… Yo sé por qué te lo digo.
-¡Yo sé por qué te lo digo!… ¡Yo sé por qué te lo digo!… Todo el mundo cree que sabe lo que te dice, carajo… Hablas de puro negativo, nomás…
-Es un decir, Fernandito… ¡No jodas!… Por las puras te amargas, compadre…
-¿Entonces por qué te palteas, huevón?… ¡Me estás salando, carajo!
-¡Es un policía, Fernandito!
-¡Sanidad!… ¡Sanidad!… El hombre trabaja en la Sanidad de las Fuerzas Policiales, o sea, que no es ni mierda… Es un enfermero y nada más ¿Estás oyendo cardiaquito?
-Es lo mismo, Fernandito. Es lo mismo. Todos son sapos.
-¡No me jodas, Maqui! Mi hermano no me va a mandar a un soplón, pues…
-¡No me gusta la policía, compadre!
-Son gente como cualquiera. Los pobres también tienen derecho a fumar lo que les dé en gana… ¿Cuál es tu problema ahora?
-¡Me niego a hablar huevadas, compadre!
-¿Ah, huevadas? ¿Te olvidas que el puta es el contacto que tienes para comprarte un cerebro?
-¡Puta que es importantísimo que me consigas ese dato porque sin el cerebro estoy perdido!…
-Por eso no te palteas, ¿no? ¡Pendejo!
-No es eso, Fernandito. No quiero que nos pase nada…
De pronto, la puerta de la pensión se abrió de par en par y entró un sujeto.
-¡Fernando! – gritó el tipo haciéndolos saltar del asiento.
-¡Mateo! – le contestó Fernando en el mismo tono.
-¡Presente!- y se le cuadró.
-Mateo, él es Maqui… Espérame que ahorita bajo – y arrancó escaleras arriba.
-Encantado, compadrito – dijo el recién llegado extendiéndole la mano y se sentó junto a él.
-¿Dice el hermano de Fernandito que tienes un contacto en la Morgue para comprar un cerebro? - le preguntó a quemarropa.
-¡Suavena avena, compadrito! ¡La gente va pensar soy Frankenstein! ¡No te mandes así pues, chochera!
-Es que…
-Lo que usted quiere saber es si yo le puedo recomendar a alguien que le consiga un fiambre ¿Sí o no?
-¡Tú lo has dicho!
-Así tranquilito es como se hacen las preguntas, compadre… No que usted, causita, se manda de frente de puro nervioso… Esas cositas se notan, pues…
-¿Pero tienes el contacto o no? – insistió Maqui que al toque le ampayó la conducta policíaca.
-Por supuesto que sí pues, chochera – y rebuscándose los bolsillos sacó una tarjeta manoseada. El hombre anda más ocupado que la grandísima pero es efectivo… Chambea maquillando fiambres y tiene un culo de contactos en las funerarias…
-¿La gente paga por maquillar muertos?
-¿Tú crees que maquilla sólo a los que se les revienta la cara, compadre? No, pues. Todos los fiambres se retocan. Por eso es que el hombre anda bien forrado… Dicen que los deja mejor que cuando estaban vivos…
-O sea que el puta es una experto en fríos…
-Así es, mi hermano… Y también trabaja para la Morgue de Lima. De allí es donde le va a conseguir su adoquín pues, maestrito…
-¡Adoquín! Esa no se la sabe mi profe…
-¿Cómo? ¿No está usted buscando un pensante mi estimado?
-¿Un cerebro?
-Allí estamos pues, chochera… Usted lo que tiene que hacer es ubicar al hombre en su quiosco de la avenida Grau… Eso sí… Por nada del mundo me lo vaya a buscar en la morgue porque me deja usted mal, ¿ah?
-…¿Tiene un quiosco?…
-El hombre tiene un restaurante al paso en la avenida Grau y una pequeña fábrica de embutidos en Barrios Altos.
-…¿Tiene un quiosco en la avenida Grau?
