Comenzaba un nuevo día pero nadie esperaba nada nuevo… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela Paraíso de los Suicidas

 

Aquella mañana gris y lluviosa, cientos de empleados volvían resignados a sus labores después de un largo fin de semana.  Cruzaban el puente deprisa y cabizbajos porque el fuerte viento despeinaba hasta al más engominado.  En el sótano del edificio, la playa de estacionamiento se llenaba de vehículos y las secretarias desfilaban  vanidosas por los pasillos, taconeando altivas hasta sus respectivos escritorios.

 

La Química, empresa importadora y distribuidora de productos químico farmacéuticos y de consumo masivo, había prosperado muchísimo desde que se estableció hace treinta años. Lalo Rivadeneira era el vendedor estrella del Cono Norte; Sandro La Madrid del Callao y Mirones; Humberto “Betto” Sanguinetti de Jesús María, Lince y La Victoria; Renato Machiavello del Rímac y el Cercado y Juan Carlos Chumpitazi, la disputadísima zona de Miraflores y San Isidro.  El grupo debía rendir cuentas diariamente a Héctor Blades, supervisor y cancerbero, más conocido como “Maldita sea mi piedra”. Era de mediana estatura, tenía los cabellos negros, tan gruesos y tan trinchudos que no había fijador capaz de contener su indomable melena.  Lo mismo le pasaba con las cejas, los pelos de la nariz y de las orejas, que en conjunto le daban el aspecto de un erizo.  A veces, de puro asado se arrancaba con violencia un pelo en medio de una discusión. En torno al pasado de Héctor circulaban una serie de relatos insólitos, que sus compañeros habían ido construyendo entre broma y broma a través de los años y ya nadie podía  distinguir la verdad de la ficción.  Lo peor que se decía de él es que había sido abusado físicamente por la gorda hermafrodita que lo había criado.

 

-Por eso es que el huevón es un sadomasoquista…

-¡Y es horrible, cuñao!… A “Maldita sea mi piedra” no hay espejo que lo aguante…

-Dicen que desde chiquillo ayudaba con los gastos de la casa… ¡Porque su madrastra le sacaba un paquete de mantequilla de cada chupo que tenía en la cara!…

-No… No… Las rufleras le cobran el triple… ¡Es que el bestialismo cuesta más pues, compadre!…

-Yo creo que si el huevón no fuera tan maldito, sería menos espantoso…

-¡La cara es el reflejo del alma pues, chiquillo!

-Si, cuñao… ¡Pero en su caso es el reflejo de su culo!…

 

Había quemado a más vendedores que nadie en la historia de la empresa y por eso lo odiaban.  Él lo sabía y le importaba un carajo, porque en compensación había desarrollado un ego patológico que lo hacía sentirse invulnerable.  Con paciencia y sin disimulo, perseguía a sus víctimas hasta verlas caer y después se paseaba por los corredores con el buche henchido como un gallo de pelea. 

 

El grupo hacía sus informes en silencio, rezando porque “Maldita sea mi piedra” no llegue temprano y los pille en falta.  Lo ideal era irse lo más rápido posible para la zona, porque cuanto menos tiempo se regalen ante los jefes, mejor.

 

-¿Cuántas veces tengo que decirles que hagan el informe en su casa, ah?… Han tenido todo el fin de semana para terminarlo, señores…

 

Héctor se sentó en la cabecera con la cara llena de marquitas de sangre que le había dejado una meticulosa afeitada al ras y mascaba chicle exhibiendo su poderosa dentadura de chancho.

            

-Yo  sólo estoy pasando en limpio, señor Blades- intervino Sandro.

-Ya, ya… Tu eres ejemplar, chivatón – habló Juan Carlos sin dejar de escribir.

-Disculpa Sanguinetti, ¿has dormido? – soltó con frescura Héctor, dirigiéndose a Betto.

-Todo el día de ayer, Héctor… – contestó con sequedad y sin retirar la vista de sus papeles.

-Porque tienes una cara de angelito, compadre, que me parece que te hace falta otro día de sueño… – dijo clavándole una artera mirada.

-… Voy a la caja Héctor, que tengo como veinticinco cheques para depositar – dijo demasiado serio el gordo Renato y salió sin esperar respuesta.

-¿Y a éste qué le pasa?… – preguntó Héctor extrañado.

-Seguramente su abuelita no le mandó la lonchera – intervino Lalo entregando su informe.

-¿Tú no sabes lo que le pasa al gordo? – preguntó el cínico de Juan Carlos mirando fijo a Betto.

-¿Qué mierda me importa a mí ese gordo huevón? – hizo un gesto despectivo con la mano y continuó escribiendo.

-¡Amarra el perro, Sanguinetti que ya no estás en la cantina!… ¿Hmmm?… – lo encaró Héctor al toque.

-Disculpa Héctor, pero no estoy de humor esta mañana…

-¿En dónde te metiste anoche?… ¡Mírenlo! … ¡Si está con una cara el desgraciado! -  dijo Juan Carlos apretándole la barbilla.

-¡Saca, saca, huevón! – reaccionó Betto dándole un codazo.

-¡No se jueguen así! – gritó Héctor.

-¡Habla!

-¡Suelta, mierda!

-¡He dicho que no se jueguen así, carajo! – gritó Héctor iracundo arrancándose una ceja.

 

Renato pasó de largo por caja y como un autómata, sin contestarle el saludo a nadie, atravesó la tienda y la recepción.  Pasó por el departamento de despachos, bajó al almacén, tocó el timbre y se sentó a esperar a que le abran la ventanilla.

 

-¿Qué se le ofrece, don Machiavellito? – dijo un hombre delgado, bajito y completamente canoso.

-Buenos días, Pachequito… ¿Ya habrá llegado Don Raúl? – preguntó comiéndose las uñas.

-Me parece que no lo he visto… Ahorita te confirmo – y desapareció velozmente detrás de la ventana corrediza.

-Ojalá que nadie me vea hablando con éste porque no quiero hacerme roche de soplón. Todo depende del viejo, carajo. Si está de acuerdo, entonces ni vuelta que darle…

-…Oye Machiavellito, el viejo no ha venido…  Qué raro, ¿ah?… Porque hasta medio mareado llega el hombre… ¿Qué le habrá pasado?… – dijo de pronto notando que Renato daba un saltito en su asiento-  Disculpa, hermano, ¿te asusté?… Es que yo hablo muy alto… Tú dirás para qué soy bueno…

-No, gracias, Pachequito.  Sólo quería  tener un conversado con el viejo Cavaza…  Ya será mañana.

-Pero habla nomás, caballerito… Si en algo puedo ayudarte, encantado…

-Muchas gracias, Pacheco, no te preocupes.  No era nada importante… – y salió del almacén tan pegado como vino. Pachequito preocupado y chismosazo como siempre, sacó medio cuerpo por la ventana y lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista.

 

Renato contaba con que el viejo estuviera de acuerdo, pero cuando supo que  no había llegado, se quedó aturdido y en blanco por un rato. Tenía que tomar una decisión rápidamente.  Así que se paró frente al ascensor y se metió de un trancazo ni bien se abrió la puerta.

 

… A la Gerencia General, robot… y apretó el botón del octavo piso.

… Peligro… Peligro… Peligro, Will Robinson…

 

Pero el gordo no hizo caso.

 

La frescura de aquellos corredores impecables, los únicos alfombrados y con aire acondicionado del edificio, le  provocó un temblor abdominal.  Como en ese piso funcionaban exclusivamente las oficinas de Alfredo Müller, flamante Director,  Gerente General y accionista mayoritario de la empresa, nadie se aventuraba a caminar por allí.  Un vendedor jamás tenía oportunidad de hablar con él porque todo se canalizaba a través de intermediarios por conductos regulares.

 

En su cumpleaños número ochentaicinco,  el viejo Müller anunció – con comilona y borrachera en la Granja Azul – que a partir de entonces, la administración de la empresa quedaba en manos de su hijo Alfredo, un muchachón nacido para ganar que, siguiendo la tradición familiar, regresaba al país después de obtener un grado en Europa.  Todos estaban convencidos que su juventud inyectaría un toque de modernidad a la empresa. Mujeres de todas las edades, solteras y casadas, suspiraban al verlo pasar.  Siendo joven, apuesto, soltero, millonario y extranjero, excedía todas las expectativas. Los hombres envidiaban su suerte y se conformaban con que, al cruzarse con él por los pasillos, les contestara el saludo y sacaban pecho cuando recordaba sus nombres de pila. 

 

… ¡Qué raro!… Siempre está Carlita en la recepción… ¿Tampoco ha venido a trabajar?… ¿Ya habrá dado a luz? – con confianza abrió la puerta de la oficina de Mirna y no vio a nadie -  No. Estas  mujeres deben estar en el baño o en la cafetería… ¡Me salvé de una buena!… Porque si no están, tampoco está Müller… ¡Qué suerte, porque ya me había mariconeado!… Mejor espero que venga el viejo mañana… ¡Dios sabe por qué hace las cosas, carajo!… De repente, Betto habla de coca y me cago yo también con este gringo… Mejor me quito antes que lleguen y me pregunten qué mierda estoy haciendo aquí… 

 

Ya estaba saliendo, cuando le pareció escuchar un gemido que venía de la oficina de Müller.

 

… ¿Se estará comiendo a una de éstas el gringo pendejo?

 

De puro morboso acercó el oído a la puerta y comprobó que eran gemidos. Impulsivamente, llevado por la curiosidad,  abrió la puerta despacito y lo que vio lo dejó pasmado.

 

Tendido cuan largo era en el piso, estaba Alfredo Müller, amordazado y atado de pies y manos. Un encapuchado le apuntaba a la cabeza con una metralleta. Las chicas, amarradas y amordazadas, también estaban tiradas en el suelo y otro encapuchado las mantenía quietecitas, apuntándolas con el arma. De pie, cerca de la ventana,  un enano con el rostro descubierto sostenía una mini-uzi y  cuando se vio cara a cara con el gordo, le soltó una ráfaga sin asco…

 

-¡Alcancen a ese conchesumadre y me lo enfrían, carajo!… -, gritó el malvado diminuto, que al parecer era el jefe de la banda.  

 

Renato,  que no se perdía una de Rambo, se tiró al piso y rodó unos metros hasta la salida. Clarito sintió cómo las balas le pasaban quemando por encima de la cabeza, atravesando paredes y puertas como si nada.  Como todo un Stallone, logró llegar hasta el ascensor, que se abrió cinematográficamente ni bien presionó el botón. De un salto se zambulló adentro y cuando se cerró la puerta, oyó el impacto de las balas estrellándose en la lámina metálica.

 

Los disparos se oyeron por todo el edificio y la gente exaltada se fue amontonando frente a los elevadores del primer piso. Cuando de repente, se abrió uno de ellos y Renato Stallone, apestando a pólvora, les cayó encima gritando:

 

-¡Llamen a la policía, llamen a la policía!…

 

Con una voz tan potente y con los ojos tan desorbitados, que parecía otra persona.  La camisa se le había descosido por debajo de las axilas, estaba despeinado, empapadito en sudor, había perdido un zapato y  el pulgar le asomaba por la punta del calcetín.

 

-¡Están secuestrando a Müller!… ¡Corran, corran, que están armados!… ¡Casi me matan, carajo!…

 

Fue lo último que alcanzó a decir porque se desplomó y su cara rebotó en la loseta fría.  Los demás,  presas del pánico, partieron carrera a la calle abriéndose paso a empujones. El edificio quedó desierto en menos de lo que canta un gallo con Macchiavello desparramado en el pasillo.  En la esquina del edificio todos esperaban el desenlace, sin importarles que una bala perdida pudiera alcanzarlos.  No menos de una docena de patrulleros bloqueaban la avenida y un par de unidades de bomberos esperaban listas para responder ante una masacre.  De pronto, se  escuchó un par de ráfagas en el interior del edificio y se corrió la bola que una de las chicas había muerto.

 

-Seguro ya están negociando con la familia por teléfono – dijo Lalo encendiendo un cigarrillo.

-¡El billetón que deben estar pidiendo, cuñadito!

-¿Cuánto crees qué puedan pedir por ese huevón?

-Usa tu cabeza, pues chiquillo… El hombre es un pez gordo…

-¡Claro!… ¿Cómo no van a saber que el hombre está forrado en verdes?

-Esta es gente avezada, compadre… ¿Tú crees que se van a arriesgar por una cagada?… En la vida pues, huevón…

-Han tenido que estar chequeándolo desde hace tiempo…

-Así, es. Estos hijos de la gran puta estudian bien a sus víctimas antes de dar el golpe…

-Seguro que alguien del banco les ha pasado el dato.

-Posiblemente… Esta gente es igual que los burreros que sólo trabajan con datos fijos… Si no hay harto billete no se mandan…

-Aquí mismo entre nosotros puede estar el datero y como las huevas…

-De hecho, compadre… Eso nunca se sabe…

-Estas huevadas se planean desde adentro…

-¡Guarda, compadre!… No te me delates en público…

-Es un decir, pues huevón…

-¿Cómo habrán pasado la seguridad?

-Eso mismo pensaba yo…

-¿No te digo que aquí deben tener cómplices?

-¿Cómo sabían que este lugar era fijo, ah?

-La misma gente de seguridad puede estar con ellos…

-¿No te estoy diciendo?…

-De hecho, cojudos, que tienen alguien adentro…

-Hay que estar atentos con el próximo que se compre carro…

 

Estaban acostumbrados a escuchar a diario sobre la ola de secuestros que azotaba a la ciudad, pero nadie hasta ahora había vivido uno en carne propia.  Con la llegada de las cámaras de televisión,  la esquina se convirtió en noticia. Entrevistaron a los más chismosos y a todos los exhibicionistas que se ofrecieron a declarar.  El resto se entretuvo poniéndole  precio a la cabeza de Müller.

 

-Deben de estar pidiendo un par de palos gringos por el gerente… – declaró Betto para la televisión nacional.

-¿Crees que tengan tanto dinero? – repreguntó jadeante una inquisitiva reportera.

-Mira flaca, aquí corre suficiente dinero como para pagar eso y mucho más…

-¿O sea que ésta es una empresa multimillonaria?

-¿Cuánto crees que deja un negocio como éste, amorcito?… Lo que más se vende son las medicinas…

 

Aproximadamente a las dos de la tarde, un helicóptero aterrizó en la azotea del edificio.

 

-¡Allí está el billete!…

-No, no… Ahí se lo llevan al gringo…

-¡No sean cojudos¡… ¡Ese tiene qué ser el billete, huevones!

-¿Quién sabe, compadre?

-A propósito, ¿alguien sabe cómo lo supo el gordo Renato?

-No tengo ni la menor idea, cojudo…

-Yo tampoco, huevón…

-Yo vi que se lo llevaron en una ambulancia…

-¡Todos lo vimos, estúpido!

-Estaba en shock nervioso el puta…

-Se ganó con todo, pues hermano…

-¿Y qué mierda estaría haciendo en el octavo piso ese cojudo?

-¡Hmmm!…

-¿Vieron cómo bajó el chucha del ascensor?

-¡Sí!… La cagada ese huevón…

-Ese Renato está loco de remate…

 

En ese momento se corrió la voz de que los secuestradores estaban abandonando el edificio. Y efectivamente, desfigurada por el pánico, la rubia Carlita salía sirviéndole de escudo a uno de los secuestradores.  Detrás desfilaba otro encañonando a Müller y Mirna, de lo más fachosa posaba para la tele, mientras que  el enano que la sujetaba firme por un brazo, apuntaba amenazante con su metraquita a todos los mirones.

 

-¡Por la reputa que lo parió!… – palideció Lalo reconociendo al enano del taxi.

 

Se quedó mudo, pálido, sin aliento y no pudo quitarle los ojos de encima.  Mientras lo veía pasar unas perlas de sudor helado le coronaron la frente y recordó la amenaza:  

 

-Baja nomás blanquiñoso de mierda, antes de que te meta metraca…

 

Los secuestradores subieron a un mercedes negro, que los esperaba en la puerta y sin asco, arrojaron a la embarazadísima Carlita con el auto en marcha y la pobre rodó aparatosamente con su barrigota por la pista. A Mirna, la abandonaron en las inmediaciones del mercado de Magdalena aún con las manos atadas y con el torso desnudo.  La policía dijo que lo hicieron para distraer a la prensa mientras huían.  A Müller lo encontraron ileso en la maletera del mercedes que abandonaron en un garaje del motel Miami, camino al aeropuerto.

 

No está de más ponerse mosca…

 

… Yo sé por qué te lo digo.

-¡Yo sé por qué te lo digo!… ¡Yo sé por qué te lo digo!… Todo el mundo cree que sabe lo que te dice, carajo… Hablas de puro negativo, nomás…

-Es un decir, Fernandito… ¡No jodas!… Por las puras te amargas, compadre…

-¿Entonces por qué te palteas, huevón?… ¡Me estás salando, carajo!

-¡Es un policía, Fernandito!

-¡Sanidad!… ¡Sanidad!… El hombre trabaja en la Sanidad de las Fuerzas Policiales, o sea, que no es ni mierda… Es un enfermero y nada más ¿Estás oyendo cardiaquito? 

-Es lo mismo, Fernandito.  Es lo mismo. Todos son sapos.

-¡No me jodas, Maqui! Mi hermano no me va a mandar a un soplón, pues…

-¡No me gusta la policía, compadre!

-Son gente como cualquiera. Los pobres también tienen derecho a fumar lo que les dé en gana… ¿Cuál es tu problema ahora?

-¡Me niego a hablar huevadas, compadre!

-¿Ah, huevadas? ¿Te olvidas que el puta es el contacto que tienes para comprarte un cerebro?

-¡Puta que es importantísimo que me consigas ese dato porque sin el cerebro estoy perdido!…

-Por eso no te palteas, ¿no? ¡Pendejo!

-No es eso, Fernandito. No quiero que nos pase nada…

 

De pronto, la puerta de la pensión se abrió de par en par y entró un sujeto.

 

-¡Fernando! – gritó el tipo haciéndolos saltar del asiento. 

-¡Mateo! – le contestó Fernando en el mismo tono.

-¡Presente!- y se le cuadró.

-Mateo, él es Maqui… Espérame que ahorita bajo – y arrancó escaleras arriba.

-Encantado, compadrito – dijo el recién llegado extendiéndole la mano y se sentó junto a él.

