Los decomisos ahuyentaron a los ambulantes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 Sólo Lalo insistía, oculto entre los árboles del parque Kennedy, marginal, igualito al Escopeta los fines de semana.  Usaba el cabello demasiado largo para pasar desapercibido, unos blue jeans que él mismo había roto por las rodillas, camiseta negra y  muñequeras de cuero. Ahora tenía que correrse no sólo de los municipales sino de la gente de APDAYC.  Sus días estaban contados…

 

-¡Qué chucha!  Yo me quito…  Ya me estoy cagando de hambre y de frío…

 

Caminaba toreando a la multitud que salía del cine Pacífico cuando el delicioso olor del café expreso lo alcanzó entre las mesas del Haití. No tenía ni un chico en el bolsillo. Pero ya no añoraba las buenas épocas de la Química. Tampoco quería recordar que alguna vez las chicas no se pasaban de largo, ignorándolo. Sabía que Marita lo quería pero sospechaba que terminaría abandonándolo.

 

-Con su pesimismo y su malhumor arruinaba los pocos momentos que pasábamos juntos.  Hace tiempo que había dejado de ir a la universidad y me engañaba diciéndome que estaba arreglando su traslado… Es que en San Marcos con tanta propaganda terrorista y tantos recesos ni siquiera completaba un ciclo por año  ¡No sé cómo lo soportabas, Lalito! Una vez quise escuchar una cátedra y no pudimos terminar porque fuimos interrumpidos varias veces por los simpatizantes del MRTA, de Sendero Luminoso y los partidos de izquierda radical… Algunos entraron con pasamontañas y todo, ¿ah?… Y seguro que en su casa los esperaban con su lonchecito caliente…  Lalo me contó que al final se la pasaban correteando a los profesores exigiendo o suplicando que les tomen otro examen sustitutorio… Y nadie los expulsaba, ¿ah?… ¡Pobre Lalo! Ahora entiendo por qué preferías ambulantear a quedarte pateando latas…  ¡Claro!… Era mejor que quedarse chupando en las cantinas que están en los alrededores de la universidad… Por eso me engañabas, ¿no?… ¡Te daba vergüenza reconocer que te habías equivocado!…

 

Ya no estaba cómodo en la pensión.  No sólo por la abierta hostilidad de don Alfonso, sino porque el ambiente había cambiado demasiado.  Maqui y Fernando dejaron los estudios y se regresaron a Chiclayo a vender carros en el negocio de la familia.  Junior se había llenado de hijos y levantó un primer piso en la invasión Antares, y Henry, se casó con una sueca que conoció en Sacsayhumán y se fue a  Europa.  El único conocido que le quedaba era el cholo Santos, que ya no hablaba con nadie porque todo el tiempo estaba estudiando, concentrado exclusivamente en terminar la secundaria en la nocturna, desde que el Kontiki se volcó en la puerta de la casa.  Una madrugada, mientras la gigantesca nave de junco era conducida en un remolcador hasta el puerto del Callao,  una de las amarras se soltó y el coloso fue a estrellarse justamente contra la pared de su cuarto.  Santos, que en ese momento soñaba que estaba buceando, lo tomó como una señal  y se convenció para siempre que su destino estaba en el mar.

 

-De pronto sentí la primera explosión… ¡La tierra tembló, hermano! Aún no me había recuperado, cuando otra detonación reventó las ventanas del edificio El Pacífico y los vidrios se vinieron abajo… ¡La gente se cortó, compadre! … Nos cagábamos del pánico… Un humo negro nos envolvió y empezamos a correr como locos… Por la avenida Larco era igualito… Nadie entendía lo que estaba pasando, compadre.  Un culo de gente sangraba por la nariz y por los oídos ¡Qué loco! Y los que se desplomaban eran pisoteados por la turba… ¡Compadre! A otros los atropellaban los conductores desorientados. Nadie se explicaba lo que estaba pasando… Hasta que un apagón la coronó… Ya no pudimos ver nada. Así que saqué mi pañuelo -porque me estaba sangrando la nariz- y corrí en dirección opuesta a la muchedumbre… ¡Ya no, ya!  Cuando llegué a la esquina con Tarata, compadre, me quedé petrificado… ¡Cuñadito! Un tremendo incendio estaba devorándose un multifamiliar… ¡Pobrecita la gente, compadre!… Hasta se tiraban por las ventanas… Todo era humo y polvo… Entonces, una buena parte del edificio se vino abajo pero el esqueleto siguió prendido…  El griterío de los heridos y de la gente reclamando a sus seres queridos venía de todas partes… ¡Te alocaban, cuñado!  La calle estaba llenecita de cuerpos tirados en el suelo ¡En mi vida pensé ver algo así! ¡Qué horrible, compadre!… ¡Me lloraban como mierda ojos!..  Pero lo peor era ese olor a carne quemada… ¡Era insoportable, mi hermano!…  Lo último que recuerdo, cuñadito, es el sonido de las sirenas y la luz de los helicópteros aterrizando entre el humo y la penumbra… ¡Nunca me olvidaré de esa vaina, compadre!… 

 

-¡Coche bomba! ¡Coche bomba!…

-¡Malditos! …

-¡Claudita!… ¿Dónde estás hijita?… ¡Contéstame, por favor!

-¡Mamá! ¡Mamá!…

-¡Desalmados!…  

-¡Esto no tiene nombre, señora!…

-¡Dios mío, todo se está incendiando!…

-¡Corran!…¡Va a explotar otra bomba!…

-¿Qué vamos a hacer?…

-¡Adónde vamos a vivir!…

-¡Todas nuestras cosas se están quemando, joven!…

-¡Ten piedad, Señor, no nos castigues así!…

-¿César? ¿Cesítar?…

-¡Mi pierna! ¡Mi pierna!… ¡Mamá, mi pierna! …

-¡Carmela! ¡Carmela!…

-¿Papá? ¿Señora, ha visto a mi papá?…

-¡Hijos de puta! ¿Porqué no dan la cara, desgraciados?…

-¡Una ambulancia! ¡Necesito una ambulancia!…

-¿Está muerto? ¡Mi papá! ¡Mi papito está muerto!…

-¡Mi mano! ¡No tengo mi mano!…

-¿Amor?… ¡Contéstame!

-¡Desgraciados! ¡Malditos!…

-¡Justicia, señor Presidente! ¡Queremos justicia!…

-¡Asesinos! ¡Asesinos!…

-Aquí está su piernita de mi hijita, señor…  ¡Llévenla ahorita al Casimiro Ulloa, por favor!…

-¡Resiste!… ¡Resiste, amorcito, ya vienen!…

-¡Mi hijita sólo tenía dos años!…

-¡Por favor, tranquilícense señora! Déjenos trabajar

-¡Estamos aquí para ayudarlos!…

-Ya le dije, señora, que no puede pasar…

-¡Tengo que entrar! ¡Usted no entiende! ¡Allí están mis cosas!…

-¡Aquí! ¡Por favor, aquí!… ¡Mi mamá se muere, señor!…

-¡Un coche bomba! ¡Ha sido un coche bomba!…

-¡Tranquilícese señorita que ya todo está bajo control!…

-¡Mi papá está solito arriba!…

-¡Que los maten! ¡Que los maten!…

-¡Terrucos de mierda!…

-¡Justicia, señor Presidente!…

-¡Pena de muerte para los terroristas!

-¿Qué va a ser de nosotros ahora?…

-¡Miren!… ¡Arriba todavía hay más gente!…

-¡Se están tirando!…

-¡Por favor!…  ¡Que alguien haga algo!…

¡Abran, flojonasas! ¿Hasta qué hora piensan dormir?… (*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”                                                        

 

 

-¡Mamama! Ahí está ese loco otra vez, ¿por qué tenemos que aguantarlo?…

-¡Por favor ábrele, Adrianita! ¡Apúrate, para que no siga gritando!

-Pero no es justo…

-¡Shhh!… ¡Cállate la boca y por favor abre la puerta! Ya sabes que se aparece por aquí todos los Domingos…

-¡Qué tal raza!

-¡Shhh! ¡Te he dicho!

-¡Sofía,  ábreme la puerta!…

-¡Ay, tío! ¿Qué escandaloso que eres, no?

-Tú abre nomás, mocosa…

-También que tú te desesperas por todo, tío…

-Ya quisiera verte en mi lugar, mocosa de mierda, con todas las preocupaciones que tengo en la cabeza… ¿Y mi café?… ¿Dónde está mi café?… ¡Carajo! ¿Es que en esta casa nunca se desayuna?

-¡Pero si son las siete!…

-¡Las cero setecientas en punto, por la puta madre, carajo mierda!… 

-¡Por Dios, José Luis, ¿no crees que es muy temprano para decir lisuras?

-Pero mi guapísima Sofía, si una lisura es lo primero que escucha un soldado cada mañana antes de sus oraciones… No te imaginas la cantidad de saludable energía que inyecta un buen carajo en ayunas…

-Si, pero no estamos en el ejército, tío…

-Lamentablemente, malcriada, porque buena falta te hace un  poco de disciplina…  ¿Cómo?… ¿No vas a  invitarme nada, Sofía?… ¿O también quieres que me largue como la metete de tu nieta?

-¡Ay tío! ¿Quién te está botando?

-Hazte la cojuda, mocosa… ¿Tú crees que me chupo el dedo?

 

Hace apenas cuatro años que el ejército lo había dado de baja pero a José Luis le parecía una eternidad. Un día nefasto se materializó su secreto deseo de dejar la milicia cuando se le escapó una bala en el interior de la vagina de su acompañante.  Estuvo encerrado cerca de un año en una de las prisiones más heladas del país pero el Estado igualito le concedió una jugosa pensión de retiro por sus años al servicio de la patria.  Mientras tanto, Juan Carlos había aprendido a manejar a la perfección las cosas en Lima y andaba por ahí sin levantar sospechas sobre el origen de su riqueza.  Ni bien la infeliz prostituta logró salir del coma se le veía bajando por la calle principal pidiendo limosna desde el amanecer,  mutilada, arrastrándose en su carro patín. 

 

Cumplida su condena, se preparaba para tomar el autobús para Arequipa cuando alguien tocó la puerta del cuarto del hotelucho en dónde se hospedaba.

 

-¡Abre, papay! ¡Abre puerta, Rojito! Para que lleves a Lima hemos traído un regalo…

-¡Váyanse a la concha de su madre, serranos de mierda!

 

Cerca de las once de la noche, habiendo abordado a tiempo el autobús, un par de emponchados lo interceptaron y a trompadas lo bajaron del vehículo. A vista y paciencia de los sorprendidos pasajeros que se encontraban en la agencia Cruz del Sur, uno de los paisanos sacó un enorme machete que tenía escondido debajo del poncho y de un golpe eficaz  le amputó brutalmente la mano izquierda.

 

-¡Esto es por la Sonia, maldito pishtaco!…

 

Fue trasladado de emergencia a Lima en un avión del ejército y lo internaron en el hospital Militar. Después de dos largos años de terapia, su psiquiatra lo dio de alta. José Luis se despidió de sus compañeros de pabellón, articulando con extraordinaria habilidad cada dedo de su ligera mano de titanio, que desde entonces lleva cubierta por un tenebroso guante de cuero negro.

 

Decidió mudarse a San Antonio, muy cerca de la casa de su hermano y de los Galarreta. Cada día visitaba a la familia exigiendo desayuno, almuerzo y comida.   Pero ni para sentarse a la mesa se quitaba los lentes oscuros, ni la corbata, ni el prendedor de oro lleno de cadenitas o los enormes gemelos que hacían resaltar su poderosa mano negra. Jamás informaba a nadie adónde iba, pero a pesar de su esfuerzo por ser impredecible, sus salidas siempre terminaban en el hipódromo o en la taberna Queirolo. Juan Carlos se encargaba de recogerlo,  borracho hasta las patas, lo acostaba y lo escuchaba lamentarse de su suerte hasta la madrugada.

 

Juan Carlos era la cara del negocio y se había convertido en uno de esos tipos que aparentan lo que no son. Tenía importantes conexiones políticas que le permitían trabajar con soltura.  Tuvo que ser admitido en los círculos más estrechos donde se encargaron  de inventarle méritos,  lo adularon  y hasta lo condecoraron como filántropo.  La presencia de su hermano le resultaba indecorosa pero – a pesar de la insistencia de toda la familia -  se negaba a internarlo en una casa de reposo, lo que habría evitado el martirio al que tuvo sometidas a su esposa y a sus dos hijas, que terminaron huyendo a los Estados Unidos sin dejar rastro.  José Luis era tan peligroso como una molotov en una escuela primaria y era una amenaza para la imagen pública de su hermano. Por eso se ensañaba en sus excesos y se divertía experimentando con la tolerancia de los demás.

 

La situación económica de los Galarreta mejoró notablemente. Cada tarde, después del trabajo, Vico se sentaba en la puerta de su casa, se fumaba un cigarrillo viendo los carros pasar por la Benavides y se felicitaba de su suerte. 

 

… ¡Ah!…Parece mentira que esté abriendo mi propio garaje con control remoto…

 

Pero por alguna razón terminaba acordándose con nostalgia de su vida en la casa de San Miguel. Sofía tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su nieta y esa vida era demasiado monótona para su temperamento.  El fracaso del primer matrimonio de Inés la afectó particularmente a ella, que se seguía culpando por el curso que tomaron las cosas. Ahora que había tanto que decir, tenía que callar por el bien de su hija. Apretaba su rosario y se consolaba pensando que Dios no iba a juzgarla por el pecado de otros. Estaba demasiado delgada y demacrada para que se diga que disfrutaba de la vida y en su mirada sombría se podía adivinar un padecimiento mortal.

 

“¡Por la chucha su madre, carajo!”… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cuántas veces tengo que decirte que no? – gritó el Gallina con su voz de hojalata y los ojos fuera de órbita. 

 

Estaba agachadito como siempre, en la puerta del callejón, traficando su huevada y fumándose tranquilo un tabaco de la suya… Haciendo tiempo… Resignado a que ese bulto monstruoso que tenía en el cuello – y que camuflaba con un pañuelo grasiento – acabara con su maldita existencia antes que la policía lo reingrese en Lurigancho.

 

-¡Compadre… Pero si está nuevecita!

-Mejor haz caso y bórrate de una vez, Colorado… El hombre te está hablando de buenas maneras, le dijo el negro Blancanieves – que lo manyaba del cole – tirando un gargajo parduzco contra la pared.

-Compadre… Esta licuadora tiene doce velocidades…

-¿Qué mierda me palabreas a mí, sonsonazo? ¿Ah, pavazo? – Se achoró el Gallina incorporándose ágilmente y de un empujón lo arrinconó contra la inmunda pared del callejón.  Después de acercarle el anillo con su enorme calavera a la cara, lo amenazó por última vez: -¡Sácate de aquí, concha tu madre, si no quieres que te abolle ahorita mismo!…

-¡Oye, Colorado! – le pasó la voz el Mostrovelo desde la vereda del frente y Betto cruzó corriendo con la licuadora de su mamá camuflada en una bolsa.

 

El negro estaba vendiendo su merca sentado al borde de la pista y se iba tomando una cerveza al tiempo mientras aguardaba que los angustiados comenzaran a caer por el hueco.

-¿Habla, cuánto me das? – articuló apenas Betto.

-¿Yo? Ni mierda, Colorado…

-¿Entonces?

-Mira causa, porque me caes bien y porque lo manyas a mi tío te voy a pasar el dato… Métete a la huaca, sigue de frente por el corralón hasta el primer caño y en la segunda entrada doblas a la derecha hasta llegar a la barraca número doce. Es la única casa que está pintada de celeste… Toca fuerte nomás y pregunta por Olga… Es mi síster… Enséñale la barca y dile que vas de mi parte.

-¿Crees que la quiera, compadre?

-¿Cómo chucha voy a saber yo eso, huevonaso? ¿No te estoy diciendo que vayas y le preguntes?  Eso sí cojudo, ¿ah? Si te la cambia ya sabes cómo es…

-¡Puta, claro pues, compadre!

 

Era cerca del medio día pero aquí parecía que jamás hubiera vuelto a amanecer. A solas o en pequeños grupos, los viciosos envueltos en nubes de humo ya ni se tomaban la molestia de disimular.

 

-El vicio es cosa seria, hermano… -, le dijo uno de ellos corriéndole un tabaco. 

 

En el acto,  se vio rodeado de un montón de miserables que recogían los puchos del suelo y se los terminaban con desesperación. Otros, se conformaban con lamer los quetes vacíos que el viento movía de aquí para allá. Un par de enormes perros chuscos que se estaban quedando afónicos de tanto ladrar le salieron al encuentro y Betto les tiró una piedra haciendo que los sarnosos se alejaran aullando con el rabo entre las patas. Se detuvo delante de una construcción rudimentaria hecha con tablones y latón pintados de celeste.  El número doce trazado con tiza verde ya ni se notaba sobre el marco de una puerta hecha perezosamente irregular. A través de las paredes llenas de rendijas,  el aire se filtraba como si nada y por algunas hasta se podía ver adentro.

 

                      ♫♫ Hoy es mi aniversario… Hoy es el día de mi aniversario.. ♫♫

 

Escuchó al ronco Gámez a todo volumen cuando se animó a tocar la puerta…

 

(RADIO) “… ¡Este sábado todos al Parque Fátima con el grupo Caracol!”… 

 

-¡Puta madre!… Creo que no hay nadie – y pegó el ojo en una abertura.

 

Un par de rayos de luz se filtraron por las rendijas del techo iluminando la desnudez de una mulata que se frotaba las piernas con un trapo parada en una despostillada tina enlozada.  Betto se quedó quieto, espiándola un buen rato, hasta que lo delató el ladrido enfurecido de un perrito chihuahueño.

 

-¿Quién anda ahí, carajo? – preguntó la negra bajando el volumen de la radio y se echó la bata encima.

-Yo…

-¿Y quién es yo?

-Vengo de parte de Mostrovelo, flaca…

-Ah, ya.. Un ratito que ahorita salgo… ¡Shhh! ¡Cállate, Pancho! Pesado eres, ¿no?

 

La zamba abrió la puerta descalza, greñuda y envuelta en su percudida bata rosada y lo primero que hizo fue clavar la mirada en la bolsa.  Después, con las dos manos en la cintura, lo examinó rápidamente de pies a cabeza y dejó asomar coquetamente una piernota.

 

-Me dijo Mostrovelo que te trajera la licuadora…

-¡Pasa! No te quedes ahí afuera, flaquito…  La zamba se apoderó al toque de la bolsa y después de examinar en su interior le dijo rápidamente- ¿Cuánto quieres, flaquito? – y lo volvió a barrer con sus ojillos amarillentos y trasnochados.

-Tiene doce velocidades y la hemos usado bien poco…

-Habla pues, ¿cuánto quieres? – repitió impacientándose y se le abrió un poco más la  bata.

-Dame veinte…

-¿Tas loco? ¡Mejor me compro una nueva! 

 

Le devolvió el artefacto dándole la espalda y se alejó meneándole las caderas, mientras levantaba una mano extendida.

 

-Te doy cinco, si quieres… A la franca flaquito, no la necesito  ¿Qué mierda voy a licuar? ¿Tabaco?…

 

Sacó un calcetín rojo que escondía debajo del catre, contó cinco paquetitos y se los dio.

 

-No le estés diciendo a nadie afuera cuánto te di, ¿ah?…

-Yo no le hablo a nadie, flaca…

-¡Espérate! No salgas por la reja.  Sigue de largo bordeando el muro y vete por el mercadito… Por ahí siempre está tranquilo – y metiendo la bemba se despidió – chau, si puedes consígueme una tele, flaquito… Por eso sí que te doy bien…

 

En casi tres meses Betto chocó con todo lo que había en su habitación. Sus ternos, sus zapatos, sus corbatas y sus camisas desaparecieron en una sola noche de angustia y cuando ya no quedó nada suyo para vender, como era de esperarse, empezó a robar en la casa. Desde su viejo sillón, encanecido – y pálido hasta la transparencia -, don Humberto observaba el saqueo en silencio.

 

Todavía conservaba el carro -que tenía parado sobre cuatro ladrillos junto al manicomio- y donde pasaba las noches fumando y durante el día dormía la mona.  Los vecinos a cada rato llamaban al Serenazgo porque la carcocha le daba mal aspecto al vecindario y hubieran querido que lo metan preso por haber traído abajo al par de ancianos.

