¡Negra!… ¡Negrita!…¡Ineeés!…(*)

 

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.

 

… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas…  Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme…  Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil.  No sabe dominarla…

 

-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.

- Negrita,  ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos…  ¿Qué me habrá caído mal?… 

-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…

-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.

-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.

-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas  ¿Qué dices?

-A ver, pues…

 

Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.

 

-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?…  Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.

-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.

-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…

 

… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín  inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”…  ¡Sí, claro!…  Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo  por siete años.  Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere  a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…

 

-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.

-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.

-Espero que te haya sobrado plata…

-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…

-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…

-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…

-Es que tú les prometiste…

-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…

 

Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.

 

La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan  bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las  puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello.  Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros,  que le tapaban casi toda la cara.    

 

Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado.   “Ay, hijas, cómo me  hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!…  Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay,  pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no  es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio  -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?-  están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos  una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa…  ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta  de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”

 

-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su  veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… -  dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.

-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.

-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.

-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.

-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.

-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto  y se metió en la casa sin saludar.

- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…

-¡Mamá!… No la jodas, pues…

-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.

-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.

-¿Cómo está, seño?…

-¡Shhh!…  Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…

-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…

-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…

-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…

-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…

-¿Qué más hay de comer?…

-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…

-¡Salud, mami!…

-Estabas con sed, bandido…

 

A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.

 

Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.

-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.

-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…

-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… -  y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.

-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…

-¡Cabeza de toro igual que su padre!…

-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.

-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.

-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…

-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…

-Por supuesto, señora, no faltaba más…

-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.

-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.

-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.

-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.

-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.

-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.

-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…

-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…

-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto  sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era  para  comprar más droga… No me venga con esas, señora…

-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…

-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.

-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo  sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está  acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.

-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.

 

-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…

-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…

-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.

-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…

-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.

-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.

-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…

-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.

-Está bien,  yo le digo…  Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…

 

En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.

 

-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…

-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…

-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…

 

Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.

 

-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.

-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.

-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita!  ¿No tienes una luca?… 

 

Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.

 

-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.

-¡¡Mamá…  Nos están alcanzando!!…

-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.

 

-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…

-¡La cartera!…¡La cartera!…

-¡Mamá!… 

-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…

-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…

-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…

-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.

 

Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:

 

-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…

 

La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas  asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete,  y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.

 

-Con todo respeto, señora…  Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro.  - Y después de golpearse el pecho con brutal energía,  hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó-  A ver toca a la germa nomás,  pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…

 

El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho.  Pero, como tenía buenos reflejos,  volvía a la carga enseguida con más ferocidad.

 

-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…              

-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.

 

Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.

 

-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…

-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.

-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…

-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.

-¡Entra!… ¡Entra!…

-¡Tú mismo eres!…

-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…

-¡Dale, Rostro!…

-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…

 

El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar.  Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para  sostener la frente de su hija.   Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.

 

-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima.  El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.

 

-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! -  tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti…  ¡Mi promoción, carajo!…

 

Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.

 

-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.

-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.

-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…

-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.

-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.   

 

 

 

 

 

 

 

¡Ya basta de comer basura!… (*)

 

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de Los Suicidas”

 

 

La gente piensa que estoy loco… ¿Tendrán razón?…  Gracias a mi tía, que no sé de dónde conocía a un diputado, pude cobrar la pensión de mi viejo. Aunque no alcanza ni para mierda es mejor que nada… Ya no fumo; se me fueron las ganas… Tampoco bebo… El trago me enloquece y la soledad me mata… ¡Qué suerte que todavía tengo la casa!… Aquí me quedo aunque me duela…

 

Lo que más me gusta es salir a caminar temprano.  Especialmente cuando hay neblina y el ambiente está cargado del  aroma que sube desde la orilla…  Y jugar a que todo desaparece…  No veo el mar pero sé que está allá abajo, esperándome… La pileta, la gasolinera y la rotonda también se esconden en el denso vapor que viene del océano y confunde hasta a los voraces pelícanos, que terminan pescando dentro de los cilindros de basura.  Al fondo, se distinguen las luces de un vehículo del serenazgo haciendo la última transa de la madrugada. De pronto, un par de micros se abren paso por Pérez Aranibar haciendo carrera. El más pequeño entra a la avenida Brasil contra el tráfico y llega primero al paradero. A gritos y empujones,  el cobrador embute a los soñolientos pasajeros dentro del vehículo y el chofer, temerario, continúa su alocada carrera y se pierde en la bruma detrás de su rival…

 

Las campanas repican raquíticamente anunciando la Misa de siete. Solo una que otra viejita -de esas que ya se están despidiendo del mundo- acude al llamado… Mejor me apuro para llegar antes que el padre Doménech a la puerta del convento de Santa Eufrasia… ¡Me encanta joderlo!…  ¿Sabrá quién soy?… 

 

-¡Alabando al Señor, hombre!…, me dice cada vez que lo sorprendo canturreando.

 

Desde que era chiquito me da pena porque se esfuerza un montón para disimular su soledad… Pero se me pasa rápido porque sé que las hermanitas del Buen Pastor lo engreirán con un opíparo desayuno.

 

El mercado de Magdalena es el único lugar dónde nadie botaría la taza en la que me tomé un café con leche. Aquí todavía soy un cliente. En estos puestos de relucientes mayólicas blancas se puede comer barato y compartir asiento con la gente que abunda por los alrededores: ropavejeros, verduleros, gasfiteros y albañiles; vendedores de pasta, policías y rateros; maricones y buenas cholas; viejos y viejitas en la más lamentable precariedad; locos y locas vestidos y calatos; putas, indigentes y borrachines; pirañitas y escolares de toda edad… En fin, con todo aquel que disponga de unos cuantos Soles para su menú.

 

Una tarde el Gallina – flaco peligroso y conocido vendedor de pasta básica de la Huaca Wonda – se estaba contando un chiste canero sobre la rabadilla de los pollos cuando no sé por dónde aparecieron un par de agentes que lo agarraron a golpes.  En medio de la trifulca, su plato fue a parar al suelo y unos perros vagos se lo devoraron en segundos.  Oyendo el eco apagado de cada golpe de pronto temí que mi apestado semblante les parezca sospechoso.  Cualquiera de nosotros corría peligro con las garantías constitucionales suspendidas así que, calladitos nomás, miramos para otro lado y seguimos comiendo. Cuando los rayas le sacaron la barca del fundillo lo soltaron en el acto y se fueron arranchándose el paquete como si nada.  Allí se quedó el pobre diablo, retorciéndose de dolor en el inmundo charco de sus excrementos… 

 

Magdalena está hecha una mierda. Las calles amanecen alfombradas de palillos de fósforos, de colillas renegridas y de los trocitos de papel periódico que los paqueteros usan para envolver la droga… El viento del barranco los levanta por las tardes como a polillas, vapuleándolos de un lado a otro con la tierra muerta, que se arrastra en remolinos a lo largo del malecón…  Cada papelillo cuesta como una quina… Pero el precio puede ser mayor… ¿Un tajo en la cara?… ¿Una chantada de culo?… ¿La plancha de tu vieja?… ¡Doy fe!… ¿Y el riesgo que se corre cada madrugada? Igual es por el día… Ni un miserable loco está seguro porque los pirañitas son los depredadores de la indigencia… La ferocidad del ataque de un niño hambriento y adicto de verdad que te caga.  Entre seis me agarraron el otro día y me robaron íntegra la pensión  ¡No me dejaron ni los zapatos!  Me siguieron cuando salí del banco.  Ahora para cobrar mi cheque tengo que caminar como treinta cuadras hasta la agencia de Pueblo Libre… ¡Que se queden en la esquina esperando a otro idiota!…

 

¡El desfile escolar!  Un batallón de colegiales marcha con desgano siguiendo el desafinado compás de seis tarolas, una docena de cornetas, un par de platillos y un bombo parchado. Pasan por el jirón Grau hasta llegar a la tribuna de honor en la puerta del municipio… Batuta en mano, el flaco Giannolli sigue el ritmo con desinterés mientras se fuma un cigarrillo. Detrás de la banda se aproximan los alumnos en orden de tamaño.  Ninguno se toma en serio el desfile. Pasan conversando y jaloneándose delante de la gente.  Mientras más los miran, peor se portan.  Un flaco narigón y desgarbado le mete la mano al poto al que está adelante y el gordo bajito a su derecha se saca el chicle de la boca y se lo pega en la melena.  Aprovechando que  Giannolli se prende otro pucho, dos de los más grandes rompen fila y se esfuman entre el mar de mirones.

 

En la esquina con Tacna, los lava carros esperan clientela jugando ludo con unos vagabundos que beben a pico acostados en la vereda.  Todavía está allí el viejo Chanca.  Los deja limpiecitos por dentro y por fuera. Mi papá se lo llevaba a la casa y el cholo iba feliz porque siempre le caía un lonchecito con la lavada.  Agachaditos, como a media cuadra,  un grupo de fumones se corre una tola a vista y paciencia de todo el mundo. De pronto, un par de  amanecidos atraviesa un batallón de escolares y se acerca a uno de ellos. Después de discutir un rato el sujeto se pone de pie sin soltar su tola, se dirige hasta un montículo de basura, mete el brazo debajo de la inmundicia y les alcanza unos cuantos quetes directo en la mano.  “¡Misios de mierda!  ¡Pa’ la próxima, si el billete no está completo ni se acerquen!…”, amenaza el desdentado mientras hace una seña con la cabeza para que los dejen pasar.

 

Ya casi es mediodía y en la esquina la gente se gorrea los titulares en el quiosco de periódicos.  Un nuevo batallón de escolares se une al desfile arrastrando los pies con contagiante modorra.  A la altura del Aspirantado Salesiano, una covacha levantada con frazadas y palos de escoba tiembla frenéticamente y se viene abajo.  Y emerge, calata de medio cuerpo, la  borracha que merodea por el bar Sakimi montada en un sujeto. Juntito a ellos otro espera su turno, empapadito en sudor, corriéndose la paja y fumándose una tola. De pronto, la mujer da la vuelta, le arrancha el tabacazo, se lo  coloca entre los dientes y le sostiene el miembro para continuar con el trabajo.  En medio de la risotada general un chato cincuentón, que está en la esquina opuesta confundido entre el público, cruza la pista requintando con aires de empresario y coloca la frazada nuevamente en su sitio, asegurándola con una piedra.  Luego, regresa rápidamente a su corner donde se queda maldiciendo por  haberse perdido el desfile del batallón de las chicas de tercero de media del Miguel Grau.

 

Malandrines de otros barrios llegan a diario a Magdalena en busca de plata para drogarse y se quedan a vivir por las calles que circundan el mercado y el parque Túpac Amaru  ¿Será que en los penales se han corrido la voz que Magdalena es un buen lugar para recursearse? ¡Porque están por todos lados!…  Arranchándole el monedero a una pobre tía, paqueteando o planeando cómo vaciarle la casa a un vecino… ¡Puras chacaladas!… Un botellón de racumín en Poblete cuesta sólo una quina y entre los matorrales del colegio parroquial o en la puerta de la iglesia, pueden acostarse conchudamente a dormir la mona… ¡Magdalena es una fuente inagotable de recursos! Con tanta ropa tendida en los cordeles y tantas bicicletas asomando por las cocheras de los chalecitos; con esas invitantes ventanas semiabiertas que dejan  pasar la brisa del mar; con sus edificios llenitos de tubos fluorescentes, que son tan fáciles de sacar y revender en las peluquerías que circundan el mercado y con esos vecinos que caminan confiados por su barrio sintiéndose  seguros cerca de casa… Dicen que “Mosca loca” ofreció pagar la deuda externa a cambio de su libertad… ¿Será posible que un narco tenga tanta plata?…  El otro día agarraron al Loco Perochena fumándose su botín de lo más tranquilo en la Huaca.  El soplo lo dio El Borrado a cambio de unas ligas y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver… ¿Qué, la policía no se había dado cuenta?…  ¡Ni hablar, pues!