-¿Dice el hermano de Fernandito que tienes un contacto en la Morgue para comprar un cerebro? -                le preguntó a quemarropa.

-¡Suavena avena,  compadrito!  ¡La gente va pensar soy Frankenstein! ¡No te mandes así pues, chochera!

-Es que…

-Lo que usted quiere saber es si yo le puedo recomendar a alguien que le consiga un fiambre ¿Sí o no?

-¡Tú lo has dicho!

-Así tranquilito es como se hacen las preguntas, compadre… No que usted, causita, se manda de frente de puro nervioso… Esas cositas se notan, pues…

-¿Pero tienes el contacto o no? – insistió Maqui que al toque le ampayó la conducta policíaca.

-Por supuesto que sí pues, chochera – y rebuscándose los bolsillos sacó una tarjeta manoseada. El hombre anda más ocupado que la grandísima pero es efectivo… Chambea maquillando fiambres y tiene un culo de contactos en las funerarias…

-¿La gente paga por maquillar muertos?

-¿Tú crees que maquilla sólo a los que se les revienta la cara, compadre? No, pues. Todos los fiambres se retocan. Por eso es que el hombre anda bien forrado… Dicen que los deja mejor que cuando estaban vivos…

-O sea que el puta es una experto en fríos…

-Así es, mi hermano… Y también trabaja para la Morgue de Lima.  De allí es donde le va a conseguir su adoquín pues, maestrito…

-¡Adoquín!   Esa no se la sabe mi profe…

-¿Cómo? ¿No está usted buscando un pensante mi estimado?

-¿Un cerebro?

-Allí estamos pues, chochera…  Usted lo que tiene que hacer es ubicar al hombre en su quiosco de la avenida Grau… Eso sí… Por nada del mundo me lo vaya a buscar en la morgue porque me deja usted mal, ¿ah?

-…¿Tiene un quiosco?…

-El hombre tiene un restaurante al paso en la avenida Grau y una pequeña fábrica de embutidos en Barrios Altos.  

-…¿Tiene un quiosco en la avenida Grau?

-Efectivamente, mi hermano… Justo frente a la asistencia.. Usted nada más le enseña la tarjetita y le habla con confianza  del asunto…  Pero eso sí… Déjeme advertirle chocherita -porque usted me ha caído simpático- que no vaya a aceptarle nada de comer… No es que sea mal pensado sino imagínese… ¿De dónde saca tanto insumo mi compadre?

-¡No!… ¡No me digas!…  ¡No me digas!

-No se esfuerce, chochera, que yo no me atrevo ni a mencionarlo…

-¡Puta, que se me ha puesto la carne de gallina! ¡Qué miedo, huevón!

-Ya está usted advertido…

-¡Listo, mi estimado!  - apareció Fernando con un maletín de deportes que dejó justo a los pies del sujeto.

-Entonces ya fue, compadre… – dijo colocándose el maletín en el hombro y después de desabotonarse la bragueta sacó un sobre de manila que tenía entre los testículos – Un kilito bien pesado ¿no, profesor?

-Eso no se pregunta, pues hermano – contestó Fernando encaletándose de inmediato el sobre en el bolsillo interior de la casaca.

-¡Entonces que la pasen bien pues, colegas! – dijo el tipo alistándose para salir.

-¡Aguanta, compadre, que no me soltaste la tarjeta!

-Cierto, cuñadito. Si vas ahorita, que es martes, lo encuentras en el puesto. Después es más difícil… Toma, dile que vas de parte del flaco Carranza…  Con confianza, causita… No te quedes, ¿ah? – y  salió a paso ligero después de meterle la tarjeta en el bolsillo de la camisa.

-¡Puta, qué charlatán es este huevón! – dijo Maqui y leyó en voz alta la tarjeta:  “José Sabroso. Maquillaje y Servicios Funerarios en General”… ¡Y todavía se  apellida Sabroso el puta!…  

-¿No pensarás ir a comprar tu cerebro ahorita, no?

-El ciclo acaba a fin de mes, Fernandito… Si no presento el trabajo esta semana estoy jodido…

-¡Puta madre!

-Hazme la gauchadita pues, Fernandito…

-¡Entonces ahorita mismo estamos saliendo, huevón!

-Espérate que me doy una lavadita de dientes y bajo al toque…

-¡Puta que pareces señorita!… Siempre te falta algo, ¿no huevón? ¡Apúrate pues, carajo!

 

 

Fernando tenía un Volkswagen negro, full equipo, que mantenía tan impecable como su primo Sandro mantenía el Dodge.

 

Mientras cruzaban por Espinar vieron a la Gata y a Pepe-caca que discutían a gritos sentados en un muro a la altura del malecón.  El abusivo le estaba doblando el brazo con una mano y con la otra zarandeaba la rubia cabellera de su amante. 

 

-¡Ya pe! ¡Ya pe! ¡No seas malito!…

-¡Maricón de mierda, conchatumadre!…

-¡Ayayay!…  ¡Suéltame desgraciado, maldito, hijo de puta!… ¡Auxliooooo! ¡Policíaaaaaa! ¡Au, au, mis riñones, maldito abusivo!…

-Ahora soy un maldito ¿No, conchatumadre? ¿Y anoche qué? ¿Ah?… – y  la revolcaba de los pelos.

-¡Ya pe, oe! ¡Ya, pe!… -le rogaba ahora con llanto de hombre.

 

Fernando arqueó apenas una ceja y aceleró para adelantar a un par de micros del Surquillo-Callao. Pero a mitad de cuadra el tráfico se detuvo en seco. Un policía hacía señas para desviar el tránsito hacia la izquierda porque un Azángaro inmenso  -  que yacía patas arriba en medio de la pista – se había llevado de encuentro  a un auto que estaba volcado cerca del monumento del parque San Juan.

 

-¡Viste eso, compadrito!… – dijo impresionado Maqui santiguándose.

-¡Qué tal accidente, huevón! Te apuesto que han habido muertos ¡Estos microbuseros son unos conchesumadres! ¿No viste cómo corrían esos dos?

-Sí, compadre. Uno toma su micro tranquilo sin saber que en la esquina te espera la muerte…

-Y si éste no tuvo la culpa, la tuvo otro huevón que se dio a la fuga…

-De repente el otro ni se dio cuenta… Así murió el hermano de un pata…  Venía manejando despacito detrás de un volquete por La Costa Verde y no podía adelantar porque el chofer del camión no tenía espejos.  Cuando entraron a la curva de los Delfines una roca inmensa se cayó del camión y le destrozó el parabrisas al Mustang.   El carro rodó hasta el espigón y de milagro se detuvo justo antes de caer al mar.  El huevón murió instantáneamente ¡Lo peor de todo es que el camionero ni se había dado cuenta!

-¡Pucha qué salado, compadre!… El otro día leí en el periódico que unos narcos ejecutaron a un soplón y lo tiraron a la Costa Verde desde el puente. Lo peor es que el cadáver le cayó encima a un salado que pasaba con su carro de lo más tranquilo.

-¡Y también murió al toque!

-No compadre, quedó vivo… Si todavía salió fotografiado en el periódico hecho mierda.

-¡Qué desgraciados!… Oye, anda sacando la dirección del tipo porque al Centro entramos y salimos nomás – le avisó a la altura del Paseo Colón.

-¡Puta madre qué tal tráfico, Fernandito! Creo que más rápido llegamos a pie…

-Tienes razón. Mejor nos metemos en una playa de estacionamiento y nos vamos caminando hasta la Asistencia…

 

Caminaban por la avenida Grau entre paredes de zapatos y vendedores que al verlos pasar les cantaban la talla con asombrosa precisión.  Después de atravesar la sección textil se internaron en las surtidas librerías al paso.  Cuando llegaron a la sección de alimentos, el barullo era insoportable.  Decenas de puestos y carretillas no se daban abasto para atender a los famélicos comensales que exigían una Papa a la Huancaína, una Fritanguita, Olluquito con Charqui, Carapulca, Chicharrón de chancho, Lomo Saltado, Tallarines rojos, Arroz con Pollo, Tacu-Tacu, Patita con maní, Mondonguito, Anticuchos, Choncholí, Pancita y Picarones.

 

Era cerca de las seis de la tarde y las luces de la avenida ya estaban encendidas cuando se hizo de noche.  Los paraderos estaban llenecitos y los microbuses pasaban repletos.   Algunos se trepaban con el vehículo en marcha, encaramándose como podían en las puertas y ventanas ante la pasmosa indiferencia de los estudiantes de medicina, que salían de la facultad con sus batas blancas para internarse derechito en medio de aquel caos.  Maqui y Fernando ya estaban saltones, cuando la sirena de una ambulancia les puso los pelos de punta.

 

-Apúrate, Maqui, que esto se está poniendo de puta madre…

-No necesitas decírmelo, cuñado… Busco y busco pero para serte sincero, compadre, no sé ni lo que busco…

-¿Estás huevón? ¿Cómo que no sabes lo que buscas? ¿Acaso no tienes la dirección?

-¡Puta madre! ¡A ver encuéntrala tú, cojudo!…

-¡Eres un imbécil! ¡Vámonos de aquí! Con razón te cagas de miedo de todo, compadre.  

 

Una chica de largos cabellos negros le guiñó el ojo para avisarle que un ratero iba a bolsiquearlo y Fernando se libró del ataque justo a tiempo.  El ladrón se siguió de largo sin inmutarse, y Maqui -que no se había dado cuenta de nada-  seguía buscando el puesto de Sabroso. 

 

-¡Casi me cuadran, huevón!

-¿Cuándo?

-¡Ahorita mismo pues, cojudo!

-¡No jodas!  ¡Si yo no he visto nada!…

-¿Y crees que te van a avisar?… ¡Apúrate que, de puro cojudo, me he traído el billete de la yerba!- dijo bajando la voz.

-¡Al pincho José Sabroso, Fernandito! ¡Vámonos!

 

No habían avanzado más que un par de pasos, cuando dos chicas se les cruzaron por delante.

 

-¡Gracias, flaquita!… ¡De la que me has salvado! – y el vivo de Fernando le dio un beso acertando muy cerca de la boca.

-De nada, amigo…  Me di cuenta que el choro venía decidido… Y nada pues… te pasé la voz… – le contestó poniéndose rojísima mientras enredaba nerviosamente un mechón de cabellos entre los dedos.

-¿Y qué hacen por aquí? ¿Estudian cosmetología? – preguntó Fernando sin quitarle  los ojos de encima.

-Nada que ver, hijito… Nosotras somos estudiantes de medicina- contestaron  muriéndose de risa.

-¿Y ustedes? – preguntó la otra chica coqueteándole a Maqui, que seguía mirando para todos lados.

-Yo he venido a hacerle la taba a mi pata… ¡Acércate pues, Maqui! – le hizo señas con la mano – Hace rato que estamos dando vueltas buscando el quiosco de un compadre que consigue cerebros.

-¡Ah!…  ¡Están buscando a José Sabroso!

-¿Lo conoces? – preguntó Fernando sorprendido.

-¡Claro qué sí!  Ése es súper conocido en el ambiente ¿Quién no lo conoce?…

-Nosotros.  

-Pues hasta el día de hoy nomás, flaquito, porque ese sacalagua con cabeza de colchón es José Sabroso…

-¡Ustedes son un par de ángeles! – dijo Fernando aprovechando el pánico para abrazarlas- ¡Oye, mongolito, ven para que veas este milagro! 

 

El puesto estaba reventando de carnívoros que hacían largas colas para conseguir un lugarcito embriagados por el olor que despedía la plancha.  José Sabroso no paraba de bromear y, mientras le traían el órgano desde la morgue, mandó freír una parrillada especial que sus invitados devoraron en un dos por tres sin que Maqui pudiera hacer nada para evitarlo.   Fernando, que ya estaba acostumbrado a  los ataques de hipocondriasis de su amigo,  no se sorprendió cuando no quiso probar bocado.  Ni bien le entregaron un cerebro flotando en formol en un balde cubierto con un trapo blanco manchado con gotitas de sangre,  Maqui salió prácticamente huyendo del lugar.  Una vez en el garaje, colocaron el balde en la maletera y el olor a cementerio se  impregnó en el auto.  Los comentarios de las chicas acerca de lo rico que habían comido obligaron a Fernando a detenerse varias veces en el camino para que el pobre Maqui pueda salir corriendo a vomitar.  Se sintió mejor cuando su chica lo endulzó con un poco de ron con Seven-up y empezó a acariciarlo.  Fernando iba a toda velocidad por el serpentín de la Herradura y la chica de cabellos negros trataba de  sintonizar la radio. 

 

                              ♫♫ Tú me echaste no sé qué en la comida…

                                     Tú me hiciste brujería…  ♫♫

 

Maqui estalló en carcajadas…  Se atoraba, se sofocaba y hasta se le salían las lágrimas.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?… ¿Tan rápido te recuperaste?…

-Creo que a Maquicito ya le está subiendo el trago… -dijo la chica  comiéndoselo con los ojos.

 

Las chicas estudiaban medicina en la San Fernando y se preparaban para hacer su internado en el Hospital Obrero. La chica de cabellos negros vivía en el Rímac y pertenecía a una tradicional familia de enfermeras. Todas seguían el ejemplo de una tía bisabuela, que a mucha honra, había tenido el privilegio de rasurar al Presidente Augusto B. Leguía para una cirugía. En un cuadro que colgaba de una de las paredes de la sala,  la precursora sonreía para las futuras generaciones.  La chica decía que su tía no hubiera tenido que rasurarle el pubis a nadie, ni siquiera al presidente, si hubiera podido estudiar medicina en esos tiempos. Y para que las próximas generaciones siguieran su ejemplo se propuso ser la primera doctora de la familia.  Y no pudo seguir contándole más  porque  Fernando era todo manos y hasta tuvo que frenarlo en seco.

 

-Aquí no lo vamos a hacer, ¿ah?… En el carro no me gusta… -le dijo la chica regresando el sostén a su lugar- Vamos si quieres al cinco y medio…

-¿Y qué hacemos con ellos? -preguntó Fernando refiriéndose  a la otra pareja que se daba una vuelta por la playa.

-Cuando lleguemos se tiran al suelo…  Como las lunas de tu carro son polarizadas nadie se va dar cuenta…

 

A las tres y media de la mañana el Volkswagen negro cruzó nuevamente el jirón Espinar.  Casi en medio de la pista advirtieron un cadáver. Estaba cubierto con periódicos y alguien había puesto un par de piedrones para evitar que el aire se los lleve volando.  El viento helado de la madrugada levantaba la mortaja de rato en rato descubriendo al infeliz, que yacía en medio de un charco de sangre amelcochada.

 

-¡Mierda! ¡Un frío!… – balbuceó Fernando persignándose tres veces seguidas.

-¡Virgen Santísima!… – se le escapó a Maqui persignándose también.

-¡Qué miedo, compadre!… ¿Quién será?

-¡A quién mierda le importa, Fernandito! ¡Vámonos para la casa!…

 

Las cocheras quedaban en la parte posterior del edificio muy cerca del barranco. Temblando de frío sacaron el balde de la maletera y rápidamente cerraron con candado el portón.  Ya cerca de la pensión se cruzaron otra vez con el cuerpo y pasaron de largo sin mirar y sin hacer comentarios. 

 

… Para que después no se me quede grabado, carajo…  pensaba Fernando cagándose de miedo.

 

-¡Psss!… ¡Psss!… ¡Psss!… ¡Hablando, jugadores!

 

Como a media cuadra, envueltos en sus frazadas,  se aproximaban con paso acelerado un par de sujetos fumando pasta. 

 

-¡No pasa nada, Coroto!

-¡Ya nos vamos a dormir, compadrito! ¡Respeta que hay un muerto, huevón! – dijo Maqui levantando la mano con fastidio y se siguió de largo.

-¿Ah?  ¿Me arrochan?

-¡Apúrate, Fernandito, que la tentación es grande! – insistía Maqui mirando el tabacazo de reojo.           

-¿Ya se enteraron quién es el frío? – les preguntó Coroto acercándose.

-¡No sé ni me interesa, compadre!

-No me digas… ¿Tú sabes quién es el muerto, cuñado? – preguntó Fernando.

-¡Claro que sí, pues! Es el tombichi que vive en tu jato, huevón – dijo el Coroto disfrutando la primicia.

-¡Camina nomás, Fernandito! ¡No le hagas caso!

-¡Sí o no Mazamorra!

-¿Quién dice que no es el tombo?…. Si se lo ha bajado su germa de un plomazo -dijo  después de soltar un gargajo.

-¡Anda, mentiroso… Si ese huevón no tiene mujer! – replicó Fernando.

-¡Es puro hueveo para tentarnos nomás, Fernandito, apúrate!…

-¡El maricón, pe!… ¿Acaso no era el monta de la Gata, huevón?

-¡No jodas!…

-¡No me digas que la Gata terminó enfriando al Pepe! – reaccionó Maqui que se detuvo en seco.

-¿No te lo está diciendo el hombre hace rato?…

-¡Por mi madre que marcan choro estos pavasos!… ¡Vámonos, Mazamorra, antes que me cruce y termine cuadrando a este par de cabros, carajo! -  y se guardó los palillos rotos en la boca después de lanzar bien lejos la colilla del tabacazo.

-¡Agradezcan nomás que esos bobos que tienen son fuleros, sino se hubieran quedado sin dar la hora, huevonasos! – requintó el Mazamorra achoradísimo despancándose otro cigarrillo.

Últimamente estoy caminado más que nunca. Seguirte no es tan fácil, mi amor… (*)

 

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

 Pero cuando supe en dónde vivías no pude evitar la tentación de verte aunque sea de lejos.  Como ahora. Sé que tú ya no quieres verme y te comprendo. Por eso no me acerco a ti… Desde que te escuché casualmente por la radio estoy intranquilo y necesito explicarte por qué me escapé.  Si  supieras lo que ocurre en ese antro, mi amor, me darías la razón. Te juro que te estaban sacando tu platita por gusto, mi vida… Aunque ha pasado tanto tiempo que debes estar pensando lo peor de mí… Para variar…

 

Sé que en el Trigal pensaste que habíamos llegado al lugar indicado…  Con la oficina del psicólogo,  las salas de charla, la imagen de Cristo Salvador en la entrada y todo lo demás… Cuando vi a los internos recibiendo a sus visitas con sus pantalones azules, sus camisas blancas, con la Biblia bajo el brazo, alardeando de sus repuestos semblantes, estuve dispuesto a internarme… Sobre todo porque me dijiste que todavía me querías…  Por favor, mi amor, no pienses que no puse todo de mi parte.

