No está de más ponerse mosca…

 

… Yo sé por qué te lo digo.

-¡Yo sé por qué te lo digo!… ¡Yo sé por qué te lo digo!… Todo el mundo cree que sabe lo que te dice, carajo… Hablas de puro negativo, nomás…

-Es un decir, Fernandito… ¡No jodas!… Por las puras te amargas, compadre…

-¿Entonces por qué te palteas, huevón?… ¡Me estás salando, carajo!

-¡Es un policía, Fernandito!

-¡Sanidad!… ¡Sanidad!… El hombre trabaja en la Sanidad de las Fuerzas Policiales, o sea, que no es ni mierda… Es un enfermero y nada más ¿Estás oyendo cardiaquito? 

-Es lo mismo, Fernandito.  Es lo mismo. Todos son sapos.

-¡No me jodas, Maqui! Mi hermano no me va a mandar a un soplón, pues…

-¡No me gusta la policía, compadre!

-Son gente como cualquiera. Los pobres también tienen derecho a fumar lo que les dé en gana… ¿Cuál es tu problema ahora?

-¡Me niego a hablar huevadas, compadre!

-¿Ah, huevadas? ¿Te olvidas que el puta es el contacto que tienes para comprarte un cerebro?

-¡Puta que es importantísimo que me consigas ese dato porque sin el cerebro estoy perdido!…

-Por eso no te palteas, ¿no? ¡Pendejo!

-No es eso, Fernandito. No quiero que nos pase nada…

 

De pronto, la puerta de la pensión se abrió de par en par y entró un sujeto.

 

-¡Fernando! – gritó el tipo haciéndolos saltar del asiento. 

-¡Mateo! – le contestó Fernando en el mismo tono.

-¡Presente!- y se le cuadró.

-Mateo, él es Maqui… Espérame que ahorita bajo – y arrancó escaleras arriba.

-Encantado, compadrito – dijo el recién llegado extendiéndole la mano y se sentó junto a él.

-¿Dice el hermano de Fernandito que tienes un contacto en la Morgue para comprar un cerebro? -                le preguntó a quemarropa.

-¡Suavena avena,  compadrito!  ¡La gente va pensar soy Frankenstein! ¡No te mandes así pues, chochera!

-Es que…

-Lo que usted quiere saber es si yo le puedo recomendar a alguien que le consiga un fiambre ¿Sí o no?

-¡Tú lo has dicho!

-Así tranquilito es como se hacen las preguntas, compadre… No que usted, causita, se manda de frente de puro nervioso… Esas cositas se notan, pues…

-¿Pero tienes el contacto o no? – insistió Maqui que al toque le ampayó la conducta policíaca.

-Por supuesto que sí pues, chochera – y rebuscándose los bolsillos sacó una tarjeta manoseada. El hombre anda más ocupado que la grandísima pero es efectivo… Chambea maquillando fiambres y tiene un culo de contactos en las funerarias…

-¿La gente paga por maquillar muertos?

-¿Tú crees que maquilla sólo a los que se les revienta la cara, compadre? No, pues. Todos los fiambres se retocan. Por eso es que el hombre anda bien forrado… Dicen que los deja mejor que cuando estaban vivos…

-O sea que el puta es una experto en fríos…

-Así es, mi hermano… Y también trabaja para la Morgue de Lima.  De allí es donde le va a conseguir su adoquín pues, maestrito…

-¡Adoquín!   Esa no se la sabe mi profe…

-¿Cómo? ¿No está usted buscando un pensante mi estimado?

-¿Un cerebro?

-Allí estamos pues, chochera…  Usted lo que tiene que hacer es ubicar al hombre en su quiosco de la avenida Grau… Eso sí… Por nada del mundo me lo vaya a buscar en la morgue porque me deja usted mal, ¿ah?

-…¿Tiene un quiosco?…

-El hombre tiene un restaurante al paso en la avenida Grau y una pequeña fábrica de embutidos en Barrios Altos.  

-…¿Tiene un quiosco en la avenida Grau?

-Efectivamente, mi hermano… Justo frente a la asistencia.. Usted nada más le enseña la tarjetita y le habla con confianza  del asunto…  Pero eso sí… Déjeme advertirle chocherita -porque usted me ha caído simpático- que no vaya a aceptarle nada de comer… No es que sea mal pensado sino imagínese… ¿De dónde saca tanto insumo mi compadre?

-¡No!… ¡No me digas!…  ¡No me digas!

-No se esfuerce, chochera, que yo no me atrevo ni a mencionarlo…

-¡Puta, que se me ha puesto la carne de gallina! ¡Qué miedo, huevón!

-Ya está usted advertido…

-¡Listo, mi estimado!  - apareció Fernando con un maletín de deportes que dejó justo a los pies del sujeto.

-Entonces ya fue, compadre… – dijo colocándose el maletín en el hombro y después de desabotonarse la bragueta sacó un sobre de manila que tenía entre los testículos – Un kilito bien pesado ¿no, profesor?

-Eso no se pregunta, pues hermano – contestó Fernando encaletándose de inmediato el sobre en el bolsillo interior de la casaca.

-¡Entonces que la pasen bien pues, colegas! – dijo el tipo alistándose para salir.

-¡Aguanta, compadre, que no me soltaste la tarjeta!

-Cierto, cuñadito. Si vas ahorita, que es martes, lo encuentras en el puesto. Después es más difícil… Toma, dile que vas de parte del flaco Carranza…  Con confianza, causita… No te quedes, ¿ah? – y  salió a paso ligero después de meterle la tarjeta en el bolsillo de la camisa.

-¡Puta, qué charlatán es este huevón! – dijo Maqui y leyó en voz alta la tarjeta:  “José Sabroso. Maquillaje y Servicios Funerarios en General”… ¡Y todavía se  apellida Sabroso el puta!…  

-¿No pensarás ir a comprar tu cerebro ahorita, no?

-El ciclo acaba a fin de mes, Fernandito… Si no presento el trabajo esta semana estoy jodido…

-¡Puta madre!

-Hazme la gauchadita pues, Fernandito…

-¡Entonces ahorita mismo estamos saliendo, huevón!

-Espérate que me doy una lavadita de dientes y bajo al toque…

-¡Puta que pareces señorita!… Siempre te falta algo, ¿no huevón? ¡Apúrate pues, carajo!

 

 

Fernando tenía un Volkswagen negro, full equipo, que mantenía tan impecable como su primo Sandro mantenía el Dodge.

 

Mientras cruzaban por Espinar vieron a la Gata y a Pepe-caca que discutían a gritos sentados en un muro a la altura del malecón.  El abusivo le estaba doblando el brazo con una mano y con la otra zarandeaba la rubia cabellera de su amante. 

 

-¡Ya pe! ¡Ya pe! ¡No seas malito!…

-¡Maricón de mierda, conchatumadre!…

-¡Ayayay!…  ¡Suéltame desgraciado, maldito, hijo de puta!… ¡Auxliooooo! ¡Policíaaaaaa! ¡Au, au, mis riñones, maldito abusivo!…

-Ahora soy un maldito ¿No, conchatumadre? ¿Y anoche qué? ¿Ah?… – y  la revolcaba de los pelos.

-¡Ya pe, oe! ¡Ya, pe!… -le rogaba ahora con llanto de hombre.

 

Fernando arqueó apenas una ceja y aceleró para adelantar a un par de micros del Surquillo-Callao. Pero a mitad de cuadra el tráfico se detuvo en seco. Un policía hacía señas para desviar el tránsito hacia la izquierda porque un Azángaro inmenso  -  que yacía patas arriba en medio de la pista – se había llevado de encuentro  a un auto que estaba volcado cerca del monumento del parque San Juan.

 

-¡Viste eso, compadrito!… – dijo impresionado Maqui santiguándose.

-¡Qué tal accidente, huevón! Te apuesto que han habido muertos ¡Estos microbuseros son unos conchesumadres! ¿No viste cómo corrían esos dos?

-Sí, compadre. Uno toma su micro tranquilo sin saber que en la esquina te espera la muerte…

-Y si éste no tuvo la culpa, la tuvo otro huevón que se dio a la fuga…

-De repente el otro ni se dio cuenta… Así murió el hermano de un pata…  Venía manejando despacito detrás de un volquete por La Costa Verde y no podía adelantar porque el chofer del camión no tenía espejos.  Cuando entraron a la curva de los Delfines una roca inmensa se cayó del camión y le destrozó el parabrisas al Mustang.   El carro rodó hasta el espigón y de milagro se detuvo justo antes de caer al mar.  El huevón murió instantáneamente ¡Lo peor de todo es que el camionero ni se había dado cuenta!

-¡Pucha qué salado, compadre!… El otro día leí en el periódico que unos narcos ejecutaron a un soplón y lo tiraron a la Costa Verde desde el puente. Lo peor es que el cadáver le cayó encima a un salado que pasaba con su carro de lo más tranquilo.

-¡Y también murió al toque!

-No compadre, quedó vivo… Si todavía salió fotografiado en el periódico hecho mierda.

-¡Qué desgraciados!… Oye, anda sacando la dirección del tipo porque al Centro entramos y salimos nomás – le avisó a la altura del Paseo Colón.

-¡Puta madre qué tal tráfico, Fernandito! Creo que más rápido llegamos a pie…

-Tienes razón. Mejor nos metemos en una playa de estacionamiento y nos vamos caminando hasta la Asistencia…

 

Caminaban por la avenida Grau entre paredes de zapatos y vendedores que al verlos pasar les cantaban la talla con asombrosa precisión.  Después de atravesar la sección textil se internaron en las surtidas librerías al paso.  Cuando llegaron a la sección de alimentos, el barullo era insoportable.  Decenas de puestos y carretillas no se daban abasto para atender a los famélicos comensales que exigían una Papa a la Huancaína, una Fritanguita, Olluquito con Charqui, Carapulca, Chicharrón de chancho, Lomo Saltado, Tallarines rojos, Arroz con Pollo, Tacu-Tacu, Patita con maní, Mondonguito, Anticuchos, Choncholí, Pancita y Picarones.

 

Era cerca de las seis de la tarde y las luces de la avenida ya estaban encendidas cuando se hizo de noche.  Los paraderos estaban llenecitos y los microbuses pasaban repletos.   Algunos se trepaban con el vehículo en marcha, encaramándose como podían en las puertas y ventanas ante la pasmosa indiferencia de los estudiantes de medicina, que salían de la facultad con sus batas blancas para internarse derechito en medio de aquel caos.  Maqui y Fernando ya estaban saltones, cuando la sirena de una ambulancia les puso los pelos de punta.

 

-Apúrate, Maqui, que esto se está poniendo de puta madre…

-No necesitas decírmelo, cuñado… Busco y busco pero para serte sincero, compadre, no sé ni lo que busco…

-¿Estás huevón? ¿Cómo que no sabes lo que buscas? ¿Acaso no tienes la dirección?

-¡Puta madre! ¡A ver encuéntrala tú, cojudo!…

-¡Eres un imbécil! ¡Vámonos de aquí! Con razón te cagas de miedo de todo, compadre.  

 

Una chica de largos cabellos negros le guiñó el ojo para avisarle que un ratero iba a bolsiquearlo y Fernando se libró del ataque justo a tiempo.  El ladrón se siguió de largo sin inmutarse, y Maqui -que no se había dado cuenta de nada-  seguía buscando el puesto de Sabroso. 

 

-¡Casi me cuadran, huevón!

-¿Cuándo?

-¡Ahorita mismo pues, cojudo!

-¡No jodas!  ¡Si yo no he visto nada!…

-¿Y crees que te van a avisar?… ¡Apúrate que, de puro cojudo, me he traído el billete de la yerba!- dijo bajando la voz.

-¡Al pincho José Sabroso, Fernandito! ¡Vámonos!

 

No habían avanzado más que un par de pasos, cuando dos chicas se les cruzaron por delante.

 

-¡Gracias, flaquita!… ¡De la que me has salvado! – y el vivo de Fernando le dio un beso acertando muy cerca de la boca.

-De nada, amigo…  Me di cuenta que el choro venía decidido… Y nada pues… te pasé la voz… – le contestó poniéndose rojísima mientras enredaba nerviosamente un mechón de cabellos entre los dedos.

-¿Y qué hacen por aquí? ¿Estudian cosmetología? – preguntó Fernando sin quitarle  los ojos de encima.

-Nada que ver, hijito… Nosotras somos estudiantes de medicina- contestaron  muriéndose de risa.

-¿Y ustedes? – preguntó la otra chica coqueteándole a Maqui, que seguía mirando para todos lados.

-Yo he venido a hacerle la taba a mi pata… ¡Acércate pues, Maqui! – le hizo señas con la mano – Hace rato que estamos dando vueltas buscando el quiosco de un compadre que consigue cerebros.

-¡Ah!…  ¡Están buscando a José Sabroso!

-¿Lo conoces? – preguntó Fernando sorprendido.

-¡Claro qué sí!  Ése es súper conocido en el ambiente ¿Quién no lo conoce?…

-Nosotros.  

-Pues hasta el día de hoy nomás, flaquito, porque ese sacalagua con cabeza de colchón es José Sabroso…

-¡Ustedes son un par de ángeles! – dijo Fernando aprovechando el pánico para abrazarlas- ¡Oye, mongolito, ven para que veas este milagro! 

 

El puesto estaba reventando de carnívoros que hacían largas colas para conseguir un lugarcito embriagados por el olor que despedía la plancha.  José Sabroso no paraba de bromear y, mientras le traían el órgano desde la morgue, mandó freír una parrillada especial que sus invitados devoraron en un dos por tres sin que Maqui pudiera hacer nada para evitarlo.   Fernando, que ya estaba acostumbrado a  los ataques de hipocondriasis de su amigo,  no se sorprendió cuando no quiso probar bocado.  Ni bien le entregaron un cerebro flotando en formol en un balde cubierto con un trapo blanco manchado con gotitas de sangre,  Maqui salió prácticamente huyendo del lugar.  Una vez en el garaje, colocaron el balde en la maletera y el olor a cementerio se  impregnó en el auto.  Los comentarios de las chicas acerca de lo rico que habían comido obligaron a Fernando a detenerse varias veces en el camino para que el pobre Maqui pueda salir corriendo a vomitar.  Se sintió mejor cuando su chica lo endulzó con un poco de ron con Seven-up y empezó a acariciarlo.  Fernando iba a toda velocidad por el serpentín de la Herradura y la chica de cabellos negros trataba de  sintonizar la radio. 

 

                              ♫♫ Tú me echaste no sé qué en la comida…

                                     Tú me hiciste brujería…  ♫♫

 

Maqui estalló en carcajadas…  Se atoraba, se sofocaba y hasta se le salían las lágrimas.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?… ¿Tan rápido te recuperaste?…

-Creo que a Maquicito ya le está subiendo el trago… -dijo la chica  comiéndoselo con los ojos.

