EL SOL BRILLA PARA TODOS (*)


(*) Extracto de “SUNPASS” (Una serie para la televisión)

Por: Eduardo Catalán

“Pero cuando llueve no todos se mojan; esa es prerrogativa de los caminantes, de los que alguna vez tuvieron un auto o de los que sueñan con tenerlo algún día…”

Lo que sucede a diario en la estación del autobús, no es tan predecible como la temperatura. Pero, invariablemente, es el lugar más concurrido por los desafortunados. Seres que emergen de una dimensión paralela, dónde la felicidad es sólo un espejismo. Como ancianos jubilados y  enfermos de toda índole. Alcohólicos sin licencia para conducir y adictos indigentes sin hogar. Veteranos de guerra -generalmente minusválidos-, dedicados a la bebida y con carné para viajar gratis como toda recompensa. Cientos de indocumentados, anónimos hombrecillos hediendo a explotación, cuya realidad es aún más subterránea. Solitarios resignados con ingresos insuficientes para comprase un auto, o personas atrapadas en un automatismo sin rumbo. Mujeres de todas las edades y razas, sobre todo, madres solteras. Claro que, temprano por la mañana  y al caer la tarde, se incrementa el flujo de unidades para llevar o traer al  personal de oficina que trabaja en el Down Town. Mortales de traje con maletín y calzado de cuero, mayormente de la raza negra o hispanos que ya ni recuerdan cómo pronunciar en español y que, para no quedarse atrapados en la autopista a esas horas, utilizan los servicios del metro bus. Escasos momentos del día en los que coinciden desiguales personajes pero que, pese a todo, comparten algo en común: el ser habitantes del mismo pantano. 

-(Radio)¡Buenos días Miami!  El sol brilla radiante esta mañana. Hoy habrá calor. Noventitrés grados al medio día. A partir de las cuatro de la tarde se esperan violentas precipitaciones…

La bulla del auto detenido frente al semáforo lo levanta de un sobresalto. Está transpirando. Se enjuga el rostro con la manga de la camiseta y estira los brazos dando un bostezo prolongado. Decenas de peatones enrumban en todas direcciones. Una ráfaga de viento le arrima un pasquín religioso. Se incorpora con pereza de la banca y recoge el papel para usarlo de abanico. Al momento, la pesca bajando entre los pasajeros del autobús que se ha detenido. Un brillo animal en los ojos transforma su expresión. Le conoce sus movimientos con exactitud. Esa rutina triste que tiene de ir y venir del trabajo. Los martes y jueves, libre. Cuando la mujer se aleja lo suficiente, va tras su presa salivando. Sabe que está sola y conoce donde vive porque no es la primera vez que la sigue. La mujer se detiene frente a una casa pequeña, entra y cierra la puerta con llave. El gordo observa desde la acera del frente comiendo un mango que se ha recogido.  Cuando cree que ya ha esperado lo suficiente, cruza la pista y de un tranco está justo frente a la ventana. Forcejea. No está asegurada. Mira para todos lados y, suavemente, desliza hacia arriba la hoja de cristal.

-¡Bingo!

Es grande pero cuidadoso. En cuestión de segundos, se cuela por el hueco oscuro. Adentro huele a orines de gato; a cerveza rancia, a cansancio, a sueño…  Los ronquidos lo llevan directo a la habitación. Se detiene frente a la cama. Gruñe. En al acto, se abalanza como un chacal sobre ella. Le tapa la boca… Aguarda que los ojos de su víctima se llenen de pavor… Que tome conciencia… Se excita…

-¡Facilito! ¡Facilito! – repite satisfecho mientras, la mujer gime bajito temblando acurrucada en un rincón.

Le rebusca la cartera, toma el dinero que hay dentro y se marcha. Una vez de regreso en la estación, compra un diario y revisa con impaciencia la sección de policiales…

-¡Mierda!…

Todavía no hay nada de la mujer del día anterior… Con las mismas, se tumba cuan largo es en su banco habitual, mientras coge sueño oliéndose las manos con placer…

Isolina sostiene los gastos de la casa sólo con la costura. Felizmente, el cubano de la lavandería la tiene atiborrada de trabajo. Aunque le paga una miseria. Pero no le pregunta por su estatus migratorio. Amílcar, su esposo, hace lo imposible. Ya no es tan fácil como antes. Parado en Home Depot corre riesgo. Nada es igual después de “Septiembre Once”.

