EXTRAÑA AMISTAD


Por: Eduardo Catalán

Lo conocí una mañana cuando bajaba desesperado por las escaleras de emergencias. Sus ojos vomitaban fuego.

 

– ¡La mujerrr!… ¿Dónde está la mujerrr?… -, me preguntó como si lo supiera. 

 

Por aquel entonces habían renovado el personal administrativo y la única mujer que faltaba ese lunes era la gerente de la propiedad y lo primero que se me ocurrió fue vincularlo románticamente con mi jefa…  Así empezó nuestra extraña amistad.

 

Ranjim era bronceado y lozano como un bebé. Tenía unos labios purpúreos y agrietados que humedecía maniáticamente con una lengua robusta y amoratada que hacía chasquear entre unos dientes de marfil que resplandecían bajo su bigotazo azabache.  Toda su energía se concentraba en sus penetrantes ojos negros, un par de bolas de fuego que vi fulgurar de picardía, de rabia y de miedo.  Tenía las manos delicadas de un artista y los pies toscos y descomunales de un caminante.  Sus trajinadas sandalias de cuero de camello bien pudieran haberlo traído a pie hasta acá.  

 

Se deslizaba por los pasadizos con porte aristocrático, relajadamente, ajeno a todo.  Su ego rozaba el cielo.   No ocultaba su desprecio por la gente  como yo,  que se conforma con un oficio con tal de tener dinero para ir corriendo de compras a Macy’s.   Sentía un temor excesivo por la televisión y, como no quería exponerse demasiado a ella,  la encendía sólo para ver su video de aeróbicos y la apagaba de inmediato.  Cuando se enteró que escribía una novela cambió de actitud conmigo y me contó que estaba concluyendo su maestría en Ciencias Políticas en la Universidad de Florida para ser presidente de Guyana.  Lo que no es extraño porque por aquí cae gente de todo el mundo.

 

 Me confió que provenía de una acaudalada familia musulmana de origen indostánico con cierta influencia política en su país. Ranjim tenía  una voluntad de hierro y un espíritu pragmático.  Como se había propuesto aprender español,  practicaba diariamente conmigo.

 

-Bu-e-nos  dí-as  se-ñorrr… – me saludaba cada mañana antes de irse a correr y me pedía una palabra nueva.  Así, en pocos meses, aprendió más español que lo que yo aprendí inglés en todos estos años. 

 

Sé que barrer pasadizos es un oficio jodido pero tiene algunas compensaciones.  Porque todo lo ves y todo lo oyes.  Trescientos y pico no son demasiados apartamentos.  La mayoría de los inquilinos salen temprano en su carrito y  – los que todavía tienen cuerpo – regresan a meterse un clavado en la piscina. Después se tiran en el sofá a ver la tele con una cerveza y una pizza… O arroz chino… O un balde lleno de presas de pollo empanizado… Lo sé bien porque recojo las malditas cajas de cartón que dejan regadas cerca del buzón de desperdicios en aquellos  pasadizos impecables y llenitos de alarmas contra incendio.  Yo me encargo de mantenerlo todo igualito, entre otras cosas, porque vivo aquí… Doy fe que nada cambia esta rutina… A menos que  haya un feriado con su venta especial de fin de semana en Macy’s…

 

Hay que reconocer que no todos pueden darse una vida como la de Ranjim.  Que está becado en la universidad y no necesita trabajar. 

 

Cada mañana me tocaba levantarle el corazón a mi amigo el de los ojos de candela.  Era evidente que Ranjim sabía sufrir porque esos pozos negros te miraban con la tristeza de quien conoce la soledad.  Podía jurar que un par de vigorosos lagrimones desafiaban constantemente con desbordarse por sus mejillas bronceadas.   Y es que Ranjim se tomaba todo en serio.  Cada mañana corría durante horas.  Y como se preparaba para ser presidente de su país era un alumno Cum Laude…  Sin embargo,  a la una de la tarde cerraba su libro y bajaba al llano un ratito para practicar español conmigo.  Aunque, a veces, nuestras charlas no pasaban del plano sintáctico –y algunas de ellas resultaban realmente hilarantes –, aprendía con asombrosa rapidez.  Decía que todo se debía  a mí.