 

Esta mañana mientras desayunaba, escuché la conversación de dos jugadores cuyos nombres prefiero no volver a mencionar.  “Anoche me armé una tola cargadasa con todo lo que tenía y cagándome por prenderla me fui hasta la comisaría… Y el alférez Batistini se la empujó solito… ¡Conchudo ese huevón para prendérsela en el patio de la comandancia!… ¡Hubieras visto cómo se la fumaba! ¡Hasta vomitó el puta!…”, dijo uno sorbiendo su café de a poquitos.  “Una mierda eres causa, ¿ah?… ¿Cómo le haces eso al pobre tombichi que es más débil que la puta madre? …”, protestó el otro con la boca llena. “Por lo mismo pé, huevón… Cuando pidió más, le batí hacer un allane… Esa era la idea pé, cojudo…”, contestó jactándose de su ingenio. “No sé causita… Pero un día solito te vas a joder por andar chocando con la gente… Acuérdate de lo que te digo, huevón…”, cortó el otro con recelo. “Todo estaba bien craneado… ¿Crees que soy nuevo, huevón?…. ¡Yo no choco con la gente del barrio!… El operativo fue en otro lado… Y al toque se apuntó el rateraso de mierda del tombo Salinas que llegó con ganas de prenderse… El loco del alférez al toque lo mandó a sacar el único patrullero que funciona y nos fuimos hechos una pinga con sirena y todo… ¿A que no te imaginas en dónde se le ocurrió parar al maldito del Salinas? …”, preguntó levantando la voz al notar que estábamos atentos. “No sé causita. No tengo la menor idea…”, contestó el amigo fingiendo que había perdido el interés.   “¡En Renovación pé, huevón!… El patuto se detuvo quemando llantas en la puerta del callejón… Los zambos al toque zafaron culo y chorrearon la merca… Mientras el  alférez recogía la barca del suelo, el loco Salinas sacó su chimpúm  y   gritaba hecho un pincho:  ‘¡Al primero que se me mueva me lo quemo, carajo!…’ Y el huevón rastrillaba  su maraca… ‘¡Al primero que haga un gesto le meto el cuete por el culo, carajo!’…, ladraba a todo pulmón…  ¡Puta su madre!… Los negros se pusieron blancos de miedo y no dijeron ni mierda… Y el Salinas se seguía sadiqueando, repartiendo patadas y cachazos a quien se atrevía a mirarle la cara, causa… Tendrías que haberlo visto… Ese tombo maldito es un salvaje…”, dijo mirando alrededor como pidiendo la aprobación de todos…  ¿Y ustedes qué hacían?…”, preguntó el amigo recobrando el interés.  “El alférez se quedó en el patrullero haciéndose la caca de sólo pensar en fumarse toditito ese queso… Y yo en caleta, nomás… No vaya a ser que alguien me saque y me joda pa’ toda la vida… El Batistini arrancó el patrullero ni bien se subió el Salinas y con luces, sirena y todo corrió sin parar por todo Manco Cápac hasta la Costa Verde… Todo el mundo nos abría el paso, causita… ¡Qué rico!…”, se detuvo para toser y escupir un gargajo de comida porque ya se estaba atorando por la euforia. “… ¿Y se quedaron de boleto toda la noche?…”, preguntó el amigo saboreando la situación. “Tás huevón,  compadre. Yo ya no estoy en esa nota…  Fue sólo una gauchada que le pedí al alférez para salir de misio… ¡No tenía guita para invertir, hermano!…  Aveces uno está con el diablo en el cuerpo y se la fuma toda, pé…  Así que caballero nomás, tuve que ir a pedirle una mano al tombo… De pasada le pagué su semana, pé… Fumamos un rato en la Herradura y me quité pa’ Magdalena en taxi… La gente está con guita en Fiestas Patrias y prefiero aprovechar… ‘Toy juntando el billete pa’ sacar a mi germa de la carceleta del Palacio de Justicia… Si me trasladan a la gorda pa’ Chorrillos la cagada, hermano…  Todavía me quedan cuatro hijos chicos, pe’… ”.

 

De repente, su cara afilada y grasosa me trajo pésimos recuerdos. Tenía que huir de allí…  Así que, esquivando a la gente, me alejé a tranco largo y crucé las pistas sin mirar… Eché a correr para ponerme a salvo y llegué hasta el malecón… Me paré justo al borde del abismo… ¡Pero no tuve valor!… Y lloré por ti, Magdalena, porque  no tienes salvación…     

Por la loca Juanita no pasan los años… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

 

¿Qué edad tendrá?… ¡Está igualita!… Con sus ojerotas de mapache, su diente de oro y el mismo cuerpo de señora prematura de entonces… La recuerdo parada con uniforme único en la puerta de mi colegio y un palo de brigadier en la mano… El loco Pita la llevaba a diario para que no fregara la paciencia en su casa y,  por joder nomás, la autorizaba a meter palo a todos los que llegaban tarde.  Pero la loca de mierda comenzaba a repartir varillazas diez minutos antes de la hora de entrada hasta al más pendejo y por donde le caiga. Uno que otro se le achoraba de vez en cuando y ella les paraba el macho con un segundo palazo. Si le respondían, la loca daba tales aullidos que el Loco Pita salía  como una bala de la dirección y le sacaba la entreputa al insubordinado.

 

Así era mi colegio… Pura acción desde que ponías un pie adentro… No te quedaba otra que contar el tiempo que faltaba para la salida porque sólo en una ambulancia podías quitarte antes de la hora… El loco Pita mostraba orgulloso a los padres de familia el alambrado de púas que había mandado colocar sobre los altísimos muros del colegio. Las madres llegaban diariamente a su oficina a sobornarlo, a suplicarle, a enamorarlo… En fin, estaban dispuestas a todo con tal que el loco reciba a sus hijos en esas aulas repletas de chiquillos indeseables.  De acuerdo a la gravedad del caso, la matrícula y la pensión podían ser tanto o más costosas que ciertos colegios privados donde realmente se iba a estudiar.

 

A los alumnos no les quedaba otra que doblegarse ante las  extravagancias del director. Sea la hora que fuera, si el loco Pita veía a alguno merodeando por los huecos, las cantinas o metiéndose en problemas, frenaba su carro en seco, se bajaba hecho un demonio y le sacaba la mierda a patadas.  Luego, previo escándalo en el barrio y con el apoyo de los padres de familia,  depositaba al infeliz en su casa. Nadie objetaba sus métodos y el loco recibía feliz de la vida cualquier compensación por sus servicios extracurriculares.

 

Algunos profesores también tenían sus anticuchos y aceptaban sus condiciones resignados a dictar clase sin que nadie les preste atención. En diciembre se abría el mercado de notas, donde cada curso tenía un precio real, contante y sonante. Los pendejos te jalaban a propósito para que tengas que pagar, así que lo mejor era dedicarse todo el año a la vagancia.  Por eso, todo aquél que pasaba por mi colegio en su vida volvía a agarrar un libro.

 

El encargado de negociar las notas era un tinterillo embustero que nos tasaba de una sola barrida con su ojito de coquero codicioso.  Las tarifas podían incluir ciertas bonificaciones especiales, que iban desde un panetón con su botella de espumante hasta salir a bailar con tu hermana. Eso sí, los paqueteros tenían un trato aparte porque eran los únicos que le podían soltar buen billete.  Después del  arreglo,  el del ojillo se dedicaba a la venta de panetones y licores en el garaje de su casa en San Miguelito y compartía las ganancias con el loco.  Y la cosa no paraba allí, porque el director había inventado un sistema de multas, que podían ser pagadas cortando el jardín de su casa, limpiando los vidrios, lavándole el carro o en efectivo, en el momento de recoger el certificado de estudios… ¡Qué bestia!… El año escolar debía ser un  negocio extraordinario, porque hasta había una lista de espera para ingresar a mi colegio.  Lo asombroso es que el sistema del loco funcionaba, porque podía mantener dentro del edificio a su inextricable alumnado por unas cuantas horas, cosa que otros colegios de Lima no habían podido conquistar.

 

En aquellas aulas prefabricadas, sin puertas ni ventanas, se formaron muchas generaciones de malandrines que hoy deambulan por allí sin rumbo. Algunos todavía se acuerdan de mí y me pasan la  voz pero la mayoría se sigue de largo con su amargura a cuestas, arrastrando los mismos o peores vicios que entonces.  Estoy seguro que ningún ex-alumno del San Agustín ha corrido la misma suerte ¿O sí?  No creo.  Esas son cosas de Magdalena porque en la farmacia que está a una cuadra del Champagnat jamás le venderían un frasco de  Bronquiorgán Jarabe a un menor en uniforme escolar.

Si jamás habías probado una droga,  en mi colegio tenías la oportunidad porque la botica de la esquina era más concurrida que el cole… ¡La cantidad de pomos vacíos que sacaban a diario, escondidos en el tanque de los inodoros y  en los rincones del patio  era alucinante!…  Pero el loco Pita ni se inmutaba, porque semanalmente los vendía bien lavaditos a una fábrica que queda en La Victoria.

 

Sería injusto decir que todos los alumnos de mi colegio eran unos forajidos, porque allí también terminaban la secundaria una cuota de autistas, mongolitos y retrasados mentales que, por alguna razón, habían sido rechazados en los colegios especiales.  Carlitos se sabía el nombre completo, lugar, fecha y hora de nacimiento de cada uno de los alumnos del colegio.  Por temor al golpe, memorizaba toda información que pudiera protegerlo durante las horas de clase. Su prodigiosa memoria era capaz de hacer cálculos progresivos y regresivos de acuerdo a la exigencia de sus verdugos. Hasta que un mediodía fatal, una ambulancia lo sacó del colegio con ataques convulsivos. La voz que se corría era que el pobre no acertó  una de las preguntas del Blanca Nieves.  Pero todos sabíamos  que le había hecho trampa sólo para sacarle la mierda.  Eso sí. A partir de entonces el loco Pita flagelaba al negro públicamente cada vez que se acordaba.

 

Carlitos pertenecía al grupo de Los Intocables, integrado también por algunos incautos que eran reclutados por un profesor de educación física  que fue expulsado del colegio parroquial y que terminó preso por abuso de menores. Arrinconados en su sector del aula, esperaban asustados y en silencio que termine el día para poder salir de allí.  Nadie podía meterse con ellos porque se las veían directamente con el director que, cada cierto tiempo, los mandaba a su casa con diplomas y condecoraciones para seducir a los familiares. 

 

Otra minoría que pertenecía a Los Intocables era el grupo de los gays, que iban con el pelo teñido, con pestañas postizas y colorcito en los labios. Caminaban sacando poto con las camisas del uniforme anudadas en la cintura.  Eran las chicas del cole y los que mejor la pasaban.  Cambiaban de enamorado a cada rato y a la hora del recreo se pavoneaban agarraditos de la mano y le coqueteaban hasta al director.  Las peores broncas que recuerdo se armaron por los ataques de celos que provocaban en el patio, y era tal el despelote, que hasta el loco tenía que hacer de mediador para evitar que corriera más sangre.  Cada año se elegía a una reina de la primavera y, con permiso de la familia,  el loco Pita se llevaba a la ganadora a comer a la calle con cetro, corona y todo…

El verano se fue con las hembritas… (*)

(*) Extracto de la novela “Paraíso delos Suicidas”

Y la playa se quedó llena de vagos, de locos y de pereros.  Como ya no estábamos en el colegio y nuestros viejos no querían vernos pateando latas, el papá del Potón le consiguió una chambita de mensajero en una  radio pacharaca.  Era una chamba de mierda pero las primeras paltas entre nosotros comenzaron cuando el huevón empezó a ganar su billete.

 

Desde que estaba en cuarto de media mi viejo dejó bien claro que a la universidad no me mandaba ni cagando. Que esas huevadas son para los cabritos y unos cuantos ayayeros de la gente que tiene la sartén por el mango.  Pura pérdida de tiempo y billete para chibolos engreídos que ya la tienen fija.  Y que lo mejor que yo podía hacer era engancharme de inmediato a una transnacional y hacer carrera.  Esa sí era una decisión inteligente, práctica, decente.  Buena ropa, buen combo, un  carro, buenas relaciones, una jubilación y hasta tu nicho pagado…

 

-No hay actividad más próspera que el comercio… La inversión extranjera… -, decía eufórico mi viejo golpeando la mesa de la cocina con el puño. 

 

Nada bueno iba a sacar yo de los libros y el viejo de Potón pensaba igualito.  Francamente, en mi colegio eran pocos los que hablaban de postular a la universidad y ninguno se juntaba conmigo. La voz era ponerse a chambear al toque para comprar ropa, cigarrillos, tragos, yerba… Tener provisiones para la juerga y otras huevadas que tus viejos ya no quieren pagarte ni bien terminas el quinto de media.  Además,  también hay chambas donde hasta te ponen el carro para  levantar hembritas  ¡Ahhh! Esas son las mejores…

 

Pero cando mis viejos empezaron con su cantaleta al toque me arrepentí de haber dejado de ser escolar ¡Qué chinchosos!  Para ellos la cosa era tan simple como agarrar el periódico del domingo y salir el lunes a buscar chamba… Cuestión de levantarse tempranito nomás…  Y todo porque hay que poner el hombro y empezar a reemplazar a mi viejo… ¡Mezquino amor paternal!…

 

-Solito vas a ir descubriendo tu vocación… -, empezaba la cargosa de mi vieja y no paraba todo el día. 

-Por mientras, nomás -, interrumpía mi viejo sin despegar la vista del periódico.

 

Eso era todo… Jamás me dijeron abiertamente lo que esperaban de mí  ¡Pobres!… Ahora me doy cuenta que ni ellos sabían qué hacer con su vida y estaban improvisando como todo el mundo.  Y la televisión en la sala; la radiola junto a la lámpara de pie en el pasillo; la pequeña y desteñida alfombra persa en el recibidor.  Y en la cocina la licuadora, la batidora y la infinidad de electrodomésticos de los que mi papá nos atiborraba para probar un poquito del bienestar de sus jefes y que terminó haciéndonos sentir estafados… ¡Ah!… Pero qué bien la pasábamos cuando salíamos a celebrar a un buen restaurante, a tomar helados… Cuando compramos el carro y los muebles que hasta ahora tenemos en la sala…  Tan mal nos acostumbramos a esos pocos momentos de abundancia que terminamos gratificándonos con anticipación. 

 

-¡Hay que ser positivos, caracho!  

 

Pero la verdad es que cada vez empezó a pasar más tiempo para que podamos ver tanta plata junta.  Entonces, mi viejo salía conque iba guardar las próximas comisiones en el banco pero jamás cumplió su promesa.  Creo que en el fondo no sabía qué hacer con la plata.    

 

Mientras que nuestros  viejos no nos pedían para la olla preferimos hacernos los locos. Me llegaba al pincho tener que salir a buscar chamba porque mi viejo me prestaba el mismo traje recontra pasado de moda.  De zapatos, ni hablar.  Pero peor estaba de calzoncillos y de medias. 

 

-Sólo nos queda la percha, huevón… -  me decía el Potón – Es lo único que nos salva… 

 

Pero se equivocó porque las calles estaban repletas de compadres más pepones, mejor vestidos, con carro y dispuestos a sacar de un codazo a quien mierda se pusiera en sus caminos. Nosotros jamás tuvimos esa agresividad para la competencia. En realidad éramos unos ingenuos.

