Daño irreparable


 

Por : Eduardo Catalán

 

Todo comenzó una tarde triste de abril cuando  Humbertito se despidió de su mamá  con uno de esos besos tiernos que solía darle cada vez que se separaban por mucho tiempo. Orgulloso y lleno de expectativas ingresó al plantel de secundaria con su uniforme escolar y sus zapatos chillando de nuevos; la maleta – aunque del año anterior, el último de la primaria-   parecía no haber sido usada nunca. Los cuadernos y  libros perfectamente bien forrados con papel y vinifan azul delataban el cariño y dedicación con que su madre lo había preparado minuciosamente para el primer día escolar.

 

Humbertito amaba la escuela y aunque no era consciente de ello, prefería estar el mayor tiempo posible alejado de casa; dónde él,  su madre y su hermana menor eran continuamente maltratados por un padre alcohólico  y abusivo. Un militar que llevaba  el cuartel a la casa imponiendo con mano dura la disciplina, el orden y sus ideas retrogradas e intolerantes. Desde que concluyó la primaria,  lo tenía amenazado con internarlo  – a partir del tercero de media – en el colegio militar  para que se hiciera un hombrecito. Todo un macho, como se sentía él, cada vez que se anudaba la corbata frente al espejo.

 

Su madre detestaba la milicia y aunque callaba por temor a ser agredida, en su fuero interno deseaba  para su hijo un futuro distinto al del padre. Mientras lavaba, cocinaba, limpiaba y planchaba, tal y cómo su marido le exigía que hiciera las cosas; imaginaba a Humbertito recorriendo los pasillos de un hospital con su estetoscopio colgado al cuello. Sin embargo, para su hija sólo deseaba un marido bueno y con dinero, que se la llevara lo más lejos posible de allí.

 

Humbertito   destacó en todas las asignaturas durante la primaria. De no haber sido así,  su padre,  lo hubiese flagelado también por eso. Lo tandeaba al extremo que tenía que, usar pantalones largos en clases de educación física para que nadie note los morados que le dejaban los correazos  que le propinaba  por nada.  Este primer día de la secundaria era para Humbertito tan emocionante como cuando hizo su primera comunión. Lamentablemente, las circunstancias,  a partir de entonces, darían para él un vuelco inesperado.

 

Ese día ocupó, como era su costumbre, una de las primeras carpetas muy cerca a la pizarra.  Se saludó con  alegría con sus mejores amigos, que por cierto, eran también los mejores alumnos del aula. Sin embargo, notó que entre sus demás compañeros, su imagen ordenada y su maleta repleta de útiles, no producía el efecto que esperaba su madre tuviera, cuando la noche anterior lo preparó.  Pero Humbertito, no les hizo caso y ni bien el profesor entró, enfocó en él toda su atención.  A la hora del recreo intentó  interactuar con los más grandes y los más bulliciosos del salón. Siempre los había admirado y deseaba poder algún día formar parte de aquel grupo.  Más ahora, que se había convertido en un robusto muchachote con una prematura sombra de barba.   Pero la reacción que aquellos compañeros tuvieron lo dejó acongojado por completo. No se lo esperaba.  Nunca algo parecido le  sucedió  en alguna otra temporada escolar anterior.

 

Humbertito tenía en un cachete un enorme y peludo lunar negro, que hasta el momento había pasado desapercibido para los demás. Pero aquel día, ni bien se acerco al grupo que admiraba, no sólo se lo hicieron notar como un desagradable defecto; sino que además un intrépido, luego de apretárselo salvajemente hasta producirle una inflamación, lo rebautizó como el “cara de teta”.  Por la semejanza del lunar que encontró el abusivo con un pezón.

 

A partir de entonces, cada día era insultado, acosado y motivo  de burla hasta para  sus propios mejores amigos. Nunca más respondió a su nombre de pila; “pezón”, “cara de teta” y demás sinónimos se constituyeron en sus nuevos apelativos. Y Humbertito reía fingiendo no importarle nada;  tampoco protestaba o  se defendía cuando se lo apretaban hasta subidos sobre él.  Conforme transcurría el tiempo la maligna creatividad de sus abusadores, fue subiendo de tono. Arrojarle encima su propia maleta, se convirtió en la broma más popular del aula. Humbertito padecía tanto con esto que hasta deseó que su padre lo trasladara lo más pronto al colegio militar.  Pero todavía le faltaban un par de años más para que esto sucediera.