 

La tarde en que me dieron la fecha de ingreso el corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho… ¡Hacía tiempo que no me sentía así!… Gracias a ti, mi amor, me acercaba al final de mi pesadilla.  Y cuando conocí a la hermana Juana, me sentí a salvo y me arrodillé a sus pies llorando de felicidad. Sin embargo, debo confesarte que en los días previos a mi internamiento me drogué.  No regresé al Planeta.  Jamás volveré a aquél agujero del infierno. Pero robé, mendigué por las calles y estafé a los compras en los huecos y me hice de un capital. Me sentía como un chiquillo de luna de miel con su droga. Quise sacarle el jugo hasta el final a esa vida de mierda porque confiaba en que, gracias a ti, iba a terminar mi desgracia.

 

Pensaba que me llevarían a un lugar parecido a una casa de reposo y que caminaría en bata por unos pasadizos impecablemente encerados…  Entre doctores y monjitas…  Acurrucado en mi escondite en el parque Salazar, mientras me arrullaba con el eco de las olas, me preguntaba si tendría mi propia habitación. No sabía nada porque no quisieron darme información. Sólo se limitaron a pedirme que llevara algunos artículos personales. Así que parte de lo que robé lo invertí en una mochila, un pijama, dos pares de medias, un par de calzoncillos, jabones, cepillo de dientes, crema dental, un peine y un marquito donde puse la foto donde están ustedes tres regalándome una sonrisa. Dijeron que sería solamente por un año y que se pasaría volando…  Doy fe de ello porque aún me parece que fue ayer cuando nos separamos. No te imaginas cómo deseaba recuperar mi vida ahora que contaba con tu apoyo. 

 

Ese día llegué deshecho. No sabes cómo me dolían las caderas y la espalda. Después de tantos años, la idea de dormir en una buena cama era casi una obsesión… Pero ni bien me ingresaron, amorcito, los muchachos saludables del pantalón azul cambiaron de táctica y nos recibieron malhumorados y con una desconcertante actitud militarizada. Nos  obligaron a formar fila en el patio trasero del caserón y estuvimos de pie achicharrándonos bajo el sol por lo menos seis horas sin que nadie tuviera la consideración de decirnos qué estábamos esperando.  Al contrario, cada vez que queríamos dirigirles la palabra nos trataban mal y ni siquiera nos dejaron usar el baño.

 

-Te voy a poner en rehabilitación en un lugar carísimo, así que mejor pones todo de tu parte, ¿ah?…

 

Y yo que me había hecho la idea de tomar un refrigerio y de volver a sentarme en la mesa… Pero ya eran más de las tres de la tarde y nada… Algunos empezaron a protestar pero de inmediato salió el psicólogo a explicarnos que habían tenido un inconveniente con la compañía contratada para el transporte y sacó diez soles de su bolsillo y mandó a uno de los muchachos saludables a comprar seis paquetes de galletas de soda, una Coca-Cola de litro y medio y una cajetilla de Belmont a la bodega de enfrente… Después de deambular por todo Lima durante años, traíamos a cuestas un agotamiento añejo por tantas amanecidas, que ni tres meses de sueño  resultarían suficientes.  Pero por ahora nadie quería hablar de eso… Ni bien llegó la compra desapareció en un segundo y como éramos veinticinco puntas ni siquiera alcanzó, un cigarrillo para cada uno.  Nos quedamos con las ganas.  Algunos se hartaron y trataron de largarse pero no los dejaron salir…  Los otros chicos empezaron a darse su vuelta de vez en cuando y los atacábamos con preguntas acerca de nuestro destino…

 

-Cuando lleguen, ya verán… Ya verán… No se desesperen,  muchachos… – contestaban recelosos,  cuidándose de no hablar más de la cuenta…

 

Me imaginaba, mamita linda, que nos someterían a una terapia de calmantes y desintoxicantes.  Era la parte que menos me gustaba del asunto y ya me veía los primeros meses completamente sedado en una cama, alimentándome con suero, gota a gota, rodeado de locos y viendo la televisión veinticuatro horas al día.  Te confieso que, a pesar de que en la calle había visto de todo, tener que vivir entre dementes me daba escalofríos.  Pero amor, por ti estaba dispuesto a todo…

 

Como a las cinco, un nuevo personal irrumpió en el patio, dirigidos por un flaco achinado, chimuelo y prematuramente canoso. Aunque estaba vestido como los demás, aún conservaba aquel brillo maldito en la mirada con el que se impone respeto en las calles… Estaba de peor humor que los demás, así que de entrada, nos hizo callar a todos y nos mandó a formar en orden de tamaño.

 

-Si el Señor es mi Pastor, nada me faltará… Aunque pase por quebradas muy oscuras, no temeré porque tú estás conmigo… Y mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo… -recitó de memoria con transparente fanatismo y con los ojos incendiados de odio-… Por largo, largo tiempo… -recalcó dejando claro que de ésta no íbamos a salir tan rápido como pensábamos- En el nombre del padre, del Hijo y del Espíritu Santo… -, remató santiguándose frenéticamente. 

 

Después de rezar un par de oraciones, que sólo yo desconocía,  improvisó algo así como un discurso de bienvenida.

 

-A partir de este momento soy para ustedes el hermano Pancho, ¿ya carajo?… Quiero que sepan que a partir de ahorita estoy a cargo de  ustedes… ¿Me oyeron?… Así que para que lo sepan, conmigo se acabaron las cojudeces… ¿Ya?… Aquí no están en sus casitas, con su mamacita que calladita aguanta todas sus pendejadas, ni mucho menos estamos en el hueco donde se pasan de vivos con todo el mundo… De ahora en adelante mando yo… ¿Ya, carajo? ¡No los oigo, mierdas! De aquí en adelante nadie hace nada sin mi permiso, ni siquiera pueden mear, carajo ¿Me oyeron, idiotas?… ¡La regla número uno es hacer silencio!… ¡Mientras no se les dé permiso, todos con la lengua bien metida en el culo, carajo!  Y como recién están empezando, aquí no son ni mierda… ¡Así  qué a callar se ha dicho!… – terminó bañando de saliva a los que estaban más cerca y mandó a abrir el portón.

 

Sus palabras cayeron como un baldazo de agua fría a uno que venía harto de las calles, de los matones y de sus reglas… Te juro, mi vida, que se me fueron todas las ganas de irme con ellos…

 

Con estricta disciplina, desplazándose igualito a los rayas que cuidan al presidente, un par de muchachotes abrieron el portón de madera que daba para la calle y como una docena de ellos flanqueó cada puerta de un microbús de la línea veintitrés.  Nos esperaban con el motor encendido para dejarnos saber que partiríamos inmediatamente. El psicólogo se despidió de cada uno con un apretón de manos y con una sonrisa ensayada que nos dejó helados.

 

-Suerte, mucha suerte, muchachos…

 

Y esa fue, amorcito, la última vez que lo vimos…  Sabía muy bien adónde nos llevaban y todo lo que nos iba a pasar…  ¡Y nosotros confiábamos en que podría ayudarnos!… ¿El sueldo de ese infeliz justificaba el engaño?…

 

Subimos al microbús en absoluto silencio y sabiendo que no vería la calle por mucho tiempo, me senté junto a la ventana. Intenté concentrarme, resignado, pensando en mi rehabilitación y en el día en que saldría de allí para buscarte. Alguien corrió la voz de que todo el proceso duraría por lo menos un par de años y después, si uno quería,  podía irse a su casa… Pero también supe que la mayoría se quedaba porque la Hermana Juana se encargaba de cobrarte todos los favores reclutando gente por las calles…

 

El flaco volvió a exigir atención y después de hacernos rezar otra de esas extrañas oraciones entonó un himno religioso, batiendo las palmas. Todos los uniformados, que ahora eran más numerosos que nosotros, se unieron al canto.  Esa era otra de las cosas que me parecían desagradables porque para mí no tenía sentido cantar, aplaudir y abrazar afectuosamente a esa clase de prójimo. 

 

Como el tráfico estaba terrible,  el viaje por la Panamericana se hizo tedioso. No teníamos idea adónde nos estaban llevando y los uniformados seguían sin decirnos nada. 

 

-¡Cállense mierdas y sigan alabando al Señor!… -, dijo por toda respuesta el achinado, dirigiéndose a los insistentes. 

 

Me di cuenta que conforme pasaba el tiempo, los de azul iban perdiendo esa lozanía que los distinguía de nosotros. Y cuando pasamos por Yerbateros, como a eso de las seis, a todos les cambió la cara cuando vimos a un grupo de fumones prendiéndose en plena avenida.  Presas de una extraña euforia, no paraban de comentar lo que hacían ni la cara que estaban poniendo. Ni bien oscureció comenzaron a verse igualitos a nosotros y ese brillo en la mirada, que al principio nos motivó a reclutarnos, se apagó para siempre…

 

Había empezado a agarrar sueño cuando el vehículo se detuvo en la avenida Canadá.  Los uniformados abandonaron sus asientos en el acto y en silencio, con disciplina militar, cubrieron nuevamente ambas puertas del microbús.

 

-¡Nadie me habla, carajo! ¡Al primero que desobedezca le saco la conchesumadre! ¿Está claro, mierda?… -, dijo el flaco achorado bajando primero que nadie.

-¡Pero si estamos en Santa Catalina! ¡Este es mi barrunto, cuñao!… -, me dijo en voz baja mi vecino de asiento.

-¿Qué mierda he dicho, imbécil? ¿Eres sordo, malparido de mierda?… -, le contestó el flaco tan cerca que lo escupió en la cara. 

 

Yo seguí caminando calladito pero desde entonces, mi amor, supe que habíamos cometido un error…

 

El microbús se detuvo frente a una casa enorme y parece que todo el vecindario se había pasado la voz porque estaban allí, mirándonos asustados, como si fuéramos  locos peligrosos.  Para colmo, los de camisas blancas insistían en portarse como agentes de la CIA y eso ponía más nerviosa a la gente.   Un chiquillo mataperros se liberó de las manos de su madre y me tiró una piedra que, por suerte, sólo me cayó a los pies…  Nadie lo corrigió… Al contrario, la malacrianza rompió el hielo y la multitud estalló en carcajadas.  Algunos vehículos se detuvieron obstruyendo la circulación y la gente en el interior nos señalaba, nos miraba como bichos raros y se burlaba de nuestro aspecto.

 

-Despídete del paiche, calavera de llavero… -, me gritó un cobrador de micro y las risotadas no se hicieron esperar.

 

No sé… Quizás era chocante ver a tanto antisocial junto…

 

La pesadilla comenzó ni bien pusimos un pie en un chalet de dos plantas, con jardín y  amplio patio con piscina.  Descontando a los recién llegados, en ese momento la casa albergaba por lo menos a trescientas almas. El olor a sobaco y a meados era insoportable.

 

Nos hicieron pasar a punta de gritos y empujones… Amorcito, lo que vi allí no parecía real…  Dentro de una piscina seca había por lo menos un centenar de drogos… El bullicio era infernal, desquiciante, tanto humo me hacía llorar… Pero ellos  conversaban tranquilos como en su casa. 

 

Los dirigentes se movían con desenvoltura en aquél enjambre y hasta podían diferenciar a cada grupo de reclutamiento que la hermana Juana tenía en la ciudad…  Jamás supe cuán chico es el mundo hasta entonces… Caminando por toda la casa, sentados en las escaleras,  murmurando en  los rincones, encontré a muchos drogos que conocí en mi larga vida de vicioso. Era como un paseo por el infierno, como deambular por cada hueco de Lima.  Mientras unos se pasaban la voz como si nada, otros parecían avergonzados y culpaban a sus parientes por haberlos hecho entrar al  programa a la fuerza. 

 

-La huevona de mi mujer me ha metido acá… Pero ni piense que me voy a quedar mucho tiempo, causa… De aquí me quito a seguir fumando, carajo… -, me dijo el Chinagria de Sáenz Peña, confiando en que podría escapar. 

 

Lo más triste, mi amor, fue enterarme que la mayoría de ellos había recaído.

 

-Nunca vamos a dejar el vicio, causa… Ni bien sientes que estás limpio, te vas  corriendo a prenderte… Tendrían que desaparecer también los huecos, compadre… – me dijo el Trompudo de La Paz, que iba por su tercer ingreso…

 

El malhumorado nos mandó a formar a punta de lisuras y al mismo tiempo que uno de esos de camisa blanca nos servía una chicha rosada e insípida en unos vasos descartables  - que a la legua se notaba que habían usado un montón de veces – nos repartió por cabeza un cigarrillo Gold Coast y un pan con mantequilla que iba sacando de unos baldes asquerosos.  Estábamos devorando con angustia el magro refrigerio, cuando el flaco achorado nos mandó a meternos dentro de la piscina porque necesitaban más espacio para los que iban  llegando…  En aquel momento me preguntaba, angelito lindo, cómo haríamos para dormir en ese lugar. Pero pronto me enteré que nada más nos iban a empadronar y que después nos trasladarían en grupos a Pucusana, dónde quedaban las casas de rehabilitación. 

 

-Aquí solamente van a chequear si hemos traído droga, causa… Allá arriba, estos conchasumadres te van a quitar todo… -, me dijo uno que ingresaba por segunda vez echándole el ojo a mi maletín…

 

Tengo que admitir que, conforme avanzaba la cola, ese lugar más parecía una cárcel que un centro de rehabilitación. Como todos teníamos la conciencia sucia, pensamos que merecíamos algún castigo… Aunque comprendí que era imposible reformar a este hervidero de mal vivientes sin usar la fuerza y estaba dispuesto a todo por dejar el vicio, sentir que estaba en  manos de unos drogadictos reformados me puso nervioso.  Con la guardia baja y la autoestima por los suelos me dejé insultar y humillar…  Finalmente, las cosas seguían siendo igual que en la calle…

 

-¡Oye, imbécil de mierda, chuchatumadre!…  ¡Aquí no estás en el hueco!… -, gritó un negro, afeminadísimo, lanzándole un mocasín directo a la cara a un infeliz que exigía otro cigarrillo.

 

El tipo – que resultó ser el director de esa casa – era un pájaro de cuentas conocido en los huecos de Lince. Un maldito hijo de puta que a la legua se notaba que no había cambiado…  Cuando desapareció de las calles muchos estuvieron seguros que le habían dado vuelta por soplón…  Revisaba nuestras maletas con codicia y  se aprovechaba del cargo para quitarnos todo. Nos hizo poner en pelotas y a su disposición a punta de patadas y el perverso, sin profilaxis alguna, le metía el dedo en el culo a cuántos quería, según él, para ver si estábamos pasando drogas.  Sé que es chocante, mi amor, pero ¿cómo se cuenta algo así?…

 

Nunca entendí por qué nos hicieron llevar cosas, si este conchesumadre y sus compinches nos estaban saqueando. 

 

-Allá  a dónde vamos no vas a necesitar esto… Además, por tu propio bien, no puedes llevar nada que te recuerde tu pasado… – y se quedaron con el cuadrito, que era lo único que tenía de ustedes…

 

-No se preocupen, todo les será devuelto el día que tengan su primera visita… -  nos mintió el hijo de puta…

 

¡Yo que pensé que sólo era cuestión de fuerza de voluntad!… ¡Y no!… Quedó bien claro que estábamos marcados para siempre y que jamás volveríamos a ser personas de bien para los demás… Rehabilitarnos iba a ser el mayor logro de nuestras vidas y por eso fuera del programa no valíamos nada.  En la lucha por la supremacía, mi amor, éramos perdedores…

No tiene plata ni para tomar un micro hasta Miraflores… (*)

(*) Extracto de la novela  ”Paraíso de los Suicidas”

 

 Pero igual se va.  Caminando rapidito por la Pérez Araníbar. 

 

… No es tan lejos. De hecho que mi tío ya sabe en qué hospital está mi mamá… Ni loca cometo el error de llamar a mi abuelita para preguntarle por ella  porque seguro que el pesado de mi abuelo se me aparece por aquí… ¡Pucha, qué fastidiosos son los viejos!… Así que mejor me voy con mi tío Álvaro que es  recontra buena gente.

 

Cuando reconoció el auto de su padre viniendo en sentido contrario se puso blanca como un papel.  Casi a punto de desplomarse por el susto, se quedó paradita nomás, esperando lo peor.  Betto ni se dio cuenta y se siguió de largo.  Entonces, partió la carrera.  El Puericultorio se le hacía interminable…

 

… Alguien me va a ver en cualquier momento si no salgo de esta avenida de miércoles… 

 

Todavía resonaban en sus oídos las lisurotas que le gritó su papá en la mañana y no quería arriesgarse a que le hiciera una escena en la calle. 

 

… Qué roche que se ponga así delante de la gente… Ni que fuera una mocosa para que me esté amenazando con la correa… Ah, no. Si se me presenta aquí, agarro una piedra… 

 

Y se tranquilizaba constatando que había un  montón por todas partes.

 

… Total… Estoy frente al manicomio y digo que está loco y que es un drogadicto… 

 

El estómago le dio un vuelco de imaginarse lo que pudiera pasar. Se armó de valor y siguió corriendo, pero igual, se moría de miedo. Sofocada, con el maletín reventado de ropa, llegó por fin hasta  el Pueblo Joven Medalla Milagrosa.

