PARAÍSO TROPICAL (*)


(*) Extracto de “SUNPASS” (Una serie para la televisión)     

 

 

  “Un paraje colmado de fascinaciones,  derroches y  fortunas…”

La mayoría de los mortales imagina el paraíso de la misma manera: un paisaje tropical rodeado de un mar cristalino rebosante de especies extraordinarias; sembrado de cocoteros donde habitan simpáticos monillos y cacatúas políglotas; con fina arena blanca, transitada por camaleones insólitos e iguanas prehistóricas. Aborígenes ancestralmente dedicados al abanique y hospitalarias jovencitas danzando alegres con corpiños de coco. Además de bancos poderosos con cuentas anónimas, hoteles lujosos, casinos millonarios y cruceros privilegiados. Un sitio glamoroso colmado de fascinaciones, de lujos y de oportunidades. El lugar perfecto para tomarse unas vacaciones y despilfarrar los ahorros de toda una vida. El rincón ideal para cometer una locura o para huir con el dinero de la empresa; tal vez, para encontrarse con un amante… O simplemente, para desaparecer del mapa.

Cada año, turistas de todos los confines del globo arriban al “Sur de La Florida” en busca de ese paraíso: sol, mar, mujeres, espectáculos, música, glamour y diversión.  Muchos pasarán los momentos más gratos y memorables de su vida, pero para otros es tan sólo una parada más en sus agitadas relaciones de negocios. Sin embargo, para algunos de sus moradores el paraíso puede también tornarse en un infierno. 

-¡Por Dios!… Van a dar las doce y yo, todavía manejando… Si por lo menos fuera a divertirme…

El mar no se distingue del horizonte; la noche ha envuelto todo de niebla gris. Hiela y las calles están desiertas. Los semáforos en las esquinas oscilan su luz ambarina. Un viejo carrito blanco surca a toda velocidad las pistas atiborradas de señales relucientes. De vez en cuando, el cielo se ilumina de colores y a la distancia retruenan los cohetes.

En Brickell, justo frente a la estación del Metromover, las luces de una docena de patrulleros lo ponen nervioso. Tres muchachos negros yacen tendidos en el piso, esposados, como presuntos responsables de un delito. Los policías voltean patas arriba todo lo que hay en el interior de una Chevrolet. Un par de patrullas estrechan el puente a un solo carril. Papo reduce la velocidad y oculta la cerveza debajo del asiento.

-¡Santa Bárbara, ciégale la mirada!… ¡Santa Bárbara, ciégale la mirada!

Las doce en punto. En el acto, explotan ensordecedoras las campanas del puente y Papo se detiene. Bajo el empinado brazo, un crucero desparrama la juerga por las claraboyas.

Happy New Year!

-¡Happy New Year! – se oye al compás de un merengue acelerado.

 

Uno de los policías hace señas para que prosiga y Papo obedece en el acto.

…A media noche será otro año sin ti… Otro día sin tu evaluación meticulosa… ¡La extraño tanto!… Tanto, como me arrepiento de no haber insistido, de  no haber corrido a detenerte…  Pero, ¿todavía hay tiempo?… Espero…  Todavía debe quedarme más para sufrir… Y eso que a ti no ha podido irte mejor. Y, claro, con ello corroboras la cantaleta que la Yolanda ha regado por todo el canal… ¡Ah! Tuvo que pasar todo este tiempo para admitirlo con creces, nueces y perdices… Porque no todo fue malo, ¿no?… 

-Esto, amiguitos, es todo por hoy… no se pierdan mañana al “hombre elefante”… ¿Es mañana, no Irmita?… Mañana viene el hombre con el trasero más grande del mundo… No se lo pierdan… ¡Adiós!… -Vicente se arranca el micrófono de la solapa con furia y lo lanza al piso mal humorado.

Irma, corre a levantarlo antes que lo destroce con su zapato deforme.

Un par de sexagenarias -las vetiúnicas asistentes en el set de televisión-, corren para sacarle un autógrafo. La pequeña le mete por la cara una antigua foto suya. De esas que ya ni el mismo conserva. Siente deseos de arranchársela y destrozarla, como ha hecho con todas las demás. Ahora que está gordo y se ve tan viejo, sólo le importa que le renueven cada año el contrato. Abre el ala del saco y del bolsillo interior desprende un lapicero plástico. El sudor de la axila le ha empapado la camisa hasta la cintura.

-¿A nombre de quién, bellezas?

