(*) Extracto de la novela “Paraíso de los Suicidas”
Para ver pasar a Pepe en uniforme escolar. Por esa época andaba forrado en billete y vivía en el malecón Grau, frente a las Tablitas. El chiquillo tenía cabellos ondulados y rubios, ojos verdes achinados y un especial atractivo para los homosexuales al que sabía sacar provecho. A cambio de sus favores sexuales vestía bien y derrochaba dinero a manos llenas. Cuando empezó a prenderse se le veía a diario por el parque Kennedy. Angustiado, sentado en una banca frente al Pimbol, esperaba que se lo levante uno de esos tipos con pinta de ejecutivos que caen por ahí pasados de tragos y de coca. La Gata -que lo tenía entre ceja y ceja- se lo encontró una noche y le propuso abiertamente que fuera su marido.
A Pepe le vino a pelo la oferta y se mudó a vivir con ella hasta que la policía se la llevó presa. Los vecinos se presentaron en la comisaría para denunciar que en la “Jaula de las Locas” corría coca como agua. Estaban hartos de tanta parranda y de los escándalos que armaba la pareja con sus pleitos. La Gata se ponía lentes oscuros para disimular el ojo quiñado. Pero, como no podía con su genio, se los quitaba en la verdulería para sacarles pica a las solteronas del barrio. Después, se metía chancleteando en la botica y – mientras se quejaba del maltrato – aprovechaba para coquetearle al dependiente y salía con un tubo de Pomada de las Diosas para borrarse los moretones.
La policía rompió la puerta y se llevó preso a todo el mundo pero sólo la Gata fue a parar a Lurigancho. La condenaron por tráfico ilícito de drogas y corrupción de menores y le dieron diez años. Pepe regresó con su madre. Habían pasado cuatro años desde el escándalo y no había puesto un pie en la casa desde entonces. De regreso se convirtió en el verdugo de su madre y su hermana que, para mantener la paz, no se atrevían a tocar el tema y le cedieron atribuciones de jefe de familia. Cada vez que se emborrachaba les levantaba la mano y a cada rato los vecinos tenían que intervenir como fuerza de choque para evitar una desgracia.
Un día se propuso sentar cabeza y hasta se consiguió una enamorada. Pero en un arranque de celos le propinó tal paliza, que los padres tuvieron que arrancársela de las manos con ayuda de la policía. Después de este incidente le pidió perdón a su madre y para sorpresa de todo el mundo, dejó la juerga y se preparó solito para ingresar a la Gracilaso. Salvo un par de borracheras memorables, tuvo una conducta casi intachable durante su vida estudiantil. La crisis comenzó ni bien terminó la carrera, cuando descubrió que no lo querían ni para vender cachivaches.
-Para la empresa privada sociología suena a comunismo… Y no estamos interesados en contratar a personas politizadas… – me dijo el ignorantaso del jefe de almacén de una distribuidora de golosinas.
Estaba harto de no encontrar chamba ni como heladero y se fue deprimiendo otra vez. Dormía todo el día y se quitaba el pijama sólo minutos antes de irse a la función de medianoche. Corrían otros tiempos y la pasta había impuesto nuevas reglas en la calle. Después del cine, Pepe se quedaba con cualquiera que se ofrezca a comprarle unos quetes a cambio de compañía. Y ni bien se le acababa la droga, obligaba a su acompañante a prostituirse a punta de golpes. Con el cabello recortado, acechaba en la oscuridad, oculto igual que las bestias, mostrando una chapa falsa de policía que usaba para asaltar.
Su madre y su hermana se armaron de valor una noche y le pidieron que se largara. Lo recogió un compañero de la universidad que, cansado de no encontrar trabajo en ninguna parte, se estaba asimilando a la Guardia Civil. Pepe no lo pensó dos veces y comenzó archivando denuncias en un descolorido escritorio en el rincón más lúgubre del Sexto Tribunal a cambio de un minúsculo sueldo. Ni bien pudo, se compró un revólver en la Cachina y después del trabajo recorría las calles, asaltando a los trasnochados drogadictos que deambulan por los huecos.
La Gata salió de la cárcel y Pepe le alquiló un cuartucho en un callejón, le compró maquillaje, pelucas, ropa nueva y la caficheaba recostado en un muro del malecón. Después de verla fornicar durante horas se la llevaba a patada limpia, le hacía el amor hasta hartarse y le pedía perdón a gritos mientras la infeliz estaba inconsciente. Una noche hasta le prendió fuego al cuarto porque se negó a abrirle la puerta y casi la mata. Desde entonces, sentía tanto rencor por su amante que tenía un canuto escondido en la cartera y jugaba con la idea de matarlo. Cuando Pepe la arrastró de los pelos por la pista y la soltó como un estropajo, se alejó unos pasos lloriqueando y después de girar sobre sus tacones, se quitó con gracia el mechón de la cara, caminó seductoramente hacia él, le pegó el caño en el pecho y le disparó a quemarropa un par de veces.
Según el parte policial, los vecinos escucharon los disparos alrededor de las once de la noche. Los que vivían al frente, alarmados por el estruendo, encendieron las luces y espiaron detrás de la cortina. El Coroto y el Mazamorra, que se estaban fumando unos tabacazos detrás del matorral, se asomaron justo a tiempo para ver caer el cuerpo. Cuando La Gata partió la carrera se acercaron al cadáver, lo bolsiquearon y le quitaron el reloj y los zapatos. Antes de perderse en las tinieblas, el Mazamorra se escondió el arma en el fundillo. La Gata huyó a esconderse en la Huaca y dicen que ya no le tenía miedo a nada, ni siquiera a volver a la cárcel. Después de mucho tiempo se sentía en paz y se fumaba serenamente el producto de su trabajo con todas sus ganas. Tomaba racumín a pico de botella sabiendo que, por ser homosexual, cualquiera podría tirarle dedo.
Cuatro horas después del crimen, el negro Blancanieves le vendió un par de ligas más, se puso la chompa de su mujer y se fue chancleteando hasta la PIP del jirón Cuzco donde, sin esfuerzo canjeó a La Gata por su sobrino Mostrobelo en menos de veinte minutos.

