(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Gritaba desde su cama, estirando los brazos para despertarse. Tenía los ojos hundidos en la calavera, los poros de la cara demasiado abiertos y los labios secos y cuarteados. El olor en sus dedos le recordó la noche anterior y le dio náuseas.
… ¡Puta su madre!… Creo que me pasé con el viejo, carajo… Ojalá que no me tiren dedo… Juan Carlos, ni cagando porque está en las mismas… Ese no abre la boca… Y si el gordo no le ha dicho nada a don Raúl, como las huevas… Pero no debimos dejar a ese huevón con la cuenta… No debí de hacerle caso al maldito de Juan Carlos… El viejo sí que me llega a la punta del pincho… ¡Borracho de mierda!… ¿Para eso chupa?… ¿Para quedarse dormido? Camarón que se duerme… Uy, ese sobre sí que estaba gordito… ¡Qué bien que gana la gente del almacén, carajo!… No tienen que estar maleteando por las calles como huevones… Estaba forradazo el tío… ¡Cómo se va la plata fumando esa mierda!… Renato sería un huevonaso si me tira dedo, ¿ah?… El lunes me lo arrincono por ahí y le doy su tratamiento… No. Al gordito le gusta su chamuco… Con un par de falsos me lo meto al bolsillo… ¿Por qué lo dejé con la cuenta, carajo?… ¡Pero cómo le gusta la coca a ese huevón!… Un día de estos se va a cagar solito… Ese cojudo es muy débil. No sabe dominarla…
-¿Ya te despertaste?… Que tal turca la de anoche, ¿ah?… – le dijo decorriendo las cortinas.
- Negrita, ¿no tendrás por casualidad un Alka–Seltzer? Siento que la cabeza se me parte en dos… ¿Qué me habrá caído mal?…
-Creo que por ahí tengo uno. Voy a buscarlo… ¿No te provoca mejor un vaso de leche?…
-¿Crees que puedas ir al Pildorín y comprarme un chilcanito de choros?… No seas malita – le dijo guiñándole el ojo para convencerla.
-No sé, déjame ver… Tengo que vestirme… – le contestó seria.
-Entonces, te doy para que me traigas un cevichito. Cómprate otro y lo compartes con las chicas ¿Qué dices?
-A ver, pues…
Inés salió de la habitación y se encontró con Verónica.
-¡Aj!… Yo no quiero nada, ah… ¿Cómo engríes a tu maridito, no?… Después de lo que ha hecho anoche – le dijo Verónica en la cocina.
-Sal de aquí, hija ¿Quieres?… Anda vístete y no me molestes… – respondió Inés apartándola con un gesto de fastidio.
-¡No te preocupes que ya me voy a largar para siempre!… ¡Total!… Aquí siempre he estado de sobra…
… Desde que nació Adriana ya no hubo sitio para mí en esa casa: “La cuna ya le queda chica a Adrianita y por eso va a dormir en tu cama… Por mientras, nomás… Hasta que a tu papi le den el préstamo para comprar la casa… Ya fuimos a verla… ¡Es linda!… Está en una urbanización nueva cerca del parque Gonzáles Prada… A tu papá le encanta la zona… Tiene dos plantas, un jardín inmenso y un cuarto para cada una… ¿Qué te parece?”… ¡Sí, claro!… Y me quedé durmiendo en ese sofá durísimo por siete años. Al principio no estaba mal porque podía ver la tele hasta tarde pero como mi mamá no quería que nadie se entere a cada rato tenía que salir volando con mis chivas cada vez que alguien tocaba la puerta…
-Aquí tienes, toma… Ojalá que te mejores porque tu mamá nos espera para almorzar… ¿Te acuerdas, no?… Tú solito te invitaste… – dijo Inés alcanzándole un vaso con agua efervescente.
-Entonces ya no vayas por el ceviche… De hecho que mi viejita me espera con uno mostraso… – y después de lanzar un largo eructo, que vició por completo el ambiente, dio por terminada la comunicación.
-Espero que te haya sobrado plata…
-¿Qué?… ¿Cuándo te he dejado yo sin el diario?…
-Te lo digo porque las chicas querían comprarse ropa…
-¿Tan temprano carajo y ya estás pidiendo plata?…
-Es que tú les prometiste…
-Ya, ya… Cállate, ¿quieres?… Cojudeces nomás hablas, ¿no?… Me duele la cabeza, hijita… Mas tarde hablamos… Préndeme la tele, ¿ya?… Ponme a Pocho y ciérrame la puerta… Que no me hagan bulla, carajo… Ignorante de mierda… Las cojudeces que te preocupan, ¿no?…
Inés cerró la puerta. El tiempo le había enseñado que sólo callando conseguiría mantener la paz en su casa.