-De Blanquita y Aurora… Somos hermanas… ¿Sabes desde cuando hemos esperado este momento?… –  chilla la más pintada apretándole el cachete con unos dedos morrocotudos llenos de uñas postizas.

Ni bien pone un pie dentro quiere retroceder. El despliegue de toda esa elegancia lo acompleja. Se siente incómodo. Le pica la ropa que trae puesta encima. Tenía planeado ponerse el traje beige, pero no logró quitarle la forma del colgador al saco.

-¿Dónde encuentro a la señora Calela?… – le pregunta a un camarero con la boca  llena.

…Es irremediable, pero odio tener que fingir una actitud casual.  Y esta fiesta de fin de año, donde estás con tu nuevo esposo… El hombre que ahora te hace feliz… Pero la fatalidad nos reúne con intenciones macabras… Reconocer tu voz en el despacho de ese tipo… ¡que detesto!… La entrevista es un compromiso laboral. Nada tengo yo que ver con la farándula. Sólo cubro a una colega que, espero regrese pronto a relevarme del castigo…

Una mujer súper emperifollada, entrada en carnes y con un moño descomunal vocifera con un grupo de invitados, mientras mastica un bocadillo con tosquedad.

-¿Acaso ustedes no están creyendo que me importa un pepino lo que la gente dice de mí? ¡Calela es lo máximo!… ¡Lo adoro!… –  y estalla en carcajadas. 

De pronto, se estremece como si la hubieran arrojado desprevenida al mar. Le pica la cabeza por el moñazo que se ha dejado hacer a insistencia del Efraín. Lo odia. Bebe el contenido de su copa por completo. Con una uña enorme se rasca maniáticamente la sien. Se sirve al paso una almeja rellena y le toca el hombro  con decisión.

-¿Qué tú haces por aquí, muchacho?… – y se traga el marisco con voluptuosidad.

-¡Miscleida!

…Estos años sirvieron para darme cuenta… Y ahora estás allí, mimada como una diosa griega… Perfecta, pero de cuidado, como siempre… Pero ya es año nuevo… ¿Recuerdas cuando nos conocimos?… ¡Qué chistoso!… Nunca nos separamos después de ese abrazo interminable… Bueno, hasta el momento que te fuiste…

Se ha pasado veinte minutos bebiendo frente a su imagen. Ahora se estira el párpado hasta abajo y se revisa los lagrimales. Bebe un sorbo más de un vaso cargado de licor.  Suspira imaginando que ya tiene contrato para la siguiente temporada. Abre grande la boca y se revisa las amígdalas. Sabe que sus horas en la televisión están contadas. Bebe otro sorbo largo. Sólo necesita una temporada más, piensa. Abre la llave caliente y el vapor empaña su reflejo. 

-El espejo no miente… El espejo no miente… – repite sorbiendo ruidosamente el último concho de whisky.

Se rasura con desgano y luego se embadurna Lancôme por toda la cara. Corre a ponerse las medias y se mete en la cama.

-Es una noche como cualquier otra… – suspira arrullándose.

De un brinco está nuevamente de pie frente al espejo.  Abre el botiquín y saca un par de cápsulas verdes de un pequeño frasco y se las traga sin agua. Repentinamente el teléfono da un timbrazo, se imprime un e mail, mientras alguien golpea la puerta con insistencia.

¡Por Dios! ¡Ahora, no!

Se tira encima la bata de seda azul y abre la puerta con el teléfono en la mano.

-¿No estás listo todavía?…- protesta Irma en rones.

-¿No te lo dije? Éste, cada día está más deprimido… – enfatiza Yarasely, la maquilladora, frotándose maniáticamente la nariz.

-¿Esto nomás te queda de trago, compadre? – pregunta el gordo Raúl revisando los cajones del repostero.

-Vicente, apúrate, chico… -insiste Irma.

-Escuchen este e-mail que acaba de llegar: “Cada día habrá una… Una diaria…”

-¿Qué diablos será eso, compadre? ¡Apúrate!

Está igualita… La misma de siempre, sacando provecho a todo.  Solo que gruesa y bien cuidada.

-Me imaginé cualquier cosa, menos encontrarte entre gente fina…

Papo le acierta un beso sonoro en el cachete.

-Lo mismo me dije al verte, querido… ¿Estás más pelado o me parece?

-¿Qué quieres, mujer? Los años no pasan por gusto… Estoy pensando hacerme un implante para el año que viene…

-Avísame con tiempo, chico. Porque conozco el mejor pega pelo de todo Miami, ¿Oíste?…

-No, mi cielo. Yo me voy para Perú. Allá es más barato…

-¿Ah, sí? Vaya uno a saber, cómo te dejan la pelada en esos países…

-¡En fin!

