EL PRÓXIMO ABRAZO, APRIETE FUERTE, POR FAVOR…


Por: Eduardo Catalán

 

Marta Patricia bajó del avión con su modesto equipaje y reventando de esperanzas  ¡Por fin en Miami!  “Todas las que tuve que pasar para conseguir la visa de turista… ¡Ya llegué!”.  Era la primera vez que viajaba fuera y no pensaba volver. Era un hecho. En su libretita verde tenía de todo: el número de su amiga del colegio, del chico de su barrio, el de la señora del trabajo… ¡Ahora le tocaba  a ella!… Sentía que el corazón le iba a explotar…  En su cabeza resonaban los consejos que su hermana, en traguitos, le dio la noche anterior. “Vas a ver que un gringo se va a enamorar de ti al toque…”. Pero a ella no le gustaban mucho los gringos… “¿Qué tendríamos en común?…”.  Además, ella no venía a buscar un marido sino a trabajar.  No es por nada pero a ella jamás le faltó un enamorado… La chata era fachosa… Pero por ahora quería concentrarse en buscar chamba… Así que caminó derechito al teléfono público para llamar a su amiga y empezar una vida nueva.    

“¡Uf!… ¡Qué calor!  Le encantaba el sol y se bronceaba negrísima con su tanga roja que le duró como tres veranos.   Era bajita y curvilínea y no había chico que no volteara al verla pasar.  Tenía el cabello castaño oscuro que se teñía un par de tonos más claro una vez al mes. “Ay, amiga, el cabello claro te favorece montón…”, le decía Periquito, el de la peluquería del barrio, antes de vaciarle encima un frasco de decolorante.  Cada semana se metía en el cine  aunque sea para ver una mala película con tal de darse una vuelta con sus amigas o con su enamorado… “Lo malo era que ganaba una miseria, pues…”  Su papá era relojero y su mamá había muerto un año atrás arrollada por un microbús justo en la esquina de su casa.  El horrible accidente conmocionó a todo el barrio justo cuando estaban a punto de perder el tallercito que tenían frente al mercado. Su hermana mayor se quedó a cargo de la casa  pero, como tenía que alimentar una escalerilla de mataperros en pañales, la plata ya no alcanzaba para nada. El papá de los niños brillaba por su ausencia porque se  había conseguido otro compromiso.  Se aparecía sólo para los cumpleaños y se iba con las mismas después de dejarles una propina. 