-Efectivamente, mi hermano… Justo frente a la asistencia.. Usted nada más le enseña la tarjetita y le habla con confianza del asunto… Pero eso sí… Déjeme advertirle chocherita -porque usted me ha caído simpático- que no vaya a aceptarle nada de comer… No es que sea mal pensado sino imagínese… ¿De dónde saca tanto insumo mi compadre?
-¡No!… ¡No me digas!… ¡No me digas!
-No se esfuerce, chochera, que yo no me atrevo ni a mencionarlo…
-¡Puta, que se me ha puesto la carne de gallina! ¡Qué miedo, huevón!
-Ya está usted advertido…
-¡Listo, mi estimado! - apareció Fernando con un maletín de deportes que dejó justo a los pies del sujeto.
-Entonces ya fue, compadre… – dijo colocándose el maletín en el hombro y después de desabotonarse la bragueta sacó un sobre de manila que tenía entre los testículos – Un kilito bien pesado ¿no, profesor?
-Eso no se pregunta, pues hermano – contestó Fernando encaletándose de inmediato el sobre en el bolsillo interior de la casaca.
-¡Entonces que la pasen bien pues, colegas! – dijo el tipo alistándose para salir.
-¡Aguanta, compadre, que no me soltaste la tarjeta!
-Cierto, cuñadito. Si vas ahorita, que es martes, lo encuentras en el puesto. Después es más difícil… Toma, dile que vas de parte del flaco Carranza… Con confianza, causita… No te quedes, ¿ah? – y salió a paso ligero después de meterle la tarjeta en el bolsillo de la camisa.
-¡Puta, qué charlatán es este huevón! – dijo Maqui y leyó en voz alta la tarjeta: “José Sabroso. Maquillaje y Servicios Funerarios en General”… ¡Y todavía se apellida Sabroso el puta!…
-¿No pensarás ir a comprar tu cerebro ahorita, no?
-El ciclo acaba a fin de mes, Fernandito… Si no presento el trabajo esta semana estoy jodido…
-¡Puta madre!
-Hazme la gauchadita pues, Fernandito…
-¡Entonces ahorita mismo estamos saliendo, huevón!
-Espérate que me doy una lavadita de dientes y bajo al toque…
-¡Puta que pareces señorita!… Siempre te falta algo, ¿no huevón? ¡Apúrate pues, carajo!
Fernando tenía un Volkswagen negro, full equipo, que mantenía tan impecable como su primo Sandro mantenía el Dodge.
Mientras cruzaban por Espinar vieron a la Gata y a Pepe-caca que discutían a gritos sentados en un muro a la altura del malecón. El abusivo le estaba doblando el brazo con una mano y con la otra zarandeaba la rubia cabellera de su amante.
-¡Ya pe! ¡Ya pe! ¡No seas malito!…
-¡Maricón de mierda, conchatumadre!…
-¡Ayayay!… ¡Suéltame desgraciado, maldito, hijo de puta!… ¡Auxliooooo! ¡Policíaaaaaa! ¡Au, au, mis riñones, maldito abusivo!…
-Ahora soy un maldito ¿No, conchatumadre? ¿Y anoche qué? ¿Ah?… – y la revolcaba de los pelos.
-¡Ya pe, oe! ¡Ya, pe!… -le rogaba ahora con llanto de hombre.
Fernando arqueó apenas una ceja y aceleró para adelantar a un par de micros del Surquillo-Callao. Pero a mitad de cuadra el tráfico se detuvo en seco. Un policía hacía señas para desviar el tránsito hacia la izquierda porque un Azángaro inmenso - que yacía patas arriba en medio de la pista – se había llevado de encuentro a un auto que estaba volcado cerca del monumento del parque San Juan.
-¡Viste eso, compadrito!… – dijo impresionado Maqui santiguándose.