 

Doña Armenia vivía muerta de vergüenza  y tenía que andar día y noche con la llave del joyero prendida del cuello.  Cada vez que su hijo se le acercaba temblaba de miedo. Pero a Betto no le hizo falta la llave para llevarse el pequeño tesoro de su madre.  Cortó definitivamente con todas sus amistades para que nadie la compadeciera y no volvió a salir ni siquiera a comprar a la bodega de la esquina.  Una mañana, mientras tomaba una ducha, Betto se llevó el único televisor que había en la casa.  Don Humberto suplicó en vano. 

 

-¡Maldito, desgraciado, mal hijo!… ¡Dios te va a castigar!… -, gritaba la pobre vieja por la ventana del segundo piso.

 

-¡Olga! ¡Olga! ¡Olga, soy yo!

-¡No pasa nada!…

-¡Abre pues, Olguita!

-¡No pasa nada, te he dicho!

-¡Ya pues, Olguita!… Tengo la tele que me encargaste… ¡Abre, pues, no seas malita!

-¡Ah!… Eres tú… ¡Pasa rápido, flaquito! – contestó abriendo un poco la puerta y todo el olor a pasta del interior se escapó por la grieta- Pensé que eras otra persona.  Franco, franco, que no tengo nada – dijo mordiendo su tola.

-¡Puta! ¿Y ahora qué hago?

-Ponlo aquí… – dijo ella señalando con la punta del pie hacia el rincón donde Pancho dormitaba un poco alterado por la presencia del extraño- Es de diecinueve pulgadas, ¿no?

-¡Puta madre, Olguita! ¿Y ahora?

-Hay que esperar nomás, flaquito… – y le corrió la tola – Estoy con esta palta desde la seis de la mañana…  Pero todavía me queda una caleta para mi consumo…

-¡Puta madre! ¿Y como cuánto se demorarán?

-No te preocupes, gringuito, que ya no creo que se demoren más… – se sacó un  billete arrugado del entre seno y se lo alcanzó – Anda, cómprate una cajetilla de latinos y una botella de anisado.

-¿Dónde? ¿Afuera?

-No, pues. Aquí al lado en el dieciséis… Tócale la ventana a la tía y dile que vas de mi parte porque si no la negra esa no te vende. Voy a dejarte la puerta junta pero no te demores, ¿ya?

 

Sentados uno frente al otro fumaron apenas sin hablar durante horas. A cada nada, Olga se paraba inquieta detrás de la puerta y se quedaba escuchando la conversación de la gente de afuera, mientras que Betto se armaba otra tola  y bebía a pico de botella.  La caleta se acabó como a las cuatro de la tarde y Betto comenzaba a desesperarse porque la merca no llegaba.

 

-¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?

-Descansar… – le contestó ella sin dejar de mirar por la rendija.

-¿Descansar?

-Sí, estoy muerta. Hace días que no duermo bien y ahorita todo el cansancio se me ha venido encima.

-¿Y la merca?

-¡Qué mierda habrá pasado!  Pero eso de todas maneras llega, ¿ah?… Regresa, pues, o llévate la tele si quieres.  No me importa.  Me siento hasta las huevas – y se tumbó en el catre.

 

Betto estaba borracho y ya empezaba a olvidarse adónde estaba cuando se prendió el último tabaco y se acabó el anisado de un tranco. Olga se había quedado dormida y balbuceaba algo de vez en cuando.  Tenía unos treitaitantos y aunque estaba un poco desgastada conservaba todavía firmes las carnes. Viéndola acostada de lado con el cuerpo cubierto por un ralo percal de golpe le pareció que estaba de nuevo en la fétida habitación donde tuvo su primera relación sexual.  Esa vez tampoco pudo decir que no.

 

… Me moría de ganas ¡Claro! Pero también de vergüenza y con mi viejo al lado no iba a ser lo mismo ¿Y si no se me para?…  Con angustia veía pasar los letreros luminosos de la Carretera Central…  ¿Qué tal si la tengo muy chica y la puta se burla? ¿Y si me pregunta por qué todavía no tengo pendejos?…

 

-Toma cincuenta soles y tírate un par de polvos… Te dejo porque la mía ya está desocupada…

 

… ¿Cuánto cobras, mamacita? ¿Y sale con chupada?…  Ensayé como un huevón todo el camino y delante de ellas no me salió ni una palabra… ¡Carajo!…

 

-Papito rico, yo te hago de todo…

-Ven para comerte, chibolo…

-Acércate papacito, no seas tímido…

 

… Y otra vez las mismas caras, las mismas gordas y las mismas preguntas y yo, sin poder decir nada… ¿Por qué será que las putas son igualitas a las señoras? ¿Cómo le pregunto a una ama de casa si quiere cachar conmigo?… ¡Hasta que apareció!  ¿Será la misma? ¡No, ni cagando! Pero es igualita… Las mismas piernotas, las mismas nalgazas…

 

-Acuéstate tranquilo nomás, flaquito…

 

… ¿Cuánto cobras?…

-Si es tu primera vez chiquillo, te dejo el segundo gratis…

… ¿Con chupada?…

 -Por trenita Soles, sale con todo, chiquillo…

-Por cincuenta, me haces lo que quieras, papacito…

 

… Las mismas tetas… ¡Qué tal culo, carajo! 

 

-Ay,  ¿qué estás haciendo?…

-Un ratito nomás, mamacita… Abre las piernas no seas malita… Mientras llega la merca nomás, ¿ya?…

 

-Bájate el pantalón, chiquillo…, primero te la tengo que lavar pa’ ver si estás quemado… Cuando se aprieta así y no sale pus por la cabeza estás sanito… Ponte el condón y échate en la cama para chupártela…

 

…¡Ni siquiera le pude ver bien la chucha, carajo!

 

-Sigue, así flaquito… Así, así que rico… No pares…

 

… ¡Mamacita! ¡Mamacita!…

 

-¿Cómo te van a doler los huevos, cojudo?…

-Es que no terminé, papá…

-¿Cómo que no terminaste?…

-Cuando la iba a dar, le apreté las tetas y le saqué carca del pecho y se me bajó todo, papá…

-No seas cojudo, hijo, este es el Cinco y Medio… Aquí están las mejores putas de Lima y sobre todo las más limpias…

 

-¿Qué te pasó flaquito? ¿Por qué no terminaste? Ven, abrázame, que nos despierte el de la merca cuando toque la puerta… Duérmete, descansa, flaquito…

 

Desde entonces, Betto se quedó a vivir en la huaca y Olga le mantenía el vicio.  Y cuando los del barrio se acostumbraron a verlo se puso a vender quetes  con confianza porque el Mostrovelo y el Blancanieves lo cuidaban como a uno de la familia.

 

 

Su vieja habitación estaba igualita que antes… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

La cortina de baño con las banderitas de las carreras de Montecarlo que hacía juego con la alfombra, la tapa del inodoro, la jabonera y el porta cepillos de plástico.  Todavía estaban sus deslucidos trofeos de natación del ADECORE, del Inter-Escolar y del Panamericano en una repisa frente a la cama y del otro lado de la habitación, sujetos a la pared con unos chinches, estaban los nueve banderines marchitos del Champagnat y aquél otro todo garabateado y de fabricación barata que le dieron en el colegio del loco Pita.  Cerró los ojos, se sintió transportado de regreso al pasado y deseó con todas sus fuerzas que sólo fuera una pesadilla.  Pero su reflejo envejecido y desaliñado en el espejo lo devolvió a la realidad. 

 

… ¡Por las huevas tanta medalla! ¡Por las huevas la promoción, carajo!… ¡Aparentar!… ¡Aparentar!… ¡Para qué mierda tanta vaina si ni siquiera pudieron comprarme una tabla!…  ¿Ah?… A las finales, ¿de qué sirvió todo?… ¡Curas malditos! Me expulsaron por lo  que le pasó a mi viejo  ¡Cómo si nadie se hubiera dado cuenta que en la asociación de padres de familia andaban rajando!…  ¡Todo el colegio hablaba de esa huevada! ¡Y ni siquiera pude defenderme, carajo!  ¡Qué vergüenza! Todo el mundo se enteró que a mi papá lo metieron preso… ¡Sobones!  Y a los Zolezzi no los botaron porque tenían billete… ¡Semejante narcaso que era su viejo, carajo! ¡Y yo no hice nada! ¡Yo no hice nada, vieja! ¡Te lo juro!… Fueron ellos los que se prendieron el troncho… ¡Qué injusticia, mamá! A mí nomás me expulsaron y casi todo el salón estaba fumando… ¡Desgraciados de mierda! Me hicieron un certificado tan rochoso que ni el loco Pita quería aceptarme en esa jaula de maleantes en la que terminé la media, mamá… ¿Te acuerdas?… Me dejé expulsar como un huevonazo y no delaté a nadie, mamá… ¡Qué cojudo! ¡Y mis patas de toda la vida ni siquiera abrieron la boca! ¡Nadie tuvo mis huevos!… ¡Curas malditos! Me tenían bronca, mamá, desde cuarto de media… Desde el día que se enteraron que mi papá no iba a pagarme el viaje de promoción… ¡¡Por eso me sentenciaron en la asociación de padres de familia!!… Y  esos conchesumadres les prohibieron a sus hijos que se junten conmigo… Nunca te lo dije y yo fingía que no me interesaba… ¡Pero me dolió mucho, mamá!… En cambio,  Potón, tú sí que fuiste un buen amigo… ¡Dejaste atrás a los patas que conocías desde la primaria y te fuiste conmigo al Cueto! ¡Eso fue muy noble de tu parte Potón! ¿Qué será de tu vida, desgraciado?…

 

Junto a la ventana encontró el carboncillo de Robin Hood que él mismo había enmarcado.  Allí estaba. Trepado entre las ramas de un árbol,  listo para disparar  con su arco.

 

… ¡Qué bacán!… – y lo descolgó -  Este sí qué me quedó bien… Parece mentira que yo lo haya dibujado ¿Por qué no seguí dibujando? Es que la cojuda de mi vieja pensaba que me iba a volver cabro si me matriculaban en Bellas Artes… Pero a Rodrigo, que no sabía ni rayar, sí lo metieron a estudiar dibujo  ¡Ay, Rodrigo!  Cuando te diste cuenta que yo dibujaba mejor que tú,  me contestaste con cólera que tu papá te había dicho que a dibujar también se aprende y que ya te habían matriculado para estudiar artes plásticas… Me lo dijiste con tal convencimiento, huevón, que para siempre me hiciste dudar si vale la pena nacer con talento… ¿Puedes creer eso, cojudo?  ¿Qué huevón, ¿no?  Y cuando terminaste la secundaria en Rusia regresaste creyéndote un pintor… Hasta habías expuesto tus cuadros en Checoslovaquia y todo.  Eso fue lo que me contó tu hermano, que resultó siendo mejor amigo que tú…  ¿Pero por qué, maldito de mierda, el día que te fui a visitar ni siquiera me quisiste hablar?  Y claro, tus pinturas me cagaron y te di la razón por ignorarme… Puta, tú sí que habías aprovechado el tiempo, cojudo… ¡Me cagaste otra vez! ¿Sabes? El dibujante del salón siempre había sido yo pero ahora tú hacías los cuadros… Me dolió en el alma que no quisieras verme… Me alegró tanto que hayas vuelto que hasta tomé dos micros para llegar más rápido a San Isidro… ¡Y no quisiste recibirme!… ¡Hasta ahora no se me pasa, carajo! Me miraste de lejos mientras tu sirvienta me señalaba con el dedo y te hiciste el loco y no quisiste acercarte, huevón… Eso sí, déjame decirte que estabas horrible. Parecías un bolchevique en huelga de hambre… Después, te metiste un clavado en tu piscina, dónde años atrás habíamos pasado inolvidables momentos y te quedaste braceando mediocremente delante de mí,  que siempre te saqué la mierda en natación… De hecho que podías escuchar cómo tu hermano, genuinamente orgulloso,  amable y compasivo, me enseñaba tus cuadros y trataba de explicarme por qué te negabas a hablar con un tipo tan alienado como yo… ¿Creíste que por tu exposición en Checoslovaquia ya eras lo máximo, cojudo?… Seguro que sí. Y también por eso me despreciabas… Yo era un alienado y tú de izquierda.  Pero ahora te lo agradezco, huevón, porque hasta entonces no sabía que existían pitucos comunistas que viven en casa con sirvientas, piscina, un volvo y dos mercedes…

 

Colgó como sea su media docena de ternos en el estrecho ropero infantil y escondió toda la papelería debajo de la cama.

 

… Qué viejo está mi papá ¿Estará enfermo?… Mi mamá no ha querido salir de su cuarto ¿Estará molesta conmigo?  No creo, seguro que tiene dolor de cabeza…

 

-Betto, Betto, ¿hijo, estás despierto?

-Sí, papá, me estoy cambiando…

-Ven a tomar una sopita caliente, hijo…

-Gracias, viejo, ya bajo… – contestó sin abrir la puerta y al toque se levantó de la cama.

 

Un pequeño papel voló a sus pies y cuando se agachó para recogerlo dispuesto a tirarlo al inodoro algo familiar lo detuvo en el acto.   Reconoció la letra de Inés y empezó a leer:

 

                               

                                “Amor perdóname por portarme así de cargosa,

                                 pero a mí me gusta conversar las cosas contigo.

                                 Yo sé que ese no era el momento para hacerlo y

                                 discúlpame por haberme puesto así…

 

                                 Entiendo que debemos hablar de lo que nos

                                 gusta y también de lo que no nos gusta, ya que

                                 prácticamente, estamos como empezando

                                de nuevo. Y hay ciertas cosas, mi amor, que se nos

                                están olvidando…

 

                                Por ejemplo, lo que acaba de pasar. Ya sé que no

                                debo molestarte cuando estás tomado. Ahora ya

                                lo sé y perdóname pero quiero que recuerdes que

                                te amo y te adoro de todo corazón y entiéndeme,

                                tú también a mí…

 

                                Espero mi amor que recapacites y te des cuenta que

                                hiciste muy mal. Sobre todo porque las chicas te estaban

                                mirando. Betto, así sientas que tengas motivos, por

                                favor no vuelvas a levantarme la mano…

 

                                                                                   Te adora tu esposa,

                                                                                    Inés…”

 

 

 

-Es normal que sufras…  Es tu esposa y la madre de tus hijas…

-Ya no me quiere, papá…

-Eso es por ahora… Pronto van a cambiar las cosas, tienes que tener paciencia… ¿Ya fuiste a verla?

-Es que no sé cómo explicarle lo que pasó en el trabajo…

-Dile la verdad…

-Es que tú no entiendes… Nunca voy a poder conseguir otro trabajo igual…

-Ya verás que sí, hijo. Lo más importante ahora es que hables con tu mujer.  Anda visita a esa pobre muchacha que está sola extrañándote en la cama de un hospital.  Ella necesita de todo tu apoyo ahora.

-Ya lo sé papá.  Mañana mismo voy a ir a verla pero no puedo evitar que me siga doliendo haber perdido mi chamba. Yo estaba muy bien visto allí…

-Estate tranquilo, hijo, que lo que hoy parece no tener solución, mañana te va a parecer una tontería.  Siempre es así… Te lo dice este viejo…  Tú eres un buen vendedor y tienes experiencia en lo tuyo. No te desanimes…

-¡Tú no entiendes, papá!

-Papito lindo, yo no sé las razones por las que te han despedido ni tampoco me interesa saberlas.  Para mí eso ya pasó.  Tú más que nadie sabes cuánto te puedo entender… ¿O no? ¿Te acuerdas que en el setentaidos me sacaron de la casa y me llevaron preso?

-Si me acuerdo, papá…

-Yo nunca te hablé de esto porque tu mamá no quiso… Sin ir muy lejos, creo que  ahorita mismo me mata si sabe que lo estoy haciendo… Mira, después que me jodieron con la tienda entré a trabajar en esta compañía y como después de un año agarré dinero de una factura… Fue para pagar unas letras atrasadas de la casa, nomás… Te juro que siempre pensé en devolver la plata…  Pero me ganó el tiempo y el desgraciado de mi jefe, a pesar que me conocía bien, no quiso esperarme ni dos días y me denunció a la PIP como si fuera un delincuente…  Tú ya sabes lo demás… O me iba a la cárcel o nos quitaban la casa… Y tu pobre madre, imagínate pues…

-Yo nunca tuve claro lo que pasó, papá…

-Te lo cuento para que veas que de todas salimos… Dieciséis meses en la cárcel  bastaron para entender mi error… ¡Pobrecita tu mamá! Tú no sabes cómo sufrió ella con todo eso… Vivir es difícil y es doloroso, hijo.  Uno puede cometer locuras por conseguir lo que uno quiere… 

 

 

 

(ALTAVOZ)  “Mi compromiso es con todos los peruanos, con los más pobres, con los más necesitados…”

 

Llegaba estridente la voz grabada del candidato presidencial por el APRA desde la Casa del Pueblo.

 

-¡Pinga pelada, cholos de mierda! – gritó Betto haciendo pichulones con los dedos en dirección al local de ese partido.

 

En el Hospital Loayza, decenas de mujeres formaban una larga cola frente a los consultorios externos. El ambiente estaba impregnado de un irrespirable olor a creso que venía de los pisos recién trapeados pero cada vez que se abrían las puertas de los baños, la corriente de aire devolvía el hedor a orines por todas partes.  Después de haber atravesado enormes grupos de señoras que lo miraban como a bicho raro, revisó una por una las camas, con insolencia y sin dirigirle la palabra a nadie.  Pero no pudo encontrar a Inés.

 

-¡Puta madre! ¿Y si está en otro pabellón? ¡Ni cagando me la voy a pasar revisando, pabellón por pabellón!… ¡Cuándo no! ¡Estas! Ni siquiera saben dar bien la información… Me voy, carajo.  Que no se diga después que no lo intenté.

 

Ya se estaba yendo cuando la vio. Venía caminando despacito, con una mano en la herida y flanqueada por dos pacientes.  Se quedó perpleja al verlo y las demás, intuyendo de quién se trataba, cambiaron inmediatamente de semblante y se hicieron a un lado.

 

-¡Pero qué sorpresa!

-¿Qué haces con esas cholas?  

-¡Shhh!… ¡Cállate!  Pobrecitas… Una de ellas está muy mal…

-No me interesa.

-No seas malo…

-Ah…  Ya veo que tú también te dejaste convencer… – le dijo poniéndose más serio y le señaló el latón que Inés tenía prendido en el camisón.

-“Alan Perú”… ¿Qué tiene de malo? – preguntó ella.

-Una semanita en el Loayza y terminaste de cholearte por completo…  Seguro que ni cuenta te has dado.

-¡Mira, hijito! Si has venido en ese plan mejor hazte un favor y vete.  Todavía no estoy bien, ¿sabes? Se me han salido un par de puntos y no pienso soportar tus necedades.

-¿Cómo no se te van a salir los puntos si estás todo el día paseándote con esas serranas?

-¡Sal de aquí! ¿Tú qué sabes?

-Ah, ¿sí?… Cómo tú quieras… Yo venía con el alma tranquila a saber cómo estabas y como siempre tú la malogras.  Bueno, si ya no quieres verme, me voy…

-Betto, conmigo déjate de agresividades.  Para saber cómo estoy sólo necesitas preguntármelo  y si estuvieras consciente de mi estado no me harías pasar por este disgusto.

-Es que vengo y no te encuentro… Como un cojudo, tengo que estar buscándote entre esas camas pezuñentas…

-Esa no es mi culpa y no estoy paseando.  Venimos de hacernos un chequeo.

-Ya te dije que esas no me interesan…

-Pero a mí sí. Y tú también me interesas ¿Crees que estos días he podido dormir tranquila? En lugar de estar pensando en mí la he pasado preocupada preguntándome si has comido, si has dormido, si tienes ropa limpia, si te levantas temprano para ir al trabajo… ¡Estás flaquito!… Adriana te reclama como no tienes idea y mi mamá ya no sabe qué decirle…  Por favor, ve a ver a tus hijas… ¿Todavía harías algo por mí?…

-Tu sabes cómo me molesta que le hables a cualquiera, sobre todo a esa gentuza horrible…

-Ah, ¿sí?… Hablando de pintas horribles, un tipo espantoso me ha dicho en la calle que es tu amigo y que mientras él ande por allí,  ni a mí ni a tus hijas nos va a pasar nada…

-¿¿Qué?? ¿Quién te ha dicho eso?

