UN MUNDO ANIMAL


Por: Eduardo Catalán 
 
 
 
 
“Salir a contemplar el sol era un privilegio de los más poderosos: los leones. La ferocidad perpetuaba su poderío en el reino…”
 
 
Nadie sabe a ciencia cierta si el hecho fue real o un invento. Pero, ciertamente, todos conocen los sucesos amargos que ensombrecen el pasado. Además, la mayoría se ha preocupado de transmitir durante generaciones los pormenores de aquellos fatídicos momentos.
 
Por esos días, salir a contemplar el sol era un privilegio de los más poderosos: los Leones. Ellos, tenían el control absoluto de todo el reino. Los demás animales – para preservar su libertad -, se habían sometido democráticamente a su tiranía. La ferocidad de sus líderes tácitamente garantizaba y -de una manera armónica- su permanencia en el reino.
 
Los Leones pertenecían a una vieja dinastía de tiranos que habían perpetuado su poderío con el convencimiento de que su fortaleza física era también un atributo normal entre sus súbditos. Y así opinaban todos en el reino creándose expectativas de igualdad.
 
Era un axioma cultivado por todas las especies que, inconformes de su condición natural, sólo existían para  presenciar su transformación. Aquellos que – a costa de sacrificios – se habían hecho propietarios de tal indumentaria,  adquirían jerarquías dentro de la organización social  y, por supuesto, eran el centro de  la envidia general.
 
Los leones habían ideado un sistema de gobierno basado en la rivalidad y en la competencia desleal. Este sistema propiciaba en todos sus súbditos un falso sentimiento de libertad. Pero, sólo los leones eran conscientes de esto. Por eso adiestraban a ideólogos de todas las especies para que infatigablemente elaboraran argumentos extraordinarios que los mantuviera presa.
 
De esta manera el reino había existido por centurias.  Los que manifestaban su desacuerdo eran denunciados por sus congéneres y animalmente perseguidos por las hienas, los agentes especiales. De tal manera que, nadie podía hablar mal del sistema porque cada animal era un activista defensor de esta doctrina.
 
Pero la mayoría no la pasaba mal. Los leones contaban con innumerables estrategias subliminales para mantener sicológicamente contentos al común de las bestias. Antes de devorar a sus detractores, los leones se preocupaban en sacarles las uñas y pieles para ponerla a disposición de los más débiles, como las aves. Los herbívoros, almacenaban cantidades de carne que, muy a disgusto, consumían deseosos de convertirse algún día en uno de ellos.
 
A pesar que todas las especies contaban con un equipo natural para desarrollarse,  habían sido convencidas que cualquiera tenía la libertad de elegir la  vida de la especie que a su criterio era ideal. Los leones comerciantes vendían enormes nidos de pájaro como viviendas para cuadrúpedos, alas para los cerdos, afilados picos para las nutrias, plumajes exóticos para los elefantes, en fin. Todas las particularidades eran consideradas un patrimonio general, producto de vivir en libertad. Y los que insistían en conservar el estado natural de su especie eran segregados por apócrifos.
 
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En una comarca no muy lejana al la capital animal, existía un grupo de activistas que tenían como líder a un joven lémur que predicaba la doctrina de la preservación de la condición natural. Los lémures habían sido esclavos de los leones durante la formación del reino. Pero la extemporaneidad había desplazado la utilidad de sus servicios y hacía mucho que un rey león los había liberado, contando con su incondicional incorporación al sistema. Sin embargo, el resentimiento de los lémures había prevalecido a pesar de todo.
 
Los lémures organizaban reuniones clandestinas en sus madrigueras con la esperanza de que, algún día, la comunidad animal abriera los ojos. Por desgracia, infinidad de veces, el joven lémur, fue delatado y conducido por las hienas a las mazmorras que había bajo la casa de gobierno. Pero los leones nunca lo devoraron temiendo que el lémur se convierta en un mártir entre sus adeptos. Lo torturaban unos días y luego de trasquilarlo para vender su hebra, lo soltaban lejos de su guarida.
 
El pequeño lémur retornaba a su región y tardaba meses en diluir su desprestigio. 
 
A pesar de esto, el común de las bestias  continuaba promoviendo en sus núcleos familiares la vieja doctrina del sueño felino. Sin embargo, en la intimidad de sus guaridas cavilaban de una manera premonitoria las predicas del Lémur. Muchas de las bestias en su fuero interno estaban de acuerdo con él. Sin embargo, la impotencia, los obligaba compulsivamente a oponerse a cualquier reforma.
 
Hasta que una mañana se transformó en noche. Entonces, un ciclón devastó la comarca. El estrago afectó de una manera trágica a la dinastía dominante. Sólo un puñado de leones sobrevivió a la debacle. En un gesto de inconmensurable solidaridad todas las bestias supervivientes concurrieron a la reconstrucción de la morada del gobierno. Como un desprendido gesto de agradecimiento, el viejo rey león, prometió a sus súbditos que convocaría elecciones electorales.
 
