando de la hora, ya creo que nos jodimos Lalo. Mira la hora que es.  No debimos bajarnos del micro… ¿Y si ya perdimos el bus?…

-¡Eso ni cagando!… Hora peruana, mi amor.  Si dicen que parten a las siete, entonces con suerte es a las ocho. Te apuesto a que sí llegamos. Además, está muy bien habernos bajado.  Llegan al pincho esos microbuseros por abusivos…

 

Efectivamente,  en la agencia Cantamarka se enteraron que el bus estaba retrasado y que tendrían que esperar por lo menos una hora más. Al igual que los demás pasajeros, Lalo tiró su mochila al piso y se sentó encima. Marita, lo imitó y se acurrucó junto a él. Desde el suelo el panorama era distinto. Rodeada por aquellos pasajeros, que dormitaban tan confiados,  por fin se sintió a salvo.  Mientras uno que otro seguía el ritmo de una chicha, que venía de una radio a transistores,  Lalo abrió la Bacardí y después de tomarse un trago le pasó la botella a Marita.

 

-¡Aj¡… ¡Aj!… -, soltó ella sacudiéndose de asco. Uno de los pasajeros le sonrió y continuó arrullándose con la cara pegada a la pared. 

¡Ya basta de comer basura!… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de Los Suicidas”

 

 

La gente piensa que estoy loco… ¿Tendrán razón?…  Gracias a mi tía, que no sé de dónde conocía a un diputado, pude cobrar la pensión de mi viejo. Aunque no alcanza ni para mierda es mejor que nada… Ya no fumo; se me fueron las ganas… Tampoco bebo… El trago me enloquece y la soledad me mata… ¡Qué suerte que todavía tengo la casa!… Aquí me quedo aunque me duela…

 

Lo que más me gusta es salir a caminar temprano.  Especialmente cuando hay neblina y el ambiente está cargado del  aroma que sube desde la orilla…  Y jugar a que todo desaparece…  No veo el mar pero sé que está allá abajo, esperándome… La pileta, la gasolinera y la rotonda también se esconden en el denso vapor que viene del océano y confunde hasta a los voraces pelícanos, que terminan pescando dentro de los cilindros de basura.  Al fondo, se distinguen las luces de un vehículo del serenazgo haciendo la última transa de la madrugada. De pronto, un par de micros se abren paso por Pérez Aranibar haciendo carrera. El más pequeño entra a la avenida Brasil contra el tráfico y llega primero al paradero. A gritos y empujones,  el cobrador embute a los soñolientos pasajeros dentro del vehículo y el chofer, temerario, continúa su alocada carrera y se pierde en la bruma detrás de su rival…

 

Las campanas repican raquíticamente anunciando la Misa de siete. Solo una que otra viejita -de esas que ya se están despidiendo del mundo- acude al llamado… Mejor me apuro para llegar antes que el padre Doménech a la puerta del convento de Santa Eufrasia… ¡Me encanta joderlo!…  ¿Sabrá quién soy?… 

 

-¡Alabando al Señor, hombre!…, me dice cada vez que lo sorprendo canturreando.

 

Desde que era chiquito me da pena porque se esfuerza un montón para disimular su soledad… Pero se me pasa rápido porque sé que las hermanitas del Buen Pastor lo engreirán con un opíparo desayuno.

 

El mercado de Magdalena es el único lugar dónde nadie botaría la taza en la que me tomé un café con leche. Aquí todavía soy un cliente. En estos puestos de relucientes mayólicas blancas se puede comer barato y compartir asiento con la gente que abunda por los alrededores: ropavejeros, verduleros, gasfiteros y albañiles; vendedores de pasta, policías y rateros; maricones y buenas cholas; viejos y viejitas en la más lamentable precariedad; locos y locas vestidos y calatos; putas, indigentes y borrachines; pirañitas y escolares de toda edad… En fin, con todo aquel que disponga de unos cuantos Soles para su menú.

 

Una tarde el Gallina – flaco peligroso y conocido vendedor de pasta básica de la Huaca Wonda – se estaba contando un chiste canero sobre la rabadilla de los pollos cuando no sé por dónde aparecieron un par de agentes que lo agarraron a golpes.  En medio de la trifulca, su plato fue a parar al suelo y unos perros vagos se lo devoraron en segundos.  Oyendo el eco apagado de cada golpe de pronto temí que mi apestado semblante les parezca sospechoso.  Cualquiera de nosotros corría peligro con las garantías constitucionales suspendidas así que, calladitos nomás, miramos para otro lado y seguimos comiendo. Cuando los rayas le sacaron la barca del fundillo lo soltaron en el acto y se fueron arranchándose el paquete como si nada.  Allí se quedó el pobre diablo, retorciéndose de dolor en el inmundo charco de sus excrementos… 

 

Magdalena está hecha una mierda. Las calles amanecen alfombradas de palillos de fósforos, de colillas renegridas y de los trocitos de papel periódico que los paqueteros usan para envolver la droga… El viento del barranco los levanta por las tardes como a polillas, vapuleándolos de un lado a otro con la tierra muerta, que se arrastra en remolinos a lo largo del malecón…  Cada papelillo cuesta como una quina… Pero el precio puede ser mayor… ¿Un tajo en la cara?… ¿Una chantada de culo?… ¿La plancha de tu vieja?… ¡Doy fe!… ¿Y el riesgo que se corre cada madrugada? Igual es por el día… Ni un miserable loco está seguro porque los pirañitas son los depredadores de la indigencia… La ferocidad del ataque de un niño hambriento y adicto de verdad que te caga.  Entre seis me agarraron el otro día y me robaron íntegra la pensión  ¡No me dejaron ni los zapatos!  Me siguieron cuando salí del banco.  Ahora para cobrar mi cheque tengo que caminar como treinta cuadras hasta la agencia de Pueblo Libre… ¡Que se queden en la esquina esperando a otro idiota!…

 

¡El desfile escolar!  Un batallón de colegiales marcha con desgano siguiendo el desafinado compás de seis tarolas, una docena de cornetas, un par de platillos y un bombo parchado. Pasan por el jirón Grau hasta llegar a la tribuna de honor en la puerta del municipio… Batuta en mano, el flaco Giannolli sigue el ritmo con desinterés mientras se fuma un cigarrillo. Detrás de la banda se aproximan los alumnos en orden de tamaño.  Ninguno se toma en serio el desfile. Pasan conversando y jaloneándose delante de la gente.  Mientras más los miran, peor se portan.  Un flaco narigón y desgarbado le mete la mano al poto al que está adelante y el gordo bajito a su derecha se saca el chicle de la boca y se lo pega en la melena.  Aprovechando que  Giannolli se prende otro pucho, dos de los más grandes rompen fila y se esfuman entre el mar de mirones.

 

En la esquina con Tacna, los lava carros esperan clientela jugando ludo con unos vagabundos que beben a pico acostados en la vereda.  Todavía está allí el viejo Chanca.  Los deja limpiecitos por dentro y por fuera. Mi papá se lo llevaba a la casa y el cholo iba feliz porque siempre le caía un lonchecito con la lavada.  Agachaditos, como a media cuadra,  un grupo de fumones se corre una tola a vista y paciencia de todo el mundo. De pronto, un par de  amanecidos atraviesa un batallón de escolares y se acerca a uno de ellos. Después de discutir un rato el sujeto se pone de pie sin soltar su tola, se dirige hasta un montículo de basura, mete el brazo debajo de la inmundicia y les alcanza unos cuantos quetes directo en la mano.  “¡Misios de mierda!  ¡Pa’ la próxima, si el billete no está completo ni se acerquen!…”, amenaza el desdentado mientras hace una seña con la cabeza para que los dejen pasar.

 

Ya casi es mediodía y en la esquina la gente se gorrea los titulares en el quiosco de periódicos.  Un nuevo batallón de escolares se une al desfile arrastrando los pies con contagiante modorra.  A la altura del Aspirantado Salesiano, una covacha levantada con frazadas y palos de escoba tiembla frenéticamente y se viene abajo.  Y emerge, calata de medio cuerpo, la  borracha que merodea por el bar Sakimi montada en un sujeto. Juntito a ellos otro espera su turno, empapadito en sudor, corriéndose la paja y fumándose una tola. De pronto, la mujer da la vuelta, le arrancha el tabacazo, se lo  coloca entre los dientes y le sostiene el miembro para continuar con el trabajo.  En medio de la risotada general un chato cincuentón, que está en la esquina opuesta confundido entre el público, cruza la pista requintando con aires de empresario y coloca la frazada nuevamente en su sitio, asegurándola con una piedra.  Luego, regresa rápidamente a su corner donde se queda maldiciendo por  haberse perdido el desfile del batallón de las chicas de tercero de media del Miguel Grau.

 

Malandrines de otros barrios llegan a diario a Magdalena en busca de plata para drogarse y se quedan a vivir por las calles que circundan el mercado y el parque Túpac Amaru  ¿Será que en los penales se han corrido la voz que Magdalena es un buen lugar para recursearse? ¡Porque están por todos lados!…  Arranchándole el monedero a una pobre tía, paqueteando o planeando cómo vaciarle la casa a un vecino… ¡Puras chacaladas!… Un botellón de racumín en Poblete cuesta sólo una quina y entre los matorrales del colegio parroquial o en la puerta de la iglesia, pueden acostarse conchudamente a dormir la mona… ¡Magdalena es una fuente inagotable de recursos! Con tanta ropa tendida en los cordeles y tantas bicicletas asomando por las cocheras de los chalecitos; con esas invitantes ventanas semiabiertas que dejan  pasar la brisa del mar; con sus edificios llenitos de tubos fluorescentes, que son tan fáciles de sacar y revender en las peluquerías que circundan el mercado y con esos vecinos que caminan confiados por su barrio sintiéndose  seguros cerca de casa… Dicen que “Mosca loca” ofreció pagar la deuda externa a cambio de su libertad… ¿Será posible que un narco tenga tanta plata?…  El otro día agarraron al Loco Perochena fumándose su botín de lo más tranquilo en la Huaca.  El soplo lo dio El Borrado a cambio de unas ligas y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver… ¿Qué, la policía no se había dado cuenta?…  ¡Ni hablar, pues!

 

Esta mañana mientras desayunaba, escuché la conversación de dos jugadores cuyos nombres prefiero no volver a mencionar.  “Anoche me armé una tola cargadasa con todo lo que tenía y cagándome por prenderla me fui hasta la comisaría… Y el alférez Batistini se la empujó solito… ¡Conchudo ese huevón para prendérsela en el patio de la comandancia!… ¡Hubieras visto cómo se la fumaba! ¡Hasta vomitó el puta!…”, dijo uno sorbiendo su café de a poquitos.  “Una mierda eres causa, ¿ah?… ¿Cómo le haces eso al pobre tombichi que es más débil que la puta madre? …”, protestó el otro con la boca llena. “Por lo mismo pé, huevón… Cuando pidió más, le batí hacer un allane… Esa era la idea pé, cojudo…”, contestó jactándose de su ingenio. “No sé causita… Pero un día solito te vas a joder por andar chocando con la gente… Acuérdate de lo que te digo, huevón…”, cortó el otro con recelo. “Todo estaba bien craneado… ¿Crees que soy nuevo, huevón?…. ¡Yo no choco con la gente del barrio!… El operativo fue en otro lado… Y al toque se apuntó el rateraso de mierda del tombo Salinas que llegó con ganas de prenderse… El loco del alférez al toque lo mandó a sacar el único patrullero que funciona y nos fuimos hechos una pinga con sirena y todo… ¿A que no te imaginas en dónde se le ocurrió parar al maldito del Salinas? …”, preguntó levantando la voz al notar que estábamos atentos. “No sé causita. No tengo la menor idea…”, contestó el amigo fingiendo que había perdido el interés.   “¡En Renovación pé, huevón!… El patuto se detuvo quemando llantas en la puerta del callejón… Los zambos al toque zafaron culo y chorrearon la merca… Mientras el  alférez recogía la barca del suelo, el loco Salinas sacó su chimpúm  y   gritaba hecho un pincho:  ‘¡Al primero que se me mueva me lo quemo, carajo!…’ Y el huevón rastrillaba  su maraca… ‘¡Al primero que haga un gesto le meto el cuete por el culo, carajo!’…, ladraba a todo pulmón…  ¡Puta su madre!… Los negros se pusieron blancos de miedo y no dijeron ni mierda… Y el Salinas se seguía sadiqueando, repartiendo patadas y cachazos a quien se atrevía a mirarle la cara, causa… Tendrías que haberlo visto… Ese tombo maldito es un salvaje…”, dijo mirando alrededor como pidiendo la aprobación de todos…  ¿Y ustedes qué hacían?…”, preguntó el amigo recobrando el interés.  “El alférez se quedó en el patrullero haciéndose la caca de sólo pensar en fumarse toditito ese queso… Y yo en caleta, nomás… No vaya a ser que alguien me saque y me joda pa’ toda la vida… El Batistini arrancó el patrullero ni bien se subió el Salinas y con luces, sirena y todo corrió sin parar por todo Manco Cápac hasta la Costa Verde… Todo el mundo nos abría el paso, causita… ¡Qué rico!…”, se detuvo para toser y escupir un gargajo de comida porque ya se estaba atorando por la euforia. “… ¿Y se quedaron de boleto toda la noche?…”, preguntó el amigo saboreando la situación. “Tás huevón,  compadre. Yo ya no estoy en esa nota…  Fue sólo una gauchada que le pedí al alférez para salir de misio… ¡No tenía guita para invertir, hermano!…  Aveces uno está con el diablo en el cuerpo y se la fuma toda, pé…  Así que caballero nomás, tuve que ir a pedirle una mano al tombo… De pasada le pagué su semana, pé… Fumamos un rato en la Herradura y me quité pa’ Magdalena en taxi… La gente está con guita en Fiestas Patrias y prefiero aprovechar… ‘Toy juntando el billete pa’ sacar a mi germa de la carceleta del Palacio de Justicia… Si me trasladan a la gorda pa’ Chorrillos la cagada, hermano…  Todavía me quedan cuatro hijos chicos, pe’… ”.

