Crónicas desde el Frenopático

Habían pasado un par de años, pero las calles continuaban tal cual las dejé al irme. La panadería, la bodega, el quiosco de periódicos, la lavandería… Todo seguía intacto. Los chiquillos de la esquina habían crecido, algunos perfilaban bigotes y a otros les había cambiado la voz. Pero yo, todavía parecía un  niño. 

 

Al juzgar, habían dejado atrás las bolitas, las cometas y el trompo. Ahora compartían cigarrillos y se corrían a escondidas la botella de guinda. Conforme me acercaba a la esquina, las diferencias entre ellos y yo resaltaban con mayor claridad.  Los cabellos largos, los zapatos de tacón y los pantalones acampanados, daban a sus figuras alargadas un aire de modernidad. Contrastando de una forma exagerada con mi atuendo de seminarista.

 

Nadie había ido a recogerme y tuve  que caminar cargando al hombro, mi viejo maletín azul que me había acompañado durante toda la primaria. Hasta entonces, nunca me había preocupado por mi apariencia física. Era gordito, cabellos cortos con gruesos lentes de carey y todavía usaba aquellos pantalones de casimir pasados de moda de cuando me fui. Mis zapatos domingueros, se habían deformado y mi camisa blanca del uniforme con las barbas del cuello enruladas empezaron a avergonzarme.

 

-¡Hola cura!

-¡Su bendición padrecito!

-¡Regálanos una hostia, santurrón!

 

Me sentí humillado, deseando que ese par de años que había estado en el aspirantado salesiano nunca hubiesen existido. Me arrepentí de haber estado ausente, de haberme alejado del barrio, de perderme de tantas aventuras y de desconocer toda esa jerigonza que manejaban y que los hacía parecer tan autosuficientes.

 

Uno de los mayores me arrancho el maletín y se lo pasó a otro del grupo que, abrió en el acto, desparramando mis ridículas pertenencias. Mis medias y ropa interior -bordadas con mis iniciales – rodaron por el piso. Lo peor fue cuando uno de ellos encontró mi libro de oraciones y mi colección de estampitas de los santos que tanto admiraba.

 

-¡Cura! ¡Cura!

-¡Mariconcito!

-¡Dale un trago al santurrón!

-¡Sí! ¡Que se haga hombre!

 

En mi vida había bebido alcohol, el primer trago incendió mi garganta, pasó quemando hasta el estómago y lo devolví en el acto, junto con el último desayuno que tomé con mis hermanos salesianos. Mientras recogía mis pertenencias, no fui capaz de contener el llanto,  cosa que atizó más la burla de todos. Mi cabeza explotaba, me sudaban las manos, todo era confuso. Allí mismo me arrepentí de haber dejado el seminario, extrañé a mis compañeros que, tan gentiles, habían grabado sus firmas en esa tarjeta de despedida, que ahora flotaba en un charco inmundo.  No estaba preparado para un recibimiento como aquel. 

                                                                 

                                                               2

 

El año que ingresé al seminario el golpe militar sacudió la insegura economía de mi hogar. Mi padre, entonces se dedicaba al negocio de la importación de artefactos electrodomésticos y lo perdió todo de la noche a la mañana. El toque de queda, los soldados paseándose en tanquetas por las calles y los comunicados oficiales -que transmitían cada nada por la tele-, creaban una atmósfera desoladora en el ambiente presagiado un futuro nefasto.

 

Los planes que mi madre tenía entonces quedaron truncos. Comprar la casa de sus sueños en otro barrio para dejar el departamentito del edificio en el que vivíamos, trasladarme a un mejor colegio que el parroquial de Magdalena, reemplazar los cansados muebles de la sala… Sus modestos sueños de ama de casa se destruyeron para siempre. Para colmo, volvió a quedar embarazada.

 

El terremoto y el aluvión que arrasó Ranrahirca, se añadieron trágicamente al desánimo. Hubo que cambiar a mis hermanas al colegio nuevo que las monjas de Santa María Eufrasia inauguraron entonces en Monterrico, debido a los daños ocurridos en el inmueble. Las nuevas pensiones del colegio, la movilidad escolar y todos los demás gastos que implicaron el traslado, asfixiaron peor nuestra economía.

 

Mi madre despidió a la empleada y nunca más le abrió a Goldenberg,  el judío que tocaba insistente la puerta cobrando las camisas importadas que usaba mi padre. Lo mismo fue con el dueño de la zapatería y las cuentas de la bodega y la farmacia. Cada golpe de puerta nos angustiaba estremeciéndonos de pánico. Esta sucesión de eventos agrietó la frente de mi madre, opacando  para siempre el brillo de sus ojos.

 

Mi padre no se despegaba de la radio esperando oír la deposición del gobierno de facto. O alguna otra noticia que devolviera esperanzas a nuestra trágica realidad.                                                        

 

 

                                                             3

 

 

Aquellas vacaciones, no salí ni a la puerta. Cuando mi madre me mandaba a comprar a la bodega, los chiquillos de la esquina me acorralaban y me quitaban la plata y se compraban cigarrillos. Regresaba llorando a casa y mi madre me castigaba por ser tan zonzo. Mi vida se convirtió en un infierno. Extrañaba a mis compañeros del seminario y todos esos momentos infantiles que antes me parecieron tan ingenuos.

 

Cuando mi hermana mayor cumplió quince años, mi padre le hizo una gran fiesta con luces psicodélicas. Todos los chiquillos del barrio asistieron y esa noche me trataron como a uno más de ellos, me ensañaron a bailar rock lento, me dieron licor y por primera vez fumé marihuana.

 

El siguiente periodo escolar me matricularon en el colegio donde estudiaban todos los chiquillos del barrio. Moría por que mi cabello crezca. Pero sólo era cuestión de tiempo.  Insistí para que me compraran  zapatos de tacón y pantalones de uniforme con campana. Mi padre nunca me dijo no a nada.  Y, poco a poco, me fui pareciendo a los demás. Dejé de rezar antes de acostarme y  todo mi material religioso lo  tiré a la basura.

 

Antes de entrar a clases los chiquillos compraban licor y tomábamos a pico escondidos detrás de las tribunas que habían en el patio de recreo. Pero el trago me caía re mal. Y  cuando vomité sobre el pupitre del profesor Zárate, me expulsaron deshonrosamente. Reprobé aquel año. Entonces, todas las mamás de los chiquillos del barrio me declararon mala influencia, y les prohibieron a todos juntarse conmigo. Para colmo, los desleales les hicieron caso.

 

No me importó. Yo había hecho mis propias amistades con la gente achorada de los callejones y esto me alejó definitivamente de todos. Corroborando la  mala  fama que  había adquirido.

 

Cuando las chicas del barrio hacían sus fiestas, me aparecía con todos esos malandrines y, por supuesto, que nos expulsaban en el acto. Mi cabello exageradamente largo y mis pantalones arrastrando por los suelos reforzaban todo aquello que ahora, con justa razón, hablaban tanto de mí.

 

 

                                                           4

 

Mi padre hizo nuevas amistades con un grupo de militares que lo colocaron de gerente en una conocida distribuidora de abarrotes y licores. Y cuando conoció a otra señora, dejó sola a mi madre con todos mis hermanos. Esto hizo que ella se deprimiera tanto que, ya ni se aseaba ni tampoco recogía el desorden de la casa. Nunca más le abrimos la puerta a nadie y yo, me inicié en la venta de la nueva la nueva droga que los militares pusieron de moda.

 

La pasta básica de cocaína fue la perdición y todos los chiquillos del barrio le entraron poco a poco. A mi madre ni le importó que la vendiera en la casa y cuando mi padre dejó de pasarnos la remesa, empezamos a vivir de eso.  La policía llegaba cada nada, pero mi madre les daba plata y nos dejaban tranquilos un tiempo.

 

Empecé a consumir la droga desmedidamente.  Hasta mi madre también lo hizo y cuando me llevaron preso, se quedó sola a cargo del negocio. Luego de un año me soltaron pero, ella, ya no dejó que entrara más a la casa y me quedé vagando por los barrancos del malecón. Seguía vendiendo, pero consumía todo lo que ganaba y nunca fue suficiente. Me dediqué a robar y la noche que le vacié la casa a mi madre, le di tal empujón que se rompió la cadera.

 

Ella también siguió vendiendo para  subsistir. Mis hermanas cayeron en lo mismo y cuando les faltaba la plata se prostituían junto con ella. Los vecinos las denunciaron y el dueño del departamento las echó a la calle y todas se fueron a vivir a un corralón cerca de la rotonda, justo detrás del bar donde paraban los viciosos del barrio.

 

 

                                                            5

 

 

Una década no es mucho tiempo cuando se vive alejado de la realidad, durmiendo en las calles, mendigando y robando para subsistir. La ciudad crecía mientras la vida pública recobraba la tranquilidad que prometían los gobiernos democráticos. Nunca supe más de mis hermanas. A veces, escuchaba hablar de mi hermano menor, pero éramos extraños. Mi madre se convirtió en una de las primeras víctimas del SIDA en el barrio. Un día apareció muerta cerca del malecón. Me enteré de ello cuando recogí un periódico inmundo para cubrirme.

 

Entonces, todos los recuerdos de la infancia regresaron a mi mente convirtiéndose en un tormento vil de culpa. La realidad empezó a  confundírseme con el delirio. Comencé a verla y a hablar con ella en cualquier sitio. Los transeúntes se me alejaban,  mi semblante apestado inspiraba temor evidenciando mi locura.

 

Una madrugada la culpa superó mi desgracia y decidí arrojarme al vacío. No tengo recuerdos de entonces. Cuando desperté en una cama clínica del frenopático, sujetado  por unas correas gruesas ni sabía quien era. No reconocí a mi padre. Era un señor que me visitaba con frecuencia y les dejaba propina a las enfermeras para que me cuiden.

 

No puedo precisar cuanto tiempo estuve así. Pero un día, regresaron todos los recuerdos y la pesadilla de haber arruinado mi vida y la de mis seres queridos, se convirtió en la peor de mis condenas. Llevo recluido doce años en este manicomio. Y a pesar que hace mucho me dieron de alta, seria incapaz de sobrevivir fuera de él.

 

De vez en cuando hablo con mi padre. Está viejito y se ha quedado solo. Su mujer se fue con otro y me tiene sólo  a mí.

 

A muchos de los chiquillos del barrio, ahora hombres, poco a poco los he visto desfilar también por aquí. A veces, conversamos. A los que nunca más he vuelto a ver, están muertos o cumpliendo condenas por consumo y tráfico de drogas. Lo único que puedo decir es que pertenezco a una generación maldita de drogadictos y de locos. Víctimas de las drogas. Una generación quemada cuya trayectoria por esta vida no ha significado nada.

 

Solo, abandonado a mi perra suerte, espero quedarme dormido para siempre, sobre este catre mugriento y que ahora es mi única pertenencia. Espero que no exista otra vida. No la resistiría.

El infierno de Candela

 

 

Candela Costa despertó de un sobresalto. Las manos le sudaban, sus dientes castañeaban, el corazón le explotaba.

 

-¡Mierda! – exclamó aliviada.

 

Por suerte habían pasado aquellos días angustiantes cuando dormía en la calle y no tenía futuro. Aliviada, corrió a encender la radio y la voz del pastor Ezequiel le recordó su presente. Ahora era alguien. Un ser humano nuevo repleto de gracia. Además, tenía entradas para ve a U2.  Se sintió feliz, realizada.

 

-¡Gracias Cristo! ¡Gracias Jesús!- vociferó a todo pulmón espantando al gato.

 

Había deseado tanto ver a Bono y la misericordia divina respondió pronto – como cada vez que pedía algo-, desde que había encontrado la luz. Uno de los cientos de miembros de su iglesia se las había cedido humildemente, a cambio de sus oraciones porque era sabido por la mayoría que, Jesús le escuchaba primero a ella que a nadie. Así había renovado su ropero con lo último de Banana Republic y con las marcas preferidas de zapatos que ella, por su bondad y entrega al señor merecía.

 

-¡Alabado, misericordioso! ¡Eterno, por siempre! – profirió despertando a los vecinos.

 

 

Todo lo que ahora era se lo debía al Pastor Ezequiel. A ese hombre de dios, cuya fe y entrega lo había colocado en la arista principal de la iglesia de los verdaderos hermanos de Cristo. La única religión auténtica y mayor comunidad de feligreses de la ciudad. No en vano, el hombre, había recibido tantas bendiciones. Un buen número de autos, un canal de TV, una cadena de radio y decenas de inmuebles donde había colocado a sus parientes cercanos y a sus incontables vástagos, fruto del amor que compartía con las innumerables devotas que se le ofrecían siendo aún vírgenes.

 

Hacía un par de años que Candela había dejado las drogas mayores. Desde aquel día que el pastor Ezequiel la sacó de la cárcel, donde cumplía una condena por consumo y tráfico de heroína, cocaína y éxtasis. Entonces, todo había empezado como un juego. Uno peligroso destinado a seducir a sus amantes, muchachas menores de edad a las que enviciaba y luego desechaba a su suerte.

 

Una visita que le hizo el pastor Ezequiel en prisión la había regenerado. Al extremo, de llegar al convencimiento que sus naturales apetitos por su mismo sexo  no eran más que las tendencias diabólicas de la vida disoluta a la que antes se había dedicado.

 

-¡Alabado, Eterno! ¡Tuyo es el poder! ¡ Señor, soy tu esclava! –gritando emocionada salió de  prisión.

 

Era costumbre del pastor Ezequiel recorrer las cárceles de mujeres ofreciendo libertad, a cambio de que las muchachas – por supuesto que elegidas por su apariencia física- se adhirieran a su iglesia bajo la promesa de su conversión y participación activa reclutando jóvenes feligreses.

 

Candela, todavía era una muchacha guapa. No había perdido su talento seductor, que antes encandilaba a las jovencitas y que ahora explotaba para convencer a cientos de muchachos y hombres mayores, para el recaudo de limosna. Su antigua experiencia como delincuente juvenil, le garantizaba un éxito sin precedentes. 

 

-¡Alabado, Misericordioso! ¡Tú, el sempiterno! – exclamaba complacido el pastor Ezequiel, de su buen ojo con Candela.

 

Candela fue escalando de una manera sorprendente dentro de la jerarquía de la Iglesia. Llegando, en poco tiempo, a ser una joven ministra con mucha influencia entre los numerosos devotos que concurrían a su recinto en busca de todos los bienes materiales con que dios la premiaba a ella.

 

Con Candela, el pastor Ezequiel descubrió  una mina de oro. Cuya mente delincuencial ideaba cientos de artificios para recolectar cada día mayores fondos. Sus inescrupulosos proyectos le permitieron recorrer muchos países vecinos, dónde su presencia prometía aliviar el dolor, la pobreza y el abandono en la que se encontraba tanta gente humilde

 

-¡Misericordia, Cristo Salvador! ¡Sólo tú eres capaz de salvarnos!- profería Candela con fanatismo, mientras los incautos financiaban sus viajes repetidamente.

 

Candela compró ropa, casas, carros y se hizo de numerosa servidumbre. Hasta que una mañana, el señor le habló en sueños encomendándole la fundación de una nueva iglesia. Decidió hacerle caso, como una sierva incondicional de Cristo. Empezó construyendo un presuntuoso local y a difamar al pastor Ezequiel con la intención de quitarle feligreses.

 

La ira del pastor Ezequiel se diseminó a través de sus medios de comunicación. Sin embargo, no pudo desmentir toda la inmundicia que Candela le sabía. Porque, además, ella era también otra de sus víctimas de su abuso sexual.

 

-¡Ilumíname, misericordioso! ¡Sálvame, todo poderoso! 

 

Al parecer, el pastor Ezequiel fue escuchado. Y en uno de sus recorridos por las cárceles se encontró con otra joven, a  la que prometió salvación eterna a cambio de sus servicios.

 

Una noche -mientras Candela se revolvía entre sus proyectos manipuladores-, se topó con la muchacha. Su carne débil fue presa fácil. No pudo resistirse a los encantos seductores de la jovencita, como tampoco, a las bolsas de heroína que ésta llevaba en la cartera.

 

-¡Sálvame, Cristo! ¡Hazme fuerte otra vez!

 

Pero todo fue en vano. Candela recayó con más fuerza que antes en sus vicios antiguos. Por la droga, lo vendió todo. Estafó a sus fieles y la gente le perdió la confianza. Deambulaba pidiendo limosna por los alrededores de la iglesia del pastor Ezequiel. Pero, éste, advertía a todos desde su púlpito su peligrosa facha criminal por las esquinas.

 

Nadie más ha vuelto a hablar de Candela. Dicen que está irreconocible, viviendo de la prostitución debajo del puente. Otros, aseguran haberla visto muerta.

 

Pero el único que sabe su paradero real es el pastor Ezequiel. Que se ha asegurado de que vuelva a ese recinto maldito de donde un día la sacó con la promesa de un mundo mejor.              

 

-¡Alabado, salvador! ¡Alabado seas por siempre! – exclama el pastor Ezequiel con la plena seguridad que Candela,  jamás saldrá de la cárcel.

 

 

 

  

 

    

 

 

 

Cada domingo a las cinco se reunía la crema de Magdalena en el Parque Gonzáles Prada (*)

 

 

(*) Extracto de la novela Paraíso de los Suicidas

 

 

Para escuchar la  tradicional misa al aire libre frente a la casa del futuro párroco.  Renato y su abuela caminaban por el centro de la avenida sobre la  cobriza alfombra de crujientes hojas secas.  Prendida del brazo de su nieto como una novia, doña Rosita Ugaz viuda de Machiavello se tapaba la boca con un pañuelo para que no le diera el aire.  De vez en cuando, las ráfagas de viento levantaban las  hojas del suelo y sacudían  las copas de los árboles donde cientos de cuculíes y gorriones se desprendían de sus ramas y cantaban animados emprendiendo el vuelo.

 

-¡Qué comodidad tener la misa tan cerca de la casa, hijito!  Claro, que no es lo mismo que ir al templo, porque no te olvides que la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús es copia de la Basílica que Don Bosco mandó a construir para María Auxiliadora en Turín… ¡Qué pena!…  Ya no las construyen así…

-Sí, mamina.  A mí también me gusta mucho – contestó distraídamente Renato, concentrado en no tropezar con las piedras y las raíces de los árboles que entorpecían el camino.

-Es una lástima que no podamos ir tan seguido como antes, con lo peligroso que se ha vuelto cruzar la avenida Brasil ¡Ay, hijito, lo lejos que nos queda la parroquia ahora que tu nono no está con nosotros!  Y como los domingos ya no pasan los colectivos…

-Si mamina, tienes razón…

-¡Ay, no!… Pero también era horrible ir en el carro, porque tu pobre nono se perdía la mitad de la misa buscando donde estacionarse. Y a la salida se la pasaba repartiendo propinas a todos esos cholitos que reclamaban  haberle cuidado el carro ¡Qué mentirosos!… Si ellos mismos le robaron los faros ¡Delincuentes juveniles!… Pobrecito tu abuelito, que en paz descanse, tan bueno que era…

-Sí. Me acuerdo que le compró unos faros a un señor que los sacó envueltitos en papel de periódico debajo de una banca del parque y en Bradley le dijeron que no le hacían a su carro…

-¡Pero mira cómo te acuerdas, hijito!… Tú sí que tienes buena memoria, ¿ah?… Así también era tu abuelito… ¡De todo se acordaba!… ¡Ay, no sabes hijito, cuánto lo extraño!…

-Sí, mamina. Yo también extraño mucho al nono…

 

Al gordo Renato lo criaron sus abuelos porque su papá se fue a vivir a California desde que murió su madre.  Al comienzo llamaba con frecuencia y prometía regresar cargado de regalos.  Después de un par de años dijo que mandaría por él y doña Rosita hasta se encargó de que hiciera la Primera Comunión. “No vaya ser que se deje convencer por los protestantes…” Y, aunque lloraba a escondidas por los rincones,  se hizo la idea de no volver ver a su nieto.  Pero a quién no volvió a ver más fue a su hijo.   Hace tiempo que había dejado de soñar con su regreso y ya ni siquiera conservaba las pocas cartas y tarjetas que alguna vez les envió. “¡Muchacho ingrato!…”, pensaba con amargura secándose un lagrimón.  Cuando no se presentó al entierro de su padre, doña Rosita se deshizo de los últimos recuerdos que guardaba de él.  Algunos dicen que el abuelo Renato murió de pena porque, a pesar de todo el tiempo transcurrido, jamás encontró consuelo ni perdió las esperanzas de volver a ver a su hijo. Cada tarde espiaba por las rendijas la llegada del cartero y, a escondidas de doña Rosita, encendía velas al pie de su fotografía y atesoraba cada uno de los pocos objetos que quedaban de él.  Doña Rosita estaba segura que su viejo no descansó en paz cuando le cerró los ojos.