 

… San Roque, san Roque, que tu perro no me toque… Detente animal feroz, primero es Dios que voz… San Francisco, que tu perro no me dé un mordisco… Por favor Diosito, que no me huela… Vete, vete a tu casa perrito flaco… ¡Púchica! ¿Porqué habrá tanto perro suelto en los Pueblos Jóvenes?… ¿Tendrán dueño?… Mi abuelito Humberto dice que este Pueblo Joven es uno de los más antiguos… ¿Qué tiene de joven?… Ya no deberían decirle así… Pero, ¿para qué, ah?… Comparado con otros, éste está súper bien parado… ¡Me encantan sus casas en bajadita!… ¡Y qué locos están los ladrillitos en la pista!… ¿Qué significará la lampa?… Hay una lampita grabada encima de cada adoquín.. ¿Mmm?… Se llaman adoquines, creo… ¡Qué loco!… ¿Y qué pensarán de esta barriada los pitucos de enfrente?… Seguro que de “aquisito nomás” sacan a sus muchachas… Estas señoras deben ser las amas, las cocineras y las lavanderas del vecindario… Y sus esposos los choferes y los jardineros… ¡Con razón sigue existiendo, pues!… Seguro que las señoronas de Aliaga, como la chinchosa de mi abuela Armenia, piensan que es una comodidad tener a su disposición toda esta cholería… La muy racista… O de repente son los que  les chorean hasta sus perros guardianes… No, tampoco, ¿ah?… Porque este sitio no parece maleado, si no fuera por la cantidad de perros  y de sapos, yo diría que es tranquilaso, ¿ah?… Apuesto que aquí es donde mi abuela y las otras viejas borrachas vienen  en Navidad para regalar sus vejeces…  ¡Claro! Así no tienen que subirse a los cerros y a las invasiones que hay en los arenales… Y después se pasan un mes seguido contándole al padre Román lo buenas que son… Mi abuelo dice que vienen a cambiar ropa vieja por trago nomás, porque se la pasan aceptando vasito tras vasito de cerveza a “los cholitos agradecidos”…  Por eso regresó en una pata el año pasado… ¡Viejas pendejas!… Pero lo que no saben es que ni bien les dan la espalda éstos se llevan toda su caridad para venderla en la “cachina” y en la puerta de la clínica Americana…  La gente no quiere que le regalen ropa vieja, lo que quieren es trabajo para tener plata y comprarse nueva… ¡Cómo cualquiera, pues!…  ¡Púchica, la enana pituca de mi abuela diría que estoy hablando como mis abuelitos… ¡Pero qué tal raza!… Deberían pagarles mejor a sus muchachas… No como la explotadora de la vieja Armenia, que tiene todo el día chambeando como esclava a la pobre Margarita… Por eso es que algunas terminan vaciándoles las casas a sus patronas como le pasó a la tía Miriam que nunca se dejó y les dijo su vida en colores a los rateros… Hasta intentó escapárseles y llegó hasta las escaleras pero los desgraciados la cachetearon horrible y la amarraron mejor a su silla… La pobre pataleaba de rabia viendo cómo su sirvienta, tremenda mal agradecida  y sus compinches, le robaban todo lo que había en la casa… ¡Con camión de mudanza y todo, oye!… Segurito que algunas viejas como mi abuela Armenia  se lo merecen pero no mi pobre tía tan bonita y tan buena gente… Si trataba a la Valentina como si fuera su ahijada y hasta se sentaba con ella a tomar lonche en el comedor para que le cuente de sus enamorados…  Mi abuela dice que por eso se le subieron los humos a la chola… No creo… Esa era una ratera de mierda, nomás… ¡Qué penita!… De hecho que mi abuela Armenia ya sabía que desde que abrieron la universidad de enfrente han convertido en cantinas y bodegas a las casitas más bonitas de por aquí… Recién computo lo que decía esa vieja borracha el año pasado… Es que ya había estado por aquí, pues… ¿Por qué será que cuando los cholos tienen plata al toque piensan en abrir una cantina?… ¡Claro!… ¡No va a ser!… ¡Con la cantidad de borrachos y malogrados que hay en todas partes debe ser buen negocio!… ¡Aj! El trago es una desgracia…  ¡Odio el alcohol! … Mi papá antes  no era así… Desde que toma tanto se ha vuelto horrible… Después sólo quiere estar jalando y fumando “esas cochinadas” con los malogrados de la esquina… Por eso está tan flaco y tan nervioso que parece un loco… ¡Me da miedo que un día se estrelle en su carro!… ¡Odio la pasta, la cocaína, las pastillas y hasta la goma Terokal, porque con eso se drogan los pirañitas en el parque!…  La gente está peor cada día y el barrio de mi abuela no se queda atrás… No hay un solo chico sano con quién una pueda conversar… ¡Hasta los pitucos son unos drogos!… Todos se están poniendo en algo… ¡Y cada día están más conchudos!… Hace tiempo que fumar marihuana es legal en la puerta del Portofino.  Ya ni les interesa que las señoras los vean… No, Dios me va a castigar por ser tan rajona y cuando sea mayor también me voy a volver borracha y pastelera… ¡¿Qué?!… ¡Ni Cojuda!  ¡En mi vida voy a fumar esa basura!… Ni me voy a casar con alguien que haga eso… Eso sí que no… Prefiero quedarme a vestir santos…

 

La pendiente de casitas inclinadas remataba en una glorieta, enanita, al borde de un maleconcito por donde se podía descender hasta la playa.

 

… ¡Pucha pero que lechera!… De aquí se puede llamar por teléfono… 

 

Se detuvo frente al servicio de cabinas telefónicas.

 

… Este pueblo joven es igualito que en provincias, con su servicio de cabinas de larga distancia y todo… Ojalá mi tío esté en su casa para que acepte la llamada por cobrar… Si no, qué penita… 

 

Detrás de las ventanillas, las operadoras conversaban relajadamente fumando cigarrillos y tomando café con leche. 

 

… Aquí sí que nadie me encuentra, ¿Ah?… ¿Quién va a imaginarse que estoy metida en un Pueblo Joven?… Claro, que es aquí en Magdalena, nomás… Pero estoy bastante lejos de mi casa para ser la primera vez…  Y si me da la gana, me voy a la playa… No, qué roche.  Sin ropa de baño, nada que ver…

 

El tío Álvaro era un solterón bien plantado, distinguido, que se afeminaba solamente cuando se sentía en confianza. Era alto, delgado, calvo y narizón y veía las cosas a través de su avanzada miopía. Era el tío preferido de Verónica porque era inteligente, agudo y simpático.  No representaba los cincuenta y tantos años que tenía encima por toda esa energía que irradiaba.  Se llevaba bien con todos… Menos con Betto. 

 

-Dile al antipático de tu padre que se vaya a freír monos  y vente a vivir conmigo, princesa, que para eso soy tu padrino… Yo también tengo derecho de ver por ti… Bien claro lo dijo el padrecito ese de los ojitos azules el día que te bautizaron… ¡Ay, pero tú qué te vas a acordar!… Eras tan chiquitita, mi amor… ¡Y tan linda!…

 

Le dijo adelantándose a los acontecimientos, mientras le alcanzaba una taza de café negro y la bañaba en perfume, cuando le entregaron la libreta de notas al fin del año y se tomó una botella de menta con las chicas de su salón… Claro, que ese mismo día se dio cuenta que no le hacía ninguna gracia beber.  Odiaba perder el control de las cosas pero, más que nada, odiaba llegar a parecerse a su papá…

 

Si en algo Álvaro coincidía con Vico, su cuñado, era que peor padre no le podía haber tocado a su ahijada.  Por eso volcaba sus sentimientos paternales en ella y, apasionado como era,  no podía evitar ver a su sobrina como la hija que hubiera deseado tener. Competía por su cariño abiertamente con Betto y se aparecía con los mejores regalos en los cumpleaños y en las navidades.  Desde que Betto decidió no comprarles más regalos a sus hijas, porque según él ya estaban muy grandes para esas cojudeces, fue el tío Álvaro quién se convirtió en  Papá Noel y llegaba a casa con los mejores presentes para las chicas.

 

-Es que ese maricón no tiene que mantener una familia… Así, ¿a quién no le sobra la plata, pues?… Además ese conchudo es bancario y seguro que todas esas cosas se las saca a los clientes… ¡Es un pendejo igual que todo el mundo!… ¡A mí me la va a hacer!… Se la viene a dar de buena gente el muy hipócrita… Ya lo conozco… Rosquete de mierda… 

 

En vano trataba Betto de eclipsar las atenciones que Álvaro tenía con sus hijas, porque sus comentarios jamás pudieron evitar que las chicas lo reciban con los brazos abiertos.

 

-Ese Betto es un desgraciado mal parido… A qué mala hora se metió con mi sobrina… Una chica de su casa, tan estudiosa y tan decente… – decía sentado junto a Vico dándole por su lado flaco.

-Ese cojudo es un maricón hijo de puta… -contestaba el viejo, imprudentísimo, como siempre.

-¡Ay, no!… ¡Pobrecitos!… Pero, ¿qué culpa tenemos los maricones?… ¿Qué te hemos hecho?… ¿Ah?… ¡Por favor no me compares con la bestia de tu yerno!…  -y le daba una fraterna palmadita de pierna. 

 

Vico ya no le contestaba más y ni bien podía se cambiaba de sitio. Siendo maestro, sentía la obligación de tener una respuesta para cada cosa y metía siempre su cucharón en dónde no lo llamaban. Pero Álvaro era el único que le bloqueaba el impulso

 

… Los afeminados han existido desde la antigüedad… Sucede hasta en las mejores familias… Así que debe ser normal también ser maricón… Y si a mi esposa le tocó uno en la familia… ¡qué se le va a hacer, pues!… Por mi parte, yo por la sombra nomás… 

 

Sin embargo, cada vez que lo veía, esquivaba su presencia como un adolescente inseguro.

 

Inés quería mucho a su tío pero, al igual que su padre, prefería no verlo con tanta frecuencia.  Después de sus visitas se sentía en la obligación de justificar sus amaneramientos a todo el vecindario.

 

-Lo que pasa señora es que como era el mayor mi abuelito lo engrió demasiado. Además, antiguamente a los varoncitos le ponían vestidos como si fueran mujercitas y como era tan bonito hasta le dejaban su pelito largo y todo… Así era antes, pues. Usted sabe… Pero él es buenísimo, ¿ah?… A mi hija Verónica la quiere mucho…  Es su padrino de bautizo y es un hombre muy piadoso también, ¿sabe usted?…

 

Cuando Álvaro llegaba de visita, Inés se ponía tensa e inquieta. Pero a pesar que se llevaban bien,  todavía se negaba a aceptar su homosexualidad. 

 

.. No, sé… Yo lo quiero mucho, es mi familia, pero a mí me parece que eso no es normal…  Me da pena porque debe sufrir agudos trastornos hormonales y psicológicos…  Debería hacerse un tratamiento, ¿no? ¡Cómo será!…

 

Cada vez que entraba a la Iglesia agradecía que Dios le haya dado sólo hijas y se estremecía al pensar que la homosexualidad pudiera transmitirse genéticamente.

 

… ¡Madera!… 

 

De niña, el tío Álvaro era la imagen de la juventud y de la modernidad.  Sentía una gran admiración por él, por su apostura y por su buen gusto.  Por mucho tiempo estuvo platónicamente enamorada de él.  Estaba al tanto de su vida social con verdadero fanatismo de adolescente, como si se tratara de una estrella de cine. Pero todo cambió un día en el tercero de media, cuando una de esas insidiosas, que no faltan en clase, le abrió los ojos con absoluto placer. La intrigante le contó que su tío se metía con los chicos del barrio en cierta casa de reputación dudosa cerca del malecón…

 

-Para hacer esas cosas… Tú sabes… 

-¿Qué cosas?… – , preguntó Inés con ingenuidad.

-Ay, no te hagas la tonta, oye… No me digas que no sabes que tu tío es maricón… ¡Si se le nota a leguas!… – recibió por toda respuesta. 

-¿Qué estás diciendo?… Que mi tío es… ¿qué… mal hablada?…, le contestó Inés con sincera indignación y a punto de llorar.

-Mi enamorado me ha contado que tu tío le ofreció plata para que se la deje tocar… 

 

Inés se quedó perpleja y nunca más quiso saber del asunto.  Mucho menos de su amiga.  Pasaron los años y si bien se acostumbró a la idea, jamás pudo olvidar aquel incidente  y cada vez que lo veía se le ponía la carne de gallina de imaginar a su tío solicitando los favores de un jovencito. En cambio, Sofía no veía absolutamente nada censurable en su entrañable hermano. Al contrario, como era su hermano pequeño, lo adoraba.

 

Álvaro empezó a trabajar desde muy jovencito como mensajero en el Banco Popular y tiempo después se convirtió en uno de los funcionarios más jóvenes.  Como la  golpeada economía nacional hizo quebrar al banco,  la Federación de Empleados Bancarios lo reubicó como sub-gerente del departamento de créditos en un banco que más tarde quebró porque el presidente del directorio se fugó al extranjero con todo el capital. Pero a Álvaro le habían pasado el dato con anticipación, así que,  él y un grupo de colegas presentaron sus renuncias oportunamente y recibieron una jugosa suma. 

 

-¡Qué suerte que tuvimos!… Porque a partir de entonces se desató una ola de despidos en bancos e instituciones públicas ¡Pobre gente!… Y para colmo, un par de añitos más tarde, el Alan García estatizó los bancos para controlar el movimiento financiero nacional ¡Ay, carijo, la que se armo!… El caos no tuvo precedentes  en la historia de la economía nacional y la inflación llegó a cifras realmente ridículas.  Y el resentimiento de los propietarios y de los  inversionistas… ¡Ni te imaginas, oye!…  Claro que al toque esa gente se la juró y pidió su cabeza en el acto… No se hablaba de otra cosa… Y olvídate, la ola de despidos fue todavía peor  ¡Qué pena, oye! Con eso se acabaron los buenos tiempos para los bancarios y ahora, como ves, es una ocupación tan mal pagada e inestable como cualquiera.  Chicos decentes y bien plantados con el dinero de su liquidación tuvieron que dedicarse a comprar y vender dólares por las esquinas entre los cambistas que lavaban dinero del narcotráfico… ¡Ay! De la que me salvé, ¿no?…  Con la plata que recibimos compramos el edificio de  Alcanfores… Que estaba medio ruinoso, ¿ah? Pero le metimos plata y lo convertimos en un moderno y bien equipado gimnasio con sauna, salón de masajes y peluquería y ahora hemos contratado unos chicos que dan clases de karate, yoga, aeróbicos y esgrima. ¡Ay, no!… Después de trabajar de narices en esas oficinas mal ventiladas del centro de Lima, atrapados en esos ternos todos tiesos… ¡Ay, no!… ¡Qué felicidad!…

 

Genoveva se bajó en Nicolás de Piérola… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

                                                          

 

Se abotonó la chompa, se tapó la boca con la chalina y a tranco firme se abrió paso entre la gente casi sin mirar. Una persistente garúa mantenía húmedas y resbalosas las veredas obligándola a acortar la marcha.  Cientos de vendedores ambulantes tendían sus plásticos en el suelo y se preparaban para armar sus puestos.

 

-¡Yo te abrigo mamacita!…

-¡Están buenas las yucas de mi tía, oe!…

-¡Qué tal papaza!…

-¡Cómo aprieta ese calzoncito!…

-Por atrás, bandida…  

 

Pero ella se hacía la sorda y continuaba su camino por el centro de Lima internándose en aquel mar de comerciantes.

 

En el Centro, la sinfonía matutina se compone del congestionamiento del tránsito y el rugir de los viejos motores y las bocinas de los ómnibus; de las frenadas que queman llanta y terminan en mentadas de madre; de los impacientes golpes que algunos choferes dan a las carrocerías de sus vehículos y el monótono pregón de los cobradores y los vendedores ambulantes. Densas nubes de smog se internan en cada rincón para confundirse finalmente con el gris del cielo limeño.

 

La librería de Genoveva queda casi en la esquina de La Colmena con Azángaro. Aunque no ganaba mucho, estaba satisfecha de estar aprendiendo cada día más del negocio. Tenía por lo menos cuatro pretendientes entre los catedráticos que frecuentaban la tienda y esa tarde uno de ellos le estaba enseñando algo novedoso.

 

-Desgraciadamente, mi querida amiga, no hay buen negocio sin cutra – le decía un chato avispado que enseñaba lógica en San Marcos.  

-Yo si que no entro en vainas, ¿ah?… A mí eso de la cutra no me gusta… Así que mejor, quita, quita… – le contestaba toda coqueta acomodándose el sostén  por encima de la chompa.

-¿Por qué te me achoras, preciosa?

-Yo no me achoro…  Yo hablo como chalaca, pues…

-Mira qué coincidencia yo también soy chalaco…

-¿De qué parte del Callao eres tú, profesor, que no se te nota?

-De Bellavista… ¿Y tu, linda, eres de la Punta?

-Yo soy de Buenos Aires, papito…

-¡Con razón me sacas al fresco al toque!… Ya sé que contigo suave nomás… Lo que te quiero proponer no es cutra de verdad…

-¡Total!…

-Digamos que es una cutra blanca… Lícita, pues. Mira, te invito a  almorzar y te lo explico con más detenimiento.

-¿Sí, no? ¡Ya me imaginaba¡… ¡Nada de saliditas, oye!… ¿Qué te has creído? ¿Ah?  ¡Quita, quita!… A mí con el truco de la cutra blanca… Eso es una contradicción, por favor. No me vengas, profesor…

-Es un decir, pues flaca…

-¡Cutra blanca… No me hagas reír!… ¿Vas a comprar algo? Porque estoy bien ocupada, ¿ah?

-Esta bien, está bien.  Si no tienes hambre… No tienes que salir conmigo…  Yo por hacerte un favor nomás…

-¿Favor?… ¡Ganancia, será!…

-¡Has dado en el clavo!…  Se trata de un acuerdo entre dos partes para incrementar la productividad… ¡Totalmente lícito!

-Aguanta el carro, profe.  Explícame ese sancochado que no te entiendo ni michi… ¿O crees que me vas a impresionar como a tus alumnas?

-¡Por favor, Genoveva!… ¡Jamás haría eso!… Saca tu cuenta nomás cómo sería si te mando ciento cincuenta alumnos para que te compren el mismo libro… ¿No crees que es buen negocio?… Ahora acuérdate que enseño en varias universidades y en dos turnos… Si no he hecho mal el cálculo, creo que tengo como mil doscientos alumnos en total… ¿Buen numerito, no?

-¿Y aún así necesitas recursearte?

-En el Perú el crimen sí paga, linda. Pero la cultura no…

-¡Que feo que suena eso, profesor!… ¿Y cuál es el libro?¿Lo tengo yo? ¿Es de texto o de consulta?

-¡Ya sabía!… ¡Ya sabía!…¡Siempre caen!…

-¿Ah, sí?… ¡Fuera!… ¡Lárgate de mi negocio ahora mismo, enano sinvergüenza!

-¿Pero por qué te me achoras otra vez, preciosa?

-¡Ya te dije que así hablo yo!… ¿Crees que estás jugando conmigo, ah?… A mí me gustan las cosas claras y de frente… ¿Cuál es el libro, pues?