 

-Al prrro–fe-sorrr que ba-rrrría la ca-halle…

 

Sé que en el fondo le encantaba que le tomara el pelo.  Sus ojos se transformaban en súper novas cada vez que lo corregía o cuando descuartizaba las precarias oraciones que con gran esfuerzo traía anotadas en un papelito.  No podía ocultar que se sentía como un niño desaplicado.  Entonces, la brecha cultural que existía entre nosotros se diluía y se convertía en complicidad. 

 

Nuestros encuentros eran cada vez más divertidos. Sobre todo, cuando se me ocurrió conseguirle una novia. Era una esbelta iraní que medía  por lo menos un metro setenta.  Parecía oficinista.  Salía cada mañana muy temprano y regresaba  entrada la noche.  Un día tuve que entrar con la llave maestra a su departamento para revisar el aire acondicionado y noté  que sólo tenía un colchón frente a un enorme espejo y toda su ropa –  de marcas exclusivas – estaba acomodada ornamentalmente en la alfombra.  No vi muebles por ningún lado.  Todo el decorado de la habitación se limitaba a aquel caprichoso arreglo que había hecho con la ropa, los cosméticos y los zapatos de tacón… 

 

– ¿Qué era todo aquello?… 

 

Por supuesto que no se lo conté a nadie.  Y menos a Ranjim.  Pero cuando tuve oportunidad de entrar al departamento de mi amigo me di cuenta que tenían mucho en común:  él tampoco tenía muchos muebles.  Sólo una mesa y cuatro sillas.  Pero todos sus libros y  su papelería estaba en el piso.  En disciplinado orden, claro.  Me di cuenta que cada vez que intentaba hablarle de la chica iraní se acordaba de la otra y se deprimía horrores.  Una vez me enseñó su fotografía y recordé que la había visto antes.  Era una cubana blancona, gordita y locuaz.  Parecía más bien una de esas uniones por papeles o algo así.  No sé.  Era sospechoso.  Creo que terminó enamorándose y parece que hasta la acosaba y por eso huyó… O algo así… En fin. Me cansé de mandarlo donde la flaca del cuatrocientos cuatro hasta que desapareció del mapa por unos meses. 

 

A su regreso me dijo que aprovechó las vacaciones de la universidad para trabajar en Boca Ratón en el negocio de un amigo suyo. También me contó que había pedido su traslado a la Universidad de Columbia en Nueva York.  En fin.  Unos llegan, otros se van… ¡Ni que fuera Ziggy Marley!  Que se quedó a vivir como un año con la abuela Cedella,  los Melody Makers y toda la prole… ¡Y nunca les pedí un autógrafo!… 

 

Mi mujer y yo nos preparábamos para recibir al huracán Floyd escuchando Obscured by clouds cuando mi jefa me llamó por radio.  Se trataba de Ranjim, que se desplazaba con desenfadada soltura por toda la oficina. Al verme,  se preocupó en ocultar nuestra amistad colocándome donde me correspondía y solicitó formalmente mi ayuda por unas horas.  La jefa me ordenó darle una mano en lo que corresponda y cuando estuvimos a solas aquellas bolas de fuego negro se cargaron de afecto y me  miraron con complicidad.  Me abrazó frenéticamente y yo me reí con ganas.  Me sentí su único amigo en el mundo.

 

Estaba ansioso y eufórico como un adolescente.

 

-Buenas tarrr-des, se-ñorrr… De–parrr–ta-mento cua-trrro cientos–cua–trrro… ¿Novia  pa-rrra mi?… -claro que, cuando estaba contento, hasta me hablaba en su lengua natal… 

 

Me contó que partiría para Nueva York en unas semanas y que quería tener todo preparado.

 

-Nueva Yorrrk, esta-túa de li-berrr-tad…

 

Efectivamente, todo lo tenía listo y bien embalado en cajas de cartón.  Hicimos como cuatro viajes en su Honda hasta las oficinas del correo.  Sólo quedaron tres cajas que, según me dijo, contenían cosas de valor como sus documentos, sus libros de cabecera y sus apuntes de la universidad. Al final de la jornada me regaló el juego de comedor, que cedí de inmediato a una pareja de peruanos que acababan de llegar.  No tenía mucha ropa.  Yo sólo le conocí un traje oscuro, una corbata azul, un par de camisas, un blue jean y  un traje de deportes.  Me daría pena dejar de verlo… 

 

Desapareció nuevamente por unas semanas.

 

Recuerdo que era un lunes, a la hora de la muerte, cuando escuché su voz por uno de los pasadizos. Venía llamándome a todo pulmón.  Había perdido otra vez la compostura. Lucía desencajado. Cuando le pregunté qué le pasaba me miró con pánico.  Ya se iba y quería que le guardara las tres cajas… Volvería en poco tiempo… No sabía cuando… No sabía nada, creo…  Traté de explicarle que no podía hacerle el favor por políticas de la empresa y al instante se aburrió de mí…  No sé si me miró con rabia o con desesperación pero supe que lo hacía por última vez… 

 

Intenté  decirle algo pero dio la vuelta y se marchó sin despedirse.  Caminó de largo hasta el ascensor y se quedó de espaldas a la puerta hasta que se cerró detrás de él.  

 

A la mañana siguiente, mientras el mundo entero contemplaba con estupor por la televisión el derrumbamiento de las torres gemelas del World Trade Center me acordé de él.  Temí por su vida.  Y es que tampoco conocía a nadie en Nueva York.  Conforme pasaban las horas me asaltaron nuevas dudas. Tomé la llave maestra y entré discretamente a su departamento.  Allí estaban las tres cajas con un cartelito que decía mi nombre.  Con el corazón galopando revisé cada una de las cajas, las volteé de cabeza y comprobé que sólo eran libros y papeles. 

 

Me tranquilicé. 

 

Cuando publicaron los retratos de los suicidas te juro, Ranjim,  que no quise verlas por temor a reconocerte entre ellos… ¿Pero por qué te fuiste así?… ¿Sabías que ibas a morir?… ¡Era demasiada coincidencia!… Pero terminaba convenciéndome que era imposible que me estuviera pasando precisamente a mí.  No.  Mi amigo de la Meca tenía un master en Ciencias Políticas. 

 

Él no haría algo semejante… 

 

Después de varias semanas entramos a pintar su departamento y el supervisor me ordenó tirar  sus tres preciadas cajas a la basura.  Yo había destruido aquella nota con mi nombre y jamás le conté a nadie que lo conocía bien.  Finalmente, después del día de Acción de Gracias, la gerente me mandó habilitar el cuatrocientos cuatro.

 

El departamento estaba tal cual lo vi la última vez.  La chica había abandonado sus cosas sin decir una palabra.  Pero eso es algo común en este negocio y a nadie le extrañó que se borrara del mapa sin pagar la renta.  Ropa, zapatos, cosméticos, colchón y espejo fueron todos a parar al basurero. 

 

Estaba desbaratando el colchón para meterlo en los contenedores cuando de su interior cayeron varios pasaportes, unos carretitos amarrados con hilo de pescar y una antena rudimentaria hecha con un gancho de ropa.  ¿Sería una radio? Pero cuando encontré una foto de la chica al lado de un grupo de hombres, con apariencia de fundamentalistas islámicos, me quedé de una pieza. Porque entre ellos descubrí unos ojos negros, profundos, como agujeros negros en el espacio. 

 

Aquellos que no quise reconocer en el diario. 

 

Eran los mismos que estaban en todos esos pasaportes… Que eran tuyos, Ranjim…  De pronto, me invadió un frío polar en una tarde asoleada de Miami y ya no recuerdo más.  Me desplomé en el suelo.  El supervisor me mandó derechito a mi casa y me reporté con  gripe toda la semana.  Jamás dije una palabra  ¡No quiero ni pensarlo!…  Pero a veces me pregunto, Ranjim, qué pasaba por tu cabeza  cada vez que te mandaba a visitar a la chica del cuatrocientos cuatro… 

Published in: on mayo 18, 2011 at 3:02 pm  Dejar un comentario  

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