La señora Armenia Cabana de Sanguinetti era tan bajita, que jamás se atrevía a sacarse los taconazos descomunales ni para caminar dentro de la casa. Disimulaba sus várices con unas gruesas medias de nylon que siempre rompía por las puntas dejando asomar un par de sólidas uñas bien pintadas. Llevaba el mismo peinadito bombé desde los años sesenta, pestañas postizas y base de maquillaje emplastada hasta el cuello. Y cuando salía a la calle, jamás se quitaba unos enormes lentes de sol oscuros, que le tapaban casi toda la cara.
Cada martes se iba a timbear con otras cuatro veteranas y se jugaba todo lo que había ahorrado del diario mientras se secaban una botella de anisado. “Ay, hijas, cómo me hubiera gustado que mi Betto se case con otra chica… No sé qué le vio mi hijo a esa negrita flacuchenta… ¡Todavía la sacó de un barrio horrible, lleno de cholos!… ¡Qué horror!… Yo que siempre me maté diciéndole que escoja bien sus amistades… Con tantos chicos de buena familia que conocía en el colegio… Pero este loco no sabía darse a su lado y le hablaba a todo el mundo… Yo siempre le dije a Humberto para mudarnos del Lima Críquet… ¡Al fin de cuentas es Magdalena, pues!… A tiempo… Cuando todas ustedes se mudaron… ¡Ay, pero el testarudo de Humberto nunca me hace caso!… ¡Salud, chicas!… Aunque sea en Valle Hermoso, al borde de un cerro, donde se fueron a vivir los Chamorro… ¿Han visto cómo ha mejorado la zona?… ¡Ay! Mi Betto hubiera conocido a una chica decente, de buena familia… Que lo deje bien con los amigos… ¡Quién no tiene buenas relaciones no es nadie en esta vida, hijas!… Cuántos chicos del colegio -hasta esos cholitos con plata, ¿ah?- están mejor casados que él… Con la pinta que tiene mi hijo se hubiera conseguido por lo menos una chica con una familia decente… A la que una pueda invitar a la casa… ¡Y no estos pobres diablos que sólo salen a comer a la Casa del Pueblo!… Tampoco tenía que ser una rubia de ojos azules, porque no hay que ser racistas… Dios castiga… Aunque no es por palanganear, ¿ah?, pero mi Betto antes de casarse con esa flacuchenta de mierda salía con unas chicas lindísimas que hasta eran modelos, ¿ah?”
-¿Qué pacha papachito lindo?… ¿Qué le pacha a mi Clark Kent?… – preguntó la vieja chocheando con su veterano pequinés, que ladraba intranquilo detrás de la puerta -¡Cómetela!… ¡Cómete a esa chola fea!… - dijo al ver a Inés tras la cortina, bajando del auto de su hijo.
-¡Abuelita!… – gritó Adriana tocando el timbre varias veces. Era su nieta favorita porque tenía la piel pálida y el cabello castaño claro como su hijo.
-¿Cómo está la belleza?… ¡Venga para aquí a darle un beso a su abuelita!… – dijo la vieja extendiéndole los brazos.
-¿Puedo jugar con Clark Kent?… – preguntó la niña escurriéndose del abrazo y partió la carrera detrás del animal.
-¡Cuidado que te caes, muchacha del demonio!… – gritó Armenia encendiendo un cigarrillo… – Pobre niña… Creciendo sin educación, como un animalito… – comentó con el cigarrillo entre los labios.
-¿Cómo? ¿No está listo el ceviche?… – irrumpió Betto y se metió en la casa sin saludar.
- Está listo… – contestó cariñosamente pero cambió de ánimo cuando entró Verónica bien arreglada, flaquita y trigueñita como siempre – ¿Y tú, malcriada? ¿No sabes saludar?… Desde que le han comprado sostén a la mocosita esta ya se cree Miss Perú, ¿no?…
-¡Mamá!… No la jodas, pues…
-Te estoy diciendo hola, abuela… – dijo aburrida.
-¡Ay, ni te escuché! – le contestó a quemarropa y le puso la oreja a Verónica que se quedó dando un beso en el aire. – ¡Ay, hijito, qué cansado se te ve!… – e intencionalmente le dio la espalda a Inés que entraba cargada de cosas.