Apenas unas semanas antes del viaje, un despido masivo dejó a su hermana sin empleo.   Ahí sí que empeoraron las cosas… “Tengo un montón de razones para irme…Te juro papito que ni bien llegue me consigo un trabajo y al toque te estoy mandando platita… Ya vas a ver… No te preocupes, viejito… En un año vengo de visita… Y de repente nos vamos todos…”, le dijo al despedirse en el aeropuerto. Como Marta Patricia no quiso ponerse sentimental, todavía se despierta arrepentida de no haberlo apretado un poco más…  Después de darle sólo tres meses de entrada y de rebuscarle de rabo a cabo toda la maleta, no le dejaron pasar la bolsita de chancapiedra que su papá le puso en el bolso de mano.  Afuera la esperaba su amiga y chorreaditas de sudor, igualito a cuando jugaban voleibol en el patio del colegio, se dieron un fuerte abrazo y lloraron de alegría…. Pero se separaron rapidito y de un susto cuando el esposo, aburrido,  les pitó el claxon de la camioneta.  Los primeros tres meses se la pasó cuidando a un par de niñas caprichosas que se divertían echándole la culpa de todo y la acusaban con su papá.  El gringo se creía todo lo que decían sus querubines “Pourque en esta país lous niñous nou mienten” y las antipáticas le sacaban la lengua y se burlaban de ella cuando le racionaban hasta el papel higiénico.   Marta Patricia no tenía privacidad ni para llorar porque dormía acostada en el piso en un colchón delgadito que tiraba junto a las camas de las niñas. Y toda la noche estaba pendiente atendiendo sus necesidades.  Pero tampoco podía dormir porque se la pasaba pensando si su familia tendría para comer.  Se levantaba adolorida y agotada.  Casi no comía para no molestar y se puso flaquísima la pobre chata. A solas en Bayside, Marta Patricia le contó a su amiga la difícil situación económica por la que pasaba su familia y la necesidad que tenía de percibir un ingreso. A escondidas del marido, la amiga, le prestó su Social Secuirity y se consiguió un trabajito bañando perros en una veterinaria cercana.  El gringo la odió a muerte porque tuvo que pagarle  otra vez a la antigua niñera.  Por eso empezó a cobrarle por el cuarto, o mejor dicho, por el piso del cuarto… La chica se levantaba al amanecer y regresaba muerta de cansancio ya bien entrada la noche.  Para no tener que caminar como veinticinco cuadras de ida y de vuelta, se compró una bicicleta de segunda mano en un Garage Sale y con ella se transportaba por toda la ciudad.  Las noticias que recibió de Perú eran desgarradoras. Casi al mes de su partida, su papá perdió el negocio porque agarró la plata de una letra que tenía que pagar para alimentar a los chicos y, para colmo, a la hermana le habían diagnosticado Diabetes… Necesitaban plata urgente… Marta Patricia, los tranquilizó porque ya tenía trabajo… “No se preocupen que todo se va a arreglar.  Ya van a ver…” En aquél entonces tenía que manejar hasta la Calle Ocho para mandarle dinero a su gente.  Sin contener las lágrimas pedaleaba de regreso con ganas de que fuera mañana para irse rapidito a trabajar… Una noche su amiga la recibió con una cara de a metro ¿Cómo era posible? ¿Se creía que su casa era un hotel? ”¡Te me vas ahorita mismo! ¿Crees que no puedo denunciarte a migraciones?… ¿Ah?… ¡Ratera!… ¿Adónde están todos los ganchitos de pelo de las niñas?…  ¿Y las otras cosas? ¿Crees que no me doy cuenta que se los mandas esos muertos de hambre de Lima?… ¿Ah?… ¡Mis hijas no mienten, te he dicho!  Y la puso con sus maletas  de patitas en la calle. Previa registrada, por supuesto.  El gringo no despegó la vista de su periódico ni dejó de comer sus Tostitos con salsa.  Más tarde recordó que la niñera no le dio cara y que se escabulló con el rabo de paja.  Marta Patricia jamás supo qué se les perdió.  Caminó por horas como un alma en pena.  Dejó de llorar y sacó su libretita verde.  Llamó a su amigo del barrio y la acomodó en su garaje. Pero el chico estaba casado y la mujer se puso celosa. Así que al poco tiempo se tuvo que ir.  Rodó un par años como una gitana y compartió el techo con mucha gente.  Se dedicó a la limpieza, a cocinar, a cuidar ancianos.  Pero no lograba ser constante con sus envíos de dinero a Lima. Pasó un buen tiempo hasta que pudo encontrar un trabajo fijo, comprar un carro y alquilar un departamento.  La muerte de su papá la agarró de sorpresa.  Hasta ahora lamenta no haber podido pasar esos últimos años con él ¡Ni siquiera sabe dónde está enterrado! Cuánto le pesa no haber apretado un poco más fuerte a su pobre viejo, que se murió esperándola.  Compró a crédito algunos muebles, artefactos, ropa y montones de regalos para mandar a Lima… ¡Compró y compró!  Terminó comprándose un perro para tener con quién hablar…  ¡Quería recuperar el tiempo perdido!  Los sobrinos habían crecido y sabían pedir aunque ni siquiera se acordaban bien de ella.  Marta Patricia se desvivía por mandarles sus gustos y las mejores marcas.  Trabajaba como una hormiga para pagarles los estudios, los uniformes, las pensiones y lo demás… ¡Lo pagó todo! No tenía tiempo ni para buscarse un novio… Cuando la hermana falleció mandó por los tres adolescentes que le sacaron el jugo durante años y hoy andan en las discotecas despilfarrando lo que ganan…  Ella todavía quiere hacer algo con su vida. pero no sabe qué… Todavía se siente fuerte, a prueba de bombas…. “Me parece que fue ayer cuando llegué …” se dijo el otro día que regresó cansada del trabajo.  Mientras lavaba su uniforme y se preparaba la  cena recordó que hacía quince años que no iba al cine y que no tenía una verdadera amistad… Que jamás volvió a tener un mes de vacaciones… Tampoco sabría qué hacer con ellas… No se había vuelto a broncear en la playa.  Que no había subido un cerro y que no había gritado de felicidad… “¡Si que no he hecho nada!… Sólo ir y venir del trabajo al supermercado…”.  El día que sus sobrinos cumplen años recogen sus regalos y se largan con las mismas ¡Ni le hablan!… En su casa ya no hay nada divertido…  “¡Ah! Pero qué bueno fue esperarlos… Junté para sus pasajes, les compré todo nuevo, los puse a la moda… ¡No podrán quejarse!…”, Marta Patricia no sabe qué hacer con su vida… Ya no tiene crédito… Los estudios de los chicos la dejaron endeudada hasta el cuello… Pero ha empezado a ahorrar nuevamente.  Quiere regresar al Perú… Necesita un chequeo médico y arreglarse los dientes… Tal vez hasta jalarse las arruguitas… A ver si se quita esa expresión de fracaso que cada mañana intenta disimular con montones de cosméticos…  Por eso no quiere irse sin plata… ¿Qué va ha hacer con sus cosas? ¿Dónde va ha meter todo lo que ha comprado?… Se resignó a regresarse sin nada… ¡Total! ¿Ya no tuvo de todo?…  Todavía le palpita fuerte el corazón cuando piensa en el futuro.  Pero Marta Patricia no cree que es demasiado tarde para nada y ha jurado tomar aquél avión de regreso pase lo que pase.

Published in: on mayo 18, 2011 at 1:25 pm  Dejar un comentario  

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