 

De repente, su cara afilada y grasosa me trajo pésimos recuerdos. Tenía que huir de allí…  Así que, esquivando a la gente, me alejé a tranco largo y crucé las pistas sin mirar… Eché a correr para ponerme a salvo y llegué hasta el malecón… Me paré justo al borde del abismo… ¡Pero no tuve valor!… Y lloré por ti, Magdalena, porque  no tienes salvación…     

6:00 PM AIWA…6:00 PM AIWA… 6:00 PM AIWA… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Oscilaba en la pequeña pantalla digital del mini componente que Lalo estaba pagando en partes a una mujer que vendía contrabando de Arica.

 

-¡Qué flojera!… – bostezó echando unas cuantas lágrimas-  Un baño y me voy a ver a Marita.

 

Lanzó un par de bostezos más,  se secó los lagrimones con la manga de la camiseta y rascándose una nalga abrió la ventana.

 

-¡Mierda, qué colores! …

 

Un ciento de metros hacia abajo, las olas se estrellaban contra los riscos y se podía escuchar el rugir de la Mar Brava.  Los espigones de contención, que fueron construidos como parte de un antiguo proyecto para unir La Punta con Chorrillos, no pudieron detener la erosión marina que en los últimos años había carcomido inexorablemente el malecón Castagnola.  Casi todo el parque había sido reclamado por el mar y lo que aún se mantenía en pie fue declarado zona de emergencia. No obstante, temerarias parejas de enamorados todavía retozan por las noches en lo que queda de un muro al borde del abismo. Hasta aquí llegan los despechados, los deprimidos, los derrotados y los asqueados de la vida para terminar con su miseria. Esta cadena de malecones en ruinas que se extiende desde Espinar hasta el puericultorio Pérez Araníbar ha sido rebautizada por los vecinos como  “El paraíso de los suicidas”.          

 

La neblina llegaba densa desde mar y el sol había teñido el cielo de rojo. La isla San Lorenzo parecía arder en llamas y finas nubes de color naranja se dibujaban en el cielo mientras asomaban las primeras estrellas de la noche. 

 

… Sin mi ventanita, éste sería sólo el cuarto de la chola en la azotea… El frío, la neblina y la lluvia lo atraviesan como coladera… ¡Pero yo de aquí no me muevo!… ¡De la puta madre el atardecer!… No hay uno igual que otro… ¡Qué suerte tener esta vista, carajo!  Claro que si mi viejo subiera se deprimiría tanto que sería capaz de meterse en la cama por lo menos un par de semanas…

 

Lalo vivía en una pensión para estudiantes provincianos y nunca tuvimos claro qué  hacía metido allí.  Ni bien llegó, lo primero que le llamó la atención fue el nombre pintado con letras azules en el cartel colocado en la puerta de la entrada: GRACYAL. 

 

-Vaya nombrecito… -, dijo encendiendo un cigarrillo para darse valor como hacía siempre que entraba a algún lugar. 

 

Después se enteró que  el curioso  apelativo era el resultado de unir las primeras sílabas de los nombres de sus propietarios.

 

-Buenas tardes, jovencito, ¿qué le podemos servir hoy? Tenemos menú ejecutivo, regular y platos especiales… Diga usted… – le soltó a quemarropa don Alfonso.

-Buenas tardes, señor. Estoy buscando a Fernando La Madrid… – dijo Lalo dejando su maleta en el piso.

-Retire esa maleta del camino, por favor… – dijo señalando el objeto con la punta del pie al ver que un par de clientes asomaban por la puerta.

-Muy buenas tardes, caballeros   ¿Qué les servimos?

-Dos menús regulares nada más, don Alfonso… – interrumpieron un par de estudiantes lentudos y de aspecto humilde, que luego de atravesar el salón, se colocaron en una mesita junto a la ventana y en su recorrido dejaron un olorcillo a pan rancio en el ambiente.

 

-¡Santos! ¡Santos! … – gritó de repente don Alfonso con nerviosa insistencia – ¡Dos chichas para la uno!  ¡Apúrate, que hay más clientes!…

-Dos chechas saliendo para la ono, siñors… – contestó de buen humor un cholito de aproximadamente unos dieciséis años bien bañado y peinado, pero todavía oliendo a pezuña.

 -Fernando La Madrid no está, señor… Todos los muchachos se han ido a estudiar… – dijo don Alfonso dirigiéndose a Lalo.

-Mire señor, en realidad yo no conozco a Fernando sino a su primo, Sandro…  

 

Pero ya don Alfonso había volado a la cocina para traer un par de ensaladas.

 

-¿Cómo decía usted?… – preguntó acercándose a Lalo nuevamente.

-Me han dicho que aquí alquilan cuartos y quisiera saber si tiene uno disponible… – continuó Lalo mientras seguía a don Alfonso nuevamente hacia la entrada.

-Todo está lleno… Aquí siempre todo está lleno, joven… – le contestó mirando con angustia a un grupo de muchachos de la universidad  vecina que pasaron de largo.

-Bueno. Cuando tenga algo disponible, ¿sería tan amable en dejármelo saber?… – le dijo Lalo resignado entregándole su tarjeta.

-La mayoría de los muchachos que viven aquí trabajan y estudian, ¿a qué se dedica usted, jovencito?… – le preguntó de pronto mirándolo de pies a cabeza.

 

Lalo entonces tenía veintiún años, medía aproximadamente un metro ochenta y era más bien de contextura delgada. Tenía los pómulos prominentes,  los labios delgados y  la sonrisa amplia, con unos dientes grandes y bien cuidados. Sus cabellos eran castaños  y largos.  Los ojos café debajo de un par de cejas superpobladas y el tenue bigotillo sobre sus labios, le daban  un aspecto singular.  Don Alfonso frunció el seño y volvió a mirarlo con detenimiento. Él, que se consideraba un conocedor de juventudes,  no encontró en Lalo nada que le fuera familiar.  Definitivamente, era un bicho raro.

 

-Soy vendedor de productos farmacéuticos. Trabajo para La Química…

-Entonces, me tiene que traer una carta de su empleador y una fotocopia de su último sobre de pago… – dijo cortante el viejo sin dejar de mirar angustiosamente para la calle.

-¿O sea que sí tiene un cuarto?…

-No he dicho eso. Tiene que traerme lo que le he pedido para tenerlo en cuenta por si acaso…

-Buenas tardes, don Alfonso… – interrumpió un grupo de muchachos pidiendo mesa para ocho.

 

Don Alfonso con media frente enrojecida voló al salón para juntar un par de mesas.

 

-¡Santoooos!… ¡Santooos!… – gritó desesperado.   

-¡Voooy!…¡Voooy!… – contestó el cholito remedándolo desde la cocina. Los recién llegados festejaron la ocurrencia.

 

Con los clientes a su favor, el cholo Santos entró al salón airoso cargando una bandeja con ocho chichas moradas. Don Alfonso lo odió, pero prefirió salir corriendo por las ensaladas.  Mientras Lalo seguía en el recibidor esperando la oportunidad para concluir su conversación con don Alfonso,  una voz familiar que venía del segundo piso llamó su atención. Hablando en voz alta, bajaba de las escaleras Pepe-Caca.  Llevaba un cepillo de dientes en la mano y puesta encima una gruesa camisa de pijama a rayas. Calzaba zapatos negros y el pantalón verde del uniforme de la Guardia Civil.

 

-¡Pepe!… – exclamó con sorpresa Lalo al verlo.

-Lalito Rivadeneira, ¿qué te trae por aquí?…

-No sabía que vivías aquí, compadre… Estoy buscando un cuarto pero me dice el señor que no tiene ninguno disponible…

-¿Cómo que no hay? ¡Oiga don Alfonso!…¿Qué es eso de que no hay cuarto para mi amigo?… – dijo sacando su voz de tombo – Si Jorge Peña se va este viernes… – le recordó.

-Si,  pero ese cuarto es muy caro… – contestó don Alfonso sin dejar de mirar para la calle.

-¿Y quién ha dicho que mi pata no tiene  para pagarle?… – continuó guñándole un ojo a Lalo.

-Que me traiga lo que le he pedido y después hablamos… – y otra vez entró volando a la cocina.

-¿Tú crees que me lo alquile?…

-¡Claro, hombre!… Si aquí no viene nadie. Esas huevadas te las dice el viejo para hacerse de rogar. Como es el cuarto más grande el pendejo se lo quiso alquilar a una pareja de viejos, que por lo visto, no va a regresar. El tío está loco… No te preocupes que sí te lo va a dar.

 

Y así fue como Lalo, con sus escasas pertenencias, se mudó unos cuantos días después al cuarto mejor ubicado de la pensión. Don Alfonso no hizo caso a las protestas de los que reclamaban tener preferencia para el traslado por antigüedad.

 

-¿Qué me reclaman?… Además, ese muchacho trabaja en un laboratorio y ustedes no pueden pagar lo que cuesta… Esa habitación es muy cara, muy cara… -les decía, pensando con satisfacción en el buen negocio que acababa de cerrar.

Devorando braguetas con los ojos… (*)

 

(*)Extracto de la novela “Paraíso se los Suicidas” 

 

… Esperamos que se abra la taquilla del cine para tener un ratito de intimidad.  Y cuando no ligamos con nadie, nos colamos al balcón y aprovechamos el pánico…

 

-Permisito, por favor…

-Ay, disculpa flaquito que voy a pasar…

-¿Este sitio está ocupado?… 

 

… Puta, los huevones se mueven tanto en el asiento que parece que les picara el poto, compadre.  Gimen despacito en tu oído y se te pegan poco a poco, solapas, sobre todo en las escenas explícitas… ¡Nunca falla!… Justo cuando algún arrecho de la platea grita: ”¡Cáchatela, huevón!”, aprovechan para meterte la mano entre las piernas. Y tienen suerte, porque hay un montón de pajeros y de arrechos que atracan.  Pero se la juegan, ¿ah?, porque también los mandan a volar de un solo “¡Conchetumadre, maricón de mierda!”.  La gente aprovecha ese momento para gritar lisuras, zapatear y aplaudir a risotada limpia…

                       

-No es que tenga nada en contra, ¿ah?… Pero aveces uno no está de humor para ciertas cosas…

-Eso es lo más divertido de ir al cine, ¿no ‘ñorita?…

-La función de media noche es una de las pocas distracciones para caballeros…

-Es un abuso, oiga usted, que siempre tengamos que soplarnos los mismos cortometrajes… No hay respeto… ¡Ya deberían variar, pues!… Con lo cara que está la entrada, ¿no?…

-A la salida, los casados se van derechito a brincarse a sus mujeres y los solteros a correrse la paja nomás, pe…

-Más respeto con la señorita oe, pe…

-Aunque no faltan esos que salen directo a culearse a cualquiera que se cruce en su camino a esas horas…  

-Guarda con la señorita oye, animal…

-No se preocupe, señor…

-La verdad, señorita, es que sólo están buscando la oportunidad para colarse nomás…  Andan merodeando el balcón porque en la platea los tombos tienen sus asientos reservados con cadena y todo…

-Y los chibolos están esperando que alguien se haga pasar por su pariente.