-¿Cómo está, seño?…
-¡Shhh!… Yo no sé por qué este perro no te pasa, hijita… Basta que digas una palabra para que se vuelva loco. Dicen que los perros tienen un sexto sentido…
-¡Uf, qué buena má!… ¡ Se imponía una cuzqueñita!… – interrumpió Betto desde la cocina sacando una botella de cerveza del refrigerador, que se bebió a pico mientras iba destapando las ollas – Arroz con pollo… ¡Qué rico!… ¿Y dónde está mi ceviche?…
-Detrás de ti, cegatón… Cómo le encanta el pescado a este bandido…
-¡Salud, pues vieja!… ¿Y mi papá?…
-En dónde va a ser… En su cuarto, jodiendo la paciencia, como siempre… Ni le invites trago porque le picas el diente y después no hay quién aguante al viejo ese…
-¿Qué más hay de comer?…
-Mazamorra morada, nomás… Este Veintiocho está para llorar, hijito… Esperemos a ver qué dice en su discurso el Juan lanas del presidente… ¡Salud, pues hijito!…
-¡Salud, mami!…
-Estabas con sed, bandido…
A Inés nadie le ofreció ni chicha morada.
Mientras hacían la sobremesa, escucharon la bocina del auto y unos potentes silbidos que llegaron hasta el comedor.
-¡Papá!… ¡Papá!… Tus amigos se están metiendo en tu carro… – gritó Adriana que entró corriendo.
-Estos muchachos se ponen como loquitos ni bien ven el carro de Bettito… Se mueren por él…
-Ya vengo, voy a la bodega a comprar cigarrillos… - y poniéndose de pie se terminó el concho de cerveza que había quedado en el vaso de su madre.
-Tú sí que tomas, hijo… ¿Has visto eso?… Casi solito se ha tomado las cervezas que compré para todos…
-¡Cabeza de toro igual que su padre!…
-Tu cállate, viejo, que con un par de vasos ya estás hablando tonterías… – dijo cortante Armenia a don Humberto que apenas había abierto la boca.
-No te demores, cholito, que dentro de un rato nos tenemos que ir… – dijo Inés viendo que Betto se preparaba para salir.
-¡Sólo voy a la esquina a comprar cigarros, carajo!…
-Tú no te preocupes por eso y ayúdame, hijita… ¡Figúrate! La chola conchuda me pidió el día libre justo cuando una debe descansar… ¿Dónde se ha visto eso?… Pero mal con ellas y peor sin ellas… ¡Qué se va a hacer! A ver, dame una manito, hija – dijo Armenia alcanzándole los platos sucios a Inés…
-Por supuesto, señora, no faltaba más…
-Mamá, mi papá acaba de irse en el carro de los Taca-taca… – le dijo Verónica en tono confidencial.
-Los hermanos Zolezzi para ti, malcriada… ¡Qué intrigante te ha salido esta mocosa!.. ¿No?… – reaccionó doña Armenia haciendo gala de su oído de tísica.
-No me la trate así, señora… Ella se preocupa por su papá… – la defendió Inés.
-Pues no hay nada de qué preocuparse, ¿ya?… Yo conozco a esos chicos desde que eran niños… Y para que lo sepas vienen de una familia muy decente… – recalcó Armenia levantando la voz.
-¿Decentes? ¡Tremendos malogrados, dirás!… – intervino Verónica.
-¡Shhh!… ¡Muchacha atrevida del demonio! ¡Vea usted eso, nomás! ¿Qué tal lisura, no?¿Nunca vas a aprender que cuando los mayores hablan los menores se callan?… – y roja de cólera le dio un jalón de mechas.
-¡A mi hija no la toque, por favor!… – reaccionó inesperadamente Inés quitándole a Verónica de las manos – Parece mentira que usted los defienda… Su padres serán muy decentes, como usted dice pero…
-…¡Diplomáticos, hijita!… El tipo de gente que alguien como tú JAMÁS va a conocer…
-¡Hágame el favor!… Una vez los vi arrastrando a una pobre sirvienta con la moto sólo para quitarle el monedero… Casi la mata un carro a la pobre chica… Y de hecho era para comprar más droga… No me venga con esas, señora…
-No seas mentirosa, hijita… Eso dices tú porque tienes envidia de las amistades de mi hijo y no te culpo, ¿sabes?… Te comprendo…
-¿A qué se refiere usted con eso?… – preguntó Inés entendiendo el insulto.