-Y, ¿qué haces por aquí?

-Lo de siempre. Tomo fotos. Trabajo con Saúl Vargas, ¿lo conoces?

-¡Muchacho!.. ¿Quién aguanta a ese pedante?

-Y tú, ¿no me digas que volviste al negocio?…

-¿Estás payaso o qué, chico? Eso fue por necesidad… Ya hace tanto tiempo que no me acuerdo… Maldito, ¿no?

-No te molestes Miscleida. Fue una broma horrible, nada más. Discúlpame…

-No te juegues así, muchacho. Menos ahora que soy productora del Calela.

-¿Tú?…

-No empieces de nuevo,  Papo…

…¡Tengo el número de tu celular!… Hablé con Calela. Es menos antipático de lo que parece. Es un bicho raro, un extravagante, un completo excéntrico. Ese atuendo de marica es sólo pantalla. Claro, está casado contigo… ¿Y, tú?… Hiciste lo imposible para evitarme y lo conseguiste ¡Pero tengo el número de tu celular!… Me fui porque Calela sabe de lo nuestro ¿Quién no lo sabe? En el ambiente todo se sabe… Y esa Yolanda nunca descansa… Era perturbador ver con qué ternura  acariciaba tu pelo larguísimo… Tus orejas pequeñas, tu barbilla puntiaguda, tus cejas gruesas… ¡Besándote! Tus mejillas rosadas, tu frente amplia, tu nariz perfectamente operada, tus labios fascinadores de rojo traicionero… Fue insoportable…  Junto a ti, él es un histrión de zarzuela. Esa panza y esos mechones rubios con tremendos lentes oscuros en una noche tan negra… ¡Y los tacones que le dan un total aire de pervertido! Pero debe tener una suculenta caja fuerte y no lo digo por ti. Te conozco… Pero no puedo decir lo mismo de la fila de convenidos que posaron para Papo… Ahora tengo que incluir los nombres de todos esos mequetrefes…

Se queda un rato mirando el cielo. La noche se despeja colorada. Un par de aviones llegan ¿O se van?…  No hay estrellas. Solo Venus fulgura lechosa en su rincón entre las nubes. Mete la llave y tres gatos se enredan entre sus pies maullando. Levanta a Rebeca, la lechera, blanca con pintas negras, la aprieta y le da un beso en la cabeza. El otro par se escurre debajo de la mesa. Les sirve comida. Se bebe un vaso repleto de leche y se tira a la cama vestido. Cuando los primeros rayos del sol se filtran entre los verticales se saca los pantalones dormido. Ronca como un oso. Mientras tanto, afuera, la madrugada se transforma en pleno día. La temperatura se eleva de inmediato. De pronto está de pie… No emerge todavía del intervalo soporífero, pero escucha claramente que le tiran la puerta abajo.

-¡Abran! ¡Es la policía! ¡Abran o rompemos la puerta!

Mira aterrado por el ojo mágico y comprueba que: hay dos agentes femeninos del FBI con chalecos azules antibalas. Al lado, un rapado con pinta de fiscal con camisa y corbata y que continúa amenazando. Además un  efectivo del Condado de Dade y otro uniformado detrás de él, con sombrero de alerón, que sujeta a un perro que ladra inquieto. Saúl abre en el acto petrificado. La voz chillona del rapado pronuncia autoritaria:

-Rodolfo Ramírez queda usted arrestado  por delitos de…

-¿Rodolfo Ramírez? Aquí no vive nadie con ese nombre, señor… Yo soy Saúl Vargas… Mire fíjese usted mismo… – Pero está sin los pantalones y el perro insiste en olerle entre las piernas.

-Lo sentimos, señor…

-Trabaja para el Herald ¿no?…

-Mil disculpas…

-Mire… ¿este sujeto, le es familiar?- dice luego mansito el rapado, extendiéndole la fotografía de un rostro que le parece conocido.  Pero Saúl prefiere ocultarlo.

-En mi vida he visto esa cara, señores… -Y les refriega sus últimos cinco contratos  de arrendamiento que, por suerte, tiene a la mano.

-Si sabe algo de este hombre, por favor, llámenos… -y el pelado le da una tarjeta de la policía con su número garabateado.

