Crónicas desde el Frenopático

Habían pasado un par de años, pero las calles continuaban tal cual las dejé al irme. La panadería, la bodega, el quiosco de periódicos, la lavandería… Todo seguía intacto. Los chiquillos de la esquina habían crecido, algunos perfilaban bigotes y a otros les había cambiado la voz. Pero yo, todavía parecía un  niño. 

 

Al juzgar, habían dejado atrás las bolitas, las cometas y el trompo. Ahora compartían cigarrillos y se corrían a escondidas la botella de guinda. Conforme me acercaba a la esquina, las diferencias entre ellos y yo resaltaban con mayor claridad.  Los cabellos largos, los zapatos de tacón y los pantalones acampanados, daban a sus figuras alargadas un aire de modernidad. Contrastando de una forma exagerada con mi atuendo de seminarista.

 

Nadie había ido a recogerme y tuve  que caminar cargando al hombro, mi viejo maletín azul que me había acompañado durante toda la primaria. Hasta entonces, nunca me había preocupado por mi apariencia física. Era gordito, cabellos cortos con gruesos lentes de carey y todavía usaba aquellos pantalones de casimir pasados de moda de cuando me fui. Mis zapatos domingueros, se habían deformado y mi camisa blanca del uniforme con las barbas del cuello enruladas empezaron a avergonzarme.

 

-¡Hola cura!

-¡Su bendición padrecito!

-¡Regálanos una hostia, santurrón!

 

Me sentí humillado, deseando que ese par de años que había estado en el aspirantado salesiano nunca hubiesen existido. Me arrepentí de haber estado ausente, de haberme alejado del barrio, de perderme de tantas aventuras y de desconocer toda esa jerigonza que manejaban y que los hacía parecer tan autosuficientes.

 

Uno de los mayores me arrancho el maletín y se lo pasó a otro del grupo que, abrió en el acto, desparramando mis ridículas pertenencias. Mis medias y ropa interior -bordadas con mis iniciales – rodaron por el piso. Lo peor fue cuando uno de ellos encontró mi libro de oraciones y mi colección de estampitas de los santos que tanto admiraba.

 

-¡Cura! ¡Cura!

-¡Mariconcito!

-¡Dale un trago al santurrón!

-¡Sí! ¡Que se haga hombre!

 

En mi vida había bebido alcohol, el primer trago incendió mi garganta, pasó quemando hasta el estómago y lo devolví en el acto, junto con el último desayuno que tomé con mis hermanos salesianos. Mientras recogía mis pertenencias, no fui capaz de contener el llanto,  cosa que atizó más la burla de todos. Mi cabeza explotaba, me sudaban las manos, todo era confuso. Allí mismo me arrepentí de haber dejado el seminario, extrañé a mis compañeros que, tan gentiles, habían grabado sus firmas en esa tarjeta de despedida, que ahora flotaba en un charco inmundo.  No estaba preparado para un recibimiento como aquel. 

                                                                 

                                                               2

 

El año que ingresé al seminario el golpe militar sacudió la insegura economía de mi hogar. Mi padre, entonces se dedicaba al negocio de la importación de artefactos electrodomésticos y lo perdió todo de la noche a la mañana. El toque de queda, los soldados paseándose en tanquetas por las calles y los comunicados oficiales -que transmitían cada nada por la tele-, creaban una atmósfera desoladora en el ambiente presagiado un futuro nefasto.

 

Los planes que mi madre tenía entonces quedaron truncos. Comprar la casa de sus sueños en otro barrio para dejar el departamentito del edificio en el que vivíamos, trasladarme a un mejor colegio que el parroquial de Magdalena, reemplazar los cansados muebles de la sala… Sus modestos sueños de ama de casa se destruyeron para siempre. Para colmo, volvió a quedar embarazada.

 

El terremoto y el aluvión que arrasó Ranrahirca, se añadieron trágicamente al desánimo. Hubo que cambiar a mis hermanas al colegio nuevo que las monjas de Santa María Eufrasia inauguraron entonces en Monterrico, debido a los daños ocurridos en el inmueble. Las nuevas pensiones del colegio, la movilidad escolar y todos los demás gastos que implicaron el traslado, asfixiaron peor nuestra economía.

 

Mi madre despidió a la empleada y nunca más le abrió a Goldenberg,  el judío que tocaba insistente la puerta cobrando las camisas importadas que usaba mi padre. Lo mismo fue con el dueño de la zapatería y las cuentas de la bodega y la farmacia. Cada golpe de puerta nos angustiaba estremeciéndonos de pánico. Esta sucesión de eventos agrietó la frente de mi madre, opacando  para siempre el brillo de sus ojos.

 

Mi padre no se despegaba de la radio esperando oír la deposición del gobierno de facto. O alguna otra noticia que devolviera esperanzas a nuestra trágica realidad.                                                        

 

 

                                                             3

 

 

Aquellas vacaciones, no salí ni a la puerta. Cuando mi madre me mandaba a comprar a la bodega, los chiquillos de la esquina me acorralaban y me quitaban la plata y se compraban cigarrillos. Regresaba llorando a casa y mi madre me castigaba por ser tan zonzo. Mi vida se convirtió en un infierno. Extrañaba a mis compañeros del seminario y todos esos momentos infantiles que antes me parecieron tan ingenuos.

 

Cuando mi hermana mayor cumplió quince años, mi padre le hizo una gran fiesta con luces psicodélicas. Todos los chiquillos del barrio asistieron y esa noche me trataron como a uno más de ellos, me ensañaron a bailar rock lento, me dieron licor y por primera vez fumé marihuana.

 

El siguiente periodo escolar me matricularon en el colegio donde estudiaban todos los chiquillos del barrio. Moría por que mi cabello crezca. Pero sólo era cuestión de tiempo.  Insistí para que me compraran  zapatos de tacón y pantalones de uniforme con campana. Mi padre nunca me dijo no a nada.  Y, poco a poco, me fui pareciendo a los demás. Dejé de rezar antes de acostarme y  todo mi material religioso lo  tiré a la basura.

 

Antes de entrar a clases los chiquillos compraban licor y tomábamos a pico escondidos detrás de las tribunas que habían en el patio de recreo. Pero el trago me caía re mal. Y  cuando vomité sobre el pupitre del profesor Zárate, me expulsaron deshonrosamente. Reprobé aquel año. Entonces, todas las mamás de los chiquillos del barrio me declararon mala influencia, y les prohibieron a todos juntarse conmigo. Para colmo, los desleales les hicieron caso.

 

No me importó. Yo había hecho mis propias amistades con la gente achorada de los callejones y esto me alejó definitivamente de todos. Corroborando la  mala  fama que  había adquirido.

 

Cuando las chicas del barrio hacían sus fiestas, me aparecía con todos esos malandrines y, por supuesto, que nos expulsaban en el acto. Mi cabello exageradamente largo y mis pantalones arrastrando por los suelos reforzaban todo aquello que ahora, con justa razón, hablaban tanto de mí.

 

 

                                                           4

 

Mi padre hizo nuevas amistades con un grupo de militares que lo colocaron de gerente en una conocida distribuidora de abarrotes y licores. Y cuando conoció a otra señora, dejó sola a mi madre con todos mis hermanos. Esto hizo que ella se deprimiera tanto que, ya ni se aseaba ni tampoco recogía el desorden de la casa. Nunca más le abrimos la puerta a nadie y yo, me inicié en la venta de la nueva la nueva droga que los militares pusieron de moda.

 

La pasta básica de cocaína fue la perdición y todos los chiquillos del barrio le entraron poco a poco. A mi madre ni le importó que la vendiera en la casa y cuando mi padre dejó de pasarnos la remesa, empezamos a vivir de eso.  La policía llegaba cada nada, pero mi madre les daba plata y nos dejaban tranquilos un tiempo.

 

Empecé a consumir la droga desmedidamente.  Hasta mi madre también lo hizo y cuando me llevaron preso, se quedó sola a cargo del negocio. Luego de un año me soltaron pero, ella, ya no dejó que entrara más a la casa y me quedé vagando por los barrancos del malecón. Seguía vendiendo, pero consumía todo lo que ganaba y nunca fue suficiente. Me dediqué a robar y la noche que le vacié la casa a mi madre, le di tal empujón que se rompió la cadera.

 

Ella también siguió vendiendo para  subsistir. Mis hermanas cayeron en lo mismo y cuando les faltaba la plata se prostituían junto con ella. Los vecinos las denunciaron y el dueño del departamento las echó a la calle y todas se fueron a vivir a un corralón cerca de la rotonda, justo detrás del bar donde paraban los viciosos del barrio.

 

 

                                                            5

 

 

Una década no es mucho tiempo cuando se vive alejado de la realidad, durmiendo en las calles, mendigando y robando para subsistir. La ciudad crecía mientras la vida pública recobraba la tranquilidad que prometían los gobiernos democráticos. Nunca supe más de mis hermanas. A veces, escuchaba hablar de mi hermano menor, pero éramos extraños. Mi madre se convirtió en una de las primeras víctimas del SIDA en el barrio. Un día apareció muerta cerca del malecón. Me enteré de ello cuando recogí un periódico inmundo para cubrirme.

 

Entonces, todos los recuerdos de la infancia regresaron a mi mente convirtiéndose en un tormento vil de culpa. La realidad empezó a  confundírseme con el delirio. Comencé a verla y a hablar con ella en cualquier sitio. Los transeúntes se me alejaban,  mi semblante apestado inspiraba temor evidenciando mi locura.

 

Una madrugada la culpa superó mi desgracia y decidí arrojarme al vacío. No tengo recuerdos de entonces. Cuando desperté en una cama clínica del frenopático, sujetado  por unas correas gruesas ni sabía quien era. No reconocí a mi padre. Era un señor que me visitaba con frecuencia y les dejaba propina a las enfermeras para que me cuiden.

 

No puedo precisar cuanto tiempo estuve así. Pero un día, regresaron todos los recuerdos y la pesadilla de haber arruinado mi vida y la de mis seres queridos, se convirtió en la peor de mis condenas. Llevo recluido doce años en este manicomio. Y a pesar que hace mucho me dieron de alta, seria incapaz de sobrevivir fuera de él.

 

De vez en cuando hablo con mi padre. Está viejito y se ha quedado solo. Su mujer se fue con otro y me tiene sólo  a mí.

 

A muchos de los chiquillos del barrio, ahora hombres, poco a poco los he visto desfilar también por aquí. A veces, conversamos. A los que nunca más he vuelto a ver, están muertos o cumpliendo condenas por consumo y tráfico de drogas. Lo único que puedo decir es que pertenezco a una generación maldita de drogadictos y de locos. Víctimas de las drogas. Una generación quemada cuya trayectoria por esta vida no ha significado nada.

 

Solo, abandonado a mi perra suerte, espero quedarme dormido para siempre, sobre este catre mugriento y que ahora es mi única pertenencia. Espero que no exista otra vida. No la resistiría.

El infierno de Candela

 

 

Candela Costa despertó de un sobresalto. Las manos le sudaban, sus dientes castañeaban, el corazón le explotaba.

 

-¡Mierda! – exclamó aliviada.

 

Por suerte habían pasado aquellos días angustiantes cuando dormía en la calle y no tenía futuro. Aliviada, corrió a encender la radio y la voz del pastor Ezequiel le recordó su presente. Ahora era alguien. Un ser humano nuevo repleto de gracia. Además, tenía entradas para ve a U2.  Se sintió feliz, realizada.

 

-¡Gracias Cristo! ¡Gracias Jesús!- vociferó a todo pulmón espantando al gato.

 

Había deseado tanto ver a Bono y la misericordia divina respondió pronto – como cada vez que pedía algo-, desde que había encontrado la luz. Uno de los cientos de miembros de su iglesia se las había cedido humildemente, a cambio de sus oraciones porque era sabido por la mayoría que, Jesús le escuchaba primero a ella que a nadie. Así había renovado su ropero con lo último de Banana Republic y con las marcas preferidas de zapatos que ella, por su bondad y entrega al señor merecía.

 

-¡Alabado, misericordioso! ¡Eterno, por siempre! – profirió despertando a los vecinos.

 

 

Todo lo que ahora era se lo debía al Pastor Ezequiel. A ese hombre de dios, cuya fe y entrega lo había colocado en la arista principal de la iglesia de los verdaderos hermanos de Cristo. La única religión auténtica y mayor comunidad de feligreses de la ciudad. No en vano, el hombre, había recibido tantas bendiciones. Un buen número de autos, un canal de TV, una cadena de radio y decenas de inmuebles donde había colocado a sus parientes cercanos y a sus incontables vástagos, fruto del amor que compartía con las innumerables devotas que se le ofrecían siendo aún vírgenes.

 

Hacía un par de años que Candela había dejado las drogas mayores. Desde aquel día que el pastor Ezequiel la sacó de la cárcel, donde cumplía una condena por consumo y tráfico de heroína, cocaína y éxtasis. Entonces, todo había empezado como un juego. Uno peligroso destinado a seducir a sus amantes, muchachas menores de edad a las que enviciaba y luego desechaba a su suerte.

 

Una visita que le hizo el pastor Ezequiel en prisión la había regenerado. Al extremo, de llegar al convencimiento que sus naturales apetitos por su mismo sexo  no eran más que las tendencias diabólicas de la vida disoluta a la que antes se había dedicado.

 

-¡Alabado, Eterno! ¡Tuyo es el poder! ¡ Señor, soy tu esclava! –gritando emocionada salió de  prisión.

 

Era costumbre del pastor Ezequiel recorrer las cárceles de mujeres ofreciendo libertad, a cambio de que las muchachas – por supuesto que elegidas por su apariencia física- se adhirieran a su iglesia bajo la promesa de su conversión y participación activa reclutando jóvenes feligreses.

 

Candela, todavía era una muchacha guapa. No había perdido su talento seductor, que antes encandilaba a las jovencitas y que ahora explotaba para convencer a cientos de muchachos y hombres mayores, para el recaudo de limosna. Su antigua experiencia como delincuente juvenil, le garantizaba un éxito sin precedentes. 

 

-¡Alabado, Misericordioso! ¡Tú, el sempiterno! – exclamaba complacido el pastor Ezequiel, de su buen ojo con Candela.

 

Candela fue escalando de una manera sorprendente dentro de la jerarquía de la Iglesia. Llegando, en poco tiempo, a ser una joven ministra con mucha influencia entre los numerosos devotos que concurrían a su recinto en busca de todos los bienes materiales con que dios la premiaba a ella.

 

Con Candela, el pastor Ezequiel descubrió  una mina de oro. Cuya mente delincuencial ideaba cientos de artificios para recolectar cada día mayores fondos. Sus inescrupulosos proyectos le permitieron recorrer muchos países vecinos, dónde su presencia prometía aliviar el dolor, la pobreza y el abandono en la que se encontraba tanta gente humilde

 

-¡Misericordia, Cristo Salvador! ¡Sólo tú eres capaz de salvarnos!- profería Candela con fanatismo, mientras los incautos financiaban sus viajes repetidamente.

 

Candela compró ropa, casas, carros y se hizo de numerosa servidumbre. Hasta que una mañana, el señor le habló en sueños encomendándole la fundación de una nueva iglesia. Decidió hacerle caso, como una sierva incondicional de Cristo. Empezó construyendo un presuntuoso local y a difamar al pastor Ezequiel con la intención de quitarle feligreses.

 

La ira del pastor Ezequiel se diseminó a través de sus medios de comunicación. Sin embargo, no pudo desmentir toda la inmundicia que Candela le sabía. Porque, además, ella era también otra de sus víctimas de su abuso sexual.

 

-¡Ilumíname, misericordioso! ¡Sálvame, todo poderoso! 

 

Al parecer, el pastor Ezequiel fue escuchado. Y en uno de sus recorridos por las cárceles se encontró con otra joven, a  la que prometió salvación eterna a cambio de sus servicios.

 

Una noche -mientras Candela se revolvía entre sus proyectos manipuladores-, se topó con la muchacha. Su carne débil fue presa fácil. No pudo resistirse a los encantos seductores de la jovencita, como tampoco, a las bolsas de heroína que ésta llevaba en la cartera.