-Ya que estamos hablando a calzón quitado, quiero aprovechar para decirte algo que hace tiempo tengo aquí guardado – dijo la vieja golpeándose el pecho – Me parece que ya es hora que dejes que mi hijo viva un poquito… ¿No te basta con haber mutilado su juventud y todas las oportunidades que tenía un chico decente como él?… ¿Qué? ¿Ahora quieres convertirlo en un amargado?… Si lo sigues asfixiando así, segurito que se te va con otra… Tú sabes que con la pinta que tiene mi hijo, oportunidades no le faltan… ¡Cuántas chicas lindas han pasado por esta casa!… Y por favor no me mires así. Lo digo por tu bien… Aprovecha los consejos de una mujer mayor que sabe de la vida… Que sobre todo está acostumbrada a tratar con el tipo de hombre que es mi hijo… – y se tapó la boca porque no pudo contener el poderoso eructo que dejó un desagradable olor a cerveza y cebolla digerida circulando en el ambiente.
-¡Vieja maldita de mierda!… – dijo entre dientes Inés viéndola subir a su cuarto. Un par de amargos lagrimones le rodaron por las mejillas hasta la punta de la nariz y cayeron sobre la espuma del detergente que estaba empozado en el lavadero.
-Nos vamos, señor Humberto… Ya no puedo esperar más… Adriana, ¿dónde está tu chompa?… Ponte la casaca, Verónica, que nos vamos…
-Espérate un ratito más, hijita, seguro que ya está por llegar… ¿Cómo vas a irte caminando tan tarde con las chicas?… – dijo don Humberto, que ya llevaba un par de horas sin moverse de la ventana – ¡Caracho! Desde que vendí el carro me fregué… De lo contrario, en una carrerita ya las hubiera llevado…
-En cualquier momento te ibas a matar… Con lo borracho y lo ciego que te has vuelto, seguro que ya te hubiéramos enterrado… – intervino doña Armenia que había escuchado la conversación mientras bajaba las escaleras.
-No, señor Humberto, mejor nos vamos. Son casi las once de la noche…
-…Está bien, hija, anda adelantándote nomás… Nosotros ya vamos a acostarnos y tenemos que cerrar la puerta con llave… Mejor váyanse ahorita antes que den las doce… – interrumpió doña Armenia.
-¡Vámonos nomás, mamá!… ¿Qué nos va a pasar?… – dijo Verónica fastidiada.
-Cuándo este bandido llegue le digo que les dé el alcance ¿Qué camino van a agarrar?…
-Vamos a ir por Jacarandá hasta la Brasil… – dijo Adriana emocionándose.
-Está bien, yo le digo… Ahora váyanse rapidito que nosotros los viejos estamos acostumbrados a dormir temprano y ya estamos cansados… ¡Hace siglos que no nos acostábamos tan tarde!…
En la calle el viento húmedo soplaba inclemente y la densa garúa las empapó de pies a cabeza. Caminaban rapidito pero con dificultad por las veredas resbalosas. Adriana iba prendida del brazo de Inés y no paraba de toser; Verónica caminaba pensativa y tiritando de frío un par de pasos más delante.
-No te adelantes tanto, mamita, que con esta neblina ya ni te veo… – le advertía Inés que tenía que detenerse a cada rato obligada por un agudo dolor que la atacaba cada vez que trataba de acelerar el paso…
-Tú sí que estás hecha una tortuga, Inés…
-Ay, no sé que me pasa, hijita… Desde hace una cuadra tengo un dolor horrible clavado aquí atrás… – contestó colocándose una mano en la espalda – Mira, si estoy hasta cojeando… ¿Será muscular?… Por si acaso, voy hervir mi chancapiedra cuando lleguemos a la casa…
Cuando estaban en la esquina de Rodolfo Ruté y Domingo Ponte, un par de sombras cruzaron la pista en dirección a ellas.
-¡Flacas!… ¡Flaquitas!… – oyeron decir a uno.
-¡Buena la mami, buena la hija!… – dijo el otro silbando.
-¡Flaca!… ¡Oe, flaquita! ¿No tienes una luca?…
Las tres se dieron cuenta que los tipos corrían para alcanzarlas.
-¡Mamá!.. ¡Mamá!.. – gritó Adriana apretando la mano de Inés.
-¡¡Mamá… Nos están alcanzando!!…
-¡Vayan a joder a la conchesumadre!… – gritó Inés lo más fuerte que pudo para despertar a los vecinos mientras les iba arrojando cuanta piedra se encontró por el camino y tomó a sus hijas de la mano para echarse a correr.
-¡Policía!…¡Policía!… ¡Ayúdenme, por favor!…
-¡La cartera!…¡La cartera!…
-¡Mamá!…
-¡Agarra a la mami!… ¡No te quedes, Piojo Gordo!…
-¡Cadena… pulsera!… ¡Rápido nomás, huevonazo!…
-¡La casaca, las tabas de la chibola!… ¡Huevón no te quedes!…
-¡Policía!… ¡Policía!… – gritaba Inés que estaba a punto de ser alcanzada por los atracadores.