-Si entran acompañados de un adulto ya no es nuestro problema, señorita… Aquí no les vendemos entrada a los menores de edad… Una no va a arriesgar su puesto de trabajo, ¿no?…

 

Jorgito, el padre de Pepe-caca, era contador de un grupo de pequeñas empresas cafetaleras y vivía arrimado con su familia en un departamento del edificio Portofino. La gente lo conocía como un hombre correcto y de pocas palabras. Cada vez que cobraba, separaba lo necesario para los gastos y reservaba mucho más de la mitad para la función de media noche.  La esposa, -que de vez en cuando se compraba un par de medias con el dinerillo que sacaba de los queques que dejaba a consignación en las bodegas del barrio- pensaba que cada centavo invertido  en el esparcimiento era un gasto inútil  pero reconocía que era preferible a que despilfarrara el dinero en parrandas.

 

-¡Qué le vamos a hacer! Todos los hombres tienen sus vicios…  Al menos éste no es tan malo…

 

La gorda Yolanda decía que lo curioso es que Jorgito no se preocupaba en alentar su afición por el séptimo arte en sus hijos.  “Eso no es para ti… Tú mejor sé ingeniero, Pepito…”, decía mientras le apretaba nerviosamente el hombro con la yema de los dedos.  Tampoco le gustaba hablar del asunto con nadie y siempre terminaba culpando de ello a la modernidad.

 

-¿Qué tal la película?…

-¡Es una lástima que ya no hagan buenas producciones como antes!…

-¿Cómo se llamaba?

-Ni me acuerdo… -, le contestaba a su esposa escupiendo el enjuague bucal, mientras se examinaba las ojeras en el espejo del botiquín.

 

Jorgito era de los que se prestaban para adoptar chibolos en la cola. Su aspecto de tímido oficinista inspiraba confianza y siempre conseguía empatarse con alguien en la platea. Ni bien se apagaban las luces, descorría las braguetas con habilidad y golosamente se metía todo el contenido en la boca. Una vez satisfecho, chorreaba con discreción un billete en el bolsillo de su acompañante.

 

Pero como Magdalena es chica – y las lenguas largas – todo cambió una noche en que un compañero de andanzas le arregló una cita en el cine.  Se sentó en el lugar convenido y entró en acción inmediatamente. Cuando Jorgito, exhausto y sonriente, colocaba un par de billetes en el bolsillo de su cita a ciegas, se armó una trifulca de tales proporciones que tuvieron que suspender la función.  A duras penas, un par de tombos lograron reducir a Pepe-caca que, aún esposado, pugnaba por seguir pateando el cuerpo inerte de su padre.

 

Jorgito se fue a vivir a un hotel en el centro y como la familia no tuvo  recursos para desaparecer del mapa, se quedó en el Portofino soportando el chisme y la humillación con la dignidad que le quedaba.  Después de un tiempo los vecinos se olvidaron del asunto pero los chicos terminaron la secundaria resignados a ser el blanco de las burlas y de los comentarios perversos en el colegio.   Pepe, que desde entonces se convirtió en un tipo  violento y abusivo, estaba obsesionado con la idea de volver a encontrar a  su padre in fraganti y terminó aficionándose también a las funciones de trasnoche…  

¡Puta su madre!… ¿Cuándo me compraré carro?… (*)

 

 

 

(*)Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

… Con este maletón ningún micro quiere parar… Y Para variar, ya llegué tarde otra vez… Si no me subo como sea al próximo que pase, me jodí… – requintaba Lalito Rivadeneira parado en medio de la pista decidido a detener como sea al siguiente microbús – ¡Qué lechero!… Ahí vienen dos casi vacíos…

 

El primero se siguió de largo y el segundo le tocó bocina para que se salga del camino y pasó tan cerca de él que lo despeinó.

 

-¡La reputa que los parió, serranos de mierda!… ¡Ojalá que se estrellen en la esquina, hijos de la gramputa!… -, gritó metiendo una de esas patadas de karateca que jamás le ligaban delante de los patas del barrio. 

 

No le quedó otra que partir la carrera sorteando aparatosamente los carros en la avenida Brasil.  Cuando se detuvo en la Javier Prado, estaba empapadito en sudor y la gente al verlo se alejó haciendo muecas de asco.  Pero Lalo se  hizo el cojudo y los ignoró, sacó su pañuelo y con la camisa semiabierta se secó el pecho y la espalda delante de todo el mundo.  Se fajó bien los pantalones, se ajustó el nudo de la corbata y se puso los negrísimos Cats antirroches con todo y neblina y encendió un cigarrillo dispuesto a tirar dedo.  Un auto se detuvo en seco y desde el interior alguien le hizo señas para que se acercara.

 

-¡Puta, pero qué suerte!…

-¡Sube rápido pues, huevón!…

 

El conductor arrancó quemado llantas y haciendo rugir el motor.

 

-¡Por mi madre que tú estás rayado, chiquillo!… ¿Tirando dedo a estas horas?

-Compadre, no quiero volver a llegar tarde a la chamba…  Héctor me está mirando mal desde hace días…

-¡Cómo alucinas, chibolo!… Ese Héctor mira mal a todo el mundo… No te hagas paltas por eso, chiquillo… – y subiendo el volumen de la radio, pisó el embrague y metió la tercera.

 

A las ocho en punto de la mañana, El Chapu terminó su reporte del mar.

 

-¡Puta, ya me cagué!…

-Tranquilo, chibolo, no te me alteres que ya estamos en camino… Relájate, ya casi llegamos. Alucina, más bien, que en lugar de irnos a trabajar estamos bajando a correr olitas en la Pampilla… ¿Ah? Te apuesto que con este clima, un culo de patas ya están entrando al mar ¿Tú qué crees?…

-¡De hecho, cuñadito!… Yo tengo un pata que ahorita mismo se está bajando la primera olita… ¡Y después el loco se va a su chamba!…

-¡Qué rico compadre! ¡Esa es la voz!

-Es que Christian chambea en la compañía de su viejo, pues… Así cualquiera, ¿no?  

-No me digas que conoces a Christian Villavicencio… ¡Si ese huevón es de mi barrio, cojudo!…. ¿De dónde lo manyas?

-Un pata lo conoce… – contestó Lalo ruborizándose-  Un día nos jaló del Silencio…

-¡Puuuta!… Christian y yo somos como hermanos, compadre ¿Te has ganado con la hembrita que se maneja ese pendejo? ¡Puta, que la flaca es de revista, chibolo!… ¡Tiene un culaso!…

-No. A su hembrita no la manyo… – cortó en seco y lanzó la colilla del cigarro por la ventana.

-¡Puta!… Yo paro con toda esa gente, compadrito…

 

Betto sujetaba con una mano el volante y con la otra se daba masajes en el cuello. Aprovechó la luz roja para girar rápidamente la cabeza de izquierda a derecha y  abrió la boca un par de veces seguidas blanqueando los ojos.  Sólo después de sacarse un sonoro conejo de la mandíbula se le dibujó nuevamente el rostro. Lalo  levantó una ceja y fijó la vista en el camino para esconder una risita burlona. El carrito azul cruzó La Vía Expresa, pasó a tres combis, adelantó a un camión, se pegó hacia la izquierda, llegó a República de Panamá y entró al sótano de un moderno edificio de ocho pisos. 

 

-¡Muchas gracias, compadre!… ¡Te la debo!… – gritó mientras se alejaba corriendo hacia la entrada principal.

 

…¡Puta, qué salado!… No debí decirle que conocía a ese huevón, carajo. Ojalá que nunca le pregunte por mí…  Ese cojudo no habla con misios… ¡Qué salado!… ¿Quién iba a imaginarse que ese huevón era de su barrio?… ¡Puta, qué roche!  No me acordé que Betto antes vivía del otro lado de la Brasil… Seguro que está pensando que soy un palero… ¡También que yo cuando me toco de nervios hablo cualquier huevada, carajo! … ¡Chapu de mierda!…  Ese Christian ni se acuerda de mí… O se hace el loco… Total, ¿a quién chucha le importa ese huevón?… Cuando me compre mi carrito ni lo voy a mirar…  

 

Entró al salón de ventas, tiró su informe en la mesa y con las mismas corrió hasta el ascensor. Se bajó en el departamento de personal donde todos los empleados estaban  recibiendo su panetón y el sobre con el aguinaldo.

 

-¡Ahora sí, compadre, voy a dar la cuota inicial para mi carrito!…

-Yo de una vez le voy a comprar a mi mujer la lavadora de mierda para que ya no me joda…

-Yo,  como siempre, me voy con mis hijas a Camino Real… 

-¡Sí, cuñao!…  Lo primero que va a hacer éste es irse de frente al hueco… 

-¡Quita, huevón!

 

Lalo contó su dinero, se lo guardó en el bolsillo del saco y pegó otra carrerita para no perder el ascensor.  En el primer piso, una enorme escarapela coronaba la puerta de entrada del salón de remates, que se abría solamente cada vez que la empresa tenía un stock de productos defectuosos o con fechas de expiración cercanas.  Después de saludar tímidamente a las dos chicas que lo invitaron a pasar, se dirigió hasta el fondo y mecánicamente escogió la lata de galletas menos abollada de un estante y  un paquete de queso suizo de una mesa que estaba cerca de la caja.

 

…¡Qué cagado!…  Yo que vendo estas cojudeces tengo que comerlas un ratito antes que se pudran… ¿Por qué serán tan caras estas cosas?… Y a veces son de mala calidad…  ¡Pura etiqueta nomás!… ¡Carajo!… ¡Cómo no conozco a alguien que me recomiende para propaganda médica!… Allí sí se hace billete… Me compraría mi vinito de vez en cuando… Pero no como éstos, pues, que tienen la etiqueta toda chorreada… Quedas mal donde lo lleves… ¡Puta madre!…  Sin carro estoy jodido… Con una cañita y una recomendación me paro… ¡Pero no conozco a nadie!…Ni mi viejo tampoco… ¡Soy tan común y corriente, carajo!…

 

Después de entregarle un par de billetes arrugados a una de las chicas, abandonó el edificio a tranco largo. El puente peatonal temblaba a su paso y advertía que  abajo, en la Vía Expresa,  el tráfico estaba insoportable.  En la cantina de al frente un grupo de vendedores arrancaba con las festividades inaugurando  el sobre de pago con las primeras cervezas del día.  Lalo escuchó que alguien le pasaba la voz pero prefirió hacerse el sordo.

 

…Me voy en taxi, carajo… ¡Directo a mi casa a dormir!.. ¡Al pincho con todo!…¡Que trabaje la conchesumadre!… No creo que justo hoy me caiga Héctor en Comas… ¡Qué chucha! ¡Me la juego!… Un par de torpedos por teléfono y me hago el día. Total, mis clientes felices de tener más  mercadería para seguir especulando… ¡Ah!… Una dormidita para estar fresco en la tarde… ¡Ojalá la dejen ir a Marita!… ¡Qué rico! Ya me veo tomándome un roncito con mi hembrita en Obrajillo… ¡Ni cagando me quedo en Lima!… Siempre es la misma vaina: dar una vuelta por Miraflores o por Barranco, una pizzita, un falso, su trago preparado y a hablar huevadas hasta amanecerse… Al día siguiente, un ceviche carísimo, a seguir chupando y a jalar más coca hablando huevadas… Ya cuando estás complemente misio, tu hembrita te está llamando desde las diez de la mañana para ametrallarte con preguntas: Que dónde has estado, que por qué no llamaste anoche, que por qué tienes esa voz… Y para que no siga jodiendo, te gastas lo que te queda en el cine y terminas pidiendo prestado para tu pasaje… Pero lo peor de todo es estar de resaca soplándose el desfile de los cachacos por la tele… ¡Qué prepotencia!… ¿Qué sentido tiene verlos en cadena nacional? ¡Que vayan a verlos sus parientes!… Que para eso nomás sirve esa huachafada… ¡Taxi!… ¡Taxi!…

 

Un pequeño Toyota se detuvo de inmediato.  Lalo abrió la puerta y se tiró bruscamente en el asiento trasero.

