(*) Extracto de la novela Paraíso de los Suicidas
Aquella mañana gris y lluviosa, cientos de empleados volvían resignados a sus labores después de un largo fin de semana. Cruzaban el puente deprisa y cabizbajos porque el fuerte viento despeinaba hasta al más engominado. En el sótano del edificio, la playa de estacionamiento se llenaba de vehículos y las secretarias desfilaban vanidosas por los pasillos, taconeando altivas hasta sus respectivos escritorios.
La Química, empresa importadora y distribuidora de productos químico farmacéuticos y de consumo masivo, había prosperado muchísimo desde que se estableció hace treinta años. Lalo Rivadeneira era el vendedor estrella del Cono Norte; Sandro La Madrid del Callao y Mirones; Humberto “Betto” Sanguinetti de Jesús María, Lince y La Victoria; Renato Machiavello del Rímac y el Cercado y Juan Carlos Chumpitazi, la disputadísima zona de Miraflores y San Isidro. El grupo debía rendir cuentas diariamente a Héctor Blades, supervisor y cancerbero, más conocido como “Maldita sea mi piedra”. Era de mediana estatura, tenía los cabellos negros, tan gruesos y tan trinchudos que no había fijador capaz de contener su indomable melena. Lo mismo le pasaba con las cejas, los pelos de la nariz y de las orejas, que en conjunto le daban el aspecto de un erizo. A veces, de puro asado se arrancaba con violencia un pelo en medio de una discusión. En torno al pasado de Héctor circulaban una serie de relatos insólitos, que sus compañeros habían ido construyendo entre broma y broma a través de los años y ya nadie podía distinguir la verdad de la ficción. Lo peor que se decía de él es que había sido abusado físicamente por la gorda hermafrodita que lo había criado.
-Por eso es que el huevón es un sadomasoquista…
-¡Y es horrible, cuñao!… A “Maldita sea mi piedra” no hay espejo que lo aguante…
-Dicen que desde chiquillo ayudaba con los gastos de la casa… ¡Porque su madrastra le sacaba un paquete de mantequilla de cada chupo que tenía en la cara!…
-No… No… Las rufleras le cobran el triple… ¡Es que el bestialismo cuesta más pues, compadre!…
-Yo creo que si el huevón no fuera tan maldito, sería menos espantoso…
-¡La cara es el reflejo del alma pues, chiquillo!
-Si, cuñao… ¡Pero en su caso es el reflejo de su culo!…
Había quemado a más vendedores que nadie en la historia de la empresa y por eso lo odiaban. Él lo sabía y le importaba un carajo, porque en compensación había desarrollado un ego patológico que lo hacía sentirse invulnerable. Con paciencia y sin disimulo, perseguía a sus víctimas hasta verlas caer y después se paseaba por los corredores con el buche henchido como un gallo de pelea.
El grupo hacía sus informes en silencio, rezando porque “Maldita sea mi piedra” no llegue temprano y los pille en falta. Lo ideal era irse lo más rápido posible para la zona, porque cuanto menos tiempo se regalen ante los jefes, mejor.
-¿Cuántas veces tengo que decirles que hagan el informe en su casa, ah?… Han tenido todo el fin de semana para terminarlo, señores…
Héctor se sentó en la cabecera con la cara llena de marquitas de sangre que le había dejado una meticulosa afeitada al ras y mascaba chicle exhibiendo su poderosa dentadura de chancho.
-Yo sólo estoy pasando en limpio, señor Blades- intervino Sandro.
-Ya, ya… Tu eres ejemplar, chivatón – habló Juan Carlos sin dejar de escribir.
-Disculpa Sanguinetti, ¿has dormido? – soltó con frescura Héctor, dirigiéndose a Betto.
-Todo el día de ayer, Héctor… – contestó con sequedad y sin retirar la vista de sus papeles.
-Porque tienes una cara de angelito, compadre, que me parece que te hace falta otro día de sueño… – dijo clavándole una artera mirada.
-… Voy a la caja Héctor, que tengo como veinticinco cheques para depositar – dijo demasiado serio el gordo Renato y salió sin esperar respuesta.