 

-¡Cómo se le extraña a tu abuelito!

-¿Cuándo crees que acabarán de construir el templo, mamina? – preguntó Rento aprovechando para cambiar de tema porque sabía que, si dejaba que su abuela continuara con sus lamentos, la presión se le iba a subir a millón y terminarían pasando la noche en la Clínica Ricardo Palma.

-¡Ni me hables de eso, hijito!… Hace más de diez años que comenzaron y todavía nada.  Pero es lógico, se tienen que demorar tanto porque se está construyendo con la limosna de la gente. Y tú sabes que ya casi no quedan corazones piadosos por aquí.

-Toma su tiempo abuelita, ¿ah?…

-Y eso que es una de esas construcciones modernas nomás.  Eso sí, cuando la terminen el nombre de tu abuelito va a estar en una placa de bronce. Porque él devotamente le daba todos los meses su donativo  al padre Román en sobre cerrado.  Ya sabes cómo era de cumplido tu nono.  Eso también lo saben los Rotarios y los del Club de Leones, que deberían de hacerle un monumento en la Javier Prado a  ese hombre…

-Sí mamina, claro…

 

Los caballetes estaban vestidos con el blanco lienzo bloqueando el tránsito de vehículos entre la avenida Javier Prado y el Jirón Tomás Ramsey. Todavía era temprano pero ya había por lo menos un centenar de personas dispersas por los alrededores aprovechando  para hacer barrio en el parque.  Un par de señoronas estiraban los níveos manteles y acomodaban las flores. “Aló, aló… Un dos tres, probando, probando…” Un joven muy pálido, con unos lentes enormes, instalaba el equipo de sonido haciendo brincar de susto a los que estaban más cerca de los parlantes. A un lado de la mesa, un par de chicas ensayaban bajito con guitarra y pandereta.  Algunos autos ya estaban estacionados cerca del altar,  porque era más cómodo para los fieles que sólo debían bajarse para comulgar.

 

… Había mucha libertad… Los chicos llegaban fumando cigarrillos, masticando chicle o tomando helados… ¡Súper moderno! ¿No?… Era el lugar perfecto para ponerse al día… Para saber lo que estaba de moda o para ver a las señoras emperifolladas y ostentosas, sacudiendo sus alhajas haciendo adioses y mandando besitos volados… Y si tenías suerte, podías intercambiar algunas palabras  con los vecinos ilustres como Cuchita Salazar, Ricardo Blume,  Ruth Razzetto y Fernando de Soria, Joe Danova, Regina Alcóver, Alfredo Bouroncle, la chola Juanacha… ¡Uf! Personajes mucho más atractivos que el sermón del padre Román… El pobrecito era extranjero, pues… También podías ir con tu perro, así que un mojón apestoso o una pelea entre canes era muy frecuente, sobretodo, cuando nos estábamos dando el abrazo de la paz o comulgando. Daba risa, oye…  Una vez uno se subió encima del otro y comenzaron a hacer ya sabes, qué… Juntito del altar… La dueña fue atacada por el macho cuando intentó separarlos y como nadie más quiso meterse en el asunto, se quedaron pegados con la lengua afuera hasta después que acabó la misa… ¡Qué horror!… Pero esas cosas pasaban esporádicamente… Lo mejor era que todos nos conocíamos por lo menos de vista, ¿no?… Por eso era fácil detectar a los intrusos que se colaban del otro lado de la Brasil… Durante toda la ceremonia los chicos no les quitaban el ojo de encima… Se sabía que nunca dejaban limosna y nadie les daba abrazo de la paz… ¡Aj! Además, esa era chambita de los viejos verdes… Oliendo riquísimo – a puro perfume importado – aprovechaban el pánico para impresionar y recorrían los grupos repartiéndonos besitos y abrazos a todas las chicas… ¡Hasta segundos antes de la comunión, oye!… 

 

-Esta es Corderro de Dios que quita pecado del mundo… – anunció el padre Román levantando con ambas manos una enorme ostia, que parecía inflamarse con los últimos rayos de sol.

-Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa – repetía Renato golpeándose el pecho.

 

… No creo que Dios tenga misericordia de ti desgraciado… Dios te tiene que castigar… ¡Yo me voy a encargar de eso!…

 

-(Todos) ¡¡Amén!!…

 

 

El poderoso sonido del motor de un Jeep con la radio a todo volumen distrajo a la concurrencia. En la esquina de Tomás Ramsey el vehículo atravesó el parque de lado a lado con irreverencia y el cura, levantando una ceja, hizo una elocuente pausa mientras que se escuchaban las toses y las chupadas de dientes del público en desaprobación.  Se estacionaron a media cuadra, frente a una casa de dos pisos.

 

-¡Cuándo no los Taca-taca!… -, dijo Renato bajito, resollando como los demás. 

 

Pero se quedó de una pieza cuando reconoció a Betto bajando del vehículo con una caja de cervezas a cuestas y, en tal estado ebriedad, que se hubiera ido al piso con todo si uno de los Taca-taca no logra agarrarlo a tiempo. 

 

De repente, el agudo pito del micrófono dejó sordo a todo el mundo y se escuchó el carraspeo del cura.

 

-¡Oyla, jóvenes!… Recuerrrda que estamos celebrrrando la Sagrrrada Eucarristía… ¿Aaaaaaah?… Termina con eso y deja ya de hablarr lisurras… (feedback atronador)… ¡Respeta la presencia de Jelo Cristo nuestrrro Señor!… ¿Yaaa?…

 

Chilló polacamente enrojecido de ira controlada. Luego de una pausa continuó con la misa, sabiendo que le iba a costar trabajo recobrar la atención de los fieles.

 

…¡Estás como si nada, maldito!…¡Sigues chupando como las huevas!… ¡Ya vas a ver…, ya vas a ver, desgraciado!… 

 

Renato hervía de rabia en silencio.

 

 -¿Qué miras?… Atiende la misa, hijito… Vas a comulgar con tu abuela, ¿no?

-Sí, mamina. Voy contigo…

-¿Qué té pasa, mi amor?… Estás pálido… ¿Te sientes bien?

-No pasa nada, mamina, no te preocupes.

 

 

 

No está de más ponerse mosca…

 

… Yo sé por qué te lo digo.

-¡Yo sé por qué te lo digo!… ¡Yo sé por qué te lo digo!… Todo el mundo cree que sabe lo que te dice, carajo… Hablas de puro negativo, nomás…

-Es un decir, Fernandito… ¡No jodas!… Por las puras te amargas, compadre…

-¿Entonces por qué te palteas, huevón?… ¡Me estás salando, carajo!

-¡Es un policía, Fernandito!

-¡Sanidad!… ¡Sanidad!… El hombre trabaja en la Sanidad de las Fuerzas Policiales, o sea, que no es ni mierda… Es un enfermero y nada más ¿Estás oyendo cardiaquito? 

-Es lo mismo, Fernandito.  Es lo mismo. Todos son sapos.

-¡No me jodas, Maqui! Mi hermano no me va a mandar a un soplón, pues…

-¡No me gusta la policía, compadre!

-Son gente como cualquiera. Los pobres también tienen derecho a fumar lo que les dé en gana… ¿Cuál es tu problema ahora?

-¡Me niego a hablar huevadas, compadre!

-¿Ah, huevadas? ¿Te olvidas que el puta es el contacto que tienes para comprarte un cerebro?

-¡Puta que es importantísimo que me consigas ese dato porque sin el cerebro estoy perdido!…

-Por eso no te palteas, ¿no? ¡Pendejo!

-No es eso, Fernandito. No quiero que nos pase nada…

 

De pronto, la puerta de la pensión se abrió de par en par y entró un sujeto.

 

-¡Fernando! – gritó el tipo haciéndolos saltar del asiento. 

-¡Mateo! – le contestó Fernando en el mismo tono.

-¡Presente!- y se le cuadró.

-Mateo, él es Maqui… Espérame que ahorita bajo – y arrancó escaleras arriba.

-Encantado, compadrito – dijo el recién llegado extendiéndole la mano y se sentó junto a él.

-¿Dice el hermano de Fernandito que tienes un contacto en la Morgue para comprar un cerebro? -                le preguntó a quemarropa.

-¡Suavena avena,  compadrito!  ¡La gente va pensar soy Frankenstein! ¡No te mandes así pues, chochera!

-Es que…

-Lo que usted quiere saber es si yo le puedo recomendar a alguien que le consiga un fiambre ¿Sí o no?

-¡Tú lo has dicho!

-Así tranquilito es como se hacen las preguntas, compadre… No que usted, causita, se manda de frente de puro nervioso… Esas cositas se notan, pues…

-¿Pero tienes el contacto o no? – insistió Maqui que al toque le ampayó la conducta policíaca.

-Por supuesto que sí pues, chochera – y rebuscándose los bolsillos sacó una tarjeta manoseada. El hombre anda más ocupado que la grandísima pero es efectivo… Chambea maquillando fiambres y tiene un culo de contactos en las funerarias…

-¿La gente paga por maquillar muertos?

-¿Tú crees que maquilla sólo a los que se les revienta la cara, compadre? No, pues. Todos los fiambres se retocan. Por eso es que el hombre anda bien forrado… Dicen que los deja mejor que cuando estaban vivos…

-O sea que el puta es una experto en fríos…

-Así es, mi hermano… Y también trabaja para la Morgue de Lima.  De allí es donde le va a conseguir su adoquín pues, maestrito…

-¡Adoquín!   Esa no se la sabe mi profe…

-¿Cómo? ¿No está usted buscando un pensante mi estimado?

-¿Un cerebro?

-Allí estamos pues, chochera…  Usted lo que tiene que hacer es ubicar al hombre en su quiosco de la avenida Grau… Eso sí… Por nada del mundo me lo vaya a buscar en la morgue porque me deja usted mal, ¿ah?

-…¿Tiene un quiosco?…

-El hombre tiene un restaurante al paso en la avenida Grau y una pequeña fábrica de embutidos en Barrios Altos.  

-…¿Tiene un quiosco en la avenida Grau?

-Efectivamente, mi hermano… Justo frente a la asistencia.. Usted nada más le enseña la tarjetita y le habla con confianza  del asunto…  Pero eso sí… Déjeme advertirle chocherita -porque usted me ha caído simpático- que no vaya a aceptarle nada de comer… No es que sea mal pensado sino imagínese… ¿De dónde saca tanto insumo mi compadre?

-¡No!… ¡No me digas!…  ¡No me digas!

-No se esfuerce, chochera, que yo no me atrevo ni a mencionarlo…

-¡Puta, que se me ha puesto la carne de gallina! ¡Qué miedo, huevón!

-Ya está usted advertido…

-¡Listo, mi estimado!  - apareció Fernando con un maletín de deportes que dejó justo a los pies del sujeto.

-Entonces ya fue, compadre… – dijo colocándose el maletín en el hombro y después de desabotonarse la bragueta sacó un sobre de manila que tenía entre los testículos – Un kilito bien pesado ¿no, profesor?

-Eso no se pregunta, pues hermano – contestó Fernando encaletándose de inmediato el sobre en el bolsillo interior de la casaca.

-¡Entonces que la pasen bien pues, colegas! – dijo el tipo alistándose para salir.

-¡Aguanta, compadre, que no me soltaste la tarjeta!

-Cierto, cuñadito. Si vas ahorita, que es martes, lo encuentras en el puesto. Después es más difícil… Toma, dile que vas de parte del flaco Carranza…  Con confianza, causita… No te quedes, ¿ah? – y  salió a paso ligero después de meterle la tarjeta en el bolsillo de la camisa.

-¡Puta, qué charlatán es este huevón! – dijo Maqui y leyó en voz alta la tarjeta:  “José Sabroso. Maquillaje y Servicios Funerarios en General”… ¡Y todavía se  apellida Sabroso el puta!…  

-¿No pensarás ir a comprar tu cerebro ahorita, no?

-El ciclo acaba a fin de mes, Fernandito… Si no presento el trabajo esta semana estoy jodido…

-¡Puta madre!

-Hazme la gauchadita pues, Fernandito…

-¡Entonces ahorita mismo estamos saliendo, huevón!

-Espérate que me doy una lavadita de dientes y bajo al toque…

-¡Puta que pareces señorita!… Siempre te falta algo, ¿no huevón? ¡Apúrate pues, carajo!

 

 

Fernando tenía un Volkswagen negro, full equipo, que mantenía tan impecable como su primo Sandro mantenía el Dodge.

 

Mientras cruzaban por Espinar vieron a la Gata y a Pepe-caca que discutían a gritos sentados en un muro a la altura del malecón.  El abusivo le estaba doblando el brazo con una mano y con la otra zarandeaba la rubia cabellera de su amante. 

 

-¡Ya pe! ¡Ya pe! ¡No seas malito!…

-¡Maricón de mierda, conchatumadre!…

-¡Ayayay!…  ¡Suéltame desgraciado, maldito, hijo de puta!… ¡Auxliooooo! ¡Policíaaaaaa! ¡Au, au, mis riñones, maldito abusivo!…

-Ahora soy un maldito ¿No, conchatumadre? ¿Y anoche qué? ¿Ah?… – y  la revolcaba de los pelos.

-¡Ya pe, oe! ¡Ya, pe!… -le rogaba ahora con llanto de hombre.

 

Fernando arqueó apenas una ceja y aceleró para adelantar a un par de micros del Surquillo-Callao. Pero a mitad de cuadra el tráfico se detuvo en seco. Un policía hacía señas para desviar el tránsito hacia la izquierda porque un Azángaro inmenso  -  que yacía patas arriba en medio de la pista – se había llevado de encuentro  a un auto que estaba volcado cerca del monumento del parque San Juan.

 

-¡Viste eso, compadrito!… – dijo impresionado Maqui santiguándose.

-¡Qué tal accidente, huevón! Te apuesto que han habido muertos ¡Estos microbuseros son unos conchesumadres! ¿No viste cómo corrían esos dos?

-Sí, compadre. Uno toma su micro tranquilo sin saber que en la esquina te espera la muerte…

-Y si éste no tuvo la culpa, la tuvo otro huevón que se dio a la fuga…

-De repente el otro ni se dio cuenta… Así murió el hermano de un pata…  Venía manejando despacito detrás de un volquete por La Costa Verde y no podía adelantar porque el chofer del camión no tenía espejos.  Cuando entraron a la curva de los Delfines una roca inmensa se cayó del camión y le destrozó el parabrisas al Mustang.   El carro rodó hasta el espigón y de milagro se detuvo justo antes de caer al mar.  El huevón murió instantáneamente ¡Lo peor de todo es que el camionero ni se había dado cuenta!

-¡Pucha qué salado, compadre!… El otro día leí en el periódico que unos narcos ejecutaron a un soplón y lo tiraron a la Costa Verde desde el puente. Lo peor es que el cadáver le cayó encima a un salado que pasaba con su carro de lo más tranquilo.

-¡Y también murió al toque!

-No compadre, quedó vivo… Si todavía salió fotografiado en el periódico hecho mierda.

-¡Qué desgraciados!… Oye, anda sacando la dirección del tipo porque al Centro entramos y salimos nomás – le avisó a la altura del Paseo Colón.

-¡Puta madre qué tal tráfico, Fernandito! Creo que más rápido llegamos a pie…

-Tienes razón. Mejor nos metemos en una playa de estacionamiento y nos vamos caminando hasta la Asistencia…

 

Caminaban por la avenida Grau entre paredes de zapatos y vendedores que al verlos pasar les cantaban la talla con asombrosa precisión.  Después de atravesar la sección textil se internaron en las surtidas librerías al paso.  Cuando llegaron a la sección de alimentos, el barullo era insoportable.  Decenas de puestos y carretillas no se daban abasto para atender a los famélicos comensales que exigían una Papa a la Huancaína, una Fritanguita, Olluquito con Charqui, Carapulca, Chicharrón de chancho, Lomo Saltado, Tallarines rojos, Arroz con Pollo, Tacu-Tacu, Patita con maní, Mondonguito, Anticuchos, Choncholí, Pancita y Picarones.

 

Era cerca de las seis de la tarde y las luces de la avenida ya estaban encendidas cuando se hizo de noche.  Los paraderos estaban llenecitos y los microbuses pasaban repletos.   Algunos se trepaban con el vehículo en marcha, encaramándose como podían en las puertas y ventanas ante la pasmosa indiferencia de los estudiantes de medicina, que salían de la facultad con sus batas blancas para internarse derechito en medio de aquel caos.  Maqui y Fernando ya estaban saltones, cuando la sirena de una ambulancia les puso los pelos de punta.

 

-Apúrate, Maqui, que esto se está poniendo de puta madre…

-No necesitas decírmelo, cuñado… Busco y busco pero para serte sincero, compadre, no sé ni lo que busco…

-¿Estás huevón? ¿Cómo que no sabes lo que buscas? ¿Acaso no tienes la dirección?

-¡Puta madre! ¡A ver encuéntrala tú, cojudo!…

-¡Eres un imbécil! ¡Vámonos de aquí! Con razón te cagas de miedo de todo, compadre.  

 

Una chica de largos cabellos negros le guiñó el ojo para avisarle que un ratero iba a bolsiquearlo y Fernando se libró del ataque justo a tiempo.  El ladrón se siguió de largo sin inmutarse, y Maqui -que no se había dado cuenta de nada-  seguía buscando el puesto de Sabroso. 

 

-¡Casi me cuadran, huevón!

-¿Cuándo?

-¡Ahorita mismo pues, cojudo!

-¡No jodas!  ¡Si yo no he visto nada!…

-¿Y crees que te van a avisar?… ¡Apúrate que, de puro cojudo, me he traído el billete de la yerba!- dijo bajando la voz.

-¡Al pincho José Sabroso, Fernandito! ¡Vámonos!

 

No habían avanzado más que un par de pasos, cuando dos chicas se les cruzaron por delante.

 

-¡Gracias, flaquita!… ¡De la que me has salvado! – y el vivo de Fernando le dio un beso acertando muy cerca de la boca.

-De nada, amigo…  Me di cuenta que el choro venía decidido… Y nada pues… te pasé la voz… – le contestó poniéndose rojísima mientras enredaba nerviosamente un mechón de cabellos entre los dedos.

-¿Y qué hacen por aquí? ¿Estudian cosmetología? – preguntó Fernando sin quitarle  los ojos de encima.

-Nada que ver, hijito… Nosotras somos estudiantes de medicina- contestaron  muriéndose de risa.