 

Es curioso cómo algunos patas saben desde chiquillos lo que quieren de la vida y cómo van a obtenerlo. Nosotros nunca fuimos así.  Siempre pensé que iba tenerlo todo pero jamás me detuve a pensar cómo…  ¿A qué se debe?…  Potón dice que es la coca la que te hace pensar en grande.   Yo no creo.  Mi mamá dice que con una buena chamba puedo tenerlo. Pero yo no he visto que mi papá haya llegado muy lejos.    No.  De hecho existe algo más que esto…

 

Tener un trabajo para vivir como el chino Coco, el negro Javier, el flaco Egocheaga ¿Ellos viven la vida que yo quiero? ¡No!  Porque trabajar para ser como Alan, Bruce, Malcolm y esos que paraban en la playa, tendría que nacer de nuevo… ¿Qué tipo de chamba me nivelaría con ellos? ¡Nada, pues!… Por eso es que muchos se meten a vender coca… ¿Acaso la pepa fue suficiente?… No… ¡Todo cuenta carajo!  ¡Si lo hubiera sabido!…  Tu colegio, tu barrio, el carro de tu viejo, tu apellido, tu ropa, tu pellejo, tus regalos de cumpleaños, tus parientes lejanos… ¡Todo!

 

Ya no caminábamos por las calles tan alegres porque no teníamos plata ni para comprar  cigarrillos sueltos.  Como la mezquindad empezaba a afectarnos,  Potón  se escondía los suyos en la media y prefería no fumar que compartir un cigarrillo.  Todavía éramos buenos amigos pero se iba a comer pollo a la brasa a escondidas. Desde que empezó a trabajar se metió en el Saponautas y  dejaba que la gente mayor del barrio le sacara la plata en el billar con tal de sentirse uno de ellos  ¡El huevón perdía todo el tiempo!  ¡En su cara le hacían trampa al cojudaso!  ¡Y se lo vivían de lo lindo!  Se ponía las chelas, las fuentes de ceviche, las cajetillas de cigarros ¡Todo!  Y cuando se quedaba misio me buscaba.  Cuando lo nombraron en su chamba y le subieron el sueldo ya no lo aguantaba.  El huevón alucinaba grandezas. Hablaba de autos carísimos y de marcas de ropa que en su puta vida se había comprado. Como un cojudo repetía todas las huevadas que escuchaba a otra gente y cuando yo quería hablar de otra cosa me salía al toque conque él pagaba todo y esas huevadas… Ya me estaba llegando al pirifincho.

 

 

Toda la tarde había estado llama que llama por teléfono pero mi vieja no había querido comunicarme ¡Claro!  Cómo era sábado, la pendeja ya sabía que íbamos a malograrnos y al toque empezaba a cargosear con su letanía acerca de las drogas y las malas juntas ¡Todas esas huevadas que te dice tu vieja justo cuando te estás alistando para salir, carajo! 

 

-¿Ya ves? ¿No te digo? Mejor ponte a trabajar… 

 

Pero en un descuido, mientras en la cocina la tetera pitaba como un barco, aproveché para contestar y tenía razón.  Era el desgraciado de Potón que – como acababan de  pagarle – quería salir a celebrar.  Propuso que nos fuéramos con un par de hembritas de su chamba a chupar a Miraflores y me iba a prestar plata hasta que pueda chorearle a mi viejo de la billetera.

 

Las hembritas eran unos cuerazos mayores que nosotros y se notaba que todo lo que Potón tenía en el bolsillo ni cagando nos iba a alcanzar.  Por suerte a mi chica le caí  bien y a las finales terminó pagando la cuenta como si nada. El huevonaso estaba insoportable y a cada rato daba ganas de sacarle la mierda. No dejaba de hablar de carros y de recalcar que yo era un vago. Me quiso cagar tanto en público, que mi chica se molestó y no le dirigió más la palabra.

 

A insistencia del cojudaso del Potón -aconsejado por la gente del Saponautas -  epezamos en La Miel… ¡Qué atorrante! Lo primero que hizo el cojudo fue hablarle en inglés al mozo que lo cagó al toque.  El characato masticaba su inglés y educadamente lo revolcó varias veces en el pendejo idioma de los gringos.

 

Las chicas se aburrían horrible y no querían bailar porque había demasiada luz y creían que todo el mundo se estaba dando cuenta que eran mayores que nosotros. Además las dos ruedas de trago resultaron una mierda.  Y en medio de tremenda mongueada, sólo al imbécil del Potón se le pudo ocurrir pedir otra rueda. Entonces sí que las chicas ya no quisieron seguir tomando.  Para colmo, el muy solapa iba y venía conchudamente del baño y me juraba por su madre que no tenía nada de coca…  ¡Una mierda!… Cuando pedimos la cuenta, le hizo un chongo al mozo porque no quería pagar por los tragos que las chicas no se habían tomado ¡Puta madre!  Ya lo habían levantado en peso un par de corpulentos guachimanes, cuando mi chica sacó un billete de su cartera y le pidió al characato que separe la cuenta  ¡El  brutazo del Potón hasta le festejó la idea!  Y encima, una vez afuera, propuso una colecta para comprar un preparado para tomarlo en el parque Salazar.  Las chicas lo mandaron a la mierda y se subieron a un taxi sin despedirse.

 

-Misio de mierda ¿Quieres salir con hembritas, no? ¡Entonces trabaja, huevón! Ahora vamos a tener que regresar a pie, porque ya gasté mucha plata.  Lo que me queda es para mis pasajes de toda la semana… -, me gritó en la calle delante de todo el mundo. 

 

Miraflores estaba en pleno vacilón y nosotros regresábamos a Magdalena gramputeándonos. Para variar, Larco reventaba de hembritas y yo estaba misio.  En lo último que quiso gastar el Potón fue en una chata de ron.

 

-Si vamos a ir caminando, mejor que sea chupando… -, me dijo tratando de disimular la dureza. 

 

De pronto, cerca del primer óvalo de Miraflores, se detuvo un taxi y alguien nos pasó la voz.   Se nos paró el corazón pensando que eran las chicas que regresaban arrepentidas a buscarnos.

 

-Apúrense, pues chicos… -, gritó una voz afeminada.

 

Pero con desilusión  nos dimos cuenta que era Pati Gallinazo, otro pata del colegio. Tenía unas tetasas inmensas y estaba metido en un traje rojo apretadísimo, unos enormes tacones blancos y maquillado como una vedette, con una sedosa peluca platinada que le caía en cascadas sobre los hombros.  Estaba regia, irreconocible. Nos contó haciendo pucheros que venía de ganar un concurso de belleza en un elegante hostal de Miraflores.  Se iba feliz de regreso a su casa para contarle a su vieja su triunfo con lujo de detalles y a guardar su cetro y su corona de plástico en un lugar privilegiado.

 

-¡Ay chicos, no sé cómo los he reconocido! – nos dijo luciendo sus uñazas escarchadas.

-Franco que no me acordaba que eras tan rica, Pati – le dijo el Potón, pulseándole una teta.

-Son naturales, papacito…

-En serio que estás irreconocible… – insistió el Potón tratando de jalarle la peluca.

-¿Qué té pasa a ti oye, ah? ¿Estás payaso, no? No te juegues así… ¡Sí vas a estar con esas bromas te me bajas!

-Discúlpame, Pati Gallinazo,  es que no me acostumbro…

-Pues acostúmbrate, hijito, porque desde ahora soy una reina… ¡Y gallinazo será tu abuela! Mi nombre es Pati nomás, ¿Oíste?…

-¡Salud por eso, Pati!

-¡Tengo unas pepas! ¿Qué les parece si compramos unos tragos y nos vamos a celebrar a mi casa?

-¡Puuuta, Pati!

-Compramos coca, marihuana… ¿Qué quieren?… ¡Es que quiero celebrar!

-Cómprate un trago aquí en Ríos para ir chupando por el camino y después ya veremos – sugirió el Potón lleno de muecas.

-¿Maestro, por favor, puede parar un ratito en Ríos… Aquí en Santa Cruz, nomás… ¿Conoce?… – le dijo Pati al taxista.

-Nosotros estamos misios, ¿ah?

-Yo invito, pues… Pero baja tú nomás, Potón… Porque vestida así es mucho roche…

 

Pati Gallinazo también vivía en Magdalena y desde que tenía dieciséis venía ahorrando para operarse. Ya se había puesto un par de pechos regios y seguía lavando, peinando y recortando melenas para amputarse el miembro. Trabajaba de sol a sombra  en una modesta peluquería que había montado en el garaje de su amiga  en el jirón Bolognesi. 

 

Mientras Pati me ponía al día de sus últimos logros, oímos que el Potón gritaba. Venía corriéndose de un par de angustiados que querían cuadrarlo. Me tiré del carro y reduje a uno de los pendejos de un tremendo cabezazo que me dejó cojudo.  Pero en un ratito nos acorraló una manchita y uno de los huevones se me lanzó con su botella rota.  Sólo de puro lechero pude esquivarlo. La siguiente embestida me habría decapitado pero, por suerte, el tipo se desplomó delante de mí. Era Pati,  que se había sacado los tacones y estaba repartiendo golpe que daba miedo.  El ruido fatal del motor del taxi alejándose con sus trofeos la distrajo por un instante y el angustiado de la botella rota le acertó en la cara.  El horrendo grito de dolor de la infeliz paralizó el vecindario y mientras Pati caía de rodillas cubierta de sangre los fumones se dispersaron en distintas direcciones.

 

Le envolví la cabeza  como pude con mi camisa nueva y nos fuimos en taxi hechos un pedo al hospital Santa Rosa.  Ninguno de los dos quiso declararse como acompañante, así que Pati se quedó solita en la sala de emergencias,  cubriéndose la herida hasta que el residente de turno pudo zurcírsela.  Esa fue también la última vez que vi al Potón y con el tiempo nos perdimos de vista por completo. A Pati si la he visto un montón de veces pero no he querido detenerme a conversar.  Palabra que me dio gusto cuando me contaron que ahora tenía una buena peluquería y que había conseguido amputarse lo que le estorbaba entre las piernas.  Pero a pesar de tanta cirugía, todavía quedan huellas de aquella horrible noche en su rostro.  Y por eso la pobre sigue ahorrando…

Potón era más chato que yo… (*)

(*) Extracto de la Novela “Paraíso de los Suicidas”

                                                   

 

… Y tiraba para gordito.  Desde que tenía nueve años le crece una sombra de barba que le llegaba hasta el pecho.  La chapa se la pusieron en el colegio porque el desgraciado tenía tanto pelo por todo el cuerpo que alguien dijo que tenía que comprarse un short de educación física dos tallas más grandes.  Para colmo era vanidoso y a cada rato sacaba un trinche para levantarse un tupido afro que usaba desde primero de media.  Su pasatiempo favorito era pasar mostacillas por horas con la música a todo volumen. El muy cabrito tenía los brazos llenos de pulseritas y con orgullo se colgaba en el cuello sus mejores trabajos.  Algunos lo jodían por andar tan acicalado pero a mí me llegaba, porque el Potón tenía buena onda y no se hacía paltas por nada  ¡Ah!… ¡Mi pata del alma!… ¡Todavía me parece escuchar su silbido provocador desde mi ventana!…

                       

-El sol está buenísimo… Ojalá hoy no se llene la playa, compadre… Una calentadita y te juego paletas – me dijo exprimiendo la última gota de Rayito de Sol que nos quedaba en el tubo.

-Esta playa se está maleando, huevón.  Con razón que la gente se está yendo para el  sur. Aquí en la Costa Verde se están quedando los misios…

-No digas eso que me palteas, compadre… Todavía queda buena gente.

-Lo que importa es lo que traen en la cartera.  Ahora la voz es quitarse para El Silencio, cuñao.

-¡Los culitos que debe haber por allá!…

-Pero sin una caña estamos cagados, huevón.

-¡Conchasumadre! Si mi viejo me soltara el carro estaríamos mandándonos hasta allá los fines de semana, cojudo…

-¿Quieres que te den el carro los sábados? Con lo malogrado que eres será para que te saques la mierda, huevón.

-¿Tú que hablas, peperaso? ¿Ya te olvidaste de quién fue la idea de meterse a correr tabla en tres jarabes y doce Optalidones? ¡Por tu culpa se nos fue la única tabla que teníamos, maricón!

-¡Casi me ahogo, huevón!… Además, esa nota me duró como tres días y todos se dieron cuenta en mi casa.

-Sí, claro. Pero al día siguiente estabas pidiendo que me saque las Lexotán de mi viejo ¿Ya no te acuerdas, huevón? ¿Y cuando te choreaste las Mandrax del cuarto de  mi tía y me echaron la culpa?

-¡Ya!… ¡Ya!… ¡Córtala, compadre!  ¿Para eso fumas?… ¡Pastelero de mierda!

-¡Mira quién habla! Yo no vivo a la vuelta del Fuerte Apache, cojudo… Vas a ver que ni bien lleguemos arriba me vas a batir un mixto en el malecón…

-¡Qué bueno sería poder irse a fumar a otra parte!… Si tuviera mi cañita bajaríamos otra vez a la playa bañaditos a fumarnos un burraso viendo el sunset…

-¡Sí, huevón!

-Y cada vez que nos pare la policía poder mandarlos a la mierda…

-¡No, huevón! Mejor que eso. Les refriego en la cara la tarjeta del general que mi viejo me dio para las emergencias. Una llamadita del General y se van a afeitar auquénidos a la puna…

-¡Sí, compadre! 

-¡Lo que es tener billete! ¿No cojudo?