La comunidad animal se tomó en serio tal propuesta y eligió al joven lémur cómo su candidato político. Cosa que afectó en sobremanera al viejo león. De los pocos felinos supervivientes, ninguno  se perfilaba como líder; la mayoría, quería sólo perpetuar el antiguo estatus.
 
El viejo rey, tenia un hijo único, que había salido intelectualmente limitado debido a que, el patriarcal gato, se había casado con su hermana.  Aún  así, la aristocracia felina decidió presentar al joven león como candidato, para que compita con el Lémur.  Recorrieron el reino derrochando baratijas para convencer a los animales de la modernidad que significaría en el gobierno la presencia del joven león. Contrariamente, el lémur sólo pudo difundir su pensamiento en su pequeña comarca y el triunfo nuevamente fue para los leones.
 
Las limitaciones del nuevo presidente león dieron como resultado que la aristocracia lo manipule a su antojo y su gobierno no sólo restituyó el antiguo régimen, sino que también se dedicó a la persecución sanguinaria de sus opositores. El Lémur fue nuevamente apresado y condenado a prisión, acusado de terrorismo. Para que la comunidad animal no protestara, la aristocracia felina otorgó créditos de nidos, de pieles y de carne a todo el que lo solicitara. Y otra vez, la falsa sensación de bienestar se apoderó de la psique general.  
 
  
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Los animales adquirieron más de lo que podían comprar y pronto se arruinaron. Todas sus posesiones fueron a parar a las arcas de los felinos mal intencionados. Y la desolación comenzó a proliferar por todo el dominio. Cuando el joven león terminó su periodo de gobierno, prometió a todos que les devolvería sus propiedades si lo reelegían y  así sucedió. Pero la actividad coercitiva a la que se avocaron las hienas desencadenó levantamientos y protestas que fueron sanguinariamente aplacadas y, medio mundo, fue apresado, torturado y expulsado del territorio.
 
La mayoría empobrecida, por necesidad, regresó a ejercer su antigua condición natural. Situación que los hacía  inmensamente infelices, ya que, el sueño felino no estaba más al alcance de todos. Y la falsa sensación de libertad que antiguamente imperaba en el reino se deterioró a extremos desesperantes.
 
Un buen día, luego de liberar al lémur, los leones desaparecieron llevándose consigo todas las riquezas que habían logrado acumular. Y cada animal tuvo que resignarse a vivir con su limitada condición natural. Entonces surgió la anarquía y proliferaron las huestes de hienas, que ahora sin el respaldo  de los felinos, se enfrentaban a muerte con las demás especies.
 
Entonces, el lémur fue elegido en medio de aquel caos. Todos confiaban que el maltratado lémur les devolvería su deteriorado estatus de libertad. Sobre todo, la posibilidad de realizar el sueño felino como antaño. El lémur comenzó su periodo recorriendo la comarca y difundiendo el discurso de lo bueno que era tener una vida bajo las condiciones que la naturaleza otorgaba a cada especie.
 
El lémur fracasó en su intento.
 
Resultó que, aquellos que todavía conservaban las viejas pieles y garras felinas adquirieron la jerarquía de una clase dominante. Un puñado de pájaros, de cuadrúpedos, de reptiles y demás especies emperifolladas de tales atuendos derrocaron al lémur prometiendo al común, que pronto volverían a gozar de las libertades de antaño y que el sueño felino estaría nuevamente al alcance de todos.
 
El lémur, regresó a su región desprestigiado y una madrugada,  en la que a nadie le pareció oír nada, fue devorado por las feroces hienas. Al rayar el alba, hicieron lo propio con la decadente elite que ocupaba la casa de gobierno y se asentaron en ella imponiendo su tiranía. El líder hiena expropió toda pertenencia felina y las colocó en un templo e impuso su adoración y convencieron a la comunidad animal de que el sueño felino ahora estaba libremente al alcance de todos.
 
La nueva religión apaciguó los ánimos, convenciéndolos que la condición natural era un padecimiento  temporal y de que el sueño felino era una recompensa de la vida eterna, fruto del sometimiento y respeto del dogma.
 
Desde entonces la vida ha sido miserable en el reino. Sin embargo, el fanatismo religioso que ahora distingue a la comunidad animal, les otorga una vida pasiva en espera de la muerte como única recompensa. 
 
Y fue así, cómo, finalmente, el sueño felino estuvo al alcance de todos.      

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Reblogueó esto en PÁGINAS DESDE EL PARAÍSO DE LOS SUICIDAS.

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  2. BIENVENIDO!
    ALTHEA D.

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