-¡Rostro!

-¿Rostro?  ¿El del Fuerte Apache? ¿Cuándo has estado hablando tú con él, ah?

-Eso ya no tiene importancia…  Pero ese tal Rostro tiene pinta de criminal y dice que es de tu promoción.  Y lo peor de todo es que nos conoce… ¡A tus hijas sonsonazo!…  ¿Cómo te atreves a venir a despreciar a esta gente teniendo esas amistades? ¿Quién te crees que eres? Tú no tienes ni derecho ni autoridad moral para seleccionar con quién tengo que hablar.  Por lo menos, ya no…

-¿O sea que esto que estás haciendo es definitivo?

-A qué te refieres con “¿esto que estoy haciendo?”    

-¡Esto, pues! ¡De llevar nuestra relación a la mierda!

-Mas bien, yo debería decirte eso…

-¡Si tú eres la que me has abandonado!

-¿Qué? ¿Es así cómo ves las cosas?

-¿Y entonces, cómo son?

-¡Tú nos abandonaste a todas Betto!  Lentamente. De una forma tan sutil que ni tú mismo te has dado cuenta… Nos has ido dejando de lado… Ya ni te preocupabas por nosotras… ¿Acaso crees que con tirar unos billetes a regañadientes es suficiente para admirarte y respetarte? Pregúntale a tus hijas, Betto… Nadie te ha dejado de querer.  Pero es imposible vivir con alguien que ya ni te respeta…

-¡Ni siquiera me diste la oportunidad para decidir qué era lo mejor para ustedes!

-¿Qué?

-Sí.  Te olvidaste que eres una mujer casada y como una inmadura hiciste lo que te mandó tu padre ¡Tú eres mi esposa y tienes la obligación de consultar tus decisiones conmigo!… Debiste esperar para darme la oportunidad de cumplir con mi deber… ¡Así es como debió ser!

-¡Já!… ¡Si te esperaba me hubiera muerto, hijito! Te fuiste a las tres de la tarde y nunca más regresaste ¿Qué querías?

-¡Me dejaste mal delante de toda mi familia!

-¿Qué? ¡No lo puedo creer! ¿Dejarte mal delante de tu familia? ¿De quién? ¿De la arpía de tu madre?…

-¡Inés por favor, no te me pongas vulgar!  Cómo se te sale al toque toda la avenida La Paz, ¿no?

-¡Qué increíble! ¡Mira, Betto, ya no puedo estar más de pie! La alegría de verte se  fue al demonio… ¡Pero qué equivocado estás! Siempre lo supe pero tenía la remota esperanza de que cambiaras y por eso no te abandoné…

-Ah, ¿sí?… ¿Entonces ahora por qué me estás dejando?

-¡Es inútil!

-¡Habla, pues caprichosa! ¡Ni siquiera sabes por qué!

-¿En realidad quieres saberlo?

-Por supuesto, ¿qué crees que hago aquí?

-Ya te lo dije ¿No me entiendes? Porque ya no nos quieres, Betto… ¡Ahora déjame en paz que necesito recostarme!

-¡Espérate que todavía no he terminado! ¡Yo no he venido aquí para pelear y mucho menos para que me botes! – y la sujetó fuertemente del brazo.

-¡Quita!… ¡Suéltame!  ¡No me sigas! No quiero que sepas cuál es mi cama, ¡Lárgate!

 

Y sin que se dieran cuenta ya estaban rodeados por una docena de mujeres con sus batas con florcitas.  Una gorda altísima, que parecía tener autoridad en el grupo, tomó del otro brazo a Inés y se la llevó a un costado.

 

-Compañera, el doctor le ha dicho que tiene que descansar… – le dijo la mujer en voz alta y le clavó una mirada desafiante a Betto- ¿Joven, cómo va a venir usted a darle semejantes colerones a la chica que está recién operada?

-¡Descansando deberías dejarla pues, joven!

-¡Abusivo es lo que es!

-¡Ni comida le ha traído siquiera!

-Otros con flores saben llegar…

-¡Ah! ¿Me quieren agarrar en mancha? ¡Uyuyuy! ¡Ya vi lo que decidiste! Espero que seas feliz entre tu gente… Y dile a Sofía que no vuelva a llamar a joder a mi madre, que esa sí que es una dama… Toda una señora… – y dio un portazo que remeció por completo el edificio. 

 

Una vez afuera, agarró a patadas el basurero.

 

-¡Conchesumadre! ¡La puta que la parió! ¿Todavía que me rebajo a venir a este hospital de mierda y me trata así? ¡Qué tal raza! ¡Después no quieren que uno se deprima y le den ganas de chupar! ¡A la mierda con todos!…

 

 

Es una bendición de Dios que el primer hijo sea varón… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

 

… Así no se pierde el apellido, caracho… -, decía medio picadito la noche anterior.  Tremenda fue su decepción cuando su mujer alumbró a una niña.

 

Regresó todo chupado con su chancleta en los brazos y disculpándose con todo el mundo por la mala pasada que le hizo la cigüeña. Desde entonces la ignoró por completo – tal como había hecho con su otra hija -, y, como era de esperarse, le enchufó a Chelita la responsabilidad de su crianza. 

 

El negocio decayó una enormidad desde que algunas vecinas le copiaron la idea y comenzaron a vender comida casera a los chicos de la universidad en el garaje y hasta en el comedor de su casa.   Don Alfonso estaba tan deprimido que ya no salía a atender al público como antes y se quedaba en pijamas en su cuarto maldiciendo frente al televisor. Los martes y los jueves por la tarde – después de quemar cerebro llenando su cartilla del pollón – salía de su casa de puntitas y – una vez que doblaba la esquina – caminaba rapidísimo, febril, rumbo a la agencia del hipódromo. 

 

El caserón se había convertido en un tugurio porque el viejo le alquilaba un cuarto a una familia entera.  El baño y el comedor – que se redujeron drásticamente cuando mandó a construir otra habitación- siempre estaban llenos de gente.  Las rabietas y las correteaderas de los chiquillos y las riñas conyugales – que terminaban con los tombos caminando conchudamente por los pasadizos y tocándole la puerta a todo el mundo – ahuyentaron a los estudiantes. 

 

El barrio también había empobrecido notablemente. El hueco de Echenique se había propagado desde el malecón hasta la Huaca Wonda y desde allí hasta el Santa Ana.  Pero como también vendían pasta en Salaverry, Espinar y Castilla, esa parte del barrio se convirtió en el circuito de rigor para los fumones.  Así como estaban las cosas, cualquiera podía ser un paquetero.  Un montón de desempleados comenzó a meter mano en el negocio. Pero si la competencia no les mandaba a la policía, los cagaba el racumín y la intemperie.  Humildísimas amas de casa habían reemplazado a sus hombres en el paqueteo cuando los metían presos. 

 

La gente del barrio se volvió pasmosamente tolerante y el vicio se diseminó como una endemia.  En los callejones se bebía y se fumaba a cualquier hora del día.  Hordas de niños deambulaban por el mercado arranchando carteras para comprar Terokal y bencina y por los parques los fumones no paraban de acosar a los transeúntes pidiendo plata para su pasaje.

 

-¿Qué pasa? ¿Están quemando un balde, compadritos? – saludó Lalo a unos que se fumaban un tabacazo en el paradero.

-¡Cómo se te ocurre meterte con esos! ¿Estás loco?

-Qué me van a hacer a mí si yo también soy del barrio.  A esos los conozco desde que eran sanos.

-No dudo que los conozcas y vas a terminar así de jodido como sigas parando con esos.

-No te me achores amorcito,  que hace tiempo que yo nada de nada.

-Allá tú.  Mejor cambiemos de tema.

-¿Sabes por qué este malecón se llena de fumones?

-Porque aquí no hay policías, pues…

-Ni aquí ni en ningún otro lugar… Pero la verdad es que están camino a la caverna.

-¿La caverna?

-Marita, eso el mismo infierno…  Puedes morir por un palito de fósforos… Imagínate que para llegar hay que atravesar una pared al borde del barranco y todavía deslizarte un buen trecho por la tierra muerta hasta la mitad del precipicio, corriendo el riesgo de desbarrancarte.  Dicen que ya se han caído varios y que la policía los reporta como suicidas.

-Qué bien enterado que estás, ¿no?

-Soy de Magdalena nomás, amorcito…

-¿Y cómo yo no sé esas cosas?

-Es que tú sólo conoces gente zanahoria, Marita.

-¿Y qué más sabes de esa caverna?

-¡Qué bestia! Como eso era un gigantesco conducto de desagüe, ni te imaginas la cantidad de ratas y cucarachas que te caminan entre las patas.  Además, allí adentro la gente se caga y se mea como las huevas y después con esos deditos se corren la tola. Y si estás de sapo te sacan al toque a punta de pedradas.

-¿Seguro que tú no te has metido a fumar?…

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Ni cagando! Fui con un amigo a buscar a su hermano porque no se aparecía por casa desde hace varios días…         

-Sí, ¿no? Seguro que se quedaron a fumar…

-Ni hablar. Nos botaron a piedrones…

-¡Sí, claro!…

-¿Qué tanto? ¡Todo el barranco debe estar lleno de cavernas!… Seguro que hay una en cada barrio hasta el Callao. Sin ir muy lejos, el estadio Miguel Grau se ha convertido en un fumadero desde que las tribunas empezaron a caerse…  Ahora está lleno de jugadores pero no de los que juegan pelota, pues… Se quedan allí esperando que lleguen los chuiquillos desinformados a pelotear y los cuadran ¡Los dejan calatos, Marita! Les quitan las zapatillas, las pelotas y todo lo que puedan…

-Hace años que no paso por allá.

-¡Ni se te ocurra!… ¿Te acuerdas que detrás de la gruta de la virgen había unas escaleras que bajaban hasta la Mar Brava?

-Me acuerdo que cuando era chica los mataperros bajaban por ahí a pescar con cordel.

-Ahora las escaleras se cortan a la mitad y tienes que seguir por un caminito que han hecho los pescadores de tanto pasar por el mismo sitio ¡Súper peligroso, carajo!…

-Me gustaría darme una vueltita para ver…

-¿Estás loca?  ¡De ahí no sales viva!

 

…Recuerdo que todavía no era de noche pero el chino Carlos ya atendía con la reja cerrada… Íbamos caminando a la casa de Marita para comer y darme un duchazo porque, otra vez, no me habían dejado nada en la pensión. Ya era una costumbre… Cuando en plena esquina se detuvo un carro negro y alguien aventó a una chica que rodó por la pista y terminó boca abajo en la jardinera de la bodega.  Nos quedamos cojudos pero al toque nos acercamos… Estaba borracha.  Tiritaba de frío y balbuceaba alguna incoherencia de vez en cuando…

 

-¿Cristina?…

-¿La conoces?

-Uf. Hace un montón de tiempo.

-¿De dónde conoces  a esta pacha?

-Pobrecita. No siempre fue así  ¡Qué pena, Marita!… ¡No podemos dejarla aquí! Hay que llevarla a su casa… Yo sé dónde vive…

-Pero, ¿cómo?

-En un taxi. No hay que dejarla tirada aquí…

-Tienes razón… 

 

… Y providencialmente se detuvo un taxista curioso que, de puro buena gente, se ofreció a hacernos gratis la carrera…

 

-Muchas gracias, cuñadito.  Ésta es nuestra buena obra del día.

-No es nada, compadre. Yo tengo hermanas y no me gustaría que les pase nada… ¿Y quién es la pobre chica?

-Él la conoce… – intervino Marita venenosa.

-¿La conoces, compadre?

-¡No te hagas el misterioso y cuenta de una vez!

-¡Uf!… Es que hace tiempo que ya no la veía…

-¿Ah? ¿La veías?

-¡Pasar por allí nomás, pues!… Pero ya no conversábamos…

-¡O sea que era tu amiga pues, compadre!

-Una conocida, nomás… Yo estaba en cuarto de media y ella terminaba el quinto en el colegio Santa Ana… Cada vez que salía del colegio me la encontraba en la esquina…

-O sea que se te mandaba…

-No. Más bien era una monga.

-Si así acaban las mongas, compadre…

 

…Cristina se quejó, se agarró el vientre y después de balbucear siguió durmiendo…

 

-¿Cristina? ¿Cristina, me escuchas? ¿Qué te pasa? – por las puras  trató Marita de hacerla reaccionar.

-Déjala. Está privada – dijo Lalo arrojando la colilla por la ventana y continuó -. Bueno, era un poco monga o demasiado zanahoria… Pero era físicamente interesante…

-¿Interesante, no? – le pellizcó celosa entre las costillas.

-Deja contar, pues… Pegaba su gataso porque esa cabeza de payaso que tiene es de color natural y por eso la reconocí.  Cada vez que hablé con ella estaba con su abuelita…

-¿No me digas, compadre, que iba con su abuelita a buscarte a la esquina del cole?

-Así es, cuñadito. Por eso no me parecía normal, pues… Bueno, la loca me buscaba para que fuera su pareja de promoción…

-¿O sea que te fuiste con la pelirroja  y con su abuela a su tono de promoción?

-No sólo con su abuela, ¿ah? También fue con el abuelo…

-A esa chibola le faltaba un tornillo, compadre…

-Imagínate que la mayor parte de la fiesta nos la pasamos escondiéndonos para poder conversar…

-¿Y los abuelos?

-Al toque nos encontraban y nos volvíamos a perder, pues… Pero después sólo la vi un par de veces… Mejor dicho, me le corrí un par de veces. Años después nos encontramos y me contó que sus abuelitos habían muerto y que se había quedado sola en  la casa… Y que como nunca había trabajado, lo único que se le ocurrió hacer fue alquilar las habitaciones. Como un año después,  me enteré por otra gente que un malogrado le había hecho la panza.  Pasó más tiempo y la vi pasar con un ojo morado y un chiquillo inmundo en cada mano. Ya no me quiso saludar ni me miró con simpatía… Más bien me pareció hostil, compadre.

-Esa se te había templado…

-… Pero peor fue la última vez… ¡Ojalá que no se despierte, carajo!

-¿Por qué?

-Porque una mañana la vi borracha en el Parque Túpac Amaru con unos racumineros  Me reconoció, compadre… Y de una sola mirada me sacó al fresco.

-¡No jodas!

-Compadre, le bajé la mirada y me seguí de largo… No le he pasado más la voz… ¡Qué loca que es la vida! Ahora la estoy llevando a su casa… ¡Aquí, aquí, nomás, compadre! ¡Detente, que aquí vive!… Hay que dejarla en la puerta nomás, no vaya a ser que salga su marido y nos cuadre… Con cuidado, hermano, que no se despierte.

 

… Nunca le he contado a nadie lo que sus ojos me estaban diciendo:  ¡Sí soy Cristina, huevonaso de mierda!… ¿Y qué?… ¡Ya sé que tú eres el imbécil que me arrochó hace años!… ¿Y qué? Ya no me importa…  No me importa que me veas con esta gente porque lo único que quiero es fumar más pasta… ¿Algún problema, conchatumadre?…

 

El embarazo la sorprendió al borde de la menopausia… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

 

Y Flor tuvo que pasarla casi todo el tiempo en cama.  Después de un horrible padecimiento – dilatando apenas lo necesario – alumbró prematuramente a un flacucho y peludo varón que  luchaba contra la muerte en una fría sala de la Maternidad de Lima.  Cuando la pobre regresó a casa, su marido logró reponerla a punta de  aceite de  hígado de bacalao de Noruega y Lalito se quedó esperándola en su incubadora por un mes y medio.

 

Don Sergio y doña Flor estaban resentidos con su hijo mayor, un cuarentón bien plantado, que luego de haberse dado una gran vida de soltero, terminó conviviendo  con una charapa fachosa que vendía y alquilaba chistes en el mercado de Magdalena, frente al puesto de Tachachay, el macrocéfalo mata-pollos que descuartizaba las aves a vista y paciencia de todo el mundo. 

 

-¡Qué horror!… Vive como un cholo, lleno de hijos en un callejón de Breña… ¡Figúrate tú!… ¡Esa mujer debe ser una enferma!… Esa charapa mañosa tiene que haberle dado chamico al pelotudo este… ¿Dónde se ha visto eso, caracho?… ¿Irse a vivir con una bataclana del mercado? ¡Un muchacho tan buenmozo metido con una que puede ser su sirvienta!…  ¡Te advierto, Sergio, que a esta casa no me entran esos aguarunas de miércoles!… -, decía refiriéndose a sus nietos mientras doblaba la ropa interior.

 

 

En contraste, sentían verdadera devoción por su segunda hija, Mercedes, que estaba casada con un cubano y vivía en Miami.  Les escribía con bastante regularidad, los llamaba por teléfono y de vez en cuando mandaba un dinerillo. Por eso vivían pendientes de sus cartas y sus llamadas.  Don Sergio veneraba tanto a su hija que jamás salía de su casa sin antes haber rezado por lo menos diez minutos delante de la foto donde está ella con sus hijos, a los que se regocijaba en llamar sus únicos nietos.

 

Durante diez años -tiempo que tardaron en instalarles la línea telefónica- fueron religiosamente cada sábado a las nueve de la noche a la casa de la abuela para esperar las llamadas de Miami.  Aunque Mercedes vivía fuera desde hacía mucho tiempo, no podían contener el llanto. Al final, don Sergio se quedaba muñequeado y  tardaba por lo menos un par de días en recuperarse.  A Mercedes todo lo relacionado con el Perú le parecían cojudeces y  cuando regresaba al barrio deseaba nunca haber vivido allí.  No quería ni ver ni saludar a nadie.  Lo único que hacía -aparte de sospechar de cada visita de Lalo- era quejarse y se la pasaba metida en la casa muriéndose de asco y temiéndole a la gente.  Su esposo hervía el agua hasta para lavarse los dientes y comía casi exclusivamente de lo que llevaban de Miami.  Pocas veces sacaban a pasear a los viejos y cuando se compraban un chifa o un pollo a la brasa lo devoraban todo sin ofrecerle un vaso con agua a las visitas eventuales.  Ni siquiera a su propio hermano.  Temerosa de que alguna contrariedad pudiera afectar la estadía de su hija -o sospechando que finalmente alguien pudiera meterle mano a los productos importados- doña Flor escondía la comida bajo llave. Cuando se terminaba la despensa, la visita hacía sus maletas y regresaba aliviada a los Estados Unidos.

 

Don Sergio se había dedicado desde joven a vender herramientas y maquinaria pesada para una importadora dedicada a la industria de la construcción.  Después de trabajar allí durante quince años, renunció para montar una empresa con un pequeño capital que con mucho sacrificio había ahorrado durante años.

 

-Empecé haciéndoles la competencia y hasta me robé algunos clientes… ¡Carajo! Al poco tiempo, justo cuando empezaba a irme bien, vino esa mierda de la nacionalización y demás cojudeces de la dictadura militar… Las importaciones se redujeron al mínimo y me fui a la bancarrota ¡Qué mala pata! Desde entonces no he podido recuperarme… Ni conseguir un trabajo estable. Después se vino encima la crisis económica, pues… ¡Cómo vuela el tiempo! ¿No, Flor? ¿Puedo haber vivido tantos años pidiendo prestado? ¡Increíble!…

 

Aunque ya le quedaban muy pocas, una práctica importante para don Sergio era frecuentar a sus viejas amistades.

 

-El cholo Casavilca me ha conseguido este cachuelito hasta que me estabilice… -, le contaba a su mujer desempolvando un viejo lote de libros que estaba dispuesto a vender casa por casa – Hay que ser positivos, amor, ya vas a ver que todo va a cambiar… -, decía esforzándose en esbozar una sonrisa.