-¡Lo que es ser hijo de militar!

-Pero yo ni cagando sería milico.    

-Pero la pasan bien, huevón.

-Conozco un huevo de patas que están allí sólo para mantener el vicio.

-¡Igualito pasa con los tombos, compadre! Un huevón con uniforme te allana igualito que un choro.

-A mí me llega al pincho que me den órdenes…

-Sí, compadre. No entiendo esa huevada de hacer los caprichos de un cojudo porque tiene galones…  

-A mí nada que ver con los uniformes… Prefiero ser pobre, cuñao.

-Por eso quiero hacer billete lo más rápido posible, compadre.  Para retirarme forradazo a los treinta y cinco años…

-¡La voz es jubilarse máximo a los cuarenta!  Con un par de casotas y un hembrón que me cache todo el día…

-¿Y no quieres tener calatos?

-¡Claro! Pero un par de mujercitas porque si son machos segurito salen a mí y me dejan vacío el botiquín.

-Yo quiero una parejita para tenerlos bien vestiditos con sus zapatillitas Nike y sus Oshkosh.

-Es importante escoger bien a la hembrita con la que te vas a casar, cuñadito… No sólo tiene que estar buenaza, también tiene que ser una buena ama de casa… Nosotros, huevón, somos caso perdido… Nuestros hijos tienen que salir a sus madres…

-¡Sí, compadre!

-Tienen que ser blanquitas…

-¿No dicen que carne blanca aunque sea de hombre?

-¡Eso dirá tu viejo, cojudo!

-¡No te juegues así, huevón!

-Yo me tengo que casar con alguien que tenga billete.  En eso le doy toda la razón a mi vieja, huevón…

-Jamás me alucino casado con una chola.

-Claro, pues.  Se sobreentiende que tenemos que ir mejorando la raza ¿no?… ¡Qué horrible sería tener un calato trinchudo y con un culo morado impresentable!

-¡Yo lo mato!… ¡Si me sale así por mi madrecita que lo ahogo, carajo!

-No lo firmas y se acabó, cuñao.

-Además, la cosa es que tu hembrita esté bien rica para que se ponga su tanguita chiquitita y jamonearse con ella  por la orilla para sacarle pica a todo el mundo…

-¡Por supuesto, compadre!

-¿Cómo alucinas a tu hembrita?

-¡Puta madre! Altita, respingadita, de pelo clarito pero no muy gringa, ¿ah?… Las muy gringas me llegan al pincho, cuñado. No me gustan las cagaleche.

-¡Aj! A mí tampoco, cojudo. Se les notan bien feo las venas de las tetas.

-De hecho que tenemos que levantarlas en otro barrio, huevón.

-Mínimo del otro lado de la Brasil o por Javier Prado. Allá casi no hay cholos, cuñao.  Y, si los hay, ya no se les nota tanto el mote.

-Como a tu vieja…

-¿Qué té pasa, conchatumadre? ¡Con mi vieja no te metas, huevón!           

-No te acomplejes, compadre… Es una broma. Tienes razón en preocuparte por el billete porque a nosotros todavía nos a va a tomar un tiempito poder hacerlo.

-¿Ves? ¡Eso es lo más importante! Los viejos de tu hembrita deben de tener billete sino  no vale la pena, cojudo.  Con un suegro bien forrado te paras rapidito. 

-Alucina que te monte un negocio…

-¡Claro!

-Alucina que te ponga a vender carros importados. BMWs, Ferraris, Maserattis…

-Con un taller de la conchasumadre al lado…

-…Y llegar todos los días en resaquita a las once de la mañana a carajear un rato a  tus cholos y de un sólo queco levantarte a la secretaria, que está que se caga por ti, llevártela a almorzar al Costa Verde y después de tirártela, regresas a chambear un par horitas, nomás…

-¡Qué paja, compadre!

-¡Riquísimo, huevón! ¡Ah! Eso sí.  Con tu falso en el bolsillo…

-¡Y de la mejor calidad pues, compadre!…

-Ni bien te levantas, te metes un burraso de colombiana y un par de rayas en bandeja de plata.

-¡Puta!  ¡Ya quiero tener esa edad!

-¡Shhh!… ¡No grites, imbécil!…  Las hembritas no tienen que enterarse de nada pues, huevón… Se supone que tenemos billete…  ¡Se nos caga el plan pues, cojudo!

-¡Ya sé, huevón!

-Eso dices pero siempre la cagas, compadre…

-¿De qué me echas la culpa ahora, huevón?

-¿No te das cuenta que ya pareces maricón con tus collarcitos, compadre? ¿Quieres que te confundan con un jipeado de la avenida Larco? ¿Ah? Lo peor es que me cagas a mí también, compadre. En esa nota nunca vamos  a conseguir una hembrita que valga la pena…

-¡Puta que eres un malagradecido de mierda, huevonaso! ¿Ya te olvidaste que yo soy el que consigue  las hembritas?  ¿Ah? ¡Huevón! 

-No es eso, Potón.  Lo que digo es que es momento de cambiar. Hay  que planificar. Empezar a abrirnos camino para alcanzar una meta, huevón…

-¡Puta, cuñao! ¡Ya estás igualito a tu vieja!…

-¡Es que es verdad, Potón!… Tanto pacharaquerío termina cagándote… Imagínate, cojudo, acabar casado con una pacha y tener que chambear el resto de tu vida para mantenerla.

-¡No, por favor! ¡Qué horrible!

-Te has fijado que en las reuniones algunos patas te dicen todos chupados: “…te presento a mi señora…” ¡Y es un guanaco, compadre! Y al toque te preguntas, ¿qué hace este tipo tan bien plantado con un adefesio? ¡Debe ser un castigo de Dios por andar pacharaqueando, cojudo!.

-¡Qué miedo! ¡No sigas, compadre!…

-¡Y yo tengo un jale increíble para esas huevonas!… 

-¡No te sales tú solito, huevón!… ¡Mejor cállate y tomemos sol un ratito…

 

            -Yo le dije a Eunice que invitara a ese chico…

            -Ojalá que vaya con esa camisa roja que le queda… ¡Hmmm!…

            -“Ustedes no nos hagan nada y nosotros tampoco les haremos nada”…,     

            gritó un chibolo huevón y al toque les caímos encima y les desmantelamos

            el campamento…

            -¡Glacial, helados! ¡Glacial, helados!…

            -¡Papa rellena!…  ¡Papa rellena, joven!…

            -¿Señora, señora? ¿Está bien helada la Inca Cola?…

            -¡Calla pacharaco!  ¡Ya me contaron que anoche te vieron comiéndote un

            lomo saltado en la chingana de Punta Hermosa con la cojuda que salió

            calata en Equus!

            -¿Y tú, picón? ¡Anda chorearle plata a tu viejo y no jodas!

            -¡Sánguches de pollo! ¡Sánguches de pollo con su mayonesa!

            -¡Barquillo, barquillo! ¡Barquillo, señorita!

            -¡Qué tal ola, cuñado!

            -¡Puta, compadre, mira cómo el mar se  lleva las cosas de las hembritas!

            -¡Conchasumadre!  Con esos culitos yo al toque las ayudo…

            -¡Allí viene otra!

            -¡Que tal olón cuñadito!

            -¡Mirella! ¡Mirella!… Flaquito, por favor no seas malito pásale la voz a esa

            chica…

            -(ALTAVOZ) ¡Inca Cola, la bebida de sabor nacional da la hora en todo el

            Perú!…

            -¿Sabes de lo que me he dado cuenta, compadre?

            -¿De qué tu vieja es hombre?

            -¡No huevón! ¡De que los patas miran a los patas! ¿Por qué será, ah?

            -Puta, qué maricón este conchesumadre…

            -¡Puta, qué tal culo, compadre!

            -¡Qué abusiva!

            -¡Chicles, cigarrillos! ¡Cigarrillos, cigarrillos!

            -¡A mi izquierda, a mi izquierda!… ¡Miren cómo ese negro se echa el

            bronceador en los talones!…

            -¡Marcianos, marcianos! ¡Marcianos de pura fruta casero, si no le gusta, no      

            me lo paga!

            -¡Bola! ¡Bola, flaquita! ¡Pásame por favor la bolita!

            -¡Sorry!

            -¡Cerveza helada! ¡Cerveza helada! ¡Cerveza helada, señorita!

            -¡Helados Donofrio, helados!

            -¡Pellejito de chancho, caballero! ¡Directo de La Habana llegó el pellejito de   

            chancho! ¡Pruebe el verdadero sabor cubano!

            -¿Flaquita, me pueden cuidar un ratito las cosas?

            -¡Mierda! ¿Qué apesta?

            -Agua de zanahoria con rábano…

            -¡Juega, pues idiota!

            -La próxima no te la devuelvo, ¿ah?

            -¡Loco, una pitada!

            -(ALTAVOZ) Recuerde que los niños se entretienen removiendo la arena…

 

-¡Vámonos al agua, compadre!

-¡Sí, compadre! ¡Ya me cansé de escuchar huevadas!

 

Partimos la carrera hasta el mar pisando las toallas de todo el mundo y nos montamos en las olas.

 

-¡De puta madre, compadre!

-¡Esta es la felicidad!

-¡Toda mi vida quisiera vivir cerca del mar!

-¡Yo también!

-¿Un partidito de paletas? – propuso al rato Potón cansado de tragar arena.

-¡Se  impone, compadre! Voy a secarme las manos…

-¡Betto!… ¡Potón! … – escuchamos unas voces desde el Pavotito.

-¡Es el Sobaco!…

-¡Qué lecheros!  ¡Llegaron los tiros, compadre!

-¡No jodas, Betto! ¡Hemos venido a hacer deporte y no a juerguearnos!

-No seas estúpido, Potón, sólo saludamos y regresamos a seguir jugando…

 

En una mesa cerca de la baranda,  el Sobaco y los mellizos de San Felipe se tomaban unas chelas y nosotros, chorreando agua con arena, agarramos un par de sillas y nos unimos al grupo. Uno de los mellizos se cubría la cara con su pañuelo.

 

-¿Qué te pasa, compadrito? – le pregunté preocupado.

-¡La muela! – con las justas le entendí al huevón.

-¡Qué rico! En un ratito me doy una zambullida – interrumpió el Sobaco al vernos empapaditos y con la intención de cambiar de tema.

-¡Te vas a cagar, compadre! ¡El sol te va a inflamar el cachete! – insistió Potón.

-¡No me lo psicoseen al hombre, pues!…  Que estamos de boleto desde las seis de la tarde de ayer… Ahorita nomás se le ha hinchado la cara…

-¡Mierda! Ya les vi toda la pinta de la amanecida.

-¿Qué?… ¿Se nota? – preguntó el cínico del Sobaco.

-En el sobaco, compadre… – intervino el Potón, virulento, tapándose la nariz.

-Payaso eres, ¿no?, conchatumadre…

-No te piques, Sobaquín…

-Hemos venido por un rato, nomás – lo interrumpió el otro mellizo- Es que tengo yerbita para vender – agregó bajando la voz.

-¡Para variar! Ya me preguntaba qué hace tanto murciélago en la playa ¿Y de  cuánto tienes? – se interesó el Potón.

-¡Lo que tú quieras, compadre! – contestó el otro detrás de su pañuelo.

-¿Compramos una luca a medias?

-¡Puta madre, Potón! ¿No te dije que dejé mi plata en la casa?

-Arriba me pagas o me la quedo toda… – me contestó  tomándose un vaso lleno al hilo.

-¡Guarda! ¡Guarda, chibolo! ¿Por qué discuten esas huevadas aquí? ¿Quieren que nos caiga encima la mancada?  Y si tienes sed, cómprate tu cerveza y no seas gorrero pues, Potón – dijo Sobaco arrojando el concho de cerveza violentamente al tablado. 

-¡Cómo te acaloras, Sobaquín!

-No le hagas caso y sírvete otro, huevón – invitó el otro mellizo – Lo que pasa es que este cojudo no tiene buenos modales porque en su familia siempre han estado de guardia… ¡Nadie ha tenido tiempo para enseñarle algo a esta bestia! – sirvió otro vaso hasta el tope y se lo alcanzó al Potón.

-Gracias, compadrito.

-¿Ya ves? ¡Por las huevas me has hecho pasarles la voz a estos misios de mierda! – continuó renegando Sobaco.

-No jodas, Sobaco… Tú sabes que nosotros somos buenos compras… Por las huevas te arrebatas, ¿no compadre?

-¡Me llega al pincho que te mandes así sabiendo que cualquiera puede ser un sapo!- dijo clavándole una mirada maldita a un par de adolescentes que al toque se cambiaron de mesa-  ¡Puta, chiquillos, ustedes parecen nuevos!

-¿Te pones así por un vasito de cerveza?

-Es que no hay efectivo y estamos en recurso, compadrito… ¡Entiende!… Con las justas hemos hecho la última chancha para comprar unas cervezas y con concha te secas mi vaso.

-Así es, cufuñafaditos, queremos recursearnos para unos cevichongos…

-¡Necesitamos un levante, pues! – volvió a interrumpir el Sobaco que ahora me guiña  el ojo y se me acerca – Por si acaso, todavía me quedan algunos mogras para la ventana.  Si alguien quiere avísame pero solapa pues, carajo. 

-Voy por el billete, mellizo… Acompáñame, Betto -me dijo el Potón haciéndose el misterioso y se bebió todito lo que le sirvió el mellizo al hilo.

-¡Les compramos y nos abrimos, cojudo! Esta gente está con roche, Betto… Si los rayas les caen encima nos jodemos por pateros.

-¡No seas cabro, Potón! ¿Qué nos va a pasar? Vamos a tomarnos unas chelas con ellos porque el Sobaco ya quiere dispararse unos tiritos.