-A ver… ¿Por qué no podemos conversar tranquilos en un restaurante?… Te invito a  comer algo que te guste…

-¿Ah, sí? … ¡Qué vivo!, … ¿No?… ¡Vete de mi tienda que no necesito vender tus libros!…

-Son mas de mil… Eso sin contar un par de cursitos más que tengo por ahí con sus respectivos textos…

-¡Esta bien, está bien!… ¡Pero que quede claro que es sólo un almuerzo de negocios!

-¡Claro que se trata estrictamente de negocios, Genoveva! Todo lo que hacemos en esta vida sólo son transacciones…

-¿Y qué ganas tú, profesor?

-Con una relación estrictamente de negocios…

-¡Estrictamente!

-… Con un diez por ciento me conformo…

-¡Trato hecho! – y con una guiñada de ojos lo derrumbó por completo.

 

La semana siguiente el repartidor de la distribuidora colocó sobre el mostrador un paquete con su último pedido.

 

-Doscientos libros de texto… Ciento cincuenta manuales… ¡Hmmm! Ya entiendo…, diez por ciento por aquí, otro más por allá… ¿Qué porcentaje le sacará mi galán a la distribuidora y cuánto le estará pasando el  autor?… -, se preguntaba con malicia revisando la factura -Muy bien…, ¿adónde firmo?… – y estampó con cancha una laboriosa rubrica sobre la línea de puntos.

 

A pesar de la incertidumbre económica del país su negocio por suerte no parecía andar tan mal como otros. Sin embargo, tenía que reconocer que su experiencia como bodeguera era insuficiente para sacar adelante una librería y muchas veces tuvo que pedirle a los clientes que regresaran más tarde porque no podía ubicar el libro que le estaban pidiendo y casi siempre se perdía la venta.  A veces, se  arrepentía de no haber hecho el traspaso con personal y todo tal como le aconsejó el anterior dueño.

 

-Mientras estemos empezando no podemos darnos el lujo de pagar empleados… Ya verán cómo trabajando solitas nos vamos para arriba… -, les dijo confiada a sus hijas.

 

Sin dar su brazo a torcer, aveces se amanecían buceando en ese inmenso mar de libros que ahora eran suyos.  Muchos daban la impresión de no haber sido tocados en años. Genoveva, estrenando sus nuevas monturas y el cabello sujeto con un lápiz por detrás de la nuca, se pasaba la mayor parte del día trepada en una escalera o moviéndose entre los estantes tratando de reconocer cada uno de sus textos.

 

Una noche se tomaba un café piteado a puerta cerrada y con la ayuda de  sus hijas  - y Lalo – ordenaba unos libros que durante años habían servido para  sostener el peso de un tramo del mezanine. La estructura se caía sola de puro apolillada que estaba.  En cuestión de minutos, Lalo derrumbó el armatoste por completo con una mano. Mientras retiraba los escombros, tropezó con un pesado cajón de madera que empujaron entre todos para ubicarlo debajo de un foco que pendía de un largo cable desde el techo.

 

Cuando finalmente lograron abrir el cajón,  un fuerte olor a humedad se apoderó del ambiente. Eran más libros.  Lalo, que se había amarrado un pañuelo para taparse la boca,  se animó a sacar uno con la punta de los dedos.

 

-Este es un libro de Antropología que se llama… “¿Qué Sucedió en la Historia?… por… por… V. Gordon Childe”… Interesante, ¿ah?… Está recontra viejo pero tiene buena portada.  

-Fíjate el año y el lugar en dónde fue impreso – dijo Genoveva puliéndose.

-¡Estás aprendiendo, Genoveva!… – intervino Marita.

-La práctica, hijita, la práctica…

-Escuchen: “Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1972 Editorial Ciencias Sociales”…

-Seguro que ese libro estaba fresco cuando lo metieron en la caja… – se le ocurrió a Marita.

-¿Alguien lo quiere… O directo a la basura?

-¡Aj! ¿Quién quiere esa cochinada? – dijo Sandra haciendo un gesto de asco.

-Ni hablar… No lo botes. Sepáramelo para leerlo – dijo Marita.

-¿Qué más hay? – preguntó Genoveva.

-¡Miren éste!… ¡Pero si es ni más ni menos que de César Vallejo!

-¿Cómo se llama?  Preguntaron al unísono.

-“Tres obras interesantes: 1.- Rusia 1931 / 2.- Rusia en el segundo Plan Quinquenal/ 3.- Fabla salvaje… Editorial Gráfica Labor. Lima –Perú. 1965, primera edición”. ¡Concha su madre!… ¿Una primera edición debe valer alguito, o no?

-¡Suave con la boca compadre, que aquí todas somos mujeres! – dijo Brenda, la menor, haciéndose la agrandada.

-Perdón, señorita…  Fue la emoción.

-Sigue, sigue…, ¿Qué más hay? – dijo interesada Genoveva.

-A ver, a ver… Papel de hilo blanco, amarillito,  pero todavía sirve… Miren este libro… Por la encuadernación se nota que es bien antiguo: “La Criminalidad Comparada por G. Tarde, prólogo de Adolfo Posada”… No veo la fecha por ningún lado… Espérense… Madrid, La España Moderna. Teléfono 260”…

-¡Pucha qué moderno, ah! Un teléfono con tres números, imagínense… – dijo Sandra.

-¡Oigan esto! Trae publicidad en la última página: “Revista Ibero Americana. Año V. Cada número forma un grueso volumen de más de doscientas páginas, gran tamaño a dos columnas…”.

-¡Dos columnas como la Biblia!…

-Esperen, falta más: “… Se divide en dos secciones: española y extranjera. La española está escrita por…” Escuchen nomás, que tales nombrecitos: “ … Barrantes, Campoamor, Canovas, Castelar, Echegaray, Galdós, Méndez y Pelayo, Pardo Bazán, Palacio Valdez, Pi y Margall, Thebussem y Valera…”

-¿Y quiénes son esos? – preguntó Brenda aburrida.

-No te equivoques, chiquilla, que algunos son conocidos… Escuchen quiénes escriben  para la sección extranjera: ”…Bourguet, Cantú, Coppee, Cherhullez, Daudet…” Atención a estos: “…Dostoievsky, Gladstone, Richepín, Tolstoy, Turguenef y Zola…” ¡Tremenda gente!… ¡Qué hallazgo, señora!… Este sí que debe valer alguito.

-Esa es mi herencia… – se apuntó Marita de inmediato.

-¿Por qué?… ¿Quién dice? – preguntaron en coro sus hermanas.

-Todo lo que está aquí es mío – intervino Génova poniendo orden.

-No puede ser… Oigan esto: “Precio de suscripción pagado por adelantado en España: Seis meses, diecisiete Pesetas; un año, treinta Pesetas. En las demás naciones europeas y americanas y en las posesiones españolas: un año a cuarenta Pesetas…”

-¡No jodas!… ¿Hasta cuándo España tenía posesiones?… ¿De qué año es esta joyita?

-Creo que por aquí viene… A ver, a ver escuchen: “Quedan algunas colecciones de los años 1889, 90, 91 y 92, a treinta Pesetas cada uno…”  Mmmm…, según parece este librejo puede ser de 1893…

-A ver pásamelo, por favor. Tienes razón… Este de aquí es todo un hallazgo – dijo Genoveva extendiendo la mano.

-Compruébelo usted misma…

-Este sí que es toda una reliquia y está muy bien conservado el desgraciadito… Chicos, definitivamente este es mío…

-¡Qué tal raza! ¿No se supone que tienen que ser las hijas las que heredan? – reclamó Marita picona.

-Yo no me he muerto todavía para que tú reclames tu herencia… El libro es mío porque yo soy la dueña del negocio y punto…

-Ya pues, no se peleen y estén atentas porque aquí viene el tuyo Marita: “El inocente”…, por Gabriel D’Annunzio. Traducción de Augusto Riera, Barcelona…” ¡Qué rico, Marita, este sí que tiene su fecha y todavía es doble!…

-¿De qué año es?- preguntaron con impaciencia todas.

-…Del año 1900… Y la segunda novela que trae se llama: “Las Vírgenes de las rocas” Este sí es para Marita, ¿no señora?…

-¿Ah, sí? ¡Qué tal raza! ¿Y Por qué va a ser para ella? – reclamaron las hermanas.

-Porque yo digo… Además, ella es la mayor…

-¡Gracias, Mamita! – dijo Marita apretándola  con tanta fuerza que la hizo tambalear.

-¡Ya quita oye, no seas melosa! – dijo engriéndose pero fingiendo indiferencia.

-Lo voy a empezar a leer mañana…

-Sí, seguro… – intervinieron las hermanas.

-En serio… ¿D’Annunzio perteneció al Romanticismo?

-No, mi amor, es Realista y Naturalista como Zolá… A mí también me gustaría leerlo. 

 -¡A la mismísima, señora!

-No te creas, hijo, ¿ah?… Yo también me pongo a revisar los libros cuando no tengo nada que hacer… Mientras no entra la plata por lo menos que entre algo en la cabeza, ¿no?…

-¿Y qué libro estás leyendo ahora? – preguntó Marita curiosa.

-Ninguno… Está recibiendo clases de su profesor particular de Humanidades… – dijo Sandra que tenía ganas de joder.

-¡Déjate de atrevimientos, oye mocosa! – contestó Genoveva poniéndose como un tomate.

-¡No puede ser!

-¿Qué te pasa, oye? ¿Por qué gritas así, ah? – reclamó Genoveva de un brinco.

-¡Pero qué coincidencia!…¡No lo puedo creer!

-¡Habla de una vez!

-Escuchen lo que está escrito, aquí, en taquigrafía -leyó Marita con dificultad-: “Para mi buena…” – arqueó las cejas y repasó en voz baja una serie de monosílabos que le ayudaron a traducir las siguientes palabras – “Constanza de Leveroni, Lima…” – dejó de leer nuevamente para decir -  Y aquí viene lo más increíble…

-¡Dilo de una vez, carijo! – reclamó Genoveva impaciente.

-Parece que fue un regalo de cumpleaños… Escuchen la fecha: “15 de junio de 1905…”

-¿Y eso qué tiene que ver?

-¿No se dan cuenta que el quince de junio es mi cumpleaños?… Ahora no me digan que este libro no me estaba esperando a mí.

-Esta noche te va a poseer el alma de Constanza de Leveroni… – dijo Brenda haciéndose el cuco.

-A mí esas cosas no me asustan.  Además, considerando la fecha de la dedicatoria, Constanza  debe haber sido una poetisa, una mujer liberada e inteligente como yo.

-¿Inteligente, tu?…

 

Y mientras se paseaba con el libro recibiendo una pifiada general del interior se deslizó un papelito amarillento que Lalo recogió  y revisó con interés.

 

-¡Já!… Ahora miren lo que me encontré – dijo mostrando un panfleto.  Escuchen que esto sí es la muerte:   “¡A RECIBIR A WALDO FRANK!”  La izquierda universitaria, que se concentra en el grupo ‘Vanguardia’, invita a la juventud universitaria y a las masas estudiantiles en general, al homenaje de una recepción al gran artista norteamericano Waldo Frank, que nos trae el mensaje del enorme pueblo del norte…”

-¿Waldo Frank?…

-¿Quién es Waldo Frank?

-Quién fue, dirás… Porque además de zurdo ése ya está bien muerto.

-“… Contrariamente a la visita de mister Hoover, la de Waldo Frank tiene que merecernos las más explosivas muestras de simpatía…”

-¿Mister Hoover?… ¿El que inventó la aspiradora?

-Ya pues, déjense de payasadas…

-“… En el gran poeta de nuestra América, tenemos que ver al precursor de la solidaridad americana, cuya base efectiva es la identidad de aspiraciones de los pueblos latino-americanos, con el pueblo norteamericano. Al que no hay que confundir con la plutocracia de los capitales de la conquista de Wall Street. Pertenece a Waldo Frank, la afirmación que tenemos ‘un enemigo común y una causa común’. Sabemos que el pueblo norteamericano, o más  concretamente, el proletariado norteamericano, está a nuestro lado. Y nos interesa saber de ese pueblo, de su ánima multitudinaria de la que Waldo Frank es verbo…”

-…Un verbo con una conjugación bien complicada además… ¿Alguien entendió algo?

-Yo no sé qué diablos han dicho… Y es más, ya me aburrí…

-¿Proletariado norteamericano? Primera vez en mi vida que escucho algo semejante…

-No es por nada pero estos libros están bien comunachos ¿Ah?…

-¿Quieren que siga leyendo? O me lo llevo así, nomás…

-¡Qué gracioso!

-Se acabó el café piteado para Lalo…

-Y para ustedes también… ¿Falta mucho? – agregó Genoveva impaciente.

-No, ya acaba… “… Hasta ahora hemos tenido una imagen falseada de la América del Norte. A esto no poco han contribuido las aprehensiones románticas, que enjuiciando al capitalismo como fenómeno de decadencia pretenden hacernos tomar antihistórica y antimodernistamente a las rutinas exaltadas a título de súper mecanismo…”  Pucha, qué fuerte… ¿Me siguen?

-¡Acábala, oye!

-¡Más aburrido tu Waldo Frank!

-Si es muy largo ya no sigas por favor, hijo…

-No señora, aquí termina: ”… Empero, no es cierto que la democracia lincoliana esté continuada por los magnates imperialistas, y que el capitalismo, creación de esa democracia, no porte en su ceno, realizaciones históricas  y gérmenes fecundos. A este redescubridor de América que nos visita, se debe la mejor interpretación del Jazz, del cine y la máquina. Al revés de los filósofos asépticos de la decadencia, como Keyserling y Spengler, Frank tiene fe en el porvenir, que será no de las minorías, que ahora contradicen a la generación revolucionaria de la independencia americana, sino de las multitudes templadas en el dinamismo de la urbe de los rascacielos y en el jadeo vertiginoso de las máquinas…”

-¡Ya nos estamos durmiendo!…

-Sólo escuchen cómo acaba, pues: “… A la juventud estudiantil toda el albazo del primer saludo a este poeta filósofo que es de la misma estirpe que Upton Sinclair y John Reed. Que éste llamado de Vanguardia, congregue a todas las capas estudiantiles y que las apreste a escuchar su mensaje.

 

TODOS AL CAMPO DE ATERRIZAJE DE LA COMPAÑÍA FAUCETT EN EL TERRENO DEL COUNTRY CLUB, EL DOMINGO PRIMERO DE DICIEMBRE A HORAS 5. PM.  LIMA, 30 DE NOVIEMBRE 1929.”

                                                                                          “Vanguardia”

 

-Súper denso para ser sólo un volante, oye…

-¡Pucha!… ¡Por eso pesaba tanto la caja!

-¡Con razón que se cayó del libro!…

-Yo creo que es interesante…

-…Y contradictorio, también…

-Tiene su valor histórico… ¿Ustedes creen que Lalo, como enamorado de Marita, deba heredarlo?-  Preguntó Genoveva socarrona.

-¡Sí!… ¡Por favor, mamá,  regálaselo!… -, rogaron las chicas en coro.

Los decomisos ahuyentaron a los ambulantes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 Sólo Lalo insistía, oculto entre los árboles del parque Kennedy, marginal, igualito al Escopeta los fines de semana.  Usaba el cabello demasiado largo para pasar desapercibido, unos blue jeans que él mismo había roto por las rodillas, camiseta negra y  muñequeras de cuero. Ahora tenía que correrse no sólo de los municipales sino de la gente de APDAYC.  Sus días estaban contados…

 

-¡Qué chucha!  Yo me quito…  Ya me estoy cagando de hambre y de frío…

 

Caminaba toreando a la multitud que salía del cine Pacífico cuando el delicioso olor del café expreso lo alcanzó entre las mesas del Haití. No tenía ni un chico en el bolsillo. Pero ya no añoraba las buenas épocas de la Química. Tampoco quería recordar que alguna vez las chicas no se pasaban de largo, ignorándolo. Sabía que Marita lo quería pero sospechaba que terminaría abandonándolo.

 

-Con su pesimismo y su malhumor arruinaba los pocos momentos que pasábamos juntos.  Hace tiempo que había dejado de ir a la universidad y me engañaba diciéndome que estaba arreglando su traslado… Es que en San Marcos con tanta propaganda terrorista y tantos recesos ni siquiera completaba un ciclo por año  ¡No sé cómo lo soportabas, Lalito! Una vez quise escuchar una cátedra y no pudimos terminar porque fuimos interrumpidos varias veces por los simpatizantes del MRTA, de Sendero Luminoso y los partidos de izquierda radical… Algunos entraron con pasamontañas y todo, ¿ah?… Y seguro que en su casa los esperaban con su lonchecito caliente…  Lalo me contó que al final se la pasaban correteando a los profesores exigiendo o suplicando que les tomen otro examen sustitutorio… Y nadie los expulsaba, ¿ah?… ¡Pobre Lalo! Ahora entiendo por qué preferías ambulantear a quedarte pateando latas…  ¡Claro!… Era mejor que quedarse chupando en las cantinas que están en los alrededores de la universidad… Por eso me engañabas, ¿no?… ¡Te daba vergüenza reconocer que te habías equivocado!…

 

Ya no estaba cómodo en la pensión.  No sólo por la abierta hostilidad de don Alfonso, sino porque el ambiente había cambiado demasiado.  Maqui y Fernando dejaron los estudios y se regresaron a Chiclayo a vender carros en el negocio de la familia.  Junior se había llenado de hijos y levantó un primer piso en la invasión Antares, y Henry, se casó con una sueca que conoció en Sacsayhumán y se fue a  Europa.  El único conocido que le quedaba era el cholo Santos, que ya no hablaba con nadie porque todo el tiempo estaba estudiando, concentrado exclusivamente en terminar la secundaria en la nocturna, desde que el Kontiki se volcó en la puerta de la casa.  Una madrugada, mientras la gigantesca nave de junco era conducida en un remolcador hasta el puerto del Callao,  una de las amarras se soltó y el coloso fue a estrellarse justamente contra la pared de su cuarto.  Santos, que en ese momento soñaba que estaba buceando, lo tomó como una señal  y se convenció para siempre que su destino estaba en el mar.

