Sostiene un plástico mugriento que golpea con un níquel y se sujeta el pantalón hecho jirones…


Por: Eduardo Catalán

 

Sus nalgas escuálidas asoman entre los guiñapos. Está descalzo. Y su huella queda impresa granate en la acera a causa de un pie sangrante. Encima trae puesto una camiseta inmunda con una regia imagen sacra, que se refleja en los vidrios de cada automóvil detenido frente al semáforo. No tiene pelo. Su expresión es joven, pero trastornada. Los conductores se enfadan. Las monedas que le tiran son escasas. 

 

-¡Anda trabaja, oye!

-¡Deja la droga!

 

 La luz del semáforo cambia, el tipo acelera con su pie malo. Otra vez recorre uno por uno los carros con su sonrisa desesperada. Un chofer acelera con la intención de asustarlo y lo saca del camino. Los demás, aseguran puertas y ventanas y continúan hablando por su celular con la mirada fija en el vacío. 

 

Una mujer aparece del lado opuesto de la calle y se dirige decidida hacia él. Lleva una bolsa plástica. En el acto, el hombre hace contacto visual con ella y enrumba a su encuentro.

 

Una patrulla se detiene. Un par de policías lo obligan a inmovilizarse. El hombre intenta explicar lo que está a punto de sucederle y levanta el brazo haciendo el ademán de  señalar a la mujer que se acerca. Pero uno de los oficiales reacciona rápido y con sorprendente práctica lo reduce de espaldas al piso sujetándolo fuertemente por las muñecas con una tira de plástico irrompible. La policía llegó antes que la mujer. Los trajo una denuncia hecha desde un celular. Un chofer ofendido por la exposición de tanta miseria ante sus hijos y en plena calle.

 

-¡Yo pago mis impuestos!

 

Al verse perdido, el sujeto, empieza a vociferar. El oficial le pide que guarde silencio y, como el hombre continúa gritando con mayor desesperación, pide refuerzos. Ensordecedoras, al momento llegan un par de patrullas deslumbrantes y bloquean la avenida, haciendo más dramático el cuadro de lo que ya es con un hombre semidesnudo esposado de espaldas en medio de la berma a plena luz del día.

 

La mujer llega corriendo pero la policía no le permite acercarse. Ni quieren saber lo que tiene que decir. Está advertida: Si no mantiene diez pies de distancia tendrán que arrestarla. El tráfico se congestiona porque nadie quiere perderse ni un detalle. La policía hace su trabajo. Van y vienen de un patrullero a otro, intercambian papeles, hablan por la radio… Se lo llevan detenido.

 

En la siguiente luz la comitiva policial se detiene y – como algo que los conductores creen no haber visto -, bajan al sujeto y con las mismas arrancan en plena roja con las sirenas encendidas. El hombre se tira en la acera. Una sonrisa de felicidad se desborda de su rostro demacrado. El brillo de sus ojos se enciende. Satisfecho, besa la pulserita del hospital que hace un mes lo expulsó por falta de recursos y que ahora lo ha librado de la cárcel. De pronto, mira para todos lados. Otra vez se preocupa. En el acto se pone de pie y le saca lustre al brazalete de plástico. Se siente mejor. La luz cambia. Los carros se han detenido. El tipo comienza a pedir limosna con más ánimo mostrando su pulsera.

 

Parece que por fin  ha logrado reunirse con la mujer. Allí está sentado. Medio oculto en un rincón comiendo con la mano de la bolsa que ella traía.

 

Published in: on mayo 18, 2011 at 1:28 pm  Dejar un comentario  

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