-¡Si tú quieres, quédate!… Ese Sobaco es un salado ¿Ya te olvidaste que nos metieron presos la última vez que le compramos vaina?

-Nos agarraron porque te pusiste demás, cojudo.

-Cómo sea, Betto. Yo les compro y me quito.

-¡Un par de chelas nomás, pues!

-¿Tienes plata, huevón?… Si al Sobaco no le compras un quete no te va soltar ni un vasito de cerveza y menos un tiro  ¿No estás viendo cómo se araña el cojudo?

-Eso será contigo, huevón.

-No sé, compadre, pero yo no quiero coquearme. Ni cagando me voy a comer otra cana por las huevas.

-Entonces anda y compra tu marihuana solo, huevón ¿Para qué voy a ir yo?

-Entonces, espérame, que ya regreso.

 

Cuando cayeron las primeras sombras quedaban apenas tres grupos aislados y una que otra pareja de arrechos se hacían los dormidos aguardando la noche. Terminamos el último partidito de paletas y fuimos a darnos un chapuzón antes que oscureciera por completo.  

 

-¡Esta es la mejor hora para bañarse, compadre!

-El agua está tibiecita  y nadie está meando a tu costado…

-Mañana somos los primeros tirando dedo en la bajada de Productores.

-Ni cagando vengo por aquí en domingo, cuñado. Prefiero quedarme en mi casa viendo tele.

-Puta, me había olvidado, compadre. Domingo es día del pueblo y la playita se transforma en el Parque de Las Leyendas.

-¡Pura llama, hermano!

-Lo peor es que no se puede jugar paletas; la orilla se llena de chiquillos cagones que se la pasan llevando y trayendo agüita y los guanacos en la parte de atrás siempre organizan su campeonato interprovincial.

-¡Y vale todo, compadre!  Porque los mates van con todo y paleta a  la cara.

-¡Ni tomar sol se puede, huevón! Se ponen a jugar fulbito encima de uno con una pelota que ya parece globo… Pero nunca te dan, ¿ah? Esa gente domina su bola a pezuñazo limpio…

-Pero igual te tienen noico y te llenan de arena, huevón.  Además, con tanto choro no puedes separarte de tus cosas ni para pedirle fósforos a la hembrita de al lado, compadre…

-No te olvides de los ollones de comida que te cagan el ambiente, cuñao. Ni comparación con el olor a aceitito de coco de las hembritas los días de semana.

-Los domingos la voz es irse a la Herradura…

-¡Ni eso, cojudo!… Toda la masa chorrillana baja con derecho, huevón…

-Pero esa gente no se chanta hasta el fondo…

-Ah, bueno. Hasta Las Gaviotas no entran porque allí siempre hay una impenetrable barrera de desprecio que no se atreven a cruzar…

-Sí, pero  ese espacio es cada vez más reducido, compadre…

-Todo el mundo se quita para el Sur los domingos…

-Por eso te digo que ahora la voz es el Sur pues, cojudo…

-La costa Verde se ha ido a la mierda… Los coliformes salen a la orilla a tomar sol y hasta se secan las patas con tu toalla…

-Me acuerdo que un domingo por la tarde bajé a tomar unas chelas con un pata ¿y sabes a quienes vimos desde lejos?

-No. ¿A quiénes?

-¡Al Alan y al chino Coco, huevón! Estaban haciéndole el punto a un par de pacharacones…

-¿El Alan? No jodas, huevón… ¿Y quién es el chino Coco?…

-Es un cholo gordito con el pelo quemado que baja de Barranco. Las hembritas prefieren decirle “chino” para no admitir que paran con cholos… Es el típico playero que se gana a la gente  porque tira paletas nomás…

-¿Y qué hacían con esas pachas?…

-Paseaban  por la orilla con su pacharaca de la mano…

-¿Estarían borrachazos?

-No sé. Pero al otro día le pregunté al chino Coco dónde estuvo el domingo y el palero me dijo que se había quitado al Silencio con unas hembritas de Valle Hermoso… ¡Imagínate, huevón!…  ¿Venir a pituquearse conmigo? ¿Quién se habrá creído el Cahuide ese?…

-¡Que se vaya a huevear a las hembritas y no joda!

-¡Y vive en un callejón, compadre!

-No importa. Cuando se enteren que es un misio ninguna le vuelve a hablar… Ya vas a ver…

-Espérate que termine el verano nomás y se lo encuentren en Larco con su ropa huachafaza de invierno. Sin su ropa de baño choreada de Chicama.  Lateando, porque se compró un salchipapas con la plata del pasaje…

-¡Claro! Y los cholos se ponen amarillos en invierno, compadre.  De hecho que le tiran perro…

-Si el huevón es de los insistentes, hasta se gana su quechi en la ceja…

-¡Las hembritas son unas mierdas, compadre!

-¡Sí, huevón!

-¡Ya me cago de frío, compadre!

-Yo también, cojudo. Mejor vamos saliendo…

 

Emprendimos la marcha y cerca de uno de los chorros notamos que cuatro pájaros fruteros agarraban a golpes a una chiquilla semidesnuda, que forcejeaba  tratando de liberarse.  El Potón les metió un sonoro carajo pero los chiquillos siguieron como si nada  ¿Qué cosa? Eso sí que nos llegó al pincho. Así que empezamos a tirarles  piedritas para asustarlos.  Pero los pirañitas de mierda  agarraron unos rocones y nos bombardearon. Estuvimos un rato intercambiando proyectiles hasta que los arbustos engulleron a los mataperros.  La chiquilla se acomodó la ropa en silencio, recogió su mochila vacía y aún sollozando continuó subiendo y desapareció también en la negrura. 

 

-¿Puedes creer eso, cuñao?

-¿Crees que arriba no habrá otros conchasumadres que se quieran brincar a la cholita?

-Esa llega a su casa violada por lo menos tres veces al día…

-¡Hay que apurarnos, huevón! No vaya ser que a nosotros también nos cuadren.

-¡No seas chivato! ¿Quién nos va a asaltar a nosotros?

-Cualquiera, compadre, cualquiera…

-¿No estás viendo cómo se corren los chiquillos?

-¡Nos respondieron, cojudo!…

-¡A los chiquillos se les reduce al toque!… ¿O tienes miedo que tres pirañitas te rompan el culo? ¿Ah? ¡Rosquete!

-¡Ya te quiero ver con los chiquillos que me encontré la otra vez!

-¡T’as huevón! ¡A mí ningún chiquillo me neutraliza!…

-¡No tienes una puta idea, compadre!… Era una mancha de pirañitas, que apestando a pichi y todo, nos apuntaron con sus hondas directo en el ojo… “¿Dónde está la merca, carajo?… ¡Saquen la merca, mierdas!…”, gritaban igualito que los rayas y nos rebuscaron toditito el carro, carajo.

-¿Cuándo fue eso?

-¡Ya te conté, huevón! Fue la misma noche que nos mandamos con Polo y Morales hasta Renovación.

-¿Cuándo has estado en Renovación, mentiroso?

-Fue cuando la mamá del Polo, vieja conchasumadre de mierda, nos tiró a la calle en pleno toque de queda.

-Pero nunca me contaste que se habían ido hasta Renova…

-¡Puta madre! Ya eran como las ocho de la noche, compadre, y Polo se robó la camioneta de su mamá para ir a computar más a Renovación. 

-¿Y por qué se fueron hasta allá?

-Porque el Polo se pone cargoso, compadre… Insistió en que conocía a una tía que le vendía peso, además, nos dijo que el sitio era tranquilazo y atracamos… Ni bien llegamos se estacionó a mitad de una calle oscura y se bajó solito el huevonaso. “Ya vengo…”, nos dijo como si se metiera a la casa de su hembrita…

-¡Recontra armado ese conchesumadre!

-¡Sí, compadre!… Ya se estaba demorando un culo cuando unos pirañas abrieron las puertas de la camioneta  de un patadón.

-¡No me habías contado eso, cojudo! ¿Qué hicieron?

-¡Ni mierda! Nos quedamos fríos mirando cómo rebuscaban el carro igual que la policía…  Pero justo llegó el Polo y arrancó en primera. Entonces aprovechamos que los chiquillos se paltearon y los bajamos de la camioneta a puntazos.  Algunos se tiraban solitos a la pista y se sacaban la mierda…  Más tarde tuve que arrastrarme por la avenida Brasil, tipo ranger, para llegar a mi casa… ¡Puta madre!  ¡La noica me duró varios días, huevón!

-¡Una mierda esa vieja para hacerles eso!

-Es que el angustiado del Polo se escapó con toque de queda a seguir fumando y nos dejó solitos… Y cuando su mamá nos preguntó por él nos mandó a la calle de puro asada.

-¡Han podido morir, compadrito! Esos cachacos están que se cagan por disparar una bala, huevón…

-La cojuda nos dio un par de fundas de almohada para que las usemos como banderas blancas y todavía la maldita nos dijo que tengamos cuidado y nos tiró la puerta en el culo.

-¡Si hasta con salvoconducto te queman, compadre! ¿No escuchas los balazos todas las noches, cojudo?¿O crees que son tiros al aire nomás? ¡Una mierda esa vieja!… ¡Los han podido matar, Potón!

-O dejarnos tuertos, compadre…

-¡Pero qué huevones para mandarse hasta Renova de noche!

-¿Huevones? Avesados dirás… Cualquiera no va a esas horas, compadre…

-¡A mí no me vas a decir cómo es eso, cojudaso! ¡Yo he estado un culo de veces en el mismo llonja y a pata, huevón!…

-¡Ah, chucha!  ¡Me maleteas al toque! ¿Cuándo has ido tú a Renova, palero?

-¡Huevón!… He ido de madrugada, con toque de queda y hasta en patrullero. Me acuerdo una vez que me tiré la pera con el gordo Pachón y, lateando nomás, llegamos hasta La Victoria… Y por las puras huevas se nos ocurrió ir a computar pay a Renovación… Ni siquiera habíamos fumado, ni teníamos ganas…

-¿Y como qué hora era más o menos?

-Serían las tres y media o cuatro de la tarde.

-¡Ah!…  ¡De día, nomás! A esa hora es tranquilito…

-¿Tranquilito, huevón? Renova no es tranquilito a ninguna hora y menos a pie. Desde el cine Odeón ya te están cuadrando los pasteleros. El Pachón me dijo todo canchero que no empelote a nadie… Que no hay que empelotar a los paseros porque te delatas de huevón…  Que hay que caminar tranquilo, con seguridad, como si conocieras a la tía del llonja… Pero la verdad es que ya teníamos encima más de ocho angustiados preguntándonos “… cuánto, cuánto, cuánto…” Pero nos metimos de frente al callejón sin contestarles ni mierda. Pero en la puerta, compadre, nos cruzamos con un negro cojo con una mirada asesina que casi nos hace dudar. Pero el Pachón me dijo al toque: “Tú sígueme, nomás, cuñadito…” Y desde el fondo una negra gorda, con una tina llena de quetes, nos gritó con voz de corneta vieja: “Con uniforme no, ¿ah?…  ¡Con uniforme nadie me entra al callejón!”…

-¡No jodas! ¿Y cómo cuántos pacos tendría la negra?

-Tenía un culo de ferros rebalsándose en una tina de plástico… “¡No me maleen el callejón, pues!… ¡Escolares, no!… ¡Escolares no!… ¡Váyanse, oye!…”, seguía la negra conchesumadre y el cojo aprovechó el pánico para acercarse todo ayayero. Pero nosotros igualito nos seguimos de largo…

-¡Conchasumadre! ¿Y entonces?

-Con el griterío empezaron a abrirse todas las puertas de los jatos… ¡Puta madre, Potón! Todos eran fumaderos, compadre… Igualito que en la película el Regreso de los Muertos Vivientes número dos… Con efectos de humo y todo… Alucina que en un cuarto había un montón de negros tirados en la tierra con una negra… El pajero del Pachón se quedó  mirando hasta que le metieron un cuadre por sapo… Pero él como si las huevas, ¿ah?…

-Es que ese huevón es grandote.

-Entonces, salió la tía Pini y nos salvó la vida, huevón…

-¿La conocías?

-No, todavía…  Pero la negra sacó la cara por mí, Potón. “¿Qué mierda te pasa con mi gente, carajo?…”  Y en sayonaras y minifalda se le cuadró toda achoradasa a la otra tía.  Y me dijo: “Pasa nomás, sobrino… No le hagas caso a esa chancha de mierda…” y nos metió a su cuarto. “Ya te voy a ver llorando cuando te caigan los rayas por chibolera,  so puta de mierda…”, le gritó piconaza la gorda con esa voz de corneta.

-“¡Calla, chancha de mierda, ya quisieras ser chuchumeca!…”, al toque le contestó la negra Pini que  - de paso – tenía buenas patas…

-¡Mierda! ¿Y la gente qué decía?

-¡Nada, compadre! Era un asunto entre las tías y los fumones no se meten porque salen perdiendo.  Compadre, el que menos estaba fumando o vendiendo. Los chiquillos harapientos fumaban pasta delante de sus viejas. Eso te impresiona, huevón… Pero me hice el cojudo, nomás…

-¡Seguro que esos fueron los que quisieron cuadrarnos!…

-Puede ser, compadre… Esos chibolos son maleadazos…  

-Esos no llegan a grandes…

-Llegan… Pero hasta las huevas… 

-¿Y cómo salieron del llonja?

-Estaba que me cagaba de miedo.  Pero la tía Pini nos mandó con un par de sobrinos que estaban fumando atrás en su corral y nos fuimos escoltados por un par de  negrazos hasta la Manco Cápac, Potón…

-¡Puta, pero qué lecheros!