-Calela es el rey de la mañana. No hay quién lo iguale… -le asegura Miscleida a alguien por el teléfono-. Es por el rating, chico… Tus carros van a venderse como boniatos cuando te dé los veinte segundos… ¡OK, corazón! Yo te aviso.

Calela aparece todavía borracho y calzando los mismos tacones gigantescos tipo Kiss de la noche anterior. Miscleida lo recibe con la habitual  sal de frutas. Calela se tira un pedo sonoro y un eructo larguísimo que, de inmediato vicia el ambiente de la cabina.

-¿Qué tenemos para hoy? -pregunta desganado.

 -Hoy tenemos tres invitados, papito. Vienen el alcalde de Sweet Water, los bomberos y una bruja que dice que Chávez trabaja para la CIA.

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Cancélala! No creo que eso le guste al jefe. Además, aquí nunca hablamos mal del gobierno. En serio, querida… Sólo hacemos joda…

Efraín ha llegado más lejos de lo que pensaba cuando tocó Miami. Fue Marielista, puto callejero y transexual de alto vuelo, hasta que su nonagenaria madre murió y heredó los ahorros de cincuenta y cinco años. La madre, una mujer austera, terca como una mula y religiosa hasta las llagas, que vivió y murió odiando a Fidel Castro, se la pasó rogándole a Dios que regenerara a su único hijo.

Lo consiguió difunta. Efraín sentó cabeza y recién se manifestaron en él todas esas virtudes que la vieja había esperado reconocer en vida. Efraín dejó las calles y los vicios. Se compró una casa, un perro enano y abrió un exclusivo salón de belleza en Miracle Mile. Idéntico al que visualizaba cuando era adolescente y todavía salía con mujeres.

-Tal cual te lo cuento… ¡De película, oye! “¡Abran o tiramos la puerta abajo!”…

-No te creo, Saúl… Y tú, todavía en resaca. Linda manera de empezar el año, caramba… Te aconsejo que te cuides… Tú sabes que la situación es delicada.

-Imagínate que hasta estoy yendo a terapia… Ahora todo el tiempo escucho voces en el jardín… Todo lo tengo bajo llave y nunca las encuentro. Me han complicado la vida, chica…

-¡Saúl! ¡Qué nervios! ¡Cuánto tiempo sin vernos! Había olvidado tus manos…

-“Una por cada día…”- Todos los días me llega el mismo anónimo…

-No hagas caso, papito… La gente se hace la misteriosa. ¡Qué sé yo!… ¡Apúrate, chico! Vístete rapidito que ya estamos con la hora…

-Irma…

-A la una,  a las dos…

-Buenas noches, amiguitos de la ciudad del sol…

Un muchacho con bigote y sobrepeso, cuenta sencillo en el rincón extremo de la barra. Ni bien aparece Vicente en la pantalla del televisor que hay suspendido del techo, se apresura a subir el volumen.

-Yo a este sí le creo, aceres… – exclama con interés hacia la concurrencia ordinaria. 

-¡Muchacho!.. Yo le tengo fe…            

-Ese siempre ha vivido adulando al que le conviene…

-No seas envidioso. Eso dices tú porque ya quisieras estar en su lugar…

-¿Y qué tiene de malo? Eso es Marketing, señores… El que no vende en los medios se muere – vocifera Papo mordisqueando una hamburguesa descomunal.

-Esa causa está perdida ¿Tú no sabes, chico?… ¡Avemaría! – dice Saúl interrumpiéndose y coloca a un lado el diario. Con un ademán llama a la mesera.

-Cuando se acabe el Régimen maldito, todos volveremos a ser libres… – Resuella un gordo con una corbata inmensa, servilleta en cuello y con la croqueta en la mano.

Katia se acerca a Saúl.

-¿Está listo para ordenar, señor?

-Mira, mi amor… – Y le alcanza una cucharita empañada- Cámbiame esto y tráenos más café… Tú sabes que yo no vengo a comer aquí…

-Enseguida se la cambio… Disculpe el descuido… Yo hablo con el manager para que no le cobren el café… Con permiso.

Katia entra a la cocina, coloca la cucharita en su lugar, llena  la jarra de café fresco y después de mirar para todos lados escupe un gargajo dentro.

-A esto le llamo buen servicio, mi amor… – le dice Saúl empalagoso mientras la mesera rellena su taza con el brebaje.

Hurga en su billetera y después de desvestirla con la mirada, le alcanza un   billete de Dólar.

-Muy amable.  Gracias, señor.

Katia da media vuelta para esconder una sonrisita sardónica. Ellos se quedan haciendo comentarios sobre su trasero. 

