Los Archivos “R”


Por: Eduardo Catalán

                                                                 1        

Han transcurrido siete años escasamente desde que el estrago sobrevino. En el vecindario nadie parece haberlo olvidado y es que no es para menos. Aquel hecho está todavía cercano en las mentes de todos y aún se machacan esos momentos acerbos. Como si fuese ayer cuando la policía acudió a la casa de los Ravelo, irradiando cada recoveco de la cuadra, tronando desapacible las sirenas. Fueron las hermanas Hernández Gutiérrez  quienes dieron la alarma sobrecogidas de horror.

Jairo jugaba a la pelota a diario, junto a la casa de las Hernández Gutiérrez. Ellas, enjaulaban al Choki para que no arrancara detrás de la bola, cada vez que el niño la aporreaba con el ímpetu de un jugador experimentado. Las veteranas se deleitaban contemplándolo desde la ventana, fantaseando con orgullo que sobresaldría pronto como   pelotero del colegio. Les fascinaba su aspecto porque, les hacía recordar los días cuando Tiago andaba en casa. Sobre todo, por esa forma tan peculiar que tenía Jairo para sostener el bate.

-¡Igualito a mi Tiaguito! – prorrumpía la menor.

-¿Qué será de la vida de ese malagradecido?- criticaba la otra.

-¿Cómo te expresas así, del pobrecito? ¡Con lo atareado que debe estar ahora, que es todo un doctor! – Interrumpía regañando la madre, queriendo disculpar la indolencia del hijo.

La maestra opinaba que Jairo era un buen niño: “ No era de los más aplicados, pero sí de los más listos… Las tareas en clase las terminaba en un dos por tres…”, explicó la mujer a la prensa  cuando tuvo oportunidad de hablar de su alumno.

Su memoria era notable comparada con la de su padre que, era incapaz de retener hasta los anuncios comerciales que martilleaba la televisión a diario. Jairo asombraba a todos en la mesa, repasando con pelos y señales el acontecer transmitido por los noticieros. Siempre se trataban de hechos horrendos, desgracias familiares, crímenes, violaciones de menores, deportaciones. Toda esa programación de la que se ocupan siempre los canales hispanos y de la que sus padres nunca se desenganchaban.

Entonces, Jairo tenía once años y era normal verlo jugando solo. Su rutina, desde que llegaba de la escuela hasta que retornaban sus papás del trabajo, se cifraba en practicar frenético contra la pared de las Hernández Gutiérrez y enseguida volver a su habitación a continuar absorto en sus videojuegos. Desde que inició el régimen con Ritalín se había transformado en un niño considerablemente apático. Sus papás, como muchos, no advertían las secuelas del químico en el  comportamiento de Jairo. Por añadidura, pensaban que si el fármaco había sido prescrito por un médico –indiscutiblemente-, tendría que ser lo mejor para el niño.

-¿Para qué han estudiado, sino? – Se despreocupaba Mariana, la madre.

 Después de la prueba psicológica a la que fueron arbitrariamente sometidos todo el alumnado, la directora escolar se negó ha recibirlo en las aulas, si no llevaba una constancia de haber iniciado una terapia a base de Ritalín para tratarle el ADD y ellos habían estado de acuerdo, también.

-No se preocupe, voy a pedir permiso en mi trabajo para llevarlo yo misma…  – le anticipó Mariana, recibiendo la dirección de la sicóloga que, además era sobrina de la directora y responsable del departamento de sicología de la escuela.

Durante el periodo escolar anterior, en el transcurso de una semana por lo menos, doscientos cincuenta alumnos fueron evaluados por el departamento de sicología y a noventa de los colegiales, oficialmente se les diagnosticó ADD.  Para que estos chicos ascendieran al siguiente grado en cualquiera de las escuelas del Estado, sus padres, se vieron forzados a incorporar a sus niños en un régimen a base de potentes anfetamínicos como  Ritalín y sus derivados. Los resultados fueron positivos, aparentemente. Un par de meses más tarde, el departamento de conducta en una visita oficial constató que la disciplina imperaba otra vez en la escuela.