 

-¡Sálvame, Cristo! ¡Hazme fuerte otra vez!

 

Pero todo fue en vano. Candela recayó con más fuerza que antes en sus vicios antiguos. Por la droga, lo vendió todo. Estafó a sus fieles y la gente le perdió la confianza. Deambulaba pidiendo limosna por los alrededores de la iglesia del pastor Ezequiel. Pero, éste, advertía a todos desde su púlpito su peligrosa facha criminal por las esquinas.

 

Nadie más ha vuelto a hablar de Candela. Dicen que está irreconocible, viviendo de la prostitución debajo del puente. Otros, aseguran haberla visto muerta.

 

Pero el único que sabe su paradero real es el pastor Ezequiel. Que se ha asegurado de que vuelva a ese recinto maldito de donde un día la sacó con la promesa de un mundo mejor.              

 

-¡Alabado, salvador! ¡Alabado seas por siempre! – exclama el pastor Ezequiel con la plena seguridad que Candela,  jamás saldrá de la cárcel.

 

 

 

  

 

    

 

 

 

Si el Señor es mi pastor, nada me puede faltar… (*)

                                                     

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Como no había electricidad ese horrible lugar quedaba en penumbras.  El asaltante ese, que era el director de la casa, ordenó a los hermanos echar llave a las puertas y a encender velas en cada habitación.  Inmediatamente, me asaltó el temor a morir quemado.  El hacinamiento y la pestilencia eran insoportables. Como ya no había espacio ni para estar de pie,  algunos intentaban dormir recostados en la espalda de un compañero… Éramos una masa deplorable, vencida por el cansancio, el hambre y el sueño.

 

Partiríamos a nuestra nueva casa cuando el ómnibus regresara de Pucusana. Mientras tanto, pensaba en ti amorcito.  Que estabas tranquila, sabiéndome en buenas manos. Y cuando me acordaba que te habían sacado tanta plata,  me daba cólera y desde entonces pensé en escaparme. 

 

-Dicen que se enfriaron a un par de puntas que trataron de escaparse, compadrito.  Por el mar, ni Acuamán con ese oleaje, causita. Y por la puerta, sólo sales muerto o rehabilitado, pues…

-Dicen que las olas miden como quince metros y al toque te tragan…

-El cuerpo de uno de esos huevones terminó por el León Dormido y al otro nunca lo encontraron…

-¡Conchasumadre!… Los pescados le habían comido toda la cara, compadre…

-¡Puta, cuñao!…  Y si te quieres fugar a pata, la misma gente del pueblo al toque te denuncia si te ve caminando solo…

-Te echan por miedo, jugador… Esos conchesumadres piensan que les vamos a robar…  Lo primerito que hacen es llamar a la policía o a los directores…

-La hermana Juana los tiene bien terapeados… Fíjate que salen a mendigar el combo por los alrededores y nunca regresan con las manos vacías, causita…

-¿Qué? ¿El combo no lo manda Cáritas?…

-Se lo tiran pues, huevón…

-¡Claro! Y encima la pendeja tiene chambeando a todo mundo gratis  ¡Yo sé por qué te lo digo pe, compadre!  Este es mi tercer ingreso…

-¿Y la plata que se paga?… 

-Eso no sé, Gringo… Aquí nadie se entera de los arreglos que hace la hermana Juana con los familiares… 

-La familia sufre, causa, pero ya no aguantan tanta cagada, pe…  Por eso prefieren que estemos guardados… Lejos… Y la Hermana se aprovecha de eso, jugador…

-Y si hay dólares mejor, causa… Hay un huevo de patas perdidos por ahí con una familia dispuesta a pagar precio… Los hermanos te recogen de las calles y tus parientes pagan con el pico cerrado nomás…   La saben hacer, ¿no?…

-Y encima se terapean a las viejas.. Por eso no te creen cuando uno les cuenta que todo es una mierda…

-Para eso los terapean pe, cojudo…

-La pendeja les dice que el drogadicto siempre miente y que inventamos huevada y media  para irnos de frente al hueco…

-¿Crees que las visitas son aquí? ¡Ni cagando! ¡Te llevan en bus hasta el Trigal, causita!… Allá si te quejas nadie te cree ni mierda.

-Esa hermana Juana es una profesional del engaño, causa…

-Pero mi cocha prefiere que esté aquí a que me coma unos años en Lurigancho…

-¡Puta madre, jugador!  Hay que reconocer que allá sí que de verdad es cagado. Aquí por lo menos no estás fumando todo el día, ni trabajando para un huevón que te cafichea… 

 

Así me estaban poniendo al día, cuando una luz potente que iluminó el ventanal nos dejó cegados.  El motor del vehículo hizo vibrar los vidrios y una nube de monóxido de carbono se coló por debajo de la puerta.  El flaco achinado nos hizo formar nuevamente de un par de carajos.  Con los ojos heridos por aquella luz, y casi al borde de la intoxicación,  formamos una cola en la puerta de la casa. No sabes qué aliviado me sentí cuando recibí el viento fresco que venía de la calle.  Una barrera humana nos custodiaba permanentemente pero, para qué te voy a mentir, adoré la poca acera que pisé y ahí mismo juré que me iba a escapar ni bien pudiera…

 

Nos internamos en la noche más negra de la Panamericana Sur precariamente iluminados por una luz mortecina en el interior del vehículo. El flaco achinado sacó de su maletín un cancionero religioso y se puso a cantar seguido por los hermanos, que lo acompañaron batiendo las palmas.  Cada muchacho de camisa blanca y pantalón azul dirigió un cántico.  Detesté estar metido allí. Me recordaba la primaria, cuando cantábamos con la señorita Blanca un montón de canciones sin sentido.  Además, en las calles Dios no sirve de nada… ¿Qué?… ¿Sólo era cuestión de cantarle?… ¡No jodan, pues!… 

 

El canto los ponía eufóricos, les abría el apetito. Se habían ganado su repulsivo plato de menestras. 

 

- ¿Y los que pagamos?…

-Ustedes preocúpense por su rehabilitación y no jodan…

 

Llegamos a la casa de María Auxiliadora cerca de la medianoche. El chofer, temeroso, no había querido internarse en el pueblo joven y nos dejó tirados en un arenal al borde de la carretera.  Dio media vuelta y, como alma que lleva el diablo, desapareció en la Panamericana de regreso a Lima. Nos tardamos un par de horas en llegar a la casa.  Recuerdo que estaba tan débil y hambriento que caminaba como sonámbulo en la oscuridad.  El olor a mar se hacía más intenso.

 

Cuando por fin llegamos frente a la casa, el flaco achinado otra vez nos mandó a formar a punta de lisuras debajo del único poste que alumbraba la calle.  Al lado, en una caseta de vigilancia que se elevaba un par de metros sobre un viejo portón de madera, había un centinela pelándose de frío que se le cuadró como un cachaco… El desgraciado se hizo el loco y pasó lista de nuevo.  A partir de ese momento todos los de camisas blancas y pantalones azules bajaron de rango y se volvieron igualitos a nosotros… Conforme fuimos entrando a nuestro nuevo hogar me di cuenta que me había apresurado al juzgar el hacinamiento y la pestilencia que encontré en Santa Catalina. 

 

María Auxiliadora estructuralmente seguía siendo una vieja granja abandonada a la voracidad de un arenal.  El olor a pluma y a caca de pollo seguía impregnado en el ambiente.  Los pabellones tenían un esqueleto de material noble,  que se construyó exclusivamente para la crianza y el beneficio de las aves y que la gente de la Hermana Juana transformó en dormitorios a punta de madera y calaminas.  Solamente la directiva pernoctaba en las habitaciones de concreto donde antes funcionaba la parte administrativa. A nosotros nos tocaba el gallinero. Todavía quedaba caca de pollo pagada en los rincones.  Por las noches la lluvia y la arena se colaban por las paredes. Lo demás era sólo arena y alambre de púas.

 

Por lo menos, unos doscientos espectros harapientos salieron a recibirnos jubilosos entre cantos y más aplausos. Los infelices habían estado esperándonos desde hace  horas para poder comer y fumarse su cigarrito. Así que, nos recibieron con sincera calidez.  Gritaban y aplaudían a todo pulmón porque pronto servirían la comida, que más bien era un desayuno porque ya eran casi las dos de la mañana.

 

-¿Qué sé le dice al hermano que recién llega?…

-¿Qué sé le dice?…

-¡Sí se puede!

-¿Qué, qué?…

-¡Si se puede!…

-¡No sé oye… Más fuerte, carajo! 

-¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!…

-¡Sí se puede!…

-¡Palmas, hermanos! ¡Palmas!…

 

Debido a las inquisitivas miradas de mis nuevos compañeros nos fuimos al comedor sin soltar nuestras pertenencias. A punta de carajos, nos acomodaron alrededor de una mesa hecha con tablones de madera reciclada. Era un rancho cubierto por un precario techo de calamina pero la mayor parte de las mesas quedaban al aire libre.  La iluminación era precaria.  Cien mil moscas se desplazaban de una mesa a la otra y volaban a poblar los cables eléctricos, que parecían esos largos cepillos de cerdas negras.  De pronto, un indefinido olor a comida caliente empezó a destrozarnos las tripas y el sonido de las cucharas casi me produjo un desmayo.

 

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… Si el señor es mi Pastor, nada me faltará. Él, me guiará por valles de tinieblas… Bendice Señor estos alimentos, que gracias a tu generosidad vamos a ingerir… -, rezó un flaco sacalagua que se paró junto al achinado.

 

Yo no recordaba ninguna oración, mi amor. Tampoco podía precisar en qué momento de mi vida me perdí de aprenderlas… Ni por un minuto me olvidé de la miseria, la inmundicia y la ignorancia que me rodeaban. La escasa luz que pendía sobre las mesas solo dejaba ver el comedor. El resto permanecía en tinieblas y era todavía un misterio.

 

Nos dieron avena caliente con salsa de tomate en unos tazones de plástico mal olientes, un tolete frío y un Gold Coast.  Después  de dar gracias a todo pulmón engullimos el repulsivo potaje.  En ese mismo instante se inició una nueva lucha por la supervivencia… Esta vez con las moscas… Que se posaban por decenas en las cucharas y en los platos… Teníamos que escupirlas antes de tragar la comida.  Pero terminas acostumbrándote. Y en los cuatro silos al aire libre – que estaban apenas a unos cuantos metros del comedor – los bichos se te pegaban en las nalgas cada vez que querías defecar.

 

-Cuando reconozcan con humildad que son una mierda, Dios se acordará  de ustedes, ¿ya?… ¡Ahora no valen nada!…  ¿Me oyeron huevonasos? ¡No son nada!… No valen nada para nadie… Ni para sus mamás, ni para sus familiares, ni siquiera para la gente del hueco… ¿Escucharon, imbéciles?  Desde ahora son la basura de esta casa, ¿ya?… ¿Me oyeron bien, carajo? Conforme pase el tiempo y se vayan limpiando de la droga, recién hablaremos… Mientras tanto, ¡con la lengua bien metida en el culo, carajo!… ¿Me oyeron, mierdas? No valen nada hasta que estén limpios… Por eso, recién van a recibir visita dentro de dos meses… Para que la gente vea que ha habido un cambio… Porque por su culpa, carajo, animales de mierda, ellos también tienen que ser terapeados, ¿ya?… ¡Ustedes no saben el daño que le han hecho a sus familiares, drogadictos de mierda!… ¡Basuras!…  Mientras no se limpien de la droga, no merecen ni la comida que se les va a dar, ¿ya, imbéciles?…   

 

El sacalagua estaba dejando bien claro cuál era el fundamento del programa. Según entendí, los nuevos estábamos en una etapa de purgación y teníamos que pasarla muy, pero muy mal…  Ni bien terminamos de comer el maldito nos deseó buen provecho y nos mandó a lavar los platos. 

 

Cada tres días un camión cisterna llenaba cuatro barriles inmundos y de allí se bebía, se cocinaba y se lavaban los platos. Pero casi nunca alcanzaba agua para el aseo personal.  Como ese delincuente de mierda nos había decomisado los jabones, las cremas de afeitar, las pastas dentales y los desodorantes, cada mañana hacíamos una cola absurda para que el director y otros hermanos nos pongan crema en el cepillo de dientes, desodorante en las axilas y espuma en las barbas.  Con las justas nos servían una tacita de agua para cada uno.  El proceso era tan tedioso que terminaban aburriéndose y aveces nos quedábamos sin asearnos.

 

-Ya me cansé, compadre… Para la próxima te lavas, ¿ya?…

 

Y si reclamabas o los mirabas feo,  te respondían que cuando parabas fumando en el hueco en lo último que pensabas era en lavarte los dientes…

 

-¿Te vas a morir ahora, huevón?…

 

Y hasta te dejaban sin desayuno.

 

Acabamos de lavar los platos alrededor de las cuatro de la mañana y como el flaco achinado quería joder un rato más nos hizo formar nuevamente y pasó la estúpida lista de asistencia.  No te imaginas, mi amor, la sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que cada cama era compartida hasta por seis internos. Para hacer posible el absurdo, dormían a lo ancho del colchón. Salvo los directores y uno que otro privilegiado todos dormían con los pies colgando.

 

Estábamos tan cansados que en silencio tumbamos medio cuerpo en la cama y al toque nos quedamos privados.  Cerca de la seis de la mañana nos despertaron para iniciar el primer día del programa de rehabilitación. Muriéndonos de sueño y de frío salimos a correr con toda la gente de la casa por los cerros y los arenales de Pucusana. Poco a poco fuimos desparramándonos en la arena.  De regreso en la casa  los veinticinco recién llegados fuimos tomados como ejemplo. Éramos el retrato vivo de ellos mismos cuando recién llegaron al programa y, como nadie quería acordarse de eso, perdimos nuestro derecho al almuerzo.   Rápidamente me di cuenta, mi amor, que teníamos que ir atravesando por diversas etapas de dolor y humillación.  Las terapias de testimonio y escarmiento las conducían los rehabilitados más antiguos y servían para transferir el sufrimiento que le causamos a los demás hacía nosotros mismos.    

 

La población de la casa se ordenaba en promociones. Nosotros, como recién llegados, debíamos elegir un nombre, un lema, una canción religiosa, un delegado, una frase bíblica, en fin… Dejar que el tiempo pase… Pero noté que, a pesar que estaba prohibido hablar de drogas entre nosotros, aquél era el tema predilecto en las terapias.  Los hermanos daban sus testimonios con lujo de detalles y noté que a la mayoría le daba más ganas de seguirse prendiendo. En eso consistía el programa: reclusión, abstinencia, testimonio y escarmiento. Nos tenían sometidos a su voluntad y para maquillar el vacío profesional pasábamos la mayor parte del tiempo cantando y recitando plegarias de paporreta.

 

¡Ah!… ¡Trabajar la soberbia!… ¿Sabes a qué le llamaban trabajar la soberbia, mi amor?  Cada testimonio era rigurosamente juzgado por un comité de abusivos que nos escuchaba criando cólera. Una vez que te sincerabas estabas perdido.  Claro que después de unas semanas de purgación hasta te dejaban escoger un castigo.  Y cuanto más brutal,   mejor visto por el comité.  

 

Pero nada era más grave que cuestionar el programa o  lo que ellos llamaban hacer propaganda negativa.  Era un paso atrás en nuestra recuperación y una prueba de que debíamos trabajar nuestra humildad… ¡Ay, amorcito!… ¡Cuánto me costó en dolor físico y en humillación aprender a quedarme callado!…

 

Cuando ellos hablaban de tu familia  se estaban refiriendo a la gente de tu grupo…  Todo estaba dividido en grupos: el de los antiguos; el de los nuevos; el de los reincidentes; el de los enfermos mentales; el de raros; el de los asilados y quizá otros de los que no me enteré.  Pero un día se me ocurrió contestar que ustedes son mi única familia… 

 

-El grupo es tu única familia… La otra ya la perdiste por ser un maldito drogadicto de mierda… ¿Estás oyéndome, carajo?

-…

-¡No se te escucha, mierda!… ¡Más fuerte, conchatumadre!… ¡Más fuerte te he dicho!… ¡Más fuerte!…, me gritaba una madrugada el maldito del achinado, mientras los demás me tiraban el agua inmunda con la que habían lavado los platos. 

 

El domingo era el único día que el programa te dejaba en paz.  Algunos escribían cartas y otros releían las mismas viejas revistas o su Biblia. Cuando nos dejaban ver televisión te apagaban la tele cinco minutos antes que termine el programa y nos mandaban a hacer otra cosa.

 

-Son unos sádicos de mierda… No les hagas caso, me decía Mauricio, que se sombreaba entre los locos…  ¿O los asilados?… Solo ellos llevaban una vida al margen del programa… Eran como huéspedes miserables… Y nadie se metía con Mauricio porque te respondía la precisa… Pero cuando le convenía decía una  incoherencia y se exoneraba de paltas…

 

-Lo que mi familia paga por esta inmundicia alcanza para que coman todos los enfermitos que viven aquí.

 

Y seguía cosiendo con su pañuelito hindú con un nudito en cada punta tapándole la calva… A veces se olvidaba de ti y tenías que presentarte otra vez… Era divertido… Pero lo mejor que tenía Mauricio era su buen corazón y por eso se encargaba de cuidar  de los heridos.  Como tenía buen apetito era el cocinero de la casa.  Y como no fumaba, cambiaba los cigarrillos por alimentos y por eso de vez en cuando los dirigentes lo allanaban y le quitaban sus cosas.

 

-¡Hijos de puta!  ¡Ya no respetan ni a los que pagan! -, y guardaba silencio por un par de días,  sumergido en su lectura…

-¿Y por qué no te quejas con tu familia?-, pregunté una tarde.

-¡Uf! Hace años que nadie me visita… Pero no me creerían… La Hermana Juana se las sabe todas… ¿Por qué crees que las visitas no son aquí?… Te hacen caminar con corbata por el desierto hasta la casa de San francisco… Que sí es una casa de verdad… Con patio, cancha de fulbito y todo… Con sus dormitorios bien limpiecitos… Allá viven los que trabajan para el programa… Esa es la casa que le enseñan a las visitas.  Por supuesto que JAMÁS te van a creer que aquí las moscas te sacan los mojones del culo… Oye, me enteré que la desgraciada se trajo la idea de Italia… Allá los heroinómanos están tirados por las plazas y una mafia se los recoge, los mete en rehabilitación y cuando encuentran a los familiares los extorsionan. O, una vez que están limpios, los regresan a la calle a trabajar para ellos… Por eso tratan a los muchachos como a perros.  Si se les muere alguien no pasa nada…  ¿A quién le importa un drogadicto?… ¿Crees que le dicen hermana porque es monja?… ¡Esa también es una rehabilitada!…

 

Una madrugada, el flaco achinado decidió bajarme la soberbia de una vez por todas. Entre cuatro me levantaron de la cama a trompadas, me ataron de pies y manos, me metieron en un enorme costal y me llevaron a puntapiés hasta el centro del arenal.  Me estaban esperando sentados frente a una fogatas.

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

                           

-¡Terapéalo!… ¡Terapéalo!…

-¿O sea que tú eres el Gringuito? ¿Tú no sabes lo que les pasa a los mariconcitos que andan creyéndose más que la gente?… ¿Ah?

-¡Arrodíllate, mierda!…

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi señor!… ♫♫

                             

(Me arrojaban arena encima)

 

-Fumoncito eres, ¿no?… Ya te olvidaste cuando te prendías en el hueco y tu viejita te esperaba en la ventana, ¿ah?… 

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫   

                            

Me ardía la cara…  Tenía los ojos, los oídos y la boca llenos de arena…

                       

-¡Sicoséalo!… ¡Sicoséalo!…

-¡Ahora habla mal del programa pues, conchatumadre!

-¡Calatéalo!…

-¡Calatéalo!…

-¡Qué no se corra pues, huevón!…

-¡Sáquenle la mierda a ese cojudo!

-¿Qué le pasa al hermano que desprecia al programa?… ¿Qué le pasa, ah?… ¡No los veo carajo!…  ¡Más fuerte!  ¡Denle más duro!…

 

                               ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

 

(Ya no podía ver nada y  no sentía mis piernas porque tenía medio cuerpo enterrado en la arena)

                           

-¡Gringo de mierda!… ¿Te arrepientes, conchatumadre?… ¿No te da pena tu mamá?… ¡Habla, carajo!… ¿Te arrepientes?… ¡No te escucho!… ¡Más fuerte!… ¡Pídele perdón a Dios, carajo!… ¡Levántalo!… ¡Levántalo!… ¡Que coma caca hasta que reviente!…

          

                           ♫♫ Predica la palabra, insiste a tiempo a completo ♫♫

                                         ¡Cuerpo Celestial eternamente bendito!

                       ♫♫ Rebatiendo, amenazando y preocupado de enseñar ♫♫

                                                ¡Glorioso y Magnífico Maestro!

                        ♫♫ No insultes, sé pacífico y trata a todos con amabilidad ♫♫     

                                                     ¡Alabado Dios, Todopoderoso!

                        ♫♫ Sométete los jefes, a la autoridad y evita contradecirlos ♫♫

                                                    ¡Hágase Señor, sólo tu voluntad!

                               ♫♫ Éramos insensatos, rebeldes, descarriados ♫♫

                                                      ¡Bendito, nos liberaste!

                             ♫♫ Pervertido dechado de Janés y de Jambrés ♫♫

                                                    ¡Dios y Salvador, Cristo Jesús!

                             ♫♫ Esclavos del vicio, de la malicia y la envidia ♫♫

                                                     ¡Bendito, nos redimiste!   

                        ♫♫ Éramos dignos de odio y vivíamos odiándonos unos a otros ♫♫

                                                   ¡Aleluya nuestro Salvador!

                        ♫♫ Y nos llamaste para corregir al desobediente, al impío ♫♫

                                                        ¡Tú eres el creador!

                                  ♫♫ Tu dijiste enseña reprendiendo con autoridad ♫♫

                                                            ¡Tu palabra es la Vida!           

                                  ♫♫ Y al que no hiciera caso, que se condene a sí mismo ♫♫

                                                  ¡Hágase tu voluntad Señor! (*)

 

                                      

Mis verdugos se orinaban en mi cara y defecaban para alimentarme con la escoria… ¡Hasta improvisaron una danza frente a la hoguera!… Ya no me importaba nada, mi amor, ni comer caca, ni que me patearan o que me enterraran vivo… No quería ser un rehabilitado para convertirme en eso… ¡Ellos estaban sobrios!… Sin estimulantes… Lo peor de todo, mi amor, es que sabía que quizá no me iba a morir…   Ni bien abrí los ojos vi la cara de Mauricio. El bueno de Mauricio. Nuestra Florence Nightingale me estaba desenterrando con un cucharón.  Yo estaba sepultado hasta el cuello y tenía toda la cara embarrada de excremento.  Sentía aquél hedor impregnado en mis entrañas, el cuerpo destrozado a puntapiés y me dolía el vientre de haber vomitado tanto. 

 

-Esta vez se les fue la mano contigo, Gringo… Estos resentidos de mierda se ensañan con uno… Pero después de todo has tenido suerte… (susurrando) Una noche trajeron dos cadáveres y estos brutos los arrojaron al mar… ¡Imagínate!… ¿Qué culpa tenían los pobres de querer escaparse de este lugar maldito?…  Mejor que los dejen en la calle… Aquí los que no les pagan están desprotegidos.

-¡Pero si mi hija está pagando!…, -le respondí haciendo un gran esfuerzo.

-¿Y qué haces aquí?… Deberías estar en la casa de Cieneguilla…

-No lo sé, Mauricio, no lo sé…

-Seguro que ya no tienen sitio y te han metido en este lugar de mierda… Estafadores… Hijos de puta..

-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?… ¿No dices que tu familia tiene plata?

-No me creyeron… ¿No te digo?… Y ya se olvidaron de mí…  Además, nadie quería verme de nuevo por allá… ¿Comprendes? ¡Qué importa! Yo, papito, o me corto las venas allá afuera o me quedo en este infierno a morir lentamente…

-¡Si yo pudiera me escaparía de aquí, hermano!… ¿Qué  tengo que hacer?…

-De aquí nadie se escapa, Gringo… Pero he escuchado que en dos meses hay una convención de programas de rehabilitación en el Parque Salazar y van a llevar a los  más presentables…

-¿Miraflores?…

 

 

 



(*) Fragmentos extraídos de Las Cartas Pastorales a Timoteo y a Tito. Capítulos 2,3,4

Un nuevo Sol amaneció a la par del Dólar… (*)

 

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

 

… ¡Y lo hizo nomás!…… ¡Retrechero! Al final nos engañó a todos ¿Conque había que decirle NO a la receta del Fondo Monetario?  ¡Y con otro nombre nos aplicó exactamente lo mismo! ¡Lo peor fue que le creímos!  A ver ahora cómo lidiamos con la miseria… ¡La cagada!…

 

… El nuevo Sol amaneció a la par del dólar ¿Debemos estar contentos?… Tanto sacrificio que costó obtener la poquita plata que anoche guardamos en el cajoncito del velador para que hoy día no alcance ni para mierda… El mercado está cerrado porque los comerciantes no saben a qué precio vender las cosas ¡Nadie puede comprar nada!… Estos inmundos billetes – con los que hasta ayer me compraba una docena – me sirve sólo para comprar un pan… Y un pan malo, todavía… Pura levadura con sal y agua ¿A quién quieren engañar? Ninguna de estas bolsas ha salido de las panaderías del barrio… Ahora cualquiera vende pan… Hasta te venden pan en la ferretería… Como siempre, alguien le pasa la voz a los más sapos y se ganan… Con este cierra puertas de mierda el botín debe ser jugoso!… ¿Y nosotros qué?… ¿Mirones de palo?  La gente les compra por inercia, nomás…  Pero en el fondo los aborrecen por ingratos… 

 

… Están hablando que en un mes nivelarán los sueldos… ¿Y las pensiones? ¡Pshh!…   ¡Qué golpe bajo para la gente! Nos hemos quedado solos… ¡Ya no hay más inflación!… ¡¡Ra!! ¡¡Ra!! ¡¡Ra!!… Pero a partir de hoy tendremos que quintuplicar esfuerzos para  sobrevivir… Por desgracia somos el costo social en un cojudo cuadro estadístico… Yo soy la lacra sin nombre de las calles.  La generación quemada de este plan de gobierno plajeado  ¡Hay que hacer sacrificios, señor presidente!… ¡Aquí está el pecho de los más jodidos, el culo de los más cagados!… ¿En dónde está el suyo, el de sus ministros, el de la gente que tiene la sartén por el mango, que en este momento están desayunando en una mesa en donde hoy tampoco les falta nada?

 

Aquí en las calles nos sentimos castigados, defraudados, desmantelados y resentidos, mi querida Mónica… Dejados a nuestra propia suerte y sin futuro, mi estimado Guido…  Lo cual  es tremendamente injusto, señor Presidente, porque ya facturábamos una vida llena de privaciones   ¡Hoy soy inmensamente más pobre que ayer!… ¡Ahora sí que nunca podré nivelarme!  Menos con esta pensión miserable que quién sabe a cuánto se habrá reducido… ¿Habrá comido mi tía Antonia?… Tengo  que pasar a verla un ratito…

No tiene plata ni para tomar un micro hasta Miraflores… (*)

(*) Extracto de la novela  ”Paraíso de los Suicidas”

 

 Pero igual se va.  Caminando rapidito por la Pérez Araníbar. 

 

… No es tan lejos. De hecho que mi tío ya sabe en qué hospital está mi mamá… Ni loca cometo el error de llamar a mi abuelita para preguntarle por ella  porque seguro que el pesado de mi abuelo se me aparece por aquí… ¡Pucha, qué fastidiosos son los viejos!… Así que mejor me voy con mi tío Álvaro que es  recontra buena gente.

 

Cuando reconoció el auto de su padre viniendo en sentido contrario se puso blanca como un papel.  Casi a punto de desplomarse por el susto, se quedó paradita nomás, esperando lo peor.  Betto ni se dio cuenta y se siguió de largo.  Entonces, partió la carrera.  El Puericultorio se le hacía interminable…

 

… Alguien me va a ver en cualquier momento si no salgo de esta avenida de miércoles… 

 

Todavía resonaban en sus oídos las lisurotas que le gritó su papá en la mañana y no quería arriesgarse a que le hiciera una escena en la calle. 

 

… Qué roche que se ponga así delante de la gente… Ni que fuera una mocosa para que me esté amenazando con la correa… Ah, no. Si se me presenta aquí, agarro una piedra… 

 

Y se tranquilizaba constatando que había un  montón por todas partes.

 

… Total… Estoy frente al manicomio y digo que está loco y que es un drogadicto… 

 

El estómago le dio un vuelco de imaginarse lo que pudiera pasar. Se armó de valor y siguió corriendo, pero igual, se moría de miedo. Sofocada, con el maletín reventado de ropa, llegó por fin hasta  el Pueblo Joven Medalla Milagrosa.

 

… San Roque, san Roque, que tu perro no me toque… Detente animal feroz, primero es Dios que voz… San Francisco, que tu perro no me dé un mordisco… Por favor Diosito, que no me huela… Vete, vete a tu casa perrito flaco… ¡Púchica! ¿Porqué habrá tanto perro suelto en los Pueblos Jóvenes?… ¿Tendrán dueño?… Mi abuelito Humberto dice que este Pueblo Joven es uno de los más antiguos… ¿Qué tiene de joven?… Ya no deberían decirle así… Pero, ¿para qué, ah?… Comparado con otros, éste está súper bien parado… ¡Me encantan sus casas en bajadita!… ¡Y qué locos están los ladrillitos en la pista!… ¿Qué significará la lampa?… Hay una lampita grabada encima de cada adoquín.. ¿Mmm?… Se llaman adoquines, creo… ¡Qué loco!… ¿Y qué pensarán de esta barriada los pitucos de enfrente?… Seguro que de “aquisito nomás” sacan a sus muchachas… Estas señoras deben ser las amas, las cocineras y las lavanderas del vecindario… Y sus esposos los choferes y los jardineros… ¡Con razón sigue existiendo, pues!… Seguro que las señoronas de Aliaga, como la chinchosa de mi abuela Armenia, piensan que es una comodidad tener a su disposición toda esta cholería… La muy racista… O de repente son los que  les chorean hasta sus perros guardianes… No, tampoco, ¿ah?… Porque este sitio no parece maleado, si no fuera por la cantidad de perros  y de sapos, yo diría que es tranquilaso, ¿ah?… Apuesto que aquí es donde mi abuela y las otras viejas borrachas vienen  en Navidad para regalar sus vejeces…  ¡Claro! Así no tienen que subirse a los cerros y a las invasiones que hay en los arenales… Y después se pasan un mes seguido contándole al padre Román lo buenas que son… Mi abuelo dice que vienen a cambiar ropa vieja por trago nomás, porque se la pasan aceptando vasito tras vasito de cerveza a “los cholitos agradecidos”…  Por eso regresó en una pata el año pasado… ¡Viejas pendejas!… Pero lo que no saben es que ni bien les dan la espalda éstos se llevan toda su caridad para venderla en la “cachina” y en la puerta de la clínica Americana…  La gente no quiere que le regalen ropa vieja, lo que quieren es trabajo para tener plata y comprarse nueva… ¡Cómo cualquiera, pues!…  ¡Púchica, la enana pituca de mi abuela diría que estoy hablando como mis abuelitos… ¡Pero qué tal raza!… Deberían pagarles mejor a sus muchachas… No como la explotadora de la vieja Armenia, que tiene todo el día chambeando como esclava a la pobre Margarita… Por eso es que algunas terminan vaciándoles las casas a sus patronas como le pasó a la tía Miriam que nunca se dejó y les dijo su vida en colores a los rateros… Hasta intentó escapárseles y llegó hasta las escaleras pero los desgraciados la cachetearon horrible y la amarraron mejor a su silla… La pobre pataleaba de rabia viendo cómo su sirvienta, tremenda mal agradecida  y sus compinches, le robaban todo lo que había en la casa… ¡Con camión de mudanza y todo, oye!… Segurito que algunas viejas como mi abuela Armenia  se lo merecen pero no mi pobre tía tan bonita y tan buena gente… Si trataba a la Valentina como si fuera su ahijada y hasta se sentaba con ella a tomar lonche en el comedor para que le cuente de sus enamorados…  Mi abuela dice que por eso se le subieron los humos a la chola… No creo… Esa era una ratera de mierda, nomás… ¡Qué penita!… De hecho que mi abuela Armenia ya sabía que desde que abrieron la universidad de enfrente han convertido en cantinas y bodegas a las casitas más bonitas de por aquí… Recién computo lo que decía esa vieja borracha el año pasado… Es que ya había estado por aquí, pues… ¿Por qué será que cuando los cholos tienen plata al toque piensan en abrir una cantina?… ¡Claro!… ¡No va a ser!… ¡Con la cantidad de borrachos y malogrados que hay en todas partes debe ser buen negocio!… ¡Aj! El trago es una desgracia…  ¡Odio el alcohol! … Mi papá antes  no era así… Desde que toma tanto se ha vuelto horrible… Después sólo quiere estar jalando y fumando “esas cochinadas” con los malogrados de la esquina… Por eso está tan flaco y tan nervioso que parece un loco… ¡Me da miedo que un día se estrelle en su carro!… ¡Odio la pasta, la cocaína, las pastillas y hasta la goma Terokal, porque con eso se drogan los pirañitas en el parque!…  La gente está peor cada día y el barrio de mi abuela no se queda atrás… No hay un solo chico sano con quién una pueda conversar… ¡Hasta los pitucos son unos drogos!… Todos se están poniendo en algo… ¡Y cada día están más conchudos!… Hace tiempo que fumar marihuana es legal en la puerta del Portofino.  Ya ni les interesa que las señoras los vean… No, Dios me va a castigar por ser tan rajona y cuando sea mayor también me voy a volver borracha y pastelera… ¡¿Qué?!… ¡Ni Cojuda!  ¡En mi vida voy a fumar esa basura!… Ni me voy a casar con alguien que haga eso… Eso sí que no… Prefiero quedarme a vestir santos…