 

Sergio había aprendido su lección.  Cada mañana, mientras tomaba su café antes de salir a hacer taxi o a competir con personas treinta años menores que él, trataba de convencer a Lalo que, pase lo que pase, lo mejor era trabajar para una empresa.  La estrechez económica se evidenciaba en el deterioro físico de la pobre de doña Flor y lo poco que conseguía don Sergio le costaba más esfuerzo que antes. La hija reiteradas veces les había dicho que se podía hacer cargo de los gastos de la casa siempre y cuando Lalo saliera de patitas para la calle.

 

-¡Ay,  mamá! ¡Es una conchudez!… No sabes lo que cuesta aquí ganarse los dólares  para que éste se beneficie también… Aquí los chicos a su edad ya viven solos…

 

Lalo no ganaba poco en La Química y aunque veía el maltrato económico en su hogar  nunca se sintió llamado a colaborar en algo. Igual se iba con Marita a bailar o a comer pizza y beber vino en alguna trattoría de Miraflores.

 

…¿Para qué se casaron y tuvieron hijos, entonces?… ¡Que afronte como hombre su responsabilidad o que por lo menos mantenga a su mujer!… Bastante lo ayudo yo en sus obligaciones comprando mi ropa y mi comida… 

 

Cuando se mudó para la pensión su hermana cumplió con su promesa.  Lalo se presentaba cada quince días en casa de los viejos con una lata de galletas importadas y un paquete de queso Pingüino y, mientras pensaba en otra cosa, los escuchaba hablar un rato y luego se despedía. Una vez en la calle, se pasaba las mangas de la camisa para limpiarse el residuo de crema de su mamá o el sudor del viejo que creía que se le habían pegado en el rostro…

Todo el mundo cree que los Taca-Taca son mellizos (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas” 

Pero Pablo – Papapablo -  es como dos años mayor.  Eso sí, ¿ah?, Mamamario es un mecánico de la puta madre, “e-especialista en mo-motores tu-turbo y diesel, cu-cuñadito”… dice sobradísimo el huevón  ¡Y no va a ser!… Si siempre anda  con las narices metidas en un carro… ¡Así cualquiera, pues!…  Aunque, de vez en cuando, deberías quitarte ese mameluquito anaranjado del Touring, compadre… ¡Apesta a puro sobaco, oye!  Lo más loco es que son patas…  ¡Yo no podría ser así de pata de mi hermano!… ¡Qué aburrido!… Pero ellos andan juntos de arriba abajo y  eso que todo el día  discuten, ¿ah?…  ¿Cómo es, no?… ¡Cómo te caga el chamuco!…  Estos huevones no eran así de tartamudos antes de coquearse.  

 

-Taque, taque cuñado…, te-tenemos una me-merca buen-nísima en la c-casa… – le dijo Mario a Betto limpiándose las manos de grasa en el mameluco.

-¡Puta madre, Marito!… No sabes lo bien que me pondrían un par de tiritos – contestó Betto frotándose las manos y haciendo muecas con la nariz.

-Sss-sólo va-vamos a la fa-farmacia u-un ratito… – intervino Pablo, el más trabado y loco de los dos y acelerando al máximo cruzó la Javier Prado.

 

El padre de los mellizos fue embajador en los sesenta y desde entonces vive en Europa.   Como a ellos les molestaba estar  viajando a cada rato de un lado a otro,  los enviaron de regreso a Lima con el ama de llaves y Pablo, que tenía sólo diecisiete años, se encargó de administrar los gastos desde entonces. 

 

Algunos dicen que los Zolezzi pertenecen a una red internacional de narcotraficantes y que por eso no pueden regresar al Perú.   No sé. La verdad es que ni los amigos más cercanos sabemos hasta ahora a qué se dedica su viejo, pero los locos  revientan dólares a forro porque mensualmente les cae el billete por valija diplomática  ¡Quién cómo ellos!… ¿No?…  Cuando les da la gana se borran del mapa y se van a Europa a sangrar de lo lindo a sus viejos… ¡Qué paja!… ¡Eso es vida, carajo!…  Otros que los manyan desde chibolos son los tombos de la comisaría porque, como no hay coima que no puedan pagar, los  agarran de punto a cada rato… Pero ellos como las huevas, ¿ah?…

 

-Ma-machucado, dame cu-cuatro cajas de co-condones – pidió Pablo dirigiéndose al dependiente de la farmacia Gonzáles Prada.

-Qué buen cache que te vas a meter, compadre…

-Ya ve-verás, cu-cuñadito – contestó Pablo.

-¿U-unas chelitas? – le sugirió Mario a su hermano mientras salían de la farmacia.

 

Cruzaron la pista y se dirigieron hacia la bodega de enfrente.

 

-¡Pa-pancracio, u-una Cristal bi-bien helada! -  pidió Pablo en la tienda.

-Y tres va-vasitos  - agregó Mario.

-¡Básico!… Se imponen unas chelas…

-¡Salud co-con todos!…

-¡Salud pues, hermano!…

-¡Fe-feliz veintiocho, pues!…

 

Cuando abandonaron la bodega, ya eran casi las siete de la noche y Betto, sospechando que en casa de los Taca-taca encontraría coca hasta por gusto, se puso un cajón más de cervezas.

 

-¡Pu-puta  madre!… ¡La mi-misa de mi-mierda! – gritó de repente Pablo frenando en seco.

-¡Sa-salta nomás, huevón!… ¿Pa-paqué  tenemos el Jeep?…

-¡A la mi-mi-mierda! – gritó Pablo que se subió al sardinel y acelerando al máximo atravesó el parque y se estacionó en la puerta de su casa.

 

… Un par de tiritos nomás y dejo a estos locos con sus asuntos, porque me parece que están con unas hembritas… ¡Puta madre!… Casi me caigo por pensar cojudeces.

 

-¡Gu-guarda, carajo! Su-suave que te-te cagas, huevón!… – gritó Mario a todo pulmón ayudando a Betto a sostener la caja.

-Sólo fue un desliz…

-Sí, cuñao…

 

…¡Mierda!… ¿Qué pasó con la casa?… ¡Nada que ver!…  ¿Y los muebles?…  Estos huevones dilapidaron todo en angustia  ¿No digo?…  ¡La coca es una mierda!… Apuesto que en el refrigerador tampoco hay nada… ¡Pucha,  qué buenos atracones que me di con las  cosas riquísimas que comían estos cojudos!… ¡Ah!… Esos eran otros tiempos…

 

-Ciao, bimbo. Mi chiamo Fabrizio – se anunció un muchacho que bajaba del segundo piso extendiendo la mano. 

-Él es Fa-Fabrizio, Betto – los presentó Mario con un espejo en la mano.

-Ah… Yo soy Betto. ¿Qué tal?…

-¿Atrápala, Qui-Quiroga! – gritó Pablo lanzándole una bolsa.

-¡¡Mierda!!… exclamó atajando una roca de por lo menos medio kilo.

-Fa-Fabrizio, e-esto es pa-para ti… – dijo Pablo colocando los condones sobre la mesa.

-Si-siéntate cuñado. A-ábrete u-una chela – y le alcanzó el destapador -. Di-disculpa el desorden cu-cuñadito… La Chacha se fu-fue  para su pueblo…

-No te creo que todavía tienen a la Chacha  ¿Qué, también le regalan huevadas para el día de la madre?…

-¿Ta-que, ta-qué huevón eres, no?… Si-si la Chacha e-es la chola nomás – y con un tubito de vidrio aspiró una línea de coca que había hecho en el espejo – Ma-más fea no pu-puede estar la pobre.

 

..¡Puta, cómo le tiembla la mandíbula a este huevón!… A ver, ¿me corres la parafernalia, cuñadito?…¡Ah, chucha!… ¿Primero tengo que esperar a que te lamas los dedos?… Está bien, disculpa cuñao… ¿Ya terminaste con tu ritual?  Gracias, muchas gracias…

 

Betto inhaló ruidosamente un par de veces conteniendo la respiración hasta que   el  rostro le cambió de color y una vena enorme surcó su frente. Pablo y Fabrizio  estaban sentados al otro extremo del  sofá aplastando las rocas con una cuchara y una coladera.

 

-Este chamuco es de primera, ¿ah? Ni se siente cuando pasa… – dijo Betto extasiado,  con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Y luego de jalarse otra línea, le corrió el espejo al italiano.

 

-Io paso, ¿vero Pablo?… – contestó el italiano concentrado en su tarea.

-Yo, ta-también, ¿vero Fa-Fabrizio?…

-Vero, vero…

 

Sorprendido, pero contento, Betto se quedó con todas las rayas del espejo para él solito.  Pero de pronto, recordó el rostro de Verónica la noche anterior y se puso de pie.

 

-Mario, jálame hasta la casa de mi vieja, cuñadito. Ya me quito…

-Que-quédate un ra-ratito más, cu-cuñadito… Ahorita te-te llevo…

-No compadre, ya son como las nueve… Mejor me voy… – contestó decidido.

-Te-termínate tu-tu chela, po-por  lo menos…

 

… Bueno, si insistes, no me voy a hacer de rogar… Me seco el vaso y de paso me limpio el espejo…   ¡Ah!… Ahora sí me quito aunque sea a pata.  Pero no pues, Marito… Por favor, hermanón… Ya, Ya… Hasta ahí nomás, cojudo… Gracias… Tu siempre tan exagerado… Ya, pues… Un par  más y me quito…

 

-¡Eh!…¡Sardo di merda!… ¡Testa di cazzo!… ¡Vieni súbito!…  ¡Andiamo, Cossimo! ¡Vieni!… – gritó de repente Fabrizio al pie de la escalera, dirigiéndose a alguien que estaba en el segundo piso- ¡Vafanculo!…  ¡Chi mangia bene, caga forte!… ¿Eh?… ¡Vieni súbito, sardo di merda!…, insistió.

-Que-que baje la-las llaves…

-¿Dov’ è le chiavi?…  ¡Vieni!…

 

Una sombra oscureció la escalera y apareció un pequeño sujeto con una maraña de pelos ondulados, envuelto en una sábana y chancleteando unos zapatos nuevecitos. Usaba barba larga, bigote y tenía un semblante alarmantemente pálido y ojeroso. Era natural de Cerdeña y no hablaba ni mierda de castellano. Con la barriga afuera y la sábana aún colgándole sobre los hombros, se sentó junto a Betto y arrojó sobre la mesa de centro  una carterita de viajero,  que Fabrizio abrió enseguida con avidez.

 

-¡Ciao, tutti!… ¡Birra, figli da puta!… ¡Eh!… Buona sera, comendattore… – soltó al descubrir a Betto.

 

Fabrizio sacó un par de cucharitas de la carterita de viajero y un curioso mechero que le llamó tanto la atención a Betto,  que varias veces se sintió tentado de tocarlo.  Las llamas diluyeron el polvo y con unas delgadas jeringuillas para  insulina, jalaron el líquido y lo mezclaron con un poco de agua en una tapa de betún Nuggett, que hace rato había visto sobre la mesa. Pablo echó la cabeza para atrás y dejó caer su jeringa junto al vaso con residuos de cerveza.

 

-E-esa nota, ¿ no? … – comentó Mario.

-¿Tú no te inyectas? – Preguntó Betto erizado.

-Yo po-por la ñata, nomás, cu-cuñadito…

-Templa per favore, amico… – le pidió Cossimo alcanzándole el extremo de una liga  con la que se apretaba la pantorrilla.

 

…¡Cómo me haces esto, pues!… No, no gracias, hermano… Lo mío es por la ñata, nomás… ¡Ni que fuera tan drogadicto, compadre!… ¿Qué te has creído, huevón? Yo soy un hombre de familia… No te confundas, oye, náufrago de mierda… A ver Marito, ponte unas rayas que estoy recontra asado… ¡Italiano de mierda, carajo!… ¡Y para la próxima que te agarre la liga la reconcha tu madre, huevón!

 

Cuando se terminó la cerveza la siguieron con ron y a medianoche Betto ya tenía tanta práctica que podía encontrarle las venas a quien sea, en cualquier parte del cuerpo.  Se enteró que Fabrizio y Cossimo venían de pasar unos días en Huanchaco, haciendo tiempo para que los Taca-taca consigan la vaina.  Hace apenas tres meses, Fabrizio había llegado a Roma con un cuarto de kilo de coca metida en el culo.  Claro que hay culos con mayor capacidad y Cossimo estaba dispuesto a demostrarlo. En Italia, luego de adulterarla, la dejaban lista para el consumo.  

 

Betto salió de la casa de los Taca-taca como a las dos y media de la mañana sin despedirse de nadie. El frío y la llovizna habían ahuyentado a los pasteleros del Fuerte Apache. Cuando atravesaba el parque Jacarandá, un par de sombras se levantaron  de una banca y caminaron hacia él.

 

-¡Habla, jugador!… – pudo articular uno de ellos con dificultad.

-¡No pasa nada, Piojo Gordo!…    

 -Pero si es Bettito… – dijo mostrándole su sonrisa desdentada -. Sin paltas causa, yo me porto… Hoy por ti, mañana por mí, pé… Es la ley de la calle, causa… – y con un abrazo le corrió la tola.

Betto fumó sin ganas y, como el filtro estaba tan empapado de saliva,  por más que chupó  no pudo hacer correr el tabaco y el esfuerzo le dio nauseas.

 

-¡Pasu madre, se volteó el gringo!…

-¡Vámonos, que este cojudo está hasta las huevas!…. – sentenció el Piojo Gordo alejándose otra vez rumbo al parque.

 

Betto caminó por las mismas calles que lo habían visto crecer y que otra vez lo llevaban de regreso a la casa de su madre.  Cada dos pasos se detenía para  vomitar y emprendía nuevamente la marcha doblado en dos. A tientas, logró encontrar la puerta y cayó de cara despertando a  Clark Kent, que anunció agudísimo su llegada. Doña Armenia levantó a don Humberto y grande fue su sorpresa cuando lo encontraron tirado en el umbral.  Los dos viejos con gran esfuerzo lo arrastraron escaleras arriba hasta su cuarto de soltero y una vez allí, como si el tiempo no hubiera pasado, lo desvistieron, le pusieron su pijama y lo acostaron.  Igual que antaño, doña Armenia se persignó y agradeció a Dios que se lo haya devuelto sano y salvo. Pero en su fuero interno reconocía que era una bendición que estuviese casado y que ya no viviera allí.  Lo espió en silencio mientras roncaba por la rendija de la puerta y no pudo fingir alegría de tenerlo en casa. Permaneció allí hasta que el tufo del licor se le hizo intolerable y  se fue para su cuarto pensativa, arrastrando  los pies.

El gordo Renato regresó del baño y encontró la mesa limpia… (*)

 

                                        

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

El mozo, con ayuda de otros dos, zamaqueaba a don Raúl tratando de despertarlo.

-¡Oye!… ¡Oye tío,  levántate que ya te dejaron con la cuenta!…

-Rebúscale los bolsillos, que éste tiene pinta de estar forrado…

-¿Qué te pasa, cholo huevón?… ¿No ves que el señor está descansando?…  - interrumpió Renato sintiendo que ya lo palmoteaban con excesiva confianza.

-Cholo será este viejo… Yo soy chalaco, sobrino… Y si andan juntos, sonaste… Así que ya sabes cómo es compadre… Saltando con la cuenta, nomás… – le dijo cachaciento.

-¿Qué?…

-Como lo oyes, patita… Te dejaron con la cuenta y el muerto…

-¡Milrechucha que me parió!…¡Me cago echado, arrimo la caca con las patas y sigo durmiendo, carajo!… ¡Malparidos, hijos de puta!…

 

La música paró y todo el mundo hizo silencio. El bar completo se detuvo por unos instantes. El administrador y su mujer movían la cabeza como diciendo: ”Ya te jodiste, huevón… Ya te la hicieron…”

 

-¡Llámate a la policía¡… -  dijo el chalaco dominando la situación.

-¿Cuál policía, cojudo?… A ver…, ¿cuánto se te debe?… – preguntó serio Renato mirándolo sobre el hombro.

-Son nueve mil quinientos treinta, sobrino… – contestó con sarcasmo sin soltar el papelito.

-¡Eso no se hace, carajo!… ¡Eso no se le hace a un pata!…

-Ya compadrito, chancando diez lucas para la caja o sino…

-¿Sino qué, huevón?… contestó amenazante Renato y tiró despectivamente un par de billetes nuevecitos sobre la mesa.

-Tá bien, Tá bien… Entonces, serían nueve mil quinientos treinta… – dijo el mozo bajándose todito.

-Guárdate el vuelto para que te compres tabas, chalaco… – dijo el gordo mirándolo de pies a cabeza…

 

Renato se hizo cargo de la situación al instante.  Sin pedir ayuda arrastró al viejo hasta la puerta del bar y se sentó en la vereda.  Eran las diez y media de la noche y no pasaba ni un alma por Arenales. 

 

… Qué tales mierdas estos gramputas… Nunca me lo hubiera imaginado… Eso no se le hace a un pata… ¡Conchasumadre, carajo!… ¿Cómo voy a hacer para llevarme a este viejo a su casa?… ¿Dónde chucha vivirá?… Seguramente no tiene ni para el taxi… Ese ladrón de Betto lo dejó muca… ¡Eso no se hace, carajo!… ¿Dónde se ha visto?… ¿Dónde queda la lealtad entre amigos?… Si somos casi del mismo barrio… ¡Me cagaron, carajo!… ¿Y si están escondidos?… ¡Igual son una mierda!…   ¡Ya van a ver, malditos¡… Me la van pagar…

 

Un par de luces iluminaron la calle y el gordo se puso de pie de un salto.

 

-¡Taxi!… ¡Taxi!…

   

Al instante se detuvo, pero cuando el chofer vio a don Raúl en el piso partió de inmediato…

 

-¡Conchasumadre!… Ningún taxi va a querer parar con este viejo tirado aquí… ¡Ni siquiera sé dónde chucha vive!… ¿Qué mierda hago ahora?…  ¡Llévame a mi casa, Papalindo!…

 

-¿Taxi, señor?…

 

Un carrito viejo se había detenido frente a él.  La carrocería temblequeaba en un traqueteo exasperante. El chofer abrió la puerta desde adentro y se escuchó un chirriar de metales en el silencio de la noche.

 

-¡Taxi, caballero!… ¿Adónde lo llevamos patrón?… -, preguntó con amabilidad el conductor.

-Mira lo que me ha pasado, tío… El señor que está allí dormido trabaja conmigo… Estuvimos tomándonos unas chelas y el desgraciado se me ha privado…

-Ese no parece haberse tomado unas cuantas chelas nomás, patroncito… ¿Está seguro que el hombre sólo está borracho?…

-No me asuste por favor, señor… – dijo Renato acercando su oído al pecho del viejo- ¡Todavía late!… Este viejo está borracho como una uva, señor. Se secó cuatro al hilo antes de privarse… No se vaya, por favor. Ayúdeme a llevarlo a su casa.  No se preocupe que le pago lo que cueste la carrera…

-Para eso estamos, pues joven… Estéase tranquilo nomás, que yo le voy a ayudar con su amigo… Ya hubiera querido yo que alguien se preocupe así por mí allá en mi Piura natal, cuando me pasaba de chichas… A ver pues, le ayudo… Vamos a ver… Déntrelo nomás de costadito…

-Lo malo, maestro, es que no sé en dónde vive…

-¡Uyuyuy!… Eso sí que está jodido pues, patroncito… Mejor le llevaremos a que duerma la mona a su casa de usted, pues… Cuando se despierte, él mismito ya verá…  ¿Qué dice, patroncito?…

-¡A mi casa ni hablar, señor!…  Mi abuelita está muy delicada de salud…

-¡Guaaa!… Entonces, rebúscale los bolsillos. En la billetera debe estar su Electoral… Vamos hijo, rebúscale…

-¡Ni cagando!… ¡Yo no voy a registrarle nada!… Yo no toco nada… – reaccionó Renato asustado.

-¿Qué pasa, mi amigo?… ¿Cuál es el problema, hombre?… – dijo el piurano y se acercó al viejo rengueando.  Después de rebuscar en el bolsillo del pantalón le encontró una gastada billetera de cuero que quiso alcanzarle a Renato.

-¡No!¡No!¡No!… ¡Yo no toco nada carajo!… – exclamó el gordo dejando caer la billetera al suelo.