 

Las chicas estudiaban medicina en la San Fernando y se preparaban para hacer su internado en el Hospital Obrero. La chica de cabellos negros vivía en el Rímac y pertenecía a una tradicional familia de enfermeras. Todas seguían el ejemplo de una tía bisabuela, que a mucha honra, había tenido el privilegio de rasurar al Presidente Augusto B. Leguía para una cirugía. En un cuadro que colgaba de una de las paredes de la sala,  la precursora sonreía para las futuras generaciones.  La chica decía que su tía no hubiera tenido que rasurarle el pubis a nadie, ni siquiera al presidente, si hubiera podido estudiar medicina en esos tiempos. Y para que las próximas generaciones siguieran su ejemplo se propuso ser la primera doctora de la familia.  Y no pudo seguir contándole más  porque  Fernando era todo manos y hasta tuvo que frenarlo en seco.

 

-Aquí no lo vamos a hacer, ¿ah?… En el carro no me gusta… -le dijo la chica regresando el sostén a su lugar- Vamos si quieres al cinco y medio…

-¿Y qué hacemos con ellos? -preguntó Fernando refiriéndose  a la otra pareja que se daba una vuelta por la playa.

-Cuando lleguemos se tiran al suelo…  Como las lunas de tu carro son polarizadas nadie se va dar cuenta…

 

A las tres y media de la mañana el Volkswagen negro cruzó nuevamente el jirón Espinar.  Casi en medio de la pista advirtieron un cadáver. Estaba cubierto con periódicos y alguien había puesto un par de piedrones para evitar que el aire se los lleve volando.  El viento helado de la madrugada levantaba la mortaja de rato en rato descubriendo al infeliz, que yacía en medio de un charco de sangre amelcochada.

 

-¡Mierda! ¡Un frío!… – balbuceó Fernando persignándose tres veces seguidas.

-¡Virgen Santísima!… – se le escapó a Maqui persignándose también.

-¡Qué miedo, compadre!… ¿Quién será?

-¡A quién mierda le importa, Fernandito! ¡Vámonos para la casa!…

 

Las cocheras quedaban en la parte posterior del edificio muy cerca del barranco. Temblando de frío sacaron el balde de la maletera y rápidamente cerraron con candado el portón.  Ya cerca de la pensión se cruzaron otra vez con el cuerpo y pasaron de largo sin mirar y sin hacer comentarios. 

 

… Para que después no se me quede grabado, carajo…  pensaba Fernando cagándose de miedo.

 

-¡Psss!… ¡Psss!… ¡Psss!… ¡Hablando, jugadores!

 

Como a media cuadra, envueltos en sus frazadas,  se aproximaban con paso acelerado un par de sujetos fumando pasta. 

 

-¡No pasa nada, Coroto!

-¡Ya nos vamos a dormir, compadrito! ¡Respeta que hay un muerto, huevón! – dijo Maqui levantando la mano con fastidio y se siguió de largo.

-¿Ah?  ¿Me arrochan?

-¡Apúrate, Fernandito, que la tentación es grande! – insistía Maqui mirando el tabacazo de reojo.           

-¿Ya se enteraron quién es el frío? – les preguntó Coroto acercándose.

-¡No sé ni me interesa, compadre!

-No me digas… ¿Tú sabes quién es el muerto, cuñado? – preguntó Fernando.

-¡Claro que sí, pues! Es el tombichi que vive en tu jato, huevón – dijo el Coroto disfrutando la primicia.

-¡Camina nomás, Fernandito! ¡No le hagas caso!

-¡Sí o no Mazamorra!

-¿Quién dice que no es el tombo?…. Si se lo ha bajado su germa de un plomazo -dijo  después de soltar un gargajo.

-¡Anda, mentiroso… Si ese huevón no tiene mujer! – replicó Fernando.

-¡Es puro hueveo para tentarnos nomás, Fernandito, apúrate!…

-¡El maricón, pe!… ¿Acaso no era el monta de la Gata, huevón?

-¡No jodas!…

-¡No me digas que la Gata terminó enfriando al Pepe! – reaccionó Maqui que se detuvo en seco.

-¿No te lo está diciendo el hombre hace rato?…

-¡Por mi madre que marcan choro estos pavasos!… ¡Vámonos, Mazamorra, antes que me cruce y termine cuadrando a este par de cabros, carajo! -  y se guardó los palillos rotos en la boca después de lanzar bien lejos la colilla del tabacazo.

-¡Agradezcan nomás que esos bobos que tienen son fuleros, sino se hubieran quedado sin dar la hora, huevonasos! – requintó el Mazamorra achoradísimo despancándose otro cigarrillo.

Un mundo animal

Si el Señor es mi pastor, nada me puede faltar… (*)

                                                     

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Como no había electricidad ese horrible lugar quedaba en penumbras.  El asaltante ese, que era el director de la casa, ordenó a los hermanos echar llave a las puertas y a encender velas en cada habitación.  Inmediatamente, me asaltó el temor a morir quemado.  El hacinamiento y la pestilencia eran insoportables. Como ya no había espacio ni para estar de pie,  algunos intentaban dormir recostados en la espalda de un compañero… Éramos una masa deplorable, vencida por el cansancio, el hambre y el sueño.

 

Partiríamos a nuestra nueva casa cuando el ómnibus regresara de Pucusana. Mientras tanto, pensaba en ti amorcito.  Que estabas tranquila, sabiéndome en buenas manos. Y cuando me acordaba que te habían sacado tanta plata,  me daba cólera y desde entonces pensé en escaparme. 

 

-Dicen que se enfriaron a un par de puntas que trataron de escaparse, compadrito.  Por el mar, ni Acuamán con ese oleaje, causita. Y por la puerta, sólo sales muerto o rehabilitado, pues…

-Dicen que las olas miden como quince metros y al toque te tragan…

-El cuerpo de uno de esos huevones terminó por el León Dormido y al otro nunca lo encontraron…

-¡Conchasumadre!… Los pescados le habían comido toda la cara, compadre…

-¡Puta, cuñao!…  Y si te quieres fugar a pata, la misma gente del pueblo al toque te denuncia si te ve caminando solo…

-Te echan por miedo, jugador… Esos conchesumadres piensan que les vamos a robar…  Lo primerito que hacen es llamar a la policía o a los directores…

-La hermana Juana los tiene bien terapeados… Fíjate que salen a mendigar el combo por los alrededores y nunca regresan con las manos vacías, causita…

-¿Qué? ¿El combo no lo manda Cáritas?…

-Se lo tiran pues, huevón…

-¡Claro! Y encima la pendeja tiene chambeando a todo mundo gratis  ¡Yo sé por qué te lo digo pe, compadre!  Este es mi tercer ingreso…

-¿Y la plata que se paga?… 

-Eso no sé, Gringo… Aquí nadie se entera de los arreglos que hace la hermana Juana con los familiares… 

-La familia sufre, causa, pero ya no aguantan tanta cagada, pe…  Por eso prefieren que estemos guardados… Lejos… Y la Hermana se aprovecha de eso, jugador…

-Y si hay dólares mejor, causa… Hay un huevo de patas perdidos por ahí con una familia dispuesta a pagar precio… Los hermanos te recogen de las calles y tus parientes pagan con el pico cerrado nomás…   La saben hacer, ¿no?…

-Y encima se terapean a las viejas.. Por eso no te creen cuando uno les cuenta que todo es una mierda…

-Para eso los terapean pe, cojudo…

-La pendeja les dice que el drogadicto siempre miente y que inventamos huevada y media  para irnos de frente al hueco…

-¿Crees que las visitas son aquí? ¡Ni cagando! ¡Te llevan en bus hasta el Trigal, causita!… Allá si te quejas nadie te cree ni mierda.

-Esa hermana Juana es una profesional del engaño, causa…

-Pero mi cocha prefiere que esté aquí a que me coma unos años en Lurigancho…

-¡Puta madre, jugador!  Hay que reconocer que allá sí que de verdad es cagado. Aquí por lo menos no estás fumando todo el día, ni trabajando para un huevón que te cafichea… 

 

Así me estaban poniendo al día, cuando una luz potente que iluminó el ventanal nos dejó cegados.  El motor del vehículo hizo vibrar los vidrios y una nube de monóxido de carbono se coló por debajo de la puerta.  El flaco achinado nos hizo formar nuevamente de un par de carajos.  Con los ojos heridos por aquella luz, y casi al borde de la intoxicación,  formamos una cola en la puerta de la casa. No sabes qué aliviado me sentí cuando recibí el viento fresco que venía de la calle.  Una barrera humana nos custodiaba permanentemente pero, para qué te voy a mentir, adoré la poca acera que pisé y ahí mismo juré que me iba a escapar ni bien pudiera…

 

Nos internamos en la noche más negra de la Panamericana Sur precariamente iluminados por una luz mortecina en el interior del vehículo. El flaco achinado sacó de su maletín un cancionero religioso y se puso a cantar seguido por los hermanos, que lo acompañaron batiendo las palmas.  Cada muchacho de camisa blanca y pantalón azul dirigió un cántico.  Detesté estar metido allí. Me recordaba la primaria, cuando cantábamos con la señorita Blanca un montón de canciones sin sentido.  Además, en las calles Dios no sirve de nada… ¿Qué?… ¿Sólo era cuestión de cantarle?… ¡No jodan, pues!… 

 

El canto los ponía eufóricos, les abría el apetito. Se habían ganado su repulsivo plato de menestras. 

 

- ¿Y los que pagamos?…

-Ustedes preocúpense por su rehabilitación y no jodan…

 

Llegamos a la casa de María Auxiliadora cerca de la medianoche. El chofer, temeroso, no había querido internarse en el pueblo joven y nos dejó tirados en un arenal al borde de la carretera.  Dio media vuelta y, como alma que lleva el diablo, desapareció en la Panamericana de regreso a Lima. Nos tardamos un par de horas en llegar a la casa.  Recuerdo que estaba tan débil y hambriento que caminaba como sonámbulo en la oscuridad.  El olor a mar se hacía más intenso.

 

Cuando por fin llegamos frente a la casa, el flaco achinado otra vez nos mandó a formar a punta de lisuras debajo del único poste que alumbraba la calle.  Al lado, en una caseta de vigilancia que se elevaba un par de metros sobre un viejo portón de madera, había un centinela pelándose de frío que se le cuadró como un cachaco… El desgraciado se hizo el loco y pasó lista de nuevo.  A partir de ese momento todos los de camisas blancas y pantalones azules bajaron de rango y se volvieron igualitos a nosotros… Conforme fuimos entrando a nuestro nuevo hogar me di cuenta que me había apresurado al juzgar el hacinamiento y la pestilencia que encontré en Santa Catalina. 

 

María Auxiliadora estructuralmente seguía siendo una vieja granja abandonada a la voracidad de un arenal.  El olor a pluma y a caca de pollo seguía impregnado en el ambiente.  Los pabellones tenían un esqueleto de material noble,  que se construyó exclusivamente para la crianza y el beneficio de las aves y que la gente de la Hermana Juana transformó en dormitorios a punta de madera y calaminas.  Solamente la directiva pernoctaba en las habitaciones de concreto donde antes funcionaba la parte administrativa. A nosotros nos tocaba el gallinero. Todavía quedaba caca de pollo pagada en los rincones.  Por las noches la lluvia y la arena se colaban por las paredes. Lo demás era sólo arena y alambre de púas.

 

Por lo menos, unos doscientos espectros harapientos salieron a recibirnos jubilosos entre cantos y más aplausos. Los infelices habían estado esperándonos desde hace  horas para poder comer y fumarse su cigarrito. Así que, nos recibieron con sincera calidez.  Gritaban y aplaudían a todo pulmón porque pronto servirían la comida, que más bien era un desayuno porque ya eran casi las dos de la mañana.

 

-¿Qué sé le dice al hermano que recién llega?…

-¿Qué sé le dice?…

-¡Sí se puede!

-¿Qué, qué?…

-¡Si se puede!…

-¡No sé oye… Más fuerte, carajo! 

-¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!… ¡Sí se puede!…

-¡Sí se puede!…

-¡Palmas, hermanos! ¡Palmas!…

 

Debido a las inquisitivas miradas de mis nuevos compañeros nos fuimos al comedor sin soltar nuestras pertenencias. A punta de carajos, nos acomodaron alrededor de una mesa hecha con tablones de madera reciclada. Era un rancho cubierto por un precario techo de calamina pero la mayor parte de las mesas quedaban al aire libre.  La iluminación era precaria.  Cien mil moscas se desplazaban de una mesa a la otra y volaban a poblar los cables eléctricos, que parecían esos largos cepillos de cerdas negras.  De pronto, un indefinido olor a comida caliente empezó a destrozarnos las tripas y el sonido de las cucharas casi me produjo un desmayo.

 

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… Si el señor es mi Pastor, nada me faltará. Él, me guiará por valles de tinieblas… Bendice Señor estos alimentos, que gracias a tu generosidad vamos a ingerir… -, rezó un flaco sacalagua que se paró junto al achinado.

 

Yo no recordaba ninguna oración, mi amor. Tampoco podía precisar en qué momento de mi vida me perdí de aprenderlas… Ni por un minuto me olvidé de la miseria, la inmundicia y la ignorancia que me rodeaban. La escasa luz que pendía sobre las mesas solo dejaba ver el comedor. El resto permanecía en tinieblas y era todavía un misterio.

 

Nos dieron avena caliente con salsa de tomate en unos tazones de plástico mal olientes, un tolete frío y un Gold Coast.  Después  de dar gracias a todo pulmón engullimos el repulsivo potaje.  En ese mismo instante se inició una nueva lucha por la supervivencia… Esta vez con las moscas… Que se posaban por decenas en las cucharas y en los platos… Teníamos que escupirlas antes de tragar la comida.  Pero terminas acostumbrándote. Y en los cuatro silos al aire libre – que estaban apenas a unos cuantos metros del comedor – los bichos se te pegaban en las nalgas cada vez que querías defecar.

 

-Cuando reconozcan con humildad que son una mierda, Dios se acordará  de ustedes, ¿ya?… ¡Ahora no valen nada!…  ¿Me oyeron huevonasos? ¡No son nada!… No valen nada para nadie… Ni para sus mamás, ni para sus familiares, ni siquiera para la gente del hueco… ¿Escucharon, imbéciles?  Desde ahora son la basura de esta casa, ¿ya?… ¿Me oyeron bien, carajo? Conforme pase el tiempo y se vayan limpiando de la droga, recién hablaremos… Mientras tanto, ¡con la lengua bien metida en el culo, carajo!… ¿Me oyeron, mierdas? No valen nada hasta que estén limpios… Por eso, recién van a recibir visita dentro de dos meses… Para que la gente vea que ha habido un cambio… Porque por su culpa, carajo, animales de mierda, ellos también tienen que ser terapeados, ¿ya?… ¡Ustedes no saben el daño que le han hecho a sus familiares, drogadictos de mierda!… ¡Basuras!…  Mientras no se limpien de la droga, no merecen ni la comida que se les va a dar, ¿ya, imbéciles?…   

 

El sacalagua estaba dejando bien claro cuál era el fundamento del programa. Según entendí, los nuevos estábamos en una etapa de purgación y teníamos que pasarla muy, pero muy mal…  Ni bien terminamos de comer el maldito nos deseó buen provecho y nos mandó a lavar los platos. 

 

Cada tres días un camión cisterna llenaba cuatro barriles inmundos y de allí se bebía, se cocinaba y se lavaban los platos. Pero casi nunca alcanzaba agua para el aseo personal.  Como ese delincuente de mierda nos había decomisado los jabones, las cremas de afeitar, las pastas dentales y los desodorantes, cada mañana hacíamos una cola absurda para que el director y otros hermanos nos pongan crema en el cepillo de dientes, desodorante en las axilas y espuma en las barbas.  Con las justas nos servían una tacita de agua para cada uno.  El proceso era tan tedioso que terminaban aburriéndose y aveces nos quedábamos sin asearnos.

 

-Ya me cansé, compadre… Para la próxima te lavas, ¿ya?…

 

Y si reclamabas o los mirabas feo,  te respondían que cuando parabas fumando en el hueco en lo último que pensabas era en lavarte los dientes…

 

-¿Te vas a morir ahora, huevón?…

 

Y hasta te dejaban sin desayuno.

 

Acabamos de lavar los platos alrededor de las cuatro de la mañana y como el flaco achinado quería joder un rato más nos hizo formar nuevamente y pasó la estúpida lista de asistencia.  No te imaginas, mi amor, la sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que cada cama era compartida hasta por seis internos. Para hacer posible el absurdo, dormían a lo ancho del colchón. Salvo los directores y uno que otro privilegiado todos dormían con los pies colgando.

 

Estábamos tan cansados que en silencio tumbamos medio cuerpo en la cama y al toque nos quedamos privados.  Cerca de la seis de la mañana nos despertaron para iniciar el primer día del programa de rehabilitación. Muriéndonos de sueño y de frío salimos a correr con toda la gente de la casa por los cerros y los arenales de Pucusana. Poco a poco fuimos desparramándonos en la arena.  De regreso en la casa  los veinticinco recién llegados fuimos tomados como ejemplo. Éramos el retrato vivo de ellos mismos cuando recién llegaron al programa y, como nadie quería acordarse de eso, perdimos nuestro derecho al almuerzo.   Rápidamente me di cuenta, mi amor, que teníamos que ir atravesando por diversas etapas de dolor y humillación.  Las terapias de testimonio y escarmiento las conducían los rehabilitados más antiguos y servían para transferir el sufrimiento que le causamos a los demás hacía nosotros mismos.    

 

La población de la casa se ordenaba en promociones. Nosotros, como recién llegados, debíamos elegir un nombre, un lema, una canción religiosa, un delegado, una frase bíblica, en fin… Dejar que el tiempo pase… Pero noté que, a pesar que estaba prohibido hablar de drogas entre nosotros, aquél era el tema predilecto en las terapias.  Los hermanos daban sus testimonios con lujo de detalles y noté que a la mayoría le daba más ganas de seguirse prendiendo. En eso consistía el programa: reclusión, abstinencia, testimonio y escarmiento. Nos tenían sometidos a su voluntad y para maquillar el vacío profesional pasábamos la mayor parte del tiempo cantando y recitando plegarias de paporreta.

 

¡Ah!… ¡Trabajar la soberbia!… ¿Sabes a qué le llamaban trabajar la soberbia, mi amor?  Cada testimonio era rigurosamente juzgado por un comité de abusivos que nos escuchaba criando cólera. Una vez que te sincerabas estabas perdido.  Claro que después de unas semanas de purgación hasta te dejaban escoger un castigo.  Y cuanto más brutal,   mejor visto por el comité.  

 

Pero nada era más grave que cuestionar el programa o  lo que ellos llamaban hacer propaganda negativa.  Era un paso atrás en nuestra recuperación y una prueba de que debíamos trabajar nuestra humildad… ¡Ay, amorcito!… ¡Cuánto me costó en dolor físico y en humillación aprender a quedarme callado!…

 

Cuando ellos hablaban de tu familia  se estaban refiriendo a la gente de tu grupo…  Todo estaba dividido en grupos: el de los antiguos; el de los nuevos; el de los reincidentes; el de los enfermos mentales; el de raros; el de los asilados y quizá otros de los que no me enteré.  Pero un día se me ocurrió contestar que ustedes son mi única familia… 

 

-El grupo es tu única familia… La otra ya la perdiste por ser un maldito drogadicto de mierda… ¿Estás oyéndome, carajo?

-…

-¡No se te escucha, mierda!… ¡Más fuerte, conchatumadre!… ¡Más fuerte te he dicho!… ¡Más fuerte!…, me gritaba una madrugada el maldito del achinado, mientras los demás me tiraban el agua inmunda con la que habían lavado los platos. 

 

El domingo era el único día que el programa te dejaba en paz.  Algunos escribían cartas y otros releían las mismas viejas revistas o su Biblia. Cuando nos dejaban ver televisión te apagaban la tele cinco minutos antes que termine el programa y nos mandaban a hacer otra cosa.

 

-Son unos sádicos de mierda… No les hagas caso, me decía Mauricio, que se sombreaba entre los locos…  ¿O los asilados?… Solo ellos llevaban una vida al margen del programa… Eran como huéspedes miserables… Y nadie se metía con Mauricio porque te respondía la precisa… Pero cuando le convenía decía una  incoherencia y se exoneraba de paltas…

 

-Lo que mi familia paga por esta inmundicia alcanza para que coman todos los enfermitos que viven aquí.

 

Y seguía cosiendo con su pañuelito hindú con un nudito en cada punta tapándole la calva… A veces se olvidaba de ti y tenías que presentarte otra vez… Era divertido… Pero lo mejor que tenía Mauricio era su buen corazón y por eso se encargaba de cuidar  de los heridos.  Como tenía buen apetito era el cocinero de la casa.  Y como no fumaba, cambiaba los cigarrillos por alimentos y por eso de vez en cuando los dirigentes lo allanaban y le quitaban sus cosas.

 

-¡Hijos de puta!  ¡Ya no respetan ni a los que pagan! -, y guardaba silencio por un par de días,  sumergido en su lectura…

-¿Y por qué no te quejas con tu familia?-, pregunté una tarde.

-¡Uf! Hace años que nadie me visita… Pero no me creerían… La Hermana Juana se las sabe todas… ¿Por qué crees que las visitas no son aquí?… Te hacen caminar con corbata por el desierto hasta la casa de San francisco… Que sí es una casa de verdad… Con patio, cancha de fulbito y todo… Con sus dormitorios bien limpiecitos… Allá viven los que trabajan para el programa… Esa es la casa que le enseñan a las visitas.  Por supuesto que JAMÁS te van a creer que aquí las moscas te sacan los mojones del culo… Oye, me enteré que la desgraciada se trajo la idea de Italia… Allá los heroinómanos están tirados por las plazas y una mafia se los recoge, los mete en rehabilitación y cuando encuentran a los familiares los extorsionan. O, una vez que están limpios, los regresan a la calle a trabajar para ellos… Por eso tratan a los muchachos como a perros.  Si se les muere alguien no pasa nada…  ¿A quién le importa un drogadicto?… ¿Crees que le dicen hermana porque es monja?… ¡Esa también es una rehabilitada!…

 

Una madrugada, el flaco achinado decidió bajarme la soberbia de una vez por todas. Entre cuatro me levantaron de la cama a trompadas, me ataron de pies y manos, me metieron en un enorme costal y me llevaron a puntapiés hasta el centro del arenal.  Me estaban esperando sentados frente a una fogatas.

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

                           

-¡Terapéalo!… ¡Terapéalo!…

-¿O sea que tú eres el Gringuito? ¿Tú no sabes lo que les pasa a los mariconcitos que andan creyéndose más que la gente?… ¿Ah?

-¡Arrodíllate, mierda!…

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi señor!… ♫♫

                             

(Me arrojaban arena encima)

 

-Fumoncito eres, ¿no?… Ya te olvidaste cuando te prendías en el hueco y tu viejita te esperaba en la ventana, ¿ah?… 

 

                             ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫   

                            

Me ardía la cara…  Tenía los ojos, los oídos y la boca llenos de arena…

                       

-¡Sicoséalo!… ¡Sicoséalo!…

-¡Ahora habla mal del programa pues, conchatumadre!

-¡Calatéalo!…

-¡Calatéalo!…

-¡Qué no se corra pues, huevón!…

-¡Sáquenle la mierda a ese cojudo!

-¿Qué le pasa al hermano que desprecia al programa?… ¿Qué le pasa, ah?… ¡No los veo carajo!…  ¡Más fuerte!  ¡Denle más duro!…

 

                               ♫♫ ¡Alabaré!… ¡Alabaré!… ¡Alabaré a mi Señor!… ♫♫

 

(Ya no podía ver nada y  no sentía mis piernas porque tenía medio cuerpo enterrado en la arena)

                           

-¡Gringo de mierda!… ¿Te arrepientes, conchatumadre?… ¿No te da pena tu mamá?… ¡Habla, carajo!… ¿Te arrepientes?… ¡No te escucho!… ¡Más fuerte!… ¡Pídele perdón a Dios, carajo!… ¡Levántalo!… ¡Levántalo!… ¡Que coma caca hasta que reviente!…

          

                           ♫♫ Predica la palabra, insiste a tiempo a completo ♫♫

                                         ¡Cuerpo Celestial eternamente bendito!

                       ♫♫ Rebatiendo, amenazando y preocupado de enseñar ♫♫

                                                ¡Glorioso y Magnífico Maestro!

                        ♫♫ No insultes, sé pacífico y trata a todos con amabilidad ♫♫     

                                                     ¡Alabado Dios, Todopoderoso!

                        ♫♫ Sométete los jefes, a la autoridad y evita contradecirlos ♫♫

                                                    ¡Hágase Señor, sólo tu voluntad!

                               ♫♫ Éramos insensatos, rebeldes, descarriados ♫♫

                                                      ¡Bendito, nos liberaste!

                             ♫♫ Pervertido dechado de Janés y de Jambrés ♫♫

                                                    ¡Dios y Salvador, Cristo Jesús!

                             ♫♫ Esclavos del vicio, de la malicia y la envidia ♫♫

                                                     ¡Bendito, nos redimiste!   

                        ♫♫ Éramos dignos de odio y vivíamos odiándonos unos a otros ♫♫

                                                   ¡Aleluya nuestro Salvador!

                        ♫♫ Y nos llamaste para corregir al desobediente, al impío ♫♫

                                                        ¡Tú eres el creador!

                                  ♫♫ Tu dijiste enseña reprendiendo con autoridad ♫♫

                                                            ¡Tu palabra es la Vida!           

                                  ♫♫ Y al que no hiciera caso, que se condene a sí mismo ♫♫

                                                  ¡Hágase tu voluntad Señor! (*)

 

                                      

Mis verdugos se orinaban en mi cara y defecaban para alimentarme con la escoria… ¡Hasta improvisaron una danza frente a la hoguera!… Ya no me importaba nada, mi amor, ni comer caca, ni que me patearan o que me enterraran vivo… No quería ser un rehabilitado para convertirme en eso… ¡Ellos estaban sobrios!… Sin estimulantes… Lo peor de todo, mi amor, es que sabía que quizá no me iba a morir…   Ni bien abrí los ojos vi la cara de Mauricio. El bueno de Mauricio. Nuestra Florence Nightingale me estaba desenterrando con un cucharón.  Yo estaba sepultado hasta el cuello y tenía toda la cara embarrada de excremento.  Sentía aquél hedor impregnado en mis entrañas, el cuerpo destrozado a puntapiés y me dolía el vientre de haber vomitado tanto. 

 

-Esta vez se les fue la mano contigo, Gringo… Estos resentidos de mierda se ensañan con uno… Pero después de todo has tenido suerte… (susurrando) Una noche trajeron dos cadáveres y estos brutos los arrojaron al mar… ¡Imagínate!… ¿Qué culpa tenían los pobres de querer escaparse de este lugar maldito?…  Mejor que los dejen en la calle… Aquí los que no les pagan están desprotegidos.

-¡Pero si mi hija está pagando!…, -le respondí haciendo un gran esfuerzo.

-¿Y qué haces aquí?… Deberías estar en la casa de Cieneguilla…

-No lo sé, Mauricio, no lo sé…

-Seguro que ya no tienen sitio y te han metido en este lugar de mierda… Estafadores… Hijos de puta..

-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?… ¿No dices que tu familia tiene plata?

-No me creyeron… ¿No te digo?… Y ya se olvidaron de mí…  Además, nadie quería verme de nuevo por allá… ¿Comprendes? ¡Qué importa! Yo, papito, o me corto las venas allá afuera o me quedo en este infierno a morir lentamente…

-¡Si yo pudiera me escaparía de aquí, hermano!… ¿Qué  tengo que hacer?…

-De aquí nadie se escapa, Gringo… Pero he escuchado que en dos meses hay una convención de programas de rehabilitación en el Parque Salazar y van a llevar a los  más presentables…

-¿Miraflores?…

 

 

 



(*) Fragmentos extraídos de Las Cartas Pastorales a Timoteo y a Tito. Capítulos 2,3,4

Un nuevo Sol amaneció a la par del Dólar… (*)

 

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

 

… ¡Y lo hizo nomás!…… ¡Retrechero! Al final nos engañó a todos ¿Conque había que decirle NO a la receta del Fondo Monetario?  ¡Y con otro nombre nos aplicó exactamente lo mismo! ¡Lo peor fue que le creímos!  A ver ahora cómo lidiamos con la miseria… ¡La cagada!…

 

… El nuevo Sol amaneció a la par del dólar ¿Debemos estar contentos?… Tanto sacrificio que costó obtener la poquita plata que anoche guardamos en el cajoncito del velador para que hoy día no alcance ni para mierda… El mercado está cerrado porque los comerciantes no saben a qué precio vender las cosas ¡Nadie puede comprar nada!… Estos inmundos billetes – con los que hasta ayer me compraba una docena – me sirve sólo para comprar un pan… Y un pan malo, todavía… Pura levadura con sal y agua ¿A quién quieren engañar? Ninguna de estas bolsas ha salido de las panaderías del barrio… Ahora cualquiera vende pan… Hasta te venden pan en la ferretería… Como siempre, alguien le pasa la voz a los más sapos y se ganan… Con este cierra puertas de mierda el botín debe ser jugoso!… ¿Y nosotros qué?… ¿Mirones de palo?  La gente les compra por inercia, nomás…  Pero en el fondo los aborrecen por ingratos… 

 

… Están hablando que en un mes nivelarán los sueldos… ¿Y las pensiones? ¡Pshh!…   ¡Qué golpe bajo para la gente! Nos hemos quedado solos… ¡Ya no hay más inflación!… ¡¡Ra!! ¡¡Ra!! ¡¡Ra!!… Pero a partir de hoy tendremos que quintuplicar esfuerzos para  sobrevivir… Por desgracia somos el costo social en un cojudo cuadro estadístico… Yo soy la lacra sin nombre de las calles.  La generación quemada de este plan de gobierno plajeado  ¡Hay que hacer sacrificios, señor presidente!… ¡Aquí está el pecho de los más jodidos, el culo de los más cagados!… ¿En dónde está el suyo, el de sus ministros, el de la gente que tiene la sartén por el mango, que en este momento están desayunando en una mesa en donde hoy tampoco les falta nada?