 

-De pronto sentí la primera explosión… ¡La tierra tembló, hermano! Aún no me había recuperado, cuando otra detonación reventó las ventanas del edificio El Pacífico y los vidrios se vinieron abajo… ¡La gente se cortó, compadre! … Nos cagábamos del pánico… Un humo negro nos envolvió y empezamos a correr como locos… Por la avenida Larco era igualito… Nadie entendía lo que estaba pasando, compadre.  Un culo de gente sangraba por la nariz y por los oídos ¡Qué loco! Y los que se desplomaban eran pisoteados por la turba… ¡Compadre! A otros los atropellaban los conductores desorientados. Nadie se explicaba lo que estaba pasando… Hasta que un apagón la coronó… Ya no pudimos ver nada. Así que saqué mi pañuelo -porque me estaba sangrando la nariz- y corrí en dirección opuesta a la muchedumbre… ¡Ya no, ya!  Cuando llegué a la esquina con Tarata, compadre, me quedé petrificado… ¡Cuñadito! Un tremendo incendio estaba devorándose un multifamiliar… ¡Pobrecita la gente, compadre!… Hasta se tiraban por las ventanas… Todo era humo y polvo… Entonces, una buena parte del edificio se vino abajo pero el esqueleto siguió prendido…  El griterío de los heridos y de la gente reclamando a sus seres queridos venía de todas partes… ¡Te alocaban, cuñado!  La calle estaba llenecita de cuerpos tirados en el suelo ¡En mi vida pensé ver algo así! ¡Qué horrible, compadre!… ¡Me lloraban como mierda ojos!..  Pero lo peor era ese olor a carne quemada… ¡Era insoportable, mi hermano!…  Lo último que recuerdo, cuñadito, es el sonido de las sirenas y la luz de los helicópteros aterrizando entre el humo y la penumbra… ¡Nunca me olvidaré de esa vaina, compadre!… 

 

-¡Coche bomba! ¡Coche bomba!…

-¡Malditos! …

-¡Claudita!… ¿Dónde estás hijita?… ¡Contéstame, por favor!

-¡Mamá! ¡Mamá!…

-¡Desalmados!…  

-¡Esto no tiene nombre, señora!…

-¡Dios mío, todo se está incendiando!…

-¡Corran!…¡Va a explotar otra bomba!…

-¿Qué vamos a hacer?…

-¡Adónde vamos a vivir!…

-¡Todas nuestras cosas se están quemando, joven!…

-¡Ten piedad, Señor, no nos castigues así!…

-¿César? ¿Cesítar?…

-¡Mi pierna! ¡Mi pierna!… ¡Mamá, mi pierna! …

-¡Carmela! ¡Carmela!…

-¿Papá? ¿Señora, ha visto a mi papá?…

-¡Hijos de puta! ¿Porqué no dan la cara, desgraciados?…

-¡Una ambulancia! ¡Necesito una ambulancia!…

-¿Está muerto? ¡Mi papá! ¡Mi papito está muerto!…

-¡Mi mano! ¡No tengo mi mano!…

-¿Amor?… ¡Contéstame!

-¡Desgraciados! ¡Malditos!…

-¡Justicia, señor Presidente! ¡Queremos justicia!…

-¡Asesinos! ¡Asesinos!…

-Aquí está su piernita de mi hijita, señor…  ¡Llévenla ahorita al Casimiro Ulloa, por favor!…

-¡Resiste!… ¡Resiste, amorcito, ya vienen!…

-¡Mi hijita sólo tenía dos años!…

-¡Por favor, tranquilícense señora! Déjenos trabajar

-¡Estamos aquí para ayudarlos!…

-Ya le dije, señora, que no puede pasar…

-¡Tengo que entrar! ¡Usted no entiende! ¡Allí están mis cosas!…

-¡Aquí! ¡Por favor, aquí!… ¡Mi mamá se muere, señor!…

-¡Un coche bomba! ¡Ha sido un coche bomba!…

-¡Tranquilícese señorita que ya todo está bajo control!…

-¡Mi papá está solito arriba!…

-¡Que los maten! ¡Que los maten!…

-¡Terrucos de mierda!…

-¡Justicia, señor Presidente!…

-¡Pena de muerte para los terroristas!

-¿Qué va a ser de nosotros ahora?…

-¡Miren!… ¡Arriba todavía hay más gente!…

-¡Se están tirando!…

-¡Por favor!…  ¡Que alguien haga algo!…

¡Abran, flojonasas! ¿Hasta qué hora piensan dormir?… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”                                                        

 

 

-¡Mamama! Ahí está ese loco otra vez, ¿por qué tenemos que aguantarlo?…

-¡Por favor ábrele, Adrianita! ¡Apúrate, para que no siga gritando!

-Pero no es justo…

-¡Shhh!… ¡Cállate la boca y por favor abre la puerta! Ya sabes que se aparece por aquí todos los Domingos…

-¡Qué tal raza!

-¡Shhh! ¡Te he dicho!

-¡Sofía,  ábreme la puerta!…

-¡Ay, tío! ¿Qué escandaloso que eres, no?

-Tú abre nomás, mocosa…

-También que tú te desesperas por todo, tío…

-Ya quisiera verte en mi lugar, mocosa de mierda, con todas las preocupaciones que tengo en la cabeza… ¿Y mi café?… ¿Dónde está mi café?… ¡Carajo! ¿Es que en esta casa nunca se desayuna?

-¡Pero si son las siete!…

-¡Las cero setecientas en punto, por la puta madre, carajo mierda!… 

-¡Por Dios, José Luis, ¿no crees que es muy temprano para decir lisuras?

-Pero mi guapísima Sofía, si una lisura es lo primero que escucha un soldado cada mañana antes de sus oraciones… No te imaginas la cantidad de saludable energía que inyecta un buen carajo en ayunas…

-Si, pero no estamos en el ejército, tío…

-Lamentablemente, malcriada, porque buena falta te hace un  poco de disciplina…  ¿Cómo?… ¿No vas a  invitarme nada, Sofía?… ¿O también quieres que me largue como la metete de tu nieta?

-¡Ay tío! ¿Quién te está botando?

-Hazte la cojuda, mocosa… ¿Tú crees que me chupo el dedo?

 

Hace apenas cuatro años que el ejército lo había dado de baja pero a José Luis le parecía una eternidad. Un día nefasto se materializó su secreto deseo de dejar la milicia cuando se le escapó una bala en el interior de la vagina de su acompañante.  Estuvo encerrado cerca de un año en una de las prisiones más heladas del país pero el Estado igualito le concedió una jugosa pensión de retiro por sus años al servicio de la patria.  Mientras tanto, Juan Carlos había aprendido a manejar a la perfección las cosas en Lima y andaba por ahí sin levantar sospechas sobre el origen de su riqueza.  Ni bien la infeliz prostituta logró salir del coma se le veía bajando por la calle principal pidiendo limosna desde el amanecer,  mutilada, arrastrándose en su carro patín. 

 

Cumplida su condena, se preparaba para tomar el autobús para Arequipa cuando alguien tocó la puerta del cuarto del hotelucho en dónde se hospedaba.

 

-¡Abre, papay! ¡Abre puerta, Rojito! Para que lleves a Lima hemos traído un regalo…

-¡Váyanse a la concha de su madre, serranos de mierda!

 

Cerca de las once de la noche, habiendo abordado a tiempo el autobús, un par de emponchados lo interceptaron y a trompadas lo bajaron del vehículo. A vista y paciencia de los sorprendidos pasajeros que se encontraban en la agencia Cruz del Sur, uno de los paisanos sacó un enorme machete que tenía escondido debajo del poncho y de un golpe eficaz  le amputó brutalmente la mano izquierda.

 

-¡Esto es por la Sonia, maldito pishtaco!…

 

Fue trasladado de emergencia a Lima en un avión del ejército y lo internaron en el hospital Militar. Después de dos largos años de terapia, su psiquiatra lo dio de alta. José Luis se despidió de sus compañeros de pabellón, articulando con extraordinaria habilidad cada dedo de su ligera mano de titanio, que desde entonces lleva cubierta por un tenebroso guante de cuero negro.

 

Decidió mudarse a San Antonio, muy cerca de la casa de su hermano y de los Galarreta. Cada día visitaba a la familia exigiendo desayuno, almuerzo y comida.   Pero ni para sentarse a la mesa se quitaba los lentes oscuros, ni la corbata, ni el prendedor de oro lleno de cadenitas o los enormes gemelos que hacían resaltar su poderosa mano negra. Jamás informaba a nadie adónde iba, pero a pesar de su esfuerzo por ser impredecible, sus salidas siempre terminaban en el hipódromo o en la taberna Queirolo. Juan Carlos se encargaba de recogerlo,  borracho hasta las patas, lo acostaba y lo escuchaba lamentarse de su suerte hasta la madrugada.

 

Juan Carlos era la cara del negocio y se había convertido en uno de esos tipos que aparentan lo que no son. Tenía importantes conexiones políticas que le permitían trabajar con soltura.  Tuvo que ser admitido en los círculos más estrechos donde se encargaron  de inventarle méritos,  lo adularon  y hasta lo condecoraron como filántropo.  La presencia de su hermano le resultaba indecorosa pero – a pesar de la insistencia de toda la familia -  se negaba a internarlo en una casa de reposo, lo que habría evitado el martirio al que tuvo sometidas a su esposa y a sus dos hijas, que terminaron huyendo a los Estados Unidos sin dejar rastro.  José Luis era tan peligroso como una molotov en una escuela primaria y era una amenaza para la imagen pública de su hermano. Por eso se ensañaba en sus excesos y se divertía experimentando con la tolerancia de los demás.

 

La situación económica de los Galarreta mejoró notablemente. Cada tarde, después del trabajo, Vico se sentaba en la puerta de su casa, se fumaba un cigarrillo viendo los carros pasar por la Benavides y se felicitaba de su suerte. 

 

… ¡Ah!…Parece mentira que esté abriendo mi propio garaje con control remoto…

 

Pero por alguna razón terminaba acordándose con nostalgia de su vida en la casa de San Miguel. Sofía tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su nieta y esa vida era demasiado monótona para su temperamento.  El fracaso del primer matrimonio de Inés la afectó particularmente a ella, que se seguía culpando por el curso que tomaron las cosas. Ahora que había tanto que decir, tenía que callar por el bien de su hija. Apretaba su rosario y se consolaba pensando que Dios no iba a juzgarla por el pecado de otros. Estaba demasiado delgada y demacrada para que se diga que disfrutaba de la vida y en su mirada sombría se podía adivinar un padecimiento mortal.

 

“¡Por la chucha su madre, carajo!”… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no? – gritó el Gallina con su voz de hojalata y los ojos fuera de órbita. 

 

Estaba agachadito como siempre, en la puerta del callejón, traficando su huevada y fumándose tranquilo un tabaco de la suya… Haciendo tiempo… Resignado a que ese bulto monstruoso que tenía en el cuello – y que camuflaba con un pañuelo grasiento – acabara con su maldita existencia antes que la policía lo reingrese en Lurigancho.

 

-¡Compadre… Pero si está nuevecita!

-Mejor haz caso y bórrate de una vez, Colorado… El hombre te está hablando de buenas maneras, le dijo el negro Blancanieves – que lo manyaba del cole – tirando un gargajo parduzco contra la pared.

-Compadre… Esta licuadora tiene doce velocidades…

-¿Qué mierda me palabreas a mí, sonsonazo? ¿Ah, pavazo? – Se achoró el Gallina incorporándose ágilmente y de un empujón lo arrinconó contra la inmunda pared del callejón.  Después de acercarle el anillo con su enorme calavera a la cara, lo amenazó por última vez: -¡Sácate de aquí, concha tu madre, si no quieres que te abolle ahorita mismo!…

-¡Oye, Colorado! – le pasó la voz el Mostrovelo desde la vereda del frente y Betto cruzó corriendo con la licuadora de su mamá camuflada en una bolsa.

 

El negro estaba vendiendo su merca sentado al borde de la pista y se iba tomando una cerveza al tiempo mientras aguardaba que los angustiados comenzaran a caer por el hueco.

-¿Habla, cuánto me das? – articuló apenas Betto.

-¿Yo? Ni mierda, Colorado…

-¿Entonces?

-Mira causa, porque me caes bien y porque lo manyas a mi tío te voy a pasar el dato… Métete a la huaca, sigue de frente por el corralón hasta el primer caño y en la segunda entrada doblas a la derecha hasta llegar a la barraca número doce. Es la única casa que está pintada de celeste… Toca fuerte nomás y pregunta por Olga… Es mi síster… Enséñale la barca y dile que vas de mi parte.

-¿Crees que la quiera, compadre?

-¿Cómo chucha voy a saber yo eso, huevonaso? ¿No te estoy diciendo que vayas y le preguntes?  Eso sí cojudo, ¿ah? Si te la cambia ya sabes cómo es…

-¡Puta, claro pues, compadre!

 

Era cerca del medio día pero aquí parecía que jamás hubiera vuelto a amanecer. A solas o en pequeños grupos, los viciosos envueltos en nubes de humo ya ni se tomaban la molestia de disimular.

 

-El vicio es cosa seria, hermano… -, le dijo uno de ellos corriéndole un tabaco. 

 

En el acto,  se vio rodeado de un montón de miserables que recogían los puchos del suelo y se los terminaban con desesperación. Otros, se conformaban con lamer los quetes vacíos que el viento movía de aquí para allá. Un par de enormes perros chuscos que se estaban quedando afónicos de tanto ladrar le salieron al encuentro y Betto les tiró una piedra haciendo que los sarnosos se alejaran aullando con el rabo entre las patas. Se detuvo delante de una construcción rudimentaria hecha con tablones y latón pintados de celeste.  El número doce trazado con tiza verde ya ni se notaba sobre el marco de una puerta hecha perezosamente irregular. A través de las paredes llenas de rendijas,  el aire se filtraba como si nada y por algunas hasta se podía ver adentro.

 

                      ♫♫ Hoy es mi aniversario… Hoy es el día de mi aniversario.. ♫♫

 

Escuchó al ronco Gámez a todo volumen cuando se animó a tocar la puerta…

 

(RADIO) “… ¡Este sábado todos al Parque Fátima con el grupo Caracol!”… 

 

-¡Puta madre!… Creo que no hay nadie – y pegó el ojo en una abertura.

 

Un par de rayos de luz se filtraron por las rendijas del techo iluminando la desnudez de una mulata que se frotaba las piernas con un trapo parada en una despostillada tina enlozada.  Betto se quedó quieto, espiándola un buen rato, hasta que lo delató el ladrido enfurecido de un perrito chihuahueño.

 

-¿Quién anda ahí, carajo? – preguntó la negra bajando el volumen de la radio y se echó la bata encima.

-Yo…

-¿Y quién es yo?

-Vengo de parte de Mostrovelo, flaca…

-Ah, ya.. Un ratito que ahorita salgo… ¡Shhh! ¡Cállate, Pancho! Pesado eres, ¿no?

 

La zamba abrió la puerta descalza, greñuda y envuelta en su percudida bata rosada y lo primero que hizo fue clavar la mirada en la bolsa.  Después, con las dos manos en la cintura, lo examinó rápidamente de pies a cabeza y dejó asomar coquetamente una piernota.

 

-Me dijo Mostrovelo que te trajera la licuadora…

-¡Pasa! No te quedes ahí afuera, flaquito…  La zamba se apoderó al toque de la bolsa y después de examinar en su interior le dijo rápidamente- ¿Cuánto quieres, flaquito? – y lo volvió a barrer con sus ojillos amarillentos y trasnochados.

-Tiene doce velocidades y la hemos usado bien poco…

-Habla pues, ¿cuánto quieres? – repitió impacientándose y se le abrió un poco más la  bata.

-Dame veinte…

-¿Tas loco? ¡Mejor me compro una nueva! 

 

Le devolvió el artefacto dándole la espalda y se alejó meneándole las caderas, mientras levantaba una mano extendida.

 

-Te doy cinco, si quieres… A la franca flaquito, no la necesito  ¿Qué mierda voy a licuar? ¿Tabaco?…

 

Sacó un calcetín rojo que escondía debajo del catre, contó cinco paquetitos y se los dio.

 

-No le estés diciendo a nadie afuera cuánto te di, ¿ah?…

-Yo no le hablo a nadie, flaca…

-¡Espérate! No salgas por la reja.  Sigue de largo bordeando el muro y vete por el mercadito… Por ahí siempre está tranquilo – y metiendo la bemba se despidió – chau, si puedes consígueme una tele, flaquito… Por eso sí que te doy bien…

 

En casi tres meses Betto chocó con todo lo que había en su habitación. Sus ternos, sus zapatos, sus corbatas y sus camisas desaparecieron en una sola noche de angustia y cuando ya no quedó nada suyo para vender, como era de esperarse, empezó a robar en la casa. Desde su viejo sillón, encanecido – y pálido hasta la transparencia -, don Humberto observaba el saqueo en silencio.

 

Todavía conservaba el carro -que tenía parado sobre cuatro ladrillos junto al manicomio- y donde pasaba las noches fumando y durante el día dormía la mona.  Los vecinos a cada rato llamaban al Serenazgo porque la carcocha le daba mal aspecto al vecindario y hubieran querido que lo metan preso por haber traído abajo al par de ancianos.

 

Doña Armenia vivía muerta de vergüenza  y tenía que andar día y noche con la llave del joyero prendida del cuello.  Cada vez que su hijo se le acercaba temblaba de miedo. Pero a Betto no le hizo falta la llave para llevarse el pequeño tesoro de su madre.  Cortó definitivamente con todas sus amistades para que nadie la compadeciera y no volvió a salir ni siquiera a comprar a la bodega de la esquina.  Una mañana, mientras tomaba una ducha, Betto se llevó el único televisor que había en la casa.  Don Humberto suplicó en vano. 

 

-¡Maldito, desgraciado, mal hijo!… ¡Dios te va a castigar!… -, gritaba la pobre vieja por la ventana del segundo piso.

 

-¡Olga! ¡Olga! ¡Olga, soy yo!

-¡No pasa nada!…

-¡Abre pues, Olguita!

-¡No pasa nada, te he dicho!

-¡Ya pues, Olguita!… Tengo la tele que me encargaste… ¡Abre, pues, no seas malita!

-¡Ah!… Eres tú… ¡Pasa rápido, flaquito! – contestó abriendo un poco la puerta y todo el olor a pasta del interior se escapó por la grieta- Pensé que eras otra persona.  Franco, franco, que no tengo nada – dijo mordiendo su tola.