-¿Y a éste qué le pasa?… – preguntó Héctor extrañado.
-Seguramente su abuelita no le mandó la lonchera – intervino Lalo entregando su informe.
-¿Tú no sabes lo que le pasa al gordo? – preguntó el cínico de Juan Carlos mirando fijo a Betto.
-¿Qué mierda me importa a mí ese gordo huevón? – hizo un gesto despectivo con la mano y continuó escribiendo.
-¡Amarra el perro, Sanguinetti que ya no estás en la cantina!… ¿Hmmm?… – lo encaró Héctor al toque.
-Disculpa Héctor, pero no estoy de humor esta mañana…
-¿En dónde te metiste anoche?… ¡Mírenlo! … ¡Si está con una cara el desgraciado! - dijo Juan Carlos apretándole la barbilla.
-¡Saca, saca, huevón! – reaccionó Betto dándole un codazo.
-¡No se jueguen así! – gritó Héctor.
-¡Habla!
-¡Suelta, mierda!
-¡He dicho que no se jueguen así, carajo! – gritó Héctor iracundo arrancándose una ceja.
Renato pasó de largo por caja y como un autómata, sin contestarle el saludo a nadie, atravesó la tienda y la recepción. Pasó por el departamento de despachos, bajó al almacén, tocó el timbre y se sentó a esperar a que le abran la ventanilla.
-¿Qué se le ofrece, don Machiavellito? – dijo un hombre delgado, bajito y completamente canoso.
-Buenos días, Pachequito… ¿Ya habrá llegado Don Raúl? – preguntó comiéndose las uñas.
-Me parece que no lo he visto… Ahorita te confirmo – y desapareció velozmente detrás de la ventana corrediza.
-Ojalá que nadie me vea hablando con éste porque no quiero hacerme roche de soplón. Todo depende del viejo, carajo. Si está de acuerdo, entonces ni vuelta que darle…
-…Oye Machiavellito, el viejo no ha venido… Qué raro, ¿ah?… Porque hasta medio mareado llega el hombre… ¿Qué le habrá pasado?… – dijo de pronto notando que Renato daba un saltito en su asiento- Disculpa, hermano, ¿te asusté?… Es que yo hablo muy alto… Tú dirás para qué soy bueno…
-No, gracias, Pachequito. Sólo quería tener un conversado con el viejo Cavaza… Ya será mañana.
-Pero habla nomás, caballerito… Si en algo puedo ayudarte, encantado…
-Muchas gracias, Pacheco, no te preocupes. No era nada importante… – y salió del almacén tan pegado como vino. Pachequito preocupado y chismosazo como siempre, sacó medio cuerpo por la ventana y lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista.
Renato contaba con que el viejo estuviera de acuerdo, pero cuando supo que no había llegado, se quedó aturdido y en blanco por un rato. Tenía que tomar una decisión rápidamente. Así que se paró frente al ascensor y se metió de un trancazo ni bien se abrió la puerta.
… A la Gerencia General, robot… y apretó el botón del octavo piso.
… Peligro… Peligro… Peligro, Will Robinson…
Pero el gordo no hizo caso.
La frescura de aquellos corredores impecables, los únicos alfombrados y con aire acondicionado del edificio, le provocó un temblor abdominal. Como en ese piso funcionaban exclusivamente las oficinas de Alfredo Müller, flamante Director, Gerente General y accionista mayoritario de la empresa, nadie se aventuraba a caminar por allí. Un vendedor jamás tenía oportunidad de hablar con él porque todo se canalizaba a través de intermediarios por conductos regulares.
En su cumpleaños número ochentaicinco, el viejo Müller anunció – con comilona y borrachera en la Granja Azul – que a partir de entonces, la administración de la empresa quedaba en manos de su hijo Alfredo, un muchachón nacido para ganar que, siguiendo la tradición familiar, regresaba al país después de obtener un grado en Europa. Todos estaban convencidos que su juventud inyectaría un toque de modernidad a la empresa. Mujeres de todas las edades, solteras y casadas, suspiraban al verlo pasar. Siendo joven, apuesto, soltero, millonario y extranjero, excedía todas las expectativas. Los hombres envidiaban su suerte y se conformaban con que, al cruzarse con él por los pasillos, les contestara el saludo y sacaban pecho cuando recordaba sus nombres de pila.