 

La intempestiva muerte de su padre, truncó su deseo para siempre. Porque su madre no consideraba el colegio militar como una opción para su hijo, mucho menos la carrera militar.  El fallecimiento del padre  libero a la familia de una vida repleta de abusos; sin embargo, no sucedió lo mismo para Humbertito que, tuvo que soportar durante toda la secundaria los maltratos, insultos y demás abusos. El único consuelo que le quedó fue refugiarse en sus estudios, pero vivía agobiado resolviendo y haciéndoles las tareas a sus verdugos. Que nunca cejaron de su cruel actitud.  Lo escupían, lo empujaban, le pegaban; hasta rellenaban sus oídos de bolo alimenticio, que un desquiciado recolectaba entre todos a la hora del almuerzo para tal fin.  Mientras él,  sólo reía fingiendo que nada de eso le molestaba. Por momentos hasta llegó a disfrutarlo.

 

Al concluir la secundaria los abusos cesaron y luego de la fiesta de promoción, perdió de vista  a sus abusadores. Ingresó a la universidad y pese a que en el colegio nunca dejó de ser un alumno aplicado, allí solo logró ser un estudiante mediocre de  la facultad de economía. Tampoco consiguió concluirlos. Un buen día emigró a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro y sobre todo, de un lugar donde la sombre de “el cara de teta” no lo persiguiera.  Ni bien alcanzó cierto nivel económico, se operó ese lunar que no sólo  significaba  un estigma para él, sino que también  – según su juicio –  un impedimento para conseguir pareja. Pero su inseguridad  y  baja autoestima lo convirtieron en un asiduo cliente de prostitutas. Nunca logró nada serio en las pocas relaciones que hizo durante todo ese tiempo.

 

Como no sabía ni dar ni recibir afecto,  se refugió en la bebida y pese a que se lo propuso, nunca ha podido olvidar  aquellos terribles días escolares.  Trabajaba como  mesero durante el día, mientras rumiaba una auto charla destructiva, cargada de vileza,  odio y rencor hacia todo aquello que detectaba diferente a él y que sólo se apagaba una vez que el alcohol lo tumbaba en su miserable catre.   Convertido en un sujeto hostil y agresivo, Humberto,  empezó a insultar  y  a discriminar a los demás por sus diferencias y debilidades. Constituyéndose  en un  experimentado sujeto abusivo.

 

Como si se tratara de una virtud, disfrutaba el  ser un agresor implacable. Si antes no lograba mantener una relación seria, mucho menos ahora, que pretendía lograrlo abusando de cada mujer con la que se involucraba. Desprestigiaba a  las mujeres que lo abandonaban por insoportable y odiaba a los homosexuales por afeminados. Pero sucedía lo contrario  con quienes consideraba superiores, o detentaban algún poder sobre él. Tales como su jefe  y  los uniformados. También emulaba a los republicanos racistas, homofóbicos y autoritarios.

 

Ni bien se naturalizó como ciudadano norteamericano, se afilió al Partido Republicano y pese a que nunca logró una situación económica exitosa,  la idea de convertirse en un millonario lo motivaba a continuar al servicio de  patrones explotadores. Convencido que dios le ayudaría en este propósito,  se incorporó a la  Iglesia Evangelista para conseguirlo.  Pero, como todavía no ha logrado ser un millonario,  su mejor opción ha sido votar por Donald Trump para parecerlo.

 

Ahora se le encuentra por ahí  despotricando en facebook, pero  sólo a sus antiguos y gentiles mejores amigos, que no entienden que le ha sucedido y por qué acumula tanta odio  ese corazón, que antes era capaz de regalarle a su madre y hermana besos cargados de ternura. Sin embargo, siempre es complaciente con todos aquellos que abusaron de él. Lo único que ha conseguido con esta actitud es aislarse de todo el mundo, refugiarse en la bebida y reaccionar como un perro rabioso a cualquiera que le manifieste algo de afecto.

 

Lamentablemente, éstas y seguro otras  mucho peores  son las consecuencias del “bulling”,  de los que muchos niños son inocentes víctimas. La crueldad responde a un trastorno de personalidad consecuencia de la cadena del abuso y nunca es  una etapa juvenil pasajera, como ciertos conductistas pretenden sostener justificando  un condicionamiento operante como única solución. Tampoco es algo que  cure el olvido o  cualquier otra modificación de la conducta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Published in: on enero 16, 2018 at 7:05 pm  Dejar un comentario  

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