-Tanto anonimato no puede ser sano… ¿Pero yo a quién se lo digo? A mí, nadie me escucha… ¡Irma, te odio! Negra borracha… ¿Crees que no sé que siembras yerba?… Y tú, Yarasely, ¿cuánto cobras, mamacita? Conmigo nunca atracas, ¿no?… Y el perico, ¿qué? ¡Desgraciada!… Entre tú y el  puñal ese del gordo Raúl me están arruinando, hijeputa… ¿Acaso crees que no lo sé? Pronto ya no podré comprar ni cariño… ¿Entonces, qué?

…Mi amiga ya no piensa regresar. Se montó en un avión para Sur América y no volverá ¡Qué desgracia! Tengo que cubrirla o largarme… Mi jefe está trastornado con mi estilo. La última vez que agarró un libro  estaba terminando la secundaria.  Y mi estilo lo excita… ¡Sólo habla de langostas! ¡Y mi estilo lo mueve!  Pero lo peor de todo es que ahora  cubro a mi amiga y  sigo paso a paso al Calela… ¿Tienes una idea de la situación?  ¿Ah? ¡Y yo que quería hacer periodismo investigativo o trabajar para la ONU! ¿Por qué la vida es tan irónica?… Me abandonaste y me quedé solo en este infierno  para diariamente constatar que perteneces a otro… ¡Maldita realidad!…

El reloj marca las siete. Saúl enciende otro cigarrillo… Cada vez que lo hace lee compulsivamente la etiqueta de advertencia impresa en la parte posterior de la cajetilla: “Fumar causa cáncer al paladar, a la tráquea, al pulmón y…” Sabe que va a morirse. Cada vez tose desastrosamente peor. El timbre de su celular lo distrae. Es la tonadita de ella. Contesta de inmediato… Se le caen las lottos, pierde el control…

-Esta bien… Comprendo. Por supuesto que sé, cariño ¿No vamos a empezar a hablar de esto ahora, no?… Claro… Acaso, no sabes cuan… ¿Aló? ¿Aló?..

Vicente abandona el set con inusual mutismo. Detrás de sus espejuelos sus ojos brillan con disfrazado misterio.

-Irma… Esto no puede continuar así… Tienes que oírme…

-Pero, papi chulo, sin ti no hay show… Tú eres lo máximo… ¿Quién lo quiere las veinticuatro horas? ¿A ver?

-Tú, pues, Irmita… –  contesta lacónico.

El corazón le palpita aceleradamente. Lleva los e-mail en el bolsillo del saco. Mira el reloj, prende el motor y enrumba en sentido contrario a su casa. Yolanda observa atentamente por la ventana de su oficina. Baja los vidrios, el sudor le chorrea hasta la espalda porque hace tiempo que no funciona el aire acondicionado. Da un giro brusco al timón y se monta en la carretera ochocientos veintiséis.

-Si  no se tratara de Vicente no hubiera salido a ningún lado… – exclama Saúl tiritando de frío y se cubre la boca para volver a toser.

Ni bien entra al restaurante, lo recibe una corriente helada que brota cual estocada mortal por la rejilla del aire acondicionado. Saúl se contrae y hace una seña. Katia se acerca al instante.

-Café, mi amor… ¡Urgente!…

Se arroja en una silla y esconde la cabeza entre las piernas. Tose dramáticamente.

-¿Se encuentra bien, señor? ¿Señor? – pregunta Katia preocupada con la taza humeante en la mano.

Katia corre a la oficina a llamar al novecientos once.

Vicente llega atrasado. Ha transpirado todo el trayecto. Las luces de una ambulancia bochinchera se le atraviesan y cede el paso.  Se santigua. Está empapadito de sudor.

-Realmente, señores, yo estoy con quién me paga más… ¿Qué es eso de fidelidad? ¡Eso es para los perros! Esto es trabajo… ¡Dinero!… ¡Money! ¡Money!… – vocifera Papo dando golpes en la mesa.

Miscleida, le retira el vaso de whisky a un lado, le clava una miradota y le acerca el plato con tortillitas.

-Tampoco creas que te vas a hacer millonario con nosotros… – se pronuncia el Calela observando cada uno de sus movimientos torpes.

-Muchacho, lo que queremos es que tú seas el fotógrafo oficial de Calela y punto… Más, nada… ¡Al diablo, Saúl Vargas!… ¡Ese, está acabado! Lo tomas o lo dejas, chico…

-No tiene que contestarme ahora… Piénselo bien – Calela se levanta de la mesa y se marcha sin despedirse.