-¡Lecherazos!  Pero el cojo de la puerta nos movió una ceja y de hecho se la está guardando para la próxima.

-Renovación es alucinante, compadre,  y eso que yo no llegué hasta el mismo llonja…

-Puta. Allá sí que no vuelvo, Potón…

 

Casi llegando a Armendáriz, nos pasaron la voz a gritos de un Volkswagen amarillo. Al toque reconocimos al antipático del Sobaco y nos trepamos al carro felices de la vida ¡Qué suerte!

 

-¡Ustedes sí que son playeros!

-¡Puta, chibolos! ¿Van a ser las ocho y recién están subiendo?

-¿Y ustedes se fueron de largo?

-Nos quedamos chupando en la Herradura, compadre.

-Trepamos unas coquerasas y este conchesumadre las acaba de bajar en el túnel de la Herradura… ¡Eres una mierda, Sobaco!

-¡Putas de mierda, huevón! ¡Que vayan a vivir a la conchesumadre!

-¡Una mierda este huevón!

-¿Quieres quedarte aquí nomás, Potón?

-Tranquilo, Sobaquín…

-¿Y tu hermano, mellizo? No me digas que también lo tiraste en el túnel.

-¡No, huevón!… Está cagado con la muela y tuvimos que dejarlo en la casa, compadre.

-¡No te dije, huevón!

  

Sobaco  estaba borracho y hacía rugir el motor al máximo.  En el asiento delantero el mellizo subió el volumen de la radio y arrancamos hecho un pedo. 

 

           ♫♫ Nobody’s gonna take my car…

                I’m gonna race it to the ground… ♫♫  

 

El velocímetro marcaba ochenta cuando doblamos la curva de Las Cascadas y el Sobaco perdió el control del volante.  

 

            ♫♫ I’m gonna break the speed of sound…

                Oh, it’s a killing machine,

                It’s got everything…♫♫

 

El carro se tambaleó de derecha a izquierda y por algunos segundos, interminables, tuvimos tiempo de pensar de qué lado nos volcaríamos.  

 

              ♫♫ like a driving power

                   Big fat tires and everything…

                   I love it, I need it, I feel it… ♫♫  

 

Nos dimos por lo menos tres vueltas de campana. Sentí clarito cómo el carro rebotaba y sacaba chispas de la pista.  En una de esas perdimos fuerza y el auto se arrastró de costado.  De milagro se detuvo al borde del precipicio… Un milímetro más y caíamos sobre el Costa Verde…

 

                 ♫♫ Yeah, it’s a wild hurricane…

                       All right, hold tight

                       I’m a Highway Star… ♫♫

 

Insistía ileso el conchesumadre de Ian Gillian.

                       

Sobaco perdió el conocimiento.  El mellizo tenía sangre por toda la cara.  La botella de Pomalca se hizo mierda.  Todo el carro apestaba a trago y los quetes de vaina aparecieron regados por todos lados.

 

-¿Potón?… ¿Compadrito?…  ¡Contéstame, Potón!…

-¡Conchesumadre!… Nos cagó este borracho de mierda…

-¿Te puedes mover?¿Crees que tengas algún hueso roto?

-No compadre. Creo que estoy bien…              

-¡Yo también, cojudo!

-¡Sobaco!… ¡Mellizo!

-¡Mellizo!… ¡Sobaco!

-¡Puta, compadre, estos huevones están muertos!

-¡Conchasumadre! ¡Si están muertos viene la policía y nos cagamos, compadre! ¡Mira como está el trago y la coca por todos lados, cojudo!

-¡María Auxiliadora, virgencita linda, tú me has salvado!

-¡Déjate de cojudeces, Potón! ¡Apúrate que nos vamos! 

 

Con una mano me sujeté fuerte de la ventana del copiloto y logré sacar medio cuerpo afuera a pesar que el polvo no me dejaba ver nada. El mellizo empezó a quejarse pero todavía estaba inconsciente.  Me enteré que el Sobaco también estaba vivo cuando tuve que pisarle el hombro y parte del rostro para darme impulso y salir del carro.  Estuve en la pista de un salto. Intenté abrir la puerta con todas mis fuerzas pero no pude.  Así que el Potón tuvo que hacer lo mismo para salir.

 

La bajada estaba desierta. Ni un solo carro había pasado todavía. El viento comenzó a llevarse los quetes volando por la pista. Recogimos rápidamente los que estaban a mano. La luz de un carro aproximándose nos obligó a escapar cerro arriba. Después de varias caídas logramos llegar al malecón Cisneros y desde allí vimos cómo unos patas levantaron el Volkswagen y trataban de abrir las puertas. Las voces de los socorristas llegaban clarito hasta nosotros pero, por suerte, a nadie se le ocurrió relacionarnos con el incidente. Estuvimos por un buen rato como sonámbulos mirando hacia abajo.

 

-¡Un par de tiros! – le propuse al Potón.

-¡Vamos a jalarnos toda la coca que nos entre en la ñata, compadre! ¡Hoy hemos vuelto a nacer, cojudo! ¡Hoy me emborracho hasta morir! – y el huevón se hincó de rodillas, se santiguó y besó el suelo.

Entró en puntas de pies para no despertarla… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

 

Ni bien lo vieron llegar, un par de mujeres de aspecto humilde se apresuraron a esconder unos bultos detrás de la silla al otro lado de la habitación. La otra paciente estaba recostada en las almohadas y chupaba la cuchara ruidosamente, mientras se despachaba una  sopita de un recipiente de plástico. De golpe recordó lo que Sofía le había dicho hace unas horas y aquél cuadro lo dejó desmoralizado.  Todo sería distinto si hubiera estado en casa esa noche.

 

… Es mi esposa, carajo… Con mi seguro la negra se hubiera podido atender en la Clínica Americana…

 

-¡Hola! – saludó Inés, que recién despertaba – ¿Acabas de llegar? – preguntó con la voz apagada.

-Sí. Hace un ratito, nomás… Te miraba dormir… – y puso su mano sudorosa en la de ella.

-¿Cómo estás…, has comido…, viste a las chicas?… No me las han querido traer todavía – preguntaba ansiosa haciendo un gran esfuerzo por hablar.

-No he tenido tiempo de nada… De frente me fui a trabajar…

-¡Anoche te vi en la tele!

-¿Sí?… ¿Cómo estuve?

-Churro, como siempre – con los dedos le retiró suavemente el mechón de la frente y haciendo un mayor esfuerzo le obsequió también una sonrisa melancólica.

 

Se sentó al borde de la cama, cabizbajo y en un arrebato de ternura, sujetó entre sus dedos las frías y pequeñas manos de su mujer. Hubiera querido tener más privacidad para darle un beso, pero se moría de cólera porque la paciente de la otra cama no le quitaba el ojo de encima. Por unos instantes, dejó rodar unas lágrimas de ira y vergüenza. Pero se contuvo.  Las mujeres se miraron con complicidad y de un solo arranchón, le quitaron velozmente el tazón  a la enferma y lo refundieron entre los bultos.

 

-¡Muy buenas noches! – saludó a todos una gordísima enfermera – En media hora se acaban las visitas, señor – le dijo a Betto arqueando una ceja.

-Ya sé, ya sé… – contestó abochornado.

 

… ¡Es imposible hablar en estas circunstancias, carajo!

 

Así que soltó la mano de Inés y se puso de pie. Nada salió como lo había planeado y como eso le daba más cólera caminó hasta la ventana.  La avenida Bolívar estaba más oscura que nunca y la gente salía del hospital como hormigas. En el paradero el chofer de un ómnibus se negaba abrir la puerta a los que querían subir y desde allí pudo escuchar a la gente que protestaba airada.

 

- ¿Cuántas veces tengo que decirles que no le estén trayendo comida a la enferma, ah?… ¡La grasa le hace daño, señoras! ¿Oíste, mamacha? – la enfermera, abría enormes los huecos de la nariz para confirmar que olfateaba el pecadillo y mirando fijamente a las sospechosas añadió – ¡En media hora se acaba la visita, no se olviden! – dijo saliendo de la habitación.

-¿Dice tu mamá que te van a operar?

-Mañana me trasladan al Hospital Loayza… Mi papá conoce al doctor Baccini, que es el que me va a operar… Me van a sacar todo, Betto… Ya no voy a poder tener más hijos… Tú sabes que en el fondo tenía por lo menos la ilusión de darte un varón… – dijo entre sollozos y con voz cada vez más débil.

-¡De ninguna manera!… ¡En la vida voy a permitir que te operes en ese hospital de mala muerte! – levantó la voz en su habitual tono – Hoy mismo te traslado a una clínica para que te atiendan como mereces… – y aprovechó para lanzar una mirada de desprecio a la infeliz de la otra cama.

-No. Ya no hay tiempo para eso, además, mi papá ya tiene todo arreglado… Ese Baccini es un buen ginecólogo… Así que por buena atención ni te preocupes, Betto… Voy a estar muy bien…

 

Acostumbrado como estaba a que jamás cuestione sus decisiones, menos en público, Betto se quedó tan sorprendido, que no supo qué contestarle y se molestó tanto que ya no quiso hablarle. Se moría por preguntarle por las cosas que Sofía le había contado. 

 

… Si mi suegro se va a hacer cargo de todo, allá ellos… Yo, estoy de más aquí.  Así que mejor ni hablar…  Total, si ya me abandonaron… ¿No han decidido todo sin mí? Entonces, que se las arreglen solas.  Peor para ellas… ¿A ver, de dónde van a sacar para comprar ropa en Camino Real, ah?…

 

Como una puñalada se le clavó en el estómago la necesidad de regresar al departamento para terminarse un saldo de cocaína… Con el gusano en el cuerpo, ahora sí que se desvanecieron los remordimientos. Dominado por aquel  impulso resolvió despedirse inmediatamente.

 

-Bueno, entonces avísame si te animas a pasarte a mi seguro… Si no, ya tu ve cómo haces… – le dijo fríamente, presa de las ganas de ir a malograrse en el acto – Supongo que más adelante conversaremos acerca de nosotros, ¿no es así?… Por ahora descansa y haz lo que mejor te parezca… 

 

 

Con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, el bullicio del transito nocturno le recordó cuando era adolescente y salía de su casa sin rumbo… ¡Era libre en esa época! El pecho le latía a ritmo acelerado y se le cortaba la respiración tan sólo de ver la calle y pensar en las posibilidades… ¡Hoy podía quedarse en casa y hacer lo que le daba la gana!… ¡Era libre otra vez!…

 

 

-No te olvides de visitar a las chicas… Ya sabes cómo te extrañan – le dijo Inés devolviéndolo a la realidad.

-No, de ninguna manera… -  y salió aprisa sin despedirse.

 

Abandonó el hospital pateando los basureros. Había ido preparado para otra cosa… Inés no había dicho una sola palabra del incidente y él no había tenido que  reconocer nada… Le invadió el temor de que el Piojo Gordo no estuviese vendiendo en la esquina del Fuerte Apache.  Encendió su carro y partió quemando llantas. 

 

                                        ♫♫ No woman, no cry…   

                                                No woman, no cry… ♫♫

 

Inés despertó abriendo enormes los ojos… (*)

 

(*) Extracto de la novela “Paraìso de los Suicidas”

 

Miró a su alrededor y no supo dónde estaba. Su mirada descansada y serena revelaba una mejoría.  Víctor Galarreta recibió a su hija con una amplia sonrisa.

 

-Papá… Tengo sed – balbuceó tendiéndole la mano.

-¿Cómo te sientes, hijita? – su mano temblorosa cogió la de ella y una mueca contenida de llanto le desfiguró el semblante.

 

Vico  tenía un par de bolsas debajo de los ojos que le pesaban como plomo por el cansancio. La cara ancha, los dientes pequeños, filudos y manchados de nicotina y unas manos grandes y callosas que delataban al provinciano que se había hecho a sí mismo en la capital. Pero era ese bigotillo canoso el que rubricaba su perfil de maestro. Todavía no tenía achaques, estaba fuerte como un roble y listo para más.

 

-Tráeme agüita, papá… – repitió Inés intentando incorporarse sobre las almohadas.

-No te muevas, amorcito – y dicho esto inmediatamente le alcanzó un vaso con agua sosteniendo su cabeza con suavidad.  Recordó cuando la operaron de las amígdalas… ¡Ahhh!… Para él seguía siendo una niña de siete años…

 

Inés logró incorporarse haciendo un gran esfuerzo y se inclinó sobre la almohada para beber un par de sorbitos. Pero Vico calculó mal  y en lugar de poner el vaso de nuevo en la mesita de noche, lo soltó en el aire y cayó estrellándose contra el piso. Tuvo que salir corriendo nerviosísimo fuera de la habitación para buscar con qué recoger el destrozo.

 

Mientras tanto, separada sólo por una cortina blanca semitransparente, una mujer que parecía aún estar bajo los efectos de la anestesia balbuceaba incoherencias al otro lado de la habitación. Dos enfermeras oliendo fresquito a colonia irrumpieron llenando de fragancia el ambiente y en una abrir y cerrar de ojos levantaron los restos, tendieron la cama con todo e Inés encima, le midieron la presión, le tomaron la temperatura y  desaparecieron del otro lado de la cortina.  Un profundo olor a orines calientes llegó hasta ellos mientras escuchaban a la otra paciente reclamar la presencia de sus hijos.  Las enfermeras le siguieron la corriente y una vez que  concluyeron su rutina, amorosísimas, se despidieron y desaparecieron tan rápido como llegaron.  Inés y Víctor seguían tomados de la mano mirándose  en silencio.