 

 -¡Tranquilo, patita!… ¿Qué te pasa?… ¿Quieres romperme el fierro?….¿Tú sabes cuánto me está costando alquilar este carro?… Para que lo sepas, cualquier cosa que le pase al auto es con la mía, ¿ya?…                     

 

Lalo dice que el hombre era tan diminuto, que casi no podía verlo desde el asiento de atrás.  Era imposible calcularle la edad. Tenía la piel aceitunada y una voz cavernosa que parecía salir de otro lado.  Conducía con una mano y tenía la otra apoyada en el  asiento.

 

-Vamos a Magdalena, compadre… – murmuró Lalo acurrucándose.

-¿A qué parte de Magdalena, señor?… – preguntó mortificado el taxista levantando la voz.

-¡Al final de la Brasil pues, compadrito!… ¿Conoces el malecón? Seguro que no, porque  tú pareces bien de adentro… ¿De dónde eres? ¿De Goyllarizquizgay?…

-¿Qué te pasa, conchetumadre?… ¡Háblame bonito, imbécil!… ¿Quién chucha te crees para faltarme el respeto, ah? ¡Sonsonazo! ¡Ya, ya, bájate de mi carro blanquiñoso, pobretón de mierda!… – gritó el hombrecillo pisando el freno tan bruscamente, que Lalo por poco se estampa contra el parabrisas.  Acto seguido estiró el brazo, abrió la puerta trasera con su mano descomunal y continuó furioso: ¡Anda toma tu micro, conchatumadre, que de eso nomás tienes cara! ¡Misio de mierda!… ¡Quítate antes que me arrebate de verdad! ¡Te meto metraca, por mi madre!…” – remató, mostrándole una sonrisa glacial repleta de dientes de oro.

 

¡Compadre!… Cuando estaba bajándose del carro, el enano desgraciado arrancó hecho una bala y lo hizo rodar por la pista.  La caja de galletas terminó  aplastada por una combi  y  las listas de precios salieron volando y terminaron empapaditas en los charcos de lluvia en plena Javier Prado.  

¿Crees que uno puede tener todo lo que quiere en la vida? (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

… Déjate de pretensiones hijita  y aprende de una vez a conformarte con lo que te podemos dar… Ya estás grandecita no seas tan inconsciente. Tienes que entender que la situación está cada vez peor… Todo ha subido: La leche, el pan, el arroz, la carne…  Aparte de eso, hay que pagar el alquiler de la casa, la luz, el agua, el teléfono, las letras del televisor y las pensiones del colegio… ¡Pobrecito tu papá!… Con lo poco que gana hace lo posible para que no nos falte nada ¡Una fiesta es sólo una fiesta, hijita!  Además, el mundo no se va a acabar si te pones el mismo vestido… Nadie se va a dar cuenta, no seas caprichosa… 

 

La chica caminaba por delante conteniendo las lágrimas y con un dedo iba meciendo el canastón vacío para el mercado. 

 

-¿Por qué eres tan mala conmigo, mamá?… Además mi papá lo prometió… ¿Ahora por qué dices que no, ¿ah? -  y un par de lagrimones rodaron por sus mejillas.

-No te estoy diciendo que no… Solo sé que a tu papá no le va a alcanzar la plata, nada más… – se corrigió Inés.

-¿Y tú cómo sabes, ah?..

-¿Qué tal si vamos al Pampón, buscamos una tela y yo te lo coso en un ratito?…

-¿Estás loca o has tirado coca?…

-¿Qué té pasa a ti, ah?… ¿Qué broma es esa?… La loca serás tú… Ten más respeto con tu madre…

-¡Ay, mamá!… ¿Pero cómo se te ocurre?… Todo el mundo se va a dar cuenta que me lo has hecho tú… Voy a quedar como una misia… ¡No te pases, pues!…

-¡Qué malcriada te has vuelto, hija!…  Te apuesto que me sale igualito. Enséñame el modelo y vas a ver… ¿No te acuerdas que el vestido de tu hermana me salió perfecto?…

-Adriana sólo tenía siete años, ¿qué te iba a reclamar?… Claro, que como es una sobona y es tu hijita preferida…

-¿Qué hablas mal agradecida?… ¿Por qué eres así con tu madre?… Si yo toda la vida les he cosido… ¿Cuál es el problema ahora?…

-¡Ya, sé! ¡Ya, sé!… Tú siempre me has cosido todo, no me lo recuerdes por favor…   Desde chiquita he tenido que ponerme todo callada la boca, nomás… ¿No iba a caminar calata por la calle, no?…

-¡Qué atrevida que eres, oye!…

-¿Atrevida?… Nunca te he contado cómo me fastidiaban en el colegio: “Allí viene la muñeca de trapo… Su mamá le ha cosido  hasta la mochila…”  Conmigo, sí que te pasaste, Inés…

-¿Qué confianzas son esas, oye? Tú, que eres una sonsa y no sabes defenderte… ¿Sabes una cosa? ¡Cállate mejor, que me duele la cabeza!…

 

Inés tomó de la mano a Verónica para entrar por la puerta principal del mercado.

 

-Primero vamos a comprarle maní confitado a esa señora tan decente, que era vecina de tus abuelitos…   ¡Pobrecita!…  Cada vez que puedo, le compro un paquetito para ayudarla…

 

Estirando el diario, Inés compraba el modesto manjar y lo saboreaba lentamente, como engriéndose. Pero cuando iba por la mitad del cucurucho no podía evitar imaginarse cómo sería estar en su lugar.  Entonces, guardaba el sobrante rápidamente en la cartera y apuraba el paso.  La pobreza la aterraba y rezaba en silencio para que les fuera bien a su esposo, a sus hijas, a sus papás, a su suegro… Por su suegra jamás rezaba. Ni cojuda.  

 

El mercado reventaba de gente. Era el fin de semana de Fiestas Patrias y no se podía ni cruzar la pista. Los microbuses derramaban por sus puertas y ventanas un revoltijo de cuerpos sudorosos. En vano pitaban las bocinas para abrirse camino entre esa procesión que iba a paso de tortuga. Los ambulantes ocupaban por completo la vereda, obligando a los peatones a caminar por las pistas junto a los carros. Un inesperado sol de julio amodorraba el ambiente y acaloraba a los abrigados. Verónica y su madre esquivaron a un micro de la línea ocho y pasaron por debajo del  penetrante sobaco del  cobrador, que rapidito compraba naranjas de una carretilla. Un mar de gente obstruía la puerta principal, así que Inés decidió dar la vuelta en redondo para entrar por la puerta del pescado.

 

-¡A Sol, a Sol!… ¡Lleve limones casera,  diez por un Sol!…

-¡Agujas, agujas!…¡Cincuenta agujas por un Sol!…

-¡Caserita, lleva choclo!…¡Compra choclo, mamay!…

-¡Compro máquinas!… ¡Compro muebles!… ¡Refrigeradoras, casera!… ¡Compro de todo!…

-Ay hija, Carmencita ya está grande…

-Salúdeme a Alfonsito, comadre. Dígale que le debo su regalo…

-Pero qué caro que está todo, ¿no vecina?…

-El diario ya no alcanza para nada… Hay que estirar la plata como chicle, nomás…

-♫♫ Hipocresíaaaaa…  Morir de sed teniendo tanta aguaaaaa…♫ ♫

-¿Oiga qué le pasa, ah?… Este mañoso que se me arrima…

-¡Ay, mi monedero!… ¡Ratero!… ¡Ratero!…¡Agarren a ese desgraciado, por favor!…

-¡A Sol, a Sol!… ¡Diez limas de uñas por un Sol, señorita!…

-¡Juega, hoy!… ¡Juega, hoy!… ¡Veinte millones para hoy, caballero!…

-¿Casero?… ¿Casero a cómo está el metro?…

-¡Aproveche, linda!… Es la última que me queda…

-Es importada, pues caserita…

-¡Marcianos!… ¡Marcianos de pura fruta, casera!…

-Casero, péseme medio kilo…

-¡Así sale, pe señora!… El pollo se pesa con patas y pescuezo…

-¿Va llevar?… ¡Si no va a llevar, no me manosee la mercadería, pe!…

-Hágame una rebajita, pues casero… Esto ya está pasadito…

-♫♫…y estar indiferente, indiferenteee…♫ ♫

-¡Maca!… ¡Maca!… ¡Compra maca casero!…

-A ver hijita dale un besito a la señora…

-¡Ay, que linda!… Yo también le enseño a mi nieta que salude siempre a los mayores…

-¡Ay, sí hija!… Si no, crecen como animalitos…

-¡A Sol!… ¡A Sol!… ¡Cuatro galletas charada por un Sol, casera!…

-¡Ruda!… ¡Ruda!… Lleva ruda para la buena suerte mamita…

-¿Está buena su balanza casero?… Aquí no parece que hay un kilo, ¿ah?…

-Se lo estoy dejando a precio antiguo pues, casera…

-♫♫Hipocresíaaaaaaa… ♫♫

 

-Vamos a empezar comprando el pescado. Tenemos que conseguir corvina para el ceviche de tu papá. Ojalá todavía quede. Si no se va a poner como un pichín. Ya lo conoces…

-¡Aj!…Ceviche  ¡Odio el ceviche! Es comida para borrachos.

-A tu papá le gusta y punto… – la interrumpió Inés, colocándose en la cola del pescado.

-¡Mi papá también es un borracho!…

-¡Cállate, atrevida!… ¿Qué falta de respeto es esa, ah?… ¿Cómo se te ocurre hablar así de tu papá delante de todo el mercado?… – le dijo Inés dándole un pelliscón en la cintura.

-¡Ay!… ¡Ay!… ¡Eres una bruja!… – respondió la chiquilla bajito, con los ojos inyectados de lágrimas.

 

Verónica se levantó la camiseta y se frotó las marcas rojas que le habían dejado las uñas de su madre en el vientre.  Un viejo gordo que le cargaba la canasta de compras a su mujer  le clavó la mirada en el ombligo y le mandó un besito volado.  Verónica, asustada, se cubrió de inmediato y desvió la mirada. Trémula, se agarró de la mano de su mamá y chupándose el pulgar se quedó calladita junto a ella.

Por la loca Juanita no pasan los años… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

¿Qué edad tendrá?… ¡Está igualita!… Con sus ojerotas de mapache, su diente de oro y el mismo cuerpo de señora prematura de entonces… La recuerdo parada con uniforme único en la puerta de mi colegio y un palo de brigadier en la mano… El loco Pita la llevaba a diario para que no fregara la paciencia en su casa y,  por joder nomás, la autorizaba a meter palo a todos los que llegaban tarde.  Pero la loca de mierda comenzaba a repartir varillazas diez minutos antes de la hora de entrada hasta al más pendejo y por donde le caiga. Uno que otro se le achoraba de vez en cuando y ella les paraba el macho con un segundo palazo. Si le respondían, la loca daba tales aullidos que el Loco Pita salía  como una bala de la dirección y le sacaba la entreputa al insubordinado.

 

Así era mi colegio… Pura acción desde que ponías un pie adentro… No te quedaba otra que contar el tiempo que faltaba para la salida porque sólo en una ambulancia podías quitarte antes de la hora… El loco Pita mostraba orgulloso a los padres de familia el alambrado de púas que había mandado colocar sobre los altísimos muros del colegio. Las madres llegaban diariamente a su oficina a sobornarlo, a suplicarle, a enamorarlo… En fin, estaban dispuestas a todo con tal que el loco reciba a sus hijos en esas aulas repletas de chiquillos indeseables.  De acuerdo a la gravedad del caso, la matrícula y la pensión podían ser tanto o más costosas que ciertos colegios privados donde realmente se iba a estudiar.