Mariana estaba encinta aguardando a una niña a la que llamarían Carolina, como la abuela paterna. Era ella una mujer todavía joven, guapa de origen centroamericano, que había emigrado a los Estados Unidos escapando de los maltratos de un padre dipsómano. Hombre necio que tenía en una pocilga martirizados a su mujer e hijos, sujetos a sus arrebatos. Mariana no tenía mayor instrucción que la que pudo recibir en una escuela destartalada a cargo de los religiosos de su aldea. Pero su pasión era la costura. Oficio con el que proveía sustento para la madre y sus maltratados hermanos.  El dinero que conseguía el padre trabajando como estibador, lo despilfarraba inmediatamente en diversiones porcases.  Hastiada de aquella vida, Mariana juntó plata y un buen día se vino para Norte América traspasando la frontera por Tijuana. Razón por la cual, Mariana, no deseaba rememorar su pasado infeliz. Ni siquiera, Yoselindo, el marido, tenía claro los pormenores de su niñez, mucho menos del lugar exacto de su nacimiento. Situación de la que tampoco hablaba con su mujer por considerarla una experiencia lejana, lamentable y muy característica de las costumbres indígenas que se imponen en el resto del Continente.

-¡Estos indios! ¿De qué países vendrán?- juzgaba exaltado saboreando todas esas barbaridades delincuenciales, que le gustaba de la televisión.

Yoselindo había arriesgado la vida en búsqueda de la tierra de la “libertad”, surcando el océano trepado en un neumático junto con otros diecisiete socios. Ya de esto hacía mucho tiempo, pero el recuerdo subsistía implícito en su memoria y siempre que podía se lo remachaba a Jairo que, lo escuchaba despreocupado, sin manifestar un ápice de asombro. Y parecía que Yoselindo leía con desencanto en la mirada de su hijo este desinterés por tamaña aventura, que casi le cuesta la vida a él y a sus diecisiete socios. A veces Jairo, preguntaba por los nombres de los camaradas de viaje del padre pero, o Yoselindo no recordaba ninguno o simplemente los callaba. Por algunos instantes hacía memoria como si principiara a nombrarlos, pero en el acto, una mueca ensombrecía su semblante y al instante escapaba de sus recuerdos. Luego, proponía al hijo que fuera a jugar a su cuarto.

Yoselindo remaba de sol a sombra. Era camionero repartidor de golosinas por las mañanas y durante las tardes empaquetaba carne en el interior de un  frigorífico gigantesco. A media noche llegaba muerto de cansancio, comía algo y en el acto se metía  a la cama, muchas veces sin desvestirse. Veía poco a su hijo. Se contentaba aguaitándolo de vez en cuando desde lejos, pegado a sus juegos frente al computador.  

Mariana tampoco era una madre comunicativa. Extrañamente, ella disfrutaba más hablando sola. Al mismo tiempo que se ocupaba de las labores de la casa, emprendía interminables conversaciones apócrifas con compañeros del trabajo, conocidos  circunstanciales, vecinos, celebridades, hasta con parientes remotos, de esos que estaba segura que no volvería a ver. Preparaba sus pláticas con anterioridad, incluso las que entablaba con Yoselindo. Por lo general, siempre le resultaba y se resentía cuando el diálogo cambiaba de rumbo. Mientras tanto, Jairo en su habitación no hacía más que proferir exclamaciones. Estremecedores chillidos de euforia, que excitaban a rabiar al Choki por un buen rato. Por cierto que, estas singularidades no eran sólo el complemento del nervio vehemente con el que Jairo se entregaba a sus videojuegos.

-Ese chico era raro…  ¡Tenía una fortuna en videojuegos! ¡Muchacho! Tanto como para comprase un auto del año – reveló un vecino al ser interrogado por la policía.

Sin embargo, a nadie le perecía malo que Jairo se pasara el día entero clavado frente a la pantallita de su ordenador.

-A ver Jairito, ¿cuál es el último juego que te haz conseguido? – le decía su tío soltándole propina para que comprara más disquitos.

-Es uno, tío, donde sujetas cinco metralletas con cada mano. El que le lanza más descargas al enemigo gana y entonces pasas a  la siguiente categoría que, en lugar de metralletas, sacas como sesenta cohetes hasta pulverizar al enemigo con unas balas poderosas dum-dum, que lo revientan en millones de pedacitos…

-¿Y quién es el enemigo? – preguntaba horrorizado el hombre.

-Cualquiera, pues tío… El enemigo puede ser cualquiera…

Jairito, principiaba con este tema y ya no paraba hasta que advertía que era ignorado. En el acto, daba media vuelta rumbo a su habitación a continuar con lo suyo.

                                                                  2

Una década ha pasado, desde la madrugada nefasta cuando el incendio devastador -ocasionado por el estallido del calentador a gas-,  achicharró la casa del frente. En el intento por salvar sus pertenencias, sus moradores, los padres de Rudy, sufrieron quemaduras graves que les produjo la muerte algunos días más tarde, luego de soportar padecimientos atroces. Por suerte, en aquel momento el muchacho estuvo de campamento en la escuela de verano y se libró del infortunio.  Durante un par de años después de la desgracia, Rudy, peregrinó por cada casa del vecindario, hasta que el seguro, por fin, reparó los daños y pudo volver a habitar su inmueble, como si nada hubiese sucedido.  Sin embargo, los gritos desesperados de los quemados, todavía despiertan en sobresaltos a los vecinos insomnes que presenciaron la tragedia.   