 

-¿Y las chicas? – quiso saber ella.

-En la casa con nosotros… Tú no te preocupes por nada y descansa, mamita – y le dio un beso mientras le retiraba los cabellos de la frente.

-¿Dónde está mi mamá?

-Fue a darle el desayuno a las chicas.  Ya no tarda en venir…

 

La mujer del costado ahora reclamaba a gritos a su esposo. Inés se moría de ganas por saber de Betto y se preguntaba si él también había tomado su desayuno antes de irse al trabajo. Pero su papá no era la persona indicada para preguntarle por él. Verlo de pie junto a su cama, atento como un púber, la colmaba de ternura. Su mano temblorosa e insegura,  incapaz siquiera de colocar un vaso sobre la mesa de noche,  la habían hecho reflexionar acerca del amor que sentía por ella y deseó profundamente haber podido inspirar ese sentimiento  en su esposo alguna vez.  Entonces, decidió callar y con el corazón en la boca le abrió los brazos y lo apretujó. Llorando bajito, padre e hija se quedaron abrazados de nuevo en silencio.

 

A Inés le estaban aplicando altas dosis de antibióticos para cortarle la infección urinaria. Y cuando el doctor Baccini confirmó el prolaxo, como consecuencia de la caída, supo que tenían que operarla.  Tenía treinta y cinco años y después de la intervención quirúrgica  jamás volvería a tener hijos. Por ahora eso no le molestaba tanto como el miedo a someterse a una cirugía. Desde niña le tenía pánico a la sala de operaciones y temblaba de sólo pensarlo. Pero abrazada así tan fuerte a su padre, encontró el valor para soportar la idea y supo que ya  no volvería a sentirse sola.

No podía dejar de pensar en Rostro (*)

(*) Extracto de la “Novela Paraíso de los Suicidas”

 

 

Cerraba los ojos y la mirada del malandro se le confundía con la de su marido. El dolor que presionaba su cintura se extendía velozmente, partiéndole la espalda en dos. Betto no aparecía.  El  estruendo estremeció a las niñas en el cuarto.  Verónica corrió y encontró a Inés desmayada en el suelo.

 

-¿Mamá?… ¿Mamita?… Háblame por favor, ¿qué té pasa?… ¡Por favor dime algo mamá! – Y la zamaqueaba temblorosa sin saber a qué atinar.

 

Resuelta a levantarla se puso de pie, pero sólo consiguió voltearla boca arriba. Adriana, inmóvil, lloraba asustada en un rincón.  El olor de la leche quemada advertía que se estaba derramando en la hornilla.  Inés volvió en sí creyendo que ya era de día.  Tenía sed y volaba en fiebre.  Cuando trató  de incorporarse sintió que un puñal se le enterraba en la cintura.  Vencida por el dolor se contrajo a punto de volver a desmayarse pero al reparar en  la presencia de sus hijas, consiguió llegar hasta ellas para consolarlas.

 

-No es nada angelitos… Ya se me va a pasar. No se preocupen…

-¿Mamita, qué té pasa?… Por favor, no nos mientas…

 

Por el reloj del comedor supo que era más de medianoche. Herida de muerte en el orgullo finalmente admitió lo que por años se negó a aceptar: Que precisamente en momentos como éste, Betto, jamás estaría a su lado.  En la penumbra, aguantando un dolor que ahora era más intenso en el alma, estrechó lo más fuerte que pudo a sus hijas. Secándose las lágrimas, se juró que esta sería la última vez en su puta existencia que dejaba que sus hijas sufrieran de esa manera.

 

-¡Corre!… ¡Llama a tu abuelito!… Dile que tengo un cólico y que quiero que me lleve un ratito al hospital Santa Rosa… No le digas nada más, ¿ah?… Y por favor hija, apaga la candela que la cacerola se está quemando…

 

Los Galarreta subieron mudos al carro. Víctor tocó con la punta de los dedos la estampita del Señor de los Milagros que colgaba del espejo retrovisor, se persignó,  encendió el motor, esperó que caliente unos segundos y arrancó enseguida.

 

-No corras, Vico, que por ahí se te cruza un borracho y nos matamos – dijo su mujer anudándose el pañuelo en el cuello.

-¡No comiences por favor, Sofía! ¡Esta es una emergencia!… ¡Si mi hija se muere me desgracio, carajo!…¡Te juro que lo mato!… ¡Lo mato!  

-Tampoco te exaltes tanto, viejo,  que sólo es un cólico…

-¡Por favor, no me hagas hablar, Sofía!… ¿En dónde está metido ahora ese maricón? ¿Ah?… ¿Por qué no está atendiendo a su mujer?… ¡Ya se cagó conmigo ese huevón!… ¡Lo mato, carajo!…

-¡Ay, Vico, no seas grosero!

-¡No lo defiendas!… ¡Tu siempre lo defiendes!

-Te equivocas. Yo no lo defiendo, es más, te doy la razón. Pero por ahora maneja tranquilo viejo y no te olvides que después se te sube la presión.

 

Como si lo hubieran ensayado, saltaron en sus ropas después de colgar el teléfono y estuvieron listos en menos de cinco minutos.  Por muchos años habían pensado que llegaría este momento pero jamás se les ocurrió que tendrían que rescatarla estando enferma. Antes de salir, Vico se guardó en el bolsillo del saco la vieja manopla de bronce que hace años le confiscó a uno de sus alumnos y que, por si acaso, había escondido en su zapatera.

 

-¿Qué es eso?… -, preguntó Sofía sospechando. 

-No es nada, vieja, apúrate nomás… -, le contestó tratando disimular.

 

Siempre pudieron leer en los ojos de su yerno el desprecio que más adelante no se molestaría en ocultarles. Hasta había llegado a prohibir que Inés llevara a  sus hijas a visitar a sus abuelos.

 

… ¡Qué tal lisura, carajo! El mundo se nos vino encima cuando ese maricón embarazó a mi hijita. Yo sabía que su gran ilusión era llegar a ser maestra, como su madre ¡Ahh!… ¡Cuánto habíamos soñado con la escuelita que íbamos a levantar en el terreno del malecón!… 

 

Víctor era profesor de secundaria en el colegio Bartolomé Herrera y Sofía enseñaba Educación Física en el Miguel Grau. Se conocieron en un congreso nacional de estudiantes de educación organizado por el APRA en la Biblioteca Pública de Lima. Durante el gobierno militar, Víctor tuvo que repasar el quechua de su infancia para ser director de primaria y si bien durante este periodo mantuvo en reserva sus ideas partidarias, ni bien se convocó la Asamblea Constituyente, los Galarreta desempolvaron su carné y pudieron realizar algunos pequeños proyectos, como comprar la casa de la avenida La Paz a muy buen precio. 

 

-No es el mejor lugar del mundo…  ¡Pero qué carajos! No podemos dejar pasar una oportunidad como ésta pues, Sofía…  

 

Después de quince años, todos esos recuerdos volvían a su mente. Inés por fin volvería a casa para empezar de nuevo.

 

Encontraron a Verónica tendida en el sillón junto a su madre y a Adriana durmiendo  abrazada a sus pies. Víctor entró directo al cuarto y sacó del closet las mismas maletas que Inés se llevó el día que salió de su casa.

 

-¿Cómo no las voy a reconocer?… ¡Si yo las traje de  Huancayo!…- , suspiró Víctor rencoroso. 

 

Tres lustros de matrimonio se reducían a cuatro vestidos, dos faldas, dos pantalones, tres blusas, tres pares de zapatos, un saco, dos chompas, y  un par de casacas,  que él mismo le compró cuando estaba en la universidad. El closet estaba lleno de la ropa de su yerno.

 

-Todas sus cositas caben en una bolsa… ¡Desgraciado de mierda!… Nunca supiste tratar bien a mi hijita ¡Si estuvieras aquí te partiría la cara, maldito!… – apretaba con fuerza la manopla mientras una mancha roja le coloreaba el pómulo izquierdo.

-¿Qué haces, abuelo? – preguntó Verónica que estaba parada junto a la puerta, sorprendida al verlo llenar las maletas con todo lo que había en la cómoda.

-¡Nos vamos!… – contestó con aspereza y siguió con la mudanza.

-¿Qué?… ¿Adónde?…

-A mi casa… Como debió ser desde hace tiempo… A ver hijita, tú, ya estás grandecita, así que pon tus cosas en esa maleta… ¡De una vez, que nos vamos!

-¿Qué cosa?… ¿Estás loco, abuelo?… ¡Yo no me voy a ningún lado!…¡Yo me quedo aquí, esta es mi casa!…

-¡Tú vas a hacer lo que yo diga, carajo!… ¡Muchacha de mierda!… – dijo y el otro cachete le cogió color.

-¿Qué pasa aquí?… ¿Qué gritería es ésta?… ¿Víctor, no te das cuenta que Inés está mal?  ¿Por qué tanta demora?… ¡Deja eso y vamos de una vez a llevar a la chica al hospital! – interrumpió Sofía entrando en la habitación.

-¡Yo no me quiero ir de aquí abuelita, esta es mi casa!…

-¡Shhh!… Disminúyeme el volumen, señorita… ¿Te quieres quedar?… Bien, entonces hazlo. No hay tiempo para discusiones.  Lo más importante ahora es llevar a tu mamá al hospital. Si quieres quédate a esperar a tu papá y mañana hablamos.

 

Inés salió de su casa envuelta en una frazada, prendida del cuello de su padre como cuando era niña, sin presentir que no volvería más.

 

-¡Aló…, aló!.. ¿Quién contesta, ah?… Pásame rapidito con tu mamá, hijita. No te demores que me sale cara la llamada… – Verónica reconoció a su abuela Armenia al otro lado del- auricular.

-Entonces ahórrate la llamada abuela,  porque mi mamá no está…

-Bueno, cuando regrese dile que tu papá ya está saliendo para allá. Ahí nomás que ustedes se fueron llegó el muy bandido. Pero como empezó a llover tan horrible le dije que mejor se quedara, no vaya a ser que le pase algo… Y está mal, ¿ah?… Le duele mucho la cabeza y la garganta. Pobrecito, de hecho que ya pescó una gripe. Dile a tu mamá que le prepare un caldito de pollo bien concentrado y que le fría un bistecito para que se recupere… ¿Qué mala pata, no?… Eso nomás quería decirle. Pero tu mamá qué bárbara, ¿ah?  Desde tempranito para en la calle, ¿no?…

-No es eso abuela. Lo que pasa es que mi mamá anoche se puso mal…

-Bueno, bueno, bueno… Pero por lo que veo ya se siente mejor, así que dale mi encargo nomás. En la tardecita llamo, chau.

-¡Clic!

 

Verónica colgó el teléfono y permaneció por largo rato acostada mirando al vacío. Hacía tanto que no dormía en una cama, que ya llevaba tres horas despierta sin levantarse. La idea de irse a vivir con sus abuelos le pareció descabellada.

 

-¿Dejar mi casa y mis amigas del barrio?… ¿Con quién me voy a juntar en la avenida La Paz?… Nada que ver… Cuando les dé mi dirección, los chicos van a creer que soy una pacharaca…

 

Quería y admiraba mucho a su abuela, porque ponía en su sitio a cualquiera, incluyendo a su papá.  Le encantaba ver cómo dejaba callados a los demás. Al abuelo también lo quería, pero le caía espeso cuando se ponía mandón como su papá.

 

-Y ahora, ¿cómo le digo?… ¡Cómo vendrá! Con resaca, ¡no va a ser!…  ¡Aj! Con la boca apestando horrible y diciéndome que me quiere… ¡Qué chinchoso!… ¡Es mi papá pero ya no lo aguanto!…

 

Dio un brinco y prendió la televisión.  Roxana Canedo anunciaba el saldo de muertes y accidentes ocurridos durante el fin de semana de Fiestas Patrias.

 

-Ojalá mi papá estuviera  en la cifra…  ¿A quién le hace falta?…  

 

Pero al toque se arrepintió y se persignó. 

 

Cuando escuchó el ruido de la llave en la cerradura corrió a apagar la tele y  se escondió.  Una corriente de aire helado trajo ruido de la calle.

 

-¡Hola, familia!

 

El perfume de su abuelo se filtró hasta su escondite en el closet. 

 

… ¡Já¡ Para barajar la resaca que traes encima hace falta más que un buen baño y un poco de colonia… ¡Idiota!

 

-No hay nadie – respondió Verónica saliendo de su escondite.

-¿Cómo que no hay nadie?… ¿Y en dónde está tu mamá? – preguntó irritándose.

-Mi abuelito Víctor se la llevó anoche al hospital de emergencia…

-¿¿Qué??… ¡Sácate la mano de la boca y habla bien, carajo!… Dime, ¿qué mierda está pasando?…

-No sé… -dijo asustada- A mi mamá le comenzó a doler la espalda y se desmayó…

-¿Se desmayó? ¿Estás segura? ¿ Adónde se la llevaron?….

-Creo que al Hospital Santa Rosa no sé muy bien, papá… Porque mi abuelita quería llevarla al hospital del Empleado. Pero como tú eres el que tiene el carné… Quedaron en llamarme pero me quedé dormida hasta ahorita…

-Tú eres bruta, ¿no, carajo? ¿Cómo se te ocurre tirarte a dormir en un momento como éste?

-Estuve despierta hasta que amaneció y me quedé dormida,  papá.

-¿Quién chucha decidió llevarla de emergencia?… Seguro que la metiche de mierda de tu abuela… ¡Vieja conchesumadre, carajo! ¡Cuando algo se le mete en la cabeza,  siempre se sale con su gusto la muy jijuna… ¿Por qué no me esperaron? ¿Ah?…  ¡Si tu sabes que yo tengo antibióticos en la maleta!… ¡Bruta de mierda!