-¿Por qué pues, patroncito?…¿Qué es lo que le pasa al caballerito?… – preguntó sorprendido el chofer mientras recogía la fotografía de un par de niños en uniforme escolar, una estampita de San judas Tadeo, dos vale triples y, finalmente, la Libreta Electoral.  Bajo la luz de un poste leyó inseguramente:  Manzana “E” Bloque diez, unidad 235-C Urbanización Caja de Agua, San Juan de Lurigancho…

 

Al llegar, bajaron a don Raúl con mucha dificultad del taxi y lo dejaron en su casa.  Todo el camino de regreso Renato se lo pasó lloriqueando y contándole su tragedia al piurano.

 

-Yo le aseguro que usted está haciendo bien, joven. Ahora que se lo entregó a la mujer,  tiene que informar todo en su trabajo.  Es lo correcto. Si no mañana, cuando se entere que el marido está misio, hasta lo pueden joder a usted en su chamba – le aconsejó el taxista deteniéndose frente al parque Gonzáles Prada.

 

Al distinguir la silueta de su abuela tras la cortina, Renato supo que el piurano tenía razón.  Mientras le hacía adioses con la mano se convenció que ese hombre había aparecido en su camino por intervención divina.

 

… Qué extrañas que son las pruebas que nos manda el Señor, carajo… ¡Ya te cagaste, hijo de puta!… ¡Ilumíname Diosito!… ¡Esto no se puede quedar así, maldito reconcha de tu madre! …

 

El piurano esperó que abriera la puerta con el motor en marcha y cuando creyó ver las sombras de Renato y su abuela abrazándose en la oscuridad, arrancó haciendo rechinar nuevamente los viejos metales. Al dar vuelta a la esquina, pisó la tapa de un buzón alertando a todos los perros del vecindario y, mientras se alejaba rumbo a la Brasil, escuchó que un gallo tempranero cantaba en un corral cercano…

 

¡Hola, seño!… ¿Está Marita? (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

-¿Cómo estás hijo?… Espera un ratito que se está bañando…

Lalo se sentó en una esquina del sofá y se quedó mirando cómo Genoveva, que acababa de regresar del trabajo, limpiaba con su viejo pañuelo verde amarrado en la cabeza y con el pucho prendido entre los dientes como si jamás hubiera salido de la casa.  La veía ir y venir de buen humor desplegando sus expertos movimientos sincronizados concentrada en sus quehaceres. Plumero en mano, de vez en cuando se echaba unas carreritas hasta la cocina para revolver una  cacerola de donde emanaba un sabroso olor a fresas cocidas que se esparcía por toda la casa.

 

Hace diez años su marido la abandonó y no supo nada de él hasta que recibió una tarjeta navideña dónde con una letra temblorosa trataba de explicarle por qué había vuelto a Buenos Aires y por qué jamás regresaría al Perú.

 

… No importa… A fin de cuentas es una boca menos que alimentar…

 

Sin soltar una sola lágrima, de la noche a la mañana,  se hizo cargo de todo y se ocupó de dar a sus hijas una buena educación. María del Pilar – Marita – y Sandra, no extrañaban a su padre sin duda porque recordaban los escándalos y las golpizas cada vez que le daban los diablos azules.  Brenda, la menor, no quería que se lo mencionen.

 

Amador Gervassi se casó con Genoveva siendo ya un cincuentón y desde que llegó de Argentina, administró una bodega-cantina que tenían unos italianos en el Callao.  Cada vez que se emborrachaba le echaba la culpa a su mujer de todas sus desgracias y la golpeaba. El argentino a diario le comía el oído ilusionándola con irse a vivir al extranjero y ella, que tenía ya veintiséis y no quería quedarse a vestir santos, aceptó su propuesta de matrimonio.

 

Al día siguiente de la boda, Amador la puso a trabajar en la caja. Genoveva se levantaba antes del amanecer y cerraba la tienda a las once de la noche. No paraba ni para almorzar. En los escasos momentos libres que tuvo concibió y dio a luz a tres hermosas niñas, que cuidaba y alimentaba en un sólido cajón de madera de roble que ponía debajo del mostrador. Cobraba las cervezas, pesaba el azúcar, despachaba el arroz, tiraba aserrín al piso… ¡El tiempo se le pasó volando!  Aquella chica de inmensos ojos verdes, de cabellos rojos y de curvilínea figura que brillaba como una perla en ese barrio de mala muerte en el Callao, por maltrato y desamor envejeció prematuramente.  Pero aún era una mujer hermosa con  un espíritu admirable que aprendió a sacar adelante el negocio por sí sola. Amador, gracias a los pulmones de su mujer pudo comprar la chingana a buen precio,  pero se dedicó a beberse las utilidades y a lamentarse de tener que mantener a una familia numerosa. De lunes a viernes recorría los burdeles y los fines de semana la tandeaba de alma. Cuando no se emborrachaba en su propia cantina, se iba a los bares de los alrededores de donde los estibadores tenían que traerlo a rastras por las calles de regreso a su casa. 

 

Una mañana que alistaba a las chicas para que se fueran al colegio, un camión se estacionó en la puerta de la bodega y se lo llevó todo. Seis implacables policías con una orden judicial en la mano la pusieron con sus cosas de patitas en la calle. Genoveva, como era su costumbre, no soltó una lágrima y tampoco dejó que sus hijas lo hicieran.

 

-Valientes, hijas… Las mujeres tenemos que ser valientes…

 

Desde aquel día no supieron más de Amador hasta la navidad  en que recibieron su fría tarjeta de saludo. 

 

Genoveva a escondidas, había ahorrado lo suficiente como para alquilar la casa de Magdalena y matricular a las chicas en otro colegio.  Todavía le sobró algo para comprarse una muda elegantona con la que salió a buscar trabajo. De esto hacía ya mucho tiempo y aún se sentía orgullosa de haber podido salir adelante solita, sentimiento que también se preocupó en inculcarle a sus hijas. Trabajó arduamente durante ocho años en el Seguro Social hasta que aceptó la propuesta de retiro con incentivos que ofreció el gobierno. Con el dinero que recibió, traspasó la librería en donde Marita había estado trabajando con lo que su hija se convirtió en propietaria del negocio de su viejo empleador. Estaban muy entusiasmadas con el flamante proyecto familiar.

 

-¡Hola roba-cámaras! – se le acercó Marita para darle un beso con una toalla envuelta en la cabeza.

-¡Ah, me viste!… ¡Qué roche!  Sólo fue de casualidad…

-¡Uuuy!… ¡Uuuy!… – gritaron desde su cuarto las hermanas con ese tonito juguetón que tienen las adolescentes.

-Tu amigo acaba de salir en televisión y te vimos robando cámara de nuevo…

-¡Anda, no digas!… ¿Salgo a cada rato?…. ¿Cómo se me ve?

-¡Uuuuy! ¡Uuuuy! – ahora hasta la voz de Genoveva se unió al coro.

 

Don Raúl también había visto por la televisión todo el lío de Müller y se arrepintió de haber faltado al trabajo. Le dolió en el alma haberse perdido un día tan emocionante.  A él, que aprovechaba cada oportunidad para reunirse con la gente, le hubiera gustado estar allí para contar en el barrio su versión de lo que había ocurrido.

 

-¡Puta madre! Me la perdí, carajo… -, se lamentaba subiendo el volumen  del televisor  tapado con la colcha hasta la nariz y con el rabo entre las patas.

 

El viejo Raúl no tenía idea de cómo había llegado a su casa aquella noche ni cómo ni dónde había perdido el sobre de pago.

 

… ¡Esta vez sí que la cagué bien feo, carajo!…

 

Aquellas habían sido las Fiestas Patrias más amargas de su vida. Su esposa de pura resentida se había ido a pasarla con sus nietos desde la tarde del veintiocho y don Raúl faltó al trabajo porque fue incapaz de atenderse por sí solo. No encontró ni un par de medias y prefirió quedarse allí, metido en la cama antes de intentar pasarle una plancha a la camisa del uniforme. De puro deprimido  no se sacó el pijama en tres días. Ni siquiera había comido. Lo único positivo del asunto era que no había bebido un solo trago.  Moriría de inanición sentado frente al televisor y Zoraida, su esposa, lo sabía y ya estaba en camino. 

 

A su regreso, Zoraida y Raúl jamás hablaron del asunto. Vivían juntos pero tenían vidas paralelas. Cada uno tenía su  razón y su manera de ver las cosas. Su matrimonio fue uno de esos accidentes con los que se vive para siempre… Por los hijos, la religión y sobre todo por el “qué dirán”… Seguían juntos esperando que algún día, finalmente, la muerte los separe. Don Raúl había llegado a viejo sin enterarse que podía contar con su mujer para ayudarlo a resolver sus problemas con el alcohol.

 

…Estas son cosas de hombres… De algo se tiene que morir uno… ¡Mientras tanto, hasta que el cuerpo aguante… Adelante!…

 

Zoraida por su parte moriría convencida de que todos los hombres son iguales. Su padre…, su suegro…, su abuelo…, su hermano… Ninguno era diferente a su marido. Regresaba sólo porque se le había pasado la cólera.  Además, alguien tenía que hacer las cosas de la casa…  El mundo seguiría girando y ella se quedaría sin su marido… ¿Quién la iba a mantener?…  Sabía que ese hombre tampoco podía vivir sin ella pero ya no necesitaba, ni esperaba que se lo diga jamás…  Era su deber ante Dios…

¡Ojalá que el tío no me reconozca! (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

No quisiera tener que explicarle nada y menos inspirarle lástima… ¿Qué pensaría si me ve ahora?… “Tas huevón sobrino, tú vas a llegar lejos…”, me decía el gordo… ¡Cómo olvidar al tío comprabotellas, si   recorríamos Magdalena juntos!…

 

Todos los días me encontraba con el Potón en la esquina de la farmacia Bahía para tirarnos la pera. A las nueve de la mañana, ni bien empezábamos nuestros jarabes, veíamos al tío botellero apareciendo entre San Martín y Libertad. Era un negro  macetón,  de más o menos unos cuarenta años. No era ni alto ni bajo y se las sabía todas el zambo. Siempre empujando su triciclo repleto de cachivaches y acompañado de su eterno compinche el Cara de Hacha, un serrano avivado que cada vez que tenía plata se mandaba arrancar un diente para reemplazarlo por otro de oro.   Ya cuando estaba entre Ayacucho y Libertad, levantaba las manos en alto y nos gritaba a voz en cuello: “¿Qué hay para mí sobrinos?… He traído del Callao una marimba buenísima ¿Sí o no, Cara de Hacha?…”, decía el negro mirando con complicidad a su ayudante sin importarle que lo escucharan las señoras que estaban pasando. “Unas bolsazas de pasta hemos traído de la Parada…”, contestaba el Cara de Hacha achinando un ojo de puro farsante que era.  Entonces,  nos subíamos al triciclo y nos íbamos directo a nuestras casas. Siempre se presentaba a la hora en que nuestras viejas se iban para el mercado y el muy pendejo nos hacía sacar artefactos viejos, zapatos, ropa, periódicos, revistas, botellas y cualquier otra cosa que sirviera para el cambalache. Al final, nunca era suficiente y fueron contaditas las veces que el zambo  nos trajo merca de la Parada o del Callao. El desgraciado nos hacía siempre el mismo cuento…

 

Cuando ya no había nada más que sacar, a sugerencia del tío botellero, nos íbamos a recorrer las embajadas y los consulados de Magdalena y San Isidro. Con el Potón habíamos desarrollado una estrategia infalible: nos presentábamos en uniforme escolar como delegados de aula y pedíamos donaciones de material informativo para el colegio. Mientras tanto, el tío ropavejero y el Cara de Hacha nos esperaban a la vuelta de la esquina con el triciclo bien en caleta… Siempre se creían el cuento. Salíamos cargados de libros, folletos, películas, transparencias… Una vez hasta nos regalaron unos muebles antiguos que le hubieran encantado a nuestras viejas, pero el vivaso del tío no quiso soltarlos.  Todo iba a parar a sus manos y emocionado montaba las cosas rápidamente en su triciclo, pero a la hora de sacar cuentas, siempre se arañaba y terminaba dándonos una miseria. “Si a ustedes no les ha costado nada, sobrinos… Se van de robo porque todo es regalado…”, metía chamullo regateando. “Tú qué crees tío, ¿que con la pinta de choro que te manejas y con ese triciclo charcheroso te van a dar algo?… Menos si te ven con el impresentable del Cara de Hacha…”, replicaba el Potón y de puro asado se tomaba otro sorbito de jarabe.

 

¿Quién iba imaginar que todavía andaba el tío por aquí?… Parece que el tiempo se hubiese detenido… Pero, no… Está más viejo y ese es otro cara de hacha… Creo que me dijo alguna vez que vivía en Bellavista y que todos los días tenía que empujar su triciclo desde allí hasta la Parada… ¿Será buen negocio comprar y vender  huevadas?… Un día le compré un par de Levi’s de segunda y muchos discos viejos… ¡Puta madre, hace tanto tiempo de eso!…  Qué bueno que no me haya visto.  Creo que le dolería saber que se equivocó conmigo porque no llegué tan lejos pero sí muy bajo…

 

¡Cómo te cagan las drogas!… El tiempo, la miseria y la desesperanza se encargan del resto… A las finales,  ni siquiera eres capaz de cumplir con las expectativas de un viejo compra botellas… “Tú eres blanquito sobrino y vives en un barrio pituco… Tú ya te salvaste… En cambio la gente de la Parada… ¡Esos sí que están jodidos para siempre!…  Esos niños ya vienen al mundo con su tola en la boca…”, decía con más fe en mí que la que yo jamás me tuve… ¿Qué pensará ahora de Magdalena?… Él, que recorre estas calles deterioradas, debe darse cuenta de lo mucho que ha cambiado. Nunca se me ocurrió preguntar por su nombre ni por su familia ¿Tendrá nietos?… ¿Habrán venido al mundo con su tola en la boca como él decía?… ¿Cómo será su vida en Bellavista o en la Parada?… Lo maleado se le notaba a leguas. Pero el zambo se portaba bien con nosotros. Tenía los brazos llenos de cicatrices, unas encima de otras, pero nunca se aprovechó de ellas para intimidarnos como hacen la mayoría de los achorados.

 

Era la segunda vez que Potón y yo intentábamos entrar a la Embajada de la República Popular de China. Hacía más o menos una semana que un chino viejo nos había negado rotundamente el ingreso. Pero ésta vez nos abrió la puerta y con rostro inexpresivo nos pidió que, por favor, lo siguiéramos. Íbamos detrás de él cagándonos de la risa pensando salir con las manos llenas. Luego, abrió una puerta, nos hizo pasar a una oficina y nos pidió que esperáramos un momentito. Cuando salió, el chino desgraciado le echó llave a la puerta y regresó como a la media hora acompañado de un chino gordo más viejo y, con asombrosa rapidez, instalaron un pequeño écran y proyectaron la película en dónde habían grabado nuestra visita anterior. En pésimo castellano y de peor humor, el chino gordo comenzó a preguntarnos qué buscábamos allí… Insistimos en explicarle el cuento de los delegados pero al toque nos dimos cuenta que era inútil porque no nos entendían ni michi… Luego de discutir a gritos entre ellos, el flaco fumanchú, nuevamente nos indicó con un ademán despectivo que lo siguiéramos y nos condujo por un laberinto de pasadizos que parecían llevar al exterior. Una luz al fondo del corredor nos tranquilizó porque, efectivamente, podíamos ver la calle a través de una inmensa reja de fierro forjado que rodeaba el jardín. De un empujón, el asiático  nos metió en aquel patio, cerró la puerta con doble llave y se fue murmurando amenazas igualito que  en las películas chinas que pasaban en el cine Gardel.  Sólo que faltaron las letritas para enterarnos de lo que planeaban hacer con nosotros.

 

“¡Ya nos jodimos, compadre!… Seguro que ahorita llaman a la policía estos chinos de mierda…”, me dijo asustadísimo el Potón mientras se movía por todo el jardín como un mono de zoológico buscando una salida. Al toque nomás, encontró la puerta. Pero la maldita estaba cerrada con una cadenota y un tremendo candadazo. De puro frustrados comenzamos a dar de patadas al portón. Entonces, aparecieron un par de fieros dóbermans babeando y nos arrinconaron contra las rejas. “¡Mamá!… ¡Mamá!…”,  gritaba el maricón del Potón. Uno de los perros le rasgó la basta del pantalón y de una ventana del segundo piso el chino gordo les metió un poderoso grito en lengua oriental que inmovilizó a los animales en el acto.  

 

Una vez que la ventana se cerró los cuatro quedamos mirándonos a los ojos; los perros esperando una orden y nosotros un milagro. Así estaban las cosas cuando una voz familiar nos sacó del trance. “¿Qué mierda pasa, sobrinos?… Yo no he venido a hueviar, carajo… ¿Qué chucha están haciendo ahí?… Si les van a dar algo que se apuren pé, porque yo ya me quito, carajo…”, dijo el tío sin la menor idea de lo que estaba pasando. “¡Tío, tiíto lindo!…, estos chinos nos quieren hacer la cagada…” Y Ya no pudimos decir más porque los perros de nuevo empezaron a ladrar. “Ya regreso, sobrinos…”,  dijo el negro mosquísima. Los perros  ladraban como locos y desde el segundo piso, otro grito en chino los mandó a callar.  De golpe, un sonido metálico atronador nos dejó pasmados. “¡A zafar culo, carajo!…”, y con la misma pata de cabra que violentó el portón, el aguerrido del tío se enfrentaba ahora a los dóbermans para que pudiéramos escapar por un costado.

 

¡Puta madre, qué tal físico del Cara de Hacha!… ¡Qué cholo más recio, carajo!… Nos llevó a los tres montados en el triciclo pedaleando a toda velocidad… ¡Conchesumadre! El puta cruzó la Salverry sin mirar los carros y cagándonos de la risa  no paramos hasta la farmacia España. Para festejar, el tío se compró unas Heineken que chupamos en caleta porque estábamos con uniforme… No cabe duda que el tío se portó como un verdadero amigo… ¿Qué diría mi madre si lo hubiera conocido?… De hecho que le  hubiera dado un patatús ¿Se acordará mi tío de todo eso?… Seguro que sí,  por eso prefiero que no me vea…

El último carro que entró al corralón fue un patrullero que terminó remolcado por una grúa de tanta pedrada que le metieron los vecinos… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Y ya hacía tiempo de eso.  Fue cuando la policía sacó al Loco Perochena – el marido de Olga – nadando en un mar de quetes.  Dicen que es el padre de los mellizos y que antes de desaparecer hizo un arreglo con la gente de Puerto Nuevo para que a la negra nunca le falte queso para mover. Pero ella jamás tenía billete porque cuando no se fumaba toda la merca estaba juntando plata para sacar de la cárcel a su tío o a su hermano.  Alguien le contó que uno de sus mellizos andaba de pirañita por la Plaza San Martín.  Del otro chiquillo no sabía nada. No es que no le importaran sus hijos, sino que estaba resignada a que tarde o temprano terminarían mandándose a mudar. Le parecía un absurdo tratar de formar una familia en ese cuchitril donde jamás podría darles buen ejemplo. Tenía bastante con su propio vicio y con el enfisema pulmonar que se la llevaría a la tumba. 

 

Con Blancanieves y Mostrobelo como parientes, el Colorado tenía protección garantizada en las calles.  La carcocha le ganó una tregua con sus rivales y se convirtió en el taxista oficial de los paqueteros.  A cualquier hora se metía en Puerto Nuevo o en el castillo de la avenida La Paz. Un sábado cualquiera podía hacerse de unos gramos y algo de billete.  Hasta los vecinos contaban con él para que les haga la carrera cuando se compraban un catre o un televisor.  Por las noches vendía en la puerta del llonja y se amanecía fumándose la ganancia. Antes del alba, la negra se lo llevaba a la cama envuelto en una frazada, le hacía el amor para quitarle un poco la dureza  y se quedaban dormidos hasta que alguien les tocaba la puerta para ir de compras al Callao.

 

Ya era de día cuando se metieron entre las sábanas percudidas e intentaban dormir un poco.  La lluvia se había filtrado por las rendijas del techo y las gotas rebotaban en un pequeño charco de lodo. Pancho todavía dormitaba exaltado en su rincón y de vez en cuando gruñía y se rascaba las pulgas.  Desde un corral vecino llegaba el canto de los gallos madrugadores. Olga se le bajó de encima, se volteó de cara contra la pared y empezó a sollozar.