Con el retumbar de los talones descalzos de los sujetos se escuchó también una voz:
-¡Tócalas y te incrusto en la panza, Piojo Gordo, conchatumadre!… – se oyó en la oscuridad – ¡Tócalas para que veas lo que te pasa, huevón de mierda!…
La quijada puntiaguda, los pómulos prominentes y la nariz del sujeto apenas asomaban bajo el capuchón de la casaca. Era un flaco altísimo cuya voz nasal se perdía entre las numerosas rendijas que tenía en la boca por la falta de dientes. En una mano traía un cuchillo de cocina, tan delgado y afilado por ambos lados como un estilete, y en la otra, llevaba una botella con licor que no soltaba por nada del mundo.
-Con todo respeto, señora… Ni a usted ni a sus hijitas les va a pasar nada mientras esté por acá el Rostro. - Y después de golpearse el pecho con brutal energía, hizo una quimba de malandro, se lanzó sobre el Piojo Gordo y su compinche y amenazó- A ver toca a la germa nomás, pa’ vaciarte las tripas, Piojo Gordo…
El Rostro zapateaba, verduguillo en mano, en torno a los otros maleantes y por momentos perdía el equilibrio de puro borracho. Pero, como tenía buenos reflejos, volvía a la carga enseguida con más ferocidad.
-¿Qué chucha te metes, Rostro?… Son mis puntos, pé… Estoy en recurso…
-¡Entra pues, conchatumadre!…. – interrumpió cabrioleando el Rostro.
Docenas de fumones que salieron de cada rincón oscuro del parque se amontonaron en círculo y metían candela, mientras Inés y las niñas permanecían de pie frente a ellos paralizadas por el miedo.
-¡Sacúdete Piojo Gordo, ya perdiste!…
-¡Déjale tu marca, Rostro!… – metían cizaña.
-Márcale el cacharro pa’que no choque con la gente del barrio…
-¡Defiéndete, causa!… – dijo alguien arrojando una chaira a los pies del Piojo Gordo.
-¡Entra!… ¡Entra!…
-¡Tú mismo eres!…
-¡Chesu!… Le cagaron el brazo…
-¡Dale, Rostro!…
-¡Levántate y pelea como hombre, carajo!…
El insoportable olor a pasta cargó el ambiente y Adriana se atoró con la flema y empezó a vomitar. Inés sentía que el suelo la jalaba pero se daba fuerzas para sostener la frente de su hija. Después, aprovechando que los facinerosos estaban distraídos con la pelea, se armó de valor e intentó escapar otra vez.
-¡Espérese, señora, que yo mismo las voy a acompañar hasta su casa!… – gritó el Rostro, que no les había quitado el ojo de encima. El Piojo Gordo y su compinche emprendieron la huída.
-¡Si te vuelvo a ver por acá, Piojo Gordo chuchatumadre, te marco la cara! - tomó un trago de su botella y escupió un espeso salivajo. – Lo mismo le va a pasar a cualquiera que se meta con la ñori del gringo Saguinetti… ¡Mi promoción, carajo!…
Quedó claro que el Rostro tenía razones de peso para protegerlas y todo el mundo desapareció en silencio por donde había venido. Inés y las chicas se quedaron cojudas con el espectáculo.
-Mis respetos, señora, quiero que sepa que yo estudié con su esposo en el colegio… Yo no he sido siempre así, ¿sabe?… Yo también tuve una vida… Mi señora y mis tres hijitos… Pero todo lo perdí por el maldito vicio… Qué se va a hacer, señora… Así es la vida… – dijo Rostro rompiendo el silencio justo en la entrada del edificio Portofino.
-¿Y nunca has intentado rehabilitarte por tus hijos?… – preguntó Inés descubriendo por primera vez los ojos de un ser humano detrás de la capucha.
-Es inútil, señora… – contestó tajante -. Sólo dígale a Betto que su promoción, el Rostro, siempre va a sacar la cara por su familia…
-Muchas gracias, Rostro… – contestó Inés abriendo la puerta del edificio. Una vez adentro, le echó llave a la reja y lo llamó de nuevo – Oye, Rostro… Ten, para que te tomes una cervecita por Fiestas Patrias – y le alcanzó un billete a través de los barrotes.
-Gracias, patroncita, muchas gracias… – respondió haciendo venias con la cabeza. Inés se quedó de pie detrás la reja, observándolo alejarse por las calles húmedas que brillaban como espejos a medianoche.