Cruzando la acera -junto a la casa que Andrew barrió -, vivía Rudy el policía. Así era popular en el suburbio, pese a que jamás había pertenecido a la institución. Rudy era un tipo singular, dedicado al culto de sus muertos. Andaba seudo uniformado continuamente; él mismo reformaba atavíos militares a su capricho. Alguna vez, formó parte del equipo de seguridad que patrulla el centro comercial del barrio y era un hecho que entonces, les había levantado la ceja a muchos de los que residen por aquí. Rudy causaba lástima, desde el siniestro episodio que significó para la vecindad el fallecimiento de sus padres. Por eso  le justificaban cualquiera de sus extravagancias. Cada mañana tendía ropa de cama en el jardín y durante un buen rato la sacudía prolijamente. Alrededor del medio día, salía en trusa olímpica embadurnado a broncearse. Al rato, se zambullía en una enorme tina de goma que permanecía  enchufada a la manguera desbordándose de por vida.

   -¡El pobre! – Exclamaba la menor de la Sánchez Gutiérrez espiándolo sumergido de medio cuerpo en su alberca de jebe. Acordándose cuando era niño y se iba a  jugar con Tiaguito a la pelota.

Rudy tenía cerca de treinta años pero, había pasado los últimos diez adherido a su seboso trono desfondado frente al computador. Era fornido, de brazos recios, muslos enormes con un abdomen voluminoso y tatuado el cuerpo por completo. Sin embargo, andaba infatigablemente obsesionado por su nutrición. Cuentan que durante la etapa de su adolescencia, cuando vivían sus padres, se le dio por la pornografía. Entonces, su terapeuta sugirió el tatuaje como sustituto. Por eso, ahorraba con obsesión para terminar de colorearse desde los tobillos hasta la cabeza. También coleccionaba fetiches. Encuadraba arengas marciales, insignias antiguas, parafernalia armamentista desfasadas, placas de autos patrulleros, un sinfín de adefesios que amontonaba con apego. Los mantenía colgados en la pared o sobre la chimenea junto a la fotografía de sus padres, a la que nunca le faltaba al lado una copa con agua cristalina.

-¡Bendición, mima! ¡Bendición, pipo! –  honraba por la mañana de rodillas, frente al retrato de la pareja difunta sobre la chimenea. Luego cambiaba el agua del cáliz y    empezaba con su ritual de limpieza minuciosa de sus más jactanciosos tesoros.  

Rudy ya era una leyenda entre los chiquillos del barrio. Cuando se asomaba por la heladería, sólo le faltaba firmar autógrafos. Tenía comics por millares, desde sus orígenes. Enumerar el museo que Rudy almacenaba, era pasarse el día hablando de él. Los más charlatanes, afirmaban que Rudy poseía las profecías ocultas del verdadero Freddy Kruger. Rudy, en absoluto contradecía nada de lo que se especulaba acerca de él. Al contrario, se nutría de los coloquios que sostenía de vez en cuando con los chiquillos, de ellos adquiría información fresca. Cuando algún film del interés de la pandilla se estrenaba, Rudy se los llevaba al cine a todos. También, estuvieron desde la madrugada, primeros en la cola cuando salió PLAY STATION I, II, III, X box 360 y en muchísimas ocasiones análogas, más. Eventos a los que los papás nunca tenían interés de acudir. Era para muchos un alivio que Rudy estuviera alrededor siempre para suplantarlos. 

-Rudy era un niño más entre todos… Nos acostumbramos a que sea así… Y nunca le vimos nada malo, oficial… Nada malo… Usted, sabe… 

Rudy en la clandestinidad, sacaba copias de los videojuegos y se las vendía a los muchachos que, eran sus cómplices y, de hecho, una tumba en caso de ser interrogados, además. Pero el gordo no vivía de eso, su negocio consistía en comprar y revender extravagancias por el Internet. Pasaba días conectado pujando en “e-bay” – centavo a centavo-, por piezas de plástico, figurillas de papel, calcomanías, brazaletes… Una vez obtenidos, empezaba la oferta por cuenta propia. Era sorprendente lo rentable que podían llegara a ser a veces sus cachivaches.

-¡Parecía increíble, óigame!… ¿Qué, corriera él sólo con los gastos de toda la patota?  ¡Ese muchacho hacía mucho dinero, señor! Aquel negocio del Internet le rendía ¿Era legal? Supongo… ¿No?… – entonó con reticencia en su oportunidad la mayor de la Hernández Gutiérrez, sospechando del quehacer al que Rudy se dedicaba.  