 

-¿Y a ti que te pasa, oye?

- Nada…

-¿Cómo que nada? ¿Por qué mierda estás llorando entonces?

-Es que tengo miedo…

-¿Miedo de qué?

-Miedo por ti… El Coroto y el Mazamorra son bien maleados… Te pueden cagar…  No sé…  Pero me da mala espina…

-¡Esas son cojudeces! ¿Quién chucha me va a cagar a mí? ¿Ah? ¿Crees que soy un huevonaso? ¿Eso crees?

-Tú sabes que no…

-¡Entonces! ¿Qué pasa, carajo? ¿Crees que porque soy blanco soy un imbécil? ¿Ah? ¡Te equivocas, negra! ¡Yo soy tan mosca como ellos!…

-Sí tú lo dices… Después no digas que no te lo advertí…

-¿Sabes qué? ¡Mejor no te metas en mis asuntos! ¿Ya?

 

Cerca de las ocho de la mañana el silbido del Mostrobelo lo sacó de la cama y salió en cuestión de minutos sin despedirse.  El zambo lo esperaba bien abrigado, con las manos en los bolsillos y haciendo ranas para entrar en calor.  Ni bien hicieron contacto visual se metieron al carro en silencio.

 

-¡Al toque nomás, Mostrobelo!… No la hagan larga…

-Usted maneje nomás y punto, cuñao…

-¿Y cómo es la vaina?

-Ya se verá…

-¿Cómo?… ¿No tienen un plan, cojudo?

-Lo menos que se comprometa usted compadrito, mejor. Usted hace la carrera nomás… Usted no sabe nada… Así, por siaca,  ya tiene una coartada pe…

-¡Puta madre! Ni menciones a la mancada, cojudo…

-Siempre hay que ponerse en todas, Colorado… Pégate a la derecha, causa, que allá está la gente brava…

 

Se estacionó frente a la licorería Poblete sin apagar el motor.

 

-¿Y, Colorado?

-Compadritos…

-Causas…

-¿Estamos listos?

-Por supuesto, Colorado… Síguete de frente nomás y déjanos en José Gálvez. Date una vuelta de manzana y en cinco minutos nos recoges aquí mismo…

-¿Qué?… ¿Así al toque nomás?

-Al toque nomás pe, Colorado… ¿Qué?  ¿Acaso quieres tomarte un jugo?

-¡Puta madre!… ¡Está usted verde, Colorado!

-¡Contra menos luz hagamos mejor pues, causita!…

-¿Y quién chucha dice que quiero tomarme un jugo, carajo?

-¡No sé, Colorado, pero si en cinco minutos no estás aquí de regreso, por mi madre que donde te escondas te enfrío!…

-¡Puta madre, Mazamorra! ¿No he dicho que estoy con ustedes?

-Para que lo sepas nomás, pituqueso… Guerra avisada,  no mata gente…

-Ya carajo, dejen de pelearse como hembritas que tenemos que laborar…

 

… ¡Cinco minutos, carajo! ¿Me daré una vuelta de manzana en cinco minutos?… Tampoco puedo estacionarme en ningún lado porque puedo parecer sospechoso… Menos frente al banco, carajo… ¿Cuál será la bodega?… ¡Ojalá que al imbécil del Mazamorra no se le ocurra disparar el chimpún!… ¡Cholo de mierda, carajo!… No… ¡Tengo que concentrarme!… ¡Carrito, no me falles! ¡Hay que reconocer, Marito, que lo dejaste de pu-puta madre, cuñao! Creo que ahora corre mejor que nunca, compadre… ¡Chucha,  falta sólo un minuto y este tráfico de mierda que no avanza!… ¡Muévanse, carajo!… ¡La tuya, serranazo!… Avanza nomás, compadrito… ¡Mierda!… ¿Qué fue eso?… ¿Balas?… ¡Chucha!… ¡Otra!… ¡Mierda!… ¿Qué hago, carajo?… ¡Otra más!… Nada que ver… ¡Yo me quito!…

 

Casi en la esquina de José Gálvez se abrió la puerta trasera del carro.

 

-¡Embala, Colorado! – gritó de repente el Coroto arrojándose en el asiento.

-¡Asaltaron el banco, idiotas! ¡Ya nos cagamos, huevón!

-¡Tú acelera nomás, conchatumadre!

-¿Por qué mierda asaltaron el banco, imbécil? ¡La policía nos va a seguir, cojudo!

-¡Por eso mismo, acelera, Colorado! ¡Métete por Leoncio Prado hasta La Marina…

-¿Contra el tráfico, huevón?

-¡Claro pe, imbécil! ¿Acaso quieres que nos agarren los tombos?

-¿Y el Mostrobelo y el Mazamorra?

-Se los bajaron, compadre…

-¿Qué? ¿Están muertos?

-¡Puta madre, Colorado! ¡Quién iba a pensar que justo hoy iban a estar dos tombos más adentro!… ¡Acelera, Colorado! ¡Métele todo el queso!

-¡No jodas, Coroto! ¿De verdad que están muertos?

-¡Claro que están fríos pé, causa! ¡Mírame nomás cómo estoy!

-¿También te dispararon?

-¡Estoy sangrando, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!…  ¡Me vas a cagar el asiento!…

-¡Acelera, Colorado!… Agarra la Sucre y dale por todo Tingo María… Creo que ya  perdimos a esos huevones…

-¿Adónde mierda estamos yendo, cojudo? ¿Crees que vamos a escapar de la policía tan fácil, estúpido?… ¿Cuánto billete sacaste?

-Ni mierda, causita… Cuando me dispararon solté el bollo al toque…

-¿Qué?… ¿Ni siquiera trajiste el billete, huevón?

-¡No te estoy diciendo que me dispararon, imbécil! Sólo corrí pa’ salvar mi vida, cojudo… Pero antes me enfrié a ese tombo conchesumadre… El Mazamorra se quedó gritándome pa’ que lo ayude… El huevón tenía un balazo en el pecho… ¿Qué chucha pasa la voz?… ¿Qué iba a hacer yo?… ¡Ese ya era hombre muerto!… Ni bien entramos, Colorado, se lo quemaron a su pariente… Ese por lo menos no sufrió mucho…  Tuve que dejar tirada a las dos puntas, compadre… Pero así es esto, pé… La lealtad es con los vivos…

-¿Y te has bajado un tombo, huevón? ¿Cómo se les ocurrió meterse al banco, cojudo?

-Todo estaba bien planeadito, Colorado… Siempre hay un solo tombo en ese banco y justo hoy, conchesumadre, habían tres, causita. Pero así es la fatalidad, causa… ¡Au! ¡Me estoy muriendo, Colorado!

-¡No jodas, Coroto!… ¡Vamos al hospital ahora mismo, huevón!

-¿Tas cojudo, Colorado? ¡Qué hospital ni qué mierda! ¡Tú sigue de frente nomás, huevón!

-¿Adónde vamos, idiota? ¡Ya se nos va a acabar la gasolina, cojudo!

-¡Por favor, causita, no dejes que me muera!

-¿Qué chucha puedo hacer yo, Coroto? ¡Vamos al hospital y no me jodas!

-¡No! ¡No! ¡Al hospital, no! Vamos al Planeta, causita… Allí nos espera un pata…

-¡Lo tenían bien planeado, pendejo!… ¡Son unas mierdas!

-¡Palabra que no queríamos cagarte, Colorado!

-¿No?… ¡Querían darme una miseria nomás, pendejos!

-Métete por Cárcamo nomás, Colorado. No pares hasta llegar al barranco… Allí nos espera el Tirifilo…

-¿Y quién mierda es el Tirifilo?… ¡Por la puta madre!… ¡Contéstame, Coroto!… ¿Quién chucha es el Tirifilo?… ¡Contesta!… ¡Concha tu madre, huevón! ¡Lindo momento para morirte, carajo! ¿Y ahora qué mierda hago?…

 

 

Entró al Planeta levantando nubes de polvo y atravesó un par de lozas deportivas infestadas de viciosos, que abandonaron sus escondrijos para desaparecer entre las calles de tierra muerta. Se detuvo casi al borde del abismo.  Cien metros más abajo, entre los basurales se abría paso, turbio y caudaloso, el Río Rímac.  

 

… ¡Si me sigue la policía por Dios que me tiro al vacío!… ¡Ni cagando me meten preso, carajo!…

 

Creyó oír al Coroto otra vez agonizando cuando se le acercó un sujeto envuelto en una frazada inmunda y le tocó el vidrio varias veces, haciendo señas para que bajara del auto.

 

-¿Y el billete? – preguntó a quemarropa.

-¿Tú eres el Tirifilo?

-¡Contesta, conchatumadre! ¿Tienes el billete?

-Se enfriaron al Mazamorra y al Mostrobelo, compadre… El idiota del Coroto soltó el bollo cuando le dispararon.  Vamos a tener que abandonarlo en la puerta de emergencia de un hospital…

-¡Conchasumadre! ¿O sea que  no hay billete?

-¿No te estoy diciendo, Tirifilo?…

-¿Quién mierda es Tirifilo, ah? ¡Huevón! ¿Quién chucha te crees para hablarme con esa confianza? ¡Sacúdete nomás imbécil de mierda! Yo a ti no te manyo, compadre… Así que sigue tu camino nomás…

-¿Y qué hago con el Coroto?… Él me dijo que eras su pata, compadre.  Por eso vinimos hasta acá…

-¿Mi pata? ¡Yo no tengo patas, huevón! ¡Pon esta carcocha en neutro antes que llegue la policía!

-¿Qué vas a hacer?

-Ya verás lo que voy a hacer por mi pata… – y de un empujón volcó el carro al precipicio con el Coroto adentro.

 

El vehículo llegó hasta el río rebotando  entre los peñascos.

 

-¡Mi carro!… ¿Qué has hecho, cojudo?

-¿Qué? ¿Crees que después de ésta ibas a poder manejar esa lata, compadre?

-¿Y ahora qué hago?

-A mí no me preguntes… Ya te dije que yo a ti no te conozco… Así que nos vemos…

-¿Adónde voy?

-¡Toma!- le dijo el hombre tirándole la frazada – ¡Tápate al toque y encalétate entre los fumones de las canchas!

-¡No me hagas esto, Tirifilo!

-¡Ándate a la mierda! – y se borró cojeando por una callejuela.

 

 

… Muerte, locura o prisión... Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Me he hartado de decírtelo pero no has entendido, desgraciado… Los niñitos buenos nunca tocan lo ajeno…  No se juntan con esos cholos llenos de malas costumbres… Te dije hasta el cansancio: Cada uno con sus iguales… Pero tú, como siempre, te cagabas en tu pobre madre, que sólo quiere lo mejor para ti… Ahora jódete, mal hijo. Escóndete bien, desgraciado, delincuente de mierda… Si te encuentra la policía, acuérdate que ya no eres hijo mío… Me avergüenzo de ti… Después de todo el sacrificio que hemos hecho… A ver, ¿en qué fallamos para que nos des este castigo? ¿Ah?… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Muerte, locura o prisión… Son las malditas drogas… Porque nosotros te dimos lo mejor que pudimos… Pero tu te destruiste solo… ¡Ojalá te pudras en la cárcel!… ¡Desgraciado, mal hijo!… Si te agarran, te acusan de matar a un policía… ¡Qué estúpido eres! ¡Pero te lo mereces! ¡Asaltante de bancos!… ¡Drogadicto! ¡Mal viviente!… ¡Mal padre!… ¡Pastelero…! ¡Corre a las canchas a esconderte con tus iguales!… ¡Ya no tienes familia, drogadicto de mierda!… ¡Muérete!

Señora Inés, ¿por qué la señorita Verónica ya no viene a visitarla?… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

-Porque prefiere llamarme por teléfono…

-Tan rico que se come aquí, señora…

-Ya sé, Clotilde. Pero ella ya está grande y prefiere quedarse estudiando.

-Verdad, señora, ¿por qué la señorita todavía no tiene enamorado?   

-Y a ti qué te importa, ¿ah? Qué metete te has vuelto, ¿no?

-Tan bonita la señorita… Ya hubiera conseguido novio con tanto churro que viene a las fiestas del señor. 

-Ese no es ambiente para ella…

-Pero si millonarios nomás vienen, señora…

-¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes?

-¡Ay, pues señora!… Si de eso nomás hablan en la bodega…

-¿Qué?… ¿Quién está diciendo esas cosas, caracho? 

-Las otras muchachas pues, señora…

-¿Y tú qué tienes que estar hablando con las otras, ah?…

-Si yo no digo nadita, señora. Ellas nomás son las que dicen que gente importante viene para la casa…

-¿Ah, sí? ¡Cuidadito, nomás,  con estar contando las cosas de la casa a los extraños!

-¿Yo?¡Nunca, señora!…

-¡Yo nunca!… ¡Yo nunca!… ¡Te conozco, mal agradecida!…

-Por Diosito que yo no he dicho nada, señora…  Yo nomás escucho.

-¡Más te vale!  Porque le voy a contar al señor para que ya no te dé propina…

-¡Por favor, mamita! ¡Al señor no le cuentes nada!

-¡Pórtate bonito, entonces!… ¡Pobre de ti!… Mañana mismo voy a hablar con ese japonés de la esquina para que no te retenga… ¡Qué tal lisura!… ¡Qué se han creído!…

-¡Ay, no!… ¡No seas tan malita, señora Inés!… 

 

Inés se pasaba la vida viendo televisión y rompía su ostracismo sólo para hablar con la servidumbre. Después, no volvía a abrir la boca hasta que Juan Carlos regresaba de las oficinas o de sus viajes.  Como para su marido era importantísimo atender bien a los invitados, se había convertido en una excelente anfitriona. 

 

Como siempre, esa noche, Juan Carlos pediría a los presentes que posen con ella para una foto.

 

“De repente, cholita, te ganas saliendo de nuevo en sociales, ¿ah?”…

 

-Por la casa desfilaban políticos, empresarios, faranduleros y esos advenedizos que nunca faltan… ¡Siempre a la ganancia!…  Y en la madrugada venían los choferes y se los llevaban a casa a dormir la mona o a seguirla en otra parte. Uno se da cuenta de ciertas cosas, pues… Pero eso sí, a Juan Carlos no le gustaba eso durante el día… Porque él tiene cuidar su imagen… Igualito rajaban, ¿ah?… Yo por eso no le hablo a nadie… Ni siquiera le cuento a mi mamá…   Aveces, momentos antes de perder la conciencia me contaba sus cosas. Una noche me dijo: “Negrita… Esta gente pesa en la opinión pública. Por eso tenemos que trabajarlos bien…  ¿Sabes lo que significa para nosotros?… ¿Ah?”  Pero yo al día siguiente me hacía la que no me acordaba de nada…

 

Y bajaba radiante después de pasar horas enteras acicalándose frente al espejo.

 

-Inesita, tú tan guapa como siempre…

-Permítame, señora…

-Ay, muchas gracias, no te hubieras molestado…

-Pero si no es ninguna molestia, al contrario… Es un placer, Inesita… Además estas son cositas que me las regalan mis clientes…

-Ya vengo, voy al baño…

- Con todo respeto… Te felicito, mi hermano…

-A ver, un abrazo para su cuñadito…

-¡Salud!

-¡Salud pues, Inesita!

-Ella no toma, hermano…

-¡Qué buen culo, compadre!

-¡Suave, imbécil, que el hombre te puede estar escuchando!

-¡No jodas! ¿Crees que hay micrófonos?

–¡Shhh!… Guarda, guarda, que ahí viene la hembra…

-¡Salud, señora!…

-Mi señora no toma, hermanito…

-¡Salud con todos pues, compadre!

-Ya vengo. Voy al baño…

-Te acompaño…

-¡Salud, Juan Carlos!

-¡Salud, mi hermano!

-¡Salud, salud!

-Inesita, por favor, acérquese para tomarnos una foto con el hombre…

-¡Yo la saco, mi hermano!… Mañana se la doy al gordo Arbocó para que la publique…

-Juan Carlos nos ha hablado tanto de usted, Inesita…

-¡Qué casa tan linda, señora!

-Espero que nos honre con su visita la próxima vez que pasen por Caracas…

-Muchas gracias…

-Qué lástima que hay Concejo de Ministros, negrita… Quería presentarte a don Pancho.

-Será para otra oportunidad.  Bueno, con permiso…

-Siga nomás, señora.

-¡Una mujer admirable, mi hermano!

-¿Tienes otro baño, compadre?

-En el mezanine, doctor.

-Bueno, ha sido un placer…

-¿Cómo? ¿Se retira usted tan temprano, señora?

- La pobre está levantada desde temprano, hermano…

-¡Un último salud pues, señora!

-Ella no toma, hermanito…

-¡Buenas noches, señora!

-Que sueñe con los angelitos…

 

Ni bien Inés desaparecía por las escaleras cambiaba el ambiente.

 

-¡Ahora, sí!  Saca la barca, hermanón…

-¡Salud, compadre!

-¡Seco y volteado!

-¡Salud, pues!

-¡Chupa pues, compadre!

-Este se queda dormido en pleno directorio…

-Eso no es nada. Acá mi compadre se duerme en el hemiciclo…

-Ya, ya… No jodas que después estás llorando…

-A ver, Cayito, sácate eso con confianza…

-¿Y tu señora?

-Cuando se mete a su cuarto ya no sale, hermano…

-¡Oye… Tranquilo que vas a botar toda la bolsa!

-Usa la bandejita pues, compadre…

-¡Este todavía no la domina, carajo!

-¿Me puedo sacar la camisa, mi hermano?

-Es lo único que te falta sacar, desgraciado…

-¡Hace calor, compadre!

-Está usted en su casa, mi estimado.

-Se le agradece.  Se le agradece…

-¡Salud, Juan Carlos!    

-¡Salud, salud!

-¡Salud pues, hermano!

-¡Salud pues, José Luis!

-¡No me lo despiertes!

-La que está linda es su entenada, compadre…

-¿Quién?… ¿La mayorcita?…

-Las dos aguantan, mi hermano.  Ya están listitas…

 

La comida quedaba casi intacta sobre la mesa. Había botellas vacías diseminadas en todas partes, el humo del tabaco se impregnaba por los rincones y el olor a alcohol digerido podía percibirse desde la puerta de calle.   

 

Inés casi nunca pensaba en Betto.  Esa etapa de su vida aparecía borrosa en su memoria como le pasa a todo el que ha tenido un vicioso en casa.  Sus hijas – igual que ella -  se acostumbraron a reprimir sus sentimientos y eran poco tolerantes con las debilidades humanas.  Por eso los chicos de la esquina empezaron a correr la bola de que Verónica se había contagiado de las preferencias sexuales de la gente que paraba con su tío.  Las cosas no habían cambiado demasiado para Inés, que seguía  desvelándose por un marido que tardaba en llegar. 

 

Un estruendo la despertó en la madrugada.  Estiró el brazo para comprobar si Juan Carlos se había acostado y se incorporó en el acto.  El tufo de la juerga subía hasta su habitación. Sin encender la luz, se echó la bata encima y se sentó en un rincón de la escalera sin hacer ruido.  A través de una densa nube de humo vio a los hombres agitados, sin camisa, tratando de reanimar al ministro, que estaba tirado en medio de la sala.  Se había meado en su alfombra nueva, tenía la cara talqueada de cocaína y un hilo de baba se escurría por la comisura de los labios.  Agachado, junto a él, reconoció a un conocido animador de televisión que trataba de reanimarlo echándole aire con el periódico.  El ministro se incorporó sorpresivamente y después de balbucear algo incoherente vomitó sobre su confortable preferido.  De inmediato mandaron llamar al chofer, que se lo metió al  baño y después de asearlo se lo llevó a su casa.  El susto dio por terminada la fiesta. 

 

Mientras cerraba la puerta, Juan Carlos se cruzó con los ojos de Inés en la oscuridad.

 

-Se nos puso mal don Panchito, chola… ¡Qué tal susto que nos ha dado!… -, le dijo en voz baja por todo comentario. 

