“… ¿Qué ocultan las Ciencias Ocultas y de quién se ocultan?…”


   

Por: Eduardo Catalán

Extracto de la Novela La cola del diablo 

 

Sabía que lo suyo sólo era cuestión de tiempo y tendría que aprovecharlo de una manera productiva, dentro de lo posible, claro ¡No era tonto! Luego vendría el olvido, la anarquía total de la mente; una etapa -quién sabe prolongada-, perdido en los laberintos de la demencia senil. De la que -por lo visto-, no se libraría. Había observado con detenimiento cada detalle, por suerte los tenía apuntados. Aunque –por momentos- algunos puntos se le hacían extrañísimos. Pero haciendo un esfuerzo podía recordarlos todavía. Poco a poco estaban borrándosele las ideas, las causas, los fenómenos, los teoremas y leyes por las que se había regido hasta entonces. Por añadidura, ese antiguo miedo al error -que lo angustiaba desde su juventud de una manera subrepticia-, lo había calado de nuevo. Pero ahora magnificado por la incertidumbre, los achaques, la enfermedad. Según su juicio, estaba derrotado, lo había sorprendido igual que a una presa indefensa, atiborrada de pánicos e inseguridades.

 

Don Ideal, el pensador, el ideólogo y descubridor del punto exacto dónde se ubica el alma, ya no creía en nada. Ni siquiera en la existencia de la suya. Pronto sería sólo un receptáculo colmado de incongruencias y ridiculeces absurdas, pensaba entristecido.  Repasaba sus obras, una por una – más de una docena de volúmenes-  y descubría con terror que muy poco le era familiar, ya. El tiempo terminó demostrándole lo contrario, también ¿En qué consistía la vida? ¿Cuánto valía el saber? ¿Para qué servía? 

 

La visión que se formó del futuro terminó transfigurada en una fantasía, como cualquiera otra ¡Una alucinación! Y no pudo encontrar las palabras para expresar lo mucho que esto le dolía. La Humanidad había decidido seguir el rumbo de la vida práctica, restringiendo el saber exclusivamente al utilitarismo. En esta carrera de muerte ganaba el más taimado, tanto como el que ejercía el poder como el que lo soportaba. Todo era producto del mismo declive y de la anomia social que había empezado su tarea irreversible de destrucción de los valores, los ideales, los propósitos, la solidaridad y todo lo que tantos siglos había tomado conseguir. Pero, sus fundamentos estaban tan falazmente elaborados, que parecían realizables a placer ¡Sin el menor esfuerzo! Todo estaba decidido, había sólo que incluirse en el engranaje indicado. La vida práctica había limitado al hombre -tal vez para siempre-, a formarse ideales mezquinos, tangibles e inmediatos. Y la violencia era la forma adecuada para conseguirlo. Era una paradoja cruel verse entrampado por un acertijo similar al que había planteado en su juventud: “Las Ciencias ocultas siguen siendo ocultas, y nadie sabe por qué están ocultas, qué es lo que éstas ocultan, ni por qué se las sigue ocultando…”. Toda su existencia, ahora era parte de este laberíntico silogismo, dónde ya nada tenía sentido, que no fuese convencerse a sí mismo otra vez de todo. 

 

Había sido partícipe de una visión ilusa, que resultó trágicamente una utopía, comparada con los minúsculos sueños prácticos, con el confort. El escrúpulo era una bufonada. Había despertado de sopetón, descubriéndose un excéntrico entre los demás ¿Cuándo sucedió esto?  El conocimiento era considerado un instante en la vida del hombre y no un fin en su vida. Y se sentía desfasado. Era éste un momento bárbaro, hasta extremos crueles. Por ejemplo, arrimar debajo de una escalera el producto de toda una vida dedicada al saber era ¡Anomia pura! Tendrán que pasar muchas generaciones, para que todo quede en el olvido. Una nueva promesa falsa surgirá otra vez, devolviéndonos la esperanza ¡Cuántas vidas arruinadas! ¡Cuántos sueños truncos¡

 

Viruca encontró a don Ideal tumbado sobre su mesa de trabajo. Tuvieron que desbaratar la puerta del cuarto con ayuda del doctor Di Paolo, que se presentó solícito, inmediatamente lo llamaron. Pero al determinar las causas de la muerte del anciano, recogió sus enseres y le informó a Viruca que, ése, era un asunto forense y que deberían llamar a la policía. Se retiró dejándolas en un río de lágrimas. Don Ideal había usado un veneno poderoso para acabar con su vida. Una mezcla de raíces selváticas con efectos letales. Similares a como actuaba el cianuro una vez ingerido. Viruca lo reclamaba a gritos mientras, Alicia, buscaba desconsolada por todos lados una nota, un mensaje de despedida, un último adiós y la destrozó no hallar nada. Quién sabe, el efecto del veneno no le dio tiempo o quizás no quiso entristecerlas con sus motivos egoístas. O lo olvidó, simplemente. Nadie lo sabrá.

 

La mamá de Alicia llegó en un vuelo la misma noche,  con su esposo holandés. Se hizo cargo de todo con discreción y una vez enterrado el viejo, se regresó sin perder tiempo llevándose a Alicia con ella para siempre. En todo momento, Viruca se hizo la fuerte, mantuvo una actitud de autosuficiencia fingida, pero ni bien cruzaron su hija y su nieta el umbral de la puerta, decidió nunca más tener contacto con otra persona. Estaba amarga para siempre ¡No era justo haberle hecho eso a ella! Odiaba a su esposo por llevarse a la tumba el secreto que lo destrozaba. Cada día armaba el rompecabezas de sus vidas, pero le faltaban piezas fundamentales, ésas, que le daban la forma a todo. Al rato -más animada-, reiniciaba su labor terca, enumerando los hechos en voz altísima para ver si no se le perdían en esa confusión de eventos interpuestos ¿A quién le importaba? Ella tenía todo el tiempo del mundo allí sentadita. Los del municipio la encontraron todavía viva, ocupada cavilando sus pasos con minuciosidad, rodeada de basura, ratas y cucarachas. Los vecinos dieron la alarma, pensando que habría muerto por la pestilencia que salía de la casa.

Published in: on agosto 26, 2011 at 3:39 pm  Comments (1)  

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  1. Reblogueó esto en PÁGINAS DESDE EL PARAÍSO DE LOS SUICIDAS.

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