 

La pendiente de casitas inclinadas remataba en una glorieta, enanita, al borde de un maleconcito por donde se podía descender hasta la playa.

 

… ¡Pucha pero que lechera!… De aquí se puede llamar por teléfono… 

 

Se detuvo frente al servicio de cabinas telefónicas.

 

… Este pueblo joven es igualito que en provincias, con su servicio de cabinas de larga distancia y todo… Ojalá mi tío esté en su casa para que acepte la llamada por cobrar… Si no, qué penita… 

 

Detrás de las ventanillas, las operadoras conversaban relajadamente fumando cigarrillos y tomando café con leche. 

 

… Aquí sí que nadie me encuentra, ¿Ah?… ¿Quién va a imaginarse que estoy metida en un Pueblo Joven?… Claro, que es aquí en Magdalena, nomás… Pero estoy bastante lejos de mi casa para ser la primera vez…  Y si me da la gana, me voy a la playa… No, qué roche.  Sin ropa de baño, nada que ver…

 

El tío Álvaro era un solterón bien plantado, distinguido, que se afeminaba solamente cuando se sentía en confianza. Era alto, delgado, calvo y narizón y veía las cosas a través de su avanzada miopía. Era el tío preferido de Verónica porque era inteligente, agudo y simpático.  No representaba los cincuenta y tantos años que tenía encima por toda esa energía que irradiaba.  Se llevaba bien con todos… Menos con Betto. 

 

-Dile al antipático de tu padre que se vaya a freír monos  y vente a vivir conmigo, princesa, que para eso soy tu padrino… Yo también tengo derecho de ver por ti… Bien claro lo dijo el padrecito ese de los ojitos azules el día que te bautizaron… ¡Ay, pero tú qué te vas a acordar!… Eras tan chiquitita, mi amor… ¡Y tan linda!…

 

Le dijo adelantándose a los acontecimientos, mientras le alcanzaba una taza de café negro y la bañaba en perfume, cuando le entregaron la libreta de notas al fin del año y se tomó una botella de menta con las chicas de su salón… Claro, que ese mismo día se dio cuenta que no le hacía ninguna gracia beber.  Odiaba perder el control de las cosas pero, más que nada, odiaba llegar a parecerse a su papá…

 

Si en algo Álvaro coincidía con Vico, su cuñado, era que peor padre no le podía haber tocado a su ahijada.  Por eso volcaba sus sentimientos paternales en ella y, apasionado como era,  no podía evitar ver a su sobrina como la hija que hubiera deseado tener. Competía por su cariño abiertamente con Betto y se aparecía con los mejores regalos en los cumpleaños y en las navidades.  Desde que Betto decidió no comprarles más regalos a sus hijas, porque según él ya estaban muy grandes para esas cojudeces, fue el tío Álvaro quién se convirtió en  Papá Noel y llegaba a casa con los mejores presentes para las chicas.

 

-Es que ese maricón no tiene que mantener una familia… Así, ¿a quién no le sobra la plata, pues?… Además ese conchudo es bancario y seguro que todas esas cosas se las saca a los clientes… ¡Es un pendejo igual que todo el mundo!… ¡A mí me la va a hacer!… Se la viene a dar de buena gente el muy hipócrita… Ya lo conozco… Rosquete de mierda… 

 

En vano trataba Betto de eclipsar las atenciones que Álvaro tenía con sus hijas, porque sus comentarios jamás pudieron evitar que las chicas lo reciban con los brazos abiertos.

 

-Ese Betto es un desgraciado mal parido… A qué mala hora se metió con mi sobrina… Una chica de su casa, tan estudiosa y tan decente… – decía sentado junto a Vico dándole por su lado flaco.

-Ese cojudo es un maricón hijo de puta… -contestaba el viejo, imprudentísimo, como siempre.

-¡Ay, no!… ¡Pobrecitos!… Pero, ¿qué culpa tenemos los maricones?… ¿Qué te hemos hecho?… ¿Ah?… ¡Por favor no me compares con la bestia de tu yerno!…  -y le daba una fraterna palmadita de pierna. 

 

Vico ya no le contestaba más y ni bien podía se cambiaba de sitio. Siendo maestro, sentía la obligación de tener una respuesta para cada cosa y metía siempre su cucharón en dónde no lo llamaban. Pero Álvaro era el único que le bloqueaba el impulso

 

… Los afeminados han existido desde la antigüedad… Sucede hasta en las mejores familias… Así que debe ser normal también ser maricón… Y si a mi esposa le tocó uno en la familia… ¡qué se le va a hacer, pues!… Por mi parte, yo por la sombra nomás… 

 

Sin embargo, cada vez que lo veía, esquivaba su presencia como un adolescente inseguro.

 

Inés quería mucho a su tío pero, al igual que su padre, prefería no verlo con tanta frecuencia.  Después de sus visitas se sentía en la obligación de justificar sus amaneramientos a todo el vecindario.

 

-Lo que pasa señora es que como era el mayor mi abuelito lo engrió demasiado. Además, antiguamente a los varoncitos le ponían vestidos como si fueran mujercitas y como era tan bonito hasta le dejaban su pelito largo y todo… Así era antes, pues. Usted sabe… Pero él es buenísimo, ¿ah?… A mi hija Verónica la quiere mucho…  Es su padrino de bautizo y es un hombre muy piadoso también, ¿sabe usted?…

 

Cuando Álvaro llegaba de visita, Inés se ponía tensa e inquieta. Pero a pesar que se llevaban bien,  todavía se negaba a aceptar su homosexualidad. 

 

.. No, sé… Yo lo quiero mucho, es mi familia, pero a mí me parece que eso no es normal…  Me da pena porque debe sufrir agudos trastornos hormonales y psicológicos…  Debería hacerse un tratamiento, ¿no? ¡Cómo será!…

 

Cada vez que entraba a la Iglesia agradecía que Dios le haya dado sólo hijas y se estremecía al pensar que la homosexualidad pudiera transmitirse genéticamente.

 

… ¡Madera!… 

 

De niña, el tío Álvaro era la imagen de la juventud y de la modernidad.  Sentía una gran admiración por él, por su apostura y por su buen gusto.  Por mucho tiempo estuvo platónicamente enamorada de él.  Estaba al tanto de su vida social con verdadero fanatismo de adolescente, como si se tratara de una estrella de cine. Pero todo cambió un día en el tercero de media, cuando una de esas insidiosas, que no faltan en clase, le abrió los ojos con absoluto placer. La intrigante le contó que su tío se metía con los chicos del barrio en cierta casa de reputación dudosa cerca del malecón…

 

-Para hacer esas cosas… Tú sabes… 

-¿Qué cosas?… – , preguntó Inés con ingenuidad.

-Ay, no te hagas la tonta, oye… No me digas que no sabes que tu tío es maricón… ¡Si se le nota a leguas!… – recibió por toda respuesta. 

-¿Qué estás diciendo?… Que mi tío es… ¿qué… mal hablada?…, le contestó Inés con sincera indignación y a punto de llorar.

-Mi enamorado me ha contado que tu tío le ofreció plata para que se la deje tocar… 

 

Inés se quedó perpleja y nunca más quiso saber del asunto.  Mucho menos de su amiga.  Pasaron los años y si bien se acostumbró a la idea, jamás pudo olvidar aquel incidente  y cada vez que lo veía se le ponía la carne de gallina de imaginar a su tío solicitando los favores de un jovencito. En cambio, Sofía no veía absolutamente nada censurable en su entrañable hermano. Al contrario, como era su hermano pequeño, lo adoraba.

 

Álvaro empezó a trabajar desde muy jovencito como mensajero en el Banco Popular y tiempo después se convirtió en uno de los funcionarios más jóvenes.  Como la  golpeada economía nacional hizo quebrar al banco,  la Federación de Empleados Bancarios lo reubicó como sub-gerente del departamento de créditos en un banco que más tarde quebró porque el presidente del directorio se fugó al extranjero con todo el capital. Pero a Álvaro le habían pasado el dato con anticipación, así que,  él y un grupo de colegas presentaron sus renuncias oportunamente y recibieron una jugosa suma. 

 

-¡Qué suerte que tuvimos!… Porque a partir de entonces se desató una ola de despidos en bancos e instituciones públicas ¡Pobre gente!… Y para colmo, un par de añitos más tarde, el Alan García estatizó los bancos para controlar el movimiento financiero nacional ¡Ay, carijo, la que se armo!… El caos no tuvo precedentes  en la historia de la economía nacional y la inflación llegó a cifras realmente ridículas.  Y el resentimiento de los propietarios y de los  inversionistas… ¡Ni te imaginas, oye!…  Claro que al toque esa gente se la juró y pidió su cabeza en el acto… No se hablaba de otra cosa… Y olvídate, la ola de despidos fue todavía peor  ¡Qué pena, oye! Con eso se acabaron los buenos tiempos para los bancarios y ahora, como ves, es una ocupación tan mal pagada e inestable como cualquiera.  Chicos decentes y bien plantados con el dinero de su liquidación tuvieron que dedicarse a comprar y vender dólares por las esquinas entre los cambistas que lavaban dinero del narcotráfico… ¡Ay! De la que me salvé, ¿no?…  Con la plata que recibimos compramos el edificio de  Alcanfores… Que estaba medio ruinoso, ¿ah? Pero le metimos plata y lo convertimos en un moderno y bien equipado gimnasio con sauna, salón de masajes y peluquería y ahora hemos contratado unos chicos que dan clases de karate, yoga, aeróbicos y esgrima. ¡Ay, no!… Después de trabajar de narices en esas oficinas mal ventiladas del centro de Lima, atrapados en esos ternos todos tiesos… ¡Ay, no!… ¡Qué felicidad!…

 

Los decomisos ahuyentaron a los ambulantes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 Sólo Lalo insistía, oculto entre los árboles del parque Kennedy, marginal, igualito al Escopeta los fines de semana.  Usaba el cabello demasiado largo para pasar desapercibido, unos blue jeans que él mismo había roto por las rodillas, camiseta negra y  muñequeras de cuero. Ahora tenía que correrse no sólo de los municipales sino de la gente de APDAYC.  Sus días estaban contados…

 

-¡Qué chucha!  Yo me quito…  Ya me estoy cagando de hambre y de frío…

 

Caminaba toreando a la multitud que salía del cine Pacífico cuando el delicioso olor del café expreso lo alcanzó entre las mesas del Haití. No tenía ni un chico en el bolsillo. Pero ya no añoraba las buenas épocas de la Química. Tampoco quería recordar que alguna vez las chicas no se pasaban de largo, ignorándolo. Sabía que Marita lo quería pero sospechaba que terminaría abandonándolo.

 

-Con su pesimismo y su malhumor arruinaba los pocos momentos que pasábamos juntos.  Hace tiempo que había dejado de ir a la universidad y me engañaba diciéndome que estaba arreglando su traslado… Es que en San Marcos con tanta propaganda terrorista y tantos recesos ni siquiera completaba un ciclo por año  ¡No sé cómo lo soportabas, Lalito! Una vez quise escuchar una cátedra y no pudimos terminar porque fuimos interrumpidos varias veces por los simpatizantes del MRTA, de Sendero Luminoso y los partidos de izquierda radical… Algunos entraron con pasamontañas y todo, ¿ah?… Y seguro que en su casa los esperaban con su lonchecito caliente…  Lalo me contó que al final se la pasaban correteando a los profesores exigiendo o suplicando que les tomen otro examen sustitutorio… Y nadie los expulsaba, ¿ah?… ¡Pobre Lalo! Ahora entiendo por qué preferías ambulantear a quedarte pateando latas…  ¡Claro!… Era mejor que quedarse chupando en las cantinas que están en los alrededores de la universidad… Por eso me engañabas, ¿no?… ¡Te daba vergüenza reconocer que te habías equivocado!…

 

Ya no estaba cómodo en la pensión.  No sólo por la abierta hostilidad de don Alfonso, sino porque el ambiente había cambiado demasiado.  Maqui y Fernando dejaron los estudios y se regresaron a Chiclayo a vender carros en el negocio de la familia.  Junior se había llenado de hijos y levantó un primer piso en la invasión Antares, y Henry, se casó con una sueca que conoció en Sacsayhumán y se fue a  Europa.  El único conocido que le quedaba era el cholo Santos, que ya no hablaba con nadie porque todo el tiempo estaba estudiando, concentrado exclusivamente en terminar la secundaria en la nocturna, desde que el Kontiki se volcó en la puerta de la casa.  Una madrugada, mientras la gigantesca nave de junco era conducida en un remolcador hasta el puerto del Callao,  una de las amarras se soltó y el coloso fue a estrellarse justamente contra la pared de su cuarto.  Santos, que en ese momento soñaba que estaba buceando, lo tomó como una señal  y se convenció para siempre que su destino estaba en el mar.

