El infierno de Candela


 Por: Eduardo Catalan

 


Candela Costa despertó de un sobresalto. Las manos le sudaban, sus dientes castañeaban, el corazón le explotaba.

 

-¡Mierda! – exclamó aliviada.

 

Por suerte habían pasado aquellos días angustiantes cuando dormía en la calle y no tenía futuro. Aliviada, corrió a encender la radio y la voz del pastor Ezequiel le recordó su presente. Ahora era alguien. Un ser humano nuevo repleto de gracia. Además, tenía entradas para ve a U2.  Se sintió feliz, realizada.

 

-¡Gracias Cristo! ¡Gracias Jesús!- vociferó a todo pulmón espantando al gato.

 

Había deseado tanto ver a Bono y la misericordia divina respondió pronto – como cada vez que pedía algo-, desde que había encontrado la luz. Uno de los cientos de miembros de su iglesia se las había cedido humildemente, a cambio de sus oraciones porque era sabido por la mayoría que, Jesús le escuchaba primero a ella que a nadie. Así había renovado su ropero con lo último de Banana Republic y con las marcas preferidas de zapatos que ella, por su bondad y entrega al señor merecía.

 

-¡Alabado, misericordioso! ¡Eterno, por siempre! – profirió despertando a los vecinos.

 

 

Todo lo que ahora era se lo debía al Pastor Ezequiel. A ese hombre de dios, cuya fe y entrega lo había colocado en la arista principal de la iglesia de los verdaderos hermanos de Cristo. La única religión auténtica y mayor comunidad de feligreses de la ciudad. No en vano, el hombre, había recibido tantas bendiciones. Un buen número de autos, un canal de TV, una cadena de radio y decenas de inmuebles donde había colocado a sus parientes cercanos y a sus incontables vástagos, fruto del amor que compartía con las innumerables devotas que se le ofrecían siendo aún vírgenes.

 

Hacía un par de años que Candela había dejado las drogas mayores. Desde aquel día que el pastor Ezequiel la sacó de la cárcel, donde cumplía una condena por consumo y tráfico de heroína, cocaína y éxtasis. Entonces, todo había empezado como un juego. Uno peligroso destinado a seducir a sus amantes, muchachas menores de edad a las que enviciaba y luego desechaba a su suerte.

 

Una visita que le hizo el pastor Ezequiel en prisión la había regenerado. Al extremo, de llegar al convencimiento que sus naturales apetitos por su mismo sexo  no eran más que las tendencias diabólicas de la vida disoluta a la que antes se había dedicado.

 

-¡Alabado, Eterno! ¡Tuyo es el poder! ¡ Señor, soy tu esclava! –gritando emocionada salió de  prisión.

 

Era costumbre del pastor Ezequiel recorrer las cárceles de mujeres ofreciendo libertad, a cambio de que las muchachas – por supuesto que elegidas por su apariencia física- se adhirieran a su iglesia bajo la promesa de su conversión y participación activa reclutando jóvenes feligreses.

 

Candela, todavía era una muchacha guapa. No había perdido su talento seductor, que antes encandilaba a las jovencitas y que ahora explotaba para convencer a cientos de muchachos y hombres mayores, para el recaudo de limosna. Su antigua experiencia como delincuente juvenil, le garantizaba un éxito sin precedentes. 

 

-¡Alabado, Misericordioso! ¡Tú, el sempiterno! – exclamaba complacido el pastor Ezequiel, de su buen ojo con Candela.

 

Candela fue escalando de una manera sorprendente dentro de la jerarquía de la Iglesia. Llegando, en poco tiempo, a ser una joven ministra con mucha influencia entre los numerosos devotos que concurrían a su recinto en busca de todos los bienes materiales con que dios la premiaba a ella.

 

Con Candela, el pastor Ezequiel descubrió  una mina de oro. Cuya mente delincuencial ideaba cientos de artificios para recolectar cada día mayores fondos. Sus inescrupulosos proyectos le permitieron recorrer muchos países vecinos, dónde su presencia prometía aliviar el dolor, la pobreza y el abandono en la que se encontraba tanta gente humilde

 

-¡Misericordia, Cristo Salvador! ¡Sólo tú eres capaz de salvarnos!- profería Candela con fanatismo, mientras los incautos financiaban sus viajes repetidamente.

 

Candela compró ropa, casas, carros y se hizo de numerosa servidumbre. Hasta que una mañana, el señor le habló en sueños encomendándole la fundación de una nueva iglesia. Decidió hacerle caso, como una sierva incondicional de Cristo. Empezó construyendo un presuntuoso local y a difamar al pastor Ezequiel con la intención de quitarle feligreses.

 

La ira del pastor Ezequiel se diseminó a través de sus medios de comunicación. Sin embargo, no pudo desmentir toda la inmundicia que Candela le sabía. Porque, además, ella era también otra de sus víctimas de su abuso sexual.

 

-¡Ilumíname, misericordioso! ¡Sálvame, todo poderoso! 

 

Al parecer, el pastor Ezequiel fue escuchado. Y en uno de sus recorridos por las cárceles se encontró con otra joven, a  la que prometió salvación eterna a cambio de sus servicios.

 

Una noche -mientras Candela se revolvía entre sus proyectos manipuladores-, se topó con la muchacha. Su carne débil fue presa fácil. No pudo resistirse a los encantos seductores de la jovencita, como tampoco, a las bolsas de heroína que ésta llevaba en la cartera.

 

-¡Sálvame, Cristo! ¡Hazme fuerte otra vez!

 

Pero todo fue en vano. Candela recayó con más fuerza que antes en sus vicios antiguos. Por la droga, lo vendió todo. Estafó a sus fieles y la gente le perdió la confianza. Deambulaba pidiendo limosna por los alrededores de la iglesia del pastor Ezequiel. Pero, éste, advertía a todos desde su púlpito su peligrosa facha criminal por las esquinas.

 

Nadie más ha vuelto a hablar de Candela. Dicen que está irreconocible, viviendo de la prostitución debajo del puente. Otros, aseguran haberla visto muerta.

 

Pero el único que sabe su paradero real es el pastor Ezequiel. Que se ha asegurado de que vuelva a ese recinto maldito de donde un día la sacó con la promesa de un mundo mejor.              

 

-¡Alabado, salvador! ¡Alabado seas por siempre! – exclama el pastor Ezequiel con la plena seguridad que Candela,  jamás saldrá de la cárcel.

 

 

 

  

 

    

 

 

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  1. Reblogueó esto en PÁGINAS DESDE EL PARAÍSO DE LOS SUICIDAS.

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