 

Aquí en las calles nos sentimos castigados, defraudados, desmantelados y resentidos, mi querida Mónica… Dejados a nuestra propia suerte y sin futuro, mi estimado Guido…  Lo cual  es tremendamente injusto, señor Presidente, porque ya facturábamos una vida llena de privaciones   ¡Hoy soy inmensamente más pobre que ayer!… ¡Ahora sí que nunca podré nivelarme!  Menos con esta pensión miserable que quién sabe a cuánto se habrá reducido… ¿Habrá comido mi tía Antonia?… Tengo  que pasar a verla un ratito…

Genoveva se bajó en Nicolás de Piérola… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

                                                          

 

Se abotonó la chompa, se tapó la boca con la chalina y a tranco firme se abrió paso entre la gente casi sin mirar. Una persistente garúa mantenía húmedas y resbalosas las veredas obligándola a acortar la marcha.  Cientos de vendedores ambulantes tendían sus plásticos en el suelo y se preparaban para armar sus puestos.

 

-¡Yo te abrigo mamacita!…

-¡Están buenas las yucas de mi tía, oe!…

-¡Qué tal papaza!…

-¡Cómo aprieta ese calzoncito!…

-Por atrás, bandida…  

 

Pero ella se hacía la sorda y continuaba su camino por el centro de Lima internándose en aquel mar de comerciantes.

 

En el Centro, la sinfonía matutina se compone del congestionamiento del tránsito y el rugir de los viejos motores y las bocinas de los ómnibus; de las frenadas que queman llanta y terminan en mentadas de madre; de los impacientes golpes que algunos choferes dan a las carrocerías de sus vehículos y el monótono pregón de los cobradores y los vendedores ambulantes. Densas nubes de smog se internan en cada rincón para confundirse finalmente con el gris del cielo limeño.

 

La librería de Genoveva queda casi en la esquina de La Colmena con Azángaro. Aunque no ganaba mucho, estaba satisfecha de estar aprendiendo cada día más del negocio. Tenía por lo menos cuatro pretendientes entre los catedráticos que frecuentaban la tienda y esa tarde uno de ellos le estaba enseñando algo novedoso.

 

-Desgraciadamente, mi querida amiga, no hay buen negocio sin cutra – le decía un chato avispado que enseñaba lógica en San Marcos.  

-Yo si que no entro en vainas, ¿ah?… A mí eso de la cutra no me gusta… Así que mejor, quita, quita… – le contestaba toda coqueta acomodándose el sostén  por encima de la chompa.

-¿Por qué te me achoras, preciosa?

-Yo no me achoro…  Yo hablo como chalaca, pues…

-Mira qué coincidencia yo también soy chalaco…

-¿De qué parte del Callao eres tú, profesor, que no se te nota?

-De Bellavista… ¿Y tu, linda, eres de la Punta?

-Yo soy de Buenos Aires, papito…

-¡Con razón me sacas al fresco al toque!… Ya sé que contigo suave nomás… Lo que te quiero proponer no es cutra de verdad…

-¡Total!…

-Digamos que es una cutra blanca… Lícita, pues. Mira, te invito a  almorzar y te lo explico con más detenimiento.

-¿Sí, no? ¡Ya me imaginaba¡… ¡Nada de saliditas, oye!… ¿Qué te has creído? ¿Ah?  ¡Quita, quita!… A mí con el truco de la cutra blanca… Eso es una contradicción, por favor. No me vengas, profesor…

-Es un decir, pues flaca…

-¡Cutra blanca… No me hagas reír!… ¿Vas a comprar algo? Porque estoy bien ocupada, ¿ah?

-Esta bien, está bien.  Si no tienes hambre… No tienes que salir conmigo…  Yo por hacerte un favor nomás…

-¿Favor?… ¡Ganancia, será!…

-¡Has dado en el clavo!…  Se trata de un acuerdo entre dos partes para incrementar la productividad… ¡Totalmente lícito!

-Aguanta el carro, profe.  Explícame ese sancochado que no te entiendo ni michi… ¿O crees que me vas a impresionar como a tus alumnas?

-¡Por favor, Genoveva!… ¡Jamás haría eso!… Saca tu cuenta nomás cómo sería si te mando ciento cincuenta alumnos para que te compren el mismo libro… ¿No crees que es buen negocio?… Ahora acuérdate que enseño en varias universidades y en dos turnos… Si no he hecho mal el cálculo, creo que tengo como mil doscientos alumnos en total… ¿Buen numerito, no?

-¿Y aún así necesitas recursearte?

-En el Perú el crimen sí paga, linda. Pero la cultura no…

-¡Que feo que suena eso, profesor!… ¿Y cuál es el libro?¿Lo tengo yo? ¿Es de texto o de consulta?

-¡Ya sabía!… ¡Ya sabía!…¡Siempre caen!…

-¿Ah, sí?… ¡Fuera!… ¡Lárgate de mi negocio ahora mismo, enano sinvergüenza!

-¿Pero por qué te me achoras otra vez, preciosa?

-¡Ya te dije que así hablo yo!… ¿Crees que estás jugando conmigo, ah?… A mí me gustan las cosas claras y de frente… ¿Cuál es el libro, pues?

-A ver… ¿Por qué no podemos conversar tranquilos en un restaurante?… Te invito a  comer algo que te guste…

-¿Ah, sí? … ¡Qué vivo!, … ¿No?… ¡Vete de mi tienda que no necesito vender tus libros!…

-Son mas de mil… Eso sin contar un par de cursitos más que tengo por ahí con sus respectivos textos…

-¡Esta bien, está bien!… ¡Pero que quede claro que es sólo un almuerzo de negocios!

-¡Claro que se trata estrictamente de negocios, Genoveva! Todo lo que hacemos en esta vida sólo son transacciones…

-¿Y qué ganas tú, profesor?

-Con una relación estrictamente de negocios…

-¡Estrictamente!

-… Con un diez por ciento me conformo…

-¡Trato hecho! – y con una guiñada de ojos lo derrumbó por completo.

 

La semana siguiente el repartidor de la distribuidora colocó sobre el mostrador un paquete con su último pedido.

 

-Doscientos libros de texto… Ciento cincuenta manuales… ¡Hmmm! Ya entiendo…, diez por ciento por aquí, otro más por allá… ¿Qué porcentaje le sacará mi galán a la distribuidora y cuánto le estará pasando el  autor?… -, se preguntaba con malicia revisando la factura -Muy bien…, ¿adónde firmo?… – y estampó con cancha una laboriosa rubrica sobre la línea de puntos.

 

A pesar de la incertidumbre económica del país su negocio por suerte no parecía andar tan mal como otros. Sin embargo, tenía que reconocer que su experiencia como bodeguera era insuficiente para sacar adelante una librería y muchas veces tuvo que pedirle a los clientes que regresaran más tarde porque no podía ubicar el libro que le estaban pidiendo y casi siempre se perdía la venta.  A veces, se  arrepentía de no haber hecho el traspaso con personal y todo tal como le aconsejó el anterior dueño.

 

-Mientras estemos empezando no podemos darnos el lujo de pagar empleados… Ya verán cómo trabajando solitas nos vamos para arriba… -, les dijo confiada a sus hijas.

 

Sin dar su brazo a torcer, aveces se amanecían buceando en ese inmenso mar de libros que ahora eran suyos.  Muchos daban la impresión de no haber sido tocados en años. Genoveva, estrenando sus nuevas monturas y el cabello sujeto con un lápiz por detrás de la nuca, se pasaba la mayor parte del día trepada en una escalera o moviéndose entre los estantes tratando de reconocer cada uno de sus textos.

 

Una noche se tomaba un café piteado a puerta cerrada y con la ayuda de  sus hijas  - y Lalo – ordenaba unos libros que durante años habían servido para  sostener el peso de un tramo del mezanine. La estructura se caía sola de puro apolillada que estaba.  En cuestión de minutos, Lalo derrumbó el armatoste por completo con una mano. Mientras retiraba los escombros, tropezó con un pesado cajón de madera que empujaron entre todos para ubicarlo debajo de un foco que pendía de un largo cable desde el techo.

 

Cuando finalmente lograron abrir el cajón,  un fuerte olor a humedad se apoderó del ambiente. Eran más libros.  Lalo, que se había amarrado un pañuelo para taparse la boca,  se animó a sacar uno con la punta de los dedos.

 

-Este es un libro de Antropología que se llama… “¿Qué Sucedió en la Historia?… por… por… V. Gordon Childe”… Interesante, ¿ah?… Está recontra viejo pero tiene buena portada.  

-Fíjate el año y el lugar en dónde fue impreso – dijo Genoveva puliéndose.

-¡Estás aprendiendo, Genoveva!… – intervino Marita.

-La práctica, hijita, la práctica…

-Escuchen: “Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1972 Editorial Ciencias Sociales”…

-Seguro que ese libro estaba fresco cuando lo metieron en la caja… – se le ocurrió a Marita.

-¿Alguien lo quiere… O directo a la basura?

-¡Aj! ¿Quién quiere esa cochinada? – dijo Sandra haciendo un gesto de asco.

-Ni hablar… No lo botes. Sepáramelo para leerlo – dijo Marita.

-¿Qué más hay? – preguntó Genoveva.

-¡Miren éste!… ¡Pero si es ni más ni menos que de César Vallejo!

-¿Cómo se llama?  Preguntaron al unísono.

-“Tres obras interesantes: 1.- Rusia 1931 / 2.- Rusia en el segundo Plan Quinquenal/ 3.- Fabla salvaje… Editorial Gráfica Labor. Lima –Perú. 1965, primera edición”. ¡Concha su madre!… ¿Una primera edición debe valer alguito, o no?

-¡Suave con la boca compadre, que aquí todas somos mujeres! – dijo Brenda, la menor, haciéndose la agrandada.

-Perdón, señorita…  Fue la emoción.

-Sigue, sigue…, ¿Qué más hay? – dijo interesada Genoveva.

-A ver, a ver… Papel de hilo blanco, amarillito,  pero todavía sirve… Miren este libro… Por la encuadernación se nota que es bien antiguo: “La Criminalidad Comparada por G. Tarde, prólogo de Adolfo Posada”… No veo la fecha por ningún lado… Espérense… Madrid, La España Moderna. Teléfono 260”…

-¡Pucha qué moderno, ah! Un teléfono con tres números, imagínense… – dijo Sandra.

-¡Oigan esto! Trae publicidad en la última página: “Revista Ibero Americana. Año V. Cada número forma un grueso volumen de más de doscientas páginas, gran tamaño a dos columnas…”.

-¡Dos columnas como la Biblia!…

-Esperen, falta más: “… Se divide en dos secciones: española y extranjera. La española está escrita por…” Escuchen nomás, que tales nombrecitos: “ … Barrantes, Campoamor, Canovas, Castelar, Echegaray, Galdós, Méndez y Pelayo, Pardo Bazán, Palacio Valdez, Pi y Margall, Thebussem y Valera…”

-¿Y quiénes son esos? – preguntó Brenda aburrida.

-No te equivoques, chiquilla, que algunos son conocidos… Escuchen quiénes escriben  para la sección extranjera: ”…Bourguet, Cantú, Coppee, Cherhullez, Daudet…” Atención a estos: “…Dostoievsky, Gladstone, Richepín, Tolstoy, Turguenef y Zola…” ¡Tremenda gente!… ¡Qué hallazgo, señora!… Este sí que debe valer alguito.

-Esa es mi herencia… – se apuntó Marita de inmediato.

-¿Por qué?… ¿Quién dice? – preguntaron en coro sus hermanas.

-Todo lo que está aquí es mío – intervino Génova poniendo orden.

-No puede ser… Oigan esto: “Precio de suscripción pagado por adelantado en España: Seis meses, diecisiete Pesetas; un año, treinta Pesetas. En las demás naciones europeas y americanas y en las posesiones españolas: un año a cuarenta Pesetas…”

-¡No jodas!… ¿Hasta cuándo España tenía posesiones?… ¿De qué año es esta joyita?

-Creo que por aquí viene… A ver, a ver escuchen: “Quedan algunas colecciones de los años 1889, 90, 91 y 92, a treinta Pesetas cada uno…”  Mmmm…, según parece este librejo puede ser de 1893…

-A ver pásamelo, por favor. Tienes razón… Este de aquí es todo un hallazgo – dijo Genoveva extendiendo la mano.

-Compruébelo usted misma…

-Este sí que es toda una reliquia y está muy bien conservado el desgraciadito… Chicos, definitivamente este es mío…

-¡Qué tal raza! ¿No se supone que tienen que ser las hijas las que heredan? – reclamó Marita picona.

-Yo no me he muerto todavía para que tú reclames tu herencia… El libro es mío porque yo soy la dueña del negocio y punto…

-Ya pues, no se peleen y estén atentas porque aquí viene el tuyo Marita: “El inocente”…, por Gabriel D’Annunzio. Traducción de Augusto Riera, Barcelona…” ¡Qué rico, Marita, este sí que tiene su fecha y todavía es doble!…

-¿De qué año es?- preguntaron con impaciencia todas.

-…Del año 1900… Y la segunda novela que trae se llama: “Las Vírgenes de las rocas” Este sí es para Marita, ¿no señora?…

-¿Ah, sí? ¡Qué tal raza! ¿Y Por qué va a ser para ella? – reclamaron las hermanas.

-Porque yo digo… Además, ella es la mayor…

-¡Gracias, Mamita! – dijo Marita apretándola  con tanta fuerza que la hizo tambalear.

-¡Ya quita oye, no seas melosa! – dijo engriéndose pero fingiendo indiferencia.

-Lo voy a empezar a leer mañana…

-Sí, seguro… – intervinieron las hermanas.

-En serio… ¿D’Annunzio perteneció al Romanticismo?

-No, mi amor, es Realista y Naturalista como Zolá… A mí también me gustaría leerlo. 

 -¡A la mismísima, señora!

-No te creas, hijo, ¿ah?… Yo también me pongo a revisar los libros cuando no tengo nada que hacer… Mientras no entra la plata por lo menos que entre algo en la cabeza, ¿no?…

-¿Y qué libro estás leyendo ahora? – preguntó Marita curiosa.

-Ninguno… Está recibiendo clases de su profesor particular de Humanidades… – dijo Sandra que tenía ganas de joder.

-¡Déjate de atrevimientos, oye mocosa! – contestó Genoveva poniéndose como un tomate.

-¡No puede ser!

-¿Qué te pasa, oye? ¿Por qué gritas así, ah? – reclamó Genoveva de un brinco.

-¡Pero qué coincidencia!…¡No lo puedo creer!

-¡Habla de una vez!

-Escuchen lo que está escrito, aquí, en taquigrafía -leyó Marita con dificultad-: “Para mi buena…” – arqueó las cejas y repasó en voz baja una serie de monosílabos que le ayudaron a traducir las siguientes palabras – “Constanza de Leveroni, Lima…” – dejó de leer nuevamente para decir -  Y aquí viene lo más increíble…

-¡Dilo de una vez, carijo! – reclamó Genoveva impaciente.

-Parece que fue un regalo de cumpleaños… Escuchen la fecha: “15 de junio de 1905…”

-¿Y eso qué tiene que ver?

-¿No se dan cuenta que el quince de junio es mi cumpleaños?… Ahora no me digan que este libro no me estaba esperando a mí.

-Esta noche te va a poseer el alma de Constanza de Leveroni… – dijo Brenda haciéndose el cuco.