-¡Puta! ¿Y ahora qué hago?

-Ponlo aquí… – dijo ella señalando con la punta del pie hacia el rincón donde Pancho dormitaba un poco alterado por la presencia del extraño- Es de diecinueve pulgadas, ¿no?

-¡Puta madre, Olguita! ¿Y ahora?

-Hay que esperar nomás, flaquito… – y le corrió la tola – Estoy con esta palta desde la seis de la mañana…  Pero todavía me queda una caleta para mi consumo…

-¡Puta madre! ¿Y como cuánto se demorarán?

-No te preocupes, gringuito, que ya no creo que se demoren más… – se sacó un  billete arrugado del entre seno y se lo alcanzó – Anda, cómprate una cajetilla de latinos y una botella de anisado.

-¿Dónde? ¿Afuera?

-No, pues. Aquí al lado en el dieciséis… Tócale la ventana a la tía y dile que vas de mi parte porque si no la negra esa no te vende. Voy a dejarte la puerta junta pero no te demores, ¿ya?

 

Sentados uno frente al otro fumaron apenas sin hablar durante horas. A cada nada, Olga se paraba inquieta detrás de la puerta y se quedaba escuchando la conversación de la gente de afuera, mientras que Betto se armaba otra tola  y bebía a pico de botella.  La caleta se acabó como a las cuatro de la tarde y Betto comenzaba a desesperarse porque la merca no llegaba.

 

-¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?

-Descansar… – le contestó ella sin dejar de mirar por la rendija.

-¿Descansar?

-Sí, estoy muerta. Hace días que no duermo bien y ahorita todo el cansancio se me ha venido encima.

-¿Y la merca?

-¡Qué mierda habrá pasado!  Pero eso de todas maneras llega, ¿ah?… Regresa, pues, o llévate la tele si quieres.  No me importa.  Me siento hasta las huevas – y se tumbó en el catre.

 

Betto estaba borracho y ya empezaba a olvidarse adónde estaba cuando se prendió el último tabaco y se acabó el anisado de un tranco. Olga se había quedado dormida y balbuceaba algo de vez en cuando.  Tenía unos treitaitantos y aunque estaba un poco desgastada conservaba todavía firmes las carnes. Viéndola acostada de lado con el cuerpo cubierto por un ralo percal de golpe le pareció que estaba de nuevo en la fétida habitación donde tuvo su primera relación sexual.  Esa vez tampoco pudo decir que no.

 

… Me moría de ganas ¡Claro! Pero también de vergüenza y con mi viejo al lado no iba a ser lo mismo ¿Y si no se me para?…  Con angustia veía pasar los letreros luminosos de la Carretera Central…  ¿Qué tal si la tengo muy chica y la puta se burla? ¿Y si me pregunta por qué todavía no tengo pendejos?…

 

-Toma cincuenta soles y tírate un par de polvos… Te dejo porque la mía ya está desocupada…

 

… ¿Cuánto cobras, mamacita? ¿Y sale con chupada?…  Ensayé como un huevón todo el camino y delante de ellas no me salió ni una palabra… ¡Carajo!…

 

-Papito rico, yo te hago de todo…

-Ven para comerte, chibolo…

-Acércate papacito, no seas tímido…

 

… Y otra vez las mismas caras, las mismas gordas y las mismas preguntas y yo, sin poder decir nada… ¿Por qué será que las putas son igualitas a las señoras? ¿Cómo le pregunto a una ama de casa si quiere cachar conmigo?… ¡Hasta que apareció!  ¿Será la misma? ¡No, ni cagando! Pero es igualita… Las mismas piernotas, las mismas nalgazas…

 

-Acuéstate tranquilo nomás, flaquito…

 

… ¿Cuánto cobras?…

-Si es tu primera vez chiquillo, te dejo el segundo gratis…

… ¿Con chupada?…

 -Por trenita Soles, sale con todo, chiquillo…

-Por cincuenta, me haces lo que quieras, papacito…

 

… Las mismas tetas… ¡Qué tal culo, carajo! 

 

-Ay,  ¿qué estás haciendo?…

-Un ratito nomás, mamacita… Abre las piernas no seas malita… Mientras llega la merca nomás, ¿ya?…

 

-Bájate el pantalón, chiquillo…, primero te la tengo que lavar pa’ ver si estás quemado… Cuando se aprieta así y no sale pus por la cabeza estás sanito… Ponte el condón y échate en la cama para chupártela…

 

…¡Ni siquiera le pude ver bien la chucha, carajo!

 

-Sigue, así flaquito… Así, así que rico… No pares…

 

… ¡Mamacita! ¡Mamacita!…

 

-¿Cómo te van a doler los huevos, cojudo?…

-Es que no terminé, papá…

-¿Cómo que no terminaste?…

-Cuando la iba a dar, le apreté las tetas y le saqué carca del pecho y se me bajó todo, papá…

-No seas cojudo, hijo, este es el Cinco y Medio… Aquí están las mejores putas de Lima y sobre todo las más limpias…

 

-¿Qué te pasó flaquito? ¿Por qué no terminaste? Ven, abrázame, que nos despierte el de la merca cuando toque la puerta… Duérmete, descansa, flaquito…

 

Desde entonces, Betto se quedó a vivir en la huaca y Olga le mantenía el vicio.  Y cuando los del barrio se acostumbraron a verlo se puso a vender quetes  con confianza porque el Mostrovelo y el Blancanieves lo cuidaban como a uno de la familia.

 

 

Su vieja habitación estaba igualita que antes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

La cortina de baño con las banderitas de las carreras de Montecarlo que hacía juego con la alfombra, la tapa del inodoro, la jabonera y el porta cepillos de plástico.  Todavía estaban sus deslucidos trofeos de natación del ADECORE, del Inter-Escolar y del Panamericano en una repisa frente a la cama y del otro lado de la habitación, sujetos a la pared con unos chinches, estaban los nueve banderines marchitos del Champagnat y aquél otro todo garabateado y de fabricación barata que le dieron en el colegio del loco Pita.  Cerró los ojos, se sintió transportado de regreso al pasado y deseó con todas sus fuerzas que sólo fuera una pesadilla.  Pero su reflejo envejecido y desaliñado en el espejo lo devolvió a la realidad. 

 

… ¡Por las huevas tanta medalla! ¡Por las huevas la promoción, carajo!… ¡Aparentar!… ¡Aparentar!… ¡Para qué mierda tanta vaina si ni siquiera pudieron comprarme una tabla!…  ¿Ah?… A las finales, ¿de qué sirvió todo?… ¡Curas malditos! Me expulsaron por lo  que le pasó a mi viejo  ¡Cómo si nadie se hubiera dado cuenta que en la asociación de padres de familia andaban rajando!…  ¡Todo el colegio hablaba de esa huevada! ¡Y ni siquiera pude defenderme, carajo!  ¡Qué vergüenza! Todo el mundo se enteró que a mi papá lo metieron preso… ¡Sobones!  Y a los Zolezzi no los botaron porque tenían billete… ¡Semejante narcaso que era su viejo, carajo! ¡Y yo no hice nada! ¡Yo no hice nada, vieja! ¡Te lo juro!… Fueron ellos los que se prendieron el troncho… ¡Qué injusticia, mamá! A mí nomás me expulsaron y casi todo el salón estaba fumando… ¡Desgraciados de mierda! Me hicieron un certificado tan rochoso que ni el loco Pita quería aceptarme en esa jaula de maleantes en la que terminé la media, mamá… ¿Te acuerdas?… Me dejé expulsar como un huevonazo y no delaté a nadie, mamá… ¡Qué cojudo! ¡Y mis patas de toda la vida ni siquiera abrieron la boca! ¡Nadie tuvo mis huevos!… ¡Curas malditos! Me tenían bronca, mamá, desde cuarto de media… Desde el día que se enteraron que mi papá no iba a pagarme el viaje de promoción… ¡¡Por eso me sentenciaron en la asociación de padres de familia!!… Y  esos conchesumadres les prohibieron a sus hijos que se junten conmigo… Nunca te lo dije y yo fingía que no me interesaba… ¡Pero me dolió mucho, mamá!… En cambio,  Potón, tú sí que fuiste un buen amigo… ¡Dejaste atrás a los patas que conocías desde la primaria y te fuiste conmigo al Cueto! ¡Eso fue muy noble de tu parte Potón! ¿Qué será de tu vida, desgraciado?…

 

Junto a la ventana encontró el carboncillo de Robin Hood que él mismo había enmarcado.  Allí estaba. Trepado entre las ramas de un árbol,  listo para disparar  con su arco.

 

… ¡Qué bacán!… – y lo descolgó -  Este sí qué me quedó bien… Parece mentira que yo lo haya dibujado ¿Por qué no seguí dibujando? Es que la cojuda de mi vieja pensaba que me iba a volver cabro si me matriculaban en Bellas Artes… Pero a Rodrigo, que no sabía ni rayar, sí lo metieron a estudiar dibujo  ¡Ay, Rodrigo!  Cuando te diste cuenta que yo dibujaba mejor que tú,  me contestaste con cólera que tu papá te había dicho que a dibujar también se aprende y que ya te habían matriculado para estudiar artes plásticas… Me lo dijiste con tal convencimiento, huevón, que para siempre me hiciste dudar si vale la pena nacer con talento… ¿Puedes creer eso, cojudo?  ¿Qué huevón, ¿no?  Y cuando terminaste la secundaria en Rusia regresaste creyéndote un pintor… Hasta habías expuesto tus cuadros en Checoslovaquia y todo.  Eso fue lo que me contó tu hermano, que resultó siendo mejor amigo que tú…  ¿Pero por qué, maldito de mierda, el día que te fui a visitar ni siquiera me quisiste hablar?  Y claro, tus pinturas me cagaron y te di la razón por ignorarme… Puta, tú sí que habías aprovechado el tiempo, cojudo… ¡Me cagaste otra vez! ¿Sabes? El dibujante del salón siempre había sido yo pero ahora tú hacías los cuadros… Me dolió en el alma que no quisieras verme… Me alegró tanto que hayas vuelto que hasta tomé dos micros para llegar más rápido a San Isidro… ¡Y no quisiste recibirme!… ¡Hasta ahora no se me pasa, carajo! Me miraste de lejos mientras tu sirvienta me señalaba con el dedo y te hiciste el loco y no quisiste acercarte, huevón… Eso sí, déjame decirte que estabas horrible. Parecías un bolchevique en huelga de hambre… Después, te metiste un clavado en tu piscina, dónde años atrás habíamos pasado inolvidables momentos y te quedaste braceando mediocremente delante de mí,  que siempre te saqué la mierda en natación… De hecho que podías escuchar cómo tu hermano, genuinamente orgulloso,  amable y compasivo, me enseñaba tus cuadros y trataba de explicarme por qué te negabas a hablar con un tipo tan alienado como yo… ¿Creíste que por tu exposición en Checoslovaquia ya eras lo máximo, cojudo?… Seguro que sí. Y también por eso me despreciabas… Yo era un alienado y tú de izquierda.  Pero ahora te lo agradezco, huevón, porque hasta entonces no sabía que existían pitucos comunistas que viven en casa con sirvientas, piscina, un volvo y dos mercedes…

 

Colgó como sea su media docena de ternos en el estrecho ropero infantil y escondió toda la papelería debajo de la cama.

 

… Qué viejo está mi papá ¿Estará enfermo?… Mi mamá no ha querido salir de su cuarto ¿Estará molesta conmigo?  No creo, seguro que tiene dolor de cabeza…

 

-Betto, Betto, ¿hijo, estás despierto?

-Sí, papá, me estoy cambiando…

-Ven a tomar una sopita caliente, hijo…

-Gracias, viejo, ya bajo… – contestó sin abrir la puerta y al toque se levantó de la cama.

 

Un pequeño papel voló a sus pies y cuando se agachó para recogerlo dispuesto a tirarlo al inodoro algo familiar lo detuvo en el acto.   Reconoció la letra de Inés y empezó a leer:

 

                               

                                “Amor perdóname por portarme así de cargosa,

                                 pero a mí me gusta conversar las cosas contigo.

                                 Yo sé que ese no era el momento para hacerlo y

                                 discúlpame por haberme puesto así…

 

                                 Entiendo que debemos hablar de lo que nos

                                 gusta y también de lo que no nos gusta, ya que

                                 prácticamente, estamos como empezando

                                de nuevo. Y hay ciertas cosas, mi amor, que se nos

                                están olvidando…

 

                                Por ejemplo, lo que acaba de pasar. Ya sé que no

                                debo molestarte cuando estás tomado. Ahora ya

                                lo sé y perdóname pero quiero que recuerdes que

                                te amo y te adoro de todo corazón y entiéndeme,

                                tú también a mí…

 

                                Espero mi amor que recapacites y te des cuenta que

                                hiciste muy mal. Sobre todo porque las chicas te estaban

                                mirando. Betto, así sientas que tengas motivos, por

                                favor no vuelvas a levantarme la mano…

 

                                                                                   Te adora tu esposa,

                                                                                    Inés…”

 

 

 

-Es normal que sufras…  Es tu esposa y la madre de tus hijas…

-Ya no me quiere, papá…

-Eso es por ahora… Pronto van a cambiar las cosas, tienes que tener paciencia… ¿Ya fuiste a verla?

-Es que no sé cómo explicarle lo que pasó en el trabajo…

-Dile la verdad…

-Es que tú no entiendes… Nunca voy a poder conseguir otro trabajo igual…

-Ya verás que sí, hijo. Lo más importante ahora es que hables con tu mujer.  Anda visita a esa pobre muchacha que está sola extrañándote en la cama de un hospital.  Ella necesita de todo tu apoyo ahora.

-Ya lo sé papá.  Mañana mismo voy a ir a verla pero no puedo evitar que me siga doliendo haber perdido mi chamba. Yo estaba muy bien visto allí…

-Estate tranquilo, hijo, que lo que hoy parece no tener solución, mañana te va a parecer una tontería.  Siempre es así… Te lo dice este viejo…  Tú eres un buen vendedor y tienes experiencia en lo tuyo. No te desanimes…

-¡Tú no entiendes, papá!

-Papito lindo, yo no sé las razones por las que te han despedido ni tampoco me interesa saberlas.  Para mí eso ya pasó.  Tú más que nadie sabes cuánto te puedo entender… ¿O no? ¿Te acuerdas que en el setentaidos me sacaron de la casa y me llevaron preso?

-Si me acuerdo, papá…

-Yo nunca te hablé de esto porque tu mamá no quiso… Sin ir muy lejos, creo que  ahorita mismo me mata si sabe que lo estoy haciendo… Mira, después que me jodieron con la tienda entré a trabajar en esta compañía y como después de un año agarré dinero de una factura… Fue para pagar unas letras atrasadas de la casa, nomás… Te juro que siempre pensé en devolver la plata…  Pero me ganó el tiempo y el desgraciado de mi jefe, a pesar que me conocía bien, no quiso esperarme ni dos días y me denunció a la PIP como si fuera un delincuente…  Tú ya sabes lo demás… O me iba a la cárcel o nos quitaban la casa… Y tu pobre madre, imagínate pues…

-Yo nunca tuve claro lo que pasó, papá…

-Te lo cuento para que veas que de todas salimos… Dieciséis meses en la cárcel  bastaron para entender mi error… ¡Pobrecita tu mamá! Tú no sabes cómo sufrió ella con todo eso… Vivir es difícil y es doloroso, hijo.  Uno puede cometer locuras por conseguir lo que uno quiere… 

 

 

 

(ALTAVOZ)  “Mi compromiso es con todos los peruanos, con los más pobres, con los más necesitados…”

 

Llegaba estridente la voz grabada del candidato presidencial por el APRA desde la Casa del Pueblo.

 

-¡Pinga pelada, cholos de mierda! – gritó Betto haciendo pichulones con los dedos en dirección al local de ese partido.

 

En el Hospital Loayza, decenas de mujeres formaban una larga cola frente a los consultorios externos. El ambiente estaba impregnado de un irrespirable olor a creso que venía de los pisos recién trapeados pero cada vez que se abrían las puertas de los baños, la corriente de aire devolvía el hedor a orines por todas partes.  Después de haber atravesado enormes grupos de señoras que lo miraban como a bicho raro, revisó una por una las camas, con insolencia y sin dirigirle la palabra a nadie.  Pero no pudo encontrar a Inés.

 

-¡Puta madre! ¿Y si está en otro pabellón? ¡Ni cagando me la voy a pasar revisando, pabellón por pabellón!… ¡Cuándo no! ¡Estas! Ni siquiera saben dar bien la información… Me voy, carajo.  Que no se diga después que no lo intenté.

 

Ya se estaba yendo cuando la vio. Venía caminando despacito, con una mano en la herida y flanqueada por dos pacientes.  Se quedó perpleja al verlo y las demás, intuyendo de quién se trataba, cambiaron inmediatamente de semblante y se hicieron a un lado.

 

-¡Pero qué sorpresa!

-¿Qué haces con esas cholas?  

-¡Shhh!… ¡Cállate!  Pobrecitas… Una de ellas está muy mal…

-No me interesa.

-No seas malo…

-Ah…  Ya veo que tú también te dejaste convencer… – le dijo poniéndose más serio y le señaló el latón que Inés tenía prendido en el camisón.

-“Alan Perú”… ¿Qué tiene de malo? – preguntó ella.

-Una semanita en el Loayza y terminaste de cholearte por completo…  Seguro que ni cuenta te has dado.

-¡Mira, hijito! Si has venido en ese plan mejor hazte un favor y vete.  Todavía no estoy bien, ¿sabes? Se me han salido un par de puntos y no pienso soportar tus necedades.

-¿Cómo no se te van a salir los puntos si estás todo el día paseándote con esas serranas?

-¡Sal de aquí! ¿Tú qué sabes?

-Ah, ¿sí?… Cómo tú quieras… Yo venía con el alma tranquila a saber cómo estabas y como siempre tú la malogras.  Bueno, si ya no quieres verme, me voy…

-Betto, conmigo déjate de agresividades.  Para saber cómo estoy sólo necesitas preguntármelo  y si estuvieras consciente de mi estado no me harías pasar por este disgusto.

-Es que vengo y no te encuentro… Como un cojudo, tengo que estar buscándote entre esas camas pezuñentas…

-Esa no es mi culpa y no estoy paseando.  Venimos de hacernos un chequeo.

-Ya te dije que esas no me interesan…

-Pero a mí sí. Y tú también me interesas ¿Crees que estos días he podido dormir tranquila? En lugar de estar pensando en mí la he pasado preocupada preguntándome si has comido, si has dormido, si tienes ropa limpia, si te levantas temprano para ir al trabajo… ¡Estás flaquito!… Adriana te reclama como no tienes idea y mi mamá ya no sabe qué decirle…  Por favor, ve a ver a tus hijas… ¿Todavía harías algo por mí?…

-Tu sabes cómo me molesta que le hables a cualquiera, sobre todo a esa gentuza horrible…

-Ah, ¿sí?… Hablando de pintas horribles, un tipo espantoso me ha dicho en la calle que es tu amigo y que mientras él ande por allí,  ni a mí ni a tus hijas nos va a pasar nada…

-¿¿Qué?? ¿Quién te ha dicho eso?

-¡Rostro!

-¿Rostro?  ¿El del Fuerte Apache? ¿Cuándo has estado hablando tú con él, ah?

-Eso ya no tiene importancia…  Pero ese tal Rostro tiene pinta de criminal y dice que es de tu promoción.  Y lo peor de todo es que nos conoce… ¡A tus hijas sonsonazo!…  ¿Cómo te atreves a venir a despreciar a esta gente teniendo esas amistades? ¿Quién te crees que eres? Tú no tienes ni derecho ni autoridad moral para seleccionar con quién tengo que hablar.  Por lo menos, ya no…

-¿O sea que esto que estás haciendo es definitivo?

-A qué te refieres con “¿esto que estoy haciendo?”    

-¡Esto, pues! ¡De llevar nuestra relación a la mierda!

-Mas bien, yo debería decirte eso…

-¡Si tú eres la que me has abandonado!

-¿Qué? ¿Es así cómo ves las cosas?

-¿Y entonces, cómo son?

-¡Tú nos abandonaste a todas Betto!  Lentamente. De una forma tan sutil que ni tú mismo te has dado cuenta… Nos has ido dejando de lado… Ya ni te preocupabas por nosotras… ¿Acaso crees que con tirar unos billetes a regañadientes es suficiente para admirarte y respetarte? Pregúntale a tus hijas, Betto… Nadie te ha dejado de querer.  Pero es imposible vivir con alguien que ya ni te respeta…

-¡Ni siquiera me diste la oportunidad para decidir qué era lo mejor para ustedes!

-¿Qué?

-Sí.  Te olvidaste que eres una mujer casada y como una inmadura hiciste lo que te mandó tu padre ¡Tú eres mi esposa y tienes la obligación de consultar tus decisiones conmigo!… Debiste esperar para darme la oportunidad de cumplir con mi deber… ¡Así es como debió ser!

-¡Já!… ¡Si te esperaba me hubiera muerto, hijito! Te fuiste a las tres de la tarde y nunca más regresaste ¿Qué querías?

-¡Me dejaste mal delante de toda mi familia!

-¿Qué? ¡No lo puedo creer! ¿Dejarte mal delante de tu familia? ¿De quién? ¿De la arpía de tu madre?…

-¡Inés por favor, no te me pongas vulgar!  Cómo se te sale al toque toda la avenida La Paz, ¿no?

-¡Qué increíble! ¡Mira, Betto, ya no puedo estar más de pie! La alegría de verte se  fue al demonio… ¡Pero qué equivocado estás! Siempre lo supe pero tenía la remota esperanza de que cambiaras y por eso no te abandoné…

-Ah, ¿sí?… ¿Entonces ahora por qué me estás dejando?

-¡Es inútil!

-¡Habla, pues caprichosa! ¡Ni siquiera sabes por qué!

-¿En realidad quieres saberlo?

-Por supuesto, ¿qué crees que hago aquí?

-Ya te lo dije ¿No me entiendes? Porque ya no nos quieres, Betto… ¡Ahora déjame en paz que necesito recostarme!

-¡Espérate que todavía no he terminado! ¡Yo no he venido aquí para pelear y mucho menos para que me botes! – y la sujetó fuertemente del brazo.

-¡Quita!… ¡Suéltame!  ¡No me sigas! No quiero que sepas cuál es mi cama, ¡Lárgate!

 

Y sin que se dieran cuenta ya estaban rodeados por una docena de mujeres con sus batas con florcitas.  Una gorda altísima, que parecía tener autoridad en el grupo, tomó del otro brazo a Inés y se la llevó a un costado.

 

-Compañera, el doctor le ha dicho que tiene que descansar… – le dijo la mujer en voz alta y le clavó una mirada desafiante a Betto- ¿Joven, cómo va a venir usted a darle semejantes colerones a la chica que está recién operada?

-¡Descansando deberías dejarla pues, joven!

-¡Abusivo es lo que es!

-¡Ni comida le ha traído siquiera!

-Otros con flores saben llegar…

-¡Ah! ¿Me quieren agarrar en mancha? ¡Uyuyuy! ¡Ya vi lo que decidiste! Espero que seas feliz entre tu gente… Y dile a Sofía que no vuelva a llamar a joder a mi madre, que esa sí que es una dama… Toda una señora… – y dio un portazo que remeció por completo el edificio. 

 

Una vez afuera, agarró a patadas el basurero.

 

-¡Conchesumadre! ¡La puta que la parió! ¿Todavía que me rebajo a venir a este hospital de mierda y me trata así? ¡Qué tal raza! ¡Después no quieren que uno se deprima y le den ganas de chupar! ¡A la mierda con todos!…

 

 

Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

Todo el mundo cree que los Taca-Taca son mellizos (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

Pero Pablo – Papapablo -  es como dos años mayor.  Eso sí, ¿ah?, Mamamario es un mecánico de la puta madre, “e-especialista en mo-motores tu-turbo y diesel, cu-cuñadito”… dice sobradísimo el huevón  ¡Y no va a ser!… Si siempre anda  con las narices metidas en un carro… ¡Así cualquiera, pues!…  Aunque, de vez en cuando, deberías quitarte ese mameluquito anaranjado del Touring, compadre… ¡Apesta a puro sobaco, oye!  Lo más loco es que son patas…  ¡Yo no podría ser así de pata de mi hermano!… ¡Qué aburrido!… Pero ellos andan juntos de arriba abajo y  eso que todo el día  discuten, ¿ah?…  ¿Cómo es, no?… ¡Cómo te caga el chamuco!…  Estos huevones no eran así de tartamudos antes de coquearse.  

 

-Taque, taque cuñado…, te-tenemos una me-merca buen-nísima en la c-casa… – le dijo Mario a Betto limpiándose las manos de grasa en el mameluco.

-¡Puta madre, Marito!… No sabes lo bien que me pondrían un par de tiritos – contestó Betto frotándose las manos y haciendo muecas con la nariz.

-Sss-sólo va-vamos a la fa-farmacia u-un ratito… – intervino Pablo, el más trabado y loco de los dos y acelerando al máximo cruzó la Javier Prado.

 

El padre de los mellizos fue embajador en los sesenta y desde entonces vive en Europa.   Como a ellos les molestaba estar  viajando a cada rato de un lado a otro,  los enviaron de regreso a Lima con el ama de llaves y Pablo, que tenía sólo diecisiete años, se encargó de administrar los gastos desde entonces. 

 

Algunos dicen que los Zolezzi pertenecen a una red internacional de narcotraficantes y que por eso no pueden regresar al Perú.   No sé. La verdad es que ni los amigos más cercanos sabemos hasta ahora a qué se dedica su viejo, pero los locos  revientan dólares a forro porque mensualmente les cae el billete por valija diplomática  ¡Quién cómo ellos!… ¿No?…  Cuando les da la gana se borran del mapa y se van a Europa a sangrar de lo lindo a sus viejos… ¡Qué paja!… ¡Eso es vida, carajo!…  Otros que los manyan desde chibolos son los tombos de la comisaría porque, como no hay coima que no puedan pagar, los  agarran de punto a cada rato… Pero ellos como las huevas, ¿ah?…

 

-Ma-machucado, dame cu-cuatro cajas de co-condones – pidió Pablo dirigiéndose al dependiente de la farmacia Gonzáles Prada.

-Qué buen cache que te vas a meter, compadre…

-Ya ve-verás, cu-cuñadito – contestó Pablo.

-¿U-unas chelitas? – le sugirió Mario a su hermano mientras salían de la farmacia.

 

Cruzaron la pista y se dirigieron hacia la bodega de enfrente.

 

-¡Pa-pancracio, u-una Cristal bi-bien helada! -  pidió Pablo en la tienda.

-Y tres va-vasitos  - agregó Mario.

-¡Básico!… Se imponen unas chelas…

-¡Salud co-con todos!…

-¡Salud pues, hermano!…

-¡Fe-feliz veintiocho, pues!…

 

Cuando abandonaron la bodega, ya eran casi las siete de la noche y Betto, sospechando que en casa de los Taca-taca encontraría coca hasta por gusto, se puso un cajón más de cervezas.

 

-¡Pu-puta  madre!… ¡La mi-misa de mi-mierda! – gritó de repente Pablo frenando en seco.

-¡Sa-salta nomás, huevón!… ¿Pa-paqué  tenemos el Jeep?…

-¡A la mi-mi-mierda! – gritó Pablo que se subió al sardinel y acelerando al máximo atravesó el parque y se estacionó en la puerta de su casa.

 

… Un par de tiritos nomás y dejo a estos locos con sus asuntos, porque me parece que están con unas hembritas… ¡Puta madre!… Casi me caigo por pensar cojudeces.

 

-¡Gu-guarda, carajo! Su-suave que te-te cagas, huevón!… – gritó Mario a todo pulmón ayudando a Betto a sostener la caja.

-Sólo fue un desliz…

-Sí, cuñao…

 

…¡Mierda!… ¿Qué pasó con la casa?… ¡Nada que ver!…  ¿Y los muebles?…  Estos huevones dilapidaron todo en angustia  ¿No digo?…  ¡La coca es una mierda!… Apuesto que en el refrigerador tampoco hay nada… ¡Pucha,  qué buenos atracones que me di con las  cosas riquísimas que comían estos cojudos!… ¡Ah!… Esos eran otros tiempos…

 

-Ciao, bimbo. Mi chiamo Fabrizio – se anunció un muchacho que bajaba del segundo piso extendiendo la mano. 

-Él es Fa-Fabrizio, Betto – los presentó Mario con un espejo en la mano.

-Ah… Yo soy Betto. ¿Qué tal?…

-¿Atrápala, Qui-Quiroga! – gritó Pablo lanzándole una bolsa.

-¡¡Mierda!!… exclamó atajando una roca de por lo menos medio kilo.

-Fa-Fabrizio, e-esto es pa-para ti… – dijo Pablo colocando los condones sobre la mesa.

-Si-siéntate cuñado. A-ábrete u-una chela – y le alcanzó el destapador -. Di-disculpa el desorden cu-cuñadito… La Chacha se fu-fue  para su pueblo…

-No te creo que todavía tienen a la Chacha  ¿Qué, también le regalan huevadas para el día de la madre?…

-¿Ta-que, ta-qué huevón eres, no?… Si-si la Chacha e-es la chola nomás – y con un tubito de vidrio aspiró una línea de coca que había hecho en el espejo – Ma-más fea no pu-puede estar la pobre.

 

..¡Puta, cómo le tiembla la mandíbula a este huevón!… A ver, ¿me corres la parafernalia, cuñadito?…¡Ah, chucha!… ¿Primero tengo que esperar a que te lamas los dedos?… Está bien, disculpa cuñao… ¿Ya terminaste con tu ritual?  Gracias, muchas gracias…

 

Betto inhaló ruidosamente un par de veces conteniendo la respiración hasta que   el  rostro le cambió de color y una vena enorme surcó su frente. Pablo y Fabrizio  estaban sentados al otro extremo del  sofá aplastando las rocas con una cuchara y una coladera.

 

-Este chamuco es de primera, ¿ah? Ni se siente cuando pasa… – dijo Betto extasiado,  con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Y luego de jalarse otra línea, le corrió el espejo al italiano.

 

-Io paso, ¿vero Pablo?… – contestó el italiano concentrado en su tarea.

-Yo, ta-también, ¿vero Fa-Fabrizio?…

-Vero, vero…

 

Sorprendido, pero contento, Betto se quedó con todas las rayas del espejo para él solito.  Pero de pronto, recordó el rostro de Verónica la noche anterior y se puso de pie.

 

-Mario, jálame hasta la casa de mi vieja, cuñadito. Ya me quito…

-Que-quédate un ra-ratito más, cu-cuñadito… Ahorita te-te llevo…

-No compadre, ya son como las nueve… Mejor me voy… – contestó decidido.

-Te-termínate tu-tu chela, po-por  lo menos…

 

… Bueno, si insistes, no me voy a hacer de rogar… Me seco el vaso y de paso me limpio el espejo…   ¡Ah!… Ahora sí me quito aunque sea a pata.  Pero no pues, Marito… Por favor, hermanón… Ya, Ya… Hasta ahí nomás, cojudo… Gracias… Tu siempre tan exagerado… Ya, pues… Un par  más y me quito…

 

-¡Eh!…¡Sardo di merda!… ¡Testa di cazzo!… ¡Vieni súbito!…  ¡Andiamo, Cossimo! ¡Vieni!… – gritó de repente Fabrizio al pie de la escalera, dirigiéndose a alguien que estaba en el segundo piso- ¡Vafanculo!…  ¡Chi mangia bene, caga forte!… ¿Eh?… ¡Vieni súbito, sardo di merda!…, insistió.

-Que-que baje la-las llaves…

-¿Dov’ è le chiavi?…  ¡Vieni!…

 

Una sombra oscureció la escalera y apareció un pequeño sujeto con una maraña de pelos ondulados, envuelto en una sábana y chancleteando unos zapatos nuevecitos. Usaba barba larga, bigote y tenía un semblante alarmantemente pálido y ojeroso. Era natural de Cerdeña y no hablaba ni mierda de castellano. Con la barriga afuera y la sábana aún colgándole sobre los hombros, se sentó junto a Betto y arrojó sobre la mesa de centro  una carterita de viajero,  que Fabrizio abrió enseguida con avidez.

 

-¡Ciao, tutti!… ¡Birra, figli da puta!… ¡Eh!… Buona sera, comendattore… – soltó al descubrir a Betto.

 

Fabrizio sacó un par de cucharitas de la carterita de viajero y un curioso mechero que le llamó tanto la atención a Betto,  que varias veces se sintió tentado de tocarlo.  Las llamas diluyeron el polvo y con unas delgadas jeringuillas para  insulina, jalaron el líquido y lo mezclaron con un poco de agua en una tapa de betún Nuggett, que hace rato había visto sobre la mesa. Pablo echó la cabeza para atrás y dejó caer su jeringa junto al vaso con residuos de cerveza.

 

-E-esa nota, ¿ no? … – comentó Mario.

-¿Tú no te inyectas? – Preguntó Betto erizado.

-Yo po-por la ñata, nomás, cu-cuñadito…

-Templa per favore, amico… – le pidió Cossimo alcanzándole el extremo de una liga  con la que se apretaba la pantorrilla.

 

…¡Cómo me haces esto, pues!… No, no gracias, hermano… Lo mío es por la ñata, nomás… ¡Ni que fuera tan drogadicto, compadre!… ¿Qué te has creído, huevón? Yo soy un hombre de familia… No te confundas, oye, náufrago de mierda… A ver Marito, ponte unas rayas que estoy recontra asado… ¡Italiano de mierda, carajo!… ¡Y para la próxima que te agarre la liga la reconcha tu madre, huevón!

 

Cuando se terminó la cerveza la siguieron con ron y a medianoche Betto ya tenía tanta práctica que podía encontrarle las venas a quien sea, en cualquier parte del cuerpo.  Se enteró que Fabrizio y Cossimo venían de pasar unos días en Huanchaco, haciendo tiempo para que los Taca-taca consigan la vaina.  Hace apenas tres meses, Fabrizio había llegado a Roma con un cuarto de kilo de coca metida en el culo.  Claro que hay culos con mayor capacidad y Cossimo estaba dispuesto a demostrarlo. En Italia, luego de adulterarla, la dejaban lista para el consumo.  

 

Betto salió de la casa de los Taca-taca como a las dos y media de la mañana sin despedirse de nadie. El frío y la llovizna habían ahuyentado a los pasteleros del Fuerte Apache. Cuando atravesaba el parque Jacarandá, un par de sombras se levantaron  de una banca y caminaron hacia él.

 

-¡Habla, jugador!… – pudo articular uno de ellos con dificultad.

-¡No pasa nada, Piojo Gordo!…    

 -Pero si es Bettito… – dijo mostrándole su sonrisa desdentada -. Sin paltas causa, yo me porto… Hoy por ti, mañana por mí, pé… Es la ley de la calle, causa… – y con un abrazo le corrió la tola.

Betto fumó sin ganas y, como el filtro estaba tan empapado de saliva,  por más que chupó  no pudo hacer correr el tabaco y el esfuerzo le dio nauseas.

 

-¡Pasu madre, se volteó el gringo!…

-¡Vámonos, que este cojudo está hasta las huevas!…. – sentenció el Piojo Gordo alejándose otra vez rumbo al parque.

 

Betto caminó por las mismas calles que lo habían visto crecer y que otra vez lo llevaban de regreso a la casa de su madre.  Cada dos pasos se detenía para  vomitar y emprendía nuevamente la marcha doblado en dos. A tientas, logró encontrar la puerta y cayó de cara despertando a  Clark Kent, que anunció agudísimo su llegada. Doña Armenia levantó a don Humberto y grande fue su sorpresa cuando lo encontraron tirado en el umbral.  Los dos viejos con gran esfuerzo lo arrastraron escaleras arriba hasta su cuarto de soltero y una vez allí, como si el tiempo no hubiera pasado, lo desvistieron, le pusieron su pijama y lo acostaron.  Igual que antaño, doña Armenia se persignó y agradeció a Dios que se lo haya devuelto sano y salvo. Pero en su fuero interno reconocía que era una bendición que estuviese casado y que ya no viviera allí.  Lo espió en silencio mientras roncaba por la rendija de la puerta y no pudo fingir alegría de tenerlo en casa. Permaneció allí hasta que el tufo del licor se le hizo intolerable y  se fue para su cuarto pensativa, arrastrando  los pies.

El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bi