 

A los alumnos no les quedaba otra que doblegarse ante las  extravagancias del director. Sea la hora que fuera, si el loco Pita veía a alguno merodeando por los huecos, las cantinas o metiéndose en problemas, frenaba su carro en seco, se bajaba hecho un demonio y le sacaba la mierda a patadas.  Luego, previo escándalo en el barrio y con el apoyo de los padres de familia,  depositaba al infeliz en su casa. Nadie objetaba sus métodos y el loco recibía feliz de la vida cualquier compensación por sus servicios extracurriculares.

 

Algunos profesores también tenían sus anticuchos y aceptaban sus condiciones resignados a dictar clase sin que nadie les preste atención. En diciembre se abría el mercado de notas, donde cada curso tenía un precio real, contante y sonante. Los pendejos te jalaban a propósito para que tengas que pagar, así que lo mejor era dedicarse todo el año a la vagancia.  Por eso, todo aquél que pasaba por mi colegio en su vida volvía a agarrar un libro.

 

El encargado de negociar las notas era un tinterillo embustero que nos tasaba de una sola barrida con su ojito de coquero codicioso.  Las tarifas podían incluir ciertas bonificaciones especiales, que iban desde un panetón con su botella de espumante hasta salir a bailar con tu hermana. Eso sí, los paqueteros tenían un trato aparte porque eran los únicos que le podían soltar buen billete.  Después del  arreglo,  el del ojillo se dedicaba a la venta de panetones y licores en el garaje de su casa en San Miguelito y compartía las ganancias con el loco.  Y la cosa no paraba allí, porque el director había inventado un sistema de multas, que podían ser pagadas cortando el jardín de su casa, limpiando los vidrios, lavándole el carro o en efectivo, en el momento de recoger el certificado de estudios… ¡Qué bestia!… El año escolar debía ser un  negocio extraordinario, porque hasta había una lista de espera para ingresar a mi colegio.  Lo asombroso es que el sistema del loco funcionaba, porque podía mantener dentro del edificio a su inextricable alumnado por unas cuantas horas, cosa que otros colegios de Lima no habían podido conquistar.

 

En aquellas aulas prefabricadas, sin puertas ni ventanas, se formaron muchas generaciones de malandrines que hoy deambulan por allí sin rumbo. Algunos todavía se acuerdan de mí y me pasan la  voz pero la mayoría se sigue de largo con su amargura a cuestas, arrastrando los mismos o peores vicios que entonces.  Estoy seguro que ningún ex-alumno del San Agustín ha corrido la misma suerte ¿O sí?  No creo.  Esas son cosas de Magdalena porque en la farmacia que está a una cuadra del Champagnat jamás le venderían un frasco de  Bronquiorgán Jarabe a un menor en uniforme escolar.

Si jamás habías probado una droga,  en mi colegio tenías la oportunidad porque la botica de la esquina era más concurrida que el cole… ¡La cantidad de pomos vacíos que sacaban a diario, escondidos en el tanque de los inodoros y  en los rincones del patio  era alucinante!…  Pero el loco Pita ni se inmutaba, porque semanalmente los vendía bien lavaditos a una fábrica que queda en La Victoria.

 

Sería injusto decir que todos los alumnos de mi colegio eran unos forajidos, porque allí también terminaban la secundaria una cuota de autistas, mongolitos y retrasados mentales que, por alguna razón, habían sido rechazados en los colegios especiales.  Carlitos se sabía el nombre completo, lugar, fecha y hora de nacimiento de cada uno de los alumnos del colegio.  Por temor al golpe, memorizaba toda información que pudiera protegerlo durante las horas de clase. Su prodigiosa memoria era capaz de hacer cálculos progresivos y regresivos de acuerdo a la exigencia de sus verdugos. Hasta que un mediodía fatal, una ambulancia lo sacó del colegio con ataques convulsivos. La voz que se corría era que el pobre no acertó  una de las preguntas del Blanca Nieves.  Pero todos sabíamos  que le había hecho trampa sólo para sacarle la mierda.  Eso sí. A partir de entonces el loco Pita flagelaba al negro públicamente cada vez que se acordaba.

 

Carlitos pertenecía al grupo de Los Intocables, integrado también por algunos incautos que eran reclutados por un profesor de educación física  que fue expulsado del colegio parroquial y que terminó preso por abuso de menores. Arrinconados en su sector del aula, esperaban asustados y en silencio que termine el día para poder salir de allí.  Nadie podía meterse con ellos porque se las veían directamente con el director que, cada cierto tiempo, los mandaba a su casa con diplomas y condecoraciones para seducir a los familiares. 

 

Otra minoría que pertenecía a Los Intocables era el grupo de los gays, que iban con el pelo teñido, con pestañas postizas y colorcito en los labios. Caminaban sacando poto con las camisas del uniforme anudadas en la cintura.  Eran las chicas del cole y los que mejor la pasaban.  Cambiaban de enamorado a cada rato y a la hora del recreo se pavoneaban agarraditos de la mano y le coqueteaban hasta al director.  Las peores broncas que recuerdo se armaron por los ataques de celos que provocaban en el patio, y era tal el despelote, que hasta el loco tenía que hacer de mediador para evitar que corriera más sangre.  Cada año se elegía a una reina de la primavera y, con permiso de la familia,  el loco Pita se llevaba a la ganadora a comer a la calle con cetro, corona y todo…

¡Ojalá que el tío no me reconozca! (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

No quisiera tener que explicarle nada y menos inspirarle lástima… ¿Qué pensaría si me ve ahora?… “Tas huevón sobrino, tú vas a llegar lejos…”, me decía el gordo… ¡Cómo olvidar al tío comprabotellas, si   recorríamos Magdalena juntos!…

 

Todos los días me encontraba con el Potón en la esquina de la farmacia Bahía para tirarnos la pera. A las nueve de la mañana, ni bien empezábamos nuestros jarabes, veíamos al tío botellero apareciendo entre San Martín y Libertad. Era un negro  macetón,  de más o menos unos cuarenta años. No era ni alto ni bajo y se las sabía todas el zambo. Siempre empujando su triciclo repleto de cachivaches y acompañado de su eterno compinche el Cara de Hacha, un serrano avivado que cada vez que tenía plata se mandaba arrancar un diente para reemplazarlo por otro de oro.   Ya cuando estaba entre Ayacucho y Libertad, levantaba las manos en alto y nos gritaba a voz en cuello: “¿Qué hay para mí sobrinos?… He traído del Callao una marimba buenísima ¿Sí o no, Cara de Hacha?…”, decía el negro mirando con complicidad a su ayudante sin importarle que lo escucharan las señoras que estaban pasando. “Unas bolsazas de pasta hemos traído de la Parada…”, contestaba el Cara de Hacha achinando un ojo de puro farsante que era.  Entonces,  nos subíamos al triciclo y nos íbamos directo a nuestras casas. Siempre se presentaba a la hora en que nuestras viejas se iban para el mercado y el muy pendejo nos hacía sacar artefactos viejos, zapatos, ropa, periódicos, revistas, botellas y cualquier otra cosa que sirviera para el cambalache. Al final, nunca era suficiente y fueron contaditas las veces que el zambo  nos trajo merca de la Parada o del Callao. El desgraciado nos hacía siempre el mismo cuento…

 

Cuando ya no había nada más que sacar, a sugerencia del tío botellero, nos íbamos a recorrer las embajadas y los consulados de Magdalena y San Isidro. Con el Potón habíamos desarrollado una estrategia infalible: nos presentábamos en uniforme escolar como delegados de aula y pedíamos donaciones de material informativo para el colegio. Mientras tanto, el tío ropavejero y el Cara de Hacha nos esperaban a la vuelta de la esquina con el triciclo bien en caleta… Siempre se creían el cuento. Salíamos cargados de libros, folletos, películas, transparencias… Una vez hasta nos regalaron unos muebles antiguos que le hubieran encantado a nuestras viejas, pero el vivaso del tío no quiso soltarlos.  Todo iba a parar a sus manos y emocionado montaba las cosas rápidamente en su triciclo, pero a la hora de sacar cuentas, siempre se arañaba y terminaba dándonos una miseria. “Si a ustedes no les ha costado nada, sobrinos… Se van de robo porque todo es regalado…”, metía chamullo regateando. “Tú qué crees tío, ¿que con la pinta de choro que te manejas y con ese triciclo charcheroso te van a dar algo?… Menos si te ven con el impresentable del Cara de Hacha…”, replicaba el Potón y de puro asado se tomaba otro sorbito de jarabe.

 

¿Quién iba imaginar que todavía andaba el tío por aquí?… Parece que el tiempo se hubiese detenido… Pero, no… Está más viejo y ese es otro cara de hacha… Creo que me dijo alguna vez que vivía en Bellavista y que todos los días tenía que empujar su triciclo desde allí hasta la Parada… ¿Será buen negocio comprar y vender  huevadas?… Un día le compré un par de Levi’s de segunda y muchos discos viejos… ¡Puta madre, hace tanto tiempo de eso!…  Qué bueno que no me haya visto.  Creo que le dolería saber que se equivocó conmigo porque no llegué tan lejos pero sí muy bajo…

 

¡Cómo te cagan las drogas!… El tiempo, la miseria y la desesperanza se encargan del resto… A las finales,  ni siquiera eres capaz de cumplir con las expectativas de un viejo compra botellas… “Tú eres blanquito sobrino y vives en un barrio pituco… Tú ya te salvaste… En cambio la gente de la Parada… ¡Esos sí que están jodidos para siempre!…  Esos niños ya vienen al mundo con su tola en la boca…”, decía con más fe en mí que la que yo jamás me tuve… ¿Qué pensará ahora de Magdalena?… Él, que recorre estas calles deterioradas, debe darse cuenta de lo mucho que ha cambiado. Nunca se me ocurrió preguntar por su nombre ni por su familia ¿Tendrá nietos?… ¿Habrán venido al mundo con su tola en la boca como él decía?… ¿Cómo será su vida en Bellavista o en la Parada?… Lo maleado se le notaba a leguas. Pero el zambo se portaba bien con nosotros. Tenía los brazos llenos de cicatrices, unas encima de otras, pero nunca se aprovechó de ellas para intimidarnos como hacen la mayoría de los achorados.

 

Era la segunda vez que Potón y yo intentábamos entrar a la Embajada de la República Popular de China. Hacía más o menos una semana que un chino viejo nos había negado rotundamente el ingreso. Pero ésta vez nos abrió la puerta y con rostro inexpresivo nos pidió que, por favor, lo siguiéramos. Íbamos detrás de él cagándonos de la risa pensando salir con las manos llenas. Luego, abrió una puerta, nos hizo pasar a una oficina y nos pidió que esperáramos un momentito. Cuando salió, el chino desgraciado le echó llave a la puerta y regresó como a la media hora acompañado de un chino gordo más viejo y, con asombrosa rapidez, instalaron un pequeño écran y proyectaron la película en dónde habían grabado nuestra visita anterior. En pésimo castellano y de peor humor, el chino gordo comenzó a preguntarnos qué buscábamos allí… Insistimos en explicarle el cuento de los delegados pero al toque nos dimos cuenta que era inútil porque no nos entendían ni michi… Luego de discutir a gritos entre ellos, el flaco fumanchú, nuevamente nos indicó con un ademán despectivo que lo siguiéramos y nos condujo por un laberinto de pasadizos que parecían llevar al exterior. Una luz al fondo del corredor nos tranquilizó porque, efectivamente, podíamos ver la calle a través de una inmensa reja de fierro forjado que rodeaba el jardín. De un empujón, el asiático  nos metió en aquel patio, cerró la puerta con doble llave y se fue murmurando amenazas igualito que  en las películas chinas que pasaban en el cine Gardel.  Sólo que faltaron las letritas para enterarnos de lo que planeaban hacer con nosotros.