-A mí esas cosas no me asustan.  Además, considerando la fecha de la dedicatoria, Constanza  debe haber sido una poetisa, una mujer liberada e inteligente como yo.

-¿Inteligente, tu?…

 

Y mientras se paseaba con el libro recibiendo una pifiada general del interior se deslizó un papelito amarillento que Lalo recogió  y revisó con interés.

 

-¡Já!… Ahora miren lo que me encontré – dijo mostrando un panfleto.  Escuchen que esto sí es la muerte:   “¡A RECIBIR A WALDO FRANK!”  La izquierda universitaria, que se concentra en el grupo ‘Vanguardia’, invita a la juventud universitaria y a las masas estudiantiles en general, al homenaje de una recepción al gran artista norteamericano Waldo Frank, que nos trae el mensaje del enorme pueblo del norte…”

-¿Waldo Frank?…

-¿Quién es Waldo Frank?

-Quién fue, dirás… Porque además de zurdo ése ya está bien muerto.

-“… Contrariamente a la visita de mister Hoover, la de Waldo Frank tiene que merecernos las más explosivas muestras de simpatía…”

-¿Mister Hoover?… ¿El que inventó la aspiradora?

-Ya pues, déjense de payasadas…

-“… En el gran poeta de nuestra América, tenemos que ver al precursor de la solidaridad americana, cuya base efectiva es la identidad de aspiraciones de los pueblos latino-americanos, con el pueblo norteamericano. Al que no hay que confundir con la plutocracia de los capitales de la conquista de Wall Street. Pertenece a Waldo Frank, la afirmación que tenemos ‘un enemigo común y una causa común’. Sabemos que el pueblo norteamericano, o más  concretamente, el proletariado norteamericano, está a nuestro lado. Y nos interesa saber de ese pueblo, de su ánima multitudinaria de la que Waldo Frank es verbo…”

-…Un verbo con una conjugación bien complicada además… ¿Alguien entendió algo?

-Yo no sé qué diablos han dicho… Y es más, ya me aburrí…

-¿Proletariado norteamericano? Primera vez en mi vida que escucho algo semejante…

-No es por nada pero estos libros están bien comunachos ¿Ah?…

-¿Quieren que siga leyendo? O me lo llevo así, nomás…

-¡Qué gracioso!

-Se acabó el café piteado para Lalo…

-Y para ustedes también… ¿Falta mucho? – agregó Genoveva impaciente.

-No, ya acaba… “… Hasta ahora hemos tenido una imagen falseada de la América del Norte. A esto no poco han contribuido las aprehensiones románticas, que enjuiciando al capitalismo como fenómeno de decadencia pretenden hacernos tomar antihistórica y antimodernistamente a las rutinas exaltadas a título de súper mecanismo…”  Pucha, qué fuerte… ¿Me siguen?

-¡Acábala, oye!

-¡Más aburrido tu Waldo Frank!

-Si es muy largo ya no sigas por favor, hijo…

-No señora, aquí termina: ”… Empero, no es cierto que la democracia lincoliana esté continuada por los magnates imperialistas, y que el capitalismo, creación de esa democracia, no porte en su ceno, realizaciones históricas  y gérmenes fecundos. A este redescubridor de América que nos visita, se debe la mejor interpretación del Jazz, del cine y la máquina. Al revés de los filósofos asépticos de la decadencia, como Keyserling y Spengler, Frank tiene fe en el porvenir, que será no de las minorías, que ahora contradicen a la generación revolucionaria de la independencia americana, sino de las multitudes templadas en el dinamismo de la urbe de los rascacielos y en el jadeo vertiginoso de las máquinas…”

-¡Ya nos estamos durmiendo!…

-Sólo escuchen cómo acaba, pues: “… A la juventud estudiantil toda el albazo del primer saludo a este poeta filósofo que es de la misma estirpe que Upton Sinclair y John Reed. Que éste llamado de Vanguardia, congregue a todas las capas estudiantiles y que las apreste a escuchar su mensaje.

 

TODOS AL CAMPO DE ATERRIZAJE DE LA COMPAÑÍA FAUCETT EN EL TERRENO DEL COUNTRY CLUB, EL DOMINGO PRIMERO DE DICIEMBRE A HORAS 5. PM.  LIMA, 30 DE NOVIEMBRE 1929.”

                                                                                          “Vanguardia”

 

-Súper denso para ser sólo un volante, oye…

-¡Pucha!… ¡Por eso pesaba tanto la caja!

-¡Con razón que se cayó del libro!…

-Yo creo que es interesante…

-…Y contradictorio, también…

-Tiene su valor histórico… ¿Ustedes creen que Lalo, como enamorado de Marita, deba heredarlo?-  Preguntó Genoveva socarrona.

-¡Sí!… ¡Por favor, mamá,  regálaselo!… -, rogaron las chicas en coro.

¡Abran, flojonasas! ¿Hasta qué hora piensan dormir?… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”                                                        

 

 

-¡Mamama! Ahí está ese loco otra vez, ¿por qué tenemos que aguantarlo?…

-¡Por favor ábrele, Adrianita! ¡Apúrate, para que no siga gritando!

-Pero no es justo…

-¡Shhh!… ¡Cállate la boca y por favor abre la puerta! Ya sabes que se aparece por aquí todos los Domingos…

-¡Qué tal raza!

-¡Shhh! ¡Te he dicho!

-¡Sofía,  ábreme la puerta!…

-¡Ay, tío! ¿Qué escandaloso que eres, no?

-Tú abre nomás, mocosa…

-También que tú te desesperas por todo, tío…

-Ya quisiera verte en mi lugar, mocosa de mierda, con todas las preocupaciones que tengo en la cabeza… ¿Y mi café?… ¿Dónde está mi café?… ¡Carajo! ¿Es que en esta casa nunca se desayuna?

-¡Pero si son las siete!…

-¡Las cero setecientas en punto, por la puta madre, carajo mierda!… 

-¡Por Dios, José Luis, ¿no crees que es muy temprano para decir lisuras?

-Pero mi guapísima Sofía, si una lisura es lo primero que escucha un soldado cada mañana antes de sus oraciones… No te imaginas la cantidad de saludable energía que inyecta un buen carajo en ayunas…

-Si, pero no estamos en el ejército, tío…

-Lamentablemente, malcriada, porque buena falta te hace un  poco de disciplina…  ¿Cómo?… ¿No vas a  invitarme nada, Sofía?… ¿O también quieres que me largue como la metete de tu nieta?

-¡Ay tío! ¿Quién te está botando?

-Hazte la cojuda, mocosa… ¿Tú crees que me chupo el dedo?

 

Hace apenas cuatro años que el ejército lo había dado de baja pero a José Luis le parecía una eternidad. Un día nefasto se materializó su secreto deseo de dejar la milicia cuando se le escapó una bala en el interior de la vagina de su acompañante.  Estuvo encerrado cerca de un año en una de las prisiones más heladas del país pero el Estado igualito le concedió una jugosa pensión de retiro por sus años al servicio de la patria.  Mientras tanto, Juan Carlos había aprendido a manejar a la perfección las cosas en Lima y andaba por ahí sin levantar sospechas sobre el origen de su riqueza.  Ni bien la infeliz prostituta logró salir del coma se le veía bajando por la calle principal pidiendo limosna desde el amanecer,  mutilada, arrastrándose en su carro patín. 

 

Cumplida su condena, se preparaba para tomar el autobús para Arequipa cuando alguien tocó la puerta del cuarto del hotelucho en dónde se hospedaba.

 

-¡Abre, papay! ¡Abre puerta, Rojito! Para que lleves a Lima hemos traído un regalo…

-¡Váyanse a la concha de su madre, serranos de mierda!

 

Cerca de las once de la noche, habiendo abordado a tiempo el autobús, un par de emponchados lo interceptaron y a trompadas lo bajaron del vehículo. A vista y paciencia de los sorprendidos pasajeros que se encontraban en la agencia Cruz del Sur, uno de los paisanos sacó un enorme machete que tenía escondido debajo del poncho y de un golpe eficaz  le amputó brutalmente la mano izquierda.

 

-¡Esto es por la Sonia, maldito pishtaco!…

 

Fue trasladado de emergencia a Lima en un avión del ejército y lo internaron en el hospital Militar. Después de dos largos años de terapia, su psiquiatra lo dio de alta. José Luis se despidió de sus compañeros de pabellón, articulando con extraordinaria habilidad cada dedo de su ligera mano de titanio, que desde entonces lleva cubierta por un tenebroso guante de cuero negro.

 

Decidió mudarse a San Antonio, muy cerca de la casa de su hermano y de los Galarreta. Cada día visitaba a la familia exigiendo desayuno, almuerzo y comida.   Pero ni para sentarse a la mesa se quitaba los lentes oscuros, ni la corbata, ni el prendedor de oro lleno de cadenitas o los enormes gemelos que hacían resaltar su poderosa mano negra. Jamás informaba a nadie adónde iba, pero a pesar de su esfuerzo por ser impredecible, sus salidas siempre terminaban en el hipódromo o en la taberna Queirolo. Juan Carlos se encargaba de recogerlo,  borracho hasta las patas, lo acostaba y lo escuchaba lamentarse de su suerte hasta la madrugada.

 

Juan Carlos era la cara del negocio y se había convertido en uno de esos tipos que aparentan lo que no son. Tenía importantes conexiones políticas que le permitían trabajar con soltura.  Tuvo que ser admitido en los círculos más estrechos donde se encargaron  de inventarle méritos,  lo adularon  y hasta lo condecoraron como filántropo.  La presencia de su hermano le resultaba indecorosa pero – a pesar de la insistencia de toda la familia -  se negaba a internarlo en una casa de reposo, lo que habría evitado el martirio al que tuvo sometidas a su esposa y a sus dos hijas, que terminaron huyendo a los Estados Unidos sin dejar rastro.  José Luis era tan peligroso como una molotov en una escuela primaria y era una amenaza para la imagen pública de su hermano. Por eso se ensañaba en sus excesos y se divertía experimentando con la tolerancia de los demás.

 

La situación económica de los Galarreta mejoró notablemente. Cada tarde, después del trabajo, Vico se sentaba en la puerta de su casa, se fumaba un cigarrillo viendo los carros pasar por la Benavides y se felicitaba de su suerte. 

 

… ¡Ah!…Parece mentira que esté abriendo mi propio garaje con control remoto…

 

Pero por alguna razón terminaba acordándose con nostalgia de su vida en la casa de San Miguel. Sofía tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su nieta y esa vida era demasiado monótona para su temperamento.  El fracaso del primer matrimonio de Inés la afectó particularmente a ella, que se seguía culpando por el curso que tomaron las cosas. Ahora que había tanto que decir, tenía que callar por el bien de su hija. Apretaba su rosario y se consolaba pensando que Dios no iba a juzgarla por el pecado de otros. Estaba demasiado delgada y demacrada para que se diga que disfrutaba de la vida y en su mirada sombría se podía adivinar un padecimiento mortal.

 

“¡Por la chucha su madre, carajo!”… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no? – gritó el Gallina con su voz de hojalata y los ojos fuera de órbita. 

 

Estaba agachadito como siempre, en la puerta del callejón, traficando su huevada y fumándose tranquilo un tabaco de la suya… Haciendo tiempo… Resignado a que ese bulto monstruoso que tenía en el cuello – y que camuflaba con un pañuelo grasiento – acabara con su maldita existencia antes que la policía lo reingrese en Lurigancho.

 

-¡Compadre… Pero si está nuevecita!

-Mejor haz caso y bórrate de una vez, Colorado… El hombre te está hablando de buenas maneras, le dijo el negro Blancanieves – que lo manyaba del cole – tirando un gargajo parduzco contra la pared.

-Compadre… Esta licuadora tiene doce velocidades…

-¿Qué mierda me palabreas a mí, sonsonazo? ¿Ah, pavazo? – Se achoró el Gallina incorporándose ágilmente y de un empujón lo arrinconó contra la inmunda pared del callejón.  Después de acercarle el anillo con su enorme calavera a la cara, lo amenazó por última vez: -¡Sácate de aquí, concha tu madre, si no quieres que te abolle ahorita mismo!…

-¡Oye, Colorado! – le pasó la voz el Mostrovelo desde la vereda del frente y Betto cruzó corriendo con la licuadora de su mamá camuflada en una bolsa.

 

El negro estaba vendiendo su merca sentado al borde de la pista y se iba tomando una cerveza al tiempo mientras aguardaba que los angustiados comenzaran a caer por el hueco.

-¿Habla, cuánto me das? – articuló apenas Betto.

-¿Yo? Ni mierda, Colorado…

-¿Entonces?

-Mira causa, porque me caes bien y porque lo manyas a mi tío te voy a pasar el dato… Métete a la huaca, sigue de frente por el corralón hasta el primer caño y en la segunda entrada doblas a la derecha hasta llegar a la barraca número doce. Es la única casa que está pintada de celeste… Toca fuerte nomás y pregunta por Olga… Es mi síster… Enséñale la barca y dile que vas de mi parte.

-¿Crees que la quiera, compadre?

-¿Cómo chucha voy a saber yo eso, huevonaso? ¿No te estoy diciendo que vayas y le preguntes?  Eso sí cojudo, ¿ah? Si te la cambia ya sabes cómo es…

-¡Puta, claro pues, compadre!

 

Era cerca del medio día pero aquí parecía que jamás hubiera vuelto a amanecer. A solas o en pequeños grupos, los viciosos envueltos en nubes de humo ya ni se tomaban la molestia de disimular.

 

-El vicio es cosa seria, hermano… -, le dijo uno de ellos corriéndole un tabaco. 

 

En el acto,  se vio rodeado de un montón de miserables que recogían los puchos del suelo y se los terminaban con desesperación. Otros, se conformaban con lamer los quetes vacíos que el viento movía de aquí para allá. Un par de enormes perros chuscos que se estaban quedando afónicos de tanto ladrar le salieron al encuentro y Betto les tiró una piedra haciendo que los sarnosos se alejaran aullando con el rabo entre las patas. Se detuvo delante de una construcción rudimentaria hecha con tablones y latón pintados de celeste.  El número doce trazado con tiza verde ya ni se notaba sobre el marco de una puerta hecha perezosamente irregular. A través de las paredes llenas de rendijas,  el aire se filtraba como si nada y por algunas hasta se podía ver adentro.

 

                      ♫♫ Hoy es mi aniversario… Hoy es el día de mi aniversario.. ♫♫

 

Escuchó al ronco Gámez a todo volumen cuando se animó a tocar la puerta…

 

(RADIO) “… ¡Este sábado todos al Parque Fátima con el grupo Caracol!”… 

 

-¡Puta madre!… Creo que no hay nadie – y pegó el ojo en una abertura.

 

Un par de rayos de luz se filtraron por las rendijas del techo iluminando la desnudez de una mulata que se frotaba las piernas con un trapo parada en una despostillada tina enlozada.  Betto se quedó quieto, espiándola un buen rato, hasta que lo delató el ladrido enfurecido de un perrito chihuahueño.

 

-¿Quién anda ahí, carajo? – preguntó la negra bajando el volumen de la radio y se echó la bata encima.

-Yo…

-¿Y quién es yo?