-¡Qué tal accidente, huevón! Te apuesto que han habido muertos ¡Estos microbuseros son unos conchesumadres! ¿No viste cómo corrían esos dos?
-Sí, compadre. Uno toma su micro tranquilo sin saber que en la esquina te espera la muerte…
-Y si éste no tuvo la culpa, la tuvo otro huevón que se dio a la fuga…
-De repente el otro ni se dio cuenta… Así murió el hermano de un pata… Venía manejando despacito detrás de un volquete por La Costa Verde y no podía adelantar porque el chofer del camión no tenía espejos. Cuando entraron a la curva de los Delfines una roca inmensa se cayó del camión y le destrozó el parabrisas al Mustang. El carro rodó hasta el espigón y de milagro se detuvo justo antes de caer al mar. El huevón murió instantáneamente ¡Lo peor de todo es que el camionero ni se había dado cuenta!
-¡Pucha qué salado, compadre!… El otro día leí en el periódico que unos narcos ejecutaron a un soplón y lo tiraron a la Costa Verde desde el puente. Lo peor es que el cadáver le cayó encima a un salado que pasaba con su carro de lo más tranquilo.
-¡Y también murió al toque!
-No compadre, quedó vivo… Si todavía salió fotografiado en el periódico hecho mierda.
-¡Qué desgraciados!… Oye, anda sacando la dirección del tipo porque al Centro entramos y salimos nomás – le avisó a la altura del Paseo Colón.
-¡Puta madre qué tal tráfico, Fernandito! Creo que más rápido llegamos a pie…
-Tienes razón. Mejor nos metemos en una playa de estacionamiento y nos vamos caminando hasta la Asistencia…
Caminaban por la avenida Grau entre paredes de zapatos y vendedores que al verlos pasar les cantaban la talla con asombrosa precisión. Después de atravesar la sección textil se internaron en las surtidas librerías al paso. Cuando llegaron a la sección de alimentos, el barullo era insoportable. Decenas de puestos y carretillas no se daban abasto para atender a los famélicos comensales que exigían una Papa a la Huancaína, una Fritanguita, Olluquito con Charqui, Carapulca, Chicharrón de chancho, Lomo Saltado, Tallarines rojos, Arroz con Pollo, Tacu-Tacu, Patita con maní, Mondonguito, Anticuchos, Choncholí, Pancita y Picarones.
Era cerca de las seis de la tarde y las luces de la avenida ya estaban encendidas cuando se hizo de noche. Los paraderos estaban llenecitos y los microbuses pasaban repletos. Algunos se trepaban con el vehículo en marcha, encaramándose como podían en las puertas y ventanas ante la pasmosa indiferencia de los estudiantes de medicina, que salían de la facultad con sus batas blancas para internarse derechito en medio de aquel caos. Maqui y Fernando ya estaban saltones, cuando la sirena de una ambulancia les puso los pelos de punta.
-Apúrate, Maqui, que esto se está poniendo de puta madre…
-No necesitas decírmelo, cuñado… Busco y busco pero para serte sincero, compadre, no sé ni lo que busco…
-¿Estás huevón? ¿Cómo que no sabes lo que buscas? ¿Acaso no tienes la dirección?
-¡Puta madre! ¡A ver encuéntrala tú, cojudo!…
-¡Eres un imbécil! ¡Vámonos de aquí! Con razón te cagas de miedo de todo, compadre.
Una chica de largos cabellos negros le guiñó el ojo para avisarle que un ratero iba a bolsiquearlo y Fernando se libró del ataque justo a tiempo. El ladrón se siguió de largo sin inmutarse, y Maqui -que no se había dado cuenta de nada- seguía buscando el puesto de Sabroso.
-¡Casi me cuadran, huevón!
-¿Cuándo?
-¡Ahorita mismo pues, cojudo!
-¡No jodas! ¡Si yo no he visto nada!…
-¿Y crees que te van a avisar?… ¡Apúrate que, de puro cojudo, me he traído el billete de la yerba!- dijo bajando la voz.