… ¡Qué raro!… Siempre está Carlita en la recepción… ¿Tampoco ha venido a trabajar?… ¿Ya habrá dado a luz? – con confianza abrió la puerta de la oficina de Mirna y no vio a nadie - No. Estas mujeres deben estar en el baño o en la cafetería… ¡Me salvé de una buena!… Porque si no están, tampoco está Müller… ¡Qué suerte, porque ya me había mariconeado!… Mejor espero que venga el viejo mañana… ¡Dios sabe por qué hace las cosas, carajo!… De repente, Betto habla de coca y me cago yo también con este gringo… Mejor me quito antes que lleguen y me pregunten qué mierda estoy haciendo aquí…
Ya estaba saliendo, cuando le pareció escuchar un gemido que venía de la oficina de Müller.
… ¿Se estará comiendo a una de éstas el gringo pendejo?
De puro morboso acercó el oído a la puerta y comprobó que eran gemidos. Impulsivamente, llevado por la curiosidad, abrió la puerta despacito y lo que vio lo dejó pasmado.
Tendido cuan largo era en el piso, estaba Alfredo Müller, amordazado y atado de pies y manos. Un encapuchado le apuntaba a la cabeza con una metralleta. Las chicas, amarradas y amordazadas, también estaban tiradas en el suelo y otro encapuchado las mantenía quietecitas, apuntándolas con el arma. De pie, cerca de la ventana, un enano con el rostro descubierto sostenía una mini-uzi y cuando se vio cara a cara con el gordo, le soltó una ráfaga sin asco…
-¡Alcancen a ese conchesumadre y me lo enfrían, carajo!… -, gritó el malvado diminuto, que al parecer era el jefe de la banda.
Renato, que no se perdía una de Rambo, se tiró al piso y rodó unos metros hasta la salida. Clarito sintió cómo las balas le pasaban quemando por encima de la cabeza, atravesando paredes y puertas como si nada. Como todo un Stallone, logró llegar hasta el ascensor, que se abrió cinematográficamente ni bien presionó el botón. De un salto se zambulló adentro y cuando se cerró la puerta, oyó el impacto de las balas estrellándose en la lámina metálica.
Los disparos se oyeron por todo el edificio y la gente exaltada se fue amontonando frente a los elevadores del primer piso. Cuando de repente, se abrió uno de ellos y Renato Stallone, apestando a pólvora, les cayó encima gritando:
-¡Llamen a la policía, llamen a la policía!…
Con una voz tan potente y con los ojos tan desorbitados, que parecía otra persona. La camisa se le había descosido por debajo de las axilas, estaba despeinado, empapadito en sudor, había perdido un zapato y el pulgar le asomaba por la punta del calcetín.
-¡Están secuestrando a Müller!… ¡Corran, corran, que están armados!… ¡Casi me matan, carajo!…
Fue lo último que alcanzó a decir porque se desplomó y su cara rebotó en la loseta fría. Los demás, presas del pánico, partieron carrera a la calle abriéndose paso a empujones. El edificio quedó desierto en menos de lo que canta un gallo con Macchiavello desparramado en el pasillo. En la esquina del edificio todos esperaban el desenlace, sin importarles que una bala perdida pudiera alcanzarlos. No menos de una docena de patrulleros bloqueaban la avenida y un par de unidades de bomberos esperaban listas para responder ante una masacre. De pronto, se escuchó un par de ráfagas en el interior del edificio y se corrió la bola que una de las chicas había muerto.
-Seguro ya están negociando con la familia por teléfono – dijo Lalo encendiendo un cigarrillo.
-¡El billetón que deben estar pidiendo, cuñadito!
-¿Cuánto crees qué puedan pedir por ese huevón?
-Usa tu cabeza, pues chiquillo… El hombre es un pez gordo…
-¡Claro!… ¿Cómo no van a saber que el hombre está forrado en verdes?