-Vengo de parte de Mostrovelo, flaca…

-Ah, ya.. Un ratito que ahorita salgo… ¡Shhh! ¡Cállate, Pancho! Pesado eres, ¿no?

 

La zamba abrió la puerta descalza, greñuda y envuelta en su percudida bata rosada y lo primero que hizo fue clavar la mirada en la bolsa.  Después, con las dos manos en la cintura, lo examinó rápidamente de pies a cabeza y dejó asomar coquetamente una piernota.

 

-Me dijo Mostrovelo que te trajera la licuadora…

-¡Pasa! No te quedes ahí afuera, flaquito…  La zamba se apoderó al toque de la bolsa y después de examinar en su interior le dijo rápidamente- ¿Cuánto quieres, flaquito? – y lo volvió a barrer con sus ojillos amarillentos y trasnochados.

-Tiene doce velocidades y la hemos usado bien poco…

-Habla pues, ¿cuánto quieres? – repitió impacientándose y se le abrió un poco más la  bata.

-Dame veinte…

-¿Tas loco? ¡Mejor me compro una nueva! 

 

Le devolvió el artefacto dándole la espalda y se alejó meneándole las caderas, mientras levantaba una mano extendida.

 

-Te doy cinco, si quieres… A la franca flaquito, no la necesito  ¿Qué mierda voy a licuar? ¿Tabaco?…

 

Sacó un calcetín rojo que escondía debajo del catre, contó cinco paquetitos y se los dio.

 

-No le estés diciendo a nadie afuera cuánto te di, ¿ah?…

-Yo no le hablo a nadie, flaca…

-¡Espérate! No salgas por la reja.  Sigue de largo bordeando el muro y vete por el mercadito… Por ahí siempre está tranquilo – y metiendo la bemba se despidió – chau, si puedes consígueme una tele, flaquito… Por eso sí que te doy bien…

 

En casi tres meses Betto chocó con todo lo que había en su habitación. Sus ternos, sus zapatos, sus corbatas y sus camisas desaparecieron en una sola noche de angustia y cuando ya no quedó nada suyo para vender, como era de esperarse, empezó a robar en la casa. Desde su viejo sillón, encanecido – y pálido hasta la transparencia -, don Humberto observaba el saqueo en silencio.

 

Todavía conservaba el carro -que tenía parado sobre cuatro ladrillos junto al manicomio- y donde pasaba las noches fumando y durante el día dormía la mona.  Los vecinos a cada rato llamaban al Serenazgo porque la carcocha le daba mal aspecto al vecindario y hubieran querido que lo metan preso por haber traído abajo al par de ancianos.

 

Doña Armenia vivía muerta de vergüenza  y tenía que andar día y noche con la llave del joyero prendida del cuello.  Cada vez que su hijo se le acercaba temblaba de miedo. Pero a Betto no le hizo falta la llave para llevarse el pequeño tesoro de su madre.  Cortó definitivamente con todas sus amistades para que nadie la compadeciera y no volvió a salir ni siquiera a comprar a la bodega de la esquina.  Una mañana, mientras tomaba una ducha, Betto se llevó el único televisor que había en la casa.  Don Humberto suplicó en vano. 

 

-¡Maldito, desgraciado, mal hijo!… ¡Dios te va a castigar!… -, gritaba la pobre vieja por la ventana del segundo piso.

 

-¡Olga! ¡Olga! ¡Olga, soy yo!

-¡No pasa nada!…

-¡Abre pues, Olguita!

-¡No pasa nada, te he dicho!

-¡Ya pues, Olguita!… Tengo la tele que me encargaste… ¡Abre, pues, no seas malita!

-¡Ah!… Eres tú… ¡Pasa rápido, flaquito! – contestó abriendo un poco la puerta y todo el olor a pasta del interior se escapó por la grieta- Pensé que eras otra persona.  Franco, franco, que no tengo nada – dijo mordiendo su tola.

-¡Puta! ¿Y ahora qué hago?

-Ponlo aquí… – dijo ella señalando con la punta del pie hacia el rincón donde Pancho dormitaba un poco alterado por la presencia del extraño- Es de diecinueve pulgadas, ¿no?

-¡Puta madre, Olguita! ¿Y ahora?

-Hay que esperar nomás, flaquito… – y le corrió la tola – Estoy con esta palta desde la seis de la mañana…  Pero todavía me queda una caleta para mi consumo…

-¡Puta madre! ¿Y como cuánto se demorarán?

-No te preocupes, gringuito, que ya no creo que se demoren más… – se sacó un  billete arrugado del entre seno y se lo alcanzó – Anda, cómprate una cajetilla de latinos y una botella de anisado.

-¿Dónde? ¿Afuera?

-No, pues. Aquí al lado en el dieciséis… Tócale la ventana a la tía y dile que vas de mi parte porque si no la negra esa no te vende. Voy a dejarte la puerta junta pero no te demores, ¿ya?

 

Sentados uno frente al otro fumaron apenas sin hablar durante horas. A cada nada, Olga se paraba inquieta detrás de la puerta y se quedaba escuchando la conversación de la gente de afuera, mientras que Betto se armaba otra tola  y bebía a pico de botella.  La caleta se acabó como a las cuatro de la tarde y Betto comenzaba a desesperarse porque la merca no llegaba.

 

-¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?

-Descansar… – le contestó ella sin dejar de mirar por la rendija.

-¿Descansar?

-Sí, estoy muerta. Hace días que no duermo bien y ahorita todo el cansancio se me ha venido encima.

-¿Y la merca?

-¡Qué mierda habrá pasado!  Pero eso de todas maneras llega, ¿ah?… Regresa, pues, o llévate la tele si quieres.  No me importa.  Me siento hasta las huevas – y se tumbó en el catre.

 

Betto estaba borracho y ya empezaba a olvidarse adónde estaba cuando se prendió el último tabaco y se acabó el anisado de un tranco. Olga se había quedado dormida y balbuceaba algo de vez en cuando.  Tenía unos treitaitantos y aunque estaba un poco desgastada conservaba todavía firmes las carnes. Viéndola acostada de lado con el cuerpo cubierto por un ralo percal de golpe le pareció que estaba de nuevo en la fétida habitación donde tuvo su primera relación sexual.  Esa vez tampoco pudo decir que no.

 

… Me moría de ganas ¡Claro! Pero también de vergüenza y con mi viejo al lado no iba a ser lo mismo ¿Y si no se me para?…  Con angustia veía pasar los letreros luminosos de la Carretera Central…  ¿Qué tal si la tengo muy chica y la puta se burla? ¿Y si me pregunta por qué todavía no tengo pendejos?…

 

-Toma cincuenta soles y tírate un par de polvos… Te dejo porque la mía ya está desocupada…

 

… ¿Cuánto cobras, mamacita? ¿Y sale con chupada?…  Ensayé como un huevón todo el camino y delante de ellas no me salió ni una palabra… ¡Carajo!…

 

-Papito rico, yo te hago de todo…

-Ven para comerte, chibolo…

-Acércate papacito, no seas tímido…

 

… Y otra vez las mismas caras, las mismas gordas y las mismas preguntas y yo, sin poder decir nada… ¿Por qué será que las putas son igualitas a las señoras? ¿Cómo le pregunto a una ama de casa si quiere cachar conmigo?… ¡Hasta que apareció!  ¿Será la misma? ¡No, ni cagando! Pero es igualita… Las mismas piernotas, las mismas nalgazas…

 

-Acuéstate tranquilo nomás, flaquito…

 

… ¿Cuánto cobras?…

-Si es tu primera vez chiquillo, te dejo el segundo gratis…

… ¿Con chupada?…

 -Por trenita Soles, sale con todo, chiquillo…

-Por cincuenta, me haces lo que quieras, papacito…

 

… Las mismas tetas… ¡Qué tal culo, carajo! 

 

-Ay,  ¿qué estás haciendo?…

-Un ratito nomás, mamacita… Abre las piernas no seas malita… Mientras llega la merca nomás, ¿ya?…

 

-Bájate el pantalón, chiquillo…, primero te la tengo que lavar pa’ ver si estás quemado… Cuando se aprieta así y no sale pus por la cabeza estás sanito… Ponte el condón y échate en la cama para chupártela…

 

…¡Ni siquiera le pude ver bien la chucha, carajo!

 

-Sigue, así flaquito… Así, así que rico… No pares…

 

… ¡Mamacita! ¡Mamacita!…

 

-¿Cómo te van a doler los huevos, cojudo?…

-Es que no terminé, papá…

-¿Cómo que no terminaste?…

-Cuando la iba a dar, le apreté las tetas y le saqué carca del pecho y se me bajó todo, papá…

-No seas cojudo, hijo, este es el Cinco y Medio… Aquí están las mejores putas de Lima y sobre todo las más limpias…

 

-¿Qué te pasó flaquito? ¿Por qué no terminaste? Ven, abrázame, que nos despierte el de la merca cuando toque la puerta… Duérmete, descansa, flaquito…

 

Desde entonces, Betto se quedó a vivir en la huaca y Olga le mantenía el vicio.  Y cuando los del barrio se acostumbraron a verlo se puso a vender quetes  con confianza porque el Mostrovelo y el Blancanieves lo cuidaban como a uno de la familia.

 

 

Su vieja habitación estaba igualita que antes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

La cortina de baño con las banderitas de las carreras de Montecarlo que hacía juego con la alfombra, la tapa del inodoro, la jabonera y el porta cepillos de plástico.  Todavía estaban sus deslucidos trofeos de natación del ADECORE, del Inter-Escolar y del Panamericano en una repisa frente a la cama y del otro lado de la habitación, sujetos a la pared con unos chinches, estaban los nueve banderines marchitos del Champagnat y aquél otro todo garabateado y de fabricación barata que le dieron en el colegio del loco Pita.  Cerró los ojos, se sintió transportado de regreso al pasado y deseó con todas sus fuerzas que sólo fuera una pesadilla.  Pero su reflejo envejecido y desaliñado en el espejo lo devolvió a la realidad. 

 

… ¡Por las huevas tanta medalla! ¡Por las huevas la promoción, carajo!… ¡Aparentar!… ¡Aparentar!… ¡Para qué mierda tanta vaina si ni siquiera pudieron comprarme una tabla!…  ¿Ah?… A las finales, ¿de qué sirvió todo?… ¡Curas malditos! Me expulsaron por lo  que le pasó a mi viejo  ¡Cómo si nadie se hubiera dado cuenta que en la asociación de padres de familia andaban rajando!…  ¡Todo el colegio hablaba de esa huevada! ¡Y ni siquiera pude defenderme, carajo!  ¡Qué vergüenza! Todo el mundo se enteró que a mi papá lo metieron preso… ¡Sobones!  Y a los Zolezzi no los botaron porque tenían billete… ¡Semejante narcaso que era su viejo, carajo! ¡Y yo no hice nada! ¡Yo no hice nada, vieja! ¡Te lo juro!… Fueron ellos los que se prendieron el troncho… ¡Qué injusticia, mamá! A mí nomás me expulsaron y casi todo el salón estaba fumando… ¡Desgraciados de mierda! Me hicieron un certificado tan rochoso que ni el loco Pita quería aceptarme en esa jaula de maleantes en la que terminé la media, mamá… ¿Te acuerdas?… Me dejé expulsar como un huevonazo y no delaté a nadie, mamá… ¡Qué cojudo! ¡Y mis patas de toda la vida ni siquiera abrieron la boca! ¡Nadie tuvo mis huevos!… ¡Curas malditos! Me tenían bronca, mamá, desde cuarto de media… Desde el día que se enteraron que mi papá no iba a pagarme el viaje de promoción… ¡¡Por eso me sentenciaron en la asociación de padres de familia!!… Y  esos conchesumadres les prohibieron a sus hijos que se junten conmigo… Nunca te lo dije y yo fingía que no me interesaba… ¡Pero me dolió mucho, mamá!… En cambio,  Potón, tú sí que fuiste un buen amigo… ¡Dejaste atrás a los patas que conocías desde la primaria y te fuiste conmigo al Cueto! ¡Eso fue muy noble de tu parte Potón! ¿Qué será de tu vida, desgraciado?…

 

Junto a la ventana encontró el carboncillo de Robin Hood que él mismo había enmarcado.  Allí estaba. Trepado entre las ramas de un árbol,  listo para disparar  con su arco.

 

… ¡Qué bacán!… – y lo descolgó -  Este sí qué me quedó bien… Parece mentira que yo lo haya dibujado ¿Por qué no seguí dibujando? Es que la cojuda de mi vieja pensaba que me iba a volver cabro si me matriculaban en Bellas Artes… Pero a Rodrigo, que no sabía ni rayar, sí lo metieron a estudiar dibujo  ¡Ay, Rodrigo!  Cuando te diste cuenta que yo dibujaba mejor que tú,  me contestaste con cólera que tu papá te había dicho que a dibujar también se aprende y que ya te habían matriculado para estudiar artes plásticas… Me lo dijiste con tal convencimiento, huevón, que para siempre me hiciste dudar si vale la pena nacer con talento… ¿Puedes creer eso, cojudo?  ¿Qué huevón, ¿no?  Y cuando terminaste la secundaria en Rusia regresaste creyéndote un pintor… Hasta habías expuesto tus cuadros en Checoslovaquia y todo.  Eso fue lo que me contó tu hermano, que resultó siendo mejor amigo que tú…  ¿Pero por qué, maldito de mierda, el día que te fui a visitar ni siquiera me quisiste hablar?  Y claro, tus pinturas me cagaron y te di la razón por ignorarme… Puta, tú sí que habías aprovechado el tiempo, cojudo… ¡Me cagaste otra vez! ¿Sabes? El dibujante del salón siempre había sido yo pero ahora tú hacías los cuadros… Me dolió en el alma que no quisieras verme… Me alegró tanto que hayas vuelto que hasta tomé dos micros para llegar más rápido a San Isidro… ¡Y no quisiste recibirme!… ¡Hasta ahora no se me pasa, carajo! Me miraste de lejos mientras tu sirvienta me señalaba con el dedo y te hiciste el loco y no quisiste acercarte, huevón… Eso sí, déjame decirte que estabas horrible. Parecías un bolchevique en huelga de hambre… Después, te metiste un clavado en tu piscina, dónde años atrás habíamos pasado inolvidables momentos y te quedaste braceando mediocremente delante de mí,  que siempre te saqué la mierda en natación… De hecho que podías escuchar cómo tu hermano, genuinamente orgulloso,  amable y compasivo, me enseñaba tus cuadros y trataba de explicarme por qué te negabas a hablar con un tipo tan alienado como yo… ¿Creíste que por tu exposición en Checoslovaquia ya eras lo máximo, cojudo?… Seguro que sí. Y también por eso me despreciabas… Yo era un alienado y tú de izquierda.  Pero ahora te lo agradezco, huevón, porque hasta entonces no sabía que existían pitucos comunistas que viven en casa con sirvientas, piscina, un volvo y dos mercedes…

 

Colgó como sea su media docena de ternos en el estrecho ropero infantil y escondió toda la papelería debajo de la cama.

 

… Qué viejo está mi papá ¿Estará enfermo?… Mi mamá no ha querido salir de su cuarto ¿Estará molesta conmigo?  No creo, seguro que tiene dolor de cabeza…

 

-Betto, Betto, ¿hijo, estás despierto?