Yoselindo y Mariana, llegaron al barrio algún tiempo después del fuego. Lo que averiguaron de entonces, era lo mismo que las hermanas Hernández Gutiérrez habían divulgado. Sin embargo, la certidumbre de  que alguien más haya enfrentado la muerte -ya  sea padeciéndola de cerca como le sucedió a Rudy al perder a sus progenitores-, fue suficiente para que Yoselindo encuentre motivaciones especiales y le agarre afecto singular al muchacho. Prácticamente, trataba a Rudy como a un veterano de guerra y le  hacía todos los honores de un compañero de armas. Los domingos por las tardes lo invitaba al jardín, freía algo, bebían Hatuey una tras otra y terminaban abrazados lloriqueando sus recuerdos.

-¡Diecisiete! ¡Diecisiete! ¿Me estás atendiendo? – hipaba  ebrio Yoselindo, momentos antes que Mariana lo acostara, luego que Rudy cruzara en una pata hacia su casa. 

Entre todos, Jairo era el preferido de Rudy. Cada vez que el gordo acudía de visita, nunca le faltó en la mano un disco nuevo que acababa de bajar del Internet gratis especialmente para él. El niño lo admiraba. Estaba sugestionado por la incuria que el gordo contagiaba. Entre ambos, obraba una mística asociada a las fantasías que se fundaban entorno a todos esos disparates que les apasionaba. En sus peores arrebatos de codicia, Jairo estaba dispuesto a lo que fuere por conseguir la más insignificante pieza de la colección del gordo. Era este un convencimiento enfermizo que le quitaba el interés por cualquiera otra ambición. Rudy, sentía también una particular afinidad con el niño; le recordaba  la época cuando vivían sus papás.

-¡Veinte más! ¡Veinte más! ¡Cómo macho! – tutelaba el gordo al niño. Bravucón, lo obligaba a que concluya una serie más, con las pesadísimas mancuernas.

Jairo se arraigó al gordo, al igual que se somete el militante aplicado a una doctrina manumisora. Plantó para siempre sus afanes diarios con la pelota, para recluirse en la casa de Rudy frente al computador. Navegando en un mundo de páginas, acrecentando sus fantasías, quedaban abstraídos durante horas continuas, hasta el momento en que Mariana golpeaba insistente la puerta y los sobresaltaba. Calladita, irrumpía con las ojeras hasta el piso de cansancio, sujetaba de una mano al hijo y en el acto partía. Ella también apreciaba a Rudy pero –maliciosamente-, se preocupaba en ocultar el alivio que significaba que el gordo se ocupe gratis de  Jairo después de la escuela.

                                                                     3

 

 

 

Carolina se adelantó un par de meses debido a la presión atmosférica que la tormenta causó al aproximarse a tierra. Esa había sido la explicación que el médico, justificando su advenimiento anticipado, le dio a la madre. Sin embargo, para la mayoría, es aún más inverosímil  que continúe viva. Y no por su condición prematura, sino porque la menor sobrevivió al golpazo que se dio contra la calzada, al precipitarse por la ventana del ático de su vivienda. El estruendo contundente sobresaltó al vecindario a la hora del almuerzo. Carolina fue conducida a emergencias dentro de una ambulancia bulliciosa, seguida de cerca por cuatro luminosos carros patrulleros y durante algún tiempo, el incidente ocupó los titulares de los noticieros locales. Por la dimensión de tal negligencia, los padres fueron obligados, luego de ser retenidos algunas horas, a  comparecer más tarde ante una corte familiar y a cumplir una condena de seis meses de probatoria, asistiendo forzosamente a una escuela de orientación de paternidad responsable. De no ser así, de  inmediato sus hijos pasarían a disposición de las autoridades estatales, para el arbitraje oficial de sus respectivas tutelas, hasta la  mayoría de edad.                                                                                            

Carolina nació al mismo tiempo que Katrina abatía con potencia atronadora, las terrazas, los muebles de patio y los cercados del vecindario. Brotó minúscula, el rostro arrugado, las manitos cárdenas, con las justas emitía una carraspera leve como llanto. Las expectativas que se formaron los doctores al recibirla fueron desesperanzadoras.

-Parece que tu niña no va ha resistir… ¡Pobrecita! – vociferó la enfermera de turno irrumpiendo en el cuarto de sopetón.

Mariana sintió desgarrársele el corazón. Torrentes de lágrimas resbalaron por su rostro todavía cadavérico por el esfuerzo de parir. Paladeando los efectos de su chisme, la sujeta le comunicó que debía marcharse a casa antes del medio día. Luego, con indiferencia, procedió a descorrer estrepitosamente los cortinones de las ventanas. Afuera, el paisaje lúgubre, enfangado hasta niveles catastróficos, acrecentó su congoja.