-Mi mamá se desmayó bien feo y estuvo tirada en el piso bastante rato. Adriana y yo no podíamos ni moverla… Estaba mal, papá. Todavía estoy preocupada por ella…

-¿Y dónde está tu hermana?

-Mi abuelita se la llevó a su casa… Adriana se asustó un montón, papá…

-Pero si esa vieja sabe que a mí no me gusta que ustedes se metan en esa casa, en ese barrio de mierda… ¿Acaso tú no puedes quedarte con tu hermana, sonsonasa?

-Se la llevaron con su ropa y todo… También se llevaron las cosas de mi mamá. Mi abuelito Víctor dice que ya no quiere que vivamos contigo… Pero yo no quiero irme con ellos.

-¿Está loco ese viejo de mierda? ¿Quién chucha se ha creído para tomar decisiones por mi familia? Tú no te preocupes, mamita. Ninguna de ustedes se queda a vivir allá, carajo… – y dicho esto intentó abrazar a su hija.

-¡No me toques!… ¡No me toques!  ¡Todo esto es por tu culpa! – y  lo apartó de un buen empujón.

-¿Y a ti qué mierda te pasa?… ¿Ah?… ¿Te has vuelto loca, carajo?… ¡A ver si con un buen correazo se te pasa la rabieta!… ¡Eso me pasa por cojudo!… ¡Mano dura, carajo!… ¡Eso tengo que hacer en esta casa de mierda para que se me respete!

-¡Mamá, mamá! ¡Mamita!… – rompió a llorar.

-¡Cállate! … ¡He dicho que te calles, carajo! ¡Niña mimada de mierda! ¡Muy malcriada te tiene tu madre!… ¡¡Yo te voy a enseñar lo que es disciplina, carajo!!  - y se sacó la correa- ¡Ven acá muchacha de mierda!… – pero no consiguió que Verónica saliera de abajo de la cama y por eso agarró a patadas todo lo que estuvo a su alcance- ¡Si quieren lárguense mal agradecidas, mejor para mí!… ¡Váyanse todas a la mierda!…

 

En un arranque de ira arrojó el estéreo al suelo y unas lucecitas verdes y anaranjadas salieron de la pared.  Todavía temblando,  abrió la puerta y se fue otra vez para la calle.  Verónica voló a poner el cerrojo y extrañando enormemente a su mamá, se quedó gimoteando tendida en el suelo. Una corriente de aire fresco que entró por debajo de la puerta la repuso de inmediato. Había llegado el momento. Así que corrió a su cuarto a vestirse, llenó su maletín de educación física en cinco minutos con algunas de sus pertenencias y cuando estuvo lista, salió del edificio escondiéndose de los vecinos.

 

-¡Nunca más me verás la cara, desgraciado!… ¡Juro por Dios que nadie volverá a verme por acá!…

 

Betto llegó al Hospital Santa Rosa justo cuando Sofía salía por la puerta de emergencias. Se disponía a tomar el bus para San Miguel cuando le pasó la voz haciendo un ademán con el brazo que era casi su sello personal.

 

-¡Hola, hijo!… ¿Me das una jaladita?  - preguntó Sofía subiéndose al carro.

-Hola… ¿Qué tiene Inés, ah?… ¿Cómo está? – preguntó tratando de disimular su malestar y como queriendo limpiar ceniceros y asientos con una mirada.

-Está mejor. Ya vas a verla… Pero antes me gustaría, si no tienes inconveniente, conversar un ratito contigo… ¿O estás apurado?

-No, no. Para nada. Hablemos ahora, no hay problema…

-¿Me podrías llevar hasta mi casa?…  Te doy para la gasolina, ¿ah? – le preguntó ella buscando en su monedero.

-¡Por favor, Sofía!… – dijo levantando la voz y un movimiento involuntario de mandíbula le desfiguró la cara por unos segundos.

-Es sólo una pregunta, Betto… Como están las cosas hoy en día…  No lo tomes a mal y no pierdas la ecuanimidad tan rápido que aún no hemos empezado…

 

Con Sofía jamás se hablaba a medias tintas. Le encantaba expresar su punto de vista pero también sabía escuchar. Era firme y nunca retrocedía en sus decisiones. La franqueza era su mejor virtud.

 

… Ay, no… Durante el gobierno militar decidí mantener la boca cerrada fuera de mi casa ¡Ni tonta, pues!  Y para asegurarme los frijoles,  en lugar de enseñar Ciencias Sociales, me dediqué a la Educación Física.

 

-Tengo que decirte que Inés y las chicas no van a regresar contigo a la casa… Hasta que te rehabilites…

-¿Yo?… ¿Rehabilitarme de qué?… ¿Acaso estoy enfermo?

-Conmigo déjate de teatritos, Betto. Estás prácticamente en un hilo… Alejándote de Inés quizás pongas freno a tu autodestrucción, hijo… Créeme, que es por tu bien y el de todos… Siempre aprecié que quisieras casarte con Inés, pero ahora me doy cuenta que debí impedirlo porque tú no estabas enamorado de ella. No me mires así, Betto.  Yo siempre lo supe… Pero mi Inés estaba tan ilusionada con su matrimonio, que no dije nada confiando que con el tiempo llegarías a quererla un poco más… ¡Los dos se han hecho tanto daño, hijo!… Merecían ser felices, realizar sus sueños… No sé… Esas cosas que uno quiere cuando es joven y tiene una vida por delante… Yo sé que tú piensas como tu madre… Que te merecías una chica mejor… Y no te juzgo, ¿sabes?… Cada uno es libre de inculcar en sus hijos los valores que crea convenientes… Pero te digo sinceramente que, para mí, la que perdió más fue Inés. Porque a ella le tocó vivir en el mundo real…  Un mundo del que tú y tu madre quieren escapar…

-¿Ah, sí?… Fíjate Sofía que todo eso me lo tiene que decir Inés en mi cara… Yo no voy a destruir mi matrimonio por tu filosofía de La Cantuta… ¡Discúlpame, pero esta vez no voy a hacer lo que a ti te da la gana!…

-¡Cálmate hijo y bájame el tono de voz!… Más tarde hablarás con ella. Y por favor no la agites que lo que tiene es delicado…

-¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que tiene, a ver?… – preguntó incrédulo.

-Desatención… Negligencia… Lo que les pasa a las mujeres de los Pueblos Jóvenes por falta información y dinero. Lo cual no es justo Betto, porque ese no es el caso de mi hija… Tú tienes un buen trabajo, ganas bien y además tienes seguro médico.  Yo puedo comprender que seas joven y que no tengas ni la experiencia, ni la disposición de enfrentarte con las obligaciones que exige un hogar… Pero lo que no voy a permitirte es desamor. Si no la quieres, no la hagas sufrir más. De eso me voy a encargar yo, personalmente…  Sé hombre y reconoce que te equivocaste. Aléjate un tiempo, conoce otras chicas… Y sobre todo, rehabilítate… No te voy a decir más,  Betto…

-¿Así es que este es el diagnóstico clínico?

-Toma. Este es el piso y el número del cuarto en donde está tu mujer – dijo alcanzándole un papelito rosado que sacó de su cartera – Y si quieres un diagnóstico clínico, lo que tu esposa tiene es una severa infección renal con obstrucción de uretra causada quizá por unos cálculos…  Debido a la caída, también existe la posibilidad de un prolapso.  Pero todo eso lo sabremos en el transcurso del día.  Lo demás averígualo tú, si estás interesado…

 

Betto no encontró a Verónica en casa, lo que en cierto modo fue un alivio.  Las cosas que destruyó seguían tiradas en el suelo. En medio de la sala el equipo de música exponía sus tripas inservibles y algunas lucecitas agonizantes chisporreteaban de vez en cuando en su interior. Las pocas cosas que tenía Inés estaban hechas añicos. Había vidrios por todos lados. La ropa de cama estaba hecha un revoltijo y se le enredó en los pies.  La cómoda con los cajones vacíos le recordó su soledad. De golpe recordó mejores épocas y le pareció que fue apenas ayer cuando llegaron de su luna de miel a esa habitación. Aún tenía en la mano el papelito que Sofía le había dado minutos antes de bajarse del carro. Su debilitado cuerpo apenas podía sostenerlo.  Juntas, la resaca de resacas y final de su vida como hombre de familia se le vinieron encima… Se hincó de rodillas y lloró a gritos como un niño.  No tenía cara para presentarse ante su mujer y escuchar de su propia boca que lo había perdido todo… Así que, rendido por el cansancio, se durmió tirado en el suelo en medio de ese caos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sport Boys

 

por: Eduardo Catalán Flor-Bustamante 

 (*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”

  

Hay quienes esperan que caiga la noche para bullir por las calles que rodean el cine Brasil, justo a la hora del programa doble de pornos.  Estas cuatro esquinas jalan más gente que la parroquia…  La bulla de los bares es la melodía de los noctámbulos… ¡Y  sólo son las diez de la noche!… Un grupito se detiene y le echa un vistazo a la cantina. “Unas aguas, cuñao”… Y al toque se los traga la jarana…

 

No pasa un vehículo por la avenida.  Un par de lamparines que cuelgan de una carretilla de “pan con muerte lenta” iluminan la esquina. Los calderos humeantes diseminan un intenso olor a cebolla caliente que llega hasta el puente de la Marina. El viejo “Sport Boys” maneja hábilmente su afilado cuchillo, corta finísimas lonjas de una piernita de… ¿cordero?…  Agarra un par de apanados que ya tiene listos, apilados en una torre junto al cajón del sencillo, y de un tajo se abre un par de panes franceses bien fríos y los rellena con el mejunje.  Una vez embebido en el infame juguito, el pan se calienta en el acto.  “Échale como mierda de ají y harta cebolla, cholo, pa’ que no se sienta”,  le pide un cliente, que de un sólo mordisco se baja medio pan mientras va buscando el sencillo. Tres famélicos bajando a tropel del balcón salen del cine y rodean la carreta y uno de ellos mete la mano,  pellizca el pernil y chupándose los dedos se pide un pan con carne y dos con apanado.  “Apúrate, cholo, que ya va a empezar la película”

 

¡Es la misma vieja carreta de siempre!…   Al “Sport Boys” lo conozco desde que yo era un chiquillo. Nuestros viejos nos daban  propina para ir al cine pero nos gastábamos toda la plata en una competencia de pan con “muerte lenta”. Mi mamá me sermoneaba por el penetrante olor a cebolla que quedaba impregnado en mi ropa.

 

Desde la azotea de la casa de mi abuelita solía espiar el corralón donde el “Sport Boys” guardaba su carreta. Me pasaba horas contemplando perros flacos y carachosos.  A mujeres vestidas de percal lavando ropa.  A los niños mugrosos con el culo al aire y a los hombres descamisados tomado cerveza de un mismo vaso… Recuerdo que por las tardes  llegaba un desagradable olor a trapo sucio y mi abuela, furiosa, cerraba las ventanas y tapaba su taza de café con leche con una servilleta para que no se contamine. “Les quemo la boca con la cuchara caliente si me entero que han comido esa cochinada… Estos cholos inmundos hacen apanado de cartón, suela de zapato y frazadas viejas… ¡Y para que lo sepan: tarde o temprano esos perros carachosos van a terminar metidos en un pan !…”.

 

Todos los días al caer la tarde, cargaditas de apanados, parten las carretillas hacia sus puntos habituales. La venta siempre es buena porque es comida barata. Aunque, como cada vez hay más duros que  ebrios,  hoy en día el negocio ha bajado una barbaridad. En la madrugada, haciendo carrera en dos llantas, regresan al corralón… Una de esas noches que el “Sport Boys” doblaba a toda velocidad por Espinar lo detuvieron tres sujetos.

 

-Aguanta, aguanta cholo – lo paró uno en seco.

-Hola,  “Sport Boys”, ¿tienes pan?  - se le prendió del cuello un tipo visiblemente borracho.

-Tranquilo pues, oye – se lo sacó de encima -  Hasta las patas están, pues…

-¡Hay apanado o no, carajo! 

-Caliente todavía me queda… – y amablemente levantó la tapa de su carreta.

- Yo me conformo con esto nomás, cholo – y un tercero, que se había mantenido oculto,  metió la mano en la caja y hábilmente le arranchó todo el dinero.

 

Cuando el ladino trató de huir,  el “Sport Boys” lo detuvo sujetándolo fuertemente de una manga y el delincuente le reventó sin asco una botella en la cabeza. Entonces, el cholo recio cogió el cuchillo de la carne y se lo incrustó como si nada en el cuello.  Después embistió en el vientre al otro sujeto y, antes que pudiera despacharse al último, resbaló en un charco de sangre y cayó aparatosamente al suelo.   El malandro huyó gritando muerto de miedo y reclamando a la policía. El “Sport Boys”, calladito nomás, se levantó, limpió el cuchillo con un pedazo de papel de despacho, lo volvió a colocar en su lugar y se montó otra vez en su triciclo.

 

A las tres de la mañana, con las ropas todavía manchadas de sangre, la policía lo sacó de su hogar. Su desconsolada mujer lloraba a gritos y cuatro chiquillos moquientos se le prendían de los pantalones. El cholo no dijo una sola palabra. Se lo llevaron preso y regresó a su casa después de cumplir ocho años en el penal de  Lurigancho. “Sport Boys”, natural de Huancayo, hincha del equipo chalaco, hasta entonces no tenía antecedentes policiales…  Dicen que la cárcel te cambia y es verdad…  Está más viejo, más apagado y se ha vuelto un poco huraño… Pero a nadie le da miedo… Aún te inspira confianza el “Sport Boys”…