-¡Al pincho José Sabroso, Fernandito! ¡Vámonos!
No habían avanzado más que un par de pasos, cuando dos chicas se les cruzaron por delante.
-¡Gracias, flaquita!… ¡De la que me has salvado! – y el vivo de Fernando le dio un beso acertando muy cerca de la boca.
-De nada, amigo… Me di cuenta que el choro venía decidido… Y nada pues… te pasé la voz… – le contestó poniéndose rojísima mientras enredaba nerviosamente un mechón de cabellos entre los dedos.
-¿Y qué hacen por aquí? ¿Estudian cosmetología? – preguntó Fernando sin quitarle los ojos de encima.
-Nada que ver, hijito… Nosotras somos estudiantes de medicina- contestaron muriéndose de risa.
-¿Y ustedes? – preguntó la otra chica coqueteándole a Maqui, que seguía mirando para todos lados.
-Yo he venido a hacerle la taba a mi pata… ¡Acércate pues, Maqui! – le hizo señas con la mano – Hace rato que estamos dando vueltas buscando el quiosco de un compadre que consigue cerebros.
-¡Ah!… ¡Están buscando a José Sabroso!
-¿Lo conoces? – preguntó Fernando sorprendido.
-¡Claro qué sí! Ése es súper conocido en el ambiente ¿Quién no lo conoce?…
-Nosotros.
-Pues hasta el día de hoy nomás, flaquito, porque ese sacalagua con cabeza de colchón es José Sabroso…
-¡Ustedes son un par de ángeles! – dijo Fernando aprovechando el pánico para abrazarlas- ¡Oye, mongolito, ven para que veas este milagro!
El puesto estaba reventando de carnívoros que hacían largas colas para conseguir un lugarcito embriagados por el olor que despedía la plancha. José Sabroso no paraba de bromear y, mientras le traían el órgano desde la morgue, mandó freír una parrillada especial que sus invitados devoraron en un dos por tres sin que Maqui pudiera hacer nada para evitarlo. Fernando, que ya estaba acostumbrado a los ataques de hipocondriasis de su amigo, no se sorprendió cuando no quiso probar bocado. Ni bien le entregaron un cerebro flotando en formol en un balde cubierto con un trapo blanco manchado con gotitas de sangre, Maqui salió prácticamente huyendo del lugar. Una vez en el garaje, colocaron el balde en la maletera y el olor a cementerio se impregnó en el auto. Los comentarios de las chicas acerca de lo rico que habían comido obligaron a Fernando a detenerse varias veces en el camino para que el pobre Maqui pueda salir corriendo a vomitar. Se sintió mejor cuando su chica lo endulzó con un poco de ron con Seven-up y empezó a acariciarlo. Fernando iba a toda velocidad por el serpentín de la Herradura y la chica de cabellos negros trataba de sintonizar la radio.
♫♫ Tú me echaste no sé qué en la comida…
Tú me hiciste brujería… ♫♫
Maqui estalló en carcajadas… Se atoraba, se sofocaba y hasta se le salían las lágrimas.
-¿Y a ti que te pasa, oye?… ¿Tan rápido te recuperaste?…
-Creo que a Maquicito ya le está subiendo el trago… -dijo la chica comiéndoselo con los ojos.
Las chicas estudiaban medicina en la San Fernando y se preparaban para hacer su internado en el Hospital Obrero. La chica de cabellos negros vivía en el Rímac y pertenecía a una tradicional familia de enfermeras. Todas seguían el ejemplo de una tía bisabuela, que a mucha honra, había tenido el privilegio de rasurar al Presidente Augusto B. Leguía para una cirugía. En un cuadro que colgaba de una de las paredes de la sala, la precursora sonreía para las futuras generaciones. La chica decía que su tía no hubiera tenido que rasurarle el pubis a nadie, ni siquiera al presidente, si hubiera podido estudiar medicina en esos tiempos. Y para que las próximas generaciones siguieran su ejemplo se propuso ser la primera doctora de la familia. Y no pudo seguir contándole más porque Fernando era todo manos y hasta tuvo que frenarlo en seco.