La opinión médica concordaba en que, lo mejor para Carolina era quedarse en una incubadora algún tiempo más. Sin embargo, ciertas complicaciones de tipo práctico (el seguro de Mariana no cubría mas que los gastos del parto), hicieron presión en el departamento administrativo del hospital y forzaron su salida anticipadamente. A riesgo de la madre, la prematura debería continuar desarrollándose en su casa.

-Le doy veinticuatro horas… – quedó murmurando la enfermera con las demás compañeras. Mientras observaban a Mariana con descaro alejarse rumbo a los elevadores, con su bebé miniatura en brazos.

De esto, ya hacía cuatro años. Carolina, era ahora una niña fornida y traviesa a rabiar. Su llegada alteró de una manera positiva la rutina oscura a la que Jairo acostumbraba. Le agarró tal majadería con la hermana que, renunció espontáneamente al ostracismo que se imponía conectado en su habitación. Por algún tiempo, la nena aplacó esos nerviosismos que lo trastornaban.

Las últimas vacaciones escolares que Jairo pasó en libertad, no se acercó ni una sola vez por la casa de Rudy. El niño quedaba a cargo de su hermanita mientras Yoselindo y Mariana  se iban para sus trabajos. Jairo, entretenía a Carolina mejor que sus padres. Se entregaba a ello con la misma vehemencia obsesiva con que hacía  todo. Inmerso en las fantasías que la presencia de la bebe suscitaba en su imaginación fecunda.

-¡Si parecía su juguete nuevo, mi hijita! ¡Vaya usted a saber, qué pasaba por la cabeza de ese muchacho!-  Señalaba la mayor de las Hernández Gutiérrez, refiriéndose a Yoselindo porque consentía que el niño se  quede solo con la Carolina. 

Rudy sintió mucho la ausencia de Jairo. En su cabezota, no cabía la idea de que aquella niña fastidiosa, se hubiera interpuesto entre los dos. Dejó de asistir a los convites del jardín, aduciendo un malestar hepático. Y no mentía, le enfadaba de una forma perniciosa todo lo relacionado con la chiquilla. A Yoselindo y a Mariana también les agarró antipatía, los culpaba a muerte. Sobre todo, por derivarle a Jairo su cuidado.

                                                             *   *   *

Entonces, Rudy consiguió un macizo dogo albino, que llamó Demonio. El chisme que circulaba por la heladería era que el gordo había comprado al animal de remate porque, ese perro desconoció a su anterior dueño y mordido en forma brutal a su familia por todo el cuerpo. El predicamento de animal carnicero pronto se esparció por cada uno de los hogares del vecindario y la mayoría prohibió a sus hijos que se aproximen al canino.

-¡Pobre de ti, que te me acerques a ese animal horroroso! ¡Te entro a golpes con la cuchara de palo! ¿Oíste? ¡Y, no me importa que me denuncies a la policía! – le previno Mariana a Jairo, que no se despegaba de la cuna de Carolina meciéndola con frenetismo. 

Rudy se sintió marginado,  separado de sus amigos pequeños, de sus admiradores… Esto lo deprimió tanto que, hasta descuidó su aseo personal.  A diario se le veía barbudo, embutido en un seboso mameluco de soldado, adiestrando al can en el jardín, junto al charco alrededor de la alberca. Decía que preparaba al animal  para que funcionase como un arma mortal y saliera en su defensa a una mínima orden suya.

-Este perro, ahora es mi mejor amigo… – balbuceaba huraño en la heladería, acariciando su mascota. Mientras Demonio, erguido fieramente en dos patas, lengüeteaba voraz su porción de helado delante de los concurrentes, que lo observaban con perplejidad. 

Debido a que, Diablo atacaba gatos, sapos, patos, zarigüeyas, ardillas, hasta a los perros pequeños del vecindario y tropezarse con los despojos expuestos que quedaban apestando durante días por las calles era frecuente; los vecinos estaban circulando una lista recaudando firmas para obligar a “ese gordo extravagante” a que se deshaga de la fiera.    

-¡Hasta yo, le tengo miedo a ese perro! ¡Muchacha!… – se justificó Yoselindo, garabateando su firma sobre la circular que la menor de las Hernández Gutiérrez le alcanzó por la tarde. 