-Sí, papá, me estoy cambiando…

-Ven a tomar una sopita caliente, hijo…

-Gracias, viejo, ya bajo… – contestó sin abrir la puerta y al toque se levantó de la cama.

 

Un pequeño papel voló a sus pies y cuando se agachó para recogerlo dispuesto a tirarlo al inodoro algo familiar lo detuvo en el acto.   Reconoció la letra de Inés y empezó a leer:

 

                               

                                “Amor perdóname por portarme así de cargosa,

                                 pero a mí me gusta conversar las cosas contigo.

                                 Yo sé que ese no era el momento para hacerlo y

                                 discúlpame por haberme puesto así…

 

                                 Entiendo que debemos hablar de lo que nos

                                 gusta y también de lo que no nos gusta, ya que

                                 prácticamente, estamos como empezando

                                de nuevo. Y hay ciertas cosas, mi amor, que se nos

                                están olvidando…

 

                                Por ejemplo, lo que acaba de pasar. Ya sé que no

                                debo molestarte cuando estás tomado. Ahora ya

                                lo sé y perdóname pero quiero que recuerdes que

                                te amo y te adoro de todo corazón y entiéndeme,

                                tú también a mí…

 

                                Espero mi amor que recapacites y te des cuenta que

                                hiciste muy mal. Sobre todo porque las chicas te estaban

                                mirando. Betto, así sientas que tengas motivos, por

                                favor no vuelvas a levantarme la mano…

 

                                                                                   Te adora tu esposa,

                                                                                    Inés…”

 

 

 

-Es normal que sufras…  Es tu esposa y la madre de tus hijas…

-Ya no me quiere, papá…

-Eso es por ahora… Pronto van a cambiar las cosas, tienes que tener paciencia… ¿Ya fuiste a verla?

-Es que no sé cómo explicarle lo que pasó en el trabajo…

-Dile la verdad…

-Es que tú no entiendes… Nunca voy a poder conseguir otro trabajo igual…

-Ya verás que sí, hijo. Lo más importante ahora es que hables con tu mujer.  Anda visita a esa pobre muchacha que está sola extrañándote en la cama de un hospital.  Ella necesita de todo tu apoyo ahora.

-Ya lo sé papá.  Mañana mismo voy a ir a verla pero no puedo evitar que me siga doliendo haber perdido mi chamba. Yo estaba muy bien visto allí…

-Estate tranquilo, hijo, que lo que hoy parece no tener solución, mañana te va a parecer una tontería.  Siempre es así… Te lo dice este viejo…  Tú eres un buen vendedor y tienes experiencia en lo tuyo. No te desanimes…

-¡Tú no entiendes, papá!

-Papito lindo, yo no sé las razones por las que te han despedido ni tampoco me interesa saberlas.  Para mí eso ya pasó.  Tú más que nadie sabes cuánto te puedo entender… ¿O no? ¿Te acuerdas que en el setentaidos me sacaron de la casa y me llevaron preso?

-Si me acuerdo, papá…

-Yo nunca te hablé de esto porque tu mamá no quiso… Sin ir muy lejos, creo que  ahorita mismo me mata si sabe que lo estoy haciendo… Mira, después que me jodieron con la tienda entré a trabajar en esta compañía y como después de un año agarré dinero de una factura… Fue para pagar unas letras atrasadas de la casa, nomás… Te juro que siempre pensé en devolver la plata…  Pero me ganó el tiempo y el desgraciado de mi jefe, a pesar que me conocía bien, no quiso esperarme ni dos días y me denunció a la PIP como si fuera un delincuente…  Tú ya sabes lo demás… O me iba a la cárcel o nos quitaban la casa… Y tu pobre madre, imagínate pues…

-Yo nunca tuve claro lo que pasó, papá…

-Te lo cuento para que veas que de todas salimos… Dieciséis meses en la cárcel  bastaron para entender mi error… ¡Pobrecita tu mamá! Tú no sabes cómo sufrió ella con todo eso… Vivir es difícil y es doloroso, hijo.  Uno puede cometer locuras por conseguir lo que uno quiere… 

 

 

 

(ALTAVOZ)  “Mi compromiso es con todos los peruanos, con los más pobres, con los más necesitados…”

 

Llegaba estridente la voz grabada del candidato presidencial por el APRA desde la Casa del Pueblo.

 

-¡Pinga pelada, cholos de mierda! – gritó Betto haciendo pichulones con los dedos en dirección al local de ese partido.

 

En el Hospital Loayza, decenas de mujeres formaban una larga cola frente a los consultorios externos. El ambiente estaba impregnado de un irrespirable olor a creso que venía de los pisos recién trapeados pero cada vez que se abrían las puertas de los baños, la corriente de aire devolvía el hedor a orines por todas partes.  Después de haber atravesado enormes grupos de señoras que lo miraban como a bicho raro, revisó una por una las camas, con insolencia y sin dirigirle la palabra a nadie.  Pero no pudo encontrar a Inés.

 

-¡Puta madre! ¿Y si está en otro pabellón? ¡Ni cagando me la voy a pasar revisando, pabellón por pabellón!… ¡Cuándo no! ¡Estas! Ni siquiera saben dar bien la información… Me voy, carajo.  Que no se diga después que no lo intenté.

 

Ya se estaba yendo cuando la vio. Venía caminando despacito, con una mano en la herida y flanqueada por dos pacientes.  Se quedó perpleja al verlo y las demás, intuyendo de quién se trataba, cambiaron inmediatamente de semblante y se hicieron a un lado.

 

-¡Pero qué sorpresa!

-¿Qué haces con esas cholas?  

-¡Shhh!… ¡Cállate!  Pobrecitas… Una de ellas está muy mal…

-No me interesa.

-No seas malo…

-Ah…  Ya veo que tú también te dejaste convencer… – le dijo poniéndose más serio y le señaló el latón que Inés tenía prendido en el camisón.

-“Alan Perú”… ¿Qué tiene de malo? – preguntó ella.

-Una semanita en el Loayza y terminaste de cholearte por completo…  Seguro que ni cuenta te has dado.

-¡Mira, hijito! Si has venido en ese plan mejor hazte un favor y vete.  Todavía no estoy bien, ¿sabes? Se me han salido un par de puntos y no pienso soportar tus necedades.

-¿Cómo no se te van a salir los puntos si estás todo el día paseándote con esas serranas?

-¡Sal de aquí! ¿Tú qué sabes?

-Ah, ¿sí?… Cómo tú quieras… Yo venía con el alma tranquila a saber cómo estabas y como siempre tú la malogras.  Bueno, si ya no quieres verme, me voy…

-Betto, conmigo déjate de agresividades.  Para saber cómo estoy sólo necesitas preguntármelo  y si estuvieras consciente de mi estado no me harías pasar por este disgusto.

-Es que vengo y no te encuentro… Como un cojudo, tengo que estar buscándote entre esas camas pezuñentas…

-Esa no es mi culpa y no estoy paseando.  Venimos de hacernos un chequeo.

-Ya te dije que esas no me interesan…

-Pero a mí sí. Y tú también me interesas ¿Crees que estos días he podido dormir tranquila? En lugar de estar pensando en mí la he pasado preocupada preguntándome si has comido, si has dormido, si tienes ropa limpia, si te levantas temprano para ir al trabajo… ¡Estás flaquito!… Adriana te reclama como no tienes idea y mi mamá ya no sabe qué decirle…  Por favor, ve a ver a tus hijas… ¿Todavía harías algo por mí?…

-Tu sabes cómo me molesta que le hables a cualquiera, sobre todo a esa gentuza horrible…

-Ah, ¿sí?… Hablando de pintas horribles, un tipo espantoso me ha dicho en la calle que es tu amigo y que mientras él ande por allí,  ni a mí ni a tus hijas nos va a pasar nada…

-¿¿Qué?? ¿Quién te ha dicho eso?

-¡Rostro!

-¿Rostro?  ¿El del Fuerte Apache? ¿Cuándo has estado hablando tú con él, ah?

-Eso ya no tiene importancia…  Pero ese tal Rostro tiene pinta de criminal y dice que es de tu promoción.  Y lo peor de todo es que nos conoce… ¡A tus hijas sonsonazo!…  ¿Cómo te atreves a venir a despreciar a esta gente teniendo esas amistades? ¿Quién te crees que eres? Tú no tienes ni derecho ni autoridad moral para seleccionar con quién tengo que hablar.  Por lo menos, ya no…

-¿O sea que esto que estás haciendo es definitivo?

-A qué te refieres con “¿esto que estoy haciendo?”    

-¡Esto, pues! ¡De llevar nuestra relación a la mierda!

-Mas bien, yo debería decirte eso…

-¡Si tú eres la que me has abandonado!

-¿Qué? ¿Es así cómo ves las cosas?

-¿Y entonces, cómo son?

-¡Tú nos abandonaste a todas Betto!  Lentamente. De una forma tan sutil que ni tú mismo te has dado cuenta… Nos has ido dejando de lado… Ya ni te preocupabas por nosotras… ¿Acaso crees que con tirar unos billetes a regañadientes es suficiente para admirarte y respetarte? Pregúntale a tus hijas, Betto… Nadie te ha dejado de querer.  Pero es imposible vivir con alguien que ya ni te respeta…

-¡Ni siquiera me diste la oportunidad para decidir qué era lo mejor para ustedes!

-¿Qué?

-Sí.  Te olvidaste que eres una mujer casada y como una inmadura hiciste lo que te mandó tu padre ¡Tú eres mi esposa y tienes la obligación de consultar tus decisiones conmigo!… Debiste esperar para darme la oportunidad de cumplir con mi deber… ¡Así es como debió ser!

-¡Já!… ¡Si te esperaba me hubiera muerto, hijito! Te fuiste a las tres de la tarde y nunca más regresaste ¿Qué querías?

-¡Me dejaste mal delante de toda mi familia!

-¿Qué? ¡No lo puedo creer! ¿Dejarte mal delante de tu familia? ¿De quién? ¿De la arpía de tu madre?…

-¡Inés por favor, no te me pongas vulgar!  Cómo se te sale al toque toda la avenida La Paz, ¿no?

-¡Qué increíble! ¡Mira, Betto, ya no puedo estar más de pie! La alegría de verte se  fue al demonio… ¡Pero qué equivocado estás! Siempre lo supe pero tenía la remota esperanza de que cambiaras y por eso no te abandoné…

-Ah, ¿sí?… ¿Entonces ahora por qué me estás dejando?

-¡Es inútil!

-¡Habla, pues caprichosa! ¡Ni siquiera sabes por qué!

-¿En realidad quieres saberlo?

-Por supuesto, ¿qué crees que hago aquí?

-Ya te lo dije ¿No me entiendes? Porque ya no nos quieres, Betto… ¡Ahora déjame en paz que necesito recostarme!

-¡Espérate que todavía no he terminado! ¡Yo no he venido aquí para pelear y mucho menos para que me botes! – y la sujetó fuertemente del brazo.

-¡Quita!… ¡Suéltame!  ¡No me sigas! No quiero que sepas cuál es mi cama, ¡Lárgate!

 

Y sin que se dieran cuenta ya estaban rodeados por una docena de mujeres con sus batas con florcitas.  Una gorda altísima, que parecía tener autoridad en el grupo, tomó del otro brazo a Inés y se la llevó a un costado.

 

-Compañera, el doctor le ha dicho que tiene que descansar… – le dijo la mujer en voz alta y le clavó una mirada desafiante a Betto- ¿Joven, cómo va a venir usted a darle semejantes colerones a la chica que está recién operada?

-¡Descansando deberías dejarla pues, joven!

-¡Abusivo es lo que es!

-¡Ni comida le ha traído siquiera!

-Otros con flores saben llegar…

-¡Ah! ¿Me quieren agarrar en mancha? ¡Uyuyuy! ¡Ya vi lo que decidiste! Espero que seas feliz entre tu gente… Y dile a Sofía que no vuelva a llamar a joder a mi madre, que esa sí que es una dama… Toda una señora… – y dio un portazo que remeció por completo el edificio. 

 

Una vez afuera, agarró a patadas el basurero.

 

-¡Conchesumadre! ¡La puta que la parió! ¿Todavía que me rebajo a venir a este hospital de mierda y me trata así? ¡Qué tal raza! ¡Después no quieren que uno se deprima y le den ganas de chupar! ¡A la mierda con todos!…

 

 

Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Hola, seño!… ¿Está Marita? (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cómo estás hijo?… Espera un ratito que se está bañando…

Lalo se sentó en una esquina del sofá y se quedó mirando cómo Genoveva, que acababa de regresar del trabajo, limpiaba con su viejo pañuelo verde amarrado en la cabeza y con el pucho prendido entre los dientes como si jamás hubiera salido de la casa.  La veía ir y venir de buen humor desplegando sus expertos movimientos sincronizados concentrada en sus quehaceres. Plumero en mano, de vez en cuando se echaba unas carreritas hasta la cocina para revolver una  cacerola de donde emanaba un sabroso olor a fresas cocidas que se esparcía por toda la casa.

 

Hace diez años su marido la abandonó y no supo nada de él hasta que recibió una tarjeta navideña dónde con una letra temblorosa trataba de explicarle por qué había vuelto a Buenos Aires y por qué jamás regresaría al Perú.

 

… No importa… A fin de cuentas es una boca menos que alimentar…

 

Sin soltar una sola lágrima, de la noche a la mañana,  se hizo cargo de todo y se ocupó de dar a sus hijas una buena educación. María del Pilar – Marita – y Sandra, no extrañaban a su padre sin duda porque recordaban los escándalos y las golpizas cada vez que le daban los diablos azules.  Brenda, la menor, no quería que se lo mencionen.

 

Amador Gervassi se casó con Genoveva siendo ya un cincuentón y desde que llegó de Argentina, administró una bodega-cantina que tenían unos italianos en el Callao.  Cada vez que se emborrachaba le echaba la culpa a su mujer de todas sus desgracias y la golpeaba. El argentino a diario le comía el oído ilusionándola con irse a vivir al extranjero y ella, que tenía ya veintiséis y no quería quedarse a vestir santos, aceptó su propuesta de matrimonio.

 

Al día siguiente de la boda, Amador la puso a trabajar en la caja. Genoveva se levantaba antes del amanecer y cerraba la tienda a las once de la noche. No paraba ni para almorzar. En los escasos momentos libres que tuvo concibió y dio a luz a tres hermosas niñas, que cuidaba y alimentaba en un sólido cajón de madera de roble que ponía debajo del mostrador. Cobraba las cervezas, pesaba el azúcar, despachaba el arroz, tiraba aserrín al piso… ¡El tiempo se le pasó volando!  Aquella chica de inmensos ojos verdes, de cabellos rojos y de curvilínea figura que brillaba como una perla en ese barrio de mala muerte en el Callao, por maltrato y desamor envejeció prematuramente.  Pero aún era una mujer hermosa con  un espíritu admirable que aprendió a sacar adelante el negocio por sí sola. Amador, gracias a los pulmones de su mujer pudo comprar la chingana a buen precio,  pero se dedicó a beberse las utilidades y a lamentarse de tener que mantener a una familia numerosa. De lunes a viernes recorría los burdeles y los fines de semana la tandeaba de alma. Cuando no se emborrachaba en su propia cantina, se iba a los bares de los alrededores de donde los estibadores tenían que traerlo a rastras por las calles de regreso a su casa. 