-¿Cuándo cambiará esta situación? Para cuando Obama suba vamos a estar arruinados… – suspira y se sube al autobús que parte de inmediato.

Katia está impaciente, sofocada. Se quita la chaqueta y se la amarra en la cintura. Mira su reloj y mueve la cabeza desaprobando. Está rendida y de mal humor. Lleva parada allí más de media hora esperando y nada pasa ¡Odia su vida!  Katia trabaja toda la noche en un restaurante y duerme por el día. Parte de su tiempo libre se la pasa esperando el bus de ida o de regreso.

-¡Al fin! – se tranquiliza al ver unas luces aproximándose.

Saca un espejo pequeño y con un lápiz tajadísimo se pinta los ojos, con otro se retoca los labios… Enseguida, con la punta del meñique corrige la sombra de uno de sus párpados. Está lista. Estira el brazo para detenerlo, pero el metro bus se sigue de largo. Katia protesta empinando un índice agresivo. Unas luces verdes que brillan GARAGE sobre el parabrisas del vehículo se mofan en su cara.

-¡Contra!

Mas allá, le parece ver un par de luces acercándose.

Es primero de enero, también el primer día de otro año miserable en su vida. Sólo ella está en la calle a esa hora. Claro que, están también los infaltables.

El Nazi y su inseparable, cojimanco, son gringos.  Por allí también anda el Cabazorro, el latino con su guitarrón, dispuesto a agredir con el instrumento al primero que se niegue a darle limosna… A Katia no le hacen nada porque su marido regularmente los provee de jabón, champú, camisetas limpias y de cualquier cosa que sea útil en la calle.

-¡Increíble, brother! En una horita tengo para cinco… – dice el Nazi emocionado.

-Eso no es nada… Si yo te cuento, man…

-Seguro que te encontraste, como el otro día, un billete de diez en el parqueo…

-Si yo te cuento, man…

-Allí viene una bitch, enséñale el muñón…

José se recoge objetos de la basura en excelente estado, porque trabaja haciendo limpieza en un hormiguero de concreto, donde la gente bota las cosas casi nuevas. Por eso, siempre tiene algo para regalar y nunca le faltan las visitas. Llegan preguntándole por muebles, televisores, lo que sea. Él, lo apunta todo meticulosamente en su pequeña libretita marrón.

Otro autobús se detiene en la estación. Y bajan montones de hombrecillos de ojos chispeantes y rostros curtidos por el sol. La mayoría no son tan jóvenes como parecen a la distancia. Muertos de risa cruzan corriendo en verde la avenida y en la esquina de Home Depot se confunden entre la masa que deambula por las inmediaciones. El camión del fiambre recorre el área pitando la cucaracha con el claxon. Un grupo lo detiene y se atiborra de golosinas. Otros más, se aproximan contentos buscándose el dinero en los bolsillos.    

-Desde que este condenado entró, todo está peor…

-Ese hijo de la grandísima…

-Órale, buey…

-¡Pinche migra!…

-La jura pone multa a los que recogen ilegales, cabrón…

-Nadie quiere arriesgarse, buey…       

-¿Qué?

-Entonces, ¿de qué vamos a vivir?…

Una camioneta se detiene y, en el acto, todos parten la carrera atropellándose.

Amílcar llega primero.

-¡Uno! ¡Necesito uno sólo para pintura!… – grita del interior un hombre obeso con la boca llena de comida.

-Pintura es lo mío pues, patrón…

-Entonces, móntate rápido…

 

Ni bien la advierte, de un brinco se incorpora de la banca. Ya le conoce el andar. Igual que la vez anterior, se sube al mismo vagón y se acomoda en un asiento frente a ella. Como la otra vez, le mueve una ceja y Katia le sonríe. En la siguiente estación se bajan juntos.

-¡Facilito! ¡Facilito!…- repite guardando su distancia.

La observa de lejos.