El hecho inusitado, sucedió cuando los hermanos jugaban cerca de la ventana del ático y Rudy le hizo señas a Jairo desde la acera del frente, para que se asome y vea la clase de mapache que Demonio acababa de atrapar. Jairo abrió la ventana y, en fracción de segundos, Carolina se precipitó contra la acera. El niño, nunca pudo entender cómo sucedió tan rápido. Las hermanas Hernández Gutiérrez lo vieron por completo todo y dieron el parte a emergencias en el acto.  Carolina fue conducida de inmediato al hospital más cercano y Jairo, trasladado a un centro de menores hasta que sus padres fueran por él.

Prodigiosamente, Carolina quedó ilesa. Pero los doctores – desconfiando de la suerte que corrió la niña -, le hicieron cantidades de pruebas que detallaron con minuciosidad en una factura cruel que sobrepasó los $30,000.00 y que consternó tanto a Mariana y a Yoselindo como si la bebe, en realidad, hubiese fallecido. Al extremo que, las 24 horas de detención, la fianza de rigor y los cargos por negligencia que en su contra se levantó, ya no significó mucho. Una corte familiar decidiría dentro de algunas semanas, el futuro de los niños.

Jairo pensó que su hermanita había muerto y, un buen rato, estuvo reclamándola desquiciado. Tampoco entendía qué hacía metido en esa habitación fría, las manos sujetadas y sometido a incesantes preguntas por desconocidos en uniforme que, se referían a sus papás como si se tratase de los enemigos. Su reacción extralimitada tuvo resultados lamentables, sobre todo, después que la asistenta social puso en evidencia que, al niño continuaban dosificándole Ritalín, por más de cuatro años consecutivos.  Por recomendación de la fiscal a cargo, el menor Jairo Ravelo, debería ser reevaluado por el departamento de psiquiatría y, de ser necesario, recluido temporalmente en un sanatorio infantil, hasta que la corte compruebe su recuperación.  

                                                                 4

Hoy, al despuntar el alba, un adolescente enloquecido acribilló a sus progenitores mientras despertaban. Anegando  de sangre el barrio tranquilo de La Pequeña Habana.  Acto seguido, el parricida abordó el autobús escolar, ocultando con sangre  fría su crimen y en la chaqueta el  arma mortal.  Situado en el aula, abrió fuego contra la sicóloga y dos de sus compañeros de clase, asesinándolos en el acto. Consumada la matanza, huyó de la escuela por la puerta delantera a vista y paciencia de los desconcertados alumnos y profesores que, escapaban despavoridos a ponerse a resguardo.  La policía  capturó al menor en la puerta de su domicilio, en el momento que intentaba volarse los sesos  pegando el cañón contra su cráneo. Por suerte, ya no tenía más balas…

 Nada volvió a ser lo mismo en el barrio, luego de las complicaciones que trajo el caso Carolina. Naturalmente que, por lo bajo, la mayoría responsabilizaba a Mariana y a Yoselindo de todo. Sin embargo, ninguno quiso abrir la boca para criticar. Por el contrario, celebraban con franqueza que la niña estuviese completa. Mas, en la intimidad del hogar de los Ravelo, se cocinaban otras habas. Yoselindo y Mariana culpaban a Jairo de lo sucedido. Les daba tanta cólera todo el escándalo que se había formado alrededor de ellos que, tenían vergüenza hasta asomarse a la ventana.  Pero, en la mazmorra más recóndita de su egoísmo, el dolor era mayor por los gastos que todo este ajetreo les estaba ocasionado. Cada nada, por cualquier pequeñez, Yoselindo castigaba a Jairo a correazos. Exponiéndose a que, los lenguaraces, avisen de inmediato a la policía para que se le levante otro cargo más por violencia familiar.

La casa de los Ravelo se convirtió en un infiernillo. A cada rato se presentaba de forma inesperada un empleado público, un reportero o un policía local haciendo preguntas. La asistenta social asignada a la evaluación de la familia, permanecía horas en el sillón apuntando en silencio no se sabía qué, en su Laptop. Mientras tanto en la cocina, la televisión recalcitrante a todo volumen, no paraba de repetir al detalle lo ocurrido. Los Ravelo, fueron descuartizados por la opinión pública. El caso Carolina enardeció los programas debate del medio día.

Paralelamente a la desgracia, los vecinos por fin, consiguieron que Rudy se deshaga del animal feroz. El gordo les prometió con el rabo entre las piernas, que eliminaría al perro lo antes posible. Algunos días después del suceso inesperado, mientras sus padres asistían a una de las reuniones obligadas, timbró el teléfono y Jairo contestó. Era Rudy. Urgente, quería conversar con el niño.

-Es de vida o muerte, amiguito… – dijo el gordo tratándolo como si no hubiese sucedido nada.