 

Inés se dejó abrazar por su esposo y mientras subían las escaleras, sin hablar, aprovechó la oscuridad para esconder un par de lagrimones…

 

Atravesó un estrecho laberinto de casitas a medio terminar… (*)

 

(*) Extracto de la novela Paraiso de los Suicidas

 

 

 

Pero  siguió  corriendo hasta las canchas de fulbito hundiéndose en la tierra muerta. 

 

… ¡Puta madre! …¡Van a encontrar al  Coroto en mi carro!… ¡Ya me jodí! ¡Qué huevón!…  Le voy a decir a la policía que me lo robaron en la Huaca… ¿Cómo hago para ponerme de acuerdo con la Olga? ¡Negra de mierda, boca salada! ¡No debí meterme con esos delincuentes de mierda! ¡Mamá, mamita, no quiero ir a la cárcel!… ¡Mi carrito! Tan bien que me estaba yendo… ¡Qué salado!… Una mierda ese Tirifilo, carajo… ¡Puta madre!… ¿Por qué todos me cagan?… ¡¡Por qué!!…

 

Pasó sin mirar a nadie y se metió de frente debajo de los escombros.

 

-¡Saca, saca!… – vociferó uno que apareció entre un montón de cartones y se le cuadró amenazándolo en el acto con un afilado trozo de aluminio.

-Tranquilo, hermano, no te me acalores… El Tirifilo me mandó a encaletarme…

-¡Puta su madre, blanquiñoso de mierda!… Hubieras empezado por ahí pé y no que te me mandas así de frente… ¿Sabes cuántos se cagan por un jato como éste?… Todos los días hay que mecharse con alguien… Pa’que lo sepas, aquí estamos sólo los más bravos… La lacra duerme allá en el río… – lo examinó de pies a cabeza y continuó – O sea, que… ¿Tú eres el que pasó hecho una pinga en el carrito azul? … 

-¡Sí, compadre! Lo desbarranqué…

-¡Shhh!… ¡Cierra el pico, blanquiñoso! Vamos a mi oficina – y lo invitó a meterse en la Trinchera.

 

La Trinchera era otro proyecto abandonado por la gente de la ESAL en el Pueblo Joven.  La vieja zanja medía como cuatro metros de profundidad, surcaba un extenso trecho a un costado de las canchas y era el hogar de un amasijo de fumones.

 

-Acomódate en este corner – murmuró el tipo señalando un rincón lleno de cartones húmedos.  Sacó a patadas a un sujeto y, después de arrancharle la tola, se la corrió  Betto.  Cualquiera que venga de parte del Tirifilo es bien recibido en mi humilde morada – continuó el tipo sonriéndole con las encías.

-¡Salud pues, compadre! ¿Cuál es tu gracia, blanquiñoso? – dijo otro feo corriéndole una botella de racumín.

-¿Y a ti qué te importa? – respondió Betto aprovechando las circunstancias.

-No te me achores, blanquiñoso. Sólo quiero saber cómo llamarte… Mira, acá todo el mundo tiene su chaplín…  A mí me dicen Cogote… – y aprovechó para enseñarle la enorme cicatriz que tenía en el cuello – Y este deforme que ya parece que está frío  es el Catita.

-¿Qué hay, Blanquiñoso?

-Aquí, medio muerto cómo lo ves, Catita es el ratero más  rápido de la Plaza Unión… – intervino otro anudándose un pañuelo al antebrazo.

-Este huevón hace más billete que un banquero y al toque se lo fuma todo, compadre – continuó el de la cicatriz  despancando un cigarro.

-¡Yo fumo con mi plata, compadre! – replicó el Catita.

-Este que casi ni tiene ñata de tanto que se la han roto es el Cordel – continuó Cogote rompiendo la punta a su tola para calentarla bajo la llama del fósforo y la encendió.

-Con este huevón nunca hay ropa tendida… 

-¡No seas gracioso, Zapatilla de Chola! – reaccionó el aludido.

-¡Zapatilla de Chola será la reconcha de tu madre, ropavejero de mierda! Yo soy Flash o el loco Nike para ti, Blanquiñoso…  Yo laboro la sección zapatillas en Alfonso Ugarte…  Si alguien tiene buenos jebes, me los pongo.

-Aquí es como en las chelis, cagaleche… Crimen organizado, pé… Así no chocamos con la gente y cada quien tiene asegurado su recurso… Es la ley de la Trinchera, blanquiñoso…

-¿Cuál es tu sello pe, gringo ¿No serás gerente de banco, no comparito?…

-No soy gerente. Soy asaltante de bancos – contestó Betto dejando a todos cojudos.

 

Mientras duró la novedad, Betto fue un huésped de honor en la trinchera y por las noches, bebiendo racumín y fumando como chimeneas, le pedían que repitiera los detalles de su hazaña. 

 

- ¡Qué piña, compadre! ¡Tuve que soltar el billete para distraer a los tombos!… Todavía siento el olor a pólvora en mis manos, carajo… ¡Cuánta plata tendría ahora!… ¿Alucinan?…

 

Pero una mañana el cuento se convirtió en historia y no teniendo nada que aportar en la Trinchera fue expulsado de ahí a pedradas.  Le quitaron la ropa, los zapatos y hasta la frazada del Tirifilo. Se quedó en calzoncillos mendigándole a la gente del barrio. Los perros vagos lo correteaban a cada rato y los pirañitas del sector lo despojaban de todo lo que conseguía.

 

Fue aproximadamente a las tres de la madrugada cuando el Tirifilo lo agarró por la cintura justo cuando iba a tirarse al a río.  Habían pasado algunos meses desde la última vez que se encontraron pero Tirifilo, que jamás le quitó el ojo de encima, se lo llevó para su casa  y le dio un catre para que duerma en un rincón cerca al corral. 

 

-No te creas que soy la Madre Teresa, cojudo.  Ni mucho menos soy rosquete para recogerme un huevón de la calle… Lo que pasa es que no quiero salarme y terminar como tú, sin nadie que me dé una mano… Así que ahorita báñate, porque apestas a mierda… Después ya vemos cómo me pagas por el  techo…

 

Se metió al corral y de una jaba sacó una bolsa llenecita de quetes. Esa madrugada  le confesó que él y el Coroto se habían venido a pata desde la Oroya. 

 

-Ese huevón sin ser nada mío me llevó a vivir a la casa de su tía en el Agustino…  Una vieja conchesumadre que  se aprovechó que éramos unos chibolos recién bajados y nos tenía trabajando desde las cuatro de la mañana en el mercado de frutas de San Luis a cambio de  un colchón lleno de chinches. Así estuvimos varios años, compadre… Después de trabajar nos íbamos al Porvenir a asaltar a los borrachos que salían de las cantinas.  Una mañana, la vieja de mierda nos estaba pasando la voz para levantarnos y, como el Coroto acababa de acostarse, de puro asado le metió un empujón y la sacó volando por la ventana.  Aprovechamos que la bruja se retorcía de dolor y nos tiramos tanta plata de la caja fuerte que pudimos haber comprado un par de camiones.  Nos fuimos en ómnibus hasta Cerro de Pasco y abrimos una cantina, causa. Por un tiempo nos fue de la puta madre, hasta que apareció otro sobrino de la vieja y amenazó con tirarnos dedo.  El huevón me atacó con un machete y yo terminé incrustándole el hígado con un cuchillo.  Pero antes de caer, el huevón me cagó esta pierna.  Me guardaron diez años en el SEPA, blanquiñoso…  El pendejo del Coroto vendió todo lo que teníamos en Cerro de Pasco y se regresó a Lima con toda la plata.  Me contaron que abrió una chingana en Magdalena y que el queso lo dejó en la calle…  Cuando salió de prisión el Coroto le prometió que le devolvería su parte.  Por eso dejó que el Tirifilo planeara el asalto con un dato que le pasó la mujer que limpiaba el banco.

     

El Planeta abastecía al público de las cantinas de la Plaza Unión y barrios aledaños a tiempo completo. A Betto sólo le importaba tener un techo y algo para fumar. 

 

Verónica prefería imaginarse a su papá casado con otra señora o en algún lugar lejano… La incertidumbre la desvelaba cada noche pero jamás hablaba de eso con nadie.  Y menos con su tío.

         

-(TV) Vea usted, señorita, el  terreno en ese lugar es demasiado accidentado para llevar a cabo un operativo y la comandancia no puede darse el lujo de perder una patrulla pues, señorita… A pie imposible… ¡Ni hablar!… 

-(TV) A estas horas de la mañana, como podrán apreciar, a vista y paciencia de todo el mundo, estos adictos continúan consumiendo la droga… Y, como hemos visto,  la indiferencia de la policía es sorprendente… Nos acercamos un poco más a ver si podemos hablar con alguna de estas personas… Señor, somos de la televisión…

-(TV) ¡Te corto!… ¿Ah? ¡Te corto, carajo!…

-(TV) Como se habrán dado cuenta este lugar es sumamente peligroso… Esto que vemos aquí es La Trinchera… Según informan los moradores del sector, abajo se esconden los delincuentes más peligrosos… Vamos a intentar hablar con alguno de ellos… ¡Señor! Disculpe señor, somos de la televisión… Bueno… Parece que por aquí nadie quiere hablar con nosotros… Como pueden ver, estos sujetos continúan drogándose como si nada…  Aquí hay un grupo que quiere decirnos algo… Hola, somos de la televisión… ¿Qué hacen aquí?…

-(TV) ¿Qué te parece que estoy haciendo, mamacita?

-(TV) ¿No tienen miedo de la policía?

-(TV) Aquí no llegan los tombos…

-(TV) Nosotros estamos aquí porque aquí está el vicio pe, señorita…

-(TV) ¿Y por qué no regresas a tu casa? 

-(TV) ¡Ja!

-(TV) ¿Usted cree que es fácil, señorita?

-(TV) ¡Aquí nadie tiene jato!

-(TV) ¿Y dónde hacen sus necesidades?

-(TV) En donde se pueda pues, señorita…

-(TV) Aquí nadie puede dejar el vicio, pe…

-(TV) ¿Acaso no tienen una familia o a alguien que se preocupe por ustedes?                   

-(TV) Nadie quiere a los drogadictos, ñorita…

-(TV) Sólo nos queda la calle hasta el final de nuestras vidas…

-(TV) ¿O sea, que están aquí esperando la muerte?

-(TV) ¡Acá nos agarra la pelona en nuestra ley!…

-(TV) Aquí viene un montón de gente de frente a morirse, pe…

-(TV) ¿Y ustedes qué piensan de eso?

-(TV) Yo, ñorita, quiero decirle a todo el que me está viendo… que la pasta es una mierda… Pero lo más triste, ñorita, no es que me vaya a morir aquí… No… Más triste, ñorita, es que en mi  barrio los chiquillos siguen metidos en el hueco…

-(TV) ¡Señorita! ¡Señorita! ¿Verdad que estamos en la televisión?

-(TV) Así es,  señor. Este programa se está viendo en todo el Perú…

-(TV) Entonces, señorita, yo tengo algo que decir…

-(TV) ¿Qué le dirías tú a todo el Perú?

-(TV) Yo quiero decir, señorita, que al igual que todos los que están aquí, antes tuve una familia.  Pero por el vicio maldito lo he perdido todo… Mi esposa, mis hijitas y unos padres buenos que siempre me dieron lo mejor… Hace más de cuatro años que estoy atrapado en este infierno… Pero quisiera aprovechar para pedirle perdón a mi familia y que tengan compasión de mí… ¡Hijitas! ¡Amorcitos! ¡Yo nunca quise hacerles daño! ¡Yo las quiero mucho y siempre sueño con ustedes!… Ese es mi peor castigo, señorita…  Saber que nunca volveré a ver a mi familia…

-(TV) ¿Si tus hijas te estuvieran viendo ahora qué les dirías?

-(TV) Que me perdonen, señorita… ¡Hijitas lindas! Si me están viendo y todavía me quieren un poquito ¡Por favor, perdónenme!… ¡Perdónenme!… ¡Hijitas!… ¡Ayúdenme a salir de aquí!…¡Ya no resisto vivir así!…

El verano se fue con las hembritas… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso delos Suicidas”

Y la playa se quedó llena de vagos, de locos y de pereros.  Como ya no estábamos en el colegio y nuestros viejos no querían vernos pateando latas, el papá del Potón le consiguió una chambita de mensajero en una  radio pacharaca.  Era una chamba de mierda pero las primeras paltas entre nosotros comenzaron cuando el huevón empezó a ganar su billete.

 

Desde que estaba en cuarto de media mi viejo dejó bien claro que a la universidad no me mandaba ni cagando. Que esas huevadas son para los cabritos y unos cuantos ayayeros de la gente que tiene la sartén por el mango.  Pura pérdida de tiempo y billete para chibolos engreídos que ya la tienen fija.  Y que lo mejor que yo podía hacer era engancharme de inmediato a una transnacional y hacer carrera.  Esa sí era una decisión inteligente, práctica, decente.  Buena ropa, buen combo, un  carro, buenas relaciones, una jubilación y hasta tu nicho pagado…

 

-No hay actividad más próspera que el comercio… La inversión extranjera… -, decía eufórico mi viejo golpeando la mesa de la cocina con el puño. 

 

Nada bueno iba a sacar yo de los libros y el viejo de Potón pensaba igualito.  Francamente, en mi colegio eran pocos los que hablaban de postular a la universidad y ninguno se juntaba conmigo. La voz era ponerse a chambear al toque para comprar ropa, cigarrillos, tragos, yerba… Tener provisiones para la juerga y otras huevadas que tus viejos ya no quieren pagarte ni bien terminas el quinto de media.  Además,  también hay chambas donde hasta te ponen el carro para  levantar hembritas  ¡Ahhh! Esas son las mejores…

 

Pero cando mis viejos empezaron con su cantaleta al toque me arrepentí de haber dejado de ser escolar ¡Qué chinchosos!  Para ellos la cosa era tan simple como agarrar el periódico del domingo y salir el lunes a buscar chamba… Cuestión de levantarse tempranito nomás…  Y todo porque hay que poner el hombro y empezar a reemplazar a mi viejo… ¡Mezquino amor paternal!…

 

-Solito vas a ir descubriendo tu vocación… -, empezaba la cargosa de mi vieja y no paraba todo el día. 

-Por mientras, nomás -, interrumpía mi viejo sin despegar la vista del periódico.

 

Eso era todo… Jamás me dijeron abiertamente lo que esperaban de mí  ¡Pobres!… Ahora me doy cuenta que ni ellos sabían qué hacer con su vida y estaban improvisando como todo el mundo.  Y la televisión en la sala; la radiola junto a la lámpara de pie en el pasillo; la pequeña y desteñida alfombra persa en el recibidor.  Y en la cocina la licuadora, la batidora y la infinidad de electrodomésticos de los que mi papá nos atiborraba para probar un poquito del bienestar de sus jefes y que terminó haciéndonos sentir estafados… ¡Ah!… Pero qué bien la pasábamos cuando salíamos a celebrar a un buen restaurante, a tomar helados… Cuando compramos el carro y los muebles que hasta ahora tenemos en la sala…  Tan mal nos acostumbramos a esos pocos momentos de abundancia que terminamos gratificándonos con anticipación. 

 

-¡Hay que ser positivos, caracho!  

 

Pero la verdad es que cada vez empezó a pasar más tiempo para que podamos ver tanta plata junta.  Entonces, mi viejo salía conque iba guardar las próximas comisiones en el banco pero jamás cumplió su promesa.  Creo que en el fondo no sabía qué hacer con la plata.    

 

Mientras que nuestros  viejos no nos pedían para la olla preferimos hacernos los locos. Me llegaba al pincho tener que salir a buscar chamba porque mi viejo me prestaba el mismo traje recontra pasado de moda.  De zapatos, ni hablar.  Pero peor estaba de calzoncillos y de medias. 

 

-Sólo nos queda la percha, huevón… -  me decía el Potón – Es lo único que nos salva… 

 

Pero se equivocó porque las calles estaban repletas de compadres más pepones, mejor vestidos, con carro y dispuestos a sacar de un codazo a quien mierda se pusiera en sus caminos. Nosotros jamás tuvimos esa agresividad para la competencia. En realidad éramos unos ingenuos.

 

Es curioso cómo algunos patas saben desde chiquillos lo que quieren de la vida y cómo van a obtenerlo. Nosotros nunca fuimos así.  Siempre pensé que iba tenerlo todo pero jamás me detuve a pensar cómo…  ¿A qué se debe?…  Potón dice que es la coca la que te hace pensar en grande.   Yo no creo.  Mi mamá dice que con una buena chamba puedo tenerlo. Pero yo no he visto que mi papá haya llegado muy lejos.    No.  De hecho existe algo más que esto…

 

Tener un trabajo para vivir como el chino Coco, el negro Javier, el flaco Egocheaga ¿Ellos viven la vida que yo quiero? ¡No!  Porque trabajar para ser como Alan, Bruce, Malcolm y esos que paraban en la playa, tendría que nacer de nuevo… ¿Qué tipo de chamba me nivelaría con ellos? ¡Nada, pues!… Por eso es que muchos se meten a vender coca… ¿Acaso la pepa fue suficiente?… No… ¡Todo cuenta carajo!  ¡Si lo hubiera sabido!…  Tu colegio, tu barrio, el carro de tu viejo, tu apellido, tu ropa, tu pellejo, tus regalos de cumpleaños, tus parientes lejanos… ¡Todo!

 

Ya no caminábamos por las calles tan alegres porque no teníamos plata ni para comprar  cigarrillos sueltos.  Como la mezquindad empezaba a afectarnos,  Potón  se escondía los suyos en la media y prefería no fumar que compartir un cigarrillo.  Todavía éramos buenos amigos pero se iba a comer pollo a la brasa a escondidas. Desde que empezó a trabajar se metió en el Saponautas y  dejaba que la gente mayor del barrio le sacara la plata en el billar con tal de sentirse uno de ellos  ¡El huevón perdía todo el tiempo!  ¡En su cara le hacían trampa al cojudaso!  ¡Y se lo vivían de lo lindo!  Se ponía las chelas, las fuentes de ceviche, las cajetillas de cigarros ¡Todo!  Y cuando se quedaba misio me buscaba.  Cuando lo nombraron en su chamba y le subieron el sueldo ya no lo aguantaba.  El huevón alucinaba grandezas. Hablaba de autos carísimos y de marcas de ropa que en su puta vida se había comprado. Como un cojudo repetía todas las huevadas que escuchaba a otra gente y cuando yo quería hablar de otra cosa me salía al toque conque él pagaba todo y esas huevadas… Ya me estaba llegando al pirifincho.

 

 

Toda la tarde había estado llama que llama por teléfono pero mi vieja no había querido comunicarme ¡Claro!  Cómo era sábado, la pendeja ya sabía que íbamos a malograrnos y al toque empezaba a cargosear con su letanía acerca de las drogas y las malas juntas ¡Todas esas huevadas que te dice tu vieja justo cuando te estás alistando para salir, carajo! 

 

-¿Ya ves? ¿No te digo? Mejor ponte a trabajar… 

 

Pero en un descuido, mientras en la cocina la tetera pitaba como un barco, aproveché para contestar y tenía razón.  Era el desgraciado de Potón que – como acababan de  pagarle – quería salir a celebrar.  Propuso que nos fuéramos con un par de hembritas de su chamba a chupar a Miraflores y me iba a prestar plata hasta que pueda chorearle a mi viejo de la billetera.

 

Las hembritas eran unos cuerazos mayores que nosotros y se notaba que todo lo que Potón tenía en el bolsillo ni cagando nos iba a alcanzar.  Por suerte a mi chica le caí  bien y a las finales terminó pagando la cuenta como si nada. El huevonaso estaba insoportable y a cada rato daba ganas de sacarle la mierda. No dejaba de hablar de carros y de recalcar que yo era un vago. Me quiso cagar tanto en público, que mi chica se molestó y no le dirigió más la palabra.

 

A insistencia del cojudaso del Potón -aconsejado por la gente del Saponautas -  epezamos en La Miel… ¡Qué atorrante! Lo primero que hizo el cojudo fue hablarle en inglés al mozo que lo cagó al toque.  El characato masticaba su inglés y educadamente lo revolcó varias veces en el pendejo idioma de los gringos.