 

“¡Ya nos jodimos, compadre!… Seguro que ahorita llaman a la policía estos chinos de mierda…”, me dijo asustadísimo el Potón mientras se movía por todo el jardín como un mono de zoológico buscando una salida. Al toque nomás, encontró la puerta. Pero la maldita estaba cerrada con una cadenota y un tremendo candadazo. De puro frustrados comenzamos a dar de patadas al portón. Entonces, aparecieron un par de fieros dóbermans babeando y nos arrinconaron contra las rejas. “¡Mamá!… ¡Mamá!…”,  gritaba el maricón del Potón. Uno de los perros le rasgó la basta del pantalón y de una ventana del segundo piso el chino gordo les metió un poderoso grito en lengua oriental que inmovilizó a los animales en el acto.  

 

Una vez que la ventana se cerró los cuatro quedamos mirándonos a los ojos; los perros esperando una orden y nosotros un milagro. Así estaban las cosas cuando una voz familiar nos sacó del trance. “¿Qué mierda pasa, sobrinos?… Yo no he venido a hueviar, carajo… ¿Qué chucha están haciendo ahí?… Si les van a dar algo que se apuren pé, porque yo ya me quito, carajo…”, dijo el tío sin la menor idea de lo que estaba pasando. “¡Tío, tiíto lindo!…, estos chinos nos quieren hacer la cagada…” Y Ya no pudimos decir más porque los perros de nuevo empezaron a ladrar. “Ya regreso, sobrinos…”,  dijo el negro mosquísima. Los perros  ladraban como locos y desde el segundo piso, otro grito en chino los mandó a callar.  De golpe, un sonido metálico atronador nos dejó pasmados. “¡A zafar culo, carajo!…”, y con la misma pata de cabra que violentó el portón, el aguerrido del tío se enfrentaba ahora a los dóbermans para que pudiéramos escapar por un costado.

 

¡Puta madre, qué tal físico del Cara de Hacha!… ¡Qué cholo más recio, carajo!… Nos llevó a los tres montados en el triciclo pedaleando a toda velocidad… ¡Conchesumadre! El puta cruzó la Salverry sin mirar los carros y cagándonos de la risa  no paramos hasta la farmacia España. Para festejar, el tío se compró unas Heineken que chupamos en caleta porque estábamos con uniforme… No cabe duda que el tío se portó como un verdadero amigo… ¿Qué diría mi madre si lo hubiera conocido?… De hecho que le  hubiera dado un patatús ¿Se acordará mi tío de todo eso?… Seguro que sí,  por eso prefiero que no me vea…

El último carro que entró al corralón fue un patrullero que terminó remolcado por una grúa de tanta pedrada que le metieron los vecinos… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Y ya hacía tiempo de eso.  Fue cuando la policía sacó al Loco Perochena – el marido de Olga – nadando en un mar de quetes.  Dicen que es el padre de los mellizos y que antes de desaparecer hizo un arreglo con la gente de Puerto Nuevo para que a la negra nunca le falte queso para mover. Pero ella jamás tenía billete porque cuando no se fumaba toda la merca estaba juntando plata para sacar de la cárcel a su tío o a su hermano.  Alguien le contó que uno de sus mellizos andaba de pirañita por la Plaza San Martín.  Del otro chiquillo no sabía nada. No es que no le importaran sus hijos, sino que estaba resignada a que tarde o temprano terminarían mandándose a mudar. Le parecía un absurdo tratar de formar una familia en ese cuchitril donde jamás podría darles buen ejemplo. Tenía bastante con su propio vicio y con el enfisema pulmonar que se la llevaría a la tumba. 

 

Con Blancanieves y Mostrobelo como parientes, el Colorado tenía protección garantizada en las calles.  La carcocha le ganó una tregua con sus rivales y se convirtió en el taxista oficial de los paqueteros.  A cualquier hora se metía en Puerto Nuevo o en el castillo de la avenida La Paz. Un sábado cualquiera podía hacerse de unos gramos y algo de billete.  Hasta los vecinos contaban con él para que les haga la carrera cuando se compraban un catre o un televisor.  Por las noches vendía en la puerta del llonja y se amanecía fumándose la ganancia. Antes del alba, la negra se lo llevaba a la cama envuelto en una frazada, le hacía el amor para quitarle un poco la dureza  y se quedaban dormidos hasta que alguien les tocaba la puerta para ir de compras al Callao.

 

Ya era de día cuando se metieron entre las sábanas percudidas e intentaban dormir un poco.  La lluvia se había filtrado por las rendijas del techo y las gotas rebotaban en un pequeño charco de lodo. Pancho todavía dormitaba exaltado en su rincón y de vez en cuando gruñía y se rascaba las pulgas.  Desde un corral vecino llegaba el canto de los gallos madrugadores. Olga se le bajó de encima, se volteó de cara contra la pared y empezó a sollozar.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?

- Nada…

-¿Cómo que nada? ¿Por qué mierda estás llorando entonces?

-Es que tengo miedo…

-¿Miedo de qué?

-Miedo por ti… El Coroto y el Mazamorra son bien maleados… Te pueden cagar…  No sé…  Pero me da mala espina…

-¡Esas son cojudeces! ¿Quién chucha me va a cagar a mí? ¿Ah? ¿Crees que soy un huevonaso? ¿Eso crees?

-Tú sabes que no…

-¡Entonces! ¿Qué pasa, carajo? ¿Crees que porque soy blanco soy un imbécil? ¿Ah? ¡Te equivocas, negra! ¡Yo soy tan mosca como ellos!…

-Sí tú lo dices… Después no digas que no te lo advertí…

-¿Sabes qué? ¡Mejor no te metas en mis asuntos! ¿Ya?

 

Cerca de las ocho de la mañana el silbido del Mostrobelo lo sacó de la cama y salió en cuestión de minutos sin despedirse.  El zambo lo esperaba bien abrigado, con las manos en los bolsillos y haciendo ranas para entrar en calor.  Ni bien hicieron contacto visual se metieron al carro en silencio.

 

-¡Al toque nomás, Mostrobelo!… No la hagan larga…

-Usted maneje nomás y punto, cuñao…

-¿Y cómo es la vaina?

-Ya se verá…

-¿Cómo?… ¿No tienen un plan, cojudo?

-Lo menos que se comprometa usted compadrito, mejor. Usted hace la carrera nomás… Usted no sabe nada… Así, por siaca,  ya tiene una coartada pe…

-¡Puta madre! Ni menciones a la mancada, cojudo…

-Siempre hay que ponerse en todas, Colorado… Pégate a la derecha, causa, que allá está la gente brava…

 

Se estacionó frente a la licorería Poblete sin apagar el motor.

 

-¿Y, Colorado?

-Compadritos…

-Causas…

-¿Estamos listos?

-Por supuesto, Colorado… Síguete de frente nomás y déjanos en José Gálvez. Date una vuelta de manzana y en cinco minutos nos recoges aquí mismo…

-¿Qué?… ¿Así al toque nomás?

-Al toque nomás pe, Colorado… ¿Qué?  ¿Acaso quieres tomarte un jugo?

-¡Puta madre!… ¡Está usted verde, Colorado!

-¡Contra menos luz hagamos mejor pues, causita!…

-¿Y quién chucha dice que quiero tomarme un jugo, carajo?

-¡No sé, Colorado, pero si en cinco minutos no estás aquí de regreso, por mi madre que donde te escondas te enfrío!…

-¡Puta madre, Mazamorra! ¿No he dicho que estoy con ustedes?

-Para que lo sepas nomás, pituqueso… Guerra avisada,  no mata gente…

-Ya carajo, dejen de pelearse como hembritas que tenemos que laborar…

 

… ¡Cinco minutos, carajo! ¿Me daré una vuelta de manzana en cinco minutos?… Tampoco puedo estacionarme en ningún lado porque puedo parecer sospechoso… Menos frente al banco, carajo… ¿Cuál será la bodega?… ¡Ojalá que al imbécil del Mazamorra no se le ocurra disparar el chimpún!… ¡Cholo de mierda, carajo!… No… ¡Tengo que concentrarme!… ¡Carrito, no me falles! ¡Hay que reconocer, Marito, que lo dejaste de pu-puta madre, cuñao! Creo que ahora corre mejor que nunca, compadre… ¡Chucha,  falta sólo un minuto y este tráfico de mierda que no avanza!… ¡Muévanse, carajo!… ¡La tuya, serranazo!… Avanza nomás, compadrito… ¡Mierda!… ¿Qué fue eso?… ¿Balas?… ¡Chucha!… ¡Otra!… ¡Mierda!… ¿Qué hago, carajo?… ¡Otra más!… Nada que ver… ¡Yo me quito!…

 

Casi en la esquina de José Gálvez se abrió la puerta trasera del carro.

 

-¡Embala, Colorado! – gritó de repente el Coroto arrojándose en el asiento.

-¡Asaltaron el banco, idiotas! ¡Ya nos cagamos, huevón!

-¡Tú acelera nomás, conchatumadre!

-¿Por qué mierda asaltaron el banco, imbécil? ¡La policía nos va a seguir, cojudo!

-¡Por eso mismo, acelera, Colorado! ¡Métete por Leoncio Prado hasta La Marina…

-¿Contra el tráfico, huevón?

-¡Claro pe, imbécil! ¿Acaso quieres que nos agarren los tombos?

-¿Y el Mostrobelo y el Mazamorra?

-Se los bajaron, compadre…

-¿Qué? ¿Están muertos?

-¡Puta madre, Colorado! ¡Quién iba a pensar que justo hoy iban a estar dos tombos más adentro!… ¡Acelera, Colorado! ¡Métele todo el queso!

-¡No jodas, Coroto! ¿De verdad que están muertos?

-¡Claro que están fríos pé, causa! ¡Mírame nomás cómo estoy!

-¿También te dispararon?

-¡Estoy sangrando, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!…  ¡Me vas a cagar el asiento!…

-¡Acelera, Colorado!… Agarra la Sucre y dale por todo Tingo María… Creo que ya  perdimos a esos huevones…

-¿Adónde mierda estamos yendo, cojudo? ¿Crees que vamos a escapar de la policía tan fácil, estúpido?… ¿Cuánto billete sacaste?

-Ni mierda, causita… Cuando me dispararon solté el bollo al toque…

-¿Qué?… ¿Ni siquiera trajiste el billete, huevón?

-¡No te estoy diciendo que me dispararon, imbécil! Sólo corrí pa’ salvar mi vida, cojudo… Pero antes me enfrié a ese tombo conchesumadre… El Mazamorra se quedó gritándome pa’ que lo ayude… El huevón tenía un balazo en el pecho… ¿Qué chucha pasa la voz?… ¿Qué iba a hacer yo?… ¡Ese ya era hombre muerto!… Ni bien entramos, Colorado, se lo quemaron a su pariente… Ese por lo menos no sufrió mucho…  Tuve que dejar tirada a las dos puntas, compadre… Pero así es esto, pé… La lealtad es con los vivos…

-¿Y te has bajado un tombo, huevón? ¿Cómo se les ocurrió meterse al banco, cojudo?

-Todo estaba bien planeadito, Colorado… Siempre hay un solo tombo en ese banco y justo hoy, conchesumadre, habían tres, causita. Pero así es la fatalidad, causa… ¡Au! ¡Me estoy muriendo, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!… ¡Vamos al hospital ahora mismo, huevón!

-¿Tas cojudo, Colorado? ¡Qué hospital ni qué mierda! ¡Tú sigue de frente nomás, huevón!

-¿Adónde vamos, idiota? ¡Ya se nos va a acabar la gasolina, cojudo!

-¡Por favor, causita, no dejes que me muera!

-¿Qué chucha puedo hacer yo, Coroto? ¡Vamos al hospital y no me jodas!

-¡No! ¡No! ¡Al hospital, no! Vamos al Planeta, causita… Allí nos espera un pata…

-¡Lo tenían bien planeado, pendejo!… ¡Son unas mierdas!

-¡Palabra que no queríamos cagarte, Colorado!

-¿No?… ¡Querían darme una miseria nomás, pendejos!

-Métete por Cárcamo nomás, Colorado. No pares hasta llegar al barranco… Allí nos espera el Tirifilo…

-¿Y quién mierda es el Tirifilo?… ¡Por la puta madre!… ¡Contéstame, Coroto!… ¿Quién chucha es el Tirifilo?… ¡Contesta!… ¡Concha tu madre, huevón! ¡Lindo momento para morirte, carajo! ¿Y ahora qué mierda hago?…

 

 

Entró al Planeta levantando nubes de polvo y atravesó un par de lozas deportivas infestadas de viciosos, que abandonaron sus escondrijos para desaparecer entre las calles de tierra muerta. Se detuvo casi al borde del abismo.  Cien metros más abajo, entre los basurales se abría paso, turbio y caudaloso, el Río Rímac.  

 

… ¡Si me sigue la policía por Dios que me tiro al vacío!… ¡Ni cagando me meten preso, carajo!…

 

Creyó oír al Coroto otra vez agonizando cuando se le acercó un sujeto envuelto en una frazada inmunda y le tocó el vidrio varias veces, haciendo señas para que bajara del auto.

 

-¿Y el billete? – preguntó a quemarropa.

-¿Tú eres el Tirifilo?

-¡Contesta, conchatumadre! ¿Tienes el billete?

-Se enfriaron al Mazamorra y al Mostrobelo, compadre… El idiota del Coroto soltó el bollo cuando le dispararon.  Vamos a tener que abandonarlo en la puerta de emergencia de un hospital…

-¡Conchasumadre! ¿O sea que  no hay billete?

-¿No te estoy diciendo, Tirifilo?…

-¿Quién mierda es Tirifilo, ah? ¡Huevón! ¿Quién chucha te crees para hablarme con esa confianza? ¡Sacúdete nomás imbécil de mierda! Yo a ti no te manyo, compadre… Así que sigue tu camino nomás…

-¿Y qué hago con el Coroto?… Él me dijo que eras su pata, compadre.  Por eso vinimos hasta acá…

-¿Mi pata? ¡Yo no tengo patas, huevón! ¡Pon esta carcocha en neutro antes que llegue la policía!

-¿Qué vas a hacer?

-Ya verás lo que voy a hacer por mi pata… – y de un empujón volcó el carro al precipicio con el Coroto adentro.

 

El vehículo llegó hasta el río rebotando  entre los peñascos.

 

-¡Mi carro!… ¿Qué has hecho, cojudo?

-¿Qué? ¿Crees que después de ésta ibas a poder manejar esa lata, compadre?

-¿Y ahora qué hago?

-A mí no me preguntes… Ya te dije que yo a ti no te conozco… Así que nos vemos…

-¿Adónde voy?

-¡Toma!- le dijo el hombre tirándole la frazada – ¡Tápate al toque y encalétate entre los fumones de las canchas!

-¡No me hagas esto, Tirifilo!

-¡Ándate a la mierda! – y se borró cojeando por una callejuela.

 

 

… Muerte, locura o prisión... Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Me he hartado de decírtelo pero no has entendido, desgraciado… Los niñitos buenos nunca tocan lo ajeno…  No se juntan con esos cholos llenos de malas costumbres… Te dije hasta el cansancio: Cada uno con sus iguales… Pero tú, como siempre, te cagabas en tu pobre madre, que sólo quiere lo mejor para ti… Ahora jódete, mal hijo. Escóndete bien, desgraciado, delincuente de mierda… Si te encuentra la policía, acuérdate que ya no eres hijo mío… Me avergüenzo de ti… Después de todo el sacrificio que hemos hecho… A ver, ¿en qué fallamos para que nos des este castigo? ¿Ah?… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Son las malditas drogas… Porque nosotros te dimos lo mejor que pudimos… Pero tu te destruiste solo… ¡Ojalá te pudras en la cárcel!… ¡Desgraciado, mal hijo!… Si te agarran, te acusan de matar a un policía… ¡Qué estúpido eres! ¡Pero te lo mereces! ¡Asaltante de bancos!… ¡Drogadicto! ¡Mal viviente!… ¡Mal padre!… ¡Pastelero…! ¡Corre a las canchas a esconderte con tus iguales!… ¡Ya no tienes familia, drogadicto de mierda!… ¡Muérete!

Señora Inés, ¿por qué la señorita Verónica ya no viene a visitarla?… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

-Porque prefiere llamarme por teléfono…

-Tan rico que se come aquí, señora…

-Ya sé, Clotilde. Pero ella ya está grande y prefiere quedarse estudiando.

-Verdad, señora, ¿por qué la señorita todavía no tiene enamorado?   

-Y a ti qué te importa, ¿ah? Qué metete te has vuelto, ¿no?

-Tan bonita la señorita… Ya hubiera conseguido novio con tanto churro que viene a las fiestas del señor. 

-Ese no es ambiente para ella…

-Pero si millonarios nomás vienen, señora…

-¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes?

-¡Ay, pues señora!… Si de eso nomás hablan en la bodega…

-¿Qué?… ¿Quién está diciendo esas cosas, caracho? 

-Las otras muchachas pues, señora…

-¿Y tú qué tienes que estar hablando con las otras, ah?…

-Si yo no digo nadita, señora. Ellas nomás son las que dicen que gente importante viene para la casa…

-¿Ah, sí? ¡Cuidadito, nomás,  con estar contando las cosas de la casa a los extraños!

-¿Yo?¡Nunca, señora!…

-¡Yo nunca!… ¡Yo nunca!… ¡Te conozco, mal agradecida!…

-Por Diosito que yo no he dicho nada, señora…  Yo nomás escucho.

-¡Más te vale!  Porque le voy a contar al señor para que ya no te dé propina…

-¡Por favor, mamita! ¡Al señor no le cuentes nada!

-¡Pórtate bonito, entonces!… ¡Pobre de ti!… Mañana mismo voy a hablar con ese japonés de la esquina para que no te retenga… ¡Qué tal lisura!… ¡Qué se han creído!…

-¡Ay, no!… ¡No seas tan malita, señora Inés!… 

 

Inés se pasaba la vida viendo televisión y rompía su ostracismo sólo para hablar con la servidumbre. Después, no volvía a abrir la boca hasta que Juan Carlos regresaba de las oficinas o de sus viajes.  Como para su marido era importantísimo atender bien a los invitados, se había convertido en una excelente anfitriona. 

 

Como siempre, esa noche, Juan Carlos pediría a los presentes que posen con ella para una foto.

 

“De repente, cholita, te ganas saliendo de nuevo en sociales, ¿ah?”…

 

-Por la casa desfilaban políticos, empresarios, faranduleros y esos advenedizos que nunca faltan… ¡Siempre a la ganancia!…  Y en la madrugada venían los choferes y se los llevaban a casa a dormir la mona o a seguirla en otra parte. Uno se da cuenta de ciertas cosas, pues… Pero eso sí, a Juan Carlos no le gustaba eso durante el día… Porque él tiene cuidar su imagen… Igualito rajaban, ¿ah?… Yo por eso no le hablo a nadie… Ni siquiera le cuento a mi mamá…   Aveces, momentos antes de perder la conciencia me contaba sus cosas. Una noche me dijo: “Negrita… Esta gente pesa en la opinión pública. Por eso tenemos que trabajarlos bien…  ¿Sabes lo que significa para nosotros?… ¿Ah?”  Pero yo al día siguiente me hacía la que no me acordaba de nada…

 

Y bajaba radiante después de pasar horas enteras acicalándose frente al espejo.

 

-Inesita, tú tan guapa como siempre…

-Permítame, señora…

-Ay, muchas gracias, no te hubieras molestado…

-Pero si no es ninguna molestia, al contrario… Es un placer, Inesita… Además estas son cositas que me las regalan mis clientes…

-Ya vengo, voy al baño…

- Con todo respeto… Te felicito, mi hermano…

-A ver, un abrazo para su cuñadito…

-¡Salud!

-¡Salud pues, Inesita!

-Ella no toma, hermano…

-¡Qué buen culo, compadre!

-¡Suave, imbécil, que el hombre te puede estar escuchando!

-¡No jodas! ¿Crees que hay micrófonos?

–¡Shhh!… Guarda, guarda, que ahí viene la hembra…

-¡Salud, señora!…

-Mi señora no toma, hermanito…

-¡Salud con todos pues, compadre!

-Ya vengo. Voy al baño…

-Te acompaño…

-¡Salud, Juan Carlos!

-¡Salud, mi hermano!

-¡Salud, salud!

-Inesita, por favor, acérquese para tomarnos una foto con el hombre…

-¡Yo la saco, mi hermano!… Mañana se la doy al gordo Arbocó para que la publique…

-Juan Carlos nos ha hablado tanto de usted, Inesita…

-¡Qué casa tan linda, señora!

-Espero que nos honre con su visita la próxima vez que pasen por Caracas…

-Muchas gracias…

-Qué lástima que hay Concejo de Ministros, negrita… Quería presentarte a don Pancho.

-Será para otra oportunidad.  Bueno, con permiso…

-Siga nomás, señora.

-¡Una mujer admirable, mi hermano!

-¿Tienes otro baño, compadre?

-En el mezanine, doctor.

-Bueno, ha sido un placer…

-¿Cómo? ¿Se retira usted tan temprano, señora?

- La pobre está levantada desde temprano, hermano…

-¡Un último salud pues, señora!

-Ella no toma, hermanito…

-¡Buenas noches, señora!

-Que sueñe con los angelitos…

 

Ni bien Inés desaparecía por las escaleras cambiaba el ambiente.

 

-¡Ahora, sí!  Saca la barca, hermanón…

-¡Salud, compadre!

-¡Seco y volteado!

-¡Salud, pues!

-¡Chupa pues, compadre!

-Este se queda dormido en pleno directorio…

-Eso no es nada. Acá mi compadre se duerme en el hemiciclo…

-Ya, ya… No jodas que después estás llorando…

-A ver, Cayito, sácate eso con confianza…

-¿Y tu señora?

-Cuando se mete a su cuarto ya no sale, hermano…

-¡Oye… Tranquilo que vas a botar toda la bolsa!

-Usa la bandejita pues, compadre…

-¡Este todavía no la domina, carajo!

-¿Me puedo sacar la camisa, mi hermano?

-Es lo único que te falta sacar, desgraciado…

-¡Hace calor, compadre!

-Está usted en su casa, mi estimado.

-Se le agradece.  Se le agradece…

-¡Salud, Juan Carlos!    

-¡Salud, salud!

-¡Salud pues, hermano!

-¡Salud pues, José Luis!

-¡No me lo despiertes!

-La que está linda es su entenada, compadre…

-¿Quién?… ¿La mayorcita?…

-Las dos aguantan, mi hermano.  Ya están listitas…

 

La comida quedaba casi intacta sobre la mesa. Había botellas vacías diseminadas en todas partes, el humo del tabaco se impregnaba por los rincones y el olor a alcohol digerido podía percibirse desde la puerta de calle.   

 

Inés casi nunca pensaba en Betto.  Esa etapa de su vida aparecía borrosa en su memoria como le pasa a todo el que ha tenido un vicioso en casa.  Sus hijas – igual que ella -  se acostumbraron a reprimir sus sentimientos y eran poco tolerantes con las debilidades humanas.  Por eso los chicos de la esquina empezaron a correr la bola de que Verónica se había contagiado de las preferencias sexuales de la gente que paraba con su tío.  Las cosas no habían cambiado demasiado para Inés, que seguía  desvelándose por un marido que tardaba en llegar. 

 

Un estruendo la despertó en la madrugada.  Estiró el brazo para comprobar si Juan Carlos se había acostado y se incorporó en el acto.  El tufo de la juerga subía hasta su habitación. Sin encender la luz, se echó la bata encima y se sentó en un rincón de la escalera sin hacer ruido.  A través de una densa nube de humo vio a los hombres agitados, sin camisa, tratando de reanimar al ministro, que estaba tirado en medio de la sala.  Se había meado en su alfombra nueva, tenía la cara talqueada de cocaína y un hilo de baba se escurría por la comisura de los labios.  Agachado, junto a él, reconoció a un conocido animador de televisión que trataba de reanimarlo echándole aire con el periódico.  El ministro se incorporó sorpresivamente y después de balbucear algo incoherente vomitó sobre su confortable preferido.  De inmediato mandaron llamar al chofer, que se lo metió al  baño y después de asearlo se lo llevó a su casa.  El susto dio por terminada la fiesta. 

 

Mientras cerraba la puerta, Juan Carlos se cruzó con los ojos de Inés en la oscuridad.

 

-Se nos puso mal don Panchito, chola… ¡Qué tal susto que nos ha dado!… -, le dijo en voz baja por todo comentario. 

 

Inés se dejó abrazar por su esposo y mientras subían las escaleras, sin hablar, aprovechó la oscuridad para esconder un par de lagrimones…

 

Atravesó un estrecho laberinto de casitas a medio terminar… (*)

 

(*) Extracto de la novela Paraiso de los Suicidas

 

 

 

Pero  siguió  corriendo hasta las canchas de fulbito hundiéndose en la tierra muerta. 

 

… ¡Puta madre! …¡Van a encontrar al  Coroto en mi carro!… ¡Ya me jodí! ¡Qué huevón!…  Le voy a decir a la policía que me lo robaron en la Huaca… ¿Cómo hago para ponerme de acuerdo con la Olga? ¡Negra de mierda, boca salada! ¡No debí meterme con esos delincuentes de mierda! ¡Mamá, mamita, no quiero ir a la cárcel!… ¡Mi carrito! Tan bien que me estaba yendo… ¡Qué salado!… Una mierda ese Tirifilo, carajo… ¡Puta madre!… ¿Por qué todos me cagan?… ¡¡Por qué!!…

 

Pasó sin mirar a nadie y se metió de frente debajo de los escombros.

 

-¡Saca, saca!… – vociferó uno que apareció entre un montón de cartones y se le cuadró amenazándolo en el acto con un afilado trozo de aluminio.

-Tranquilo, hermano, no te me acalores… El Tirifilo me mandó a encaletarme…

-¡Puta su madre, blanquiñoso de mierda!… Hubieras empezado por ahí pé y no que te me mandas así de frente… ¿Sabes cuántos se cagan por un jato como éste?… Todos los días hay que mecharse con alguien… Pa’que lo sepas, aquí estamos sólo los más bravos… La lacra duerme allá en el río… – lo examinó de pies a cabeza y continuó – O sea, que… ¿Tú eres el que pasó hecho una pinga en el carrito azul? … 

-¡Sí, compadre! Lo desbarranqué…

-¡Shhh!… ¡Cierra el pico, blanquiñoso! Vamos a mi oficina – y lo invitó a meterse en la Trinchera.

 

La Trinchera era otro proyecto abandonado por la gente de la ESAL en el Pueblo Joven.  La vieja zanja medía como cuatro metros de profundidad, surcaba un extenso trecho a un costado de las canchas y era el hogar de un amasijo de fumones.

 

-Acomódate en este corner – murmuró el tipo señalando un rincón lleno de cartones húmedos.  Sacó a patadas a un sujeto y, después de arrancharle la tola, se la corrió  Betto.  Cualquiera que venga de parte del Tirifilo es bien recibido en mi humilde morada – continuó el tipo sonriéndole con las encías.

-¡Salud pues, compadre! ¿Cuál es tu gracia, blanquiñoso? – dijo otro feo corriéndole una botella de racumín.

-¿Y a ti qué te importa? – respondió Betto aprovechando las circunstancias.

-No te me achores, blanquiñoso. Sólo quiero saber cómo llamarte… Mira, acá todo el mundo tiene su chaplín…  A mí me dicen Cogote… – y aprovechó para enseñarle la enorme cicatriz que tenía en el cuello – Y este deforme que ya parece que está frío  es el Catita.

-¿Qué hay, Blanquiñoso?

-Aquí, medio muerto cómo lo ves, Catita es el ratero más  rápido de la Plaza Unión… – intervino otro anudándose un pañuelo al antebrazo.

-Este huevón hace más billete que un banquero y al toque se lo fuma todo, compadre – continuó el de la cicatriz  despancando un cigarro.

-¡Yo fumo con mi plata, compadre! – replicó el Catita.

-Este que casi ni tiene ñata de tanto que se la han roto es el Cordel – continuó Cogote rompiendo la punta a su tola para calentarla bajo la llama del fósforo y la encendió.

-Con este huevón nunca hay ropa tendida… 

-¡No seas gracioso, Zapatilla de Chola! – reaccionó el aludido.

-¡Zapatilla de Chola será la reconcha de tu madre, ropavejero de mierda! Yo soy Flash o el loco Nike para ti, Blanquiñoso…  Yo laboro la sección zapatillas en Alfonso Ugarte…  Si alguien tiene buenos jebes, me los pongo.

-Aquí es como en las chelis, cagaleche… Crimen organizado, pé… Así no chocamos con la gente y cada quien tiene asegurado su recurso… Es la ley de la Trinchera, blanquiñoso…

-¿Cuál es tu sello pe, gringo ¿No serás gerente de banco, no comparito?…

-No soy gerente. Soy asaltante de bancos – contestó Betto dejando a todos cojudos.

 

Mientras duró la novedad, Betto fue un huésped de honor en la trinchera y por las noches, bebiendo racumín y fumando como chimeneas, le pedían que repitiera los detalles de su hazaña. 

 

- ¡Qué piña, compadre! ¡Tuve que soltar el billete para distraer a los tombos!… Todavía siento el olor a pólvora en mis manos, carajo… ¡Cuánta plata tendría ahora!… ¿Alucinan?…

 

Pero una mañana el cuento se convirtió en historia y no teniendo nada que aportar en la Trinchera fue expulsado de ahí a pedradas.  Le quitaron la ropa, los zapatos y hasta la frazada del Tirifilo. Se quedó en calzoncillos mendigándole a la gente del barrio. Los perros vagos lo correteaban a cada rato y los pirañitas del sector lo despojaban de todo lo que conseguía.

 

Fue aproximadamente a las tres de la madrugada cuando el Tirifilo lo agarró por la cintura justo cuando iba a tirarse al a río.  Habían pasado algunos meses desde la última vez que se encontraron pero Tirifilo, que jamás le quitó el ojo de encima, se lo llevó para su casa  y le dio un catre para que duerma en un rincón cerca al corral. 

 

-No te creas que soy la Madre Teresa, cojudo.  Ni mucho menos soy rosquete para recogerme un huevón de la calle… Lo que pasa es que no quiero salarme y terminar como tú, sin nadie que me dé una mano… Así que ahorita báñate, porque apestas a mierda… Después ya vemos cómo me pagas por el  techo…

 

Se metió al corral y de una jaba sacó una bolsa llenecita de quetes. Esa madrugada  le confesó que él y el Coroto se habían venido a pata desde la Oroya. 

 

-Ese huevón sin ser nada mío me llevó a vivir a la casa de su tía en el Agustino…  Una vieja conchesumadre que  se aprovechó que éramos unos chibolos recién bajados y nos tenía trabajando desde las cuatro de la mañana en el mercado de frutas de San Luis a cambio de  un colchón lleno de chinches. Así estuvimos varios años, compadre… Después de trabajar nos íbamos al Porvenir a asaltar a los borrachos que salían de las cantinas.  Una mañana, la vieja de mierda nos estaba pasando la voz para levantarnos y, como el Coroto acababa de acostarse, de puro asado le metió un empujón y la sacó volando por la ventana.  Aprovechamos que la bruja se retorcía de dolor y nos tiramos tanta plata de la caja fuerte que pudimos haber comprado un par de camiones.  Nos fuimos en ómnibus hasta Cerro de Pasco y abrimos una cantina, causa. Por un tiempo nos fue de la puta madre, hasta que apareció otro sobrino de la vieja y amenazó con tirarnos dedo.  El huevón me atacó con un machete y yo terminé incrustándole el hígado con un cuchillo.  Pero antes de caer, el huevón me cagó esta pierna.  Me guardaron diez años en el SEPA, blanquiñoso…  El pendejo del Coroto vendió todo lo que teníamos en Cerro de Pasco y se regresó a Lima con toda la plata.  Me contaron que abrió una chingana en Magdalena y que el queso lo dejó en la calle…  Cuando salió de prisión el Coroto le prometió que le devolvería su parte.  Por eso dejó que el Tirifilo planeara el asalto con un dato que le pasó la mujer que limpiaba el banco.

     

El Planeta abastecía al público de las cantinas de la Plaza Unión y barrios aledaños a tiempo completo. A Betto sólo le importaba tener un techo y algo para fumar. 

 

Verónica prefería imaginarse a su papá casado con otra señora o en algún lugar lejano… La incertidumbre la desvelaba cada noche pero jamás hablaba de eso con nadie.  Y menos con su tío.

         

-(TV) Vea usted, señorita, el  terreno en ese lugar es demasiado accidentado para llevar a cabo un operativo y la comandancia no puede darse el lujo de perder una patrulla pues, señorita… A pie imposible… ¡Ni hablar!… 

-(TV) A estas horas de la mañana, como podrán apreciar, a vista y paciencia de todo el mundo, estos adictos continúan consumiendo la droga… Y, como hemos visto,  la indiferencia de la policía es sorprendente… Nos acercamos un poco más a ver si podemos hablar con alguna de estas personas… Señor, somos de la televisión…

-(TV) ¡Te corto!… ¿Ah? ¡Te corto, carajo!…

-(TV) Como se habrán dado cuenta este lugar es sumamente peligroso… Esto que vemos aquí es La Trinchera… Según informan los moradores del sector, abajo se esconden los delincuentes más peligrosos… Vamos a intentar hablar con alguno de ellos… ¡Señor! Disculpe señor, somos de la televisión… Bueno… Parece que por aquí nadie quiere hablar con nosotros… Como pueden ver, estos sujetos continúan drogándose como si nada…  Aquí hay un grupo que quiere decirnos algo… Hola, somos de la televisión… ¿Qué hacen aquí?…

-(TV) ¿Qué te parece que estoy haciendo, mamacita?

-(TV) ¿No tienen miedo de la policía?

-(TV) Aquí no llegan los tombos…

-(TV) Nosotros estamos aquí porque aquí está el vicio pe, señorita…

-(TV) ¿Y por qué no regresas a tu casa? 

-(TV) ¡Ja!

-(TV) ¿Usted cree que es fácil, señorita?

-(TV) ¡Aquí nadie tiene jato!

-(TV) ¿Y dónde hacen sus necesidades?

-(TV) En donde se pueda pues, señorita…

-(TV) Aquí nadie puede dejar el vicio, pe…

-(TV) ¿Acaso no tienen una familia o a alguien que se preocupe por ustedes?                   

-(TV) Nadie quiere a los drogadictos, ñorita…

-(TV) Sólo nos queda la calle hasta el final de nuestras vidas…

-(TV) ¿O sea, que están aquí esperando la muerte?

-(TV) ¡Acá nos agarra la pelona en nuestra ley!…

-(TV) Aquí viene un montón de gente de frente a morirse, pe…

-(TV) ¿Y ustedes qué piensan de eso?

-(TV) Yo, ñorita, quiero decirle a todo el que me está viendo… que la pasta es una mierda… Pero lo más triste, ñorita, no es que me vaya a morir aquí… No… Más triste, ñorita, es que en mi  barrio los chiquillos siguen metidos en el hueco…

-(TV) ¡Señorita! ¡Señorita! ¿Verdad que estamos en la televisión?

-(TV) Así es,  señor. Este programa se está viendo en todo el Perú…

-(TV) Entonces, señorita, yo tengo algo que decir…

-(TV) ¿Qué le dirías tú a todo el Perú?

-(TV) Yo quiero decir, señorita, que al igual que todos los que están aquí, antes tuve una familia.  Pero por el vicio maldito lo he perdido todo… Mi esposa, mis hijitas y unos padres buenos que siempre me dieron lo mejor… Hace más de cuatro años que estoy atrapado en este infierno… Pero quisiera aprovechar para pedirle perdón a mi familia y que tengan compasión de mí… ¡Hijitas! ¡Amorcitos! ¡Yo nunca quise hacerles daño! ¡Yo las quiero mucho y siempre sueño con ustedes!… Ese es mi peor castigo, señorita…  Saber que nunca volveré a ver a mi familia…

-(TV) ¿Si tus hijas te estuvieran viendo ahora qué les dirías?

-(TV) Que me perdonen, señorita… ¡Hijitas lindas! Si me están viendo y todavía me quieren un poquito ¡Por favor, perdónenme!… ¡Perdónenme!… ¡Hijitas!… ¡Ayúdenme a salir de aquí!…¡Ya no resisto vivir así!…