Jairo se escurrió por la puerta trasera de su domicilio sin que la asistenta social lo notara, la dejó como de costumbre, sentada apunte y apunte no se sabía qué cosas. La menor de las Hernández Gutiérrez – en una de sus inspecciones por la ventana-, alcanzó a distinguirlo de casualidad, cruzando la calle rumbo al portal de la casa de Rudy.

-¡Allí va el zamarro desobediente, otra vez a lo mismo! – se dijo en voz alta. 

 Lo primero que hizo Rudy, fue abrazar fraternalmente a su pequeño amigo rompiendo en llanto. Lágrimas de ira contenida surgieron a borbotones de los ojos del gordo, humedeciendo el hombro de Jairo que, sobrecogido por tan inesperado recibimiento, lloró también, dejándose apretar por su  viejo camarada.

-Tú nomás me entiendes, Rudy… – balbuceó el niño moqueando.

-Lo sé, amiguito… Lo sé… – redobló el gordo halagado, mientras enjugaba tremendos lagrimones 

Y esta fue la última vez que los amigos se reunieron. Al día siguiente, Jairo perpetraría su crimen horrendo y Rudy nunca más volvería a mostrar la cara por el vecindario. Nadie puede decir qué sucedió entre los compinches durante esta entrevista final ¿Qué fue lo que acordaron? Jamás se sabrá a ciencia cierta. A menos, que Jairo confiese.

El detective a cargo de las investigaciones, teniente investigador Ariclenes Piedra, ha pasado los últimos años recopilando información y formulando teorías que lo ayuden a reconstruir los hechos. De acuerdo al material descubierto -luego que irrumpiera en la morada del gordo y encontrara en la casa de a lado todo un arsenal bélico capaz de volar un centro comercial, como se declaró en los noticieros-, le ha sido posible establecer algunas hipótesis que, podrían ayudar a esclarecer las motivaciones que Jairo tuvo para acabar de forma tan cruenta con sus padres,  con la sicóloga del colegio y con dos de sus mejores compañeros de aula.

-Es indiscutible, señora Fiscal… Este muchacho se ha preocupado en  eliminar a quienes lo conocían mejor… – argumentó Ariclenes a la corte, abriendo la sesión preliminar.

Lo que se sabe por boca del niño asesino, es que Rudy le proporcionó el arma de fuego.

-¡Ese gordo salvaje acribilló a sangre fría a su perro delante del niño!… Todos oímos el disparo, oficial… – declaró un vecino que prefirió mantenerse en el anonimato.

-Este cartucho, Señora Fiscal,  fue hallado enterrado en el cráneo del animal, una vez que el cadáver del can se exhumara del jardín de la casa de Rudy Molina Palacios y, por supuesto, es del mismo calibre de los que el joven homicida usó el día de la masacre… – culminó grandilocuente Ariclenes, entregando el casco de bala para que fuera registrado como evidencia  en la oficina de la fiscal.

Las investigaciones condujeron al teniente Piedra hasta el día de la explosión del calentador a gas. Circunstancia fatal, en la que perdieron la vida los padres de Rudy. 

-Este, tampoco es un hecho aislado, Señora Fiscal.  Quisiera agregar también a las evidencias, esta cita enmarcada en pan de oro que fue encontrada sobre la chimenea, firmada por el implicado, Rudy Molina Palacios y que dice: “Los obstáculos deben ser eliminados, aunque respiren…” – leyó con voz grave Ariclenes, colocando el cuadro sobre el buró público.

El oficial Ariclenes, sin ocultar su indignación, se atrevió también a aseverar – basado en la información acumulada en el disco duro del ordenador de Rudy -, que Jairo, estuvo expuesto de un  modo intencional a una pérfida visión de la realidad.

-Ha sido incautado por el departamento de homicidios, señora Fiscal, un vasto material explícito con relación a esto. Videojuegos de fabricación clandestina con temas de ultra violencia, con incitaciones al odio; historietas con argumentos estimuladores de apetitos de abuso, de discordia, de hostilidad, de humillación… – enumeró titubeando Ariclenes colocando estremecido una mano sobre el bolsillo del saco, donde siempre guardaba la fotografía de sus hijos.

Disimulando con maestría su estupor, reveló que el departamento de Homicidios, también había quedado sorprendido al comprobar la existencia de impresionante cantidad de páginas Web al respecto.  Esta fuente de datos, consta también en la corte como evidencia calificada de peligrosa, corrupta y clasificada para el entendimiento objetivo de un niño de la edad que entonces, tenía el homicida precoz.

Así mismo, Ariclenes Piedra ha comprobado que Rudy, acarrea de una forma enraizada serios problemas psiquiátricos.