 

Las chicas se aburrían horrible y no querían bailar porque había demasiada luz y creían que todo el mundo se estaba dando cuenta que eran mayores que nosotros. Además las dos ruedas de trago resultaron una mierda.  Y en medio de tremenda mongueada, sólo al imbécil del Potón se le pudo ocurrir pedir otra rueda. Entonces sí que las chicas ya no quisieron seguir tomando.  Para colmo, el muy solapa iba y venía conchudamente del baño y me juraba por su madre que no tenía nada de coca…  ¡Una mierda!… Cuando pedimos la cuenta, le hizo un chongo al mozo porque no quería pagar por los tragos que las chicas no se habían tomado ¡Puta madre!  Ya lo habían levantado en peso un par de corpulentos guachimanes, cuando mi chica sacó un billete de su cartera y le pidió al characato que separe la cuenta  ¡El  brutazo del Potón hasta le festejó la idea!  Y encima, una vez afuera, propuso una colecta para comprar un preparado para tomarlo en el parque Salazar.  Las chicas lo mandaron a la mierda y se subieron a un taxi sin despedirse.

 

-Misio de mierda ¿Quieres salir con hembritas, no? ¡Entonces trabaja, huevón! Ahora vamos a tener que regresar a pie, porque ya gasté mucha plata.  Lo que me queda es para mis pasajes de toda la semana… -, me gritó en la calle delante de todo el mundo. 

 

Miraflores estaba en pleno vacilón y nosotros regresábamos a Magdalena gramputeándonos. Para variar, Larco reventaba de hembritas y yo estaba misio.  En lo último que quiso gastar el Potón fue en una chata de ron.

 

-Si vamos a ir caminando, mejor que sea chupando… -, me dijo tratando de disimular la dureza. 

 

De pronto, cerca del primer óvalo de Miraflores, se detuvo un taxi y alguien nos pasó la voz.   Se nos paró el corazón pensando que eran las chicas que regresaban arrepentidas a buscarnos.

 

-Apúrense, pues chicos… -, gritó una voz afeminada.

 

Pero con desilusión  nos dimos cuenta que era Pati Gallinazo, otro pata del colegio. Tenía unas tetasas inmensas y estaba metido en un traje rojo apretadísimo, unos enormes tacones blancos y maquillado como una vedette, con una sedosa peluca platinada que le caía en cascadas sobre los hombros.  Estaba regia, irreconocible. Nos contó haciendo pucheros que venía de ganar un concurso de belleza en un elegante hostal de Miraflores.  Se iba feliz de regreso a su casa para contarle a su vieja su triunfo con lujo de detalles y a guardar su cetro y su corona de plástico en un lugar privilegiado.

 

-¡Ay chicos, no sé cómo los he reconocido! – nos dijo luciendo sus uñazas escarchadas.

-Franco que no me acordaba que eras tan rica, Pati – le dijo el Potón, pulseándole una teta.

-Son naturales, papacito…

-En serio que estás irreconocible… – insistió el Potón tratando de jalarle la peluca.

-¿Qué té pasa a ti oye, ah? ¿Estás payaso, no? No te juegues así… ¡Sí vas a estar con esas bromas te me bajas!

-Discúlpame, Pati Gallinazo,  es que no me acostumbro…

-Pues acostúmbrate, hijito, porque desde ahora soy una reina… ¡Y gallinazo será tu abuela! Mi nombre es Pati nomás, ¿Oíste?…

-¡Salud por eso, Pati!

-¡Tengo unas pepas! ¿Qué les parece si compramos unos tragos y nos vamos a celebrar a mi casa?

-¡Puuuta, Pati!

-Compramos coca, marihuana… ¿Qué quieren?… ¡Es que quiero celebrar!

-Cómprate un trago aquí en Ríos para ir chupando por el camino y después ya veremos – sugirió el Potón lleno de muecas.

-¿Maestro, por favor, puede parar un ratito en Ríos… Aquí en Santa Cruz, nomás… ¿Conoce?… – le dijo Pati al taxista.

-Nosotros estamos misios, ¿ah?

-Yo invito, pues… Pero baja tú nomás, Potón… Porque vestida así es mucho roche…

 

Pati Gallinazo también vivía en Magdalena y desde que tenía dieciséis venía ahorrando para operarse. Ya se había puesto un par de pechos regios y seguía lavando, peinando y recortando melenas para amputarse el miembro. Trabajaba de sol a sombra  en una modesta peluquería que había montado en el garaje de su amiga  en el jirón Bolognesi. 

 

Mientras Pati me ponía al día de sus últimos logros, oímos que el Potón gritaba. Venía corriéndose de un par de angustiados que querían cuadrarlo. Me tiré del carro y reduje a uno de los pendejos de un tremendo cabezazo que me dejó cojudo.  Pero en un ratito nos acorraló una manchita y uno de los huevones se me lanzó con su botella rota.  Sólo de puro lechero pude esquivarlo. La siguiente embestida me habría decapitado pero, por suerte, el tipo se desplomó delante de mí. Era Pati,  que se había sacado los tacones y estaba repartiendo golpe que daba miedo.  El ruido fatal del motor del taxi alejándose con sus trofeos la distrajo por un instante y el angustiado de la botella rota le acertó en la cara.  El horrendo grito de dolor de la infeliz paralizó el vecindario y mientras Pati caía de rodillas cubierta de sangre los fumones se dispersaron en distintas direcciones.

 

Le envolví la cabeza  como pude con mi camisa nueva y nos fuimos en taxi hechos un pedo al hospital Santa Rosa.  Ninguno de los dos quiso declararse como acompañante, así que Pati se quedó solita en la sala de emergencias,  cubriéndose la herida hasta que el residente de turno pudo zurcírsela.  Esa fue también la última vez que vi al Potón y con el tiempo nos perdimos de vista por completo. A Pati si la he visto un montón de veces pero no he querido detenerme a conversar.  Palabra que me dio gusto cuando me contaron que ahora tenía una buena peluquería y que había conseguido amputarse lo que le estorbaba entre las piernas.  Pero a pesar de tanta cirugía, todavía quedan huellas de aquella horrible noche en su rostro.  Y por eso la pobre sigue ahorrando…

(TV) Después de los agitados acontecimientos del día de ayer… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

                                    

… Los trabajadores de La Química regresan hoy a su centro de trabajo para reintegrarse a sus labores… Quiero aprovechar la oportunidad, Gonzalo, para destacar la excelente labor realizada por nuestra unidad móvil que en todo momento estuvo presente siguiendo paso a paso los pormenores del hecho luctuoso que llegó, a través de nuestra red de microondas, a nuestros televidentes en todo el Perú. También queremos informar que aún no se ha precisado a cuánto ascendería el monto del rescate que los secuestradores  exigieron a la familia del joven empresario… Existe gran discreción en el manejo de la información por parte del personal de la policía de investigaciones, Gonzalo… 

(TV) -Mónica, ¿tú crees que… -rapidito nomás para no demorar a los trabajadores que ya están con la hora- podrías preguntarles a los que pasan por allí si saben algo acerca del monto del rescate?…

(TV) -Como te repito, Gonzalo, ha sido imposible establecer una cifra… Pero a ver, pues…  Nos encontramos con dos jóvenes que tal vez puedan darnos alguna información…

(TV) -Bueno, yo este…, o sea que por lo que he escuchado desde ayer… es que fueron doscientos mil dólares… Es lo que yo he escuchado, nomás, yo en realidad  no sé nada, ¿ah?… 

(TV) -¡Jah!… Serán dos millones, dirás… Mire señorita, lo que pasa es que por aquí nadie sabe nada y eso no es justo porque como trabajador uno se merece estar bien informado… 

(TV) -Señorita…,  señorita… ¿puedo mandarle saludos a mi mamá?… 

(TV) -Como verás, Gonzalo, existen demasiadas versiones…

(TV) -Gracias, Mónica… Nosotros ya regresamos con más detalles en vivo y en directo desde el Paseo de la República después de la pausa comercial…

 

-¿A quién chucha le importa cuánto pagaron?… ¿Y quiénes son ese par de cojudos que se ponen a pelear por televisión?… ¡Lo que quiero saber es cómo está el señor Müller, Mirna, Carlita… Que estaba embarazada la pobrecita, carajo!… ¡De eso no dicen nada desconsiderados de mierda!… ¿Cuánto pagó la familia? ¿Eso es lo único que les interesa?… ¿Ah?

 

Renato apagó  el televisor al toque con el control remoto desde su cama. Lo internaron en la clínica después del ataque de nervios que sufrió el día del asalto y se la había pasado durmiendo las últimas veinticuatro horas.  Los médicos decían que ya estaba bien pero preferían que se quede el resto de la semana en observación.

 

-Tenemos que practicarle otros exámenes… No podemos descuidamos, señora… Un golpe en la cabeza podría tener consecuencias serias si no se mantiene al paciente en observación… -, le dijo un médico a su abuela mientras firmaba no sé cuántos papeles para la compañía de seguros…

 

Era un poco más de las siete de la mañana cuando la enfermara lo despertó descorriendo las cortinas y lo mandó derechito a la ducha. 

 

-Apúrate, gordito… Levántate rápido que ahorita a las ocho llega tu visita… Ya están ahí abajo esperando…  Ponte guapo para que te vean bien chévere…

 

Y dicho esto, la mujer arregló la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Hasta hizo que le trajeran un par de butacas de cuero de la oficina del director. Una vez que estuvo bien bañado, peinado y afeitado al ras, el gordo se sentó ansioso a esperar a sus compañeros de  trabajo.

 

… Seguro que se viene toda la gente de ventas… Aunque no creo, ¿ah?… Los han hecho chambear como si nada… ¡Además,  todos son una mierda!… ¡Puta madre! ¡Pero qué huevón para desmayarme, carajo!… ¿Dónde se ha visto que a Rambo le dé un ataque de nervios? Mejor es que nadie  venga a verme… Ya me jodí… ¿Qué estarán hablando todos estos conchesumadres de mí?… De hecho que he quedado como un cabro desmayándome como una hembrita… ¡Pero qué imbécil!… ¡La cagaste, Renatito… La cagaste bien feo, huevón!… ¡Así no se portan los hombres, estúpido…

 

-¡Buenos días, mi amor!… ¿Cómo ha amanecido hoy, mi papacito lindo?… ¿Sabes que todas las enfermeras  están como loquitas por ti?… En especial la gringuita al pomo de la recepción que me ha dicho que eres un churro… ¡Ay, para qué te dije!… Ni se te  ocurra meterte con la chica ¿ah?… ¡Quién sabe de qué familia vendrá la pobre!… Es que mírate, eres todo un churro, mi amor… Con esos ojazos verdes que le has sacado a la familia del nono… No te creas, ¿ah?…  Por donde pasaba el viejo rompía corazones…

 

Así entró de súper optimista doña Rosita con los brazos inmensamente abiertos,  oliendo riquísimo a perfume caro y le plantó unos sonoros besotes que dejaron  marcas de lápiz labial importado en cada cachete del gordo.

 

-¡Hola,  mamina!… -  dijo engriéndose y dejándose apretar por ella como cuando era niño y feliz de la vida la saludó con un beso.

-¡Todo el personal aquí se siente orgulloso de atender a un héroe,  mi hijito!

-…

-¿Acaso no lo sabes?… Si todo el mundo lo comenta… ¡Ay, hijito!… ¡Hasta ha salido en los diarios!… ¡Pero si eres el héroe del momento!… De no ser por ti, la policía nunca se hubiera enterado y sólo Dios sabe cual hubiera sido el fin de todo… Quizás hasta los hubieran matado… ¡Pobrecitos!… -dijo santiguándose y añadió-  Anoche escuché por televisión que los iban a torturar antes de pedir el rescate, fíjate tú los desalmados… ¡Pero gracias a ti se enteró todo el mundo y los bandidos tuvieron que huir y no pudieron hacerles daño!…

-…

-¡De no ser por ti, quién sabe si estuvieran vivos!…

-Tampoco exageres pues, mamina…

-¿Pero qué tonterías dices, muchacho? Si desde ayer la clínica está llena de periodistas que quieren entrevistarte… Pero eso sí,  la compañía no quiere que te molesten ni que estés prestando declaraciones hasta que ordenes bien tus ideas… Dicen que es por tu propia seguridad… ¡Y hoy mismo vienen los gerentes para  darte las gracias en persona! … ¿Y adivina qué?…  ¡Parece que te van a dar una recompensa!… También van a venir de la televisión… ¡Qué emocionante, hijito!

-¿La televisión?… ¿Aquí?…   

-¿Por qué crees qué me he puesto tan elegante, ah? ¡Para salir en la tele, pues!

-Tu siempre estás elegante mamina…

-Ay, no seas adulón… Te repito que todos van ha estar aquí…  ¡Aprovecha tus quince minutos, sonsito! – y tocándose de nervios le pellizcó la barbilla a su nieto.

-¡Yo no quiero salir en televisión, mamina!… ¡Qué vergüenza!… ¿Qué voy a decir?… Además, ¿a quiénes te refieres cuándo dices que todos van a estar aquí?… ¿Quiénes son los que van a venir?  Con el papelón que he hecho no tengo ganas de ver a nadie, mamina!…

-¡No seas chupado y déjate de falsas modestias, oye, que vas a parecer un chuncho!… Muéstrales tu personalidad… Tú que eres tan bien plantado te vas a ver divino frente a las cámaras… ¡No seas sonso!… ¡Aprovecha y lúcete! ¿Quién sabe si te descubre un productor y te sacan en una telenovela?…¿Ah?… Muchos han empezado así nomás… No hay nada de qué avergonzarse… A ver… – sacó un pañuelito blanco de la cartera y lo humedeció un poco con la punta de la lengua para borrar las marcas de colorete que le había dejado a su nieto en las mejillas y lo guardó de nuevo rapidito para poder contemplarlo- ¡Ay, cómo se nota que en tu trabajo te estiman, papito! -dijo volviendo a su monólogo- Todas las chicas de La Química están como locas por saber de ti… El teléfono no a parado de sonar desde que estás internado… Mirna y Carlita te adoran… ¡No te digo qué eres un héroe!… Además, el padre Román y la gente de la parroquia, que gracias a la contribución de hombres santos como tu abuelito muy pronto la tendremos, ahí nomás, a una cuadrita de la casa para que yo no tenga que caminar, te van a estar mirando por la tele… Y tú no quieres dejarme mal delante de ellos, ¿no?… Así que vamos… Apúrate y ponte rapidito el pijama de seda de tu abuelito… ¡Mira qué bien planchadito te lo he dejado!…

-¿Cómo están Mirna y Carlita, mamina?… No sale nada de ellas en la tele… -dijo el gordo obediente poniéndose el saco.

-Es que estás atrasado veinticuatro horas, mi amor… Ya te pondrás al día.

-¿Pero cómo están ellas?

-Al principio estaban asustadísimas, ya te imaginarás… A la pobre Carlita la tiraron del carro de un empujón ¡No hay derecho!… ¡Tan decente y tan guapa la chica con sus ojitos azules!…  Gracias a Dios que no le pasó nada al bebe…

-¿La tiraron del carro? ¡No te creo mamina! ¡Qué desgraciados!

-¡Unos malvados, hijito!… A propósito, ella está aquí también.  Creo que hoy día le dan de alta… Más tardecito, si quieres, podemos ir a verla. Pero peor fue lo de Mirna, oye. La pobre muchacha está muerta de vergüenza… Dicen que hasta la han mandado de vacaciones a Miami…

-¿Por qué?… ¿Qué le pasó?

-Ay, hijo… Verdad que tú has estado dormido… ¡La vergüenza que le han hecho pasar a la pobre chica!… ¡Qué lisura! ¡Ojalá agarren pronto a esos desgraciados!

-¿Qué?… ¿Todavía no los capturan? ¿Qué fue lo qué pasó, mamina? ¡Cuéntame!

-¡Ay, hijito!… A la pobre muchacha la sacaron por la televisión y en todos los diarios  ¡Con los senos al aire!… ¡Medio mundo la ha visto así!… Pero su papá, que es un hombre decente, dice que le va a meter juicio a toda la prensa… ¡No hay derecho!… ¡Una muchacha de familia expuesta de esa manera!… 

-¡No te creo!… ¿Y por qué salió así?

-Porque así la abandonaron esos degenerados… ¡En pleno mercado de Magdalena y a la luz del día dejaron a la pobrecita sin sostén delante de todos esos cholos mañosos!… La policía dice que los cholos vivos hicieron eso para distraer la atención y ganar tiempo… ¡No te imaginas el daño que le han hecho a la pobre chica!

-De repente un productor ya le echó el ojo y le ofrecen chamba como vedette…

-¡Tú sí que no hables así, hijito!… ¡Todo el mundo se está burlando de la pobre chica! Ten un poquito más de compasión y decencia como corresponde, por favor…

-Disculpa, mamina, no pude aguantarme…

 

De pronto, dos empleados irrumpieron en la habitación y sin decir palabra colocaron un par de arreglos florales cerca de la cabecera de la cama mientras que otros dos, en corbata y mangas de camisa, instalaban hábilmente unos reflectores que encendieron al toque dejando a todos medio ciegos por un instante. En un ratito la habitación comenzó a calentarse y ya Renato estaba empapadito de sudor con el pijama de seda.  Acto seguido, entró una gordita curvilínea bien emperifollada y con paso firme atravesó el  grupo de enfermeras curiosas que cuchicheaban bloqueando la entrada de la habitación y sin decir nada, se lanzó con sus manos suaves, de una manicura perfecta, a maquillar a Renato que de puro chupado no dijo esta boca es mía. Doña Rosita, feliz de la vida, lo miraba orgullosa imaginando a su nieto convertido en un galán de telenovela.

 

… ¡Ay, lo lindo que se vería en la tele al lado de Pilar Brescia!…

 

Cuando todo estuvo listo entraron en la habitación el gerente de ventas, el gerente de personal y un séquito de empleados de La Química en un despliegue de movimientos sincronizados que tal parece que habían estado ensayando la coreografía.  Ñato de risa también entró Héctor Blades, acompañado de las secretarias mejor plantadas de la empresa, recontra maquilladas y luciendo el uniforme nuevo que todavía nadie había estrenado. Entre besitos, abrazos, felicitaciones y fotografías la compañía le entregó a Renato un galardón en reconocimiento a su valor, un pasaje aéreo para dos personas a cualquier ciudad del interior del país, un sobre con dos sueldos íntegros que lo autorizaban para irse al toque de vacaciones y un cheque de gerencia con un bono extraordinario.  Los únicos reporteros  autorizados a estar presentes eran dos empleados responsables de la revista interna de la compañía, que en la portada del siguiente número publicaría la fotografía del gordo recibiendo su chequezaso. Doña Rosita llegó a juntar hasta cien ejemplares de ese número, que luego se encargó de redistribuir cuidadosamente entre quienes quería impresionar por todo lo que le quedó de vida.

 

-En realidad creo que no merezco tanta atención… – hizo una pausa, se pasó la lengua al rededor de los labios, tragó saliva y continuó dirigiéndose ceremoniosamente al gerente de personal – ¿Señor Graham, sería usted tan amable de girar este cheque a nombre del señor Raúl Cavaza?… Francamente, si no fuera por él,  jamás me hubiera sentido en el compromiso de ir a presentarme en la oficina del señor Müller… – dijo con solemnidad y dejando cojudo a todo el mundo le devolvió el cheque.

-Eso mismo es lo que nos preguntamos todos… ¿Qué andaba haciendo Renato Machiavello en el piso de la Gerencia General? – disparó con mirada inquisitiva Héctor Blades con la intención de fulminarlo en el acto.

 

Después que Renato terminó de contar lo que pasó la noche de vísperas de Fiestas Patrias las enfermeras tuvieron que entrar a pedirle a todos que por favor  se retiren y lo dejen descansar.  El gordo, con los nervios  de punta, no pudo soportar tanta emoción y antes de volver a desmayarse alcanzó a decir que reiteraba su intención de donar íntegro su cheque al viejo del almacén. Ahora sí que no sólo para su abuela, sino para el resto del mundo, Renato se convirtió en un santo.

 

-Igualito a mi viejo, que Dios lo tenga en su gloria… Igualito a su nono… -, dijo santiguándose y  con el pechito henchido de orgullo lo tapó con la colcha hasta el cuello y abandonó la habitación en puntillas secándose las lágrimas con su pañuelito blanco.