CHIGUACA Y CANELO


Por: Eduardo Catalán 

 

Canelo y Blanca Flor nacieron azules y es por eso que se quedaron en el hospital veinticinco días más conectados a su aparato, hasta que sus corazoncitos se desinflaran.  Sin embargo, esto no sucedió tan pronto como sus papás lo deseaban. Las expectativas que el doctor Rivero Avilés les dio de vida, fueron desilusionantes.

 

-Tal vez, unos seis u ocho años, no más, señora… -, dijo bastante optimista.

 

Desde entonces, la mamá se dedicó a cuidarlos como a un crisol. Con la dedicación de una santa, diría la parentela Del Carmen que estaba confundida por todo aquel asunto del color:

 

-¿Azul? ¿’Onde se ha visto eso, compay?…

 

El papá, un retaco macizo que andaba elegantísimo, vivía quebrantado. A lo lejos recuerdo que hasta organizó una fundación para ayudar a más niños azules en el barrio e hicimos colectas en el salón. Pero nada pudo evitar que la frágil Blanca Flor falleciera, tal y como lo anticipara su doctor. Sucedió cuando estábamos en quinto de primaria. El padre Trisoglio hizo una misa a la que asistió el barrio entero y por la tarde declaró que el viernes habría asueto por duelo en el colegio parroquial. Esta vez nadie se alegró de que suspendieran las clases… La muerte es un evento que cambia la vida de los que nos quedamos vivos… ¡Nunca olvidaré a la hermanita de mi compañero de carpeta!

 

Transcurrió toda una década para volver a encontrarnos. Interrumpió en plena clase de lógica, cosa que el chato Córdova jamás permitía, pero en el acto lo bautizó como Basilio y lo mandó a sentar. Así lo llamamos hasta que terminamos la carrera. Canelo se había quedado chiquito, como su papá y, realmente, estaba igualito al cantante. Su pelada brillante resaltaba unas inquietas bolas de carey que persuadían de todo. No le quedaba ni una ceja. Nos abrazamos cariñosamente y – mientras nos mandaba callar – el chato desgraciado, que siempre tenía la precisa, aprovechó para chantarme el mote de Chiguaca. Canelo me contó toda su vida en un minuto. Había mejorado. Su papá murió de un infarto y su viejita hacía lo imposible para que no le faltara su medicina. Ya no se hacía problemas. Jugaba fútbol, tomaba sus tragos, fumaba sus cigarritos, comía ají y era mujeriego.

 

-Claro que con mesura, hermanito… Pero no me privo, porque la vida es corta…

 

Siempre me dejaba con el nudo en la garganta. Pero Canelo era resistente.  Desde que llegó se convirtió en el delegado oficial del aula y se pasó todo el tiempo correteando a los profesores rogándoles por otro examen sustitutorio. Ya ni asistía a clases y la pasaba metido en las oficinas correteando ahora secretarias…

 

-A Basilio no le vas a decir que no, pues amorcito…

 

Y se las levantaba a todas. El negrito tenía su jale y donde ponía el ojo acertaba. Claro que no era casualidad que siempre se tratara de la chica encargada de pasar las notas en los registros o de cualquiera que pudiera influir en su favor. Fuera bonita o no, el Canelo la sacaba a pasear, se la presentaba a su mamá y luego pedía el favorcito.  Así llegó lejos. Se las sabía todas, mientras que no tuviera que sustentar sus monografías…  Siempre recuerdo la vez que nos llevó de paseo a todo el salón a la tierra de sus viejos para visitar a su parentela. Un viaje memorable por las borracheras que nos metimos durante días seguidos. Desde entonces no hubo quien le dijera que no al Canelo. Tenía comprada a la gente con sus zalamerías. Canelo ingeniaba criolladas audaces, pero era incapaz de memorizar un pequeño renglón siquiera.

 

Su nombre de pila era Timoteo Belleza y ser negro era un orgullo que cultivaba de familia. Zapateaba y cantaba de maravilla. Pero, tocando siempre con la punta de los dedos sus pastillitas que nunca movía del bolsillo de sus camisas.

 

-¡Qué corazón ni ocho cuartos! ¡Seco y volteado, Chiguaca!… 

 

No había fiesta de la que Canelo no saliera bien emparejado y con el alcatraz humeando. Cuando cursábamos décimo ciclo sorprendió a la clase con su matrimonio. Era una chica de ascendencia japonesa, que estaba de mírame y no me toques de lo enferma que lucía.   Era también paciente del doctor Rivero –su doctor de cabecera- y se conocían de toda la vida. Pero como la novia empeoraba, el Canelo, se propuso hacerla feliz hasta el día que expiró. Fue una muerte vertiginosa y Canelo quedó deshecho… Como un autómata, recibió su diploma y se largó a Miami.

 

-Allá la medicina está avanzada, hermanito… Si nos hubiéramos ido antes… – dijo taciturno al despedirse y otra vez le perdí el rastro.

 

Esta vez pasaron cinco años para encontrarnos nuevamente… Yo deambulaba por las inmediaciones de K’Mart   tratando de encontrar un trabajo de lo que sea, cuando escuché una voz familiar que gritaba a todo pulmón.