-Señora Fiscal, en el inventario de sus pertenencias, se hallan también antiguas prescripciones de Ritalín y credenciales que lo confirman como actual paciente del departamento de Psiquiatría del Hospital Jackson Memorial  – resoplando, Ariclenes le alcanzó el sobre conteniendo la evidencia. Luego, continuó susurrando -… me aventuro a asegurar, Señora Fiscal, que tal vez, este es otro caso que vamos a terminar archivando, ya que ninguno de los dos implicados andaba en su sano juicio… – dedujo resignado.   

Es del dominio de Ariclenes Piedra, la idea de que Rudy habría sido quién incitara al muchacho a ejecutar a quienes se habían puesto en su contra. Señalándolo como autor intelectual del homicidio múltiple. Por supuesto que, el teniente Ariclenes es conciente que una vez concluya con las investigaciones, su deber es demostrar sus teorías para que, la Corte, juzgue a la mano ejecutora con benevolencia.

Mientras tanto, Jairo Ravelo aguarda sentencia, sin haber mencionado una palabra. Lleva recluido siete años en una prisión juvenil del condado, esperando cumplir la mayoría de edad y sea juzgado como un adulto por su crimen.  

                                 Carta al Presidente Barak Obama

 

 

 

Señor, Barak Obama, Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica,

 

Querido Señor Presidente:

 

Espero que se encuentre bien de salud en compañía de su linda esposa e hijas.

 

Señor Presidente, le cuento que dentro de poco cumpliré doce años. Cada día me hago una niña más responsable y me esfuerzo mucho en la escuela para poder lograr mi sueño, que es llegar a ser abogada. Aunque sé que para eso falta bastante, todavía.

 

Señor Obama, Seguro que  debe haber oído sobre el caso del joven asesino Jairo Ravelo. Él, es mi hermano  y  hace siete años  que está preso. Aún no entiendo  por qué enloqueció de ese modo ¿Acaso, los videojuegos pudieron cambiarlo así, como aseguran en la escuela? No tengo respuesta para esto, Señor Presidente. Los doctores dicen que mi hermano ya no vive en esta realidad. Al parecer, no recuerda nada de lo que hizo, con las justas me reconoce. Eso duele mucho. Dentro de poco cumplirá la mayoría de edad y será condenado como si hubiese cometido su crimen siendo adulto. Esto también es injusto, Señor presidente. Aunque lo más probable es que lo recluyan de por vida en un sanatorio

 

Me gustaría transmitirle una historia linda que me contaron acerca de un niño feliz que jugaba a la pelota contra las paredes de los vecinos, hacía ladrar a los perros del barrio y desesperarse a los viejos cascarrabias. Era un niño inquieto y preguntón en la escuela y con el bate un campeón. Yo era muy pequeña, entonces. No recuerdo nada de esto.

 

Más bien, tengo una imagen borrosa de un muchacho introvertido, alejado de la realidad. Babeando cuando hablaba, obsesionado por sus fantasías y dopado, a primera vista. Según me cuenta mi nueva mamá, mi hermanito estuvo ingiriendo durante  cuatro años seguidos  un medicamento que le hizo mucho mal.

 

¿Está, Ud. enterado sobre esas drogas que están invadiendo las aulas para facilitarle el trabajo a los maestros?

 

Por momentos pienso, Señor Presidente, que mi hermanito fue dañado por un diagnostico apresurado. Mi mamá adoptiva tiene mucho miedo que me meta a opinar sobre esto. Ella cree que es difícil que se equivoquen en una escuela, sobre todo los médicos… Pero en el fondo, lo que teme es que comprometa mi futuro. A mí  me da miedo, también.

 

Si ese fuera el caso, Señor Obama, ¿los culpables deberían quedar impunes?  ¿Cuántos niños más tendrán que alocarse, Señor Presidente? ¿Qué futuro le espera a otros niños inquietos, cuándo se descubra otra droga de la buena conducta? ¿Llegará el día en que el alboroto en la escuela sea historia? Mi mamá adoptiva dice que en su época, los niños movidos eran considerados  inteligentes y  que ahora es todo lo contrario.

 

Recuerde Sr. Obama, sus días de la escuela, cuando correteaba feliz junto con sus compañeros por los pasadizos de su plantel, disfrutando de su infancia, seguro de las buenas intenciones de sus profesores. Pienso que es así como debe sentirse un alumno cerca de sus maestros, para llegar a alcanzar las oportunidades que usted obtuvo.

 

Sin otro particular, me despido deseándole el mejor de los mañanas para sus  encantadoras hijas, de las que soy una gran admiradora.

 

Cordialmente, Carolina Sánchez Gutiérrez. 

Published in: on mayo 18, 2011 at 3:32 pm  Comments (1)  

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