El calor la tiene transpirando y el hombro le duele, le pesa el bolso y los zapatos le fastidian. Quiere llegar a casa a quitárselos ¡Ya no da! Toda la noche trabajando. Sirviendo café, hamburguesas, papas fritas… Cargando fuentes y platos. Está muerta. Con la punta de los dedos  aprieta el mazo de billetes de a dólar que trae escondido en el forro de la chaqueta. Una sonrisa de conformidad perfila un aire infantil en sus facciones lánguidas. Atraviesa sonámbula la fila interminable de casitas que preceden a los edificios ¡Se deshace! Ansía  encontrarse con José limpiando los pasillos. Siempre coinciden. Mientras busca la llave en su bolso, como siempre, le entran unas ganas incontenibles de orinar. En el restaurante ni tiene tiempo para eso. Cruza las piernas, hace una pirueta ¡Ya no aguanta! Abre. Un quejido de alivio se le escapa. Tira el bolso sobre la mesa, expulsa los zapatos y parte la carrera al baño…

De repente, un brazo poderoso  la rodea por el cuello y unas manos enormes le arrancan la blusa con torpeza. Al instante, Katia reconoce al hombre del Metrorail que le pone la navaja filuda en el cuello y le tapa la boca. Katia lucha, pero no tiene fuerza suficiente…

Cuando el hombre termina con ella, queda inconsciente. El tipo sale caminando como si nada y se cruza con José, que ni se percata de su presencia por estar mirando para todos lados, por si ella aparece en la entrada del edificio.

-¡Facilito!¿No digo yo?…

Isolina ha bajado del bus, pero no hay techo en ese paradero para cobijarse. El viento sopla levantando cuanto papel hay regado. Una lluvia filosa le castiga el rostro, de vez en cuando. El paraguas sale disparado ni bien lo abre. Más allá, un par de ancianos se cubren con las bolsas plásticas de los basureros públicos. Se le moja toda la costura. De  pronto, el cielo se tiñe morado, tres centellas continuas se anticipan y estalla la tormenta terrible. Está bañada por completo. Pero Isolina ríe. Tal vez se enferme… A ella que siempre le dan unas gripes tremendas. Pero se ríe. Ya empezó la tembladera.

-Llegandito, nomás, plancho la costura… Por lo menos hay trabajito… – se ríe como una niña caminando en medio de los charcos.

Un automóvil se detiene junto a ella y alguien del interior le lanza un objeto contundente.

-¡Vieja!… – le gritan acertándole en una ceja.

Isolina cae en la pista. No tiene tiempo de proteger la costura y la ola que levanta el vehículo la enloda. 

Armando es contratista ¡Está feliz con su vida! Pero, para ganarse sus chavos, todavía tiene que meter la mano y ensuciarse hasta el cuello. Lo mejor es que nunca le falta trabajo. Ni bien llegaron metió a la mujer para que estudie compra y venta de casas.  Por eso, ahora no le faltan clientes. Y ella, aunque gorda, es la reina de su hogar. Es más, poseen una discreta lista de espera. Es minucioso, creativo y, sobre todo, sabe dónde conseguir insumos más económicos. Cada día aprende más de eso y considera que, al paso que va llegará muy lejos. En sólo seis años ya tiene una casa presentable con piscina, mejor que la del cuñado; un bote a motor, parecido al de su socio; una camioneta, dos autos, un perro finísimo, mejor que ninguno y por supuesto, su mujer y sus dos hijos. Armando cobra caro porque tiene el convencimiento que lo bueno cuesta. Pero utiliza la mano de obra ilegal, para llevársela toda el sólo.

-Si tuviera un par de tipos como tú, no necesitaría salir a la calle… – le dice Armando contento a Amílcar, luego de haberle sacado el jugo durante toda una larga jornada de trabajo. 

-Se hace lo que se puede… – contesta él con humildad – Fíjese, don Armando, que yo ya tengo bastantes años viviendo aquí… Antes se podía trabajar… Pero desde que entró este presidente…

-Conmigo vas a hablar de trabajo, nomás ¿Entendiste?… En este país hay que dejarse de críticas y ponerse a trabajar… – lo interrumpe Armando levantando la voz.

-Usted lo dice porque es legal…

-¿A qué te refieres tú con eso, chico?

-Que para ustedes la cosa es fácil… Nomás llegan y ya son legales…

-¿Acaso tú no te enteras que todos esos mejicanos que se pasan a diario por la frontera son unos delincuentes? ¿Ah?… Y no lo digo por ti…

-Algunos no entienden el drama de los ilegales porque para ellos sólo existe su problema y nada más…

-¡Mira, chico! ¡Tú no vas a venir a comparar lo que es vivir con el comunismo! ¿Oíste?… En otros países, la gente no trabaja porque no quiere… Aquí recién vienen y aprenden lo que es el capitalismo…

-Lo que yo digo, don Armando, es que la realidad de un indocumentado es parecida a la de cualquier persona allá en la isla. Nos falta transporte, atención médica, trabajo, futuro…

-¿Y por qué mejor no te regresas a tu país?… ¿Ah? ¡Bájate! ¡Bájate ya mismo! ¡Indio mal agradecido! Yo que pensaba ayudarte… ¡Basura!..¡Gusano!…¡Largo!… ¡Comunista!

Armando arranca violentamente sin haberle pagado. Amílcar se queda varado en la carretera. Ni siquiera está seguro hacia qué lado está el norte de la ciudad. Mueve la cabeza y suspira hondo. Resignado, levanta su maletín y emprende la caminata de retorno.

La habitación todavía hiede a sudor amargo…

-¡Eso te pasa por hablarle a cualquiera! ¿Cómo era? ¡Yo lo mato! ¡Háblame Katia!…

-José, por favor. Déjame descansar un rato que esta noche tengo que ir a trabajar…

-¿Descansar? ¿Estás loca? ¡Llamemos a la policía!

-¿La policía? ¡Qué vergüenza!¡No! ¡No! Por favor no llames a la policía…

-¿Y ahora qué va a ser de nosotros?…

-Déjame descansar, José… Cierra la persiana…

-(Puta de mierda)…

El hematoma se le ha extendido hasta la mitad del rostro. Sostiene con una mano la bolsa con hielo en su frente y con la otra plancha la costura. Ropa ajena que, espera quede  tal cual la recibió…

-¡Qué tanto! Sólo  es agua… – se consuela pero sigue nerviosa.

Amílcar llega  siempre con un cuento distinto que, en realidad, no es muy diferente al del día anterior… Lo que a Isolina le gustaría escuchar, es que por fin ha conseguido trabajo… Algo de dinero que pueda salvarlos…

-Eran más de las once de la noche cuando apareció el sabido… Dice que lo botaron por sus opiniones… ¿Cómo será?… Pero nadita de plata ha traído… Si no sube Obama no sé qué va ha pasar… – le comenta bajito Isolina a su madre, aprovechando que el hombre está en la ducha.

José está cegado. A toda costa quiere encontrar al tipo y Katia no habla por temor al escándalo. Pero está segura que los celos de su marido terminaran exponiéndola.

-¡Quita! Déjame en paz… Me voy a alcoholizar hasta que me cuentes lo que pasó de verdad…

-Tu sabes que cuando bebes, después no puedes parar… ¿Ya olvidaste la última vez?…

-¿Entonces, por qué no llamaste a la policía? A ver, dime, pues…

-Ya te dije que me desmayé… Nunca debí contarte nada…

-O sea que te gustó, ¿no?… ¡Puta!

-¿Qué hablas, idiota?…

…. ¿Cómo le explico a Otelo que jamás olvidaré ese rostro? ¿Cómo le digo que, cada vez que cierro los ojos me encuentro con los del sátiro? De eso no puedo hablar con José. Tengo que olvidarme y seguir adelante… 

Cartones, plásticos, colchones todo sirve para los infaltables.

El Nazi es el que menos recibe porque es un gigante y casi nada le queda de la ropa que José lleva. De lejos se le reconoce por su camiseta del ejército. El cojimanco, a veces se viste de soldado y le resulta con esa pinta de veterano del  Golfo que se maneja. El Cabazorro es un demente. Rasga la única cuerda que le queda a su guitarra, con un frenetismo que aterra a los pasajeros.

-Hey girlfriend! – grita el Nazi al verla descender del Metro bus.

Katia los conoce pero no se codea con ellos. José se lo ha prohibido…

-¿Puedo hacerles una pregunta? – se dirige al grupo interrumpiendo la charlatanería del Cabazorro.

-Habla, muñeca…

-Se trata de un hombre, alto, grueso. Latino… Le gusta abordar a las mujeres en el Metrorail o en los paraderos…

-¡El Marrano!

-¿Lo conocen?

-Si el Marrano le ha hecho algo… ¡Juro que!… – se besa el índice y el pulgar al mismo tiempo  ¡No sería el primero!…  ¿Ve esta herida?…

-¡Mí, héroe! ¡Mí, mucho muerto!…. – interviene el cojimanco.

-No me ha hecho nada… Pero quería…

-¡Suficiente!…- sentencia el Nazi.

-¿Qué le van a hacer?

-Usted no se preocupe, muñeca… Vaya tranquila a descansar… El Marrano se la gana solo… – empina el brazo y termina su cerveza.

Da un giro y reinicia el parloteo con sus compinches. Ya no le dirigen más la palabra.

-Que no lo sepa mi marido, por favor…

-¡Pssh!.. Por supuesto, muñeca. Esto queda entre nosotros… Yo conozco cómo es el hombre… – le contesta fastidiado sin voltear a verla y continúa con la cháchara.

José echa la cabeza hacia atrás, termina con el último concho de la lata, luego la estruja como a un papel entre sus manos. Está ebrio. Llega hasta la cocina tambaleándose, recoge las colillas de cigarrillo y más latas comprimidas. Las levanta para que Katia no lo fastidie. Las embute con torpeza en una bolsa plástica, le hace nudo y la coloca junto a la puerta. Se dispone a abrir pero parte disparado al baño. El chorro  de orines salpica ruidosamente el borde de la tasa y unas gotitas biliosas se estrellan contra la cortina blanca de la bañera. Junto al espejo, le sonríe feliz una pareja de la mano en Bayside. Es una fotografía vieja, enmarcada en plástico dorado. De la época cuando eran enamorados. Se observa con detenimiento, confronta el espejo, pero de pronto, sus ojos se detienen en la minifalda, en las piernas de Katia. Tambalea. Ríe como un desquiciado. Se repone. Resuella profundo y destroza el cuadro de un puñetazo brutal que abre un huecazo en la pared de cartón prensado.

-¡Puta!… – estalla.

Un hilo de sangre le corre entre los dedos y baja hasta el codo, tres goterones se multiplican brincando rojísimos sobre el lavamanos. El timbre del teléfono a esas horas le paraliza el corazón y se le quita la borrachera…

Efectivamente, ningún día suele ser igual a otro en la estación del metro bus y cuando llueve no todos se mojan. Esa es prerrogativa de los caminantes, de los que alguna vez tuvieron un auto o de los que sueñan tenerlo algún día. Sueños, todos tienen uno… Pero el temor de no llegar a realizarlos puede ser  móvil de muchas locuras. Sin embargo, para algunos sólo es cuestión de sentarse en una banca a esperar; pero para otros como José, esperar puede ser peligroso. Pero todavía quedan personas como Isolina y Amílcar que están dispuestos a continuar esperando, a pesar de todo. Mientras que Katia es la única que se esfuerza en no desesperar. Pero están también los tipos como Armando, que esperan que nada cambie. Y a pesar que el sol salga para todos en el sur de la Florida, sólo los peatones padecerán bajo la inclemencia de sus brasas.                 

Published in: on mayo 18, 2011 at 2:50 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

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  2. Hola,
    En tu relato reconozco la misma desesperanza y la indiferencia al dolor Humano que veo en cada esquina de tantos paraderos… . En fin, esa anomia social que describes con tanta precision, que nos duele.
    En tiempos donde la “supremacia blanca” suplica por el voto presidencial apelando al racismo, tu breve cronica sobre los marginados nos hace reflexionar acerca del futuro.
    Sigue adelante, cuentanos un poco mas… Al mundo le hace falta ver la realidad y no la estafa cotidiana a la cual nos sometemos por la estupidez hipnotica de los mensajes masivos, indiferentes y desenfrenados.
    ALTHEA

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