 

-¡Chiguaca!… ¡Chiguaca!…

 

-¡Basilio, carajo! ¡Hermanito de mi corazón!… ¡Negrito de mi alma!…

 

Nos abrazamos llorando. Para mí fue una gran suerte porque esa noche hubiera tenido que dormir  en la calle con mi mujer y todas las maletas que trajimos de Perú. Pero esa es otra historia. Canelo fue mi salvación. El negro, tenía una camionetita montada para lavar carros y no le iba tan mal. Decía que se reventaba los lomos de sol a sombra para pagarle al banco las letras, sino, se quedaba sin trabajo…

 

-Chambeo como un negro Chiguaca… -, me dijo apretándome fuerte.

 

Empecé con él con bastante optimismo. Canelo se había hecho una carterita de clientes de la que subsistía medianamente, pero la competencia empezaba a mortificarlo… Y realmente el negocio no daba para dos. Pero Canelo se sacrificaba y al final del día me sacaba de miso.

 

-Anda y cómprale un menú a tu mujer, Chiguaca… 

 

Canelo tenía un corazón de oro… Pero inmensamente frágil, muy frágil. Y yo me porté tan mal…  ¡Cuánto lo siento Canelo!…

 

Con frecuencia se  olvidaba y aceleraba el ritmo pero su incorrecto corazón lo obligaba a terminar el día anticipadamente.

 

-¡Chiguaca, en este país hay que trabajar, hasta que el cucharón aguante! ¡Pero la lluvia de miércoles! ¡Odio este clima!…

 

Ya no continuaba porque la presión se le subía.

 

-No es que no me importe, hermanito… Lo que sucede es que sin seguro… Fíjate, que lo he intentado, ¿ah? Pero ni bien descubren lo que tengo me chotean… ¡Pero estoy durando Chiguaca!…,- decía sin reflejo en los ojos cuando le preguntaba por sus pastillas.

 

Lo que más difícil se le hizo al Canelo fue dejar de ser el negrito divertido, el berenjena más popular de la facultad y todas esas cosas de las que se sentía orgulloso y tanto disfrutaba…

 

-¿Por qué olvidarlo hermanito? Imagínate que decir todo eso acá es prohibido y mi barrio esta lleno de negros…

 

Así que aprendí a llamarlo Timoteo. Pero más le jodía andar demostrando a medio mundo que era propietario de sus herramientas.

 

-Muy difícil es acá, hermanito… Muy difícil… – y continuaba trabajando resignado.

 

Como era de esperarse, el espejismo de la prosperidad nos obligó a separarnos del Canelo y hasta olvidarlo por un buen tiempo. Nos hablábamos por teléfono y quedábamos para encontrarnos algún día en especial…  Pero las mezquinas ambiciones nos dejaron sin tema de conversación y empezamos a competir en todo… No había noticia que él no hubiera visto ni rebaja que yo me haya perdido… Cuando me ampliaron el crédito recorrí nuevas tiendas y busqué personas más solventes para dialogar…

 

Claro que le contestaba las llamadas pero ya me caía un poco espeso… Es que me deprimía y, yo, a veces, estaba tan contento con mi última adquisición que me sentía interrumpido… Cuando me compré mi casa le perdí el rastro un par de años…

 

Hasta que una mañana, mientras me disponía  para ir de compras – para variar -,  mi mujer me alcanzó el celular y era Basilio.

 

-Mi hermano, estoy jodido, el banco me ha quitado todo y no tengo ni dónde vivir…

 

Me quedé helado.

 

-Canelo de mi corazón, en mi casa siempre tendrás un lugar…

 

Llegó jalando un montón de cachivaches que le rayaron todo el piso a mi mujer y que después me salió carísimo pulirlo y todavía se nota… ¡Pucha!

 

Lo acomodé en el cuarto que había designado para mi oficina. No me quedó otra… Entonces, yo repartía salsa de jalapeños  para una cadena de restaurantes, labor, que me mantenía por lo menos unas doce horas fuera de la casa. Era matador y regresaba con el trasero aplastado de tanto manejar.

 

Al principio, Timoteo – porque ahora era un activista afro-peruano y nada de Canelo ni berenjenas, carajo -, se dedicó a limpiarme la casa y a ayudar a mi mujer en la cocina. Preparaba platillos, gastaba ingredientes y los productos de limpieza se iban como agua y no salía a buscarse un trabajo… Yo sabía que se le veía mal y estaba enfermo. Pero, ¿qué tenía que ver con eso? ¿Acaso era su pariente? … Me daba pena, pero y, yo…  ¿Cuándo me va a tocar a mí?  

 

En este país no puedes ponerte a pensar en esas cosas… Lo que importa es uno y nada más…

 

Por último, ¿para qué se vino, pues? Además, no me gusta que un hombre, quien quiera que fuera, se quede en la casa a solas con mi mujer… ¡Eso sí que no!… 

 

Canelo partió para Colorado una tarde mientras me encontraba inmerso en un nudo en la autopista y no logré llegar a tiempo para despedirme… 

 

-¡Se me hizo tarde compadre!

 

De vez en cuando llamaba y se quejaba del frío y de lo horrible que se sentía estar sujeto a un sueldito de barredor de aeropuertos para tener un jodido seguro… Tosía mucho y luego colgaba. Empecé a vivir pendiente de sus llamadas… Lo sueño con frecuencia  correteando secretarias por los pasillos de la facultad… Con Blanca Flor en la entrada de la parroquia y también lo veo con su papá… Lo primero que pregunto al entrar en casa es por su llamada… 

 

-¿Qué habrá sido de ti, Canelo? Sabes, hermano, que contigo se fue lo último de Chiguaca  que quedaba en mí…  

Published in: on mayo 18, 2011 at 4:09 pm  Comments (1)  

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  1. Yes! Finally something about blogging.

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