-Aquí no lo vamos a hacer, ¿ah?… En el carro no me gusta… -le dijo la chica regresando el sostén a su lugar- Vamos si quieres al cinco y medio…
-¿Y qué hacemos con ellos? -preguntó Fernando refiriéndose a la otra pareja que se daba una vuelta por la playa.
-Cuando lleguemos se tiran al suelo… Como las lunas de tu carro son polarizadas nadie se va dar cuenta…
A las tres y media de la mañana el Volkswagen negro cruzó nuevamente el jirón Espinar. Casi en medio de la pista advirtieron un cadáver. Estaba cubierto con periódicos y alguien había puesto un par de piedrones para evitar que el aire se los lleve volando. El viento helado de la madrugada levantaba la mortaja de rato en rato descubriendo al infeliz, que yacía en medio de un charco de sangre amelcochada.
-¡Mierda! ¡Un frío!… – balbuceó Fernando persignándose tres veces seguidas.
-¡Virgen Santísima!… – se le escapó a Maqui persignándose también.
-¡Qué miedo, compadre!… ¿Quién será?
-¡A quién mierda le importa, Fernandito! ¡Vámonos para la casa!…
Las cocheras quedaban en la parte posterior del edificio muy cerca del barranco. Temblando de frío sacaron el balde de la maletera y rápidamente cerraron con candado el portón. Ya cerca de la pensión se cruzaron otra vez con el cuerpo y pasaron de largo sin mirar y sin hacer comentarios.
… Para que después no se me quede grabado, carajo… pensaba Fernando cagándose de miedo.
-¡Psss!… ¡Psss!… ¡Psss!… ¡Hablando, jugadores!
Como a media cuadra, envueltos en sus frazadas, se aproximaban con paso acelerado un par de sujetos fumando pasta.
-¡No pasa nada, Coroto!
-¡Ya nos vamos a dormir, compadrito! ¡Respeta que hay un muerto, huevón! – dijo Maqui levantando la mano con fastidio y se siguió de largo.
-¿Ah? ¿Me arrochan?
-¡Apúrate, Fernandito, que la tentación es grande! – insistía Maqui mirando el tabacazo de reojo.
-¿Ya se enteraron quién es el frío? – les preguntó Coroto acercándose.
-¡No sé ni me interesa, compadre!
-No me digas… ¿Tú sabes quién es el muerto, cuñado? – preguntó Fernando.
-¡Claro que sí, pues! Es el tombichi que vive en tu jato, huevón – dijo el Coroto disfrutando la primicia.
-¡Camina nomás, Fernandito! ¡No le hagas caso!
-¡Sí o no Mazamorra!
-¿Quién dice que no es el tombo?…. Si se lo ha bajado su germa de un plomazo -dijo después de soltar un gargajo.
-¡Anda, mentiroso… Si ese huevón no tiene mujer! – replicó Fernando.
-¡Es puro hueveo para tentarnos nomás, Fernandito, apúrate!…
-¡El maricón, pe!… ¿Acaso no era el monta de la Gata, huevón?
-¡No jodas!…
-¡No me digas que la Gata terminó enfriando al Pepe! – reaccionó Maqui que se detuvo en seco.
-¿No te lo está diciendo el hombre hace rato?…
-¡Por mi madre que marcan choro estos pavasos!… ¡Vámonos, Mazamorra, antes que me cruce y termine cuadrando a este par de cabros, carajo! - y se guardó los palillos rotos en la boca después de lanzar bien lejos la colilla del tabacazo.
-¡Agradezcan nomás que esos bobos que tienen son fuleros, sino se hubieran quedado sin dar la hora, huevonasos! – requintó el Mazamorra achoradísimo despancándose otro cigarrillo.