-¿Y ustedes? – preguntó la otra chica coqueteándole a Maqui, que seguía mirando para todos lados.

-Yo he venido a hacerle la taba a mi pata… ¡Acércate pues, Maqui! – le hizo señas con la mano – Hace rato que estamos dando vueltas buscando el quiosco de un compadre que consigue cerebros.

-¡Ah!…  ¡Están buscando a José Sabroso!

-¿Lo conoces? – preguntó Fernando sorprendido.

-¡Claro qué sí!  Ése es súper conocido en el ambiente ¿Quién no lo conoce?…

-Nosotros.  

-Pues hasta el día de hoy nomás, flaquito, porque ese sacalagua con cabeza de colchón es José Sabroso…

-¡Ustedes son un par de ángeles! – dijo Fernando aprovechando el pánico para abrazarlas- ¡Oye, mongolito, ven para que veas este milagro! 

 

El puesto estaba reventando de carnívoros que hacían largas colas para conseguir un lugarcito embriagados por el olor que despedía la plancha.  José Sabroso no paraba de bromear y, mientras le traían el órgano desde la morgue, mandó freír una parrillada especial que sus invitados devoraron en un dos por tres sin que Maqui pudiera hacer nada para evitarlo.   Fernando, que ya estaba acostumbrado a  los ataques de hipocondriasis de su amigo,  no se sorprendió cuando no quiso probar bocado.  Ni bien le entregaron un cerebro flotando en formol en un balde cubierto con un trapo blanco manchado con gotitas de sangre,  Maqui salió prácticamente huyendo del lugar.  Una vez en el garaje, colocaron el balde en la maletera y el olor a cementerio se  impregnó en el auto.  Los comentarios de las chicas acerca de lo rico que habían comido obligaron a Fernando a detenerse varias veces en el camino para que el pobre Maqui pueda salir corriendo a vomitar.  Se sintió mejor cuando su chica lo endulzó con un poco de ron con Seven-up y empezó a acariciarlo.  Fernando iba a toda velocidad por el serpentín de la Herradura y la chica de cabellos negros trataba de  sintonizar la radio. 

 

                              ♫♫ Tú me echaste no sé qué en la comida…

                                     Tú me hiciste brujería…  ♫♫

 

Maqui estalló en carcajadas…  Se atoraba, se sofocaba y hasta se le salían las lágrimas.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?… ¿Tan rápido te recuperaste?…

-Creo que a Maquicito ya le está subiendo el trago… -dijo la chica  comiéndoselo con los ojos.

 

Las chicas estudiaban medicina en la San Fernando y se preparaban para hacer su internado en el Hospital Obrero. La chica de cabellos negros vivía en el Rímac y pertenecía a una tradicional familia de enfermeras. Todas seguían el ejemplo de una tía bisabuela, que a mucha honra, había tenido el privilegio de rasurar al Presidente Augusto B. Leguía para una cirugía. En un cuadro que colgaba de una de las paredes de la sala,  la precursora sonreía para las futuras generaciones.  La chica decía que su tía no hubiera tenido que rasurarle el pubis a nadie, ni siquiera al presidente, si hubiera podido estudiar medicina en esos tiempos. Y para que las próximas generaciones siguieran su ejemplo se propuso ser la primera doctora de la familia.  Y no pudo seguir contándole más  porque  Fernando era todo manos y hasta tuvo que frenarlo en seco.

 

-Aquí no lo vamos a hacer, ¿ah?… En el carro no me gusta… -le dijo la chica regresando el sostén a su lugar- Vamos si quieres al cinco y medio…

-¿Y qué hacemos con ellos? -preguntó Fernando refiriéndose  a la otra pareja que se daba una vuelta por la playa.

-Cuando lleguemos se tiran al suelo…  Como las lunas de tu carro son polarizadas nadie se va dar cuenta…

 

A las tres y media de la mañana el Volkswagen negro cruzó nuevamente el jirón Espinar.  Casi en medio de la pista advirtieron un cadáver. Estaba cubierto con periódicos y alguien había puesto un par de piedrones para evitar que el aire se los lleve volando.  El viento helado de la madrugada levantaba la mortaja de rato en rato descubriendo al infeliz, que yacía en medio de un charco de sangre amelcochada.

 

-¡Mierda! ¡Un frío!… – balbuceó Fernando persignándose tres veces seguidas.

-¡Virgen Santísima!… – se le escapó a Maqui persignándose también.

-¡Qué miedo, compadre!… ¿Quién será?

-¡A quién mierda le importa, Fernandito! ¡Vámonos para la casa!…

 

Las cocheras quedaban en la parte posterior del edificio muy cerca del barranco. Temblando de frío sacaron el balde de la maletera y rápidamente cerraron con candado el portón.  Ya cerca de la pensión se cruzaron otra vez con el cuerpo y pasaron de largo sin mirar y sin hacer comentarios. 

 

… Para que después no se me quede grabado, carajo…  pensaba Fernando cagándose de miedo.

 

-¡Psss!… ¡Psss!… ¡Psss!… ¡Hablando, jugadores!

 

Como a media cuadra, envueltos en sus frazadas,  se aproximaban con paso acelerado un par de sujetos fumando pasta. 

 

-¡No pasa nada, Coroto!

-¡Ya nos vamos a dormir, compadrito! ¡Respeta que hay un muerto, huevón! – dijo Maqui levantando la mano con fastidio y se siguió de largo.

-¿Ah?  ¿Me arrochan?

-¡Apúrate, Fernandito, que la tentación es grande! – insistía Maqui mirando el tabacazo de reojo.           

-¿Ya se enteraron quién es el frío? – les preguntó Coroto acercándose.

-¡No sé ni me interesa, compadre!

-No me digas… ¿Tú sabes quién es el muerto, cuñado? – preguntó Fernando.

-¡Claro que sí, pues! Es el tombichi que vive en tu jato, huevón – dijo el Coroto disfrutando la primicia.

-¡Camina nomás, Fernandito! ¡No le hagas caso!

-¡Sí o no Mazamorra!

-¿Quién dice que no es el tombo?…. Si se lo ha bajado su germa de un plomazo -dijo  después de soltar un gargajo.

-¡Anda, mentiroso… Si ese huevón no tiene mujer! – replicó Fernando.

-¡Es puro hueveo para tentarnos nomás, Fernandito, apúrate!…

-¡El maricón, pe!… ¿Acaso no era el monta de la Gata, huevón?

-¡No jodas!…

-¡No me digas que la Gata terminó enfriando al Pepe! – reaccionó Maqui que se detuvo en seco.

-¿No te lo está diciendo el hombre hace rato?…

-¡Por mi madre que marcan choro estos pavasos!… ¡Vámonos, Mazamorra, antes que me cruce y termine cuadrando a este par de cabros, carajo! -  y se guardó los palillos rotos en la boca después de lanzar bien lejos la colilla del tabacazo.

-¡Agradezcan nomás que esos bobos que tienen son fuleros, sino se hubieran quedado sin dar la hora, huevonasos! – requintó el Mazamorra achoradísimo despancándose otro cigarrillo.

Si el Señor es mi pastor, nada me puede faltar… (*)

                                                     

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Como no había electricidad ese horrible lugar quedaba en penumbras.  El asaltante ese, que era el director de la casa, ordenó a los hermanos echar llave a las puertas y a encender velas en cada habitación.  Inmediatamente, me asaltó el temor a morir quemado.  El hacinamiento y la pestilencia eran insoportables. Como ya no había espacio ni para estar de pie,  algunos intentaban dormir recostados en la espalda de un compañero… Éramos una masa deplorable, vencida por el cansancio, el hambre y el sueño.

 

Partiríamos a nuestra nueva casa cuando el ómnibus regresara de Pucusana. Mientras tanto, pensaba en ti amorcito.  Que estabas tranquila, sabiéndome en buenas manos. Y cuando me acordaba que te habían sacado tanta plata,  me daba cólera y desde entonces pensé en escaparme. 

 

-Dicen que se enfriaron a un par de puntas que trataron de escaparse, compadrito.  Por el mar, ni Acuamán con ese oleaje, causita. Y por la puerta, sólo sales muerto o rehabilitado, pues…

-Dicen que las olas miden como quince metros y al toque te tragan…

-El cuerpo de uno de esos huevones terminó por el León Dormido y al otro nunca lo encontraron…

-¡Conchasumadre!… Los pescados le habían comido toda la cara, compadre…

-¡Puta, cuñao!…  Y si te quieres fugar a pata, la misma gente del pueblo al toque te denuncia si te ve caminando solo…

-Te echan por miedo, jugador… Esos conchesumadres piensan que les vamos a robar…  Lo primerito que hacen es llamar a la policía o a los directores…

-La hermana Juana los tiene bien terapeados… Fíjate que salen a mendigar el combo por los alrededores y nunca regresan con las manos vacías, causita…

-¿Qué? ¿El combo no lo manda Cáritas?…

-Se lo tiran pues, huevón…

-¡Claro! Y encima la pendeja tiene chambeando a todo mundo gratis  ¡Yo sé por qué te lo digo pe, compadre!  Este es mi tercer ingreso…

-¿Y la plata que se paga?… 

-Eso no sé, Gringo… Aquí nadie se entera de los arreglos que hace la hermana Juana con los familiares… 

-La familia sufre, causa, pero ya no aguantan tanta cagada, pe…  Por eso prefieren que estemos guardados… Lejos… Y la Hermana se aprovecha de eso, jugador…

-Y si hay dólares mejor, causa… Hay un huevo de patas perdidos por ahí con una familia dispuesta a pagar precio… Los hermanos te recogen de las calles y tus parientes pagan con el pico cerrado nomás…   La saben hacer, ¿no?…

-Y encima se terapean a las viejas.. Por eso no te creen cuando uno les cuenta que todo es una mierda…

-Para eso los terapean pe, cojudo…

-La pendeja les dice que el drogadicto siempre miente y que inventamos huevada y media  para irnos de frente al hueco…

-¿Crees que las visitas son aquí? ¡Ni cagando! ¡Te llevan en bus hasta el Trigal, causita!… Allá si te quejas nadie te cree ni mierda.

-Esa hermana Juana es una profesional del engaño, causa…

-Pero mi cocha prefiere que esté aquí a que me coma unos años en Lurigancho…

-¡Puta madre, jugador!  Hay que reconocer que allá sí que de verdad es cagado. Aquí por lo menos no estás fumando todo el día, ni trabajando para un huevón que te cafichea… 

 

Así me estaban poniendo al día, cuando una luz potente que iluminó el ventanal nos dejó cegados.  El motor del vehículo hizo vibrar los vidrios y una nube de monóxido de carbono se coló por debajo de la puerta.  El flaco achinado nos hizo formar nuevamente de un par de carajos.  Con los ojos heridos por aquella luz, y casi al borde de la intoxicación,  formamos una cola en la puerta de la casa. No sabes qué aliviado me sentí cuando recibí el viento fresco que venía de la calle.  Una barrera humana nos custodiaba permanentemente pero, para qué te voy a mentir, adoré la poca acera que pisé y ahí mismo juré que me iba a escapar ni bien pudiera…

 

Nos internamos en la noche más negra de la Panamericana Sur precariamente iluminados por una luz mortecina en el interior del vehículo. El flaco achinado sacó de su maletín un cancionero religioso y se puso a cantar seguido por los hermanos, que lo acompañaron batiendo las palmas.  Cada muchacho de camisa blanca y pantalón azul dirigió un cántico.  Detesté estar metido allí. Me recordaba la primaria, cuando cantábamos con la señorita Blanca un montón de canciones sin sentido.  Además, en las calles Dios no sirve de nada… ¿Qué?… ¿Sólo era cuestión de cantarle?… ¡No jodan, pues!… 

 

El canto los ponía eufóricos, les abría el apetito. Se habían ganado su repulsivo plato de menestras. 

 

- ¿Y los que pagamos?…

-Ustedes preocúpense por su rehabilitación y no jodan…

 

Llegamos a la casa de María Auxiliadora cerca de la medianoche. El chofer, temeroso, no había querido internarse en el pueblo joven y nos dejó tirados en un arenal al borde de la carretera.  Dio media vuelta y, como alma que lleva el diablo, desapareció en la Panamericana de regreso a Lima. Nos tardamos un par de horas en llegar a la casa.  Recuerdo que estaba tan débil y hambriento que caminaba como sonámbulo en la oscuridad.  El olor a mar se hacía más intenso.

 

Cuando por fin llegamos frente a la casa, el flaco achinado otra vez nos mandó a formar a punta de lisuras debajo del único poste que alumbraba la calle.  Al lado, en una caseta de vigilancia que se elevaba un par de metros sobre un viejo portón de madera, había un centinela pelándose de frío que se le cuadró como un cachaco… El desgraciado se hizo el loco y pasó lista de nuevo.  A partir de ese momento todos los de camisas blancas y pantalones azules bajaron de rango y se volvieron igualitos a nosotros… Conforme fuimos entrando a nuestro nuevo hogar me di cuenta que me había apresurado al juzgar el hacinamiento y la pestilencia que encontré en Santa Catalina. 

 

María Auxiliadora estructuralmente seguía siendo una vieja granja abandonada a la voracidad de un arenal.  El olor a pluma y a caca de pollo seguía impregnado en el ambiente.  Los pabellones tenían un esqueleto de material noble,  que se construyó exclusivamente para la crianza y el beneficio de las aves y que la gente de la Hermana Juana transformó en dormitorios a punta de madera y calaminas.  Solamente la directiva pernoctaba en las habitaciones de concreto donde antes funcionaba la parte administrativa. A nosotros nos tocaba el gallinero. Todavía quedaba caca de pollo pagada en los rincones.  Por las noches la lluvia y la arena se colaban por las paredes. Lo demás era sólo arena y alambre de púas.

 

Por lo menos, unos doscientos espectros harapientos salieron a recibirnos jubilosos entre cantos y más aplausos. Los infelices habían estado esperándonos desde hace  horas para poder comer y fumarse su cigarrito. Así que, nos recibieron con sincera calidez.  Gritaban y aplaudían a todo pulmón porque pronto servirían la comida, que más bien era un desayuno porque ya eran casi las dos de la mañana.

 

-¿Qué sé le dice al hermano que recién llega?…

-¿Qué sé le dice?…

-¡Sí se puede!

-¿Qué, qué?…

-¡Si se puede!…

-¡No sé oye… Más fuerte, carajo! 

-¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!…

-¡Sí se puede!…

-¡Palmas, hermanos! ¡Palmas!…

 

Debido a las inquisitivas miradas de mis nuevos compañeros nos fuimos al comedor sin soltar nuestras pertenencias. A punta de carajos, nos acomodaron alrededor de una mesa hecha con tablones de madera reciclada. Era un rancho cubierto por un precario techo de calamina pero la mayor parte de las mesas quedaban al aire libre.  La iluminación era precaria.  Cien mil moscas se desplazaban de una mesa a la otra y volaban a poblar los cables eléctricos, que parecían esos largos cepillos de cerdas negras.  De pronto, un indefinido olor a comida caliente empezó a destrozarnos las tripas y el sonido de las cucharas casi me produjo un desmayo.

 

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… Si el señor es mi Pastor, nada me faltará. Él, me guiará por valles de tinieblas… Bendice Señor estos alimentos, que gracias a tu generosidad vamos a ingerir… -, rezó un flaco sacalagua que se paró junto al achinado.

 

Yo no recordaba ninguna oración, mi amor. Tampoco podía precisar en qué momento de mi vida me perdí de aprenderlas… Ni por un minuto me olvidé de la miseria, la inmundicia y la ignorancia que me rodeaban. La escasa luz que pendía sobre las mesas solo dejaba ver el comedor. El resto permanecía en tinieblas y era todavía un misterio.

 

Nos dieron avena caliente con salsa de tomate en unos tazones de plástico mal olientes, un tolete frío y un Gold Coast.  Después  de dar gracias a todo pulmón engullimos el repulsivo potaje.  En ese mismo instante se inició una nueva lucha por la supervivencia… Esta vez con las moscas… Que se posaban por decenas en las cucharas y en los platos… Teníamos que escupirlas antes de tragar la comida.  Pero terminas acostumbrándote. Y en los cuatro silos al aire libre – que estaban apenas a unos cuantos metros del comedor – los bichos se te pegaban en las nalgas cada vez que querías defecar.

 

-Cuando reconozcan con humildad que son una mierda, Dios se acordará  de ustedes, ¿ya?… ¡Ahora no valen nada!…  ¿Me oyeron huevonasos? ¡No son nada!… No valen nada para nadie… Ni para sus mamás, ni para sus familiares, ni siquiera para la gente del hueco… ¿Escucharon, imbéciles?  Desde ahora son la basura de esta casa, ¿ya?… ¿Me oyeron bien, carajo? Conforme pase el tiempo y se vayan limpiando de la droga, recién hablaremos… Mientras tanto, ¡con la lengua bien metida en el culo, carajo!… ¿Me oyeron, mierdas? No valen nada hasta que estén limpios… Por eso, recién van a recibir visita dentro de dos meses… Para que la gente vea que ha habido un cambio… Porque por su culpa, carajo, animales de mierda, ellos también tienen que ser terapeados, ¿ya?… ¡Ustedes no saben el daño que le han hecho a sus familiares, drogadictos de mierda!… ¡Basuras!…  Mientras no se limpien de la droga, no merecen ni la comida que se les va a dar, ¿ya, imbéciles?…   

 

El sacalagua estaba dejando bien claro cuál era el fundamento del programa. Según entendí, los nuevos estábamos en una etapa de purgación y teníamos que pasarla muy, pero muy mal…  Ni bien terminamos de comer el maldito nos deseó buen provecho y nos mandó a lavar los platos. 

 

Cada tres días un camión cisterna llenaba cuatro barriles inmundos y de allí se bebía, se cocinaba y se lavaban los platos. Pero casi nunca alcanzaba agua para el aseo personal.  Como ese delincuente de mierda nos había decomisado los jabones, las cremas de afeitar, las pastas dentales y los desodorantes, cada mañana hacíamos una cola absurda para que el director y otros hermanos nos pongan crema en el cepillo de dientes, desodorante en las axilas y espuma en las barbas.  Con las justas nos servían una tacita de agua para cada uno.  El proceso era tan tedioso que terminaban aburriéndose y aveces nos quedábamos sin asearnos.

 

-Ya me cansé, compadre… Para la próxima te lavas, ¿ya?…

 

Y si reclamabas o los mirabas feo,  te respondían que cuando parabas fumando en el hueco en lo último que pensabas era en lavarte los dientes…

 

-¿Te vas a morir ahora, huevón?…

 

Y hasta te dejaban sin desayuno.

 

Acabamos de lavar los platos alrededor de las cuatro de la mañana y como el flaco achinado quería joder un rato más nos hizo formar nuevamente y pasó la estúpida lista de asistencia.  No te imaginas, mi amor, la sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que cada cama era compartida hasta por seis internos. Para hacer posible el absurdo, dormían a lo ancho del colchón. Salvo los directores y uno que otro privilegiado todos dormían con los pies colgando.

 

Estábamos tan cansados que en silencio tumbamos medio cuerpo en la cama y al toque nos quedamos privados.  Cerca de la seis de la mañana nos despertaron para iniciar el primer día del programa de rehabilitación. Muriéndonos de sueño y de frío salimos a correr con toda la gente de la casa por los cerros y los arenales de Pucusana. Poco a poco fuimos desparramándonos en la arena.  De regreso en la casa  los veinticinco recién llegados fuimos tomados como ejemplo. Éramos el retrato vivo de ellos mismos cuando recién llegaron al programa y, como nadie quería acordarse de eso, perdimos nuestro derecho al almuerzo.   Rápidamente me di cuenta, mi amor, que teníamos que ir atravesando por diversas etapas de dolor y humillación.  Las terapias de testimonio y escarmiento las conducían los rehabilitados más antiguos y servían para transferir el sufrimiento que le causamos a los demás hacía nosotros mismos.    

 

La población de la casa se ordenaba en promociones. Nosotros, como recién llegados, debíamos elegir un nombre, un lema, una canción religiosa, un delegado, una frase bíblica, en fin… Dejar que el tiempo pase… Pero noté que, a pesar que estaba prohibido hablar de drogas entre nosotros, aquél era el tema predilecto en las terapias.  Los hermanos daban sus testimonios con lujo de detalles y noté que a la mayoría le daba más ganas de seguirse prendiendo. En eso consistía el programa: reclusión, abstinencia, testimonio y escarmiento. Nos tenían sometidos a su voluntad y para maquillar el vacío profesional pasábamos la mayor parte del tiempo cantando y recitando plegarias de paporreta.

 

¡Ah!… ¡Trabajar la soberbia!… ¿Sabes a qué le llamaban trabajar la soberbia, mi amor?  Cada testimonio era rigurosamente juzgado por un comité de abusivos que nos escuchaba criando cólera. Una vez que te sincerabas estabas perdido.  Claro que después de unas semanas de purgación hasta te dejaban escoger un castigo.  Y cuanto más brutal,   mejor visto por el comité.  

 

Pero nada era más grave que cuestionar el programa o  lo que ellos llamaban hacer propaganda negativa.  Era un paso atrás en nuestra recuperación y una prueba de que debíamos trabajar nuestra humildad… ¡Ay, amorcito!… ¡Cuánto me costó en dolor físico y en humillación aprender a quedarme callado!…

 

Cuando ellos hablaban de tu familia  se estaban refiriendo a la gente de tu grupo…  Todo estaba dividido en grupos: el de los antiguos; el de los nuevos; el de los reincidentes; el de los enfermos mentales; el de raros; el de los asilados y quizá otros de los que no me enteré.  Pero un día se me ocurrió contestar que ustedes son mi única familia… 

 

-El grupo es tu única familia… La otra ya la perdiste por ser un maldito drogadicto de mierda… ¿Estás oyéndome, carajo?

-…

-¡No se te escucha, mierda!… ¡Más fuerte, conchatumadre!… ¡Más fuerte te he dicho!… ¡Más fuerte!…, me gritaba una madrugada el maldito del achinado, mientras los demás me tiraban el agua inmunda con la que habían lavado los platos. 

 

El domingo era el único día que el programa te dejaba en paz.  Algunos escribían cartas y otros releían las mismas viejas revistas o su Biblia. Cuando nos dejaban ver televisión te apagaban la tele cinco minutos antes que termine el programa y nos mandaban a hacer otra cosa.

 

-Son unos sádicos de mierda… No les hagas caso, me decía Mauricio, que se sombreaba entre los locos…  ¿O los asilados?… Solo ellos llevaban una vida al margen del programa… Eran como huéspedes miserables… Y nadie se metía con Mauricio porque te respondía la precisa… Pero cuando le convenía decía una  incoherencia y se exoneraba de paltas…

 

-Lo que mi familia paga por esta inmundicia alcanza para que coman todos los enfermitos que viven aquí.

 

Y seguía cosiendo con su pañuelito hindú con un nudito en cada punta tapándole la calva… A veces se olvidaba de ti y tenías que presentarte otra vez… Era divertido… Pero lo mejor que tenía Mauricio era su buen corazón y por eso se encargaba de cuidar  de los heridos.  Como tenía buen apetito era el cocinero de la casa.  Y como no fumaba, cambiaba los cigarrillos por alimentos y por eso de vez en cuando los dirigentes lo allanaban y le quitaban sus cosas.

 

-¡Hijos de puta!  ¡Ya no respetan ni a los que pagan! -, y guardaba silencio por un par de días,  sumergido en su lectura…

-¿Y por qué no te quejas con tu familia?-, pregunté una tarde.

-¡Uf! Hace años que nadie me visita… Pero no me creerían… La Hermana Juana se las sabe todas… ¿Por qué crees que las visitas no son aquí?… Te hacen caminar con corbata por el desierto hasta la casa de San francisco… Que sí es una casa de verdad… Con patio, cancha de fulbito y todo… Con sus dormitorios bien limpiecitos… Allá viven los que trabajan para el programa… Esa es la casa que le enseñan a las visitas.  Por supuesto que JAMÁS te van a creer que aquí las moscas te sacan los mojones del culo… Oye, me enteré que la desgraciada se trajo la idea de Italia… Allá los heroinómanos están tirados por las plazas y una mafia se los recoge, los mete en rehabilitación y cuando encuentran a los familiares los extorsionan. O, una vez que están limpios, los regresan a la calle a trabajar para ellos… Por eso tratan a los muchachos como a perros.  Si se les muere alguien no pasa nada…  ¿A quién le importa un drogadicto?… ¿Crees que le dicen hermana porque es monja?… ¡Esa también es una rehabilitada!…

 

Una madrugada, el flaco achinado decidió bajarme la soberbia de una vez por todas. Entre cuatro me levantaron de la cama a trompadas, me ataron de pies y manos, me metieron en un enorme costal y me llevaron a puntapiés hasta el centro del arenal.  Me estaban esperando sentados frente a una fogatas.

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

                           

-¡Terapéalo!… ¡Terapéalo!…

-¿O sea que tú eres el Gringuito? ¿Tú no sabes lo que les pasa a los mariconcitos que andan creyéndose más que la gente?… ¿Ah?

-¡Arrodíllate, mierda!…

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi señor!… ♫♫

                             

(Me arrojaban arena encima)

 

-Fumoncito eres, ¿no?… Ya te olvidaste cuando te prendías en el hueco y tu viejita te esperaba en la ventana, ¿ah?… 

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫   

                            

Me ardía la cara…  Tenía los ojos, los oídos y la boca llenos de arena…

                       

-¡Sicoséalo!… ¡Sicoséalo!…

-¡Ahora habla mal del programa pues, conchatumadre!

-¡Calatéalo!…

-¡Calatéalo!…

-¡Qué no se corra pues, huevón!…

-¡Sáquenle la mierda a ese cojudo!

-¿Qué le pasa al hermano que desprecia al programa?… ¿Qué le pasa, ah?… ¡No los veo carajo!…  ¡Más fuerte!  ¡Denle más duro!…

 

                               ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

 

(Ya no podía ver nada y  no sentía mis piernas porque tenía medio cuerpo enterrado en la arena)

                           

-¡Gringo de mierda!… ¿Te arrepientes, conchatumadre?… ¿No te da pena tu mamá?… ¡Habla, carajo!… ¿Te arrepientes?… ¡No te escucho!… ¡Más fuerte!… ¡Pídele perdón a Dios, carajo!… ¡Levántalo!… ¡Levántalo!… ¡Que coma caca hasta que reviente!…

          

                           ♫♫ Predica la palabra, insiste a tiempo a completo ♫♫

                                         ¡Cuerpo Celestial eternamente bendito!

                       ♫♫ Rebatiendo, amenazando y preocupado de enseñar ♫♫

                                                ¡Glorioso y Magnífico Maestro!

                        ♫♫ No insultes, sé pacífico y trata a todos con amabilidad ♫♫     

                                                     ¡Alabado Dios, Todopoderoso!

                        ♫♫ Sométete los jefes, a la autoridad y evita contradecirlos ♫♫

                                                    ¡Hágase Señor, sólo tu voluntad!

                               ♫♫ Éramos insensatos, rebeldes, descarriados ♫♫

                                                      ¡Bendito, nos liberaste!

                             ♫♫ Pervertido dechado de Janés y de Jambrés ♫♫

                                                    ¡Dios y Salvador, Cristo Jesús!

                             ♫♫ Esclavos del vicio, de la malicia y la envidia ♫♫

                                                     ¡Bendito, nos redimiste!   

                        ♫♫ Éramos dignos de odio y vivíamos odiándonos unos a otros ♫♫

                                                   ¡Aleluya nuestro Salvador!

                        ♫♫ Y nos llamaste para corregir al desobediente, al impío ♫♫

                                                        ¡Tú eres el creador!

                                  ♫♫ Tu dijiste enseña reprendiendo con autoridad ♫♫

                                                            ¡Tu palabra es la Vida!           

                                  ♫♫ Y al que no hiciera caso, que se condene a sí mismo ♫♫

                                                  ¡Hágase tu voluntad Señor! (*)

 

                                      

Mis verdugos se orinaban en mi cara y defecaban para alimentarme con la escoria… ¡Hasta improvisaron una danza frente a la hoguera!… Ya no me importaba nada, mi amor, ni comer caca, ni que me patearan o que me enterraran vivo… No quería ser un rehabilitado para convertirme en eso… ¡Ellos estaban sobrios!… Sin estimulantes… Lo peor de todo, mi amor, es que sabía que quizá no me iba a morir…   Ni bien abrí los ojos vi la cara de Mauricio. El bueno de Mauricio. Nuestra Florence Nightingale me estaba desenterrando con un cucharón.  Yo estaba sepultado hasta el cuello y tenía toda la cara embarrada de excremento.  Sentía aquél hedor impregnado en mis entrañas, el cuerpo destrozado a puntapiés y me dolía el vientre de haber vomitado tanto. 

 

-Esta vez se les fue la mano contigo, Gringo… Estos resentidos de mierda se ensañan con uno… Pero después de todo has tenido suerte… (susurrando) Una noche trajeron dos cadáveres y estos brutos los arrojaron al mar… ¡Imagínate!… ¿Qué culpa tenían los pobres de querer escaparse de este lugar maldito?…  Mejor que los dejen en la calle… Aquí los que no les pagan están desprotegidos.

-¡Pero si mi hija está pagando!…, -le respondí haciendo un gran esfuerzo.

-¿Y qué haces aquí?… Deberías estar en la casa de Cieneguilla…

-No lo sé, Mauricio, no lo sé…

-Seguro que ya no tienen sitio y te han metido en este lugar de mierda… Estafadores… Hijos de puta..

-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?… ¿No dices que tu familia tiene plata?

-No me creyeron… ¿No te digo?… Y ya se olvidaron de mí…  Además, nadie quería verme de nuevo por allá… ¿Comprendes? ¡Qué importa! Yo, papito, o me corto las venas allá afuera o me quedo en este infierno a morir lentamente…

-¡Si yo pudiera me escaparía de aquí, hermano!… ¿Qué  tengo que hacer?…

-De aquí nadie se escapa, Gringo… Pero he escuchado que en dos meses hay una convención de programas de rehabilitación en el Parque Salazar y van a llevar a los  más presentables…

-¿Miraflores?…

 

 

 



(*) Fragmentos extraídos de Las Cartas Pastorales a Timoteo y a Tito. Capítulos 2,3,4

Un nuevo Sol amaneció a la par del Dólar… (*)

 

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

 

… ¡Y lo hizo nomás!…… ¡Retrechero! Al final nos engañó a todos ¿Conque había que decirle NO a la receta del Fondo Monetario?  ¡Y con otro nombre nos aplicó exactamente lo mismo! ¡Lo peor fue que le creímos!  A ver ahora cómo lidiamos con la miseria… ¡La cagada!…

 

… El nuevo Sol amaneció a la par del dólar ¿Debemos estar contentos?… Tanto sacrificio que costó obtener la poquita plata que anoche guardamos en el cajoncito del velador para que hoy día no alcance ni para mierda… El mercado está cerrado porque los comerciantes no saben a qué precio vender las cosas ¡Nadie puede comprar nada!… Estos inmundos billetes – con los que hasta ayer me compraba una docena – me sirve sólo para comprar un pan… Y un pan malo, todavía… Pura levadura con sal y agua ¿A quién quieren engañar? Ninguna de estas bolsas ha salido de las panaderías del barrio… Ahora cualquiera vende pan… Hasta te venden pan en la ferretería… Como siempre, alguien le pasa la voz a los más sapos y se ganan… Con este cierra puertas de mierda el botín debe ser jugoso!… ¿Y nosotros qué?… ¿Mirones de palo?  La gente les compra por inercia, nomás…  Pero en el fondo los aborrecen por ingratos… 

 

… Están hablando que en un mes nivelarán los sueldos… ¿Y las pensiones? ¡Pshh!…   ¡Qué golpe bajo para la gente! Nos hemos quedado solos… ¡Ya no hay más inflación!… ¡¡Ra!! ¡¡Ra!! ¡¡Ra!!… Pero a partir de hoy tendremos que quintuplicar esfuerzos para  sobrevivir… Por desgracia somos el costo social en un cojudo cuadro estadístico… Yo soy la lacra sin nombre de las calles.  La generación quemada de este plan de gobierno plajeado  ¡Hay que hacer sacrificios, señor presidente!… ¡Aquí está el pecho de los más jodidos, el culo de los más cagados!… ¿En dónde está el suyo, el de sus ministros, el de la gente que tiene la sartén por el mango, que en este momento están desayunando en una mesa en donde hoy tampoco les falta nada?

 

Aquí en las calles nos sentimos castigados, defraudados, desmantelados y resentidos, mi querida Mónica… Dejados a nuestra propia suerte y sin futuro, mi estimado Guido…  Lo cual  es tremendamente injusto, señor Presidente, porque ya facturábamos una vida llena de privaciones   ¡Hoy soy inmensamente más pobre que ayer!… ¡Ahora sí que nunca podré nivelarme!  Menos con esta pensión miserable que quién sabe a cuánto se habrá reducido… ¿Habrá comido mi tía Antonia?… Tengo  que pasar a verla un ratito…

Últimamente estoy caminado más que nunca. Seguirte no es tan fácil, mi amor… (*)

 

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

 Pero cuando supe en dónde vivías no pude evitar la tentación de verte aunque sea de lejos.  Como ahora. Sé que tú ya no quieres verme y te comprendo. Por eso no me acerco a ti… Desde que te escuché casualmente por la radio estoy intranquilo y necesito explicarte por qué me escapé.  Si  supieras lo que ocurre en ese antro, mi amor, me darías la razón. Te juro que te estaban sacando tu platita por gusto, mi vida… Aunque ha pasado tanto tiempo que debes estar pensando lo peor de mí… Para variar…

 

Sé que en el Trigal pensaste que habíamos llegado al lugar indicado…  Con la oficina del psicólogo,  las salas de charla, la imagen de Cristo Salvador en la entrada y todo lo demás… Cuando vi a los internos recibiendo a sus visitas con sus pantalones azules, sus camisas blancas, con la Biblia bajo el brazo, alardeando de sus repuestos semblantes, estuve dispuesto a internarme… Sobre todo porque me dijiste que todavía me querías…  Por favor, mi amor, no pienses que no puse todo de mi parte.

 

La tarde en que me dieron la fecha de ingreso el corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho… ¡Hacía tiempo que no me sentía así!… Gracias a ti, mi amor, me acercaba al final de mi pesadilla.  Y cuando conocí a la hermana Juana, me sentí a salvo y me arrodillé a sus pies llorando de felicidad. Sin embargo, debo confesarte que en los días previos a mi internamiento me drogué.  No regresé al Planeta.  Jamás volveré a aquél agujero del infierno. Pero robé, mendigué por las calles y estafé a los compras en los huecos y me hice de un capital. Me sentía como un chiquillo de luna de miel con su droga. Quise sacarle el jugo hasta el final a esa vida de mierda porque confiaba en que, gracias a ti, iba a terminar mi desgracia.

 

Pensaba que me llevarían a un lugar parecido a una casa de reposo y que caminaría en bata por unos pasadizos impecablemente encerados…  Entre doctores y monjitas…  Acurrucado en mi escondite en el parque Salazar, mientras me arrullaba con el eco de las olas, me preguntaba si tendría mi propia habitación. No sabía nada porque no quisieron darme información. Sólo se limitaron a pedirme que llevara algunos artículos personales. Así que parte de lo que robé lo invertí en una mochila, un pijama, dos pares de medias, un par de calzoncillos, jabones, cepillo de dientes, crema dental, un peine y un marquito donde puse la foto donde están ustedes tres regalándome una sonrisa. Dijeron que sería solamente por un año y que se pasaría volando…  Doy fe de ello porque aún me parece que fue ayer cuando nos separamos. No te imaginas cómo deseaba recuperar mi vida ahora que contaba con tu apoyo. 

 

Ese día llegué deshecho. No sabes cómo me dolían las caderas y la espalda. Después de tantos años, la idea de dormir en una buena cama era casi una obsesión… Pero ni bien me ingresaron, amorcito, los muchachos saludables del pantalón azul cambiaron de táctica y nos recibieron malhumorados y con una desconcertante actitud militarizada. Nos  obligaron a formar fila en el patio trasero del caserón y estuvimos de pie achicharrándonos bajo el sol por lo menos seis horas sin que nadie tuviera la consideración de decirnos qué estábamos esperando.  Al contrario, cada vez que queríamos dirigirles la palabra nos trataban mal y ni siquiera nos dejaron usar el baño.

 

-Te voy a poner en rehabilitación en un lugar carísimo, así que mejor pones todo de tu parte, ¿ah?…

 

Y yo que me había hecho la idea de tomar un refrigerio y de volver a sentarme en la mesa… Pero ya eran más de las tres de la tarde y nada… Algunos empezaron a protestar pero de inmediato salió el psicólogo a explicarnos que habían tenido un inconveniente con la compañía contratada para el transporte y sacó diez soles de su bolsillo y mandó a uno de los muchachos saludables a comprar seis paquetes de galletas de soda, una Coca-Cola de litro y medio y una cajetilla de Belmont a la bodega de enfrente… Después de deambular por todo Lima durante años, traíamos a cuestas un agotamiento añejo por tantas amanecidas, que ni tres meses de sueño  resultarían suficientes.  Pero por ahora nadie quería hablar de eso… Ni bien llegó la compra desapareció en un segundo y como éramos veinticinco puntas ni siquiera alcanzó, un cigarrillo para cada uno.  Nos quedamos con las ganas.  Algunos se hartaron y trataron de largarse pero no los dejaron salir…  Los otros chicos empezaron a darse su vuelta de vez en cuando y los atacábamos con preguntas acerca de nuestro destino…

 

-Cuando lleguen, ya verán… Ya verán… No se desesperen,  muchachos… – contestaban recelosos,  cuidándose de no hablar más de la cuenta…

 

Me imaginaba, mamita linda, que nos someterían a una terapia de calmantes y desintoxicantes.  Era la parte que menos me gustaba del asunto y ya me veía los primeros meses completamente sedado en una cama, alimentándome con suero, gota a gota, rodeado de locos y viendo la televisión veinticuatro horas al día.  Te confieso que, a pesar de que en la calle había visto de todo, tener que vivir entre dementes me daba escalofríos.  Pero amor, por ti estaba dispuesto a todo…

 

Como a las cinco, un nuevo personal irrumpió en el patio, dirigidos por un flaco achinado, chimuelo y prematuramente canoso. Aunque estaba vestido como los demás, aún conservaba aquel brillo maldito en la mirada con el que se impone respeto en las calles… Estaba de peor humor que los demás, así que de entrada, nos hizo callar a todos y nos mandó a formar en orden de tamaño.

 

-Si el Señor es mi Pastor, nada me faltará… Aunque pase por quebradas muy oscuras, no temeré porque tú estás conmigo… Y mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo… -recitó de memoria con transparente fanatismo y con los ojos incendiados de odio-… Por largo, largo tiempo… -recalcó dejando claro que de ésta no íbamos a salir tan rápido como pensábamos- En el nombre del padre, del Hijo y del Espíritu Santo… -, remató santiguándose frenéticamente. 

 

Después de rezar un par de oraciones, que sólo yo desconocía,  improvisó algo así como un discurso de bienvenida.

 

-A partir de este momento soy para ustedes el hermano Pancho, ¿ya carajo?… Quiero que sepan que a partir de ahorita estoy a cargo de  ustedes… ¿Me oyeron?… Así que para que lo sepan, conmigo se acabaron las cojudeces… ¿Ya?… Aquí no están en sus casitas, con su mamacita que calladita aguanta todas sus pendejadas, ni mucho menos estamos en el hueco donde se pasan de vivos con todo el mundo… De ahora en adelante mando yo… ¿Ya, carajo? ¡No los oigo, mierdas! De aquí en adelante nadie hace nada sin mi permiso, ni siquiera pueden mear, carajo ¿Me oyeron, idiotas?… ¡La regla número uno es hacer silencio!… ¡Mientras no se les dé permiso, todos con la lengua bien metida en el culo, carajo!  Y como recién están empezando, aquí no son ni mierda… ¡Así  qué a callar se ha dicho!… – terminó bañando de saliva a los que estaban más cerca y mandó a abrir el portón.

 

Sus palabras cayeron como un baldazo de agua fría a uno que venía harto de las calles, de los matones y de sus reglas… Te juro, mi vida, que se me fueron todas las ganas de irme con ellos…

 

Con estricta disciplina, desplazándose igualito a los rayas que cuidan al presidente, un par de muchachotes abrieron el portón de madera que daba para la calle y como una docena de ellos flanqueó cada puerta de un microbús de la línea veintitrés.  Nos esperaban con el motor encendido para dejarnos saber que partiríamos inmediatamente. El psicólogo se despidió de cada uno con un apretón de manos y con una sonrisa ensayada que nos dejó helados.

 

-Suerte, mucha suerte, muchachos…

 

Y esa fue, amorcito, la última vez que lo vimos…  Sabía muy bien adónde nos llevaban y todo lo que nos iba a pasar…  ¡Y nosotros confiábamos en que podría ayudarnos!… ¿El sueldo de ese infeliz justificaba el engaño?…

 

Subimos al microbús en absoluto silencio y sabiendo que no vería la calle por mucho tiempo, me senté junto a la ventana. Intenté concentrarme, resignado, pensando en mi rehabilitación y en el día en que saldría de allí para buscarte. Alguien corrió la voz de que todo el proceso duraría por lo menos un par de años y después, si uno quería,  podía irse a su casa… Pero también supe que la mayoría se quedaba porque la Hermana Juana se encargaba de cobrarte todos los favores reclutando gente por las calles…

 

El flaco volvió a exigir atención y después de hacernos rezar otra de esas extrañas oraciones entonó un himno religioso, batiendo las palmas. Todos los uniformados, que ahora eran más numerosos que nosotros, se unieron al canto.  Esa era otra de las cosas que me parecían desagradables porque para mí no tenía sentido cantar, aplaudir y abrazar afectuosamente a esa clase de prójimo. 

 

Como el tráfico estaba terrible,  el viaje por la Panamericana se hizo tedioso. No teníamos idea adónde nos estaban llevando y los uniformados seguían sin decirnos nada. 

 

-¡Cállense mierdas y sigan alabando al Señor!… -, dijo por toda respuesta el achinado, dirigiéndose a los insistentes. 

 

Me di cuenta que conforme pasaba el tiempo, los de azul iban perdiendo esa lozanía que los distinguía de nosotros. Y cuando pasamos por Yerbateros, como a eso de las seis, a todos les cambió la cara cuando vimos a un grupo de fumones prendiéndose en plena avenida.  Presas de una extraña euforia, no paraban de comentar lo que hacían ni la cara que estaban poniendo. Ni bien oscureció comenzaron a verse igualitos a nosotros y ese brillo en la mirada, que al principio nos motivó a reclutarnos, se apagó para siempre…

 

Había empezado a agarrar sueño cuando el vehículo se detuvo en la avenida Canadá.  Los uniformados abandonaron sus asientos en el acto y en silencio, con disciplina militar, cubrieron nuevamente ambas puertas del microbús.

 

-¡Nadie me habla, carajo! ¡Al primero que desobedezca le saco la conchesumadre! ¿Está claro, mierda?… -, dijo el flaco achorado bajando primero que nadie.

-¡Pero si estamos en Santa Catalina! ¡Este es mi barrunto, cuñao!… -, me dijo en voz baja mi vecino de asiento.

-¿Qué mierda he dicho, imbécil? ¿Eres sordo, malparido de mierda?… -, le contestó el flaco tan cerca que lo escupió en la cara. 

 

Yo seguí caminando calladito pero desde entonces, mi amor, supe que habíamos cometido un error…

 

El microbús se detuvo frente a una casa enorme y parece que todo el vecindario se había pasado la voz porque estaban allí, mirándonos asustados, como si fuéramos  locos peligrosos.  Para colmo, los de camisas blancas insistían en portarse como agentes de la CIA y eso ponía más nerviosa a la gente.   Un chiquillo mataperros se liberó de las manos de su madre y me tiró una piedra que, por suerte, sólo me cayó a los pies…  Nadie lo corrigió… Al contrario, la malacrianza rompió el hielo y la multitud estalló en carcajadas.  Algunos vehículos se detuvieron obstruyendo la circulación y la gente en el interior nos señalaba, nos miraba como bichos raros y se burlaba de nuestro aspecto.

 

-Despídete del paiche, calavera de llavero… -, me gritó un cobrador de micro y las risotadas no se hicieron esperar.

 

No sé… Quizás era chocante ver a tanto antisocial junto…

 

La pesadilla comenzó ni bien pusimos un pie en un chalet de dos plantas, con jardín y  amplio patio con piscina.  Descontando a los recién llegados, en ese momento la casa albergaba por lo menos a trescientas almas. El olor a sobaco y a meados era insoportable.

 

Nos hicieron pasar a punta de gritos y empujones… Amorcito, lo que vi allí no parecía real…  Dentro de una piscina seca había por lo menos un centenar de drogos… El bullicio era infernal, desquiciante, tanto humo me hacía llorar… Pero ellos  conversaban tranquilos como en su casa. 

 

Los dirigentes se movían con desenvoltura en aquél enjambre y hasta podían diferenciar a cada grupo de reclutamiento que la hermana Juana tenía en la ciudad…  Jamás supe cuán chico es el mundo hasta entonces… Caminando por toda la casa, sentados en las escaleras,  murmurando en  los rincones, encontré a muchos drogos que conocí en mi larga vida de vicioso. Era como un paseo por el infierno, como deambular por cada hueco de Lima.  Mientras unos se pasaban la voz como si nada, otros parecían avergonzados y culpaban a sus parientes por haberlos hecho entrar al  programa a la fuerza. 

 

-La huevona de mi mujer me ha metido acá… Pero ni piense que me voy a quedar mucho tiempo, causa… De aquí me quito a seguir fumando, carajo… -, me dijo el Chinagria de Sáenz Peña, confiando en que podría escapar. 

 

Lo más triste, mi amor, fue enterarme que la mayoría de ellos había recaído.

 

-Nunca vamos a dejar el vicio, causa… Ni bien sientes que estás limpio, te vas  corriendo a prenderte… Tendrían que desaparecer también los huecos, compadre… – me dijo el Trompudo de La Paz, que iba por su tercer ingreso…

 

El malhumorado nos mandó a formar a punta de lisuras y al mismo tiempo que uno de esos de camisa blanca nos servía una chicha rosada e insípida en unos vasos descartables  - que a la legua se notaba que habían usado un montón de veces – nos repartió por cabeza un cigarrillo Gold Coast y un pan con mantequilla que iba sacando de unos baldes asquerosos.  Estábamos devorando con angustia el magro refrigerio, cuando el flaco achorado nos mandó a meternos dentro de la piscina porque necesitaban más espacio para los que iban  llegando…  En aquel momento me preguntaba, angelito lindo, cómo haríamos para dormir en ese lugar. Pero pronto me enteré que nada más nos iban a empadronar y que después nos trasladarían en grupos a Pucusana, dónde quedaban las casas de rehabilitación. 

 

-Aquí solamente van a chequear si hemos traído droga, causa… Allá arriba, estos conchasumadres te van a quitar todo… -, me dijo uno que ingresaba por segunda vez echándole el ojo a mi maletín…

 

Tengo que admitir que, conforme avanzaba la cola, ese lugar más parecía una cárcel que un centro de rehabilitación. Como todos teníamos la conciencia sucia, pensamos que merecíamos algún castigo… Aunque comprendí que era imposible reformar a este hervidero de mal vivientes sin usar la fuerza y estaba dispuesto a todo por dejar el vicio, sentir que estaba en  manos de unos drogadictos reformados me puso nervioso.  Con la guardia baja y la autoestima por los suelos me dejé insultar y humillar…  Finalmente, las cosas seguían siendo igual que en la calle…

 

-¡Oye, imbécil de mierda, chuchatumadre!…  ¡Aquí no estás en el hueco!… -, gritó un negro, afeminadísimo, lanzándole un mocasín directo a la cara a un infeliz que exigía otro cigarrillo.

 

El tipo – que resultó ser el director de esa casa – era un pájaro de cuentas conocido en los huecos de Lince. Un maldito hijo de puta que a la legua se notaba que no había cambiado…  Cuando desapareció de las calles muchos estuvieron seguros que le habían dado vuelta por soplón…  Revisaba nuestras maletas con codicia y  se aprovechaba del cargo para quitarnos todo. Nos hizo poner en pelotas y a su disposición a punta de patadas y el perverso, sin profilaxis alguna, le metía el dedo en el culo a cuántos quería, según él, para ver si estábamos pasando drogas.  Sé que es chocante, mi amor, pero ¿cómo se cuenta algo así?…

 

Nunca entendí por qué nos hicieron llevar cosas, si este conchesumadre y sus compinches nos estaban saqueando. 

 

-Allá  a dónde vamos no vas a necesitar esto… Además, por tu propio bien, no puedes llevar nada que te recuerde tu pasado… – y se quedaron con el cuadrito, que era lo único que tenía de ustedes…

 

-No se preocupen, todo les será devuelto el día que tengan su primera visita… -  nos mintió el hijo de puta…

 

¡Yo que pensé que sólo era cuestión de fuerza de voluntad!… ¡Y no!… Quedó bien claro que estábamos marcados para siempre y que jamás volveríamos a ser personas de bien para los demás… Rehabilitarnos iba a ser el mayor logro de nuestras vidas y por eso fuera del programa no valíamos nada.  En la lucha por la supremacía, mi amor, éramos perdedores…

No tiene plata ni para tomar un micro hasta Miraflores… (*)

(*) Extracto de la novela  ”Paraíso de los Suicidas”

 

 Pero igual se va.  Caminando rapidito por la Pérez Araníbar. 

 

… No es tan lejos. De hecho que mi tío ya sabe en qué hospital está mi mamá… Ni loca cometo el error de llamar a mi abuelita para preguntarle por ella  porque seguro que el pesado de mi abuelo se me aparece por aquí… ¡Pucha, qué fastidiosos son los viejos!… Así que mejor me voy con mi tío Álvaro que es  recontra buena gente.

 

Cuando reconoció el auto de su padre viniendo en sentido contrario se puso blanca como un papel.  Casi a punto de desplomarse por el susto, se quedó paradita nomás, esperando lo peor.  Betto ni se dio cuenta y se siguió de largo.  Entonces, partió la carrera.  El Puericultorio se le hacía interminable…

 

… Alguien me va a ver en cualquier momento si no salgo de esta avenida de miércoles… 

 

Todavía resonaban en sus oídos las lisurotas que le gritó su papá en la mañana y no quería arriesgarse a que le hiciera una escena en la calle. 

 

… Qué roche que se ponga así delante de la gente… Ni que fuera una mocosa para que me esté amenazando con la correa… Ah, no. Si se me presenta aquí, agarro una piedra… 

 

Y se tranquilizaba constatando que había un  montón por todas partes.

 

… Total… Estoy frente al manicomio y digo que está loco y que es un drogadicto… 

 

El estómago le dio un vuelco de imaginarse lo que pudiera pasar. Se armó de valor y siguió corriendo, pero igual, se moría de miedo. Sofocada, con el maletín reventado de ropa, llegó por fin hasta  el Pueblo Joven Medalla Milagrosa.

 

… San Roque, san Roque, que tu perro no me toque… Detente animal feroz, primero es Dios que voz… San Francisco, que tu perro no me dé un mordisco… Por favor Diosito, que no me huela… Vete, vete a tu casa perrito flaco… ¡Púchica! ¿Porqué habrá tanto perro suelto en los Pueblos Jóvenes?… ¿Tendrán dueño?… Mi abuelito Humberto dice que este Pueblo Joven es uno de los más antiguos… ¿Qué tiene de joven?… Ya no deberían decirle así… Pero, ¿para qué, ah?… Comparado con otros, éste está súper bien parado… ¡Me encantan sus casas en bajadita!… ¡Y qué locos están los ladrillitos en la pista!… ¿Qué significará la lampa?… Hay una lampita grabada encima de cada adoquín.. ¿Mmm?… Se llaman adoquines, creo… ¡Qué loco!… ¿Y qué pensarán de esta barriada los pitucos de enfrente?… Seguro que de “aquisito nomás” sacan a sus muchachas… Estas señoras deben ser las amas, las cocineras y las lavanderas del vecindario… Y sus esposos los choferes y los jardineros… ¡Con razón sigue existiendo, pues!… Seguro que las señoronas de Aliaga, como la chinchosa de mi abuela Armenia, piensan que es una comodidad tener a su disposición toda esta cholería… La muy racista… O de repente son los que  les chorean hasta sus perros guardianes… No, tampoco, ¿ah?… Porque este sitio no parece maleado, si no fuera por la cantidad de perros  y de sapos, yo diría que es tranquilaso, ¿ah?… Apuesto que aquí es donde mi abuela y las otras viejas borrachas vienen  en Navidad para regalar sus vejeces…  ¡Claro! Así no tienen que subirse a los cerros y a las invasiones que hay en los arenales… Y después se pasan un mes seguido contándole al padre Román lo buenas que son… Mi abuelo dice que vienen a cambiar ropa vieja por trago nomás, porque se la pasan aceptando vasito tras vasito de cerveza a “los cholitos agradecidos”…  Por eso regresó en una pata el año pasado… ¡Viejas pendejas!… Pero lo que no saben es que ni bien les dan la espalda éstos se llevan toda su caridad para venderla en la “cachina” y en la puerta de la clínica Americana…  La gente no quiere que le regalen ropa vieja, lo que quieren es trabajo para tener plata y comprarse nueva… ¡Cómo cualquiera, pues!…  ¡Púchica, la enana pituca de mi abuela diría que estoy hablando como mis abuelitos… ¡Pero qué tal raza!… Deberían pagarles mejor a sus muchachas… No como la explotadora de la vieja Armenia, que tiene todo el día chambeando como esclava a la pobre Margarita… Por eso es que algunas terminan vaciándoles las casas a sus patronas como le pasó a la tía Miriam que nunca se dejó y les dijo su vida en colores a los rateros… Hasta intentó escapárseles y llegó hasta las escaleras pero los desgraciados la cachetearon horrible y la amarraron mejor a su silla… La pobre pataleaba de rabia viendo cómo su sirvienta, tremenda mal agradecida  y sus compinches, le robaban todo lo que había en la casa… ¡Con camión de mudanza y todo, oye!… Segurito que algunas viejas como mi abuela Armenia  se lo merecen pero no mi pobre tía tan bonita y tan buena gente… Si trataba a la Valentina como si fuera su ahijada y hasta se sentaba con ella a tomar lonche en el comedor para que le cuente de sus enamorados…  Mi abuela dice que por eso se le subieron los humos a la chola… No creo… Esa era una ratera de mierda, nomás… ¡Qué penita!… De hecho que mi abuela Armenia ya sabía que desde que abrieron la universidad de enfrente han convertido en cantinas y bodegas a las casitas más bonitas de por aquí… Recién computo lo que decía esa vieja borracha el año pasado… Es que ya había estado por aquí, pues… ¿Por qué será que cuando los cholos tienen plata al toque piensan en abrir una cantina?… ¡Claro!… ¡No va a ser!… ¡Con la cantidad de borrachos y malogrados que hay en todas partes debe ser buen negocio!… ¡Aj! El trago es una desgracia…  ¡Odio el alcohol! … Mi papá antes  no era así… Desde que toma tanto se ha vuelto horrible… Después sólo quiere estar jalando y fumando “esas cochinadas” con los malogrados de la esquina… Por eso está tan flaco y tan nervioso que parece un loco… ¡Me da miedo que un día se estrelle en su carro!… ¡Odio la pasta, la cocaína, las pastillas y hasta la goma Terokal, porque con eso se drogan los pirañitas en el parque!…  La gente está peor cada día y el barrio de mi abuela no se queda atrás… No hay un solo chico sano con quién una pueda conversar… ¡Hasta los pitucos son unos drogos!… Todos se están poniendo en algo… ¡Y cada día están más conchudos!… Hace tiempo que fumar marihuana es legal en la puerta del Portofino.  Ya ni les interesa que las señoras los vean… No, Dios me va a castigar por ser tan rajona y cuando sea mayor también me voy a volver borracha y pastelera… ¡¿Qué?!… ¡Ni Cojuda!  ¡En mi vida voy a fumar esa basura!… Ni me voy a casar con alguien que haga eso… Eso sí que no… Prefiero quedarme a vestir santos…

 

La pendiente de casitas inclinadas remataba en una glorieta, enanita, al borde de un maleconcito por donde se podía descender hasta la playa.

 

… ¡Pucha pero que lechera!… De aquí se puede llamar por teléfono… 

 

Se detuvo frente al servicio de cabinas telefónicas.

 

… Este pueblo joven es igualito que en provincias, con su servicio de cabinas de larga distancia y todo… Ojalá mi tío esté en su casa para que acepte la llamada por cobrar… Si no, qué penita… 

 

Detrás de las ventanillas, las operadoras conversaban relajadamente fumando cigarrillos y tomando café con leche. 

 

… Aquí sí que nadie me encuentra, ¿Ah?… ¿Quién va a imaginarse que estoy metida en un Pueblo Joven?… Claro, que es aquí en Magdalena, nomás… Pero estoy bastante lejos de mi casa para ser la primera vez…  Y si me da la gana, me voy a la playa… No, qué roche.  Sin ropa de baño, nada que ver…

 

El tío Álvaro era un solterón bien plantado, distinguido, que se afeminaba solamente cuando se sentía en confianza. Era alto, delgado, calvo y narizón y veía las cosas a través de su avanzada miopía. Era el tío preferido de Verónica porque era inteligente, agudo y simpático.  No representaba los cincuenta y tantos años que tenía encima por toda esa energía que irradiaba.  Se llevaba bien con todos… Menos con Betto. 

 

-Dile al antipático de tu padre que se vaya a freír monos  y vente a vivir conmigo, princesa, que para eso soy tu padrino… Yo también tengo derecho de ver por ti… Bien claro lo dijo el padrecito ese de los ojitos azules el día que te bautizaron… ¡Ay, pero tú qué te vas a acordar!… Eras tan chiquitita, mi amor… ¡Y tan linda!…

 

Le dijo adelantándose a los acontecimientos, mientras le alcanzaba una taza de café negro y la bañaba en perfume, cuando le entregaron la libreta de notas al fin del año y se tomó una botella de menta con las chicas de su salón… Claro, que ese mismo día se dio cuenta que no le hacía ninguna gracia beber.  Odiaba perder el control de las cosas pero, más que nada, odiaba llegar a parecerse a su papá…

 

Si en algo Álvaro coincidía con Vico, su cuñado, era que peor padre no le podía haber tocado a su ahijada.  Por eso volcaba sus sentimientos paternales en ella y, apasionado como era,  no podía evitar ver a su sobrina como la hija que hubiera deseado tener. Competía por su cariño abiertamente con Betto y se aparecía con los mejores regalos en los cumpleaños y en las navidades.  Desde que Betto decidió no comprarles más regalos a sus hijas, porque según él ya estaban muy grandes para esas cojudeces, fue el tío Álvaro quién se convirtió en  Papá Noel y llegaba a casa con los mejores presentes para las chicas.

 

-Es que ese maricón no tiene que mantener una familia… Así, ¿a quién no le sobra la plata, pues?… Además ese conchudo es bancario y seguro que todas esas cosas se las saca a los clientes… ¡Es un pendejo igual que todo el mundo!… ¡A mí me la va a hacer!… Se la viene a dar de buena gente el muy hipócrita… Ya lo conozco… Rosquete de mierda… 

 

En vano trataba Betto de eclipsar las atenciones que Álvaro tenía con sus hijas, porque sus comentarios jamás pudieron evitar que las chicas lo reciban con los brazos abiertos.

 

-Ese Betto es un desgraciado mal parido… A qué mala hora se metió con mi sobrina… Una chica de su casa, tan estudiosa y tan decente… – decía sentado junto a Vico dándole por su lado flaco.

-Ese cojudo es un maricón hijo de puta… -contestaba el viejo, imprudentísimo, como siempre.

-¡Ay, no!… ¡Pobrecitos!… Pero, ¿qué culpa tenemos los maricones?… ¿Qué te hemos hecho?… ¿Ah?… ¡Por favor no me compares con la bestia de tu yerno!…  -y le daba una fraterna palmadita de pierna. 

 

Vico ya no le contestaba más y ni bien podía se cambiaba de sitio. Siendo maestro, sentía la obligación de tener una respuesta para cada cosa y metía siempre su cucharón en dónde no lo llamaban. Pero Álvaro era el único que le bloqueaba el impulso

 

… Los afeminados han existido desde la antigüedad… Sucede hasta en las mejores familias… Así que debe ser normal también ser maricón… Y si a mi esposa le tocó uno en la familia… ¡qué se le va a hacer, pues!… Por mi parte, yo por la sombra nomás… 

 

Sin embargo, cada vez que lo veía, esquivaba su presencia como un adolescente inseguro.

 

Inés quería mucho a su tío pero, al igual que su padre, prefería no verlo con tanta frecuencia.  Después de sus visitas se sentía en la obligación de justificar sus amaneramientos a todo el vecindario.

 

-Lo que pasa señora es que como era el mayor mi abuelito lo engrió demasiado. Además, antiguamente a los varoncitos le ponían vestidos como si fueran mujercitas y como era tan bonito hasta le dejaban su pelito largo y todo… Así era antes, pues. Usted sabe… Pero él es buenísimo, ¿ah?… A mi hija Verónica la quiere mucho…  Es su padrino de bautizo y es un hombre muy piadoso también, ¿sabe usted?…

 

Cuando Álvaro llegaba de visita, Inés se ponía tensa e inquieta. Pero a pesar que se llevaban bien,  todavía se negaba a aceptar su homosexualidad. 

 

.. No, sé… Yo lo quiero mucho, es mi familia, pero a mí me parece que eso no es normal…  Me da pena porque debe sufrir agudos trastornos hormonales y psicológicos…  Debería hacerse un tratamiento, ¿no? ¡Cómo será!…

 

Cada vez que entraba a la Iglesia agradecía que Dios le haya dado sólo hijas y se estremecía al pensar que la homosexualidad pudiera transmitirse genéticamente.

 

… ¡Madera!… 

 

De niña, el tío Álvaro era la imagen de la juventud y de la modernidad.  Sentía una gran admiración por él, por su apostura y por su buen gusto.  Por mucho tiempo estuvo platónicamente enamorada de él.  Estaba al tanto de su vida social con verdadero fanatismo de adolescente, como si se tratara de una estrella de cine. Pero todo cambió un día en el tercero de media, cuando una de esas insidiosas, que no faltan en clase, le abrió los ojos con absoluto placer. La intrigante le contó que su tío se metía con los chicos del barrio en cierta casa de reputación dudosa cerca del malecón…

 

-Para hacer esas cosas… Tú sabes… 

-¿Qué cosas?… – , preguntó Inés con ingenuidad.

-Ay, no te hagas la tonta, oye… No me digas que no sabes que tu tío es maricón… ¡Si se le nota a leguas!… – recibió por toda respuesta. 

-¿Qué estás diciendo?… Que mi tío es… ¿qué… mal hablada?…, le contestó Inés con sincera indignación y a punto de llorar.

-Mi enamorado me ha contado que tu tío le ofreció plata para que se la deje tocar… 

 

Inés se quedó perpleja y nunca más quiso saber del asunto.  Mucho menos de su amiga.  Pasaron los años y si bien se acostumbró a la idea, jamás pudo olvidar aquel incidente  y cada vez que lo veía se le ponía la carne de gallina de imaginar a su tío solicitando los favores de un jovencito. En cambio, Sofía no veía absolutamente nada censurable en su entrañable hermano. Al contrario, como era su hermano pequeño, lo adoraba.

 

Álvaro empezó a trabajar desde muy jovencito como mensajero en el Banco Popular y tiempo después se convirtió en uno de los funcionarios más jóvenes.  Como la  golpeada economía nacional hizo quebrar al banco,  la Federación de Empleados Bancarios lo reubicó como sub-gerente del departamento de créditos en un banco que más tarde quebró porque el presidente del directorio se fugó al extranjero con todo el capital. Pero a Álvaro le habían pasado el dato con anticipación, así que,  él y un grupo de colegas presentaron sus renuncias oportunamente y recibieron una jugosa suma. 

 

-¡Qué suerte que tuvimos!… Porque a partir de entonces se desató una ola de despidos en bancos e instituciones públicas ¡Pobre gente!… Y para colmo, un par de añitos más tarde, el Alan García estatizó los bancos para controlar el movimiento financiero nacional ¡Ay, carijo, la que se armo!… El caos no tuvo precedentes  en la historia de la economía nacional y la inflación llegó a cifras realmente ridículas.  Y el resentimiento de los propietarios y de los  inversionistas… ¡Ni te imaginas, oye!…  Claro que al toque esa gente se la juró y pidió su cabeza en el acto… No se hablaba de otra cosa… Y olvídate, la ola de despidos fue todavía peor  ¡Qué pena, oye! Con eso se acabaron los buenos tiempos para los bancarios y ahora, como ves, es una ocupación tan mal pagada e inestable como cualquiera.  Chicos decentes y bien plantados con el dinero de su liquidación tuvieron que dedicarse a comprar y vender dólares por las esquinas entre los cambistas que lavaban dinero del narcotráfico… ¡Ay! De la que me salvé, ¿no?…  Con la plata que recibimos compramos el edificio de  Alcanfores… Que estaba medio ruinoso, ¿ah? Pero le metimos plata y lo convertimos en un moderno y bien equipado gimnasio con sauna, salón de masajes y peluquería y ahora hemos contratado unos chicos que dan clases de karate, yoga, aeróbicos y esgrima. ¡Ay, no!… Después de trabajar de narices en esas oficinas mal ventiladas del centro de Lima, atrapados en esos ternos todos tiesos… ¡Ay, no!… ¡Qué felicidad!…

 

Genoveva se bajó en Nicolás de Piérola… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

                                                          

 

Se abotonó la chompa, se tapó la boca con la chalina y a tranco firme se abrió paso entre la gente casi sin mirar. Una persistente garúa mantenía húmedas y resbalosas las veredas obligándola a acortar la marcha.  Cientos de vendedores ambulantes tendían sus plásticos en el suelo y se preparaban para armar sus puestos.

 

-¡Yo te abrigo mamacita!…

-¡Están buenas las yucas de mi tía, oe!…

-¡Qué tal papaza!…

-¡Cómo aprieta ese calzoncito!…

-Por atrás, bandida…  

 

Pero ella se hacía la sorda y continuaba su camino por el centro de Lima internándose en aquel mar de comerciantes.

 

En el Centro, la sinfonía matutina se compone del congestionamiento del tránsito y el rugir de los viejos motores y las bocinas de los ómnibus; de las frenadas que queman llanta y terminan en mentadas de madre; de los impacientes golpes que algunos choferes dan a las carrocerías de sus vehículos y el monótono pregón de los cobradores y los vendedores ambulantes. Densas nubes de smog se internan en cada rincón para confundirse finalmente con el gris del cielo limeño.

 

La librería de Genoveva queda casi en la esquina de La Colmena con Azángaro. Aunque no ganaba mucho, estaba satisfecha de estar aprendiendo cada día más del negocio. Tenía por lo menos cuatro pretendientes entre los catedráticos que frecuentaban la tienda y esa tarde uno de ellos le estaba enseñando algo novedoso.

 

-Desgraciadamente, mi querida amiga, no hay buen negocio sin cutra – le decía un chato avispado que enseñaba lógica en San Marcos.  

-Yo si que no entro en vainas, ¿ah?… A mí eso de la cutra no me gusta… Así que mejor, quita, quita… – le contestaba toda coqueta acomodándose el sostén  por encima de la chompa.

-¿Por qué te me achoras, preciosa?

-Yo no me achoro…  Yo hablo como chalaca, pues…

-Mira qué coincidencia yo también soy chalaco…

-¿De qué parte del Callao eres tú, profesor, que no se te nota?

-De Bellavista… ¿Y tu, linda, eres de la Punta?

-Yo soy de Buenos Aires, papito…

-¡Con razón me sacas al fresco al toque!… Ya sé que contigo suave nomás… Lo que te quiero proponer no es cutra de verdad…

-¡Total!…

-Digamos que es una cutra blanca… Lícita, pues. Mira, te invito a  almorzar y te lo explico con más detenimiento.

-¿Sí, no? ¡Ya me imaginaba¡… ¡Nada de saliditas, oye!… ¿Qué te has creído? ¿Ah?  ¡Quita, quita!… A mí con el truco de la cutra blanca… Eso es una contradicción, por favor. No me vengas, profesor…

-Es un decir, pues flaca…

-¡Cutra blanca… No me hagas reír!… ¿Vas a comprar algo? Porque estoy bien ocupada, ¿ah?

-Esta bien, está bien.  Si no tienes hambre… No tienes que salir conmigo…  Yo por hacerte un favor nomás…

-¿Favor?… ¡Ganancia, será!…

-¡Has dado en el clavo!…  Se trata de un acuerdo entre dos partes para incrementar la productividad… ¡Totalmente lícito!

-Aguanta el carro, profe.  Explícame ese sancochado que no te entiendo ni michi… ¿O crees que me vas a impresionar como a tus alumnas?

-¡Por favor, Genoveva!… ¡Jamás haría eso!… Saca tu cuenta nomás cómo sería si te mando ciento cincuenta alumnos para que te compren el mismo libro… ¿No crees que es buen negocio?… Ahora acuérdate que enseño en varias universidades y en dos turnos… Si no he hecho mal el cálculo, creo que tengo como mil doscientos alumnos en total… ¿Buen numerito, no?

-¿Y aún así necesitas recursearte?

-En el Perú el crimen sí paga, linda. Pero la cultura no…

-¡Que feo que suena eso, profesor!… ¿Y cuál es el libro?¿Lo tengo yo? ¿Es de texto o de consulta?

-¡Ya sabía!… ¡Ya sabía!…¡Siempre caen!…

-¿Ah, sí?… ¡Fuera!… ¡Lárgate de mi negocio ahora mismo, enano sinvergüenza!

-¿Pero por qué te me achoras otra vez, preciosa?

-¡Ya te dije que así hablo yo!… ¿Crees que estás jugando conmigo, ah?… A mí me gustan las cosas claras y de frente… ¿Cuál es el libro, pues?

-A ver… ¿Por qué no podemos conversar tranquilos en un restaurante?… Te invito a  comer algo que te guste…

-¿Ah, sí? … ¡Qué vivo!, … ¿No?… ¡Vete de mi tienda que no necesito vender tus libros!…

-Son mas de mil… Eso sin contar un par de cursitos más que tengo por ahí con sus respectivos textos…

-¡Esta bien, está bien!… ¡Pero que quede claro que es sólo un almuerzo de negocios!

-¡Claro que se trata estrictamente de negocios, Genoveva! Todo lo que hacemos en esta vida sólo son transacciones…

-¿Y qué ganas tú, profesor?

-Con una relación estrictamente de negocios…

-¡Estrictamente!

-… Con un diez por ciento me conformo…

-¡Trato hecho! – y con una guiñada de ojos lo derrumbó por completo.

 

La semana siguiente el repartidor de la distribuidora colocó sobre el mostrador un paquete con su último pedido.

 

-Doscientos libros de texto… Ciento cincuenta manuales… ¡Hmmm! Ya entiendo…, diez por ciento por aquí, otro más por allá… ¿Qué porcentaje le sacará mi galán a la distribuidora y cuánto le estará pasando el  autor?… -, se preguntaba con malicia revisando la factura -Muy bien…, ¿adónde firmo?… – y estampó con cancha una laboriosa rubrica sobre la línea de puntos.

 

A pesar de la incertidumbre económica del país su negocio por suerte no parecía andar tan mal como otros. Sin embargo, tenía que reconocer que su experiencia como bodeguera era insuficiente para sacar adelante una librería y muchas veces tuvo que pedirle a los clientes que regresaran más tarde porque no podía ubicar el libro que le estaban pidiendo y casi siempre se perdía la venta.  A veces, se  arrepentía de no haber hecho el traspaso con personal y todo tal como le aconsejó el anterior dueño.

 

-Mientras estemos empezando no podemos darnos el lujo de pagar empleados… Ya verán cómo trabajando solitas nos vamos para arriba… -, les dijo confiada a sus hijas.

 

Sin dar su brazo a torcer, aveces se amanecían buceando en ese inmenso mar de libros que ahora eran suyos.  Muchos daban la impresión de no haber sido tocados en años. Genoveva, estrenando sus nuevas monturas y el cabello sujeto con un lápiz por detrás de la nuca, se pasaba la mayor parte del día trepada en una escalera o moviéndose entre los estantes tratando de reconocer cada uno de sus textos.

 

Una noche se tomaba un café piteado a puerta cerrada y con la ayuda de  sus hijas  - y Lalo – ordenaba unos libros que durante años habían servido para  sostener el peso de un tramo del mezanine. La estructura se caía sola de puro apolillada que estaba.  En cuestión de minutos, Lalo derrumbó el armatoste por completo con una mano. Mientras retiraba los escombros, tropezó con un pesado cajón de madera que empujaron entre todos para ubicarlo debajo de un foco que pendía de un largo cable desde el techo.

 

Cuando finalmente lograron abrir el cajón,  un fuerte olor a humedad se apoderó del ambiente. Eran más libros.  Lalo, que se había amarrado un pañuelo para taparse la boca,  se animó a sacar uno con la punta de los dedos.

 

-Este es un libro de Antropología que se llama… “¿Qué Sucedió en la Historia?… por… por… V. Gordon Childe”… Interesante, ¿ah?… Está recontra viejo pero tiene buena portada.  

-Fíjate el año y el lugar en dónde fue impreso – dijo Genoveva puliéndose.

-¡Estás aprendiendo, Genoveva!… – intervino Marita.

-La práctica, hijita, la práctica…

-Escuchen: “Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1972 Editorial Ciencias Sociales”…

-Seguro que ese libro estaba fresco cuando lo metieron en la caja… – se le ocurrió a Marita.

-¿Alguien lo quiere… O directo a la basura?

-¡Aj! ¿Quién quiere esa cochinada? – dijo Sandra haciendo un gesto de asco.

-Ni hablar… No lo botes. Sepáramelo para leerlo – dijo Marita.

-¿Qué más hay? – preguntó Genoveva.

-¡Miren éste!… ¡Pero si es ni más ni menos que de César Vallejo!

-¿Cómo se llama?  Preguntaron al unísono.

-“Tres obras interesantes: 1.- Rusia 1931 / 2.- Rusia en el segundo Plan Quinquenal/ 3.- Fabla salvaje… Editorial Gráfica Labor. Lima –Perú. 1965, primera edición”. ¡Concha su madre!… ¿Una primera edición debe valer alguito, o no?

-¡Suave con la boca compadre, que aquí todas somos mujeres! – dijo Brenda, la menor, haciéndose la agrandada.

-Perdón, señorita…  Fue la emoción.

-Sigue, sigue…, ¿Qué más hay? – dijo interesada Genoveva.

-A ver, a ver… Papel de hilo blanco, amarillito,  pero todavía sirve… Miren este libro… Por la encuadernación se nota que es bien antiguo: “La Criminalidad Comparada por G. Tarde, prólogo de Adolfo Posada”… No veo la fecha por ningún lado… Espérense… Madrid, La España Moderna. Teléfono 260”…

-¡Pucha qué moderno, ah! Un teléfono con tres números, imagínense… – dijo Sandra.

-¡Oigan esto! Trae publicidad en la última página: “Revista Ibero Americana. Año V. Cada número forma un grueso volumen de más de doscientas páginas, gran tamaño a dos columnas…”.

-¡Dos columnas como la Biblia!…

-Esperen, falta más: “… Se divide en dos secciones: española y extranjera. La española está escrita por…” Escuchen nomás, que tales nombrecitos: “ … Barrantes, Campoamor, Canovas, Castelar, Echegaray, Galdós, Méndez y Pelayo, Pardo Bazán, Palacio Valdez, Pi y Margall, Thebussem y Valera…”

-¿Y quiénes son esos? – preguntó Brenda aburrida.

-No te equivoques, chiquilla, que algunos son conocidos… Escuchen quiénes escriben  para la sección extranjera: ”…Bourguet, Cantú, Coppee, Cherhullez, Daudet…” Atención a estos: “…Dostoievsky, Gladstone, Richepín, Tolstoy, Turguenef y Zola…” ¡Tremenda gente!… ¡Qué hallazgo, señora!… Este sí que debe valer alguito.

-Esa es mi herencia… – se apuntó Marita de inmediato.

-¿Por qué?… ¿Quién dice? – preguntaron en coro sus hermanas.

-Todo lo que está aquí es mío – intervino Génova poniendo orden.

-No puede ser… Oigan esto: “Precio de suscripción pagado por adelantado en España: Seis meses, diecisiete Pesetas; un año, treinta Pesetas. En las demás naciones europeas y americanas y en las posesiones españolas: un año a cuarenta Pesetas…”

-¡No jodas!… ¿Hasta cuándo España tenía posesiones?… ¿De qué año es esta joyita?

-Creo que por aquí viene… A ver, a ver escuchen: “Quedan algunas colecciones de los años 1889, 90, 91 y 92, a treinta Pesetas cada uno…”  Mmmm…, según parece este librejo puede ser de 1893…

-A ver pásamelo, por favor. Tienes razón… Este de aquí es todo un hallazgo – dijo Genoveva extendiendo la mano.

-Compruébelo usted misma…

-Este sí que es toda una reliquia y está muy bien conservado el desgraciadito… Chicos, definitivamente este es mío…

-¡Qué tal raza! ¿No se supone que tienen que ser las hijas las que heredan? – reclamó Marita picona.

-Yo no me he muerto todavía para que tú reclames tu herencia… El libro es mío porque yo soy la dueña del negocio y punto…

-Ya pues, no se peleen y estén atentas porque aquí viene el tuyo Marita: “El inocente”…, por Gabriel D’Annunzio. Traducción de Augusto Riera, Barcelona…” ¡Qué rico, Marita, este sí que tiene su fecha y todavía es doble!…

-¿De qué año es?- preguntaron con impaciencia todas.

-…Del año 1900… Y la segunda novela que trae se llama: “Las Vírgenes de las rocas” Este sí es para Marita, ¿no señora?…

-¿Ah, sí? ¡Qué tal raza! ¿Y Por qué va a ser para ella? – reclamaron las hermanas.

-Porque yo digo… Además, ella es la mayor…

-¡Gracias, Mamita! – dijo Marita apretándola  con tanta fuerza que la hizo tambalear.

-¡Ya quita oye, no seas melosa! – dijo engriéndose pero fingiendo indiferencia.

-Lo voy a empezar a leer mañana…

-Sí, seguro… – intervinieron las hermanas.

-En serio… ¿D’Annunzio perteneció al Romanticismo?

-No, mi amor, es Realista y Naturalista como Zolá… A mí también me gustaría leerlo. 

 -¡A la mismísima, señora!

-No te creas, hijo, ¿ah?… Yo también me pongo a revisar los libros cuando no tengo nada que hacer… Mientras no entra la plata por lo menos que entre algo en la cabeza, ¿no?…

-¿Y qué libro estás leyendo ahora? – preguntó Marita curiosa.

-Ninguno… Está recibiendo clases de su profesor particular de Humanidades… – dijo Sandra que tenía ganas de joder.

-¡Déjate de atrevimientos, oye mocosa! – contestó Genoveva poniéndose como un tomate.

-¡No puede ser!

-¿Qué te pasa, oye? ¿Por qué gritas así, ah? – reclamó Genoveva de un brinco.

-¡Pero qué coincidencia!…¡No lo puedo creer!

-¡Habla de una vez!

-Escuchen lo que está escrito, aquí, en taquigrafía -leyó Marita con dificultad-: “Para mi buena…” – arqueó las cejas y repasó en voz baja una serie de monosílabos que le ayudaron a traducir las siguientes palabras – “Constanza de Leveroni, Lima…” – dejó de leer nuevamente para decir -  Y aquí viene lo más increíble…

-¡Dilo de una vez, carijo! – reclamó Genoveva impaciente.

-Parece que fue un regalo de cumpleaños… Escuchen la fecha: “15 de junio de 1905…”

-¿Y eso qué tiene que ver?

-¿No se dan cuenta que el quince de junio es mi cumpleaños?… Ahora no me digan que este libro no me estaba esperando a mí.

-Esta noche te va a poseer el alma de Constanza de Leveroni… – dijo Brenda haciéndose el cuco.

-A mí esas cosas no me asustan.  Además, considerando la fecha de la dedicatoria, Constanza  debe haber sido una poetisa, una mujer liberada e inteligente como yo.

-¿Inteligente, tu?…

 

Y mientras se paseaba con el libro recibiendo una pifiada general del interior se deslizó un papelito amarillento que Lalo recogió  y revisó con interés.

 

-¡Já!… Ahora miren lo que me encontré – dijo mostrando un panfleto.  Escuchen que esto sí es la muerte:   “¡A RECIBIR A WALDO FRANK!”  La izquierda universitaria, que se concentra en el grupo ‘Vanguardia’, invita a la juventud universitaria y a las masas estudiantiles en general, al homenaje de una recepción al gran artista norteamericano Waldo Frank, que nos trae el mensaje del enorme pueblo del norte…”

-¿Waldo Frank?…

-¿Quién es Waldo Frank?

-Quién fue, dirás… Porque además de zurdo ése ya está bien muerto.

-“… Contrariamente a la visita de mister Hoover, la de Waldo Frank tiene que merecernos las más explosivas muestras de simpatía…”

-¿Mister Hoover?… ¿El que inventó la aspiradora?

-Ya pues, déjense de payasadas…

-“… En el gran poeta de nuestra América, tenemos que ver al precursor de la solidaridad americana, cuya base efectiva es la identidad de aspiraciones de los pueblos latino-americanos, con el pueblo norteamericano. Al que no hay que confundir con la plutocracia de los capitales de la conquista de Wall Street. Pertenece a Waldo Frank, la afirmación que tenemos ‘un enemigo común y una causa común’. Sabemos que el pueblo norteamericano, o más  concretamente, el proletariado norteamericano, está a nuestro lado. Y nos interesa saber de ese pueblo, de su ánima multitudinaria de la que Waldo Frank es verbo…”

-…Un verbo con una conjugación bien complicada además… ¿Alguien entendió algo?

-Yo no sé qué diablos han dicho… Y es más, ya me aburrí…

-¿Proletariado norteamericano? Primera vez en mi vida que escucho algo semejante…

-No es por nada pero estos libros están bien comunachos ¿Ah?…

-¿Quieren que siga leyendo? O me lo llevo así, nomás…

-¡Qué gracioso!

-Se acabó el café piteado para Lalo…

-Y para ustedes también… ¿Falta mucho? – agregó Genoveva impaciente.

-No, ya acaba… “… Hasta ahora hemos tenido una imagen falseada de la América del Norte. A esto no poco han contribuido las aprehensiones románticas, que enjuiciando al capitalismo como fenómeno de decadencia pretenden hacernos tomar antihistórica y antimodernistamente a las rutinas exaltadas a título de súper mecanismo…”  Pucha, qué fuerte… ¿Me siguen?

-¡Acábala, oye!

-¡Más aburrido tu Waldo Frank!

-Si es muy largo ya no sigas por favor, hijo…

-No señora, aquí termina: ”… Empero, no es cierto que la democracia lincoliana esté continuada por los magnates imperialistas, y que el capitalismo, creación de esa democracia, no porte en su ceno, realizaciones históricas  y gérmenes fecundos. A este redescubridor de América que nos visita, se debe la mejor interpretación del Jazz, del cine y la máquina. Al revés de los filósofos asépticos de la decadencia, como Keyserling y Spengler, Frank tiene fe en el porvenir, que será no de las minorías, que ahora contradicen a la generación revolucionaria de la independencia americana, sino de las multitudes templadas en el dinamismo de la urbe de los rascacielos y en el jadeo vertiginoso de las máquinas…”

-¡Ya nos estamos durmiendo!…

-Sólo escuchen cómo acaba, pues: “… A la juventud estudiantil toda el albazo del primer saludo a este poeta filósofo que es de la misma estirpe que Upton Sinclair y John Reed. Que éste llamado de Vanguardia, congregue a todas las capas estudiantiles y que las apreste a escuchar su mensaje.

 

TODOS AL CAMPO DE ATERRIZAJE DE LA COMPAÑÍA FAUCETT EN EL TERRENO DEL COUNTRY CLUB, EL DOMINGO PRIMERO DE DICIEMBRE A HORAS 5. PM.  LIMA, 30 DE NOVIEMBRE 1929.”

                                                                                          “Vanguardia”

 

-Súper denso para ser sólo un volante, oye…

-¡Pucha!… ¡Por eso pesaba tanto la caja!

-¡Con razón que se cayó del libro!…

-Yo creo que es interesante…

-…Y contradictorio, también…

-Tiene su valor histórico… ¿Ustedes creen que Lalo, como enamorado de Marita, deba heredarlo?-  Preguntó Genoveva socarrona.

-¡Sí!… ¡Por favor, mamá,  regálaselo!… -, rogaron las chicas en coro.

Los decomisos ahuyentaron a los ambulantes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 Sólo Lalo insistía, oculto entre los árboles del parque Kennedy, marginal, igualito al Escopeta los fines de semana.  Usaba el cabello demasiado largo para pasar desapercibido, unos blue jeans que él mismo había roto por las rodillas, camiseta negra y  muñequeras de cuero. Ahora tenía que correrse no sólo de los municipales sino de la gente de APDAYC.  Sus días estaban contados…

 

-¡Qué chucha!  Yo me quito…  Ya me estoy cagando de hambre y de frío…

 

Caminaba toreando a la multitud que salía del cine Pacífico cuando el delicioso olor del café expreso lo alcanzó entre las mesas del Haití. No tenía ni un chico en el bolsillo. Pero ya no añoraba las buenas épocas de la Química. Tampoco quería recordar que alguna vez las chicas no se pasaban de largo, ignorándolo. Sabía que Marita lo quería pero sospechaba que terminaría abandonándolo.

 

-Con su pesimismo y su malhumor arruinaba los pocos momentos que pasábamos juntos.  Hace tiempo que había dejado de ir a la universidad y me engañaba diciéndome que estaba arreglando su traslado… Es que en San Marcos con tanta propaganda terrorista y tantos recesos ni siquiera completaba un ciclo por año  ¡No sé cómo lo soportabas, Lalito! Una vez quise escuchar una cátedra y no pudimos terminar porque fuimos interrumpidos varias veces por los simpatizantes del MRTA, de Sendero Luminoso y los partidos de izquierda radical… Algunos entraron con pasamontañas y todo, ¿ah?… Y seguro que en su casa los esperaban con su lonchecito caliente…  Lalo me contó que al final se la pasaban correteando a los profesores exigiendo o suplicando que les tomen otro examen sustitutorio… Y nadie los expulsaba, ¿ah?… ¡Pobre Lalo! Ahora entiendo por qué preferías ambulantear a quedarte pateando latas…  ¡Claro!… Era mejor que quedarse chupando en las cantinas que están en los alrededores de la universidad… Por eso me engañabas, ¿no?… ¡Te daba vergüenza reconocer que te habías equivocado!…

 

Ya no estaba cómodo en la pensión.  No sólo por la abierta hostilidad de don Alfonso, sino porque el ambiente había cambiado demasiado.  Maqui y Fernando dejaron los estudios y se regresaron a Chiclayo a vender carros en el negocio de la familia.  Junior se había llenado de hijos y levantó un primer piso en la invasión Antares, y Henry, se casó con una sueca que conoció en Sacsayhumán y se fue a  Europa.  El único conocido que le quedaba era el cholo Santos, que ya no hablaba con nadie porque todo el tiempo estaba estudiando, concentrado exclusivamente en terminar la secundaria en la nocturna, desde que el Kontiki se volcó en la puerta de la casa.  Una madrugada, mientras la gigantesca nave de junco era conducida en un remolcador hasta el puerto del Callao,  una de las amarras se soltó y el coloso fue a estrellarse justamente contra la pared de su cuarto.  Santos, que en ese momento soñaba que estaba buceando, lo tomó como una señal  y se convenció para siempre que su destino estaba en el mar.

 

-De pronto sentí la primera explosión… ¡La tierra tembló, hermano! Aún no me había recuperado, cuando otra detonación reventó las ventanas del edificio El Pacífico y los vidrios se vinieron abajo… ¡La gente se cortó, compadre! … Nos cagábamos del pánico… Un humo negro nos envolvió y empezamos a correr como locos… Por la avenida Larco era igualito… Nadie entendía lo que estaba pasando, compadre.  Un culo de gente sangraba por la nariz y por los oídos ¡Qué loco! Y los que se desplomaban eran pisoteados por la turba… ¡Compadre! A otros los atropellaban los conductores desorientados. Nadie se explicaba lo que estaba pasando… Hasta que un apagón la coronó… Ya no pudimos ver nada. Así que saqué mi pañuelo -porque me estaba sangrando la nariz- y corrí en dirección opuesta a la muchedumbre… ¡Ya no, ya!  Cuando llegué a la esquina con Tarata, compadre, me quedé petrificado… ¡Cuñadito! Un tremendo incendio estaba devorándose un multifamiliar… ¡Pobrecita la gente, compadre!… Hasta se tiraban por las ventanas… Todo era humo y polvo… Entonces, una buena parte del edificio se vino abajo pero el esqueleto siguió prendido…  El griterío de los heridos y de la gente reclamando a sus seres queridos venía de todas partes… ¡Te alocaban, cuñado!  La calle estaba llenecita de cuerpos tirados en el suelo ¡En mi vida pensé ver algo así! ¡Qué horrible, compadre!… ¡Me lloraban como mierda ojos!..  Pero lo peor era ese olor a carne quemada… ¡Era insoportable, mi hermano!…  Lo último que recuerdo, cuñadito, es el sonido de las sirenas y la luz de los helicópteros aterrizando entre el humo y la penumbra… ¡Nunca me olvidaré de esa vaina, compadre!… 

 

-¡Coche bomba! ¡Coche bomba!…

-¡Malditos! …

-¡Claudita!… ¿Dónde estás hijita?… ¡Contéstame, por favor!

-¡Mamá! ¡Mamá!…

-¡Desalmados!…  

-¡Esto no tiene nombre, señora!…

-¡Dios mío, todo se está incendiando!…

-¡Corran!…¡Va a explotar otra bomba!…

-¿Qué vamos a hacer?…

-¡Adónde vamos a vivir!…

-¡Todas nuestras cosas se están quemando, joven!…

-¡Ten piedad, Señor, no nos castigues así!…

-¿César? ¿Cesítar?…

-¡Mi pierna! ¡Mi pierna!… ¡Mamá, mi pierna! …

-¡Carmela! ¡Carmela!…

-¿Papá? ¿Señora, ha visto a mi papá?…

-¡Hijos de puta! ¿Porqué no dan la cara, desgraciados?…

-¡Una ambulancia! ¡Necesito una ambulancia!…

-¿Está muerto? ¡Mi papá! ¡Mi papito está muerto!…

-¡Mi mano! ¡No tengo mi mano!…

-¿Amor?… ¡Contéstame!

-¡Desgraciados! ¡Malditos!…

-¡Justicia, señor Presidente! ¡Queremos justicia!…

-¡Asesinos! ¡Asesinos!…

-Aquí está su piernita de mi hijita, señor…  ¡Llévenla ahorita al Casimiro Ulloa, por favor!…

-¡Resiste!… ¡Resiste, amorcito, ya vienen!…

-¡Mi hijita sólo tenía dos años!…

-¡Por favor, tranquilícense señora! Déjenos trabajar

-¡Estamos aquí para ayudarlos!…

-Ya le dije, señora, que no puede pasar…

-¡Tengo que entrar! ¡Usted no entiende! ¡Allí están mis cosas!…

-¡Aquí! ¡Por favor, aquí!… ¡Mi mamá se muere, señor!…

-¡Un coche bomba! ¡Ha sido un coche bomba!…

-¡Tranquilícese señorita que ya todo está bajo control!…

-¡Mi papá está solito arriba!…

-¡Que los maten! ¡Que los maten!…

-¡Terrucos de mierda!…

-¡Justicia, señor Presidente!…

-¡Pena de muerte para los terroristas!

-¿Qué va a ser de nosotros ahora?…

-¡Miren!… ¡Arriba todavía hay más gente!…

-¡Se están tirando!…

-¡Por favor!…  ¡Que alguien haga algo!…

¡Abran, flojonasas! ¿Hasta qué hora piensan dormir?… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”                                                        

 

 

-¡Mamama! Ahí está ese loco otra vez, ¿por qué tenemos que aguantarlo?…

-¡Por favor ábrele, Adrianita! ¡Apúrate, para que no siga gritando!

-Pero no es justo…

-¡Shhh!… ¡Cállate la boca y por favor abre la puerta! Ya sabes que se aparece por aquí todos los Domingos…

-¡Qué tal raza!

-¡Shhh! ¡Te he dicho!

-¡Sofía,  ábreme la puerta!…

-¡Ay, tío! ¿Qué escandaloso que eres, no?

-Tú abre nomás, mocosa…

-También que tú te desesperas por todo, tío…

-Ya quisiera verte en mi lugar, mocosa de mierda, con todas las preocupaciones que tengo en la cabeza… ¿Y mi café?… ¿Dónde está mi café?… ¡Carajo! ¿Es que en esta casa nunca se desayuna?

-¡Pero si son las siete!…

-¡Las cero setecientas en punto, por la puta madre, carajo mierda!… 

-¡Por Dios, José Luis, ¿no crees que es muy temprano para decir lisuras?

-Pero mi guapísima Sofía, si una lisura es lo primero que escucha un soldado cada mañana antes de sus oraciones… No te imaginas la cantidad de saludable energía que inyecta un buen carajo en ayunas…

-Si, pero no estamos en el ejército, tío…

-Lamentablemente, malcriada, porque buena falta te hace un  poco de disciplina…  ¿Cómo?… ¿No vas a  invitarme nada, Sofía?… ¿O también quieres que me largue como la metete de tu nieta?

-¡Ay tío! ¿Quién te está botando?

-Hazte la cojuda, mocosa… ¿Tú crees que me chupo el dedo?

 

Hace apenas cuatro años que el ejército lo había dado de baja pero a José Luis le parecía una eternidad. Un día nefasto se materializó su secreto deseo de dejar la milicia cuando se le escapó una bala en el interior de la vagina de su acompañante.  Estuvo encerrado cerca de un año en una de las prisiones más heladas del país pero el Estado igualito le concedió una jugosa pensión de retiro por sus años al servicio de la patria.  Mientras tanto, Juan Carlos había aprendido a manejar a la perfección las cosas en Lima y andaba por ahí sin levantar sospechas sobre el origen de su riqueza.  Ni bien la infeliz prostituta logró salir del coma se le veía bajando por la calle principal pidiendo limosna desde el amanecer,  mutilada, arrastrándose en su carro patín. 

 

Cumplida su condena, se preparaba para tomar el autobús para Arequipa cuando alguien tocó la puerta del cuarto del hotelucho en dónde se hospedaba.

 

-¡Abre, papay! ¡Abre puerta, Rojito! Para que lleves a Lima hemos traído un regalo…

-¡Váyanse a la concha de su madre, serranos de mierda!

 

Cerca de las once de la noche, habiendo abordado a tiempo el autobús, un par de emponchados lo interceptaron y a trompadas lo bajaron del vehículo. A vista y paciencia de los sorprendidos pasajeros que se encontraban en la agencia Cruz del Sur, uno de los paisanos sacó un enorme machete que tenía escondido debajo del poncho y de un golpe eficaz  le amputó brutalmente la mano izquierda.

 

-¡Esto es por la Sonia, maldito pishtaco!…

 

Fue trasladado de emergencia a Lima en un avión del ejército y lo internaron en el hospital Militar. Después de dos largos años de terapia, su psiquiatra lo dio de alta. José Luis se despidió de sus compañeros de pabellón, articulando con extraordinaria habilidad cada dedo de su ligera mano de titanio, que desde entonces lleva cubierta por un tenebroso guante de cuero negro.

 

Decidió mudarse a San Antonio, muy cerca de la casa de su hermano y de los Galarreta. Cada día visitaba a la familia exigiendo desayuno, almuerzo y comida.   Pero ni para sentarse a la mesa se quitaba los lentes oscuros, ni la corbata, ni el prendedor de oro lleno de cadenitas o los enormes gemelos que hacían resaltar su poderosa mano negra. Jamás informaba a nadie adónde iba, pero a pesar de su esfuerzo por ser impredecible, sus salidas siempre terminaban en el hipódromo o en la taberna Queirolo. Juan Carlos se encargaba de recogerlo,  borracho hasta las patas, lo acostaba y lo escuchaba lamentarse de su suerte hasta la madrugada.

 

Juan Carlos era la cara del negocio y se había convertido en uno de esos tipos que aparentan lo que no son. Tenía importantes conexiones políticas que le permitían trabajar con soltura.  Tuvo que ser admitido en los círculos más estrechos donde se encargaron  de inventarle méritos,  lo adularon  y hasta lo condecoraron como filántropo.  La presencia de su hermano le resultaba indecorosa pero – a pesar de la insistencia de toda la familia -  se negaba a internarlo en una casa de reposo, lo que habría evitado el martirio al que tuvo sometidas a su esposa y a sus dos hijas, que terminaron huyendo a los Estados Unidos sin dejar rastro.  José Luis era tan peligroso como una molotov en una escuela primaria y era una amenaza para la imagen pública de su hermano. Por eso se ensañaba en sus excesos y se divertía experimentando con la tolerancia de los demás.