-Esta es gente avezada, compadre… ¿Tú crees que se van a arriesgar por una cagada?… En la vida pues, huevón…
-Han tenido que estar chequeándolo desde hace tiempo…
-Así, es. Estos hijos de la gran puta estudian bien a sus víctimas antes de dar el golpe…
-Seguro que alguien del banco les ha pasado el dato.
-Posiblemente… Esta gente es igual que los burreros que sólo trabajan con datos fijos… Si no hay harto billete no se mandan…
-Aquí mismo entre nosotros puede estar el datero y como las huevas…
-De hecho, compadre… Eso nunca se sabe…
-Estas huevadas se planean desde adentro…
-¡Guarda, compadre!… No te me delates en público…
-Es un decir, pues huevón…
-¿Cómo habrán pasado la seguridad?
-Eso mismo pensaba yo…
-¿No te digo que aquí deben tener cómplices?
-¿Cómo sabían que este lugar era fijo, ah?
-La misma gente de seguridad puede estar con ellos…
-¿No te estoy diciendo?…
-De hecho, cojudos, que tienen alguien adentro…
-Hay que estar atentos con el próximo que se compre carro…
Estaban acostumbrados a escuchar a diario sobre la ola de secuestros que azotaba a la ciudad, pero nadie hasta ahora había vivido uno en carne propia. Con la llegada de las cámaras de televisión, la esquina se convirtió en noticia. Entrevistaron a los más chismosos y a todos los exhibicionistas que se ofrecieron a declarar. El resto se entretuvo poniéndole precio a la cabeza de Müller.
-Deben de estar pidiendo un par de palos gringos por el gerente… – declaró Betto para la televisión nacional.
-¿Crees que tengan tanto dinero? – repreguntó jadeante una inquisitiva reportera.
-Mira flaca, aquí corre suficiente dinero como para pagar eso y mucho más…
-¿O sea que ésta es una empresa multimillonaria?
-¿Cuánto crees que deja un negocio como éste, amorcito?… Lo que más se vende son las medicinas…
Aproximadamente a las dos de la tarde, un helicóptero aterrizó en la azotea del edificio.
-¡Allí está el billete!…
-No, no… Ahí se lo llevan al gringo…
-¡No sean cojudos¡… ¡Ese tiene qué ser el billete, huevones!
-¿Quién sabe, compadre?
-A propósito, ¿alguien sabe cómo lo supo el gordo Renato?
-No tengo ni la menor idea, cojudo…
-Yo tampoco, huevón…
-Yo vi que se lo llevaron en una ambulancia…
-¡Todos lo vimos, estúpido!
-Estaba en shock nervioso el puta…
-Se ganó con todo, pues hermano…
-¿Y qué mierda estaría haciendo en el octavo piso ese cojudo?
-¡Hmmm!…
-¿Vieron cómo bajó el chucha del ascensor?
-¡Sí!… La cagada ese huevón…
-Ese Renato está loco de remate…
En ese momento se corrió la voz de que los secuestradores estaban abandonando el edificio. Y efectivamente, desfigurada por el pánico, la rubia Carlita salía sirviéndole de escudo a uno de los secuestradores. Detrás desfilaba otro encañonando a Müller y Mirna, de lo más fachosa posaba para la tele, mientras que el enano que la sujetaba firme por un brazo, apuntaba amenazante con su metraquita a todos los mirones.
-¡Por la reputa que lo parió!… – palideció Lalo reconociendo al enano del taxi.
Se quedó mudo, pálido, sin aliento y no pudo quitarle los ojos de encima. Mientras lo veía pasar unas perlas de sudor helado le coronaron la frente y recordó la amenaza:
-Baja nomás blanquiñoso de mierda, antes de que te meta metraca…
Los secuestradores subieron a un mercedes negro, que los esperaba en la puerta y sin asco, arrojaron a la embarazadísima Carlita con el auto en marcha y la pobre rodó aparatosamente con su barrigota por la pista. A Mirna, la abandonaron en las inmediaciones del mercado de Magdalena aún con las manos atadas y con el torso desnudo. La policía dijo que lo hicieron para distraer a la prensa mientras huían. A Müller lo encontraron ileso en la maletera del mercedes que abandonaron en un garaje del motel Miami, camino al aeropuerto.