 

-De pronto sentí la primera explosión… ¡La tierra tembló, hermano! Aún no me había recuperado, cuando otra detonación reventó las ventanas del edificio El Pacífico y los vidrios se vinieron abajo… ¡La gente se cortó, compadre! … Nos cagábamos del pánico… Un humo negro nos envolvió y empezamos a correr como locos… Por la avenida Larco era igualito… Nadie entendía lo que estaba pasando, compadre.  Un culo de gente sangraba por la nariz y por los oídos ¡Qué loco! Y los que se desplomaban eran pisoteados por la turba… ¡Compadre! A otros los atropellaban los conductores desorientados. Nadie se explicaba lo que estaba pasando… Hasta que un apagón la coronó… Ya no pudimos ver nada. Así que saqué mi pañuelo -porque me estaba sangrando la nariz- y corrí en dirección opuesta a la muchedumbre… ¡Ya no, ya!  Cuando llegué a la esquina con Tarata, compadre, me quedé petrificado… ¡Cuñadito! Un tremendo incendio estaba devorándose un multifamiliar… ¡Pobrecita la gente, compadre!… Hasta se tiraban por las ventanas… Todo era humo y polvo… Entonces, una buena parte del edificio se vino abajo pero el esqueleto siguió prendido…  El griterío de los heridos y de la gente reclamando a sus seres queridos venía de todas partes… ¡Te alocaban, cuñado!  La calle estaba llenecita de cuerpos tirados en el suelo ¡En mi vida pensé ver algo así! ¡Qué horrible, compadre!… ¡Me lloraban como mierda ojos!..  Pero lo peor era ese olor a carne quemada… ¡Era insoportable, mi hermano!…  Lo último que recuerdo, cuñadito, es el sonido de las sirenas y la luz de los helicópteros aterrizando entre el humo y la penumbra… ¡Nunca me olvidaré de esa vaina, compadre!… 

 

-¡Coche bomba! ¡Coche bomba!…

-¡Malditos! …

-¡Claudita!… ¿Dónde estás hijita?… ¡Contéstame, por favor!

-¡Mamá! ¡Mamá!…

-¡Desalmados!…  

-¡Esto no tiene nombre, señora!…

-¡Dios mío, todo se está incendiando!…

-¡Corran!…¡Va a explotar otra bomba!…

-¿Qué vamos a hacer?…

-¡Adónde vamos a vivir!…

-¡Todas nuestras cosas se están quemando, joven!…

-¡Ten piedad, Señor, no nos castigues así!…

-¿César? ¿Cesítar?…

-¡Mi pierna! ¡Mi pierna!… ¡Mamá, mi pierna! …

-¡Carmela! ¡Carmela!…

-¿Papá? ¿Señora, ha visto a mi papá?…

-¡Hijos de puta! ¿Porqué no dan la cara, desgraciados?…

-¡Una ambulancia! ¡Necesito una ambulancia!…

-¿Está muerto? ¡Mi papá! ¡Mi papito está muerto!…

-¡Mi mano! ¡No tengo mi mano!…

-¿Amor?… ¡Contéstame!

-¡Desgraciados! ¡Malditos!…

-¡Justicia, señor Presidente! ¡Queremos justicia!…

-¡Asesinos! ¡Asesinos!…

-Aquí está su piernita de mi hijita, señor…  ¡Llévenla ahorita al Casimiro Ulloa, por favor!…

-¡Resiste!… ¡Resiste, amorcito, ya vienen!…

-¡Mi hijita sólo tenía dos años!…

-¡Por favor, tranquilícense señora! Déjenos trabajar

-¡Estamos aquí para ayudarlos!…

-Ya le dije, señora, que no puede pasar…

-¡Tengo que entrar! ¡Usted no entiende! ¡Allí están mis cosas!…

-¡Aquí! ¡Por favor, aquí!… ¡Mi mamá se muere, señor!…

-¡Un coche bomba! ¡Ha sido un coche bomba!…

-¡Tranquilícese señorita que ya todo está bajo control!…

-¡Mi papá está solito arriba!…

-¡Que los maten! ¡Que los maten!…

-¡Terrucos de mierda!…

-¡Justicia, señor Presidente!…

-¡Pena de muerte para los terroristas!

-¿Qué va a ser de nosotros ahora?…

-¡Miren!… ¡Arriba todavía hay más gente!…

-¡Se están tirando!…

-¡Por favor!…  ¡Que alguien haga algo!…

¡Abran, flojonasas! ¿Hasta qué hora piensan dormir?… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”                                                        

 

 

-¡Mamama! Ahí está ese loco otra vez, ¿por qué tenemos que aguantarlo?…

-¡Por favor ábrele, Adrianita! ¡Apúrate, para que no siga gritando!

-Pero no es justo…

-¡Shhh!… ¡Cállate la boca y por favor abre la puerta! Ya sabes que se aparece por aquí todos los Domingos…

-¡Qué tal raza!

-¡Shhh! ¡Te he dicho!

-¡Sofía,  ábreme la puerta!…

-¡Ay, tío! ¿Qué escandaloso que eres, no?

-Tú abre nomás, mocosa…

-También que tú te desesperas por todo, tío…

-Ya quisiera verte en mi lugar, mocosa de mierda, con todas las preocupaciones que tengo en la cabeza… ¿Y mi café?… ¿Dónde está mi café?… ¡Carajo! ¿Es que en esta casa nunca se desayuna?

-¡Pero si son las siete!…

-¡Las cero setecientas en punto, por la puta madre, carajo mierda!… 

-¡Por Dios, José Luis, ¿no crees que es muy temprano para decir lisuras?

-Pero mi guapísima Sofía, si una lisura es lo primero que escucha un soldado cada mañana antes de sus oraciones… No te imaginas la cantidad de saludable energía que inyecta un buen carajo en ayunas…

-Si, pero no estamos en el ejército, tío…

-Lamentablemente, malcriada, porque buena falta te hace un  poco de disciplina…  ¿Cómo?… ¿No vas a  invitarme nada, Sofía?… ¿O también quieres que me largue como la metete de tu nieta?

-¡Ay tío! ¿Quién te está botando?

-Hazte la cojuda, mocosa… ¿Tú crees que me chupo el dedo?

 

Hace apenas cuatro años que el ejército lo había dado de baja pero a José Luis le parecía una eternidad. Un día nefasto se materializó su secreto deseo de dejar la milicia cuando se le escapó una bala en el interior de la vagina de su acompañante.  Estuvo encerrado cerca de un año en una de las prisiones más heladas del país pero el Estado igualito le concedió una jugosa pensión de retiro por sus años al servicio de la patria.  Mientras tanto, Juan Carlos había aprendido a manejar a la perfección las cosas en Lima y andaba por ahí sin levantar sospechas sobre el origen de su riqueza.  Ni bien la infeliz prostituta logró salir del coma se le veía bajando por la calle principal pidiendo limosna desde el amanecer,  mutilada, arrastrándose en su carro patín. 

 

Cumplida su condena, se preparaba para tomar el autobús para Arequipa cuando alguien tocó la puerta del cuarto del hotelucho en dónde se hospedaba.

 

-¡Abre, papay! ¡Abre puerta, Rojito! Para que lleves a Lima hemos traído un regalo…

-¡Váyanse a la concha de su madre, serranos de mierda!

 

Cerca de las once de la noche, habiendo abordado a tiempo el autobús, un par de emponchados lo interceptaron y a trompadas lo bajaron del vehículo. A vista y paciencia de los sorprendidos pasajeros que se encontraban en la agencia Cruz del Sur, uno de los paisanos sacó un enorme machete que tenía escondido debajo del poncho y de un golpe eficaz  le amputó brutalmente la mano izquierda.

 

-¡Esto es por la Sonia, maldito pishtaco!…

 

Fue trasladado de emergencia a Lima en un avión del ejército y lo internaron en el hospital Militar. Después de dos largos años de terapia, su psiquiatra lo dio de alta. José Luis se despidió de sus compañeros de pabellón, articulando con extraordinaria habilidad cada dedo de su ligera mano de titanio, que desde entonces lleva cubierta por un tenebroso guante de cuero negro.

 

Decidió mudarse a San Antonio, muy cerca de la casa de su hermano y de los Galarreta. Cada día visitaba a la familia exigiendo desayuno, almuerzo y comida.   Pero ni para sentarse a la mesa se quitaba los lentes oscuros, ni la corbata, ni el prendedor de oro lleno de cadenitas o los enormes gemelos que hacían resaltar su poderosa mano negra. Jamás informaba a nadie adónde iba, pero a pesar de su esfuerzo por ser impredecible, sus salidas siempre terminaban en el hipódromo o en la taberna Queirolo. Juan Carlos se encargaba de recogerlo,  borracho hasta las patas, lo acostaba y lo escuchaba lamentarse de su suerte hasta la madrugada.

 

Juan Carlos era la cara del negocio y se había convertido en uno de esos tipos que aparentan lo que no son. Tenía importantes conexiones políticas que le permitían trabajar con soltura.  Tuvo que ser admitido en los círculos más estrechos donde se encargaron  de inventarle méritos,  lo adularon  y hasta lo condecoraron como filántropo.  La presencia de su hermano le resultaba indecorosa pero – a pesar de la insistencia de toda la familia -  se negaba a internarlo en una casa de reposo, lo que habría evitado el martirio al que tuvo sometidas a su esposa y a sus dos hijas, que terminaron huyendo a los Estados Unidos sin dejar rastro.  José Luis era tan peligroso como una molotov en una escuela primaria y era una amenaza para la imagen pública de su hermano. Por eso se ensañaba en sus excesos y se divertía experimentando con la tolerancia de los demás.

 

La situación económica de los Galarreta mejoró notablemente. Cada tarde, después del trabajo, Vico se sentaba en la puerta de su casa, se fumaba un cigarrillo viendo los carros pasar por la Benavides y se felicitaba de su suerte. 

 

… ¡Ah!…Parece mentira que esté abriendo mi propio garaje con control remoto…

 

Pero por alguna razón terminaba acordándose con nostalgia de su vida en la casa de San Miguel. Sofía tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su nieta y esa vida era demasiado monótona para su temperamento.  El fracaso del primer matrimonio de Inés la afectó particularmente a ella, que se seguía culpando por el curso que tomaron las cosas. Ahora que había tanto que decir, tenía que callar por el bien de su hija. Apretaba su rosario y se consolaba pensando que Dios no iba a juzgarla por el pecado de otros. Estaba demasiado delgada y demacrada para que se diga que disfrutaba de la vida y en su mirada sombría se podía adivinar un padecimiento mortal.

 

“¡Por la chucha su madre, carajo!”… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no? – gritó el Gallina con su voz de hojalata y los ojos fuera de órbita. 

 

Estaba agachadito como siempre, en la puerta del callejón, traficando su huevada y fumándose tranquilo un tabaco de la suya… Haciendo tiempo… Resignado a que ese bulto monstruoso que tenía en el cuello – y que camuflaba con un pañuelo grasiento – acabara con su maldita existencia antes que la policía lo reingrese en Lurigancho.

 

-¡Compadre… Pero si está nuevecita!

-Mejor haz caso y bórrate de una vez, Colorado… El hombre te está hablando de buenas maneras, le dijo el negro Blancanieves – que lo manyaba del cole – tirando un gargajo parduzco contra la pared.

-Compadre… Esta licuadora tiene doce velocidades…

-¿Qué mierda me palabreas a mí, sonsonazo? ¿Ah, pavazo? – Se achoró el Gallina incorporándose ágilmente y de un empujón lo arrinconó contra la inmunda pared del callejón.  Después de acercarle el anillo con su enorme calavera a la cara, lo amenazó por última vez: -¡Sácate de aquí, concha tu madre, si no quieres que te abolle ahorita mismo!…

-¡Oye, Colorado! – le pasó la voz el Mostrovelo desde la vereda del frente y Betto cruzó corriendo con la licuadora de su mamá camuflada en una bolsa.

 

El negro estaba vendiendo su merca sentado al borde de la pista y se iba tomando una cerveza al tiempo mientras aguardaba que los angustiados comenzaran a caer por el hueco.

-¿Habla, cuánto me das? – articuló apenas Betto.

-¿Yo? Ni mierda, Colorado…

-¿Entonces?

-Mira causa, porque me caes bien y porque lo manyas a mi tío te voy a pasar el dato… Métete a la huaca, sigue de frente por el corralón hasta el primer caño y en la segunda entrada doblas a la derecha hasta llegar a la barraca número doce. Es la única casa que está pintada de celeste… Toca fuerte nomás y pregunta por Olga… Es mi síster… Enséñale la barca y dile que vas de mi parte.

-¿Crees que la quiera, compadre?

-¿Cómo chucha voy a saber yo eso, huevonaso? ¿No te estoy diciendo que vayas y le preguntes?  Eso sí cojudo, ¿ah? Si te la cambia ya sabes cómo es…

-¡Puta, claro pues, compadre!

 

Era cerca del medio día pero aquí parecía que jamás hubiera vuelto a amanecer. A solas o en pequeños grupos, los viciosos envueltos en nubes de humo ya ni se tomaban la molestia de disimular.

 

-El vicio es cosa seria, hermano… -, le dijo uno de ellos corriéndole un tabaco. 

 

En el acto,  se vio rodeado de un montón de miserables que recogían los puchos del suelo y se los terminaban con desesperación. Otros, se conformaban con lamer los quetes vacíos que el viento movía de aquí para allá. Un par de enormes perros chuscos que se estaban quedando afónicos de tanto ladrar le salieron al encuentro y Betto les tiró una piedra haciendo que los sarnosos se alejaran aullando con el rabo entre las patas. Se detuvo delante de una construcción rudimentaria hecha con tablones y latón pintados de celeste.  El número doce trazado con tiza verde ya ni se notaba sobre el marco de una puerta hecha perezosamente irregular. A través de las paredes llenas de rendijas,  el aire se filtraba como si nada y por algunas hasta se podía ver adentro.

 

                      ♫♫ Hoy es mi aniversario… Hoy es el día de mi aniversario.. ♫♫

 

Escuchó al ronco Gámez a todo volumen cuando se animó a tocar la puerta…

 

(RADIO) “… ¡Este sábado todos al Parque Fátima con el grupo Caracol!”… 

 

-¡Puta madre!… Creo que no hay nadie – y pegó el ojo en una abertura.

 

Un par de rayos de luz se filtraron por las rendijas del techo iluminando la desnudez de una mulata que se frotaba las piernas con un trapo parada en una despostillada tina enlozada.  Betto se quedó quieto, espiándola un buen rato, hasta que lo delató el ladrido enfurecido de un perrito chihuahueño.

 

-¿Quién anda ahí, carajo? – preguntó la negra bajando el volumen de la radio y se echó la bata encima.

-Yo…

-¿Y quién es yo?

-Vengo de parte de Mostrovelo, flaca…

-Ah, ya.. Un ratito que ahorita salgo… ¡Shhh! ¡Cállate, Pancho! Pesado eres, ¿no?

 

La zamba abrió la puerta descalza, greñuda y envuelta en su percudida bata rosada y lo primero que hizo fue clavar la mirada en la bolsa.  Después, con las dos manos en la cintura, lo examinó rápidamente de pies a cabeza y dejó asomar coquetamente una piernota.

 

-Me dijo Mostrovelo que te trajera la licuadora…

-¡Pasa! No te quedes ahí afuera, flaquito…  La zamba se apoderó al toque de la bolsa y después de examinar en su interior le dijo rápidamente- ¿Cuánto quieres, flaquito? – y lo volvió a barrer con sus ojillos amarillentos y trasnochados.

-Tiene doce velocidades y la hemos usado bien poco…

-Habla pues, ¿cuánto quieres? – repitió impacientándose y se le abrió un poco más la  bata.

-Dame veinte…

-¿Tas loco? ¡Mejor me compro una nueva! 

 

Le devolvió el artefacto dándole la espalda y se alejó meneándole las caderas, mientras levantaba una mano extendida.

 

-Te doy cinco, si quieres… A la franca flaquito, no la necesito  ¿Qué mierda voy a licuar? ¿Tabaco?…

 

Sacó un calcetín rojo que escondía debajo del catre, contó cinco paquetitos y se los dio.

 

-No le estés diciendo a nadie afuera cuánto te di, ¿ah?…

-Yo no le hablo a nadie, flaca…

-¡Espérate! No salgas por la reja.  Sigue de largo bordeando el muro y vete por el mercadito… Por ahí siempre está tranquilo – y metiendo la bemba se despidió – chau, si puedes consígueme una tele, flaquito… Por eso sí que te doy bien…

 

En casi tres meses Betto chocó con todo lo que había en su habitación. Sus ternos, sus zapatos, sus corbatas y sus camisas desaparecieron en una sola noche de angustia y cuando ya no quedó nada suyo para vender, como era de esperarse, empezó a robar en la casa. Desde su viejo sillón, encanecido – y pálido hasta la transparencia -, don Humberto observaba el saqueo en silencio.

 

Todavía conservaba el carro -que tenía parado sobre cuatro ladrillos junto al manicomio- y donde pasaba las noches fumando y durante el día dormía la mona.  Los vecinos a cada rato llamaban al Serenazgo porque la carcocha le daba mal aspecto al vecindario y hubieran querido que lo metan preso por haber traído abajo al par de ancianos.

 

Doña Armenia vivía muerta de vergüenza  y tenía que andar día y noche con la llave del joyero prendida del cuello.  Cada vez que su hijo se le acercaba temblaba de miedo. Pero a Betto no le hizo falta la llave para llevarse el pequeño tesoro de su madre.  Cortó definitivamente con todas sus amistades para que nadie la compadeciera y no volvió a salir ni siquiera a comprar a la bodega de la esquina.  Una mañana, mientras tomaba una ducha, Betto se llevó el único televisor que había en la casa.  Don Humberto suplicó en vano. 

 

-¡Maldito, desgraciado, mal hijo!… ¡Dios te va a castigar!… -, gritaba la pobre vieja por la ventana del segundo piso.

 

-¡Olga! ¡Olga! ¡Olga, soy yo!

-¡No pasa nada!…

-¡Abre pues, Olguita!

-¡No pasa nada, te he dicho!

-¡Ya pues, Olguita!… Tengo la tele que me encargaste… ¡Abre, pues, no seas malita!

-¡Ah!… Eres tú… ¡Pasa rápido, flaquito! – contestó abriendo un poco la puerta y todo el olor a pasta del interior se escapó por la grieta- Pensé que eras otra persona.  Franco, franco, que no tengo nada – dijo mordiendo su tola.

-¡Puta! ¿Y ahora qué hago?

-Ponlo aquí… – dijo ella señalando con la punta del pie hacia el rincón donde Pancho dormitaba un poco alterado por la presencia del extraño- Es de diecinueve pulgadas, ¿no?

-¡Puta madre, Olguita! ¿Y ahora?

-Hay que esperar nomás, flaquito… – y le corrió la tola – Estoy con esta palta desde la seis de la mañana…  Pero todavía me queda una caleta para mi consumo…

-¡Puta madre! ¿Y como cuánto se demorarán?

-No te preocupes, gringuito, que ya no creo que se demoren más… – se sacó un  billete arrugado del entre seno y se lo alcanzó – Anda, cómprate una cajetilla de latinos y una botella de anisado.

-¿Dónde? ¿Afuera?

-No, pues. Aquí al lado en el dieciséis… Tócale la ventana a la tía y dile que vas de mi parte porque si no la negra esa no te vende. Voy a dejarte la puerta junta pero no te demores, ¿ya?

 

Sentados uno frente al otro fumaron apenas sin hablar durante horas. A cada nada, Olga se paraba inquieta detrás de la puerta y se quedaba escuchando la conversación de la gente de afuera, mientras que Betto se armaba otra tola  y bebía a pico de botella.  La caleta se acabó como a las cuatro de la tarde y Betto comenzaba a desesperarse porque la merca no llegaba.

 

-¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?

-Descansar… – le contestó ella sin dejar de mirar por la rendija.

-¿Descansar?

-Sí, estoy muerta. Hace días que no duermo bien y ahorita todo el cansancio se me ha venido encima.

-¿Y la merca?

-¡Qué mierda habrá pasado!  Pero eso de todas maneras llega, ¿ah?… Regresa, pues, o llévate la tele si quieres.  No me importa.  Me siento hasta las huevas – y se tumbó en el catre.

 

Betto estaba borracho y ya empezaba a olvidarse adónde estaba cuando se prendió el último tabaco y se acabó el anisado de un tranco. Olga se había quedado dormida y balbuceaba algo de vez en cuando.  Tenía unos treitaitantos y aunque estaba un poco desgastada conservaba todavía firmes las carnes. Viéndola acostada de lado con el cuerpo cubierto por un ralo percal de golpe le pareció que estaba de nuevo en la fétida habitación donde tuvo su primera relación sexual.  Esa vez tampoco pudo decir que no.

 

… Me moría de ganas ¡Claro! Pero también de vergüenza y con mi viejo al lado no iba a ser lo mismo ¿Y si no se me para?…  Con angustia veía pasar los letreros luminosos de la Carretera Central…  ¿Qué tal si la tengo muy chica y la puta se burla? ¿Y si me pregunta por qué todavía no tengo pendejos?…

 

-Toma cincuenta soles y tírate un par de polvos… Te dejo porque la mía ya está desocupada…

 

… ¿Cuánto cobras, mamacita? ¿Y sale con chupada?…  Ensayé como un huevón todo el camino y delante de ellas no me salió ni una palabra… ¡Carajo!…

 

-Papito rico, yo te hago de todo…

-Ven para comerte, chibolo…

-Acércate papacito, no seas tímido…

 

… Y otra vez las mismas caras, las mismas gordas y las mismas preguntas y yo, sin poder decir nada… ¿Por qué será que las putas son igualitas a las señoras? ¿Cómo le pregunto a una ama de casa si quiere cachar conmigo?… ¡Hasta que apareció!  ¿Será la misma? ¡No, ni cagando! Pero es igualita… Las mismas piernotas, las mismas nalgazas…

 

-Acuéstate tranquilo nomás, flaquito…

 

… ¿Cuánto cobras?…

-Si es tu primera vez chiquillo, te dejo el segundo gratis…

… ¿Con chupada?…

 -Por trenita Soles, sale con todo, chiquillo…

-Por cincuenta, me haces lo que quieras, papacito…

 

… Las mismas tetas… ¡Qué tal culo, carajo! 

 

-Ay,  ¿qué estás haciendo?…

-Un ratito nomás, mamacita… Abre las piernas no seas malita… Mientras llega la merca nomás, ¿ya?…

 

-Bájate el pantalón, chiquillo…, primero te la tengo que lavar pa’ ver si estás quemado… Cuando se aprieta así y no sale pus por la cabeza estás sanito… Ponte el condón y échate en la cama para chupártela…

 

…¡Ni siquiera le pude ver bien la chucha, carajo!

 

-Sigue, así flaquito… Así, así que rico… No pares…

 

… ¡Mamacita! ¡Mamacita!…

 

-¿Cómo te van a doler los huevos, cojudo?…

-Es que no terminé, papá…

-¿Cómo que no terminaste?…

-Cuando la iba a dar, le apreté las tetas y le saqué carca del pecho y se me bajó todo, papá…

-No seas cojudo, hijo, este es el Cinco y Medio… Aquí están las mejores putas de Lima y sobre todo las más limpias…

 

-¿Qué te pasó flaquito? ¿Por qué no terminaste? Ven, abrázame, que nos despierte el de la merca cuando toque la puerta… Duérmete, descansa, flaquito…

 

Desde entonces, Betto se quedó a vivir en la huaca y Olga le mantenía el vicio.  Y cuando los del barrio se acostumbraron a verlo se puso a vender quetes  con confianza porque el Mostrovelo y el Blancanieves lo cuidaban como a uno de la familia.

 

 

Su vieja habitación estaba igualita que antes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

La cortina de baño con las banderitas de las carreras de Montecarlo que hacía juego con la alfombra, la tapa del inodoro, la jabonera y el porta cepillos de plástico.  Todavía estaban sus deslucidos trofeos de natación del ADECORE, del Inter-Escolar y del Panamericano en una repisa frente a la cama y del otro lado de la habitación, sujetos a la pared con unos chinches, estaban los nueve banderines marchitos del Champagnat y aquél otro todo garabateado y de fabricación barata que le dieron en el colegio del loco Pita.  Cerró los ojos, se sintió transportado de regreso al pasado y deseó con todas sus fuerzas que sólo fuera una pesadilla.  Pero su reflejo envejecido y desaliñado en el espejo lo devolvió a la realidad. 

 

… ¡Por las huevas tanta medalla! ¡Por las huevas la promoción, carajo!… ¡Aparentar!… ¡Aparentar!… ¡Para qué mierda tanta vaina si ni siquiera pudieron comprarme una tabla!…  ¿Ah?… A las finales, ¿de qué sirvió todo?… ¡Curas malditos! Me expulsaron por lo  que le pasó a mi viejo  ¡Cómo si nadie se hubiera dado cuenta que en la asociación de padres de familia andaban rajando!…  ¡Todo el colegio hablaba de esa huevada! ¡Y ni siquiera pude defenderme, carajo!  ¡Qué vergüenza! Todo el mundo se enteró que a mi papá lo metieron preso… ¡Sobones!  Y a los Zolezzi no los botaron porque tenían billete… ¡Semejante narcaso que era su viejo, carajo! ¡Y yo no hice nada! ¡Yo no hice nada, vieja! ¡Te lo juro!… Fueron ellos los que se prendieron el troncho… ¡Qué injusticia, mamá! A mí nomás me expulsaron y casi todo el salón estaba fumando… ¡Desgraciados de mierda! Me hicieron un certificado tan rochoso que ni el loco Pita quería aceptarme en esa jaula de maleantes en la que terminé la media, mamá… ¿Te acuerdas?… Me dejé expulsar como un huevonazo y no delaté a nadie, mamá… ¡Qué cojudo! ¡Y mis patas de toda la vida ni siquiera abrieron la boca! ¡Nadie tuvo mis huevos!… ¡Curas malditos! Me tenían bronca, mamá, desde cuarto de media… Desde el día que se enteraron que mi papá no iba a pagarme el viaje de promoción… ¡¡Por eso me sentenciaron en la asociación de padres de familia!!… Y  esos conchesumadres les prohibieron a sus hijos que se junten conmigo… Nunca te lo dije y yo fingía que no me interesaba… ¡Pero me dolió mucho, mamá!… En cambio,  Potón, tú sí que fuiste un buen amigo… ¡Dejaste atrás a los patas que conocías desde la primaria y te fuiste conmigo al Cueto! ¡Eso fue muy noble de tu parte Potón! ¿Qué será de tu vida, desgraciado?…

 

Junto a la ventana encontró el carboncillo de Robin Hood que él mismo había enmarcado.  Allí estaba. Trepado entre las ramas de un árbol,  listo para disparar  con su arco.

 

… ¡Qué bacán!… – y lo descolgó -  Este sí qué me quedó bien… Parece mentira que yo lo haya dibujado ¿Por qué no seguí dibujando? Es que la cojuda de mi vieja pensaba que me iba a volver cabro si me matriculaban en Bellas Artes… Pero a Rodrigo, que no sabía ni rayar, sí lo metieron a estudiar dibujo  ¡Ay, Rodrigo!  Cuando te diste cuenta que yo dibujaba mejor que tú,  me contestaste con cólera que tu papá te había dicho que a dibujar también se aprende y que ya te habían matriculado para estudiar artes plásticas… Me lo dijiste con tal convencimiento, huevón, que para siempre me hiciste dudar si vale la pena nacer con talento… ¿Puedes creer eso, cojudo?  ¿Qué huevón, ¿no?  Y cuando terminaste la secundaria en Rusia regresaste creyéndote un pintor… Hasta habías expuesto tus cuadros en Checoslovaquia y todo.  Eso fue lo que me contó tu hermano, que resultó siendo mejor amigo que tú…  ¿Pero por qué, maldito de mierda, el día que te fui a visitar ni siquiera me quisiste hablar?  Y claro, tus pinturas me cagaron y te di la razón por ignorarme… Puta, tú sí que habías aprovechado el tiempo, cojudo… ¡Me cagaste otra vez! ¿Sabes? El dibujante del salón siempre había sido yo pero ahora tú hacías los cuadros… Me dolió en el alma que no quisieras verme… Me alegró tanto que hayas vuelto que hasta tomé dos micros para llegar más rápido a San Isidro… ¡Y no quisiste recibirme!… ¡Hasta ahora no se me pasa, carajo! Me miraste de lejos mientras tu sirvienta me señalaba con el dedo y te hiciste el loco y no quisiste acercarte, huevón… Eso sí, déjame decirte que estabas horrible. Parecías un bolchevique en huelga de hambre… Después, te metiste un clavado en tu piscina, dónde años atrás habíamos pasado inolvidables momentos y te quedaste braceando mediocremente delante de mí,  que siempre te saqué la mierda en natación… De hecho que podías escuchar cómo tu hermano, genuinamente orgulloso,  amable y compasivo, me enseñaba tus cuadros y trataba de explicarme por qué te negabas a hablar con un tipo tan alienado como yo… ¿Creíste que por tu exposición en Checoslovaquia ya eras lo máximo, cojudo?… Seguro que sí. Y también por eso me despreciabas… Yo era un alienado y tú de izquierda.  Pero ahora te lo agradezco, huevón, porque hasta entonces no sabía que existían pitucos comunistas que viven en casa con sirvientas, piscina, un volvo y dos mercedes…

 

Colgó como sea su media docena de ternos en el estrecho ropero infantil y escondió toda la papelería debajo de la cama.

 

… Qué viejo está mi papá ¿Estará enfermo?… Mi mamá no ha querido salir de su cuarto ¿Estará molesta conmigo?  No creo, seguro que tiene dolor de cabeza…

 

-Betto, Betto, ¿hijo, estás despierto?

-Sí, papá, me estoy cambiando…

-Ven a tomar una sopita caliente, hijo…

-Gracias, viejo, ya bajo… – contestó sin abrir la puerta y al toque se levantó de la cama.

 

Un pequeño papel voló a sus pies y cuando se agachó para recogerlo dispuesto a tirarlo al inodoro algo familiar lo detuvo en el acto.   Reconoció la letra de Inés y empezó a leer:

 

                               

                                “Amor perdóname por portarme así de cargosa,

                                 pero a mí me gusta conversar las cosas contigo.

                                 Yo sé que ese no era el momento para hacerlo y

                                 discúlpame por haberme puesto así…

 

                                 Entiendo que debemos hablar de lo que nos

                                 gusta y también de lo que no nos gusta, ya que

                                 prácticamente, estamos como empezando

                                de nuevo. Y hay ciertas cosas, mi amor, que se nos

                                están olvidando…

 

                                Por ejemplo, lo que acaba de pasar. Ya sé que no

                                debo molestarte cuando estás tomado. Ahora ya

                                lo sé y perdóname pero quiero que recuerdes que

                                te amo y te adoro de todo corazón y entiéndeme,

                                tú también a mí…

 

                                Espero mi amor que recapacites y te des cuenta que

                                hiciste muy mal. Sobre todo porque las chicas te estaban

                                mirando. Betto, así sientas que tengas motivos, por

                                favor no vuelvas a levantarme la mano…

 

                                                                                   Te adora tu esposa,

                                                                                    Inés…”

 

 

 

-Es normal que sufras…  Es tu esposa y la madre de tus hijas…

-Ya no me quiere, papá…

-Eso es por ahora… Pronto van a cambiar las cosas, tienes que tener paciencia… ¿Ya fuiste a verla?

-Es que no sé cómo explicarle lo que pasó en el trabajo…

-Dile la verdad…

-Es que tú no entiendes… Nunca voy a poder conseguir otro trabajo igual…

-Ya verás que sí, hijo. Lo más importante ahora es que hables con tu mujer.  Anda visita a esa pobre muchacha que está sola extrañándote en la cama de un hospital.  Ella necesita de todo tu apoyo ahora.

-Ya lo sé papá.  Mañana mismo voy a ir a verla pero no puedo evitar que me siga doliendo haber perdido mi chamba. Yo estaba muy bien visto allí…

-Estate tranquilo, hijo, que lo que hoy parece no tener solución, mañana te va a parecer una tontería.  Siempre es así… Te lo dice este viejo…  Tú eres un buen vendedor y tienes experiencia en lo tuyo. No te desanimes…

-¡Tú no entiendes, papá!

-Papito lindo, yo no sé las razones por las que te han despedido ni tampoco me interesa saberlas.  Para mí eso ya pasó.  Tú más que nadie sabes cuánto te puedo entender… ¿O no? ¿Te acuerdas que en el setentaidos me sacaron de la casa y me llevaron preso?

-Si me acuerdo, papá…

-Yo nunca te hablé de esto porque tu mamá no quiso… Sin ir muy lejos, creo que  ahorita mismo me mata si sabe que lo estoy haciendo… Mira, después que me jodieron con la tienda entré a trabajar en esta compañía y como después de un año agarré dinero de una factura… Fue para pagar unas letras atrasadas de la casa, nomás… Te juro que siempre pensé en devolver la plata…  Pero me ganó el tiempo y el desgraciado de mi jefe, a pesar que me conocía bien, no quiso esperarme ni dos días y me denunció a la PIP como si fuera un delincuente…  Tú ya sabes lo demás… O me iba a la cárcel o nos quitaban la casa… Y tu pobre madre, imagínate pues…

-Yo nunca tuve claro lo que pasó, papá…

-Te lo cuento para que veas que de todas salimos… Dieciséis meses en la cárcel  bastaron para entender mi error… ¡Pobrecita tu mamá! Tú no sabes cómo sufrió ella con todo eso… Vivir es difícil y es doloroso, hijo.  Uno puede cometer locuras por conseguir lo que uno quiere… 

 

 

 

(ALTAVOZ)  “Mi compromiso es con todos los peruanos, con los más pobres, con los más necesitados…”

 

Llegaba estridente la voz grabada del candidato presidencial por el APRA desde la Casa del Pueblo.

 

-¡Pinga pelada, cholos de mierda! – gritó Betto haciendo pichulones con los dedos en dirección al local de ese partido.

 

En el Hospital Loayza, decenas de mujeres formaban una larga cola frente a los consultorios externos. El ambiente estaba impregnado de un irrespirable olor a creso que venía de los pisos recién trapeados pero cada vez que se abrían las puertas de los baños, la corriente de aire devolvía el hedor a orines por todas partes.  Después de haber atravesado enormes grupos de señoras que lo miraban como a bicho raro, revisó una por una las camas, con insolencia y sin dirigirle la palabra a nadie.  Pero no pudo encontrar a Inés.

 

-¡Puta madre! ¿Y si está en otro pabellón? ¡Ni cagando me la voy a pasar revisando, pabellón por pabellón!… ¡Cuándo no! ¡Estas! Ni siquiera saben dar bien la información… Me voy, carajo.  Que no se diga después que no lo intenté.

 

Ya se estaba yendo cuando la vio. Venía caminando despacito, con una mano en la herida y flanqueada por dos pacientes.  Se quedó perpleja al verlo y las demás, intuyendo de quién se trataba, cambiaron inmediatamente de semblante y se hicieron a un lado.

 

-¡Pero qué sorpresa!

-¿Qué haces con esas cholas?  

-¡Shhh!… ¡Cállate!  Pobrecitas… Una de ellas está muy mal…

-No me interesa.

-No seas malo…

-Ah…  Ya veo que tú también te dejaste convencer… – le dijo poniéndose más serio y le señaló el latón que Inés tenía prendido en el camisón.

-“Alan Perú”… ¿Qué tiene de malo? – preguntó ella.

-Una semanita en el Loayza y terminaste de cholearte por completo…  Seguro que ni cuenta te has dado.

-¡Mira, hijito! Si has venido en ese plan mejor hazte un favor y vete.  Todavía no estoy bien, ¿sabes? Se me han salido un par de puntos y no pienso soportar tus necedades.

-¿Cómo no se te van a salir los puntos si estás todo el día paseándote con esas serranas?

-¡Sal de aquí! ¿Tú qué sabes?

-Ah, ¿sí?… Cómo tú quieras… Yo venía con el alma tranquila a saber cómo estabas y como siempre tú la malogras.  Bueno, si ya no quieres verme, me voy…

-Betto, conmigo déjate de agresividades.  Para saber cómo estoy sólo necesitas preguntármelo  y si estuvieras consciente de mi estado no me harías pasar por este disgusto.

-Es que vengo y no te encuentro… Como un cojudo, tengo que estar buscándote entre esas camas pezuñentas…

-Esa no es mi culpa y no estoy paseando.  Venimos de hacernos un chequeo.

-Ya te dije que esas no me interesan…

-Pero a mí sí. Y tú también me interesas ¿Crees que estos días he podido dormir tranquila? En lugar de estar pensando en mí la he pasado preocupada preguntándome si has comido, si has dormido, si tienes ropa limpia, si te levantas temprano para ir al trabajo… ¡Estás flaquito!… Adriana te reclama como no tienes idea y mi mamá ya no sabe qué decirle…  Por favor, ve a ver a tus hijas… ¿Todavía harías algo por mí?…

-Tu sabes cómo me molesta que le hables a cualquiera, sobre todo a esa gentuza horrible…

-Ah, ¿sí?… Hablando de pintas horribles, un tipo espantoso me ha dicho en la calle que es tu amigo y que mientras él ande por allí,  ni a mí ni a tus hijas nos va a pasar nada…

-¿¿Qué?? ¿Quién te ha dicho eso?

-¡Rostro!

-¿Rostro?  ¿El del Fuerte Apache? ¿Cuándo has estado hablando tú con él, ah?

-Eso ya no tiene importancia…  Pero ese tal Rostro tiene pinta de criminal y dice que es de tu promoción.  Y lo peor de todo es que nos conoce… ¡A tus hijas sonsonazo!…  ¿Cómo te atreves a venir a despreciar a esta gente teniendo esas amistades? ¿Quién te crees que eres? Tú no tienes ni derecho ni autoridad moral para seleccionar con quién tengo que hablar.  Por lo menos, ya no…

-¿O sea que esto que estás haciendo es definitivo?

-A qué te refieres con “¿esto que estoy haciendo?”    

-¡Esto, pues! ¡De llevar nuestra relación a la mierda!

-Mas bien, yo debería decirte eso…

-¡Si tú eres la que me has abandonado!

-¿Qué? ¿Es así cómo ves las cosas?

-¿Y entonces, cómo son?

-¡Tú nos abandonaste a todas Betto!  Lentamente. De una forma tan sutil que ni tú mismo te has dado cuenta… Nos has ido dejando de lado… Ya ni te preocupabas por nosotras… ¿Acaso crees que con tirar unos billetes a regañadientes es suficiente para admirarte y respetarte? Pregúntale a tus hijas, Betto… Nadie te ha dejado de querer.  Pero es imposible vivir con alguien que ya ni te respeta…

-¡Ni siquiera me diste la oportunidad para decidir qué era lo mejor para ustedes!

-¿Qué?

-Sí.  Te olvidaste que eres una mujer casada y como una inmadura hiciste lo que te mandó tu padre ¡Tú eres mi esposa y tienes la obligación de consultar tus decisiones conmigo!… Debiste esperar para darme la oportunidad de cumplir con mi deber… ¡Así es como debió ser!

-¡Já!… ¡Si te esperaba me hubiera muerto, hijito! Te fuiste a las tres de la tarde y nunca más regresaste ¿Qué querías?

-¡Me dejaste mal delante de toda mi familia!

-¿Qué? ¡No lo puedo creer! ¿Dejarte mal delante de tu familia? ¿De quién? ¿De la arpía de tu madre?…

-¡Inés por favor, no te me pongas vulgar!  Cómo se te sale al toque toda la avenida La Paz, ¿no?

-¡Qué increíble! ¡Mira, Betto, ya no puedo estar más de pie! La alegría de verte se  fue al demonio… ¡Pero qué equivocado estás! Siempre lo supe pero tenía la remota esperanza de que cambiaras y por eso no te abandoné…

-Ah, ¿sí?… ¿Entonces ahora por qué me estás dejando?

-¡Es inútil!

-¡Habla, pues caprichosa! ¡Ni siquiera sabes por qué!

-¿En realidad quieres saberlo?

-Por supuesto, ¿qué crees que hago aquí?

-Ya te lo dije ¿No me entiendes? Porque ya no nos quieres, Betto… ¡Ahora déjame en paz que necesito recostarme!

-¡Espérate que todavía no he terminado! ¡Yo no he venido aquí para pelear y mucho menos para que me botes! – y la sujetó fuertemente del brazo.

-¡Quita!… ¡Suéltame!  ¡No me sigas! No quiero que sepas cuál es mi cama, ¡Lárgate!

 

Y sin que se dieran cuenta ya estaban rodeados por una docena de mujeres con sus batas con florcitas.  Una gorda altísima, que parecía tener autoridad en el grupo, tomó del otro brazo a Inés y se la llevó a un costado.

 

-Compañera, el doctor le ha dicho que tiene que descansar… – le dijo la mujer en voz alta y le clavó una mirada desafiante a Betto- ¿Joven, cómo va a venir usted a darle semejantes colerones a la chica que está recién operada?

-¡Descansando deberías dejarla pues, joven!

-¡Abusivo es lo que es!

-¡Ni comida le ha traído siquiera!

-Otros con flores saben llegar…

-¡Ah! ¿Me quieren agarrar en mancha? ¡Uyuyuy! ¡Ya vi lo que decidiste! Espero que seas feliz entre tu gente… Y dile a Sofía que no vuelva a llamar a joder a mi madre, que esa sí que es una dama… Toda una señora… – y dio un portazo que remeció por completo el edificio. 

 

Una vez afuera, agarró a patadas el basurero.

 

-¡Conchesumadre! ¡La puta que la parió! ¿Todavía que me rebajo a venir a este hospital de mierda y me trata así? ¡Qué tal raza! ¡Después no quieren que uno se deprima y le den ganas de chupar! ¡A la mierda con todos!…

 

 

Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

Todo el mundo cree que los Taca-Taca son mellizos (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

Pero Pablo – Papapablo -  es como dos años mayor.  Eso sí, ¿ah?, Mamamario es un mecánico de la puta madre, “e-especialista en mo-motores tu-turbo y diesel, cu-cuñadito”… dice sobradísimo el huevón  ¡Y no va a ser!… Si siempre anda  con las narices metidas en un carro… ¡Así cualquiera, pues!…  Aunque, de vez en cuando, deberías quitarte ese mameluquito anaranjado del Touring, compadre… ¡Apesta a puro sobaco, oye!  Lo más loco es que son patas…  ¡Yo no podría ser así de pata de mi hermano!… ¡Qué aburrido!… Pero ellos andan juntos de arriba abajo y  eso que todo el día  discuten, ¿ah?…  ¿Cómo es, no?… ¡Cómo te caga el chamuco!…  Estos huevones no eran así de tartamudos antes de coquearse.  

 

-Taque, taque cuñado…, te-tenemos una me-merca buen-nísima en la c-casa… – le dijo Mario a Betto limpiándose las manos de grasa en el mameluco.

-¡Puta madre, Marito!… No sabes lo bien que me pondrían un par de tiritos – contestó Betto frotándose las manos y haciendo muecas con la nariz.

-Sss-sólo va-vamos a la fa-farmacia u-un ratito… – intervino Pablo, el más trabado y loco de los dos y acelerando al máximo cruzó la Javier Prado.

 

El padre de los mellizos fue embajador en los sesenta y desde entonces vive en Europa.   Como a ellos les molestaba estar  viajando a cada rato de un lado a otro,  los enviaron de regreso a Lima con el ama de llaves y Pablo, que tenía sólo diecisiete años, se encargó de administrar los gastos desde entonces. 

 

Algunos dicen que los Zolezzi pertenecen a una red internacional de narcotraficantes y que por eso no pueden regresar al Perú.   No sé. La verdad es que ni los amigos más cercanos sabemos hasta ahora a qué se dedica su viejo, pero los locos  revientan dólares a forro porque mensualmente les cae el billete por valija diplomática  ¡Quién cómo ellos!… ¿No?…  Cuando les da la gana se borran del mapa y se van a Europa a sangrar de lo lindo a sus viejos… ¡Qué paja!… ¡Eso es vida, carajo!…  Otros que los manyan desde chibolos son los tombos de la comisaría porque, como no hay coima que no puedan pagar, los  agarran de punto a cada rato… Pero ellos como las huevas, ¿ah?…

 

-Ma-machucado, dame cu-cuatro cajas de co-condones – pidió Pablo dirigiéndose al dependiente de la farmacia Gonzáles Prada.

-Qué buen cache que te vas a meter, compadre…

-Ya ve-verás, cu-cuñadito – contestó Pablo.

-¿U-unas chelitas? – le sugirió Mario a su hermano mientras salían de la farmacia.

 

Cruzaron la pista y se dirigieron hacia la bodega de enfrente.

 

-¡Pa-pancracio, u-una Cristal bi-bien helada! -  pidió Pablo en la tienda.

-Y tres va-vasitos  - agregó Mario.

-¡Básico!… Se imponen unas chelas…

-¡Salud co-con todos!…

-¡Salud pues, hermano!…

-¡Fe-feliz veintiocho, pues!…

 

Cuando abandonaron la bodega, ya eran casi las siete de la noche y Betto, sospechando que en casa de los Taca-taca encontraría coca hasta por gusto, se puso un cajón más de cervezas.

 

-¡Pu-puta  madre!… ¡La mi-misa de mi-mierda! – gritó de repente Pablo frenando en seco.

-¡Sa-salta nomás, huevón!… ¿Pa-paqué  tenemos el Jeep?…

-¡A la mi-mi-mierda! – gritó Pablo que se subió al sardinel y acelerando al máximo atravesó el parque y se estacionó en la puerta de su casa.

 

… Un par de tiritos nomás y dejo a estos locos con sus asuntos, porque me parece que están con unas hembritas… ¡Puta madre!… Casi me caigo por pensar cojudeces.

 

-¡Gu-guarda, carajo! Su-suave que te-te cagas, huevón!… – gritó Mario a todo pulmón ayudando a Betto a sostener la caja.

-Sólo fue un desliz…

-Sí, cuñao…

 

…¡Mierda!… ¿Qué pasó con la casa?… ¡Nada que ver!…  ¿Y los muebles?…  Estos huevones dilapidaron todo en angustia  ¿No digo?…  ¡La coca es una mierda!… Apuesto que en el refrigerador tampoco hay nada… ¡Pucha,  qué buenos atracones que me di con las  cosas riquísimas que comían estos cojudos!… ¡Ah!… Esos eran otros tiempos…

 

-Ciao, bimbo. Mi chiamo Fabrizio – se anunció un muchacho que bajaba del segundo piso extendiendo la mano. 

-Él es Fa-Fabrizio, Betto – los presentó Mario con un espejo en la mano.

-Ah… Yo soy Betto. ¿Qué tal?…

-¿Atrápala, Qui-Quiroga! – gritó Pablo lanzándole una bolsa.

-¡¡Mierda!!… exclamó atajando una roca de por lo menos medio kilo.

-Fa-Fabrizio, e-esto es pa-para ti… – dijo Pablo colocando los condones sobre la mesa.

-Si-siéntate cuñado. A-ábrete u-una chela – y le alcanzó el destapador -. Di-disculpa el desorden cu-cuñadito… La Chacha se fu-fue  para su pueblo…

-No te creo que todavía tienen a la Chacha  ¿Qué, también le regalan huevadas para el día de la madre?…

-¿Ta-que, ta-qué huevón eres, no?… Si-si la Chacha e-es la chola nomás – y con un tubito de vidrio aspiró una línea de coca que había hecho en el espejo – Ma-más fea no pu-puede estar la pobre.

 

..¡Puta, cómo le tiembla la mandíbula a este huevón!… A ver, ¿me corres la parafernalia, cuñadito?…¡Ah, chucha!… ¿Primero tengo que esperar a que te lamas los dedos?… Está bien, disculpa cuñao… ¿Ya terminaste con tu ritual?  Gracias, muchas gracias…

 

Betto inhaló ruidosamente un par de veces conteniendo la respiración hasta que   el  rostro le cambió de color y una vena enorme surcó su frente. Pablo y Fabrizio  estaban sentados al otro extremo del  sofá aplastando las rocas con una cuchara y una coladera.

 

-Este chamuco es de primera, ¿ah? Ni se siente cuando pasa… – dijo Betto extasiado,  con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Y luego de jalarse otra línea, le corrió el espejo al italiano.

 

-Io paso, ¿vero Pablo?… – contestó el italiano concentrado en su tarea.

-Yo, ta-también, ¿vero Fa-Fabrizio?…

-Vero, vero…

 

Sorprendido, pero contento, Betto se quedó con todas las rayas del espejo para él solito.  Pero de pronto, recordó el rostro de Verónica la noche anterior y se puso de pie.

 

-Mario, jálame hasta la casa de mi vieja, cuñadito. Ya me quito…

-Que-quédate un ra-ratito más, cu-cuñadito… Ahorita te-te llevo…

-No compadre, ya son como las nueve… Mejor me voy… – contestó decidido.

-Te-termínate tu-tu chela, po-por  lo menos…

 

… Bueno, si insistes, no me voy a hacer de rogar… Me seco el vaso y de paso me limpio el espejo…   ¡Ah!… Ahora sí me quito aunque sea a pata.  Pero no pues, Marito… Por favor, hermanón… Ya, Ya… Hasta ahí nomás, cojudo… Gracias… Tu siempre tan exagerado… Ya, pues… Un par  más y me quito…

 

-¡Eh!…¡Sardo di merda!… ¡Testa di cazzo!… ¡Vieni súbito!…  ¡Andiamo, Cossimo! ¡Vieni!… – gritó de repente Fabrizio al pie de la escalera, dirigiéndose a alguien que estaba en el segundo piso- ¡Vafanculo!…  ¡Chi mangia bene, caga forte!… ¿Eh?… ¡Vieni súbito, sardo di merda!…, insistió.

-Que-que baje la-las llaves…

-¿Dov’ è le chiavi?…  ¡Vieni!…

 

Una sombra oscureció la escalera y apareció un pequeño sujeto con una maraña de pelos ondulados, envuelto en una sábana y chancleteando unos zapatos nuevecitos. Usaba barba larga, bigote y tenía un semblante alarmantemente pálido y ojeroso. Era natural de Cerdeña y no hablaba ni mierda de castellano. Con la barriga afuera y la sábana aún colgándole sobre los hombros, se sentó junto a Betto y arrojó sobre la mesa de centro  una carterita de viajero,  que Fabrizio abrió enseguida con avidez.

 

-¡Ciao, tutti!… ¡Birra, figli da puta!… ¡Eh!… Buona sera, comendattore… – soltó al descubrir a Betto.

 

Fabrizio sacó un par de cucharitas de la carterita de viajero y un curioso mechero que le llamó tanto la atención a Betto,  que varias veces se sintió tentado de tocarlo.  Las llamas diluyeron el polvo y con unas delgadas jeringuillas para  insulina, jalaron el líquido y lo mezclaron con un poco de agua en una tapa de betún Nuggett, que hace rato había visto sobre la mesa. Pablo echó la cabeza para atrás y dejó caer su jeringa junto al vaso con residuos de cerveza.

 

-E-esa nota, ¿ no? … – comentó Mario.

-¿Tú no te inyectas? – Preguntó Betto erizado.

-Yo po-por la ñata, nomás, cu-cuñadito…

-Templa per favore, amico… – le pidió Cossimo alcanzándole el extremo de una liga  con la que se apretaba la pantorrilla.

 

…¡Cómo me haces esto, pues!… No, no gracias, hermano… Lo mío es por la ñata, nomás… ¡Ni que fuera tan drogadicto, compadre!… ¿Qué te has creído, huevón? Yo soy un hombre de familia… No te confundas, oye, náufrago de mierda… A ver Marito, ponte unas rayas que estoy recontra asado… ¡Italiano de mierda, carajo!… ¡Y para la próxima que te agarre la liga la reconcha tu madre, huevón!

 

Cuando se terminó la cerveza la siguieron con ron y a medianoche Betto ya tenía tanta práctica que podía encontrarle las venas a quien sea, en cualquier parte del cuerpo.  Se enteró que Fabrizio y Cossimo venían de pasar unos días en Huanchaco, haciendo tiempo para que los Taca-taca consigan la vaina.  Hace apenas tres meses, Fabrizio había llegado a Roma con un cuarto de kilo de coca metida en el culo.  Claro que hay culos con mayor capacidad y Cossimo estaba dispuesto a demostrarlo. En Italia, luego de adulterarla, la dejaban lista para el consumo.  

 

Betto salió de la casa de los Taca-taca como a las dos y media de la mañana sin despedirse de nadie. El frío y la llovizna habían ahuyentado a los pasteleros del Fuerte Apache. Cuando atravesaba el parque Jacarandá, un par de sombras se levantaron  de una banca y caminaron hacia él.

 

-¡Habla, jugador!… – pudo articular uno de ellos con dificultad.

-¡No pasa nada, Piojo Gordo!…    

 -Pero si es Bettito… – dijo mostrándole su sonrisa desdentada -. Sin paltas causa, yo me porto… Hoy por ti, mañana por mí, pé… Es la ley de la calle, causa… – y con un abrazo le corrió la tola.

Betto fumó sin ganas y, como el filtro estaba tan empapado de saliva,  por más que chupó  no pudo hacer correr el tabaco y el esfuerzo le dio nauseas.

 

-¡Pasu madre, se volteó el gringo!…

-¡Vámonos, que este cojudo está hasta las huevas!…. – sentenció el Piojo Gordo alejándose otra vez rumbo al parque.

 

Betto caminó por las mismas calles que lo habían visto crecer y que otra vez lo llevaban de regreso a la casa de su madre.  Cada dos pasos se detenía para  vomitar y emprendía nuevamente la marcha doblado en dos. A tientas, logró encontrar la puerta y cayó de cara despertando a  Clark Kent, que anunció agudísimo su llegada. Doña Armenia levantó a don Humberto y grande fue su sorpresa cuando lo encontraron tirado en el umbral.  Los dos viejos con gran esfuerzo lo arrastraron escaleras arriba hasta su cuarto de soltero y una vez allí, como si el tiempo no hubiera pasado, lo desvistieron, le pusieron su pijama y lo acostaron.  Igual que antaño, doña Armenia se persignó y agradeció a Dios que se lo haya devuelto sano y salvo. Pero en su fuero interno reconocía que era una bendición que estuviese casado y que ya no viviera allí.  Lo espió en silencio mientras roncaba por la rendija de la puerta y no pudo fingir alegría de tenerlo en casa. Permaneció allí hasta que el tufo del licor se le hizo intolerable y  se fue para su cuarto pensativa, arrastrando  los pies.

El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Hola, seño!… ¿Está Marita? (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cómo estás hijo?… Espera un ratito que se está bañando…

Lalo se sentó en una esquina del sofá y se quedó mirando cómo Genoveva, que acababa de regresar del trabajo, limpiaba con su viejo pañuelo verde amarrado en la cabeza y con el pucho prendido entre los dientes como si jamás hubiera salido de la casa.  La veía ir y venir de buen humor desplegando sus expertos movimientos sincronizados concentrada en sus quehaceres. Plumero en mano, de vez en cuando se echaba unas carreritas hasta la cocina para revolver una  cacerola de donde emanaba un sabroso olor a fresas cocidas que se esparcía por toda la casa.

 

Hace diez años su marido la abandonó y no supo nada de él hasta que recibió una tarjeta navideña dónde con una letra temblorosa trataba de explicarle por qué había vuelto a Buenos Aires y por qué jamás regresaría al Perú.

 

… No importa… A fin de cuentas es una boca menos que alimentar…

 

Sin soltar una sola lágrima, de la noche a la mañana,  se hizo cargo de todo y se ocupó de dar a sus hijas una buena educación. María del Pilar – Marita – y Sandra, no extrañaban a su padre sin duda porque recordaban los escándalos y las golpizas cada vez que le daban los diablos azules.  Brenda, la menor, no quería que se lo mencionen.

 

Amador Gervassi se casó con Genoveva siendo ya un cincuentón y desde que llegó de Argentina, administró una bodega-cantina que tenían unos italianos en el Callao.  Cada vez que se emborrachaba le echaba la culpa a su mujer de todas sus desgracias y la golpeaba. El argentino a diario le comía el oído ilusionándola con irse a vivir al extranjero y ella, que tenía ya veintiséis y no quería quedarse a vestir santos, aceptó su propuesta de matrimonio.

 

Al día siguiente de la boda, Amador la puso a trabajar en la caja. Genoveva se levantaba antes del amanecer y cerraba la tienda a las once de la noche. No paraba ni para almorzar. En los escasos momentos libres que tuvo concibió y dio a luz a tres hermosas niñas, que cuidaba y alimentaba en un sólido cajón de madera de roble que ponía debajo del mostrador. Cobraba las cervezas, pesaba el azúcar, despachaba el arroz, tiraba aserrín al piso… ¡El tiempo se le pasó volando!  Aquella chica de inmensos ojos verdes, de cabellos rojos y de curvilínea figura que brillaba como una perla en ese barrio de mala muerte en el Callao, por maltrato y desamor envejeció prematuramente.  Pero aún era una mujer hermosa con  un espíritu admirable que aprendió a sacar adelante el negocio por sí sola. Amador, gracias a los pulmones de su mujer pudo comprar la chingana a buen precio,  pero se dedicó a beberse las utilidades y a lamentarse de tener que mantener a una familia numerosa. De lunes a viernes recorría los burdeles y los fines de semana la tandeaba de alma. Cuando no se emborrachaba en su propia cantina, se iba a los bares de los alrededores de donde los estibadores tenían que traerlo a rastras por las calles de regreso a su casa. 

 

Una mañana que alistaba a las chicas para que se fueran al colegio, un camión se estacionó en la puerta de la bodega y se lo llevó todo. Seis implacables policías con una orden judicial en la mano la pusieron con sus cosas de patitas en la calle. Genoveva, como era su costumbre, no soltó una lágrima y tampoco dejó que sus hijas lo hicieran.

 

-Valientes, hijas… Las mujeres tenemos que ser valientes…

 

Desde aquel día no supieron más de Amador hasta la navidad  en que recibieron su fría tarjeta de saludo. 

 

Genoveva a escondidas, había ahorrado lo suficiente como para alquilar la casa de Magdalena y matricular a las chicas en otro colegio.  Todavía le sobró algo para comprarse una muda elegantona con la que salió a buscar trabajo. De esto hacía ya mucho tiempo y aún se sentía orgullosa de haber podido salir adelante solita, sentimiento que también se preocupó en inculcarle a sus hijas. Trabajó arduamente durante ocho años en el Seguro Social hasta que aceptó la propuesta de retiro con incentivos que ofreció el gobierno. Con el dinero que recibió, traspasó la librería en donde Marita había estado trabajando con lo que su hija se convirtió en propietaria del negocio de su viejo empleador. Estaban muy entusiasmadas con el flamante proyecto familiar.

 

-¡Hola roba-cámaras! – se le acercó Marita para darle un beso con una toalla envuelta en la cabeza.

-¡Ah, me viste!… ¡Qué roche!  Sólo fue de casualidad…

-¡Uuuy!… ¡Uuuy!… – gritaron desde su cuarto las hermanas con ese tonito juguetón que tienen las adolescentes.

-Tu amigo acaba de salir en televisión y te vimos robando cámara de nuevo…

-¡Anda, no digas!… ¿Salgo a cada rato?…. ¿Cómo se me ve?

-¡Uuuuy! ¡Uuuuy! – ahora hasta la voz de Genoveva se unió al coro.

 

Don Raúl también había visto por la televisión todo el lío de Müller y se arrepintió de haber faltado al trabajo. Le dolió en el alma haberse perdido un día tan emocionante.  A él, que aprovechaba cada oportunidad para reunirse con la gente, le hubiera gustado estar allí para contar en el barrio su versión de lo que había ocurrido.

 

-¡Puta madre! Me la perdí, carajo… -, se lamentaba subiendo el volumen  del televisor  tapado con la colcha hasta la nariz y con el rabo entre las patas.

 

El viejo Raúl no tenía idea de cómo había llegado a su casa aquella noche ni cómo ni dónde había perdido el sobre de pago.

 

… ¡Esta vez sí que la cagué bien feo, carajo!…

 

Aquellas habían sido las Fiestas Patrias más amargas de su vida. Su esposa de pura resentida se había ido a pasarla con sus nietos desde la tarde del veintiocho y don Raúl faltó al trabajo porque fue incapaz de atenderse por sí solo. No encontró ni un par de medias y prefirió quedarse allí, metido en la cama antes de intentar pasarle una plancha a la camisa del uniforme. De puro deprimido  no se sacó el pijama en tres días. Ni siquiera había comido. Lo único positivo del asunto era que no había bebido un solo trago.  Moriría de inanición sentado frente al televisor y Zoraida, su esposa, lo sabía y ya estaba en camino. 

 

A su regreso, Zoraida y Raúl jamás hablaron del asunto. Vivían juntos pero tenían vidas paralelas. Cada uno tenía su  razón y su manera de ver las cosas. Su matrimonio fue uno de esos accidentes con los que se vive para siempre… Por los hijos, la religión y sobre todo por el “qué dirán”… Seguían juntos esperando que algún día, finalmente, la muerte los separe. Don Raúl había llegado a viejo sin enterarse que podía contar con su mujer para ayudarlo a resolver sus problemas con el alcohol.

 

…Estas son cosas de hombres… De algo se tiene que morir uno… ¡Mientras tanto, hasta que el cuerpo aguante… Adelante!…

 

Zoraida por su parte moriría convencida de que todos los hombres son iguales. Su padre…, su suegro…, su abuelo…, su hermano… Ninguno era diferente a su marido. Regresaba sólo porque se le había pasado la cólera.  Además, alguien tenía que hacer las cosas de la casa…  El mundo seguiría girando y ella se quedaría sin su marido… ¿Quién la iba a mantener?…  Sabía que ese hombre tampoco podía vivir sin ella pero ya no necesitaba, ni esperaba que se lo diga jamás…  Era su deber ante Dios…

¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…

-¡Mamá!… No la jodas, pues…

-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.

-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.

-¿Cómo está, seño?…

-¡Shhh!…  Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…

-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…

-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…

-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…

-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…

-¿Qué más hay de comer?…

-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…

-¡Salud, mami!…

-Estabas con sed, bandido…

 

A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.

 

Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.

-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.

-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…

-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… -  y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.

-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…

-¡Cabeza de toro igual que su padre!…

-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.

-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.

-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…

-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…

-Por supuesto, señora, no faltaba más…

-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.

-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.

-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.

-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.

-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.

-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.

-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…

-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…

-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto  sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era  para  comprar más droga… No me venga con esas, señora…

-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…

-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.

-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo  sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está  acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.

-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.

 

-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…

-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…

-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.

-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…

-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.

-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.

-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…

-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.

-Está bien,  yo le digo…  Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…

 

En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.

 

-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…

-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…

-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…

 

Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.

 

-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.

-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.

-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita!  ¿No tienes una luca?… 

 

Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.

 

-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.

-¡¡Mamá…  Nos están alcanzando!!…

-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.

 

-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…

-¡La cartera!…¡La cartera!…

-¡Mamá!… 

-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…

-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…

-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…

-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.

 

Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:

 

-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…

 

La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas  asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete,  y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.

 

-Con todo respeto, señora…  Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro.  - Y después de golpearse el pecho con brutal energía,  hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó-  A ver toca a la germa nomás,  pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…

 

El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho.  Pero, como tenía buenos reflejos,  volvía a la carga enseguida con más ferocidad.

 

-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…              

-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.

 

Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.

 

-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…

-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.

-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…

-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.

-¡Entra!… ¡Entra!…

-¡Tú mismo eres!…

-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…

-¡Dale, Rostro!…

-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…

 

El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar.  Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para  sostener la frente de su hija.   Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.

 

-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima.  El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.

 

-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! -  tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti…  ¡Mi promoción, carajo!…

 

Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.

 

-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.

-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.

-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…

-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.

-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.