Se aleja taconeando y Miscleida sale corriendo detrás haciéndole adioses a Papo con una mano y con la otra le insinúa que se decida pronto.

– Mira chico, ese está destruido… Por ahí dicen que la Yolanda no piensa renovarle el contrato… –  dice Yarasely prendiéndose un mentolado.

-¡Ya me jodí!… – exclama el gordo.

-¿No me digas, Raúl, que tú no te has asegurado, viejo?… ¿No tienes propuestas? ¡No te creo, chico!…

-Libretistas, guionistas, escritores… ¡Todo el mundo escribe!…

-Y tú, calvo, viejo y gordo…

-Y periquero, mi amor…

-Y ladrón…

-Ya deja eso, chica. En serio. Algo tenemos que hacer… Y pronto…

-¡Ese es mi gordo! ¡Piensa algo rápido, mi amor!…

…¡Ahora sí, que te perdí para siempre!… He perdido todo… Mi trabajo miserable… Los días de playa… Adiós The Falls, Bal Harbour… Y adiós a todo el mundo… Nunca llegué a concretar nada… ¿Cuántos son en total todos los de Zappa? Una mujer me dijo que me quedan un par de sobrinas… ¿Por qué no le hice caso?… No conozco a nadie más cercano que tú… A nadie le intereso tanto como a ti… O al menos así era antes… Y este enfermero desalmado no deja de preguntar por mis parientes…

-¿Sir, any relatives? Sir, can you hear me?

… ¿Por qué no le disparan? ¿No ve que estoy solo?… Sólo y con cáncer…

-¡¡Voy a morir!!

Brilla un cielo celeste con trozos inmensos de algodón. Nada de viento. El día perfecto para subirse a un avión de regreso. Pero no resiste el calor. Siente el vapor sofocante que emerge caliente del suelo. Le sube por las rodillas, por los muslos, por la cintura, por el pecho… Está empapadito… Es su último día en Miami… Esta temporada no está en la tele. Escucha el llamado irrevocable para abordar  y se dirige como un autómata hacia la puerta. Mete la mano en un bolsillo y tira al basurero los e-mail que planeaba enseñarle a Saúl. Se quita los impenetrables Gucci y muestra su pasaporte. Una mujer corpulenta afro-americana le recibe el documento con cautela y pronuncia en pésimo castellano cada palabra escrita. Vicente rechifla, una mancha roja le tiñe la frente. Una vena en el cuello le salta. La mujer mueve la cabeza y se preocupa en exteriorizar que con gran esfuerzo  reconoce en él, al sujeto de la fotografía. Constata varias veces con indiscreción. Vicente se pone colorado.

Un grupo de turistas de la tercera edad, le hace adioses desde la línea de los que llegan. 

-¡Vicente! ¡Vicente!.. – escucha que lo llaman.

Él sonríe herido.

-Maldita Yolanda… Lo sabía… Malditos todos ¡Hijos de puta!.. – murmura.

Se coloca los lentes oscuros para observarlos sin que los ancianos lo noten. Escucha como se lamentan algunos por no tener a la mano sus cámaras. Vicente los odia. Pero se conmueve de inmediato. Se acuerda de sus días de gloria. Ahora nadie vino a despedirlo. Saca su pañuelo,  contiene un llantito gay y se seca el sudor con disimulo.

-¡Estoy decidido! – grita – ¡Me voy a operar la cara!… ¡Qué cara! ¡Lipoescultura, se ha dicho!… ¡Sí señor!…

Efectivamente, vivir en un paraíso no garantiza la felicidad a nadie. Con frecuencia, el deseo de estar de vacaciones permanentes puede llegar a confundir el camino que algunos tienen trazado. Sin embargo, para ciertos moradores del “Sur de La Florida”, como Saúl, que alguna vez probaron su dulzura, la felicidad ya no cuenta. O como Papo y Miscleida que prefieren olvidar para sentirse felices… Pero también están esos otros, como Calela, que sólo son el reflejo de una vida feliz y como tantos más, que tienen que comprar hasta el cariño de su propio gato. A pesar de todo, todavía quedan por estos círculos sujetos como Vicente, que siguen aferrados al paraíso y están seguros que las cosas pueden mejorar con un cambio de apariencia.

Published in: on mayo 18, 2011 at 2:58 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://yactayo.wordpress.com/2011/05/18/paraiso-tropical/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: