(*) Extracto de la novela Paraíso de los Suicidas
Para escuchar la tradicional misa al aire libre frente a la casa del futuro párroco. Renato y su abuela caminaban por el centro de la avenida sobre la cobriza alfombra de crujientes hojas secas. Prendida del brazo de su nieto como una novia, doña Rosita Ugaz viuda de Machiavello se tapaba la boca con un pañuelo para que no le diera el aire. De vez en cuando, las ráfagas de viento levantaban las hojas del suelo y sacudían las copas de los árboles donde cientos de cuculíes y gorriones se desprendían de sus ramas y cantaban animados emprendiendo el vuelo.
-¡Qué comodidad tener la misa tan cerca de la casa, hijito! Claro, que no es lo mismo que ir al templo, porque no te olvides que la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús es copia de la Basílica que Don Bosco mandó a construir para María Auxiliadora en Turín… ¡Qué pena!… Ya no las construyen así…
-Sí, mamina. A mí también me gusta mucho – contestó distraídamente Renato, concentrado en no tropezar con las piedras y las raíces de los árboles que entorpecían el camino.
-Es una lástima que no podamos ir tan seguido como antes, con lo peligroso que se ha vuelto cruzar la avenida Brasil ¡Ay, hijito, lo lejos que nos queda la parroquia ahora que tu nono no está con nosotros! Y como los domingos ya no pasan los colectivos…
-Si mamina, tienes razón…
-¡Ay, no!… Pero también era horrible ir en el carro, porque tu pobre nono se perdía la mitad de la misa buscando donde estacionarse. Y a la salida se la pasaba repartiendo propinas a todos esos cholitos que reclamaban haberle cuidado el carro ¡Qué mentirosos!… Si ellos mismos le robaron los faros ¡Delincuentes juveniles!… Pobrecito tu abuelito, que en paz descanse, tan bueno que era…
-Sí. Me acuerdo que le compró unos faros a un señor que los sacó envueltitos en papel de periódico debajo de una banca del parque y en Bradley le dijeron que no le hacían a su carro…
-¡Pero mira cómo te acuerdas, hijito!… Tú sí que tienes buena memoria, ¿ah?… Así también era tu abuelito… ¡De todo se acordaba!… ¡Ay, no sabes hijito, cuánto lo extraño!…
-Sí, mamina. Yo también extraño mucho al nono…
Al gordo Renato lo criaron sus abuelos porque su papá se fue a vivir a California desde que murió su madre. Al comienzo llamaba con frecuencia y prometía regresar cargado de regalos. Después de un par de años dijo que mandaría por él y doña Rosita hasta se encargó de que hiciera la Primera Comunión. “No vaya ser que se deje convencer por los protestantes…” Y, aunque lloraba a escondidas por los rincones, se hizo la idea de no volver ver a su nieto. Pero a quién no volvió a ver más fue a su hijo. Hace tiempo que había dejado de soñar con su regreso y ya ni siquiera conservaba las pocas cartas y tarjetas que alguna vez les envió. “¡Muchacho ingrato!…”, pensaba con amargura secándose un lagrimón. Cuando no se presentó al entierro de su padre, doña Rosita se deshizo de los últimos recuerdos que guardaba de él. Algunos dicen que el abuelo Renato murió de pena porque, a pesar de todo el tiempo transcurrido, jamás encontró consuelo ni perdió las esperanzas de volver a ver a su hijo. Cada tarde espiaba por las rendijas la llegada del cartero y, a escondidas de doña Rosita, encendía velas al pie de su fotografía y atesoraba cada uno de los pocos objetos que quedaban de él. Doña Rosita estaba segura que su viejo no descansó en paz cuando le cerró los ojos.
-¡Cómo se le extraña a tu abuelito!
-¿Cuándo crees que acabarán de construir el templo, mamina? – preguntó Rento aprovechando para cambiar de tema porque sabía que, si dejaba que su abuela continuara con sus lamentos, la presión se le iba a subir a millón y terminarían pasando la noche en la Clínica Ricardo Palma.
-¡Ni me hables de eso, hijito!… Hace más de diez años que comenzaron y todavía nada. Pero es lógico, se tienen que demorar tanto porque se está construyendo con la limosna de la gente. Y tú sabes que ya casi no quedan corazones piadosos por aquí.
-Toma su tiempo abuelita, ¿ah?…
-Y eso que es una de esas construcciones modernas nomás. Eso sí, cuando la terminen el nombre de tu abuelito va a estar en una placa de bronce. Porque él devotamente le daba todos los meses su donativo al padre Román en sobre cerrado. Ya sabes cómo era de cumplido tu nono. Eso también lo saben los Rotarios y los del Club de Leones, que deberían de hacerle un monumento en la Javier Prado a ese hombre…
-Sí mamina, claro…
Los caballetes estaban vestidos con el blanco lienzo bloqueando el tránsito de vehículos entre la avenida Javier Prado y el Jirón Tomás Ramsey. Todavía era temprano pero ya había por lo menos un centenar de personas dispersas por los alrededores aprovechando para hacer barrio en el parque. Un par de señoronas estiraban los níveos manteles y acomodaban las flores. “Aló, aló… Un dos tres, probando, probando…” Un joven muy pálido, con unos lentes enormes, instalaba el equipo de sonido haciendo brincar de susto a los que estaban más cerca de los parlantes. A un lado de la mesa, un par de chicas ensayaban bajito con guitarra y pandereta. Algunos autos ya estaban estacionados cerca del altar, porque era más cómodo para los fieles que sólo debían bajarse para comulgar.
… Había mucha libertad… Los chicos llegaban fumando cigarrillos, masticando chicle o tomando helados… ¡Súper moderno! ¿No?… Era el lugar perfecto para ponerse al día… Para saber lo que estaba de moda o para ver a las señoras emperifolladas y ostentosas, sacudiendo sus alhajas haciendo adioses y mandando besitos volados… Y si tenías suerte, podías intercambiar algunas palabras con los vecinos ilustres como Cuchita Salazar, Ricardo Blume, Ruth Razzetto y Fernando de Soria, Joe Danova, Regina Alcóver, Alfredo Bouroncle, la chola Juanacha… ¡Uf! Personajes mucho más atractivos que el sermón del padre Román… El pobrecito era extranjero, pues… También podías ir con tu perro, así que un mojón apestoso o una pelea entre canes era muy frecuente, sobretodo, cuando nos estábamos dando el abrazo de la paz o comulgando. Daba risa, oye… Una vez uno se subió encima del otro y comenzaron a hacer ya sabes, qué… Juntito del altar… La dueña fue atacada por el macho cuando intentó separarlos y como nadie más quiso meterse en el asunto, se quedaron pegados con la lengua afuera hasta después que acabó la misa… ¡Qué horror!… Pero esas cosas pasaban esporádicamente… Lo mejor era que todos nos conocíamos por lo menos de vista, ¿no?… Por eso era fácil detectar a los intrusos que se colaban del otro lado de la Brasil… Durante toda la ceremonia los chicos no les quitaban el ojo de encima… Se sabía que nunca dejaban limosna y nadie les daba abrazo de la paz… ¡Aj! Además, esa era chambita de los viejos verdes… Oliendo riquísimo – a puro perfume importado – aprovechaban el pánico para impresionar y recorrían los grupos repartiéndonos besitos y abrazos a todas las chicas… ¡Hasta segundos antes de la comunión, oye!…
-Esta es Corderro de Dios que quita pecado del mundo… – anunció el padre Román levantando con ambas manos una enorme ostia, que parecía inflamarse con los últimos rayos de sol.
-Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa – repetía Renato golpeándose el pecho.
… No creo que Dios tenga misericordia de ti desgraciado… Dios te tiene que castigar… ¡Yo me voy a encargar de eso!…
-(Todos) ¡¡Amén!!…
El poderoso sonido del motor de un Jeep con la radio a todo volumen distrajo a la concurrencia. En la esquina de Tomás Ramsey el vehículo atravesó el parque de lado a lado con irreverencia y el cura, levantando una ceja, hizo una elocuente pausa mientras que se escuchaban las toses y las chupadas de dientes del público en desaprobación. Se estacionaron a media cuadra, frente a una casa de dos pisos.
-¡Cuándo no los Taca-taca!… -, dijo Renato bajito, resollando como los demás.
Pero se quedó de una pieza cuando reconoció a Betto bajando del vehículo con una caja de cervezas a cuestas y, en tal estado ebriedad, que se hubiera ido al piso con todo si uno de los Taca-taca no logra agarrarlo a tiempo.
De repente, el agudo pito del micrófono dejó sordo a todo el mundo y se escuchó el carraspeo del cura.
-¡Oyla, jóvenes!… Recuerrrda que estamos celebrrrando la Sagrrrada Eucarristía… ¿Aaaaaaah?… Termina con eso y deja ya de hablarr lisurras… (feedback atronador)… ¡Respeta la presencia de Jelo Cristo nuestrrro Señor!… ¿Yaaa?…
Chilló polacamente enrojecido de ira controlada. Luego de una pausa continuó con la misa, sabiendo que le iba a costar trabajo recobrar la atención de los fieles.
…¡Estás como si nada, maldito!…¡Sigues chupando como las huevas!… ¡Ya vas a ver…, ya vas a ver, desgraciado!…
Renato hervía de rabia en silencio.
-¿Qué miras?… Atiende la misa, hijito… Vas a comulgar con tu abuela, ¿no?
-Sí, mamina. Voy contigo…
-¿Qué té pasa, mi amor?… Estás pálido… ¿Te sientes bien?
-No pasa nada, mamina, no te preocupes.