 

Una mañana que alistaba a las chicas para que se fueran al colegio, un camión se estacionó en la puerta de la bodega y se lo llevó todo. Seis implacables policías con una orden judicial en la mano la pusieron con sus cosas de patitas en la calle. Genoveva, como era su costumbre, no soltó una lágrima y tampoco dejó que sus hijas lo hicieran.

 

-Valientes, hijas… Las mujeres tenemos que ser valientes…

 

Desde aquel día no supieron más de Amador hasta la navidad  en que recibieron su fría tarjeta de saludo. 

 

Genoveva a escondidas, había ahorrado lo suficiente como para alquilar la casa de Magdalena y matricular a las chicas en otro colegio.  Todavía le sobró algo para comprarse una muda elegantona con la que salió a buscar trabajo. De esto hacía ya mucho tiempo y aún se sentía orgullosa de haber podido salir adelante solita, sentimiento que también se preocupó en inculcarle a sus hijas. Trabajó arduamente durante ocho años en el Seguro Social hasta que aceptó la propuesta de retiro con incentivos que ofreció el gobierno. Con el dinero que recibió, traspasó la librería en donde Marita había estado trabajando con lo que su hija se convirtió en propietaria del negocio de su viejo empleador. Estaban muy entusiasmadas con el flamante proyecto familiar.

 

-¡Hola roba-cámaras! – se le acercó Marita para darle un beso con una toalla envuelta en la cabeza.

-¡Ah, me viste!… ¡Qué roche!  Sólo fue de casualidad…

-¡Uuuy!… ¡Uuuy!… – gritaron desde su cuarto las hermanas con ese tonito juguetón que tienen las adolescentes.

-Tu amigo acaba de salir en televisión y te vimos robando cámara de nuevo…

-¡Anda, no digas!… ¿Salgo a cada rato?…. ¿Cómo se me ve?

-¡Uuuuy! ¡Uuuuy! – ahora hasta la voz de Genoveva se unió al coro.

 

Don Raúl también había visto por la televisión todo el lío de Müller y se arrepintió de haber faltado al trabajo. Le dolió en el alma haberse perdido un día tan emocionante.  A él, que aprovechaba cada oportunidad para reunirse con la gente, le hubiera gustado estar allí para contar en el barrio su versión de lo que había ocurrido.

 

-¡Puta madre! Me la perdí, carajo… -, se lamentaba subiendo el volumen  del televisor  tapado con la colcha hasta la nariz y con el rabo entre las patas.

 

El viejo Raúl no tenía idea de cómo había llegado a su casa aquella noche ni cómo ni dónde había perdido el sobre de pago.

 

… ¡Esta vez sí que la cagué bien feo, carajo!…

 

Aquellas habían sido las Fiestas Patrias más amargas de su vida. Su esposa de pura resentida se había ido a pasarla con sus nietos desde la tarde del veintiocho y don Raúl faltó al trabajo porque fue incapaz de atenderse por sí solo. No encontró ni un par de medias y prefirió quedarse allí, metido en la cama antes de intentar pasarle una plancha a la camisa del uniforme. De puro deprimido  no se sacó el pijama en tres días. Ni siquiera había comido. Lo único positivo del asunto era que no había bebido un solo trago.  Moriría de inanición sentado frente al televisor y Zoraida, su esposa, lo sabía y ya estaba en camino. 

 

A su regreso, Zoraida y Raúl jamás hablaron del asunto. Vivían juntos pero tenían vidas paralelas. Cada uno tenía su  razón y su manera de ver las cosas. Su matrimonio fue uno de esos accidentes con los que se vive para siempre… Por los hijos, la religión y sobre todo por el “qué dirán”… Seguían juntos esperando que algún día, finalmente, la muerte los separe. Don Raúl había llegado a viejo sin enterarse que podía contar con su mujer para ayudarlo a resolver sus problemas con el alcohol.

 

…Estas son cosas de hombres… De algo se tiene que morir uno… ¡Mientras tanto, hasta que el cuerpo aguante… Adelante!…

 

Zoraida por su parte moriría convencida de que todos los hombres son iguales. Su padre…, su suegro…, su abuelo…, su hermano… Ninguno era diferente a su marido. Regresaba sólo porque se le había pasado la cólera.  Además, alguien tenía que hacer las cosas de la casa…  El mundo seguiría girando y ella se quedaría sin su marido… ¿Quién la iba a mantener?…  Sabía que ese hombre tampoco podía vivir sin ella pero ya no necesitaba, ni esperaba que se lo diga jamás…  Era su deber ante Dios…

¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…

-¡Mamá!… No la jodas, pues…

-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.

-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.

-¿Cómo está, seño?…

-¡Shhh!…  Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…

-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…

-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…

-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…

-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…

-¿Qué más hay de comer?…

-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…

-¡Salud, mami!…

-Estabas con sed, bandido…

 

A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.

 

Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.

-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.

-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…

-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… -  y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.

-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…

-¡Cabeza de toro igual que su padre!…

-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.

-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.

-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…

-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…

-Por supuesto, señora, no faltaba más…

-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.

-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.

-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.

-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.

-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.

-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.

-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…

-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…

-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto  sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era  para  comprar más droga… No me venga con esas, señora…

-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…

-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.

-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo  sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está  acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.

-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.

 

-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…

-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…

-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.

-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…

-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.

-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.

-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…

-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.

-Está bien,  yo le digo…  Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…

 

En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.

 

-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…

-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…

-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…

 

Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.

 

-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.

-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.

-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita!  ¿No tienes una luca?… 

 

Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.

 

-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.

-¡¡Mamá…  Nos están alcanzando!!…

-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.

 

-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…

-¡La cartera!…¡La cartera!…

-¡Mamá!… 

-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…

-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…

-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…

-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.

 

Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:

 

-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…

 

La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas  asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete,  y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.

 

-Con todo respeto, señora…  Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro.  - Y después de golpearse el pecho con brutal energía,  hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó-  A ver toca a la germa nomás,  pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…

 

El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho.  Pero, como tenía buenos reflejos,  volvía a la carga enseguida con más ferocidad.

 

-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…              

-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.

 

Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.

 

-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…

-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.

-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…

-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.

-¡Entra!… ¡Entra!…

-¡Tú mismo eres!…

-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…

-¡Dale, Rostro!…

-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…

 

El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar.  Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para  sostener la frente de su hija.   Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.

 

-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima.  El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.

 

-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! -  tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti…  ¡Mi promoción, carajo!…

 

Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.

 

-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.

-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.

-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…

-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.

-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.   

 

 

 

 

 

 

 

6:00 PM AIWA…6:00 PM AIWA… 6:00 PM AIWA… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

Oscilaba en la pequeña pantalla digital del mini componente que Lalo estaba pagando en partes a una mujer que vendía contrabando de Arica.

 

-¡Qué flojera!… – bostezó echando unas cuantas lágrimas-  Un baño y me voy a ver a Marita.

 

Lanzó un par de bostezos más,  se secó los lagrimones con la manga de la camiseta y rascándose una nalga abrió la ventana.

 

-¡Mierda, qué colores! …

 

Un ciento de metros hacia abajo, las olas se estrellaban contra los riscos y se podía escuchar el rugir de la Mar Brava.  Los espigones de contención, que fueron construidos como parte de un antiguo proyecto para unir La Punta con Chorrillos, no pudieron detener la erosión marina que en los últimos años había carcomido inexorablemente el malecón Castagnola.  Casi todo el parque había sido reclamado por el mar y lo que aún se mantenía en pie fue declarado zona de emergencia. No obstante, temerarias parejas de enamorados todavía retozan por las noches en lo que queda de un muro al borde del abismo. Hasta aquí llegan los despechados, los deprimidos, los derrotados y los asqueados de la vida para terminar con su miseria. Esta cadena de malecones en ruinas que se extiende desde Espinar hasta el puericultorio Pérez Araníbar ha sido rebautizada por los vecinos como  “El paraíso de los suicidas”.          

 

La neblina llegaba densa desde mar y el sol había teñido el cielo de rojo. La isla San Lorenzo parecía arder en llamas y finas nubes de color naranja se dibujaban en el cielo mientras asomaban las primeras estrellas de la noche. 

 

… Sin mi ventanita, éste sería sólo el cuarto de la chola en la azotea… El frío, la neblina y la lluvia lo atraviesan como coladera… ¡Pero yo de aquí no me muevo!… ¡De la puta madre el atardecer!… No hay uno igual que otro… ¡Qué suerte tener esta vista, carajo!  Claro que si mi viejo subiera se deprimiría tanto que sería capaz de meterse en la cama por lo menos un par de semanas…

 

Lalo vivía en una pensión para estudiantes provincianos y nunca tuvimos claro qué  hacía metido allí.  Ni bien llegó, lo primero que le llamó la atención fue el nombre pintado con letras azules en el cartel colocado en la puerta de la entrada: GRACYAL. 

 

-Vaya nombrecito… -, dijo encendiendo un cigarrillo para darse valor como hacía siempre que entraba a algún lugar. 

 

Después se enteró que  el curioso  apelativo era el resultado de unir las primeras sílabas de los nombres de sus propietarios.

 

-Buenas tardes, jovencito, ¿qué le podemos servir hoy? Tenemos menú ejecutivo, regular y platos especiales… Diga usted… – le soltó a quemarropa don Alfonso.

-Buenas tardes, señor. Estoy buscando a Fernando La Madrid… – dijo Lalo dejando su maleta en el piso.

-Retire esa maleta del camino, por favor… – dijo señalando el objeto con la punta del pie al ver que un par de clientes asomaban por la puerta.

-Muy buenas tardes, caballeros   ¿Qué les servimos?

-Dos menús regulares nada más, don Alfonso… – interrumpieron un par de estudiantes lentudos y de aspecto humilde, que luego de atravesar el salón, se colocaron en una mesita junto a la ventana y en su recorrido dejaron un olorcillo a pan rancio en el ambiente.

 

-¡Santos! ¡Santos! … – gritó de repente don Alfonso con nerviosa insistencia – ¡Dos chichas para la uno!  ¡Apúrate, que hay más clientes!…

-Dos chechas saliendo para la ono, siñors… – contestó de buen humor un cholito de aproximadamente unos dieciséis años bien bañado y peinado, pero todavía oliendo a pezuña.

 -Fernando La Madrid no está, señor… Todos los muchachos se han ido a estudiar… – dijo don Alfonso dirigiéndose a Lalo.

-Mire señor, en realidad yo no conozco a Fernando sino a su primo, Sandro…  

 

Pero ya don Alfonso había volado a la cocina para traer un par de ensaladas.

 

-¿Cómo decía usted?… – preguntó acercándose a Lalo nuevamente.

-Me han dicho que aquí alquilan cuartos y quisiera saber si tiene uno disponible… – continuó Lalo mientras seguía a don Alfonso nuevamente hacia la entrada.

-Todo está lleno… Aquí siempre todo está lleno, joven… – le contestó mirando con angustia a un grupo de muchachos de la universidad  vecina que pasaron de largo.

-Bueno. Cuando tenga algo disponible, ¿sería tan amable en dejármelo saber?… – le dijo Lalo resignado entregándole su tarjeta.

-La mayoría de los muchachos que viven aquí trabajan y estudian, ¿a qué se dedica usted, jovencito?… – le preguntó de pronto mirándolo de pies a cabeza.

 

Lalo entonces tenía veintiún años, medía aproximadamente un metro ochenta y era más bien de contextura delgada. Tenía los pómulos prominentes,  los labios delgados y  la sonrisa amplia, con unos dientes grandes y bien cuidados. Sus cabellos eran castaños  y largos.  Los ojos café debajo de un par de cejas superpobladas y el tenue bigotillo sobre sus labios, le daban  un aspecto singular.  Don Alfonso frunció el seño y volvió a mirarlo con detenimiento. Él, que se consideraba un conocedor de juventudes,  no encontró en Lalo nada que le fuera familiar.  Definitivamente, era un bicho raro.

 

-Soy vendedor de productos farmacéuticos. Trabajo para La Química…

-Entonces, me tiene que traer una carta de su empleador y una fotocopia de su último sobre de pago… – dijo cortante el viejo sin dejar de mirar angustiosamente para la calle.

-¿O sea que sí tiene un cuarto?…

-No he dicho eso. Tiene que traerme lo que le he pedido para tenerlo en cuenta por si acaso…

-Buenas tardes, don Alfonso… – interrumpió un grupo de muchachos pidiendo mesa para ocho.

 

Don Alfonso con media frente enrojecida voló al salón para juntar un par de mesas.

 

-¡Santoooos!… ¡Santooos!… – gritó desesperado.   

-¡Voooy!…¡Voooy!… – contestó el cholito remedándolo desde la cocina. Los recién llegados festejaron la ocurrencia.

 

Con los clientes a su favor, el cholo Santos entró al salón airoso cargando una bandeja con ocho chichas moradas. Don Alfonso lo odió, pero prefirió salir corriendo por las ensaladas.  Mientras Lalo seguía en el recibidor esperando la oportunidad para concluir su conversación con don Alfonso,  una voz familiar que venía del segundo piso llamó su atención. Hablando en voz alta, bajaba de las escaleras Pepe-Caca.  Llevaba un cepillo de dientes en la mano y puesta encima una gruesa camisa de pijama a rayas. Calzaba zapatos negros y el pantalón verde del uniforme de la Guardia Civil.

 

-¡Pepe!… – exclamó con sorpresa Lalo al verlo.

-Lalito Rivadeneira, ¿qué te trae por aquí?…

-No sabía que vivías aquí, compadre… Estoy buscando un cuarto pero me dice el señor que no tiene ninguno disponible…

-¿Cómo que no hay? ¡Oiga don Alfonso!…¿Qué es eso de que no hay cuarto para mi amigo?… – dijo sacando su voz de tombo – Si Jorge Peña se va este viernes… – le recordó.

-Si,  pero ese cuarto es muy caro… – contestó don Alfonso sin dejar de mirar para la calle.

-¿Y quién ha dicho que mi pata no tiene  para pagarle?… – continuó guñándole un ojo a Lalo.

-Que me traiga lo que le he pedido y después hablamos… – y otra vez entró volando a la cocina.

-¿Tú crees que me lo alquile?…

-¡Claro, hombre!… Si aquí no viene nadie. Esas huevadas te las dice el viejo para hacerse de rogar. Como es el cuarto más grande el pendejo se lo quiso alquilar a una pareja de viejos, que por lo visto, no va a regresar. El tío está loco… No te preocupes que sí te lo va a dar.

 

Y así fue como Lalo, con sus escasas pertenencias, se mudó unos cuantos días después al cuarto mejor ubicado de la pensión. Don Alfonso no hizo caso a las protestas de los que reclamaban tener preferencia para el traslado por antigüedad.

 

-¿Qué me reclaman?… Además, ese muchacho trabaja en un laboratorio y ustedes no pueden pagar lo que cuesta… Esa habitación es muy cara, muy cara… -les decía, pensando con satisfacción en el buen negocio que acababa de cerrar.