 

La situación económica de los Galarreta mejoró notablemente. Cada tarde, después del trabajo, Vico se sentaba en la puerta de su casa, se fumaba un cigarrillo viendo los carros pasar por la Benavides y se felicitaba de su suerte. 

 

… ¡Ah!…Parece mentira que esté abriendo mi propio garaje con control remoto…

 

Pero por alguna razón terminaba acordándose con nostalgia de su vida en la casa de San Miguel. Sofía tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su nieta y esa vida era demasiado monótona para su temperamento.  El fracaso del primer matrimonio de Inés la afectó particularmente a ella, que se seguía culpando por el curso que tomaron las cosas. Ahora que había tanto que decir, tenía que callar por el bien de su hija. Apretaba su rosario y se consolaba pensando que Dios no iba a juzgarla por el pecado de otros. Estaba demasiado delgada y demacrada para que se diga que disfrutaba de la vida y en su mirada sombría se podía adivinar un padecimiento mortal.

 

Su vieja habitación estaba igualita que antes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

La cortina de baño con las banderitas de las carreras de Montecarlo que hacía juego con la alfombra, la tapa del inodoro, la jabonera y el porta cepillos de plástico.  Todavía estaban sus deslucidos trofeos de natación del ADECORE, del Inter-Escolar y del Panamericano en una repisa frente a la cama y del otro lado de la habitación, sujetos a la pared con unos chinches, estaban los nueve banderines marchitos del Champagnat y aquél otro todo garabateado y de fabricación barata que le dieron en el colegio del loco Pita.  Cerró los ojos, se sintió transportado de regreso al pasado y deseó con todas sus fuerzas que sólo fuera una pesadilla.  Pero su reflejo envejecido y desaliñado en el espejo lo devolvió a la realidad. 

 

… ¡Por las huevas tanta medalla! ¡Por las huevas la promoción, carajo!… ¡Aparentar!… ¡Aparentar!… ¡Para qué mierda tanta vaina si ni siquiera pudieron comprarme una tabla!…  ¿Ah?… A las finales, ¿de qué sirvió todo?… ¡Curas malditos! Me expulsaron por lo  que le pasó a mi viejo  ¡Cómo si nadie se hubiera dado cuenta que en la asociación de padres de familia andaban rajando!…  ¡Todo el colegio hablaba de esa huevada! ¡Y ni siquiera pude defenderme, carajo!  ¡Qué vergüenza! Todo el mundo se enteró que a mi papá lo metieron preso… ¡Sobones!  Y a los Zolezzi no los botaron porque tenían billete… ¡Semejante narcaso que era su viejo, carajo! ¡Y yo no hice nada! ¡Yo no hice nada, vieja! ¡Te lo juro!… Fueron ellos los que se prendieron el troncho… ¡Qué injusticia, mamá! A mí nomás me expulsaron y casi todo el salón estaba fumando… ¡Desgraciados de mierda! Me hicieron un certificado tan rochoso que ni el loco Pita quería aceptarme en esa jaula de maleantes en la que terminé la media, mamá… ¿Te acuerdas?… Me dejé expulsar como un huevonazo y no delaté a nadie, mamá… ¡Qué cojudo! ¡Y mis patas de toda la vida ni siquiera abrieron la boca! ¡Nadie tuvo mis huevos!… ¡Curas malditos! Me tenían bronca, mamá, desde cuarto de media… Desde el día que se enteraron que mi papá no iba a pagarme el viaje de promoción… ¡¡Por eso me sentenciaron en la asociación de padres de familia!!… Y  esos conchesumadres les prohibieron a sus hijos que se junten conmigo… Nunca te lo dije y yo fingía que no me interesaba… ¡Pero me dolió mucho, mamá!… En cambio,  Potón, tú sí que fuiste un buen amigo… ¡Dejaste atrás a los patas que conocías desde la primaria y te fuiste conmigo al Cueto! ¡Eso fue muy noble de tu parte Potón! ¿Qué será de tu vida, desgraciado?…

 

Junto a la ventana encontró el carboncillo de Robin Hood que él mismo había enmarcado.  Allí estaba. Trepado entre las ramas de un árbol,  listo para disparar  con su arco.

 

… ¡Qué bacán!… – y lo descolgó -  Este sí qué me quedó bien… Parece mentira que yo lo haya dibujado ¿Por qué no seguí dibujando? Es que la cojuda de mi vieja pensaba que me iba a volver cabro si me matriculaban en Bellas Artes… Pero a Rodrigo, que no sabía ni rayar, sí lo metieron a estudiar dibujo  ¡Ay, Rodrigo!  Cuando te diste cuenta que yo dibujaba mejor que tú,  me contestaste con cólera que tu papá te había dicho que a dibujar también se aprende y que ya te habían matriculado para estudiar artes plásticas… Me lo dijiste con tal convencimiento, huevón, que para siempre me hiciste dudar si vale la pena nacer con talento… ¿Puedes creer eso, cojudo?  ¿Qué huevón, ¿no?  Y cuando terminaste la secundaria en Rusia regresaste creyéndote un pintor… Hasta habías expuesto tus cuadros en Checoslovaquia y todo.  Eso fue lo que me contó tu hermano, que resultó siendo mejor amigo que tú…  ¿Pero por qué, maldito de mierda, el día que te fui a visitar ni siquiera me quisiste hablar?  Y claro, tus pinturas me cagaron y te di la razón por ignorarme… Puta, tú sí que habías aprovechado el tiempo, cojudo… ¡Me cagaste otra vez! ¿Sabes? El dibujante del salón siempre había sido yo pero ahora tú hacías los cuadros… Me dolió en el alma que no quisieras verme… Me alegró tanto que hayas vuelto que hasta tomé dos micros para llegar más rápido a San Isidro… ¡Y no quisiste recibirme!… ¡Hasta ahora no se me pasa, carajo! Me miraste de lejos mientras tu sirvienta me señalaba con el dedo y te hiciste el loco y no quisiste acercarte, huevón… Eso sí, déjame decirte que estabas horrible. Parecías un bolchevique en huelga de hambre… Después, te metiste un clavado en tu piscina, dónde años atrás habíamos pasado inolvidables momentos y te quedaste braceando mediocremente delante de mí,  que siempre te saqué la mierda en natación… De hecho que podías escuchar cómo tu hermano, genuinamente orgulloso,  amable y compasivo, me enseñaba tus cuadros y trataba de explicarme por qué te negabas a hablar con un tipo tan alienado como yo… ¿Creíste que por tu exposición en Checoslovaquia ya eras lo máximo, cojudo?… Seguro que sí. Y también por eso me despreciabas… Yo era un alienado y tú de izquierda.  Pero ahora te lo agradezco, huevón, porque hasta entonces no sabía que existían pitucos comunistas que viven en casa con sirvientas, piscina, un volvo y dos mercedes…

 

Colgó como sea su media docena de ternos en el estrecho ropero infantil y escondió toda la papelería debajo de la cama.

 

… Qué viejo está mi papá ¿Estará enfermo?… Mi mamá no ha querido salir de su cuarto ¿Estará molesta conmigo?  No creo, seguro que tiene dolor de cabeza…

 

-Betto, Betto, ¿hijo, estás despierto?

-Sí, papá, me estoy cambiando…

-Ven a tomar una sopita caliente, hijo…

-Gracias, viejo, ya bajo… – contestó sin abrir la puerta y al toque se levantó de la cama.

 

Un pequeño papel voló a sus pies y cuando se agachó para recogerlo dispuesto a tirarlo al inodoro algo familiar lo detuvo en el acto.   Reconoció la letra de Inés y empezó a leer:

 

                               

                                “Amor perdóname por portarme así de cargosa,

                                 pero a mí me gusta conversar las cosas contigo.

                                 Yo sé que ese no era el momento para hacerlo y

                                 discúlpame por haberme puesto así…

 

                                 Entiendo que debemos hablar de lo que nos

                                 gusta y también de lo que no nos gusta, ya que

                                 prácticamente, estamos como empezando

                                de nuevo. Y hay ciertas cosas, mi amor, que se nos

                                están olvidando…

 

                                Por ejemplo, lo que acaba de pasar. Ya sé que no

                                debo molestarte cuando estás tomado. Ahora ya

                                lo sé y perdóname pero quiero que recuerdes que

                                te amo y te adoro de todo corazón y entiéndeme,

                                tú también a mí…

 

                                Espero mi amor que recapacites y te des cuenta que

                                hiciste muy mal. Sobre todo porque las chicas te estaban

                                mirando. Betto, así sientas que tengas motivos, por

                                favor no vuelvas a levantarme la mano…

 

                                                                                   Te adora tu esposa,

                                                                                    Inés…”

 

 

 

-Es normal que sufras…  Es tu esposa y la madre de tus hijas…

-Ya no me quiere, papá…

-Eso es por ahora… Pronto van a cambiar las cosas, tienes que tener paciencia… ¿Ya fuiste a verla?

-Es que no sé cómo explicarle lo que pasó en el trabajo…

-Dile la verdad…

-Es que tú no entiendes… Nunca voy a poder conseguir otro trabajo igual…

-Ya verás que sí, hijo. Lo más importante ahora es que hables con tu mujer.  Anda visita a esa pobre muchacha que está sola extrañándote en la cama de un hospital.  Ella necesita de todo tu apoyo ahora.

-Ya lo sé papá.  Mañana mismo voy a ir a verla pero no puedo evitar que me siga doliendo haber perdido mi chamba. Yo estaba muy bien visto allí…

-Estate tranquilo, hijo, que lo que hoy parece no tener solución, mañana te va a parecer una tontería.  Siempre es así… Te lo dice este viejo…  Tú eres un buen vendedor y tienes experiencia en lo tuyo. No te desanimes…

-¡Tú no entiendes, papá!

-Papito lindo, yo no sé las razones por las que te han despedido ni tampoco me interesa saberlas.  Para mí eso ya pasó.  Tú más que nadie sabes cuánto te puedo entender… ¿O no? ¿Te acuerdas que en el setentaidos me sacaron de la casa y me llevaron preso?

-Si me acuerdo, papá…

-Yo nunca te hablé de esto porque tu mamá no quiso… Sin ir muy lejos, creo que  ahorita mismo me mata si sabe que lo estoy haciendo… Mira, después que me jodieron con la tienda entré a trabajar en esta compañía y como después de un año agarré dinero de una factura… Fue para pagar unas letras atrasadas de la casa, nomás… Te juro que siempre pensé en devolver la plata…  Pero me ganó el tiempo y el desgraciado de mi jefe, a pesar que me conocía bien, no quiso esperarme ni dos días y me denunció a la PIP como si fuera un delincuente…  Tú ya sabes lo demás… O me iba a la cárcel o nos quitaban la casa… Y tu pobre madre, imagínate pues…

-Yo nunca tuve claro lo que pasó, papá…

-Te lo cuento para que veas que de todas salimos… Dieciséis meses en la cárcel  bastaron para entender mi error… ¡Pobrecita tu mamá! Tú no sabes cómo sufrió ella con todo eso… Vivir es difícil y es doloroso, hijo.  Uno puede cometer locuras por conseguir lo que uno quiere… 

 

 

 

(ALTAVOZ)  “Mi compromiso es con todos los peruanos, con los más pobres, con los más necesitados…”

 

Llegaba estridente la voz grabada del candidato presidencial por el APRA desde la Casa del Pueblo.

 

-¡Pinga pelada, cholos de mierda! – gritó Betto haciendo pichulones con los dedos en dirección al local de ese partido.

 

En el Hospital Loayza, decenas de mujeres formaban una larga cola frente a los consultorios externos. El ambiente estaba impregnado de un irrespirable olor a creso que venía de los pisos recién trapeados pero cada vez que se abrían las puertas de los baños, la corriente de aire devolvía el hedor a orines por todas partes.  Después de haber atravesado enormes grupos de señoras que lo miraban como a bicho raro, revisó una por una las camas, con insolencia y sin dirigirle la palabra a nadie.  Pero no pudo encontrar a Inés.

 

-¡Puta madre! ¿Y si está en otro pabellón? ¡Ni cagando me la voy a pasar revisando, pabellón por pabellón!… ¡Cuándo no! ¡Estas! Ni siquiera saben dar bien la información… Me voy, carajo.  Que no se diga después que no lo intenté.

 

Ya se estaba yendo cuando la vio. Venía caminando despacito, con una mano en la herida y flanqueada por dos pacientes.  Se quedó perpleja al verlo y las demás, intuyendo de quién se trataba, cambiaron inmediatamente de semblante y se hicieron a un lado.

 

-¡Pero qué sorpresa!

-¿Qué haces con esas cholas?  

-¡Shhh!… ¡Cállate!  Pobrecitas… Una de ellas está muy mal…

-No me interesa.

-No seas malo…

-Ah…  Ya veo que tú también te dejaste convencer… – le dijo poniéndose más serio y le señaló el latón que Inés tenía prendido en el camisón.

-“Alan Perú”… ¿Qué tiene de malo? – preguntó ella.

-Una semanita en el Loayza y terminaste de cholearte por completo…  Seguro que ni cuenta te has dado.

-¡Mira, hijito! Si has venido en ese plan mejor hazte un favor y vete.  Todavía no estoy bien, ¿sabes? Se me han salido un par de puntos y no pienso soportar tus necedades.

-¿Cómo no se te van a salir los puntos si estás todo el día paseándote con esas serranas?

-¡Sal de aquí! ¿Tú qué sabes?

-Ah, ¿sí?… Cómo tú quieras… Yo venía con el alma tranquila a saber cómo estabas y como siempre tú la malogras.  Bueno, si ya no quieres verme, me voy…

-Betto, conmigo déjate de agresividades.  Para saber cómo estoy sólo necesitas preguntármelo  y si estuvieras consciente de mi estado no me harías pasar por este disgusto.

-Es que vengo y no te encuentro… Como un cojudo, tengo que estar buscándote entre esas camas pezuñentas…

-Esa no es mi culpa y no estoy paseando.  Venimos de hacernos un chequeo.

-Ya te dije que esas no me interesan…

-Pero a mí sí. Y tú también me interesas ¿Crees que estos días he podido dormir tranquila? En lugar de estar pensando en mí la he pasado preocupada preguntándome si has comido, si has dormido, si tienes ropa limpia, si te levantas temprano para ir al trabajo… ¡Estás flaquito!… Adriana te reclama como no tienes idea y mi mamá ya no sabe qué decirle…  Por favor, ve a ver a tus hijas… ¿Todavía harías algo por mí?…

-Tu sabes cómo me molesta que le hables a cualquiera, sobre todo a esa gentuza horrible…

-Ah, ¿sí?… Hablando de pintas horribles, un tipo espantoso me ha dicho en la calle que es tu amigo y que mientras él ande por allí,  ni a mí ni a tus hijas nos va a pasar nada…

-¿¿Qué?? ¿Quién te ha dicho eso?

-¡Rostro!

-¿Rostro?  ¿El del Fuerte Apache? ¿Cuándo has estado hablando tú con él, ah?

-Eso ya no tiene importancia…  Pero ese tal Rostro tiene pinta de criminal y dice que es de tu promoción.  Y lo peor de todo es que nos conoce… ¡A tus hijas sonsonazo!…  ¿Cómo te atreves a venir a despreciar a esta gente teniendo esas amistades? ¿Quién te crees que eres? Tú no tienes ni derecho ni autoridad moral para seleccionar con quién tengo que hablar.  Por lo menos, ya no…

-¿O sea que esto que estás haciendo es definitivo?

-A qué te refieres con “¿esto que estoy haciendo?”    

-¡Esto, pues! ¡De llevar nuestra relación a la mierda!

-Mas bien, yo debería decirte eso…

-¡Si tú eres la que me has abandonado!

-¿Qué? ¿Es así cómo ves las cosas?

-¿Y entonces, cómo son?

-¡Tú nos abandonaste a todas Betto!  Lentamente. De una forma tan sutil que ni tú mismo te has dado cuenta… Nos has ido dejando de lado… Ya ni te preocupabas por nosotras… ¿Acaso crees que con tirar unos billetes a regañadientes es suficiente para admirarte y respetarte? Pregúntale a tus hijas, Betto… Nadie te ha dejado de querer.  Pero es imposible vivir con alguien que ya ni te respeta…

-¡Ni siquiera me diste la oportunidad para decidir qué era lo mejor para ustedes!

-¿Qué?

-Sí.  Te olvidaste que eres una mujer casada y como una inmadura hiciste lo que te mandó tu padre ¡Tú eres mi esposa y tienes la obligación de consultar tus decisiones conmigo!… Debiste esperar para darme la oportunidad de cumplir con mi deber… ¡Así es como debió ser!

-¡Já!… ¡Si te esperaba me hubiera muerto, hijito! Te fuiste a las tres de la tarde y nunca más regresaste ¿Qué querías?

-¡Me dejaste mal delante de toda mi familia!

-¿Qué? ¡No lo puedo creer! ¿Dejarte mal delante de tu familia? ¿De quién? ¿De la arpía de tu madre?…

-¡Inés por favor, no te me pongas vulgar!  Cómo se te sale al toque toda la avenida La Paz, ¿no?

-¡Qué increíble! ¡Mira, Betto, ya no puedo estar más de pie! La alegría de verte se  fue al demonio… ¡Pero qué equivocado estás! Siempre lo supe pero tenía la remota esperanza de que cambiaras y por eso no te abandoné…

-Ah, ¿sí?… ¿Entonces ahora por qué me estás dejando?

-¡Es inútil!

-¡Habla, pues caprichosa! ¡Ni siquiera sabes por qué!

-¿En realidad quieres saberlo?

-Por supuesto, ¿qué crees que hago aquí?

-Ya te lo dije ¿No me entiendes? Porque ya no nos quieres, Betto… ¡Ahora déjame en paz que necesito recostarme!

-¡Espérate que todavía no he terminado! ¡Yo no he venido aquí para pelear y mucho menos para que me botes! – y la sujetó fuertemente del brazo.

-¡Quita!… ¡Suéltame!  ¡No me sigas! No quiero que sepas cuál es mi cama, ¡Lárgate!

 

Y sin que se dieran cuenta ya estaban rodeados por una docena de mujeres con sus batas con florcitas.  Una gorda altísima, que parecía tener autoridad en el grupo, tomó del otro brazo a Inés y se la llevó a un costado.

 

-Compañera, el doctor le ha dicho que tiene que descansar… – le dijo la mujer en voz alta y le clavó una mirada desafiante a Betto- ¿Joven, cómo va a venir usted a darle semejantes colerones a la chica que está recién operada?

-¡Descansando deberías dejarla pues, joven!

-¡Abusivo es lo que es!

-¡Ni comida le ha traído siquiera!

-Otros con flores saben llegar…

-¡Ah! ¿Me quieren agarrar en mancha? ¡Uyuyuy! ¡Ya vi lo que decidiste! Espero que seas feliz entre tu gente… Y dile a Sofía que no vuelva a llamar a joder a mi madre, que esa sí que es una dama… Toda una señora… – y dio un portazo que remeció por completo el edificio. 

 

Una vez afuera, agarró a patadas el basurero.

 

-¡Conchesumadre! ¡La puta que la parió! ¿Todavía que me rebajo a venir a este hospital de mierda y me trata así? ¡Qué tal raza! ¡Después no quieren que uno se deprima y le den ganas de chupar! ¡